CAPÍTULO 3

Todos habían perdido la esperanza de encontrar a Virginia. Todos excepto Agnes MacKenzie. Durante los cinco primeros años Cameron conservó la fe. Recorrió el mundo buscándola, añorando a la niña con quien tenía pensado envejecer. Cuando por fin aceptó la derrota, tuvo el apoyo de Lachlan MacKenzie. Eso sucedió cinco años antes. Cinco años de paz consigo mismo, años de éxitos y noches de descanso. No podía empezar a creer otra vez. Sin embargo, cuanto más se acercaba a América, mayor era la batalla.

Tres semanas y cuatro días después de zarpar de Glasgow, con la bodega perfectamente equilibrada con piedra, el Maiden Virginia llegó a la desembocadura del río James. Cameron se apartó del timón y permitió que Quinten Brown se hiciera cargo de él. Nunca nadie, excepto su padre o un miembro de su tripulación, había pilotado su barco. Cameron encontró a Brown en Norfolk. El hombre le aseguró que podía llevar cualquier embarcación río arriba sin que ésta sufriera daños. Para fastidio de Cameron, lo que Brown no pudo decirle fue quién había hecho la marca en el barril; lo único que sabía era que venía de Poplar Knoll. En lugar de contratar a otro para navegar por aquellas aguas desconocidas, Cameron le contrató a él.

La tripulación se dedicó a hacer su trabajo, pero su atención estaba puesta en el capitán inglés que llevaba el timón. MacAdoo Dundas era el más disgustado de todos, lo que quedaba de manifiesto por la fuerza con la que clavaba una herradura más en el mástil.

—Es un buen barco, Cunningham —dijo Brown lo bastante alto para que todos lo oyeran—. No voy a encallarlo, de modo que puede borrar ese ceño.

Cameron intentó tranquilizarse, pero le era imposible.

A su lado, Agnes MacKenzie se echó a reír.

—Bien dicho, capitán Brown.

Agnes se había casado con Edward Napier, conde de Cathcart. Incluso adoptó su apellido en vez de seguir la tradición de las Highlands. Sin embargo, para Cameron siempre sería Agnes MacKenzie. Más que una amiga, era la verdadera creyente que él nunca podría ser. Dedicó su dote y su vida a buscar a Virginia. Los esfuerzos de Cameron palidecían comparados con los suyos, pero Agnes todavía tenía que superar el sentimiento de culpa que tenía por la pérdida de su hermana. Puede que ahora se viera libre de ese dolor.

Hacía sólo dos días que había salido de la cama tras dar a luz cuando Cameron llegó a Glasgow y descubrió el barril. Nada más ver el símbolo, metió sus cosas en una bolsa y envió mensajeros a todos los miembros de su familia. Luego, exigió que embarcaran inmediatamente rumbo a América.

Ahí es donde intervino su marido. Edward Napier había perdido a su primera esposa en una travesía por el Atlántico; sin embargo, no podía negarle a Agnes ese viaje. Como médico insistió en que se quedara en cama al menos una semana más. Ella llegó a un compromiso y descansó tres días.

Cameron la observó moverse tranquilamente por cubierta, asombrado por su capacidad de recuperación. Era un año mayor que ella y no podía recordar un momento de su vida en el que no estuvieran presentes Agnes MacKenzie y sus tres hermanas. Luego llegó Virginia y la vida de Cameron cambió para siempre.

—¿Crees que Virginia se parecerá a mi padre o a mi madre? —preguntó ella.

MacAdoo se excusó educadamente, pero su mal humor era evidente por su rígida manera de andar. Él era quien había enseñado a Virginia a subir por las jarcias.

—¿Me estás escuchando, Cameron? ¿Cuánto crees que habrá crecido?

Cameron apretó los dientes para no ceder a la tentación de volver a tener esperanzas. Virginia estaba muerta. El símbolo del barril era una coincidencia. A algún tonelero enamorado se le había ocurrido ese romántico dibujo.

Agnes le sujetó el brazo y entrecerró los ojos con decisión.

—Está viva, y seguro que se parece a mi padre.

Agnes siempre era parca en palabras en el tema de Virginia, pero ahora, una nueva convicción animaba su fe. Acompañó a Cameron hasta China y se pasó allí un año aprendiendo las habilidades de la lucha sin armas con los mejores luchadores del emperador. Era capaz de derrumbar a un hombre con un golpe bien colocado. Ataviada con un traje de lana de un vivo color amarillo y su pelo dorado al viento, era la viva imagen de la aristócrata indefensa. Una contradicción. Una presunción estúpida.

Cameron no pudo por menos que sonreír.

Ella enarcó las cejas.

—¿Te estás riendo de mí, Cameron?

Él levantó las manos como defendiéndose.

—Jamás.

—Lo estás haciendo. —Se ajustó los guantes amarillos—. Pero me figuro que estás pensando en la incómoda conversación que no vas a tener más remedio que mantener con Adrienne Cholmondeley.

El problema de Adrienne era asunto suyo y estaba acostumbrado a no hablar nunca con Agnes sobre su vida amorosa. ¿Cómo iba a hacerlo cuando ella creía que su prometida estaba viva y que cualquier romance que mantuviera era traicionar a Virginia?

Sabía como tratar con Agnes.

—Sobre el asunto del parecido de Virginia, creo que con una mujer MacKenzie que tenga el temperamento de tu padre, es suficiente.

Agnes se hinchó de orgullo porque sabía que se refería a ella.

—Me refería a que Virginia se parecerá físicamente a los MacKenzie.

Agnes sabía cuando debía ceder. Cameron sonrió de oreja a oreja.

—En ese caso, ruego que se parezca a lady Juliet.

El humor desapareció de los ojos de Agnes.

—Yo rezo porque tenga la resistencia de nuestra madre.

Se refería a la fortaleza de lady Juliet, la madre de Virginia y la mujer que crió a Agnes. Incluso Lachlan MacKenzie se cuidaba de enfrentarse a su duquesa. Sin embargo, Virginia estaba más apegada a su padre. Él la llevaba a todas partes y le enseñó a montar a caballo en cuanto pudo mantenerse de pie. Se la entregó formalmente a Cameron en su décimo cumpleaños. Y también él la había dado por muerta.

—Si de verdad crees que ha fallecido, ¿por qué conservas ese barril de tabaco?

Cameron se dio cuenta demasiado tarde de que Agnes le había tendido una trampa. Él también sabía cuando batirse en retirada.

—Deberías descansar —dijo—. Le prometí a tu marido que no te cansarías.

—Estoy bien, pero te voy a dejar para que te preocupes por tu futuro y por la pericia del capitán Brown con el timón.

Brown se envaró.

—No debe usted preocuparse por eso, milady. Conozco este río como la palma de mi mano.

Ella puso en marcha su encanto.

—Me temo que eso no sea suficiente para tranquilizar al pobre Cameron y a su tripulación. Pero los MacKenzie están en deuda con usted, señor.

Al ser objeto de su atención, Brown casi se arrastró.

—Háblele de mí a su padre, lady Agnes —dijo—. Es de sobra conocido que Lachlan MacKenzie es el mejor hombre de las Highlands.

—Desde luego que lo es. Puede usted estar seguro de que le diré que fue usted quien nos llevó hasta Virginia. —Le lanzó una mirada de desafío a Cameron, pero no desvió la atención de Brown—. Sin embargo, me parece que le dará las gracias él mismo. No puede estar a más de un día o dos de nosotros.

A causa de su descanso forzoso en cama durante tres días, lo más seguro era que el mensajero se hubiera encontrado con su padre en Tain antes de que Cameron zarpara. Lachlan MacKenzie se habría apresurado a seguirles. Lo más probable era que el resto de la familia hubiera llegado ya a Glasgow, ya que el símbolo era la mejor pista de Virginia que habían tenido desde hacía más de cinco años.

Brown saludó a un barco que pasaba, pero su interés estaba claramente centrado en la conversación.

—Todos los escoceses de Chesapeake saldrán a la calle para tener la oportunidad de ver al famoso libertino de las Highlands en carne y hueso.

—¿Y si Virginia no está aquí, Agnes?

La sonrisa de ella desapareció y su mirada hubiera podido fundir las piedras. Cruzó la cubierta sin decir una palabra y bajó la escalerilla.

—Es tuya, Brown —dijo Cameron.

—¡Ah, no! Soy demasiado listo para irritar a esa MacKenzie. Dicen que recibió una flecha para salvar la vida de Edward Napier.

Cameron se refería a la embarcación, pero Brown estaba en lo cierto.

—Sí que lo hizo, pero su marido jura que en las discusiones es él quien gana.

—El hombre más inteligente de las islas debería saber como tratar a la primogénita de MacKenzie.

—Sí, Agnes y Napier están hechos el uno para el otro.

Intercambiaron una mirada de simpatía y luego Cameron se fue a proa.

Al paso del barco, las aves acuáticas alzaron el vuelo y un ciervo huyó a la seguridad de la exuberante vegetación. Al norte, nubes de lluvia cubrían el cielo e iban desplazándose hacia el oeste, dejando al río James bañado por la luz del sol. Unas embarcaciones fluviales, cargadas de tabaco, avanzaban con torpeza. Rápidos barcos de pasajeros y balandros de esclavos se movían veloces alrededor del Maiden Virginia como insectos en un lago tranquilo. En la distancia, el humo de una ocasional chimenea se elevaba hacia el cielo, rodeando el bosque como si de una barba se tratara. La brisa sacudía las velas. El aire húmedo estaba impregnado del olor de la primavera.

La expectación era como una losa en el vientre de Cameron, que se sujetó a la borda para alejar la sensación. Pero por más que lo intentara, no conseguía dejar de pensar en el pasado. Recordó a una niña desesperada porque Lily, su hermana menor, había recibido una carta de amor antes que ella. Recordó la vez que ambos encontraron un tejón herido y lo cuidaron hasta que recobró la salud. Ella estuvo a su lado en cada momento. El había sido un joven temerario y arrogante. Virginia era sensata y sincera, aunque no siempre; se corrigió al recordar la ocasión en que ambos se vistieron con el traje tradicional de los criados y se fueron al puerto sin permiso. Los descubrió el padre de ella, y cuando el duque le acusó de ser una mala influencia para Virginia, ésta le miró a los ojos y juró que la culpa era suya. En lo que el duque no se fijó fue en su mano y en el extraño puño que formaba cuando decía una mentira. Sólo Cameron conocía esa costumbre entre muchas otras.

El viejo dolor se apoderó de su alma. Detrás vendría la esperanza. Y luego la decepción, más amarga que antes.

Virginia Mackenzie había sido la alegría de su juventud, y, con frecuencia, su salvadora. Era la amiga perfecta para un joven testarudo con más arrogancia que sentido común.

Era de prever que un día se convirtiera en su esposa. Incluso llegaron a elegir los nombres de sus hijos.

—Mire, Cunningham: un muelle a proa. ¡Eh, Poplar Knoll!

Ante su vista apareció una dársena recientemente reformada, con palomas talladas en los postes. Un camino de ladrillos dispuestos en forma de espiga llevaba a una mansión con tejado a dos aguas, tan elegante como las que había visto a lo largo del río.

 

Es otro barco, Virginia —dijo la señora Parker-Jones.

Ambas estaban en la habitación de Virginia, en el piso de arriba. La dueña de Poplar Knoll se encontraba en la ventana. Virginia se sentaba en una silla, con la espalda recta, resultado de su nueva ropa interior. Se frotó un lugar dolorido bajo el pecho y se preguntó por qué las mujeres libres soportaban esas cosas.

—Virginia, ¿cuántos barcos llevamos hoy?

Virginia volvió al dobladillo que estaba cosiendo en el vestido.

—He perdido la cuenta.

Desde que se trasladó a la casa principal había sido tratada con toda amabilidad. Esa mañana, antes de partir hacia Richmond para asistir a la ceremonia de conmemoración del décimo aniversario del cambio de capital, el señor Parker-Jones le volvió a pedir perdón y le deseó suerte en caso de que su familia llegara antes de que él volviera. Ella le pidió que le devolviera sus documentos del contrato de servidumbre y las doce libras y dieciséis chelines que se le debían. El firmó el documento y, para sorpresa de Virgina, le entregó cien libras. Ante la llegada de Cameron, pensó en irse a Williamsburg o a Norfolk, pero él no debía enterarse de la verdad sobre su vida en aquel lugar. Aquellos años y el infierno que supusieron sólo le incumbían a ella.

—El barco está atracando y... —La señora Parker-Jones contuvo el aliento—. ¡Santo Dios! Lleva tu nombre.

Virginia saltó de la silla, la mente se le quedó en blanco de repente a causa del miedo. Llevaba tres días oscilando entre la alegría y la tristeza y tres noches desgastando el suelo a fuerza de paseos.

—¿Vas a bajar conmigo?

Como para dar más importancia al momento, la campana de la plantación empezó a sonar, anunciando la llegada de visitantes. A Virginia se le contrajo el corazón de dolor, pero se obligó a tomar una decisión.

Se acercó a la ventana y se miró las manos. Sus uñas estaban ahora limpias, pero las manchas de tinte seguían presentes. No había habido tiempo de hacerle unos guantes y las manos de la señora Parker-Jones eran mucho más pequeñas que las de Virginia. Le dieron su viejo delantal a otro criado, y ella se encargó de modificar varios de los vestidos del ama. La sensación del suave algodón sobre su piel debería infundirle confianza; sin embargo, la confundía todavía más, ya que era un recordatorio constante de lo miserable que había sido su vida.

—¿Vas a bajar conmigo?

—Sí. No. No lo sé.

A la luz del sol, la señora Parker-Jones parecía más joven de lo que era y se la veía muy preocupada.

—No son desconocidos, ¿sabes?

Pero sí era una extraña para ellos. A lo largo de diez años, sus vidas habían sido tan diferentes de la suya como el frío del calor, como la libertad de la esclavitud. Si sus familiares conocieran los detalles de su vida se considerarían a sí mismos responsables.

La culpa y la responsabilidad eran únicamente suyas.

Aquel fatídico día de hacía diez años, cuando se enteró de que Cameron ya había zarpado, se metió por voluntad propia en el barco de MacGowan, creyendo su mentira de que la llevaría a Francia y a Cameron.

También estaba en manos de Virginia ahorrarles a sus amigos y a su familia el dolor. Ella había cambiado. ¿La reconocerían? ¿Sentirían compasión por ella?

Observó al encargado del muelle amarrar el barco de Cameron, mientras otras preguntas asediaban su mente. El Maiden Virginia quedó inmóvil en el muelle. ¿Cuántas veces en los primeros años se había imaginado ver el barco de Cameron doblando la curva con su caballero dentro que acudía a rescatarla?

Demasiadas. Y aquella fantasía la trajo a la realidad del momento.

Cuando la pasarela quedó asegurada, hizo un esfuerzo para ver mejor a los dos hombres y a la mujer que se preparaban para desembarcar. La mujer llevaba un vestido amarillo y unos guantes a juego. Rubia y luminosa de la cabeza a los pies, fue la primera en salir. No podía ser la hermana de Cameron; Sibeal era pelirroja. ¿Cameron se había casado? Virginia solía imaginar que así era. Ahora le dolería más saberlo, porque sería la prueba de que la había olvidado, aunque él no tenía la culpa. La llevaría hasta su familia y luego se iría a su propia casa. Virginia empezaría una nueva vida.

Sin embargo, Dios era testigo de que no iba a permitir que ni Cameron ni nadie se compadeciera de ella.

El siguiente en aparecer en el muelle fue un hombre al que recordaba muy bien. El pelo extremadamente rubio de MacAdoo Dundas era inconfundible. Un instante después, Cameron Cunningham apareció ante su vista. Virginia lo devoró con los ojos. Debajo de un tricornio con un penacho rojo llevaba el pelo rubio recogido en una coleta, y en los brazos cargaba el barril de tabaco que ella había marcado.

Alto y delgado, iba ataviado con el vistoso tartán rojo, negro y blanco de la familia de su madre, los Cameron de Lochiel. Virginia únicamente había visto los colores de su clan en los retratos de la casa familiar. Lo llevaba al viejo estilo, plisado y atado con un cinturón, con un extremo de la tela echado sobre un hombro y sujeto con un broche. Virginia conocía la historia del sacrificio de su madre para salvar los tartanes. Sin embargo, vestir, incluso poseer, tartanes o sus colores estaba castigado como un delito de traición. ¿Cameron se atrevía a desafiar una orden de la Corona, o Inglaterra había perdonado a los jacobitas?

¿Dónde estaba su padre? Su mirada voló de nuevo al barco. Los marineros vagaban por la cubierta. Lachlan MacKenzie no había venido. Y tampoco su madre. ¿Y si estaban muertos?

Tal idea era demasiado dolorosa, de modo que dirigió su atención a la mujer que se encontraba junto a Cameron. No podía ser Sarah, porque ésta siempre había sido tan alta como Cameron. La pareja empezó a andar por el camino de ladrillos que llevaba a la puerta principal, que daba al río. La mujer siguió con paso enérgico y sin problemas a sus acompañantes masculinos.

—¿Quién es? —preguntó la señora Parker-Jones, refiriéndose a Agnes.

La infancia de Virginia había estado rodeada de mujeres. Ya no era capaz de recordar las caras. Cora tenía el pelo rubio. Lily también. Y Sarah y Agnes. Sin embargo, ésta mujer no parecía tener los veintisiete años que debían tener Agnes y sus hermanas. Había pasado mucho tiempo y bien podía tratarse de la esposa de Cameron.

—No lo sé.

—Es hermosa y, si ese hombre que lleva el barril es Cameron Cunningham, eres en verdad una mujer con suerte. Es muy guapo.

El corazón de Virginia se hinchó de orgullo.

—Es Cam.

—En ese caso, será mejor que salgamos a recibirles.

El dolor oprimió el pecho de Virginia. Suponiendo que Cameron se hubiera casado, lo más probable era que se sintiera culpable. Igual que toda la familia de Virginia, sobre todo si se enteraban de lo que había sido su vida durante los últimos diez años. La señora Parker-Jones y ella lo habían hablado varias veces a los largo de aquellos días de espera.

Virginia hizo un esfuerzo y tomó una decisión.

—Dígales lo que convinimos ayer en la cena. —Habían discutido tantas posibilidades que Virginia acabó por hartarse.

La resignación entristeció las facciones de la señora Parker-Jones.

—Si estás segura de que eso es lo que quieres que les diga...

Si las malas elecciones fueran dinero, la fortuna de Virginia sería inmensa.

—No deben saber toda la verdad. ¿Va usted a seguir adelante con la historia?

Los ojos de ambas se encontraron. Virginia sonrió de un modo alentador.

—Es lo mejor.

—No tengo talento para el teatro. ¿Y si lo estropeo?

—Lo hará bien. Es mejor que crean que Moreland ha muerto.

La señora Parker-Jones abrazó a Virginia con un sollozo.

—Y tú también, Virginia MacKenzie.

Al alejarse de la ventana, Virginia vio que la mujer del vestido amarillo tropezaba.

Cameron sujetó a Agnes antes de que llegara a caerse, pero estuvo a punto de soltar el barril y entonces empezó a sentirse incómodo. Si alguien le hubiera preguntado por qué se había traído el tonel no habría sabido qué responder. La cabeza le decía que era una prueba. El corazón, algo completamente distinto. Desde que lo descubrió, tenerlo cerca le procuraba una extraña sensación de tranquilidad.

Agnes se sujetó a él.

—Tengo mariposas en el estómago y mi mente no deja de rezar.

—Sólo era una niña y han pasado diez años —dijo MacAdoo.

Mientras subía las escaleras, Cameron cobró conciencia de la cantidad de tiempo transcurrido.

MacAdoo se colocó el chaleco.

—Lo más probable es que no nos conozca.

—No se me había ocurrido. —Agnes miró a Cameron—. ¿Qué vamos a hacer?

Prepararse para lo peor. Pero Agnes no iba a seguir ese consejo. Y gracias a sus constantes discusiones sobre Virginia, tampoco MacAdoo.

Cameron subió el último peldaño haciendo acopio de valor.

—¿Qué vamos a hacer? Aparte de preguntar por qué no hay álamos en Poplar Knoll{1}, no tengo ni idea.

—¡Cameron! —exclamó ella propinándole un codazo en las costillas.

Él hizo un gesto de dolor e hizo sonar la aldaba, un elegante conjunto de palomas de bronce.

—Vayamos paso a paso —dijo muy serio.

—Está aquí. Lo presiento.

Un mayordomo muy sereno de pelo blanco abrió la puerta.

—Bienvenidos a Poplar Knoll. Me llamo Merriweather. ¿En qué puedo servirles?

Cameron cambió el barril de posición.

—Soy Cameron Cunningham. Venimos en busca de información sobre este dibujo, si el dueño de la casa puede recibirnos.

—No estamos citados, pero nuestra misión es extremadamente importante. Venimos desde Glasgow —dijo Agnes.

El mayordomo parpadeó ante su atrevimiento, asintió con la cabeza y se apartó de la puerta.

—El señor está en Richmond, pero la señora se encuentra aquí —dijo dirigiéndose a Cameron, mientras les franqueaba la entrada—. Pasen, por favor. ¿Me permiten sus sombreros?

Cameron se quitó el suyo. MacAdoo se removió inquieto.

—Yo me he olvidado el mío —murmuró.

—Estoy segura de que Merriweather no te lo tendrá en cuenta —dijo Agnes.

—En América no somos tan formales —intervino el mayordomo con una sonrisa.

En el vestíbulo, un cuenco con pie de plata con la paloma grabada decoraba una mesa del estilo que estuvo de moda durante el reinado de la reina Ana. De frente, un largo pasillo conducía a la parte trasera de la casa. Los suelos de roble, sin alfombras, brillaban tras haber sido recientemente encerados. Un tiesto con una palmera y un biombo con delgados paneles de encaje lanzaban sombras en el estrecho corredor e impedían la visión de lo que había detrás.

Los hicieron pasar a la primera habitación de la izquierda, una sala de recibir. En una de las paredes, frente a las ventanas delanteras, había un espejo, lo cual proporcionaba más luminosidad a la estancia. A diferencia de la mayoría de los salones, a Cameron le pareció que aquel era acogedor y los sillones estaban dispuestos para facilitar la conversación. ¿Se habría sentado Virginia allí?

—Discúlpenme —dijo el mayordomo—. Voy a decirle a la señora Parker-Jones que están ustedes aquí.

Cameron dejó el barril en el suelo. Agnes se sentó, pero no demasiado tiempo. Empezó a andar por la habitación, muy nerviosa, y examinó los tres cuadros que colgaban de la pared.

—Esto es muy ingenioso. —Señaló un pequeño cuadro junto a la ventana. El artista había reproducido en el lienzo la panorámica exacta del jardín delantero y del río tal y como se veía desde allí. En vez de marco, la pintura estaba rodeada por un pequeño alféizar. La única diferencia era que, en ella, una hilera de altísimos álamos en flor flanqueaba el sendero de ladrillos. Agnes se acercó a mirarlo más detenidamente—. El artista tiene un nombre interesante... Duquesa.

A ambos lados de una puerta en forma de arco había dos cuadros más, los retratos de un hombre y una mujer. Por el estilo de su vestimenta, se habían realizado unos años antes.

Cameron estaba cada vez más tenso, y justo cuando pensaba que no iba a poder soportarlo más, se les unió una mujer de unos cincuenta años. Vestía un traje verde de lino con un modesto tontillo y tan sólo un pequeño lazo. Su pelo negro estaba profusamente veteado de gris, y en su rostro se veían las profundas cicatrices de la viruela. O la enfermedad le sobrevino en la madurez o el pintor había sido muy amable con ella al hacer el retrato, porque se trataba de la misma mujer, aunque mayor y con marcas en las mejillas.

Ella sonrió con nerviosismo y extendió la mano.

—Soy Alice Parker-Jones.

—Yo soy Cameron Cunningham, y quienes me acompañan son lady...

—Cameron, por favor —le interrumpió Agnes—, nada de ceremonias.

Cameron volvió a empezar.

—Quienes me acompañan son la vulgar Agnes MacKenzie Napier y un caballero de Perwickshire, MacAdoo Dundas.

Intercambiaron saludos, ella les ofreció asiento y ellos rehusaron sentarse. La última cosa que tenía en mente Cameron era enzarzarse en una conversación cortés.

—Tiene una casa muy bonita —consiguió decir.

—Gracias. Para nosotros es casi nueva. Mi marido la compró hace dos años, tras el fallecimiento del anterior propietario.

Desde luego era una mujer comunicativa, lo cual era un buen augurio.

—Merriweather dice que vienen ustedes de Escocia. ¿Han tenido un viaje agradable?

Agnes, una maestra de la retórica, se entretuvo en ajustarse los guantes.

—Mucho —respondió Cameron—. Estoy seguro de que se está preguntando por qué hemos venido. Estamos buscando información sobre el dibujo de este barril que, según me ha dicho Quinten Brown, viene de Poplar Knoll.

Ella ni se molestó en mirar el tonel.

—Así es. ¿Qué desean saber?

Agnes, a su lado, se removió inquieta, deseando tomar el mando de la conversación, pero él sabía que las normas de educación le impedirían volver a interrumpir.

—¿Quién lo diseñó? —preguntó con un suspiro.

—Nuestra ama de llaves. Tiene mucho talento.

—¿Puedo hablar con ella?

—¿Puedo saber por qué?

Cameron había soltado el mismo discurso cientos de veces en multitud de países de modo que las palabras le salieron con toda facilidad.

—Puede que se trate de alguien a quien conocemos. Alguien a quien perdimos hace diez años.

—¿Diez años, dice usted? Lo siento. —Sonrió con tristeza—. Pueden hablar con ella, pero siento decirles que no recuerda nada de su vida anterior a Poplar Knoll. Creo que de resultas de una caída de un caballo.

A Cameron le asalto una terrible posibilidad.

—¿Quiere decir que tiene dañado el cerebro?

—No, nada de eso. Es muy inteligente e ingeniosa. Sencillamente, no puede recordar de donde proviene ni como llegó aquí.

—¿Cuánto tiempo lleva en este lugar?

—No estoy segura. Cuando el dueño anterior... falleció... le pedimos que se quedara.

—¿Qué edad tiene?

—Yo diría que unos veinte años más o menos.

Agnes soltó un suspiro.

La esperanza revivió en el interior de Cameron. Sin embargo, las desilusiones pasadas le exigían precaución. Si Virginia no se había puesto en contacto con él por culpa de su pérdida de memoria, ¿cómo pudo hacer ese grabado en el barril?

—Es Virginia —dijo Agnes—. Sé que lo es.

—¿Virginia? —repitió su anfitriona—. Sí, ése es su nombre, pero por lo que sé se lo pusieron porque ella no conocía el suyo y la encontraron en Virginia.

A Cameron le daba la sensación de que la señora Parker-Jones no estaba afectada, como si estuviera preparada para esa conversación. Qué extraño. Era de esperar que estuviera sorprendida. Según Brown, su visita a Poplar Knoll antes de volver a Glasgow para hablar con Cameron fue breve y la charla con la dueña de la casa poco productiva. Puede que ella tan sólo estuviera protegiendo a un miembro de su personal.

—Vaya a buscarla —ordenó Agnes.

—Por favor —se apresuró a añadir Cameron—. Y si es usted tan amable, nos gustaría hablar en privado con ella.

La dueña de la casa miró a Agnes con cansancio.

—Muy bien, pero recuerden que, para ella, ustedes son unos extraños.

Si su anfitriona les estaba dando un consejo de forma sutil, Agnes no le hizo ni caso, ya que había asumido lo que Cameron denominaba «sus aires de condesa». La señora Parker-Jones fue la primera en desviar la mirada, como hacía la mayoría de la gente cuando se enfrentaba a una decidida mujer MacKenzie.

Abandonó el salón y desapareció en el largo pasillo en el que él se había fijado al llegar.

El silencio se apoderó de la sala, pero si la expectación hubiera sido un sonido el ruido sería ensordecedor. ¿Podía ser Virginia aquella ama de llaves de las Colonias? Una pérdida de memoria explicaría por qué no se había puesto en contacto con ellos tiempo atrás.

Cameron permitió que la idea penetrara en su cabeza. Virginia, sin recuerdos de Escocia. Virginia, viva y bien.

Agnes le rodeó con los brazos.

—Sabía que la encontraríamos.

MacAdoo se derrumbó en un sillón, pero volvió a levantarse de un salto. Cameron estaba dispuesto a salir por la puerta e ir a buscar a Virginia él mismo. El momento de la verdad había llegado.

«Que sea ella», rezó en silencio. «Por favor, Dios, permite que sea Virginia».

Al ver que la dueña de la casa no volvía de inmediato, se acercó a la puerta y observó el largo pasillo con atención. Aproximadamente en la mitad del mismo, y a través del biombo, se veía la silueta de dos mujeres. Reconoció a la señora Parker-Jones, más robusta y baja. Lo otra, más alta y delgada, era un misterio, una sombra esbelta. Estaban hablando entre ellas, pero desde aquella distancia Cameron no podía distinguir lo que decían. Apostaría sus ganancias del año siguiente a que la señora le estaba diciendo quienes eran y explicándole lo ocurrido.

La mayor de las dos se fue y desapareció por la puerta más cercana a la palmera. La silueta de detrás del biombo agachó la cabeza. Su postura y la importancia del momento llenaron a Cameron de esperanza. Se quedó inmóvil. Elevó una promesa a todos los santos del santoral.

—¿Es que no va a venir nunca? —protestó Agnes, alzando los brazos al aire—. ¿Qué la entretiene tanto? —Se oyó el frufrú de su vestido—. ¿La ves?

Cameron se volvió. Agnes se estaba acercando a él. Pensó en la mujer de detrás del biombo y en la confusión que debía sentir. Es más, sabía que tenía que ser el primero en verla. Ella le pertenecía.

Se encogió de hombros y ocultó su decisión.

—No, pero es una casa muy grande.

—No puedo soportar ni un segundo más esta espera.

—Claro que puedes. Vendrá cuando esté preparada.

—Para ti es fácil decirlo. La diste por muerta en cuanto papá lo hizo. —Emitió un grito ahogado—. ¡Caramba, Cameron! Lo siento. Debes sentirte fatal.

No era su intención decir unas palabras tan hirientes; lo único que sucedía era que estaba intranquila.

—Más bien afortunado.

—Me voy a volver loca esperando.

—Voy a ver qué es lo que la entretiene.

—Yo también —dijo ella.

MacAdoo hizo intención de levantarse, pero Cameron le indicó que se quedara sentado.

—Además, tengo que hacer mis necesidades. ¿Vas a acompañarme allí también?

Agnes lanzó un resoplido y se dio media vuelta, llena de aristocrática impaciencia.

—Pues hazlo rápido.

Cameron se alejó por el corredor, felicitándose a sí mismo. La elegante silueta de detrás del biombo no se había movido. Según se acercaba, pensó en lo que iba a decir. La lógica le decía que, si se trataba de Virginia MacKenzie, él tendría que ofrecerle una prueba sólida. Entonces recordó una cosa que los había unido tantos años atrás.

Que el cielo la ayudara, pero Virginia era incapaz de poner en movimiento sus pies. Era demasiado tarde para cambiar de idea. La señora Parker-Jones ya les había contado la historia de su pérdida de memoria.

A Virginia se le aceleró el corazón. Cameron, Agnes y MacAdoo la esperaban en la sala de recibir. Por fin estaba siendo rescatada. La vida junto a su familia la estaba esperando. La hermosa mujer del vestido amarillo era Agnes, su hermana mayor, la que siempre le decía que en tiempos de problemas utilizara el ingenio. No hubiera podido sobrevivir sin el buen consejo de Agnes. Recordó la dedicatoria en el libro de Napier. Agnes era ahora la condesa de Cathcart.

¿Y el resto? Lo sabría al cabo de unos instantes. Lo único que tenía que hacer era mover los pies. Unos pasos resonaron en el pasillo y, segundos después, Cameron asomó desde detrás del biombo. En cuanto la vio emitió un suspiro. Ella sintió una explosión de orgullo al levantar la cabeza y mirarle. Ya no era el joven desgarbado y arrogante de antes; cubría su poderoso cuerpo con la vestimenta tradicional de las Highlands y la bondad de sus ojos oscuros le ofrecía ayuda, igual que siempre. Él se acercó con una sonrisa.

—He visto tu sombra y he pensado que a lo mejor estabas asustada.

No la había abandonado.

Ahora ella se veía obligada a fingir que le había olvidado.

Recordó sus peores momentos en Poplar Knoll. Con aquellos horrores en mente le resultó fácil ocultar sus pensamientos.

—Estoy un poco abrumada.

—Entonces iremos despacio, pero todo se resume en decir que estamos muy felices por haberte encontrado.

Tener en consideración a los otros no era nuevo para él, decidió Virginia, notando que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Me alegro mucho de que hayan venido a por mí.

—Bien, entonces estoy a salvo hasta que recuerdes lo que te regalé en tu sexto cumpleaños.

Ella tuvo que agachar la cabeza. ¡Oh, Dios! Sentía como si se fuera a romper por dentro. Lo que le había dado eran dos dientes de tejón unidos con un cordel para sustituir los dos de delante que a ella le faltaban. Se pasó una semana entera sin hablarle de lo enfadada que se puso.

Hizo acopio de fuerzas y levantó la vista.

—¿Está usted seguro de que soy quien cree que soy?

Él le ofreció una sonrisa que le debilitó las rodillas.

—Sí. Eres Virginia MacKenzie. —Metió la mano en el sporran y sacó la bufanda que ella le había dado en el establo del castillo de Rosshaven el día que se formalizó su compromiso—. Esto lo hiciste para mí hace mucho tiempo.

Ella no tuvo que fingir sorpresa; no esperaba volver a ver aquel retazo de seda y de vanidad infantil. Aquello provocó un aluvión de recuerdos. Nada más ver el símbolo, Cameron lo ridiculizó diciendo que era un diseño tonto. Sin embargo, entonces era joven y descarado, y más interesado en salir en busca de cosas típicamente masculinas que en preocuparse por los sentimientos de una niña enamorada.

¿Cómo pensaba ahora en ella?

—¿Fue algo especial para usted?

—Mucho. Y ya ves, no lo has olvidado todo. —Sus amables ojos brillaron de ánimo—. Recordaste el símbolo.

—Pero no de manera consciente. Creí que acababa de inventarlo.

—Volverás a recordar el resto de tu pasado. Sólo necesitas tiempo.

Ya llegaría el resto. Hacía una hora había decidido esperar una semana más o menos antes de recuperar repentinamente la memoria. No obstante, ese plan tenía fallos y podía despertar sospechas. Cameron le acababa de dar de manera inconsciente una salida. Podía fingir recordar cada día un detalle; una persona por aquí, un suceso por allá. Sí, ese era un plan mejor.

Sin embargo, tenía que ir con cuidado y empezar por lo más lógico. Tenía preparada una lista con las preguntas que haría una persona que hubiera perdido la memoria. Con ellas en mente, le devolvió la bufanda.

—¿Usted es Cameron Cunningham? La señora Parker-Jones me dijo que ése era su nombre.

Él adoptó una postura militar, chocó los talones e inclinó la cabeza en un saludo formal.

—A vuestro servicio, milady.

El tratamiento la sorprendió, pero tuvo la presencia de ánimo suficiente para preguntarle:

—¿Por qué me llama usted así?

—Porque tu padre es el duque de Ross y eso te convierte en lady.

Hablaba de su padre en presente. Su padre estaba vivo. ¿Y su madre? ¿Por qué no habían venido con él? El temor le atenazó el corazón.

—¿Conoce usted a mis padres?

—Desde luego, y tú te reunirás pronto con ellos. —Virginia sintió tanto alivio que cerró los ojos para disfrutarlo. La mano de Cameron le sujetó el brazo.

—¿Vas a desmayarte?

Ella levantó la mirada hacia él y sonrió.

—Espero que no. Es sólo que estoy más abrumada a cada momento.

—Por supuesto que lo estás; pero tranquilízate, Virginia. Nosotros también navegamos por aguas desconocidas.

Pronunció su nombre como un arrullo. Nadie volvería a llamarla Duquesa. Desde ese momento dormiría en una cama y vestiría ropa suave. Leería todos los periódicos y libros que quisiera. Compraría obras suficientes para llenar una buena biblioteca. Podría viajar cuando quisiera y entrar en cualquier tienda. Era libre.

—Bien —dijo él—. Veo que ya te vas haciendo una idea.

Ella quiso preguntarle cuando zarparían, pero decidió no hacerlo. Necesitaba hacer otra pregunta de carácter más personal.

—¿Me ha reconocido? ¿Tengo el mismo aspecto?

El se puso pensativo, pero no dejó de mirarla en ningún momento.

—Eres muy hermosa, pero todas las mujeres MacKenzie lo son.

—No estaba buscando halagos.

—De acuerdo. Eres mucho más alta de lo que esperaba. Sarah se pondrá muy contenta.

—¿Sarah?

—Una de tus hermanas. Y hablando de hermanas, si no te llevo a ver a Agnes vas a conocer una nueva definición de la palabra «abrumar». Créeme, no le desearías algo así ni a tu peor enemigo.

«Tranquilízate», se dijo ella. Se cogió de su brazo. El había soslayado con habilidad la pregunta sobre las diferencias en su aspecto, pero ella disponía de mucho tiempo para obtener una respuesta. Toda una vida.

—Estoy preparada.

—¿Te siguen gustando las tartas de limón? —preguntó él mientras se dirigían a la parte delantera de la casa.

No existía la más mínima posibilidad de encontrar dulces refinados en el poblado de los esclavos. La idea de que se satisficieran los caprichos de los criados forzosos era ridícula, pero tenía que dar una respuesta coherente. Se le ocurrió otra excusa y levantó la mano manchada con la esperanza de que él se creyera la mentira.

—Aquí las bayas de primavera son deliciosas, y este año las hay en abundancia.

El examinó los dedos de su mano izquierda.

—No has cambiado nada en ese aspecto. Siempre preferías hacer tú el trabajo antes que ordenarles a los criados que lo hicieran.

Gracias a Dios, él no era consciente de la ironía que contenía aquella afirmación, y si de Virginia dependía no lo sabría jamás. Ella tenía derecho a conservar su orgullo y su intimidad.

Con toda seguridad, la forma más considerada de proceder era ahorrarles a su familia y a Cameron la verdad de diez años de servidumbre y ocho de infierno. Se alegró de haber elegido ese camino. Dejó atrás la crueldad de los Moreland y se dispuso a comenzar su nueva vida.

Sin embargo, ante la idea de encontrarse cara a cara con Agnes, su valor desapareció.