CAPÍTULO 15
—Cam, tengo que decirte algo —dijo Virginia, interrumpiendo el beso y mirándole a los ojos, rogando que la entendiera—. Tengo muchas cosas que contarte.
Él la observó con atención y al fin sacudió la cabeza.
—Esta noche no, Virginia. —Le cogió las manos y le dirigió una sonrisa torcida—. No hemos tenido ni un solo momento para nosotros y esta noche es...
—¿Qué es?
Él paseó la mirada del libro al reloj.
—Olvídate de Redding. Olvídate de tu familia. Esta noche es para nosotros. Te deseo como un carnicero recién casado desea a su novia.
Ella agradeció el aplazamiento como una cobarde. Con el alivio recuperó el sentido del humor.
—¿Y qué te hace tan diferente de un carnicero? —preguntó ella, inspirada por su petulancia.
La respuesta debió gustarle, porque en sus ojos apareció un brillo de diversión.
—Nada, excepto tú y la felicidad que me produces. Para ser sincero, un carnicero está más preparado para amar a una mujer.
Ella se echó a reír al oír esa estupidez.
—No voy a tragarme el anzuelo.
La luz de la lámpara y una expresión de inocencia cubrieron el rostro de Cameron.
—Los anzuelos son cosa de pescadores. Yo aspiro a una carnicería.
—¿Y eso por qué?
Él se levantó de un salto y echó el cerrojo a la puerta, pero su andar era lento y decidido mientras regresaba a su lado. Bastaba con ver la tensión en sus pantalones de color ante para saber lo que tenía en mente.
Ella se quedó mirando su entrepierna para incomodarlo.
—Una vista muy interesante —dijo.
Él se quitó la chaqueta con actitud sugerente.
—¡Qué amable por tu parte que digas eso! ¿Por dónde íbamos?
—Creo que por los principios básicos de la carnicería.
—¡Ah, sí! En primer lugar, un buen carnicero debe conocer lo que vende. —Se sentó en el suelo, le levantó el pie izquierdo y le quitó la zapatilla. Le subió la mano por la pierna y se detuvo debajo de la rodilla—. Aquí tenemos la pierna, y una muy bien formada, por cierto.
Ella se echó a reír.
—Siempre he oído que se llamaba pantorrilla.
—¿Lo ves? Hemos descuidado a las colonias durante demasiado tiempo. Ningún carnicero que se precie llamaría pantorrilla a este miembro lleno de elegancia. —Hizo una mueca de disgusto—. Es una palabra horrible.
—¿Qué nombre le pondrías tú a una media, en el terreno de la carnicería?
—Un accesorio asombroso —respondió él, agonizando.
Ella cerró los ojos para saborear la felicidad.
—Entonces, ¿no quieres una demostración? Muy bien. —Asió sus caderas y la recostó en la silla. Le subió la falda y las enaguas hasta taparle la cara. Luego le separó las piernas.
Ella jadeó, ciega a todo excepto a la sensación de sus manos.
—No se admiten reticencias, Virginia. Si voy a ser aprendiz de carnicero, tú tienes que cooperar.
Sabía que estaba bromeando para intentar distraerla. Era imposible que pretendiera hacerle el amor allí, con su familia y el vicario a dos habitaciones de distancia.
—Mira cómo me tienes. ¿Qué más cooperación deseas?
—Vamos a verlo, ¿de acuerdo, mi inteligente muchacha? —Le acarició los muslos con ambas manos—. Aquí están las nalgas, la parte favorita de los monarcas ingleses.
—¿Y qué les gusta más a los Estuardo?
—¡Ah! Los escoceses somos mucho más exquisitos. —La tocó íntimamente—. Nos gusta el lomo, pero tenemos especial debilidad por este tierno bocado.
Ella respiró hondo y no pudo evitar que sus caderas se elevaran para salir a su encuentro. Él la animó, murmurando dulces promesas sobre lo que estaba por llegar. Al principio la acarició con cuidado, y cuando estuvo preparada y suplicando, la tumbó en el suelo.
La realidad se abrió paso en medio de la tormenta de pasión.
—¿Y si aparece alguien buscándonos?
—No va a venir nadie. —Se abrió la bragueta sin dejar de desnudarse.
Su virilidad quedó libre.
—De modo que era esto lo que estabas escondiendo —dijo ella, sintiéndose muy viva.
Él dejó de disimular, se tumbó encima de ella y unió los cuerpos de ambos con una única embestida. Ella se aferró a él, pronunció su nombre, y Cameron la besó, imitando con la lengua el ritmo amoroso de la parte inferior de su cuerpo.
El reloj dio la media, pero a ella le dio igual. Lo único que le importaban era ese hombre y su amor. Desde que había aprendido a guardar los recuerdos, él era un tesoro que tenía intención de conservar. El tiempo y las circunstancias cambiaron el desarrollo de sus vidas, pero eso quedaba en el pasado. Él había abandonado a su amante. No habían hablado del asunto, pero era como si él hubiera dicho «siempre has sido mía».
Iba a contarle la verdad y luego le propondría matrimonio.
Un segundo después, toda idea de boda desapareció de su mente y sólo quedaron el aquí, el ahora y el placer que él le daba.
Cuando llegó el éxtasis se sintió transportada, reformada, y todos sus pensamientos volaron al viento. Él también lo sintió, porque en el punto álgido de su pasión gritó su nombre y el de Dios al mismo tiempo.
Ninguno de los dos se movió, pero los latidos de sus corazones armonizaban con el «tic-tac» del reloj. Cameron la abrazó, y ella, mientras respiraba su familiar olor, se abandonó a sus brazos y pensó que ése era el momento más memorable de toda su vida.
Cuando el reloj dio una campanada, él se separó de ella y se puso de lado.
—¡Ay! —Se acababa de dar un golpe en la cabeza con una mesa.
—Déjame ver. —Ella se puso de rodillas y le examinó la cabeza sin hacer caso del vestido arrugado y descolocado. Le metió los dedos entre el pelo y notó un bulto—. Te has hecho un buen chichón, Cam.
—Me da igual. —Enterró la cara en su corpiño—. Dirás que soy un mal carnicero —se lamentó—. No he llegado a pasar del lomo.
Ella se rió por lo bajo.
—Te doy un sobresaliente por las partes que conoces.
Él movió las cejas.
—¿Nos vamos a tu dormitorio y le ponemos remedio?
Era necesario que le contara la verdad.
—No. —Se aclaró la garganta, se sentó y se colocó la falda—. Tengo que decirte algo y no quiero distracciones.
—Parece algo serio.
—Lo es.
Él se arregló la ropa y echó una ojeada al reloj.
—No voy a tardar mucho —dijo ella, con la esperanza de que fuera cierto, porque tenía miedo de perder el valor.
Él la miró expectante.
—¿Quieres un brandy, entonces?
Ella asintió y esperó a que sirviera las bebidas y volviera.
Él le entregó una copa y levantó la suya.
—Por ti.
El sordo entrechocar del cristal le resultó atronador. ¿Por dónde empezar? Bebió un sorbo del fuerte vino. Cuando se extendió por su lengua supo por dónde comenzar.
—¿Sabes que es la segunda vez que bebo brandy?
Él sacudió ligeramente la cabeza, más serio que nunca, y esperó.
—La primera vez fue con ocasión de la inesperada visita del capitán Brown a Poplar Knoll. Vino para decir que había hablado contigo en Glasgow. La señora Parker-Jones envió a Merriweather al poblado a buscarme.
—¿El poblado?
Ella se llenó de vergüenza.
—Sí. Ahí es donde yo vivía.
—Te amo —dijo él extendiendo una mano hacia ella.
Ella levantó la suya.
—Te he mentido todo el tiempo, Cam.
La mirada de él se llenó de compasión.
—No era el ama de llaves. Trabajaba en los campos porque... —No era capaz de decir el nombre de su captor, le resultaba demasiado amargo.
—¿Por qué?
«Díselo», le ordenó su corazón.
—Porque... —Se le atragantaron las palabras.
—Bebe un sorbo —la animó él.
Ella lo hizo, y la bebida la fortaleció.
—Porque intenté seguirte a Francia. Planeaba meterme a escondidas en tu barco, pero...
—Pero yo ya había zarpado hacia China.
—Yo entonces no sabía que ese era tu destino, pensaba que te dirigías a Francia.
La sonrisa de Cameron era amable y cariñosa.
—Sarah te enseñó francés a escondidas.
—¿Te lo contó?
—Por supuesto. Durante años hablamos de poco más aparte de nuestra pena por haberte perdido.
Ella sacó fuerzas de ese amor.
—Déjame seguir. Debo contártelo todo.
—Te estoy escuchando, amor.
—Cuando supe que tú ya habías zarpado busqué otro barco, encontré uno capitaneado por un hombre llamado... —Volvió a interrumpirse, incapaz de pronunciar el nombre. Suspiró—. Un hombre llamado Anthony MacGowan, que me aseguró que iba a Francia. Dijo que te conocía muy bien y prometió llevarme hasta ti.
—Pero no te llevó a Francia.
El sufrimiento le atenazó el pecho.
—No. Me llevó a Williamsburg y me vendió al señor Moreland.
—¡Oh, cariño! —Volvió a extender la mano hacia ella.
Ella volvió a apartar la suya.
—Espera. —Tenía que terminar de una vez—. A eso lo llamó contrato y le puso un plazo de diez años, pero eso no cambia lo que me hicieron.
—Lo odio —masculló Cameron—. Era una gente cruel y tú eras inocente.
Que pensara lo que quisiera. A los diez años era lo bastante madura como para tomar una decisión que le había costado una década de su vida. No pensaba echarle la culpa a nadie más.
—Todo eso cambió.
—¡Oh, Virginia! —Le ofreció una mano temblorosa.
Ella deslizó los dedos entre los suyos.
—Todavía hay más. Tienes que dejarme que lo diga. Jamás me caí de un caballo. Ni siquiera me permitían acercarme a uno. Mi memoria está completamente intacta, siempre lo ha estado. Mentí porque no tenía valor para contar la verdad de mi vida allí.
—Lo hiciste para evitar que tu familia y yo nos sintiéramos culpables.
—Sí, por eso y para darme tiempo suficiente para adaptarme a mi vida aquí. No siempre tenía zapatos y dormía en un catre de paja. —Se quedó mirando la lujosa habitación—. La vida aquí es grandiosa.
La mano de Cameron se humedeció entre las suyas.
—¿Trabajaste mucho?
Ella asintió.
—En una ocasión intenté fugarme, pero después de eso perdí el coraje.
—¿Te pegaron alguna vez?
La niña aterrada que fue una vez intentó volver a aparecer.
—No, pero me hicieron cosas horribles...
—Bebe otro sorbo de brandy para que te sea más fácil.
El tercer trago de la ardiente bebida le despejó la garganta y restauró su valor. Los ojos de Cameron estaban llenos de bondad.
—¿Quién te hizo daño?
Ella recordó aquella oscura época, pero la relegó a lo más recóndito de su mente. Cameron estaba allí y les esperaba un futuro lleno de felicidad.
—El médico. El señor Moreland cogió a una esclava como amante, pero cuando ésta murió al dar a luz a un hijo suyo que nació muerto, la señora Moreland dio por hecho que me tomaría a mí. Le había permitido tener a una esclava, pero le prohibió que me llevara a mí a la casa. Él ni siquiera me había mirado desde que me compró al señor MacGowan. Ella no lo creía así. Para asegurarse de que me había dejado en paz hacía que el médico viniera todos los meses y... y...
—Suéltalo, amor.
—Al principio yo no sabía lo que estaba haciendo. En aquel entonces tenía catorce años.
—¡Maldición! Ya es suficiente, Virginia. No tienes que...
—Sí, debo hacerlo. Tenía que tumbarme en una mesa. Estaba helada. Siempre me decía que separara las piernas. —Se apresuró a beber otra vez—. Le sentía dentro de mí... buscando mi virginidad.
La copa cayó al suelo y ella se cubrió la cara con las manos. La vergüenza la obligó a levantar las piernas y acurrucarse.
Entonces él la abrazó y la acunó, susurrándole palabras de consuelo.
—¿Durante cuánto tiempo estuvo sucediendo eso? —preguntó cuando ella se tranquilizó.
—Hasta hace dos años, cuando le vendieron la plantación al señor Parker-Jones.
—¡Diablos! —La apretó con fuerza como si así pudiera lograr que sus demonios desaparecieran.
De cualquier modo, aquel horror ya estaba superado.
—Por eso en Norfolk, cuando hicimos...
—¿Cuándo hicimos el amor?
—Sí. Por eso pensaste que me habían violado. —En cierto modo así había sido y periódicamente. Incluso ahora recordaba el largo recorrido hasta la casa principal, la mesa helada de la despensa y la mirada fría en los ojos del médico. El alivio que duraba hasta la luna siguiente. Un mes después, el doctor volvía.
—Siento haberte mentido, Cam, pero estaba muy avergonzada.
—¡Oh, amor! Eso ya forma parte del pasado. A partir de ahora sólo tenemos mañanas.
Ella se sintió purificada. Por primera vez en diez años tenía el corazón ligero.
—No volveré a mentirte nunca más. —Abrió las manos y le enseñó las palmas abiertas—. Tienes mi palabra.
Él entrelazó los dedos con los suyos.
—Olvídalo, amor. Intenta no volver a pensar en eso.
—Lo haré en cuanto se lo cuente a mi padre y a los demás.
Él la alejó de sí, manteniéndola a la distancia de un brazo, y ella vio las lágrimas que tenía en los ojos. Intentó sonreír para animarlo, pero fracasó.
—¿Es necesario que se lo digas, Virginia?
Eso la sorprendió. Siempre pensó en hacer una confesión completa.
—Sí. Tengo que hacerlo.
—¿Por qué? ¿De qué serviría? Se sentirán culpables si saben que fuiste maltratada. Ahora mismo se sienten agradecidos de tenerte de vuelta y sólo cargan con la culpa derivada de la ignorancia.
—Pero yo nunca le he mentido a mi padre.
—Eso no es verdad. Los dos le mentimos en muchas ocasiones.
—Pero entonces éramos unos niños y las mentiras eran pequeñas.
—Y no hacen daño a nadie —respondió él, lacónico—. Piensa en cómo se sentirá Agnes si se entera de que no tenías zapatos. —Una lágrima se deslizó por su mejilla—. Yo abandoné toda esperanza y continué con mi vida. Tu padre hizo lo mismo. Le hundirías si se lo dijeras. Ahora es feliz. ¿Por qué reavivar su sufrimiento?
Ella quería creerle. Cameron Cunningham había sido su mejor amigo incluso desde antes de que conociera el significado de esa palabra. No obstante, las antiguas convicciones la hacían dudar.
—Le debo la verdad.
Cameron buscó las palabras necesarias para convencerla. Lachlan MacKenzie ya se había vengado. Virginia no debía saber nunca que Anthony MacGowan iba a pasar el resto de sus días pudriéndose en la bodega de una galera morisca.
—¿Cuál es la verdad? —preguntó, pensando que se merecía ese destino— ¿Que quieres a tu padre?
—Sí.
—¿Que te alegras de estar de nuevo con las personas que te quieren?
—Sí.
—Pues esa es verdad suficiente. Nuestra vida juntos nos está esperando. No puedes volver a casa de tu padre. Nos casaremos. Tendrás a nuestros hijos aquí o a bordo de nuestro barco o dondequiera que nos encontremos. —Se llevó la mano de ella al corazón—. Tu lugar está aquí, conmigo, como siempre planeamos.
Virginia esbozó una sonrisa vacilante, pero al final se impuso la razón.
—De acuerdo. Pero, ¿y si Anthony MacGowan cuenta la verdad?
—¿Y si está muerto? ¿Quieres que le pida a Trimble que lo averigüe?
—¡Oh, sí, por favor!
—Lo haré si tú haces algo por mí.
Virginia era capaz de ir hasta Francia a nado si con eso aliviaba el dolor que él no intentaba ocultarle.
—Lo que quieras.
—Por favor —suplicó asiéndola por los brazos—, perdóname por perder la esperanza de encontrarte, corazón.
—Eso es fácil. Te amo. —Ella se metió entre sus brazos y le abrazó con fuerza—. Siempre te he amado.
Él suspiró de alivio.
—Y yo a ti. Es una pena que tengamos que esperar a que vuelvan tus padres para casarnos.
—¿Dónde está el contrato matrimonial?
Él tardó tanto en contestar que ella pensó que no la había oído.
—Esa es la última verdad que queda por decir —dijo por fin—. Tu padre y yo lo quemamos.
—¿Juntos?
—Sí, destapamos un barril del laird y bebimos hasta caer redondos. Más borrachos que una cuba, llevamos a cabo una ceremonia, aunque tu padre recuerda muy poco de aquella noche.
—¿Y tú nunca se la has recordado?
—No, ya ha sufrido bastante.
—Todos hemos sufrido.
—Sí, pero eso se acabó —dijo él.
—Entonces, estoy en paz.
—Me alegro.
Se abrazaron el uno al otro sin moverse de donde estaban, en el suelo de la biblioteca de los Napier, y dio comienzo una curación silenciosa.
Un rato después, la paz se vio interrumpida por un golpe en la puerta principal y la llegada del condestable Jenkins.
Cameron miró a Agnes con expresión interrogante, y cuando ella le guiñó un ojo suspiró de alivio. Mientras Cameron estaba en la biblioteca haciendo el amor con Virginia, Agnes y Edward jugaban al billar con el vicario. Sin embargo, Agnes les dejó con la excusa de ir a tranquilizar a su inquieta hija y, con la complicidad de Notch, irrumpió en el despacho del condestable, robó la piel de conejo y destruyó la prueba.
Ahora avanzó un paso.
—Sir Jenkins, ¿conoce usted al padre John? Llevamos jugando con él al billar desde después de cenar. ¿Cuándo ha perdido usted sus pruebas?
Él se estremeció de ira.
—No hace ni una hora —respondió furioso, con la cadena distintiva de su cargo torcida sobre los hombros.
—No hemos sido ninguno de nosotros.
Jenkins dirigió su mirada de odio hacia Cameron con la expresión de un rígido servidor de la ley.
—Es usted un ladrón, Cunningham. Ha sido usted quien ha robado esa piel de conejo de mi caja fuerte.
—¿Yo? Imposible.
—¿Dónde estaba usted?
Virginia se interpuso entre ellos.
—Cameron estaba conmigo, señor. —Dejó de hablar y se ruborizó—. Estamos prometidos, ¿sabe?
Cameron se esperaba algo así y la amó por ello.
—Ya has dicho suficiente, amor.
Con Virginia y el vicario para verificar su coartada, resultaba imposible acusar a Cameron y no se encontraron más sospechosos. Al carecer de la prueba clave, Horace Redding fue puesto en libertad.
Al día siguiente, en el Mercury apareció una caricatura. Mary, a modo de venganza, había representado a un abatido condestable Jenkins ante el alto tribunal de justicia, alzando sus manos vacías con expresión de súplica. A su lado se encontraba MacAle con una expresión satisfecha en la cara. Un majestuoso juez con peluca fulminaba con la mirada al pobre Jenkins. Al pie del dibujo se podía leer «¿No ha visto ni un solo pelo del pellejo?».
Un mes después, el barco de Quinten Brown llegó al puerto de Glasgow con los duques de Ross a bordo. Cuando la noticia llegó a Napier House, todos pidieron a gritos ir a recibirlos. Una caravana de carruajes recorrió a toda velocidad Harbor Road, con el vehículo redondo de Napier a la cabeza.
En cuanto Lachlan volvió a pisar suelo escocés, Lottie le soltó la noticia de que Virginia se había trasladado a vivir a Cunningham Gardens. Lachlan, nada más llegar a Napier House, le ordenó a Cameron que se reuniera con él en el despacho. Una hora después salieron de allí los dos sonriendo.
Virginia esperaba que su padre la llamara al estudio, pero no fue así.
—¿De verdad quieres casarte con este medio inglés? —le preguntó en cambio.
—Sí, papá. Le quiero mucho.
—En ese caso, somos felices por partida doble. —La levantó del suelo—. No te preocupes por esos recuerdos perdidos, muchacha. Ahora estás en casa y eso es lo único que importa.
Se dirigieron al cuarto de los niños, donde Isobel, la hija de Sarah, dio sus primeros pasos vacilantes... hasta los brazos de un exultante Lachlan.
Consiguieron una licencia especial, y al sábado siguiente, Virginia y Cameron culminaron su destino. A modo de regalo de boda personal, Cameron le dio a Virginia la noticia de que Anthony MacGowan estaba muerto.
—¿Cómo? ¿Cuándo?
No tenía sentido hablarle de la participación de su padre, de modo que le contó una mentira que pensó que la dejaría satisfecha.
—Hace algún tiempo. Su muerte fue lenta y dolorosa.
—Bien.
Cuando salieron del carruaje de Napier y se acercaron al muelle para empezar su luna de miel, Virginia se fijó en un lienzo que cubría uno de los costados del barco de Cameron. MacAdoo se encontraba de pie cerca de proa y la tripulación estaba en posición de firmes.
—¿Qué es eso?
—Ya lo verás.
La cogió de la mano y silbó a MacAdoo, quien saludó y luego levantó la misteriosa lona. Cameron había vuelto a cambiar el nombre del barco. Ahora se llamaba True Heart, Corazón Verdadero.
—Para ti —dijo él—, mi queridísimo amor.
Luego la alzó en brazos y la llevó a bordo.
—¿Dónde quieres que vayamos primero? —le preguntó Cameron mientras agitaban las manos para despedirse de la familia de ella.
—¿A la cofa? —respondió ella, sintiéndose osada y feliz.
Cameron se echó a reír, la abrazó con fuerza y, mientras se alejaban de Escocia, Virginia recordó el juramento que él le había hecho durante la boda.
Se lo quedó mirando, llena de amor.
—El mañana no es ningún sueño —dijo—, sino nuestro destino.
—Así es, mi verdadero corazón.