CAPÍTULO 12

Similar a un carruaje, pero con las ruedas muy grandes y tirado por tan sólo dos caballos, el vehículo redondeado se movía veloz entre el tráfico por la atestada calle paralela al puerto. Los transeúntes lo miraban boquiabiertos. Virginia, maravillada. El coche no daba saltos ni se balanceaba, no se tambaleaba ni daba sacudidas, sino que avanzaba a toda velocidad entre carros y carretas como una rápida pinaza entre los torpes acorazados.

Subidos en el pescante del cochero -que no era un cajón sino más bien un estante almohadillado-, iban dos jóvenes. Cuando se acercaron más, Virginia reconoció al más joven de ellos por los dibujos de Mary. Era Christopher, el hijo de trece años de Napier.

El otro, el mayor, a quien Virginia no conocía, tiró de las riendas. El carruaje se detuvo. Se abrieron un par de puertas laterales y del interior salió un hombre. Tenía el pelo castaño claro y llevaba un delantal de herrero. Era Edward Napier, Virginia le hubiera reconocido en cualquier parte aunque Agnes no estuviera dando saltos a su lado.

—Hola, Maiden Virginia y Agnes —saludó él a gritos, agitando un brazo.

—¡Edward! —gritó Agnes en respuesta.

Al acercarse al barco con paso rápido, pero cuidadoso, Edward sujetó con la otra mano algo que le abultaba la parte superior del delantal.

Agnes abrazó a Virginia y luego salió corriendo por la pasarela con la pluma del sombrero al viento. Agnes fue más rápida que su marido y le alcanzó antes de que él llegara al muelle. Edward la miró con tanta alegría y cariño que a Virginia se le llenaron los ojos de lágrimas. Colocó a Agnes a su lado sin soltarla y apartó la parte superior del delantal dejando ver a un bebé. A Virginia le dio un vuelco el corazón; Agnes había dejado a su hija recién nacida para ir a buscarla. Hasta ese momento no había comprendido ni apreciado en toda su extensión la magnitud de la lealtad y la generosidad de su hermana.

Lealtad y generosidad, dos cualidades que Virginia había poseído una vez.

«Compénsales», le ordenó su conciencia.

Una vez más se prometió a sí misma que lo haría. En cuanto su nueva vida dejara de parecer un laberinto lleno de espinas y de callejones sin salida, haría borrón y cuenta nueva.

Agnes hizo intención de coger a la niña, y para sorpresa de Virginia, Edward se lo impidió y señaló hacia el barco. Viendo a alguien como él, un noble que gozaba del respeto de todos los habitantes de América sostener a su hija con la facilidad y la confianza de una comadrona, Virginia pensó que Edward Napier era el tercer hombre mejor del mundo.

Notó que una mano le tocaba el brazo.

—Ese vehículo es la última invención de Napier —dijo Cameron—. Es dos veces más rápido que el coche correo de Edimburgo y sólo emplea la cuarta parte de caballos.

Virginia todavía tenía sentimientos encontrados sobre aquella carta con olor a rosas. Momentos antes, en el camarote de Cameron, durante la celebración con la tripulación, le vio sacar con disimulo la carta del interior del tartán y meterla en su arcón. Fue muy discreto, pero ella le estaba mirando.

Pensando en eso, intentó ser cortés.

—¿Quién es el joven que está con Christopher? —logró preguntar.

—¿Has reconocido al hijo mayor de Napier?

—Sí, por los dibujos de Mary.

—Es uno de los huérfanos de Sarah. Se llama Oliver Wallace, pero le llamamos Notch.

Virginia había oído a Agnes hablar de Notch. Sarah patrocinaba sus estudios en la Universidad de Glasgow.

Cameron le apretó el brazo.

—¿Nos reunimos con ellos?

Aun sabiendo que no debía, que no estaba bien rebuscar entre las cosas de otra persona, Virginia no pudo evitarlo. Estaba implicado su corazón. Se había entregado a Cameron Cunningham y tenía que saber si había cometido un error.

Le dirigió una sonrisa y liberó el brazo.

—Me he olvidado de una cosa. Enseguida vuelvo.

Él frunció el ceño y ella, temiendo que la siguiera, le amenazó con un dedo.

—Si te vas sin mí no te lo perdonaré nunca.

Cameron se relajó y se quedó mirándola mientras bajaba; ella no se había dado cuenta de la carta de Adrienne, ya que él se la había escondido debajo del tartán y Agnes soslayó la pregunta de Virginia sobre el propietario del carruaje. Si procedía con cuidado sacaría a Adrienne de Glasgow y de su vida enseguida, antes de que Virginia se volviera más suspicaz. Era extraño que hubiera cambiado de idea sobre aquello. Al principio pensaba hablarle de su amante porque le pareció que lo entendería, pero teniendo en cuenta la pasión que habían compartido durante los tres días anteriores, se lo pensó mejor. Era preferible evitar el tema o al menos sacarlo una vez solucionado.

Acompañaría a Virginia a Napier House y la dejaría allí. Luego se iría a su casa y hablaría con Adrienne.

—¡Cunningham! —gritó Napier—. ¿Das tu permiso para subir a bordo?

—Permiso concedido.

Cameron echó un vistazo a la escotilla y se preguntó qué estaría entreteniendo a Virginia. Dudó si ir a buscarla, pero se lo pensó mejor. ¿O era el sentimiento de culpa lo que se lo impedía? Antes de que pudiera darle más vueltas, ella salió a cubierta con su tartán MacKenzie en el brazo y la cesta de la gata en la mano. No sabía por qué había vuelto para coger aquellas cosas, pero algo era seguro: tenerlas le daba confianza, porque llevaba la cabeza alta y su andar era fluido y seguro.

Pensando que iba a necesitar ayuda para conservar el equilibrio en tierra, se apresuró a ponerse a su lado.

—Ten cuidado al salir del barco.

—¿Por qué?

Su sonrisa era cordial, pero el brillo de sus ojos era distante. Se preguntó por qué. Probablemente se debiera al inminente encuentro con Napier, un hombre por quien ella misma admitía sentir un gran respeto.

Cameron fue a coger la cesta.

—Porque tus piernas todavía están acostumbradas a andar en un barco. —Al ver que su cara perdía toda expresión, decidió que estaba demasiado seria—. Tus hermosas piernas.

Ella emitió un grito ahogado y se ruborizó, pero el grito fue suave y el rubor leve.

—¡Virginia! —la llamó Agnes cuando ella empezó a andar por la cubierta—. Ven a conocer a Edward.

Todavía extrañado por el comportamiento de Virginia, Cameron le permitió que le arrebatara la cesta y que, sin decir ni una sola palabra, se fuera a conocer a Edward Napier.

La siguió.

—Querido, te presento a Virginia —dijo una radiante Agnes de ojos llorosos.

Edward extendió la mano y cogió con ella las dos de Virginia.

—Bienvenida a casa, hermana. Hemos rezado para que volvieras sana y salva a la familia.

A Cameron no le gustó especialmente la forma en que le sonrió a Napier ni la cantidad de tiempo que estuvieron estrechándose las manos. Luego se rió de sus celos. Lo único que le pasaba es que dentro de poco iba a tener que separarse de Virginia. Aunque él se iba a encargar de que la separación no fuera muy larga.

—Estoy muy agradecida de que Agnes me encontrara.

¿Agnes? Cameron se enfureció. ¿Cómo se atrevía a atribuir el mérito a Agnes? El destino le llevó a él a Glasgow en el momento oportuno, fue él, y no Agnes, quien descubrió los malditos barriles.

—Agnes dice que sufriste un golpe en el «craneum» —dijo Edward adoptando la actitud de médico.

Virginia frunció el ceño con extrañeza y Cameron supo por qué.

—La cabeza —le aclaró.

Ella asintió, pero no le dio las gracias ni expresó su agradecimiento de ninguna forma.

—Así es, milord. Me caí de un caballo cuando era pequeña.

—¿Con cuántos años?

—No estoy segura, pero últimamente estoy empezando a recordar.

Agnes sonrió con orgullo.

—A retazos. Ha recordado que Cameron tenía la costumbre de escupirle en la mano.

Napier le miró con desaprobación.

—Un joven muy poco galante, ¿no?

¡A retazos, y un cuerno! Lo iba recordando todo según un plan y utilizaba sus conversaciones con Agnes durante el viaje como excusa.

—Mi sórdido pasado me persigue —fue lo único que se le ocurrió decir.

Edward giró las manos de Virginia para examinarle las palmas y ella intentó apartarlas.

—¿Has tenido algún recuerdo extraño? —preguntó—. ¿Algo que no encaje?

—Sí. —Rescató sus manos y miró a Cameron de reojo—. Sigo teniendo esas visiones en las que Cameron es un caballero.

Napier y Agnes se echaron a reír, pero Cameron no le vio la gracia. El comportamiento de Virginia le preocupaba, por no hablar de su actitud irritable. ¿Qué le había pasado?

—Cameron, se supone que eso era un chiste —le engatusó Napier—. Sé deportivo y ríete tú también.

Excelente consejo. Sonrió y estrechó la mano de Napier.

—¿Después de pasar tanto tiempo en el mar con tu esposa? —Puso los ojos en blanco para dar más efecto—. Eso sí que es un chiste.

—¡Caramba, Cameron! Eres un completo payaso —exclamó ella.

—Baja la voz, Agnes —dijo Napier acariciando la cabeza del bebé—. Vas a despertar a Juliet y ha estado muy inquieta toda la noche.

Agnes abrió muchos los ojos, asustada, y observó atentamente a su hija.

—¿Está enferma?

—Lo único que tiene son demasiados primos que le dan crema a todas horas. Los niños no soportan que tenga los ojos cerrados más de treinta minutos. La pobrecita está agotada. Hoy me la he llevado conmigo al laboratorio.

Agnes se relajó.

—¿Qué niños?

—Los de Lottie. —Miró a Cameron abatido—. Llegó hace quince días.

Cameron se rió por lo bajo. Lottie se había pasado tres meses en su casa mientras la decoraba. Después de una semana, él se había trasladado a Napier House.

—Te acompaño en el sentimiento, Napier. Al parecer, las mujeres MacKenzie nos atormentan a todos por igual.

—Pobrecito —murmuró Agnes poniendo una mano en la mejilla de su marido—. Quince días con Lottie, vaya, vaya. Te debes sentir como el santo Job al límite de su paciencia.

Napier se encogió de hombros con la caballerosidad típica en él.

—Me gustaría poder presumir de haber corregido sus maneras autoritarias, pero por desgracia no lo he conseguido. Aunque la situación es mejor con Sarah allí. Llegó ayer.

Virginia se adelantó un paso.

—¡Agnes! Me dijiste que estarían aquí. Estoy impaciente por verlas.

Cameron se sintió excluido. ¿Cómo se atrevía a ignorarle de ese modo tanto si había reunión familiar como si no? Se acercó a ella y la cogió del brazo.

—¿Vamos a reunimos con ellas?

—Sí, pero yo me encargaré de llevar la cesta.

No lo miró, de modo que él no pudo verle la expresión cuando dijo aquello. No se estaba refiriendo a ningún gesto de cortesía por su parte y tampoco estaba bromeando. ¿Qué le había pasado? ¿Le preocupaba que él quisiera quedarse con la gatita? ¿Por eso bajó a buscarla? Puestos a pensar en eso, él en realidad no le había dicho que la gata fuera para ella, al menos, no de forma expresa. Estaba demasiado ocupado en planear la forma de tenerla a solas.

Se sentía muy orgulloso del resultado de sus esfuerzos en ese sentido. Los tres días anteriores con sus noches habían sido como estar en el cielo.

—¿Vamos? —preguntó Napier, extendiendo un brazo hacia el carruaje más rápido del mundo.

—Los carruajes han cambiado mucho desde que salí de Escocia —dijo Virginia al bajar del barco.

Cameron aprovechó la oportunidad.

—¿Te acuerdas de haberte ido? ¿Recuerdas el nombre del barco?

Ella siguió andando hacia el coche, pero se encerró en sí misma.

—No, de eso no me acuerdo.

Él empezaba a sospechar que no lo recordaría nunca. Eso le preocupaba, porque si no se desahogaba antes de que tuvieran noticias del regreso de su padre, él tendría que decirle todo lo que sabía. Lachlan se iba a vengar tanto si ella lo aprobaba como si no. A Cameron no le iba a gustar nada su reacción, pero ya tendría tiempo de enfrentarse a eso más tarde. Ahora tenía que averiguar por qué estaba sentada a su lado tan rígida y no le dirigía la palabra en todo el trayecto hasta Glasgow.

Era imposible que supiera algo de Adrienne; Agnes le había prometido guardar silencio sobre el tema, y Agnes MacKenzie nunca faltaba a su palabra. ¿Era posible que Virginia se hubiera pensado mejor su relación con él? No, después de su afán por evitar a Agnes y mantener relaciones íntimas con él, aquello era imposible. Puede que sintiera aprensión por el encuentro con Lottie y Sarah. Seguía pensando en aquello cuando el carruaje llegó a las puertas de Napier House.

Edward dio unos golpes en el techo y el coche se detuvo a poca distancia de la casa. Cogió a Agnes de la mano y salió del habitáculo.

—Presentad nuestras disculpas a Lottie y a Sarah.

—Sí —añadió su esposa—. Estamos enfermos.

Napier sacó a la risueña Agnes del carruaje.

—Notch —dijo, llamando al cochero.

—Sí, señor.

—Tú y el carruaje estáis a disposición de lady Virginia.

—En todo momento, milord.

Cameron se acordó de Mary.

—Edward, espera. ¿Qué tuvo Mary?

—Una niña.

Su marido quería, exigía, un niño.

—Pobre Mary —dijo Cameron.

—Nada de eso —respondió Edward—. Mary se valió de Michael, el marido de Sarah, para apostar en White's a que su bebé sería una niña.

—¿De cuánto fue la apuesta?

Edward se echó a reír.

—De un millón de libras y adivina quién la aceptó.

—¿Robert Spencer?

—Eso es, el propio marido de Mary.

Mary sacó la idea de apostar un millón de libras de Lottie.

—¿Lo sabe Lottie?

Edward asintió.

—Se pasó días que no había quien la consolara.

—Lottie siempre está inconsolable, sobre todo cuando alguien menciona la apuesta que perdió con su marido —dijo Agnes risueña.

Se alejaron por el césped cogidos del brazo y desaparecieron detrás del nuevo invernadero.

Virginia contempló el asiento vacío. Como se le ocurriera cambiarse de sitio, Cameron se la llevaría de vuelta al barco y pondría rumbo a Francia. Deseó con todas sus fuerzas que moviera su bonito trasero al asiento de enfrente.

—Tenías razón sobre este carruaje.

¿Cómo podía ser testigo del evidente amor entre Napier y su hermana y no sentirse afectada?

Ella le miró, hizo intención de decir algo y luego miró hacia otro lado. Él tenía todo el derecho a estar enfadado.

—Es una casa preciosa. Mira, Cameron, detrás tiene una antigua torre redonda.

No era propio de ella parlotear.

—¿Qué te pasa? —soltó él.

El vehículo empezó a moverse otra vez. Ella comprobó la posición de la cesta del gato, cosa a todas luces innecesaria.

—No me sucede nada.

¡Venga ya! Él ya se conocía ese truco femenino. Sin embargo, no se lo esperaba de Virginia. Desde que se enteró de su engaño la había ayudado en todo momento. Cuando se sintió tan cómoda con Agnes que casi se le escapó la verdad, Cameron acudió a su rescate.

—Sí que te pasa. Dímelo ahora mismo o le digo a Notch que nos lleve de vuelta al barco.

—¿Y qué pasa con Lottie y Sarah?

Se suponía que no tenía que preguntar por sus hermanas. Se suponía que tenía que hablar con él. Pero si era incapaz de ser sincera sobre sus sentimientos ahora, también podía enfrentarse sola a sus hermanas.

—Estás distante conmigo y exijo saber por qué.

La expresión de ella se volvió fría y enarcó una ceja.

—¿Tú exiges? —preguntó con aquel tono altivo tan típico de los MacKenzie.

Él se había ganado el derecho a exigir. Ella le amaba, pero estaba demasiado inmersa en su propia mentira como para admitirlo.

—Sí, y por un buen motivo.

—Recuerda lo que te dije. No vas a dirigir mi vida sólo porque hayamos...

—¿Por qué hiciéramos el amor junto al timón del barco, bajo la luna llena?

Un rubor empezó a cubrir sus pechos, que estaban demasiado expuestos para su gusto.

—¿O acaso estabas pensando en el baño que compartimos anteanoche?

El rubor llegó al cuello.

—¿No? Entonces quizá estuvieras recordando el largo inventario que hicimos en el armario del sobrecargo. Siempre fuiste muy servicial.

El rubor coloreó sus mejillas.

—¿Tampoco? En ese caso debes estar pensando en la comida que compartimos en la cofa.

Haudyer wheesht!

¡Qué momento tan interesante para recordar el escocés! Que fuera para ordenarle cerrar la boca era especialmente inteligente. Ahora él tenía que reconocérselo y animarla o traicionarse.

Decidió hacer caso a su conciencia.

—Has recordado como se habla el escocés.

Ella le dirigió una sonrisa tímida.

—Aunque tu elección de palabras es cuestionable —añadió sin poder evitarlo.

El carruaje se detuvo. Ella recogió su cesta.

—Es evidente que entiendes muy mal el idioma —abrió la puerta—, porque sigues hablando.

Virginia lo dejó sentado en el lujoso vehículo, con la boca abierta y echando chispas.

¡Payaso embustero!

Más tarde averiguaría donde vivía y se presentaría allí. Tenía que ver por sí misma si lo que había leído en las cartas de Adrienne era verdad. Cartas. Una docena o más, muy bien escondidas en el baúl de Cameron. No era de extrañar que no la hubiera llevado a su camarote durante el viaje; esa habitación era un verdadero altar dedicado a Adrienne Cholmondeley. Bueno, eso era una exageración, pero saberlo la entristecía. De no ser por su propio engaño se lo habría pensado dos veces antes de ir a revolver sus cosas para arrepentirse después. Se preguntó por qué no habría abierto Cameron el último mensaje.

Él salió del carruaje y ella contuvo el impulso de darle un pisotón en el pie y una patada en sus partes. Partes que se había pasado los últimos años compartiendo con Adrienne Cholmondeley.

—Puedes estar segura de que este asunto no va a quedar así, Virginia. —Cameron miró algo a espaldas de ella. Su expresión se volvió indecisa, como si algo le molestara en la conciencia.

—¿Qué asunto?

Notch y Christopher se bajaron del pescante. Cameron levantó la mano. Ellos se mantuvieron a distancia.

—El porqué te niegas a mantener una conversación conmigo. ¿Qué te ha pasado?

Ella hizo un esfuerzo por aparentar despreocupación y se encogió de hombros.

—Nada. Nada en absoluto. Todo va bien. Ninguno de nosotros tiene razones para dudar del otro.

—¿Y qué demonios se supone que quiere decir eso? —preguntó él con asombro.

—Cameron, por favor. —Virginia se miró las manos que apretaban con fuerza la cesta—. ¿No ves que estoy nerviosa por... por encontrarme con Lottie? Por lo que Agnes, Edward y tú habéis comentado sobre ella, debe de ser aterradora.

Él se tranquilizó.

—Está bien, lo confieso. Lottie es un tesoro a su manera, pero sólo en pequeñas dosis. Te gustará. —Las puertas de Napier House se abrieron—. Ahí la tienes.

Decidida a resistir y ocultar el daño que le causaba su mentira, Virginia le dirigió la única sonrisa que logró componer y se giró para ver a Lottie.

Al igual que Virginia, Charlotte Antoinette MacKenzie tenía los ojos azules y el pelo caoba de su padre. Pero lo que hacía que fuera inconfundible no eran sólo sus rasgos, sino su elegante presencia y su porte de reina. Más delgada de lo normal en una mujer que había tenido cuatro hijos, Lottie no aparentaba su edad. Llevaba un asombroso vestido de terciopelo color azul lavanda con los laterales ribeteados de un grueso encaje dispuesto en forma de tulipanes.

—El cochero de Cholmondeley dijo que os habían visto... ¡Oh! —Se llevó una mano a la boca y miró a Cameron. Luego disimuló su desliz con una risita—. ¿Pero qué estoy diciendo? Aunque hubiera sido el mismísimo cochero de Lucifer yo no habría emitido ni una sola protesta siempre que sus noticias fueran ciertas. —Abrazó a Virginia—. No has cambiado nada, excepto para ponerte más hermosa. Benditos sean Dios y todos los santos dos veces.

Una opresión familiar comprimió el pecho de Virginia. Lottie, la que hacía aquellos preciosos vestidos. Lottie, la que apostó un millón de libras porque amaba a los niños.

—¡Ay, Virginia! ¿Qué te pasó? ¿Dónde estabas?

Lottie no estaba al tanto de la historia de la pérdida de memoria, ¿cómo iba a estarlo? Por lo menos, lo de simular que iba recordando poco a poco el pasado estaba dando resultado, pero, ¿por qué no intervenía Cameron y se lo explicaba como solía hacer? ¡Oh, al cuerno con él y con su aristocrática amante!

—Tuve un accidente hace mucho y perdí la memoria. No recordaba ni quién era ni de dónde venía.

—Entonces, ¿no te acuerdas de nosotros?

—Lo voy recordando poco a poco. Cameron y Agnes me lo han contado todo sobre ti. Me acuerdo que intentaste en vano enseñarme a coser y después de ver algunos de tus vestidos lamento no haber sido mejor aprendiz.

—Olvídalo. Con una modista en la familia hay de sobra, y no tengo demasiado trabajo que hacer. Voy a diseñarte un guardarropa nuevo. Vas a necesitar varios vestidos de baile, algo que sea inolvidable, para cuando papá te presente a la reina. Según dicen, el rey es un cero a la izquierda.

—¿La reina de Inglaterra? —Virginia tembló por dentro—. No, no puedes...

—Ni una sola protesta más, Virginia. Mi deber es asegurarme de que somos las mujeres mejor vestidas de Escocia, de Inglaterra... —Agitó la mano—. De cualquier sitio a donde vayamos.

¿Por qué Cameron seguía callado?

—¿Dónde está papá? —preguntó Lottie, repentinamente seria—. ¿Y Juliet? ¿Les ha pasado algo?

Virginia vaciló, segura de que Cameron lo explicaría. Ella no había vuelto a ver a su padre desde la cena de despedida en la posada de Norfolk. La última visión de su madre, parada en el umbral de la puerta de su dormitorio, era algo que más valía olvidar.

Al ver que Cameron no decía nada, Virginia pensó que era un auténtico payaso y le contestó a Lottie que los duques se habían ido a Boston.

—¿A Boston? ¿Y para qué? —preguntó su hermana.

—Para inspeccionar una fábrica de algodón.

Cameron se aclaró la garganta. Virginia se giró y vio que miraba de forma significativa hacia la casa. Siguió la dirección de sus ojos y detrás de Lottie vio a Sarah en la entrada, con dos niños idénticos, uno a cada lado y las lágrimas corriendo por sus mejillas.

—¿Eres tú de verdad, Virginia? —preguntó con un sollozo.

Lottie la soltó, cogió la cesta y le dio un codazo.

—Virginia ha perdido la memoria, Sarah —oyó que decía Lottie mientras ella echaba a correr hacia su otra hermana—. Por eso no podíamos encontrarla. Pero va recordando un poco más cada día.

—¡Oh, Virginia! —Sarah le ofreció los brazos—. Le doy gracias a Dios por conducir a Cameron hasta ti. Creíamos que estabas... No sabíamos qué pensar.

Virginia sí. Creyeron que estaba muerta, y ¿por qué no iban a pensarlo? No eran adivinos, capaces de convocar espíritus y ver a través del tiempo. Eran una familia que había llorado su pérdida. Pero ahora estaban en paz, que era exactamente como se sintió ella cuando abrazó a su hermana.

Sarah, la estudiosa. Sarah, la del corazón de oro. Sarah, que era la más alta de la familia excepto su padre y Cameron. Sarah, que el día de su boda le había pedido a su marido que empleara su dote en un refugio para ayudar a los pobres.

—¿Dónde has estado todo este tiempo? —le preguntó su hermana—. ¿Qué te pasó?

Virginia volvió a esperar a que Cameron acudiera en su ayuda, pero no lo hizo. Estaba charlando con Lottie sobre los colores y tejidos que irían mejor con la figura de Virginia y con su estatura.

—Es una larga historia. Ahora ya he vuelto y eso es lo único que importa.

—¿Quién te secuestró?

El prolongado silencio de Cameron la enervaba más que el engaño en sí. No tenía motivos para estar disgustado con ella; no era ella quien había mentido sobre lo de tener un amante. Tenía todo el derecho del mundo a tratarle con desdén.

—¿Te hicieron daño o te maltrataron?

—No, en absoluto. Agnes me ha contado todo lo que ha pasado en la familia durante estos años.

—Ella nunca perdió la esperanza, bendita sea. —Acarició la mejilla de Virginia—. Eres la viva imagen de la abuela MacKenzie.

—¿Mamá? —dijo uno de los niños—. ¿Quién es?

—Sarah —intervino Lottie, apartando a los gemelos y dejándolos a cargo de una niñera—, no se hacen preguntas comprometedoras en la puerta de entrada ni se compara a nadie con los muertos.

Sarah le dio un rápido abrazo a Virginia y luego se apartó.

—¡Qué negligencia por mi parte haber olvidado las reglas tres y veintiséis del libro de etiqueta de la condesa Lottie! —Le guiñó un ojo a Virginia—. Sólo se nos permite hacer preguntas comprometedoras en el salón.

El insulto le resbaló a Lottie como el agua en las plumas de un pato.

—En el caso del parecido de Virginia con la abuela, suspenderé temporalmente la regla número veintiséis, pero sólo hasta después de la cena.

Sarah juntó las manos y dobló la cintura.

—¡Oh, gracias, milady! Vos siempre tan sabia y generosa.

—Os dejaré con vuestra reunión —dijo Cameron—. Notch me llevará a casa.

Virginia estuvo a punto de llamarle, pero si era sincera consigo misma no sabía si quería que se quedara por ella o por mantenerlo alejado de la otra mujer.

«Deja que se vaya», dijo su orgullo.

«Pídele que vuelva», suplicó su corazón.

—¿Qué mosca le ha picado? —preguntó Sarah.

Era imposible que sus hermanas supieran que ella nunca había dejado de amar a Cameron y mucho menos que se había acostado con él.

—Supongo que tiene prisa por visitar a los Cholmondeley —dijo, llevada por los celos y la necesidad de saber.

Sarah soltó una risita.

—Siempre rompe la regla número seis.

Lottie jadeó, ofendida.

—¡Pero es el prometido de Virginia!

—Si ella no le recuerda, eso es discutible, y si a Virginia no le importa, ¿por qué nos va a importar a nosotras? —dijo Sarah con su típico tono de erudita.

—¿Te has peleado con él? —preguntó Lottie.

—¡Lottie! —la regañó Sarah—. Dejando aparte las reglas de la educación, eso no es asunto tuyo.

—Supongo que tiene una reputación —dijo Virginia como pudo.

Lottie levantó la barbilla con indiferencia.

—No entremos en esos detalles. Simplemente te digo que es popular en ciertos círculos que sería aconsejable que evitaras.

La satisfacción que obtuvo Virginia fue efímera. Les gustaba a las mujeres y el sentimiento era mutuo. Suerte para él.

La gatita empezó a impacientarse y a arañar la cesta. Lottie miró dentro.

—¿Es tuyo?

Virginia aprovechó el cambio de tema.

—Sí, suponiendo que se me permita tener una mascota aquí.

Lottie le pasó la cesta a Sarah.

—Podrías tener un elefante y nadie protestaría —le dijo a Virginia—, pero de momento dejaremos que sea la señora Johnson quien se ocupe del gato hasta que estés instalada. Vamos dentro. Te enseñaré la casa de Agnes.

Al llegar a la galería de retratos, Lottie se detuvo delante de cada cuadro y le contó unos exquisitos chismes sobre todos y cada uno de los antepasados de Edward Napier. Las tres últimas pinturas eran recientes y no se podía negar que eran obra de Mary Margaret MacKenzie. En la primera, se veían a Christopher y a Jamie sentados en el pescante del carruaje redondo. En primer plano, Hanna jugaba con un montón de piezas de madera. Los otros dos cuadros eran los majestuosos retratos de Agnes y Edward en su papel de condes de Cathcart.

Agnes llevaba un asombroso vestido blanco y negro.

—¿Ese vestido lo hiciste tú? —le preguntó a Lottie.

—Sí.

—Nuestra hermana Lily llevó el mismo vestido para su boda, pero en púrpura y blanco —dijo Sarah.

—A ti no te sentaría bien el púrpura —afirmó Lottie—. Yo creo que a tu piel le irían mejor el rosa y un tono gris oscuro. Aunque nada de rayas, me di cuenta de ese error con Sarah. ¡Dios qué altas sois las dos! —añadió perdiendo su pose tranquila.

Unos vestidos nuevos le darían confianza, pero ni siquiera un armario entero, lleno de las creaciones de Lottie, lograría hacer que olvidara que Cameron tenía una amante de la nobleza y que en esos instantes estaba con ella. ¿Qué estarían haciendo?

Tuvo un respiro cuando entró en la habitación de los niños para conocer a sus sobrinos.

A través de Lottie se enteró del paradero de sus otros hermanos y de la fecha de llegada de cada uno de ellos, y ella a su vez le transmitió las disculpas de Agnes y Edward.

Lottie levantó la barbilla.

—No es necesario que lo adornes, Virginia. Lo que están buscando son placeres carnales. Se han encerrado en la vieja torre. Dudo que los veamos antes de mañana.

Sarah le dio un golpecito en el hombro a Virginia.

—Lottie es experta en placeres carnales.

—¡Sarah Suisan! —siseó Lottie.

—¡Oh, Dios mío! —Sarah se llevó una mano al corpiño—. He roto la regla número cuatro.

Los años de separación desaparecieron y Virginia se echó a reír.

Lottie la imitó, pero sin demasiado humor.

—¿Te estás riendo de mí?

Sarah sonrió de oreja a oreja y fingió inocencia.

—¿Yo, burlarme de ti, la condesa de Tain?

—Hamish, Charles. —Lottie se acercó a los gemelos tras lanzar una mirada penetrante a Sarah.

Los niños se levantaron como si fueran a recibir caramelos.

Ella les dio una palmadita en la cabeza.

—¿Sabéis que vuestra madre va a compraros un poni a cada uno?

—¿Sí? —preguntaron ambos al unísono.

—Sí. Unos ponis dorados con unas sillas preciosas.

—¿Por qué sigo intentando ser más lista que ella? —gimió Sarah en medio de los aplausos y los gritos de sus hijos.

—Para mí es un misterio —respondió Lottie muy ufana.

Contenta por estar encajando tan bien, Virginia le contó a Sarah lo del viaje de sus padres a Boston.

—¿Por qué tenían que ir allí?

—Para ver una fábrica propiedad de papá y de Edward.

—¡Qué raro! —Sarah se agachó y le quitó una horquilla de la mano a Henry, el hijo de tres años de Lottie—. Michael la estuvo inspeccionando hace pocos meses.

Virginia sólo la escuchó a medias, ya que estaba pensando en Cameron y en la reunión de éste con su amante. Cuanto más meditaba sobre ella, más se enfadaba. ¿Y si la relación continuaba? Seguro que no. Con aquella incertidumbre supo lo que tenía que hacer: encontrar la manera de desviar la conversación hacia Cameron y enterarse de donde vivía.

Dos horas más tarde lo consiguió.

Y dos horas después, cogió prestada una capa negra de Sarah y se fue.

 

Incluso con la tenue luz del atardecer descubrió la casa a dos manzanas de distancia. Cuanto más se acercaba, más nerviosa se ponía, pero siguió adelante, decidida a saber la verdad por dolorosa que fuera.

Un carruaje la adelantó retumbando. Virginia se escondió detrás de un seto. Permaneció allí agachada y temblando de miedo. ¿Miedo de qué? Tenía intención de hacer frente a Cameron, de modo que ¿por qué se agazapaba entre los arbustos?

Entonces lo vio claro.

No temía que Cameron la descubriera, estaba asustada por la costumbre. Como criada forzosa siempre se sabía su paradero. Era imposible que desapareciera para dar un paseo tranquilo antes de cenar.

Pero todo eso era el pasado.

Ella era una MacKenzie, la hija del duque de Ross. No tenía que pedirle permiso a nadie para pasear por la calle. Tenía derecho a averiguar si Cameron amaba a otra; lo único que necesitaba era coraje, y una MacKenzie tenía valor de sobra.

La residencia era demasiado elegante y había muy pocas luces encendidas en la casa y ninguna de ellas en el piso de arriba, donde debía de estar el dormitorio de Cameron. No se iba a enfrentar a ellos allí, no necesitaba verle en brazos de Adrienne Cholmondeley para saber la intensidad de sus sentimientos. Ya lo había leído en sus ojos.

Sin embargo, antes tenía que entrar en la casa.

La mansión, de tres pisos de altura, con seis columnas de mármol en el frente, cada una de ellas tan grande como un roble con un siglo de vida, ocupaba casi toda una manzana. Con su bien cuidado parque colindante, provisto de estanque, cenador y palomar, Cunningham Gardens, según indicaba la placa de la puerta que se llamaba la residencia, dejaba pequeñas a sus vecinas con diferencia. No era de extrañar que Lottie se hubiera vuelto loca por decorar aquel sitio, ya que su elegancia y estilo dejaron a Virginia sin respiración.

Escogió un camino que bordeaba el estanque y llevaba a la cochera. No tenía más que echar una ojeada por la ventana para comprobar si el carruaje con el escudo estaba allí.

—Buenas noches, señorita.

Ella emitió un grito ahogado, se volvió y vio a un hombre que salía de la cochera. Iba de librea y, aunque no podía verle la cara, sospechaba que era el cochero que había estado en el muelle aquel mismo día.

—No tiene por qué tener miedo. Las calles aquí son seguras.

—No tenía miedo.

—¿Dando un paseo por el parque, no?

Ella tenía todo el derecho a estar allí.

—Sí, hace una noche muy agradable.

—No es usted escocesa.

Ni tampoco se sentía como si lo fuera.

—No, soy de... Filadelfia.

—¿Ha venido con ese tal Redding, no?

—¿Por qué dice usted eso?

Él se cruzó de brazos y la miró de arriba a abajo.

—Porque la gente se va de Escocia a América, no al revés.

Eso le había dicho también Agnes durante el viaje. Pero ese hombre había mencionado a Horace Redding. Virginia había estado demasiado entretenida amando a Cameron Cunningham para pensar en Redding. ¿Qué había dicho Cameron sobre él? Que Redding viajaba con un séquito. Aprovechó para seguir con el tema.

—Tenía la esperanza de conocer al señor Redding.

—Lo encontrará en el Carlton Inn.

¿Podría ir ella sola a una posada? No estaba segura. Sin embargo, si este hombre sabía donde se alojaba Redding los demás también. Estaba segura de que lo encontraría y esa certeza la complació.

—Buenas noches, señor.

Él simuló llevarse una mano a un sombrero que no llevaba y volvió a la cochera. Virginia regresó a la casa principal.

Una puerta se abrió de golpe.

—¡MacAdoo!

Era la voz de Cameron. Parecía enfadado.

Con cuidado para no llamar la atención, Virginia se dirigió al sendero que llevaba al parque y se detuvo detrás del seto.

—No. No pienso hacerlo —dijo MacAdoo.

—Por supuesto que lo harás.

Se encontraban a menos de cien metros de distancia. Virginia contuvo la respiración.

—Te apuesto cincuenta libras a que fallas.

Cameron se rió por lo bajo.

—Entonces tenemos una apuesta. Y ahora, entra y come... a menos que hayas perdido el gusto por la ternera fresca.

Virginia se agachó y encontró un agujero en el seto. Cameron, despojado de su chaqueta, rodeaba a un renuente MacAdoo con el brazo y ambos se dirigían hacia la puerta todavía abierta. Por lo poco que podía ver, la habitación en la que entraron estaba cubierta de estanterías. Supuso que era el estudio de Cameron.

Virginia se puso en pie en cuanto la puerta se cerró. Cameron Cunningham ocupaba gran parte de su vida y le dejaba muy poco a cambio. Ni siquiera soledad. La parte de su vida que sucumbía a la soledad estaba siempre saturada.

La urgencia que la había llevado hasta Cunningham Gardens empezó a desaparecer y empezó a urdir un plan nuevo. Cuando volvió a Napier House sabía exactamente lo que iba a hacer.