CAPÍTULO 7
—¡Hombre al agua! —gritó Cameron.
El tráfico sobre el río fue más despacio.
Cameron se puso detrás de Virginia y le sujetó los brazos.
—No te preocupes, es un excelente nadador.
Ella lo sabía, pero eso no disminuía la impresión. Se apoyó contra Cameron, aturdida. La tripulación del otro barco levantó un bote de remos sobre la borda. Virginia se mordió un labio para no gritar cuando bajaron la barca con su madre dentro.
MacAdoo lanzó una escala de cuerda. El cáñamo protestó con el peso de su padre. Ella no le veía, pero por el movimiento de la cuerda supo que estaba subiendo. El corazón se le subió a la garganta. El tiempo avanzaba a cámara lenta.
Su padre saltó la borda con la elegancia y agilidad de un hombre de la mitad de su edad y aterrizó en cubierta con los pies descalzos. A Virginia le pareció que había encogido, pero no, lo que pasaba era que ella había crecido.
Él vestía una camisa de seda color gris claro y unos pantalones largos de lana azul oscuro. Virginia se quedó paralizada mientras él se apartaba el pelo de los ojos.
En medio de la conmoción, Agnes había ido corriendo a proa a buscar el tartán MacKenzie.
—Toma, papá.
Él se secó la cara con la atención puesta en Virginia.
—¿Sabes cuánto te he echado de menos, niña mía?
¿De dónde iba ella a sacar fuerzas para mentirle? ¿Y por qué no la había encontrado años antes?
—Si te acordaras del pasado habrías corrido hacia él —le dijo Cameron en voz baja. Le dio un empujón en la espalda—. Te quiere más que a nada en el mundo. Ve.
Ella movió los pies, y al segundo se vio engullida por los brazos de su padre. El más antiguo de sus recuerdos, junto con una imagen de su madre cepillándole el pelo, era esta sensación de verse rodeada por la fuerza de Lachlan MacKenzie. Él irradiaba alegría y cariño.
—Te quiero más que a nada.
Él solía decir eso. Ella ansiaba decirle que no había dejado de pensar en él ni un solo día, pero no podía. La niña que seguía llevando dentro absorbió su amor. La mujer cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes, aferrándose a ese amor y saboreándolo. La humedad le traspasó el vestido, pero le dio igual.
Él retrocedió y se dio media vuelta para quedar frente al bote de remos que se acercaba.
—¡Juliet! —Agarró a Virginia con sus fuertes manos—. Es nuestra muchacha, nuestra Rasqueta. —Su voz retumbó sobre las aguas—. ¡Bendito sea san Ninian, es nuestra muchacha!
—¡Virginia! —la llamó su madre desde la barca.
—¡MacAdoo! —gritó Cameron—. La silla de manos. La duquesa de Ross va a subir a bordo.
Virginia vio movimiento en cubierta y a MacAdoo arrastrar una extraña silla hasta proa, pero se sentía distanciada de todo lo que sucedía a su alrededor. No podía apartar la mirada de la mujer vestida de azul que parecía lo bastante joven como para ser su hermana. Mamá.
—¿Virginia?
Cameron la estaba llamando. Le dirigió una sonrisa de ánimo y ella extendió una mano hacia él. Su padre se apresuró a sujetarla.
—¿Qué te pasó, muchacha? —La voz de su padre estaba cargada de anhelo y del fuerte acento de las Highlands—. ¿Por qué no nos mandaste aviso antes?
Ella respiró hondo, se ciñó a su historia y le dijo la primera mentira.
—No podía.
—¡Señor!
—¡Papá!
Cameron y Agnes acudieron al rescate. Cameron le hizo una seña a Agnes.
—Explícaselo tú, buscapleitos.
Virginia no supo por qué, pero al oír aquella expresión de cariño, Agnes le lanzó una mirada que prometía venganza.
—¡Caramba, papá! No sabe quién es. Ha perdido la memoria. Quiero decir que ahora sí que lo sabe, pero no lo supo hasta...
—Agnes, estás tartamudeando —la interrumpió él, devolviéndole el tartán—. Eso no es propio de ti.
Cameron se puso entre ellos.
—Lo que Agnes está tratando de decir es que Virginia no se acuerda de nosotros.
—¿Qué? —rugió Lachlan, asiéndola con más fuerza.
Agnes agitó el tartán.
—Se cayó de un caballo y perdió la memoria.
Entonces el padre llevó las manos al pelo de Virginia y empezó a palparle el cuero cabelludo, buscando una herida.
Ella encontró la voz.
—Sucedió hace años, señor.
—¿Señor? —Los ojos azules de Lachlan, del mismo tono que los de ella, la miraron fijamente. Cuando asimiló la noticia se le desenfocó la mirada. Luego reaccionó—. ¿No recuerdas nada, muchacha? ¿Nada de tu familia ni de Escocia?
Ella se volvió hacia Cameron, incómoda por el engaño.
—Sólo mi vida en Poplar Knoll.
—La trataron bien, papá —dijo Agnes—. Nunca la obligaron a trabajar ni la encadenaron.
Él suspiró de alivio y le revolvió el pelo.
—Gracias a Dios. Si algún bestia te hubiera hecho daño no tendría piedad de él.
—Excelencia —dijo Cameron a modo de reprimenda—. La estamos abrumando. Para ella somos unos extraños.
Virginia estaba en lo cierto al sospechar cual sería la reacción de su padre. Se lo compensaría después, cuando se hubiera integrado en la familia.
—Estoy sana y muy feliz al saber por fin de donde provengo.
Papá le rodeó las mejillas con las manos.
—¿Nadie te pegó o amenazó? ¿No te violó ningún hombre?
Ella había acertado al mentir. Si su padre supiera lo de Anthony MacGowan le perseguiría con el consiguiente riesgo para sí mismo. Y además, se enteraría de la verdad. Sabría que se había ensuciado la ropa en aquel barco, años atrás. Que, apestando a vómito y a confinamiento, había luchado como una leona mientras ellos la empapaban con agua fría. Le desnudaron el pecho y se rieron al ver su inmadurez. Cuando intentó echar a correr, le pusieron grilletes.
—No.
Él cerró los ojos.
—¡Gracias a Dios!
Puede que nunca llegara a contarle la verdad.
—Te llevaremos a Edimburgo —dijo él—. Allí se encuentran los mejores doctores, y también Sarah.
—¡Caramba, papá! En Edimburgo están los segundos mejores médicos. Edward puede ocuparse de ella perfectamente.
Él pareció notar la presencia de Agnes en ese momento, porque se apartó de Virginia.
—La has encontrado —declaró—. Has sido tú, cabezota, buscapleitos y obstinada mujer medio Campbell...
—¡Papá! —Ella se envaró; la imagen misma de la femineidad ofendida, y dijo con mucha satisfacción—: Te dije que estaba viva. Prometí encontrarla.
Él echó la cabeza hacia atrás y se rió.
—Dime que soy tan estúpido como un inglés, pero lo conseguiste.
Ella chilló cuando él la levantó en brazos y la hizo dar vueltas en círculo.
Cameron atrajo a Virginia hacia sí y le pasó un brazo por los hombros.
—Es un momento muy emotivo —dijo—. Llevábamos diez años esperando a que hicieran las paces.
Ya había dicho eso mismo en otra ocasión, pero las palabras no alcanzaban a describir la alegría que se produjo entre su padre y Agnes. Ésa era la clase de encuentro que debería haber tenido Virginia.
—Es una pena que no recuerdes el pasado, Virginia.
Algo en el tono de voz de Cameron -como una especie de crítica-, despertó su atención.
Ella alzó la vista hacia él.
—¿Por qué?
Él le dirigió una suave sonrisa.
—Porque serías tan feliz como lo es Agnes ahora.
Virginia experimentó una extraña sensación, se sintió expuesta, vulnerable, como si Cameron fuera capaz de ver a través de su mentira.
Un bulto de ropas de hombre asomó por la barandilla. Rápida como un rayo, Agnes se lanzó hacia la izquierda y lo cogió. El duque se acercó a la borda y ayudó a su esposa a bajar de la silla que habían hecho descender por el costado. Le dio un beso y le dijo algo en voz baja. Ella dio un respingo y luego estudió a Virginia con los ojos muy abiertos.
—¡Oh, no!
—Ánimo, Juliet. Ven a saludar a nuestra preciosa hija Virginia.
Cameron volvió a empujarla para que se adelantara. Se acercó como en sueños a los brazos de su madre y, ahogando un sollozo, disfrutó de su amor.
Junto a la alegría vino la cólera contra el destino que la había privado de miles de instantes como éste.
—¡Ay, mi niña querida! No te preocupes por nada. Con nosotros estás a salvo. Nadie volverá a llevarte lejos otra vez. —Incluyó a Agnes en el abrazo—. Gracias, que Dios bendiga tu valiente corazón, Agnes MacKenzie. —Acarició el pelo de Virginia entre lágrimas—. Tienes la más maravillosa de las hermanas.
—No nos conoce.
—¿Es cierto eso? ¿No recuerdas nada?
Virginia cerró el puño y elevó una plegaria silenciosa.
—Sólo retazos. —El amor le oprimió el pecho—. Pero me alegro mucho de que me hayáis encontrado.
Ser testigo del engaño hizo flaquear a Cameron. En dos ocasiones había presenciado esa clase de fuerza interior que animaba a las mujeres MacKenzie. Mary fue objeto de una broma organizada por Robert Spencer, conde de Wilshire. La sedujo una noche y ella, totalmente comprometida, se colocó la ropa y se abrió camino entre un grupo de regocijados lores ingleses. Años antes, cuando el ganso de Virginia murió, ella insistió en cavar una tumba y enterrar personalmente a la mascota. Cameron le había sostenido la mano llena de ampollas mientras ella recitaba una oración por el viejo pájaro.
El conde de Wiltshire no se merecía a Mary MacKenzie. Virginia no se merecía este tormento. El encuentro con sus seres queridos debería haber sido de una alegría sin restricciones, en vez de reposado por culpa de un engaño inspirado por el orgullo. Sin embargo, estaba mal que juzgara a Virginia, de modo que obedeció a sus instintos. Detrás de aquella actitud había un buen motivo. Eso le animó a ayudarla.
Intercambió un saludo con el otro capitán y le dijo que les siguiera hasta Norfolk. Durante el resto del viaje vio como sorteaba Virginia las preguntas de sus padres del mismo modo que había hecho con las de Agnes y las suyas. Mantenía una sonrisa en los labios, pero de vez en cuando le temblaba la boca, agachaba la cabeza a menudo y cada vez que mentía formaba ese puño especial.
Una vez en el puerto, Cameron se quedó rezagado mientras Quinten Brown acompañaba a los MacKenzie a la posada del Lobo y la Paloma. Hacía menos de una semana que él había llegado allí buscando a Brown.
Mary Bullard, la socia de Brown, los saludó. Se trataba de una mujer fornida, con una cara y un cuerpo menudos, rebosantes de salud, que salió a su encuentro cojeando, apoyada en un bastón. Encima de su elegante vestido de satén azul llevaba un delantal bordado.
—Bienvenido de nuevo, capitán Brown.
—¿Se ha hecho daño?
Ella agitó el bastón.
—No es más que un tobillo dislocado.
El capitán Brown se puso nervioso.
—¿Ha llamado al médico?
—Sí, capitán Brown.
Al ver cómo trataba a Brown, Cameron no pudo resistirse a decir:
—Ya no es ningún misterio saber quién es la paloma en esta sociedad.
Ella puso las manos en la cintura y dirigió la mirada al capitán Brown.
—Zurea para ellos, Quinten.
Él se removió inquieto, pero su voz fue excesivamente solícita cuando dijo:
—Mary, mi amor, sé amable y ven a conocer a lord Lachlan MacKenzie, el libertino de las Highlands en persona, y a su familia.
Lachlan retrocedió un paso y con una fioritura fingió quitarse un sombrero que no llevaba y ejecutó una reverencia cortés.
—Es un placer conocerla, señora Bullard.
Ella enrojeció de vergüenza.
—¡Ooh, ooh!
El capitán Brown se echó a reír al oír sus exclamaciones.
—Aquí está mi paloma.
Ella le fulminó con la mirada, pero cuando habló se dirigió a Lachlan.
—¡Santa María! Cuando se corra la voz de que el mejor hombre de las Highlands vive bajo nuestro techo, vamos a tener una avalancha de aduladores y buscadores de favores.
—Hay quien dice que América es la tierra de las oportunidades —dijo Lachlan.
La mirada de ella se hizo penetrante.
—¿Cómo dice usted, milord?
—Digo que ustedes, los americanos, deberían abrir sus brazos a los pobres escoceses que se ven obligados a compartir una isla con los codiciosos ingleses.
Cameron contuvo una carcajada. Virginia le miró perpleja, con el ceño fruncido. Él le guiñó un ojo y se puso a su lado.
—Yo no tengo ningún problema con su gente, MacKenzie, y Mary tampoco —dijo Brown con su acento británico.
Mary Bullard lanzó un bufido.
—Tú no tienes tiempo para pelearte con nadie. Estás demasiado ocupado molestándome a mí. Y yo contestaré por mí misma.
Él gruñó, colgó el abrigo en el clavo que había en la puerta y subió enfadado las escaleras.
Mary se estremeció con cada uno de los golpes de sus pasos en los tablones de madera. Un portazo puso punto final al ruido.
Cameron había sido testigo de otra disputa similar entre ellos y pensó que Mary tenía muy mimado a Brown.
—¿Diría usted que el capitán Brown es una tórtola o una Zenaida? —le preguntó.
Mary levantó el bastón como si fuera un cetro y ella una reina y se echó a reír.
—Las dos... cuando tiene un buen día. Bueno —continuó muy alegre—, ¿cuántas habitaciones van a necesitar, Excelencia?
—¿Papá? —intervino Virginia—. Podría tener... Si no te importa y no supone un gran problema...
—¿De qué se trata muchacha?
—Me gustaría tener una habitación para mí... si es posible.
Él la cogió del brazo para separarla de Cameron. Al ver que ella no se movía, se acercó él. Los ojos le brillaron de cariño.
—Lottie y tú siempre lo queréis así —dijo—. Si lo que deseas es un palacio, eso es lo que tendrás, Virginia MacKenzie —añadió más serio.
Pronunció su nombre con tanto orgullo que ella tuvo que contener un sollozo.
—Gracias, papá.
Agnes se colocó a su lado.
—No le hagas caso, Virginia. La verdad es que no va a comprarte un palacio.
—Sí que lo hará —no pudo evitar decir Cameron, todavía con la mano de Virginia entre las suyas—. Siempre que seáis vecinos. —Ella alzó la vista hacia él y Cameron añadió—: No creas que va a permitir que te alejes de su vista.
—Es una MacKenzie, Cunningham.
Lachlan sólo le llamaba así cuando quería reprenderle.
—Conozco bien ese sentimiento. Usted me crió.
Agnes se quitó los guantes.
—Apuesto diez libras a que papá deja un guardia delante de la puerta de Virginia, y no voy a ser yo.
Virginia se echó hacia atrás.
Cameron la sujetó rápidamente.
—Excelencia, ¿no deberíamos llevar a las damas a sus habitaciones antes de tener la primera pelea sobre Virginia?
El duque habló con suavidad, pero su mirada fue tan dura como el acero.
—Me parece recordar haberle dicho esas mismas palabras en Edimburgo a un muchacho que se sobrepasaba al menor descuido.
Muchos años antes habían viajado a Edimburgo. Nada más llegar, Virginia y Cameron intentaron salir de sus habitaciones para ir a explorar la ciudad. Lachlan los cogió antes de que llegaran a la calle.
Sin embargo, Cameron sabía cómo tratar al duque de Ross.
—Mi madre le da las gracias por ésa y otras cien buenas lecciones. De ella, lo que aprendí fue a pensar primero en el sexo débil. —Miró a Mary Bullard—. Señora Bullard, habitaciones y baños calientes para las damas.
—Será un placer, señor. —Tras dar un golpe sordo salió por la puerta de vaivén.
Lachlan se acercó a su esposa y le dijo algo al oído.
A juzgar por sus ojos cerrados y la sonrisa que le curvó los labios, a ella le gustó mucho lo que oyó.
Si el amor tuviera color, brillaría con todos los tonos del arcoíris alrededor del duque y la duquesa de Ross. Cameron creció con esa luz deslumbrante. Lachlan MacKenzie sabía cómo amar a las mujeres, cómo hacer que brillaran como tales. Cora, Lilian y Rowena eran amistosas y afectuosas, pero Virginia, al ser su primera hija con Juliet, había recibido toda la atención de ambos, la suya y el amor de Agnes, Lottie, Sarah y Mary. Y el de Cameron.
Virginia MacKenzie había sido amada y deseada incluso estando en el vientre materno. Eso no la convirtió en una mimada. Por el contrario, la hizo entregarse más a los otros. Al haber vivido entre tanta armonía, Cameron prefería una vida solitaria a vivir sin ella. Intentó encontrar el amor y la felicidad con otras personas. Quizá Adrienne Cholmondely era su mayor decepción, aunque sólo fuera por la cantidad de años que lo había intentado. Pero los largos viajes por mar acabaron por dejarles únicamente una relación basada en la lujuria.
—Mis padres ofrecen una bonita imagen juntos.
¿Y si el tiempo pasado en la esclavitud le había robado la habilidad para compartir su alma con él y aceptarle? El antiguo dolor regresó, pero esta vez la sensación de vacío se quedó atrás. Virginia estaba viva y era libre, y él daba las gracias por ello.
—Sí —fue lo único que pudo decir.
Lady Juliet suspiró.
—Como sigas así voy a coger una habitación para mí sola.
Lachlan sonrió de oreja a oreja y le lanzó un desafío.
—No lo harás. —Al ver que ella no se movía, le cogió la mano—. Me limitaría a derribar la puerta.
Ella se echó a reír.
Agnes también se rió.
—¡Caramba! Va a regañarla.
—Es una pena que no recuerdes la manera MacKenzie de regañar —le susurró Cameron a Virginia.
—Lo recordaré con el tiempo.
Cuando ella lo decidiera, seguro.
—¿No te alegra que nos hayamos ido de Poplar Knoll?
Ella buscó su mirada.
—Sí.
Tenía ambas manos abiertas. Aliviado al comprobar que estaba diciendo la verdad, Cameron pensó en el futuro. Ella todavía tenía que enfrentarse a una conversación privada con su madre. En Escocia repetiría el mismo proceso una docena de veces, empezando con sus hermanas Sarah y Lottie que seguramente estaban esperándola en Glasgow. La compadecía por eso.
Ahora tenía que ayudarla.
—¿Te gustaría dar un paseo... dentro de un rato? —preguntó, sólo para sus oídos—. Hay un pequeño mercado cerca de aquí, en Becker Street. ¿Te gustaría ir?
Ella le oprimió la mano y le brillaron los ojos.
—¿Un mercado con tiendas y puestos y mercancías que comprar?
—De todas clases.
Cuando eran niños habían tenido un montón de conversaciones similares. No importaba el encargo o la misión, él siempre podía contar con que Virginia le acompañaría. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo solo que había estado.
—¿Cameron?
—Baja luego y te estaré esperando.
Los ojos de ella se abrieron alarmados.
—¿No te vas a quedar en la posada?
Su primera reacción fue sentirse halagado, pero el halago era relativo. A causa de la mentira y de la carga emocional que había decidido ocultar, lo más probable era que prefiriera estar en compañía de Cameron. Sin embargo, parecía una mujer con el amor en mente.
—No, me voy a quedar en mi barco.
—¿Pero vas a esperar aquí y me vas a llevar al mercado?
Ella estaba demasiado seria, y su pregunta fue demasiado ingenua, porque sabía de sobra que él la llevaría a cualquier parte.
—Si tengo que cargar con tu cesta, no.
El recordó esa sonrisa y con el recuerdo vino una visión de la niña feliz y confiada que había sido.
—No tengo ninguna cesta, pero compraré una. Gracias por decirme lo del mercado, Cameron.
—Entre nosotros nunca han hecho falta palabras de agradecimiento. —Estuvo tentado de decir que siempre fueron sinceros el uno con el otro, pero eso ella ya lo sabía.
Si su memoria estaba intacta también debía recordar las promesas que se habían hecho. ¿Cuántas de esas promesas había roto ella? ¿Cuántas más iba a romper? Cameron no lo sabía y ahora se enfrentaba a otro desafío: tenía que decirle la verdad a su padre.
—Vamos, Excelencia —dijo, empujándola a ella hacia su madre—. Venga a tomar un trago conmigo mientras lady Juliet nos construye un nido en este lugar.
El duque había estado observándolos y su mirada fría se paseó de Cameron a su hija y de su hija a Cameron.
—¿Estoy equivocado o he oído que utilizabas un tono grosero?
Fue un desafío sutil, pero lo bastante intenso como para aumentar la tensión entre ellos. Cameron se había pasado casi una década bajo el techo de Lachlan. Sabía que debía aligerar la incomodidad del momento. Le pareció mejor recurrir a la familiaridad.
—Excelencia —dijo poniendo una cara inexpresiva—, ¿se ha olvidado de que he pasado más de quince días a solas con Agnes, en el mar?
Agnes resopló.
—¡Eso me ofende!
Lachlan se rió por lo bajo y le pellizcó la nariz.
—Compadezco al hombre que se enfrenta a un destino como ése.
Ella le apartó la mano de una palmada.
Riéndose todavía de la broma, Lachlan le dirigió una sonrisa conspiradora a Cameron.
—Perdón concedido, muchacho. Mi hija mayor es capaz de llevar a un hombre a la locura.
Agnes cuadró los hombros.
—Mamá, Virginia, vámonos. Un segundo más en compañía de estos desgraciados y soy capaz de recurrir a la violencia.
—No cariño, por favor —dijo Juliet.
Cameron y Lachlan alzaron las manos al unísono a modo de rendición.
—¡Payasos!
Virginia le dirigió una sonrisa a Cameron.
—Aquí estarás a salvo —le dijo Cameron en voz baja.
—¿Lo recuerda todo?
Ahora que le había contado la temida verdad al padre de Virginia, Cameron se apresuró a explicar la actitud de ella.
—Así es. Puede que el tiempo haya borrado algunos recuerdos, pero no existió una caída de caballo que le robara la memoria. Se lo ha inventado.
Una expresión de incredulidad deformó las facciones del duque.
—¿Cómo es posible?
Un camarero con delantal puso unas espumosas jarras de cerveza sobre la mesa recién fregada, luego encendió la linterna que colgaba de un aplique en la pared, cerca de la puerta de la cocina. La débil luz amarillenta iluminó el rincón. Cameron había escogido esa mesa porque permitía ver tanto la puerta como la escalera. El resto de las mesas estaban desocupadas.
Sacó unas monedas de su sporran y pagó las bebidas al camarero. El hombre se guardó el dinero en el bolsillo y se entretuvo en remover una olla con un guiso de conejo que se cocía a fuego lento sobre el hogar.
Lachlan dio un buen trago.
—Buena cerveza.
Cameron esperó hasta que el camarero volvió a la cocina.
—Es una larga historia.
El duque, absorto, miró fijamente la jarra.
—Durante el viaje quería creer que la habías encontrado, pero si te digo la verdad, muchacho, tenía miedo de llevarme otra decepción.
Cameron también había sufrido el mismo tormento.
—Lo sé. Recorrer el pasillo de aquella plantación para encontrarla fue... el viaje más largo de mi vida.
El amor de padre dulcificó los duros rasgos de Lachlan.
—Es preciosa, ¿verdad?
Cameron esperaba que le preguntara qué le había pasado a Virginia, pero si el duque de Ross quería disfrutar del momento, él estaba dispuesto a seguirle la corriente.
—Sí, pero yo ya sabía que sería una belleza.
—¿Lo sabes ahora?
Cameron se puso a la defensiva ante el tono socarrón de Lachlan.
—Es lo bastante bonita para mí.
—Y para cualquier hombre que tenga ojos. Aunque la dulce manera de hablar de Virginia sería como música para un ciego.
—Sí.
La mirada de Lachlan, más afectada que crítica, se volvió penetrante.
—He visto cómo la mirabas, pero es imposible que conozcas a la mujer en la que se ha convertido, Cameron. Tú amabas a la niña, y si el pasado está claro para ella, recordará que estaba locamente enamorada de ti. Es una estupidez pensar que todavía te ama.
Cameron dejó pasar el insulto por respeto. Nadie conocía a Virginia como él. Ella le quería, pero todavía no estaba preparada para admitirlo.
—No espero que se me tire encima de inmediato.
Lachlan intentó no reírse y perdió la batalla.
—¿Qué le pasó? —preguntó cuando se le pasó la risa.
Cameron le relató la historia que le había contado Rafferty.
—¿Le crees?
—Sí. Mintió sobre lo de asistir a la iglesia y nos hizo creer que era ama de llaves, pero eso también es mentira.
—Tiene miedo.
—Sí.
—¿Lo sabe Agnes?
—No.
—Lástima. Ella siguió creyendo cuando nosotros dejamos de hacerlo.
Un nuevo acceso de culpa atacó a Cameron.
—Y aún así Virginia se siente a salvo conmigo.
—Ni una puerta con llave podía separaros cuando erais niños —se quejó Lachlan sin ninguna malicia.
Dadas las circunstancias, parecía razonable estirar la verdad.
—Eso no ha cambiado, señor. Nuestros vínculos especiales siguen existiendo. Lo único que sucede es que ella todavía no está preparada.
—Eso es algo que me preocupa. ¿Has pensado en Cholmondeley? No se va a tomar muy bien que dejes a su Adrienne.
Cameron centró su atención en la cerveza, que estaba recién hecha y sabía a levadura. Puede que Adrienne lo entendiera y puede que no. Él no había firmado ningún contrato matrimonial y solía pensar que para ella su asociación era de conveniencia.
—No puedes hacer que tu relación con la chica inglesa desaparezca.
Cameron estuvo a punto de enfrentarse a él. La reputación de libertino de Lachlan MacKenzie era una leyenda. Antes de conocer a lady Juliet sedujo a más mujeres de lo admisible incluso para un duque recién restituido y soltero. No obstante, la buena educación le obligó a no mencionar el tema.
—Virginia tiene una gran fortaleza de carácter, ¿sabe?
—Eso lo ha heredado de mi Juliet.
—Sí, pero se parece a usted.
—Eso es verdad. —Sonrió con cariño—. Tú le enseñaste a jurar.
Cameron pasó por alto la provocación.
—Eso se lo enseñó Agnes.
Lachlan dejó la jarra de cerveza.
—Si te olvidas del honor o algo similar antes de que ella se explique, me responderás por ello.
Antes, ese tono atemorizaba a Cameron.
—Usted más que nadie sabe lo que siento por Virginia.
—Me acuerdo muy bien de cómo se comportaba el Cameron joven e impaciente por conocer mundo cuando estaba cerca de ella.
—Ella sólo tenía diez años. La respeté.
—Esa es la cuestión, ¿no? Ahora es una mujer y rara vez he visto una doncella, ni siquiera a una decente, que se resistiera a tus encantos. Te lo aviso muchacho, vamos a introducirla en nuestras vidas antes de entregársela a un marido.
¿Un marido? Cameron se sublevó.
—Es mía. Siempre ha sido mía.
—Pero, ¿te quiere ella? ¿Quién puede asegurar que estar comprometida contigo no es la razón de su engaño?
A Cameron no se le había ocurrido aquella posibilidad. Sabía que no era indiferencia lo que había alimentado los besos que ambos habían compartido. Virginia le deseaba. Antes de su conversación con Rafferty, Cameron le había hablado a Virginia de los esponsales. Visto en retrospectiva la reacción de ella tenía sentido. No expresó indignación ni sorpresa. Hizo pocas preguntas porque conocía las respuestas.
—Yo afirmo que su compromiso conmigo no tiene nada que ver con su mentira. —Necesitaba creerlo—. A menos que sea para reforzar su decisión de mantener el pasado en secreto.
—¿La has besado o te has tomado libertades con ella?
Cameron hizo acopio de paciencia y mantuvo un tono moderado.
—Tiene las manos manchadas por los preparados para encurtir. Según Rafferty vivía en el poblado de los esclavos. Lo que la mantiene en silencio es el orgullo por la forma en que fue tratada.
—¿Lo que te impide contestarme es el orgullo o una conciencia culpable? ¿La has besado?
—¿Con Agnes vigilándonos? —Se rió por lo bajo para causar efecto—. Debe estar usted bromeando.
Lachlan desvió la mirada hacia la escalera vacía.
—Cierto. Lo siento, Cameron. Seguro que Agnes te hubiera roto una pierna o algo peor.
Con Cameron, los conocimientos de lucha extranjera de Agnes no surtían efecto, pero eso no pensaba decirlo. Le preocupaban asuntos más importantes. Acababa de traicionar a Virginia ante su padre, aunque sus motivos fueran válidos. Sin embargo debajo de la lógica subyacía la frustración. Ansiaba hablar con ella, sin disimulos, de los años perdidos.
—¿Qué más te contó ese tonelero irlandés?
—Asegura que fue Anthony MacGowan quien la trajo hasta aquí y se la vendió a ese bastardo llamado Moreland, que por aquel entonces era el dueño de Poplar Knoll.
—¿Por qué no les dijo ella quién era?
—Lo hizo, y entonces la apodaron Duquesa.
—¿Ni siquiera la llamaban por su nombre?
—No.
—¡Por todos los diablos! No puedo entenderlo ni tengo valor para comprobarlo.
Cameron sí, y en cuanto se le presentara la oportunidad averiguaría si ella contestaba al nombre de Duquesa.
—¿Por qué no me mandó un aviso? —se lamentó Lachlan.
A Cameron se le formó un nudo en la garganta al pensar en la historia que estaba a punto de contar.
—Intentó escapar una vez, en una balsa que se construyó con sus propias manos.
Lachlan se estremeció.
—¡Ay, mi Rasqueta! ¡Cómo debe haber sufrido! Como que soy un MacKenzie que voy a matar a Moreland.
Al duque de Ross le esperaba una venganza todavía mayor y la intención de Cameron era dirigirle hacia allí.
—Su esposa murió. Él está débil y ha alquilado unas habitaciones en Richmond. Matarle sería una bendición para él. Deje que se pudra en su miseria.
—¿A quién pertenecen ahora las tierras?
—A los Parker-Jones. Ellos la trataron decentemente.
—¿Es posible que ella guarde silencio por temor a que yo les haga daño?
—Tiene motivos para odiar a MacGowan y a Moreland, pero la señora Parker-Jones la ayudó.
—¿A qué puerto arriba ese MacGowan?
—No lo sé, pero he mandado a MacAdoo a que le pregunte al práctico del puerto por ese bastardo.
Lachlan agarró el brazo de Cameron.
—Encuéntrale y tráemelo, muchacho.
Ahora empezaba la parte difícil. Abrir su corazón para manipular al duque de Ross no era tarea fácil, ni siquiera para las cosas más triviales. Ahora había demasiado en juego.
—Virginia se siente avergonzada y la culpa es nuestra. Incluso usted dijo que le alegraba saber que no había sido esclavizada. Agnes suspiró de alivio cuando Virginia dijo que la habían tratado bien. Póngase en su lugar y entenderá por qué teme que sintamos compasión por ella.
Lachlan meditó aquello. En dos ocasiones hizo intención de hablar y en ambas se arrepintió.
—Siempre has sabido lo que pensaba —dijo por fin—, pero si la seduces antes de que admita la verdad...
Cameron se llevó la mano derecha al corazón y formó un puño con la izquierda.
—Juro por mi honor de marinero que no voy a seducirla.
—Ella deseaba que hubiera intimidad entre ellos y él se aseguraría de que la consiguiera.
—Asegúrate de no hacerlo. Escúchame bien, muchacho. Tener relaciones con ella te hará vulnerable. —Bajó la mirada y volvió a subirla—. Sé lo doloroso que es tener secretos con la persona que amas.
Ahora que volvían a conversar civilizadamente, Cameron se relajó.
—Teniendo cuatro hijas ilegítimas, la mayoría de cuyas madres eran aristócratas, estaba usted obligado a mantener secretos.
—Me refería a un secreto doloroso, cuando te deja fuera o genera desconfianza. —Volvió a mirar las escaleras—. No fui yo quien no fue sincero.
¿Lady Juliet había hecho daño al libertino de las Highlands? Esa idea sorprendió a Cameron. Se olvidó de su conciencia para aprovecharse de la vulnerabilidad del duque.
—Creo que debería llevar a Virginia a Escocia. Quiere ir a Glasgow.
—No. Ella se viene conmigo. Ya cambiará de idea sobre lo de la venganza. Es una MacKenzie.
«Sé razonable», se recordó Cameron.
—Sin embargo, finge lo contrario. ¿Recuerda lo joven y orgullosa que era? Y ahora, piense en MacGowan.
—¡MacGowan! —Lachlan escupió el nombre como si estuviera lanzando un juramento.
—¿Se acuerda de él? Solía atracar en la Isla Negra.
—Sí, y él sabía de quién era hija cuando se la llevó.
—Lo hizo para perjudicarle a usted.
—¿Cómo es posible que Virginia acepte la idea de que nunca pague por su crimen? —preguntó Lachlan como si tal idea no le cupiera en la cabeza.
—Creo que es un trato que hizo consigo misma. Cambió orgullo por venganza.
Lachlan apuntó a Cameron con un dedo.
—Escucha bien este trato: juro que no se va a librar de esto.
—No; si ella lo cuenta, MacGowan acabará en la horca. Y él lo sabe.
—Pero, ¿por qué lo hizo? ¿Por qué quería perjudicarme hace diez años? Yo apenas conocía a ese asqueroso desgraciado.
Cameron había pensado mucho en el asunto.
—¿Acaso lo ha olvidado? Un año antes de que Virginia despareciera, usted tomó partido por Brodie en una disputa que mantenía con MacGowan por el comercio en el Báltico.
Lachlan sacudió la cabeza con incredulidad.
—No fue el único capitán que se llevó una decepción. Había cuatro más que querían ese negocio.
—Él es el único que le guardó rencor.
Lachlan entrecerró los ojos y asintió lentamente.
—Aún así, nosotros preguntamos a todos los capitanes que habían atracado alguna vez en la Isla Negra.
—MacGowan llevó a cabo su venganza y luego cambió de puertos de escala, porque no le he visto ni en Escocia ni en Inglaterra desde entonces.
—Debió regodearse el día que la cogió. Secuestrar a una niña y venderla. —Sacudió la cabeza—. ¡Dios, Cameron, qué trabajo tan sucio! Le mataré... despacio.
Seguramente MacGowan lo sabía y huyó para evitar la captura.
—Cuando se entere de que ella se ha reunido con su familia, se va a poner nervioso.
Lachlan echó mano de la jarra ya vacía. La volvió a dejar de golpe y apretó los dientes.
—Para individuos como él la horca es demasiado buena.
Si las sospechas de Cameron eran ciertas, el duque no había pensado en el peligro que MacGowan seguía planteando.
—¿Y si vuelve a por ella otra vez... para silenciarla?
El gruñido de ira de Lachlan retumbó por la estancia.
—Tendrá que pasar por encima de mí, de mis parientes y de todos los hombres que me llaman amigo.
Cameron se preparó para darle la puntilla.
—A menos que usted lo encuentre antes.
Al duque le sorprendió oír aquello, ya que miró a Cameron como un halcón a un ratón asustado.
Cameron suspiró y rezó para tener suerte.
—Creo que debería llevar a Virginia y a Agnes a Glasgow. Usted puede contratar el barco de Brown e ir tras MacGowan. La venganza debería ser suya, milord.
—¿Lo sabe MacAdoo?
Cameron asintió.
—Sí. No hubiera sido justo mandarle a preguntar por Anthony MacGowan sin decirle por qué.
—Yo se lo diré a Juliet.
—¿Va a ir tras él?
—Sí.
Accedió más rápido de lo que Cameron esperaba.
—Veo que te he sorprendido.
—Así es. Creí que insistiría en llevar a Virginia a casa.
Un destelló de malicia brilló en los ojos de Lachlan.
—Quiero a MacGowan. Cuando lo encuentre se lo venderé a Ali Kahn. Se va a pudrir en la bodega de una galera morisca.
A Cameron se le revolvió el estómago al pensarlo.
—Un destino peor que la muerte, en un lugar más negro que el infierno.
—Entonces, está decidido. —Lachlan dio una palmada sobre la mesa—. Yo voy a por MacGowan. Tú llevarás a Virginia y a Agnes con Napier, y ten presente una cosa: Agnes se las verá contigo si abusas de Virginia. Yo me ocuparé de lo que quede de ti.
Ahora que se había salido con la suya, Cameron podía ser magnánimo.
—Agnes mató a tres hombres.
—Hombres que se aprovechaban de los niños.
Cameron levantó la mano.
—¿Estoy equivocado o ha utilizado usted un tono grosero?
Ese atrevimiento era nuevo.
—Agnes me volverá loco. Permítame llevar a lady Juliet —dijo Cameron, para favorecer su caso.
Por la expresión de incredulidad de Lachlan era como si Cameron le hubiera pedido su corona ducal.
—No, no te puedes llevar a mi esposa.
—Todos sus yernos dicen lo mismo. Estarían encantados de devolverle a sus hijas a cambio de lady Juliet.
—Lo dicen para ganarse mi favor —se burló Lachlan.
Cameron se rió; se trataba de una vieja historia y era completamente falsa.
—¿Qué favores va a dispensar usted hoy?
—¡Cómo si yo pudiera darte algo que no puedas comprarte tú mismo! Y mi hija no está disponible.
—Virginia me necesita, ¿y quién mejor que yo para ayudarla?
Lachlan volvió a apuntarle con ese dedo acusador.
—Primero tienes que ayudarla a aprender a confiar en nosotros, muchacho.
—Estaré encantado de hacerlo, señor.
Lachlan MacKenzie era más protector que la mayoría de los hombres, pero también tenía más práctica cobijando mujeres. Con ocho hijas y su instinto protector, se había convertido en una leyenda en las Highlands y más allá. Y entonces, y dado que Lachlan era como un padre para él, Cameron dijo:
—Va a ser algo condenadamente difícil, señor. Ella finge no conocerme ni recordar lo que pasó entre nosotros.
Lachlan asintió con tristeza, comprendiéndole.
—Eso cambiará, muchacho.
Cameron extendió la mano.
—Buena suerte buscando a MacGowan. Prométame que nos escribirá y nos mantendrá informados de sus averiguaciones.
Lachlan vaciló.
—Agnes y usted podrán por fin hacer las paces —añadió para animarle.
Lachlan emitió un exagerado suspiro de cansancio. Un segundo después sonrió con sincero afecto y estrechó la mano de Cameron.
—¡Vaya! Tenía razón todos estos años cuando aseguraba que Virginia estaba viva. ¿Cómo reaccionará Kenneth?
—Su heredero irá como todos los hombres cuando Agnes MacKenzie está involucrada: con cuidado.
—Hablando de Kenneth. Cuando llegues a Glasgow, escríbeles a él y a tus padres. Querrán acortar su viaje a Italia.
Los padres de Cameron estaban en Venecia con Sibeal, la hermana de Cameron, que estaba a punto de tener su primer hijo.
Tanto Kenneth como Cora MacKenzie vivían con los padres de Cameron y habían viajado con ellos a Italia. Les escribiría, pero no les animaría a volver de inmediato. Virginia necesitaba tiempo, y los padres de Cameron se merecían conocer a su primer nieto.
—Somos unos hombres con suerte, Cameron.
Cameron se rió.
—Y nos vamos a poner sentimentales si no cambiamos de tema.
—Cierto. —Lachlan pidió más cerveza—. Ahora, cuéntame todo lo que ha sucedido entre Virginia y tú.