CAPÍTULO 4
Cameron se detuvo antes de llegar a la puerta abierta de la salita.
—Quédate aquí —dijo sin soltarle la mano antes de separarse un poco de ella y asomarse a la habitación.
Virginia aceptó encantada la demora, ya que tenía el estómago revuelto por los nervios. Los deseos de diez años estaban a punto de hacerse realidad y, como en todos los momentos más importantes de su vida, Cameron le sostenía la mano.
—Virginia MacKenzie dice que está algo abrumada —les dijo a los ocupantes de la salita—. Ve con cuidado con ella, Agnes.
El calor de la vergüenza se apoderó de Virginia, pero con él vino la felicidad de los días perdidos. Cameron siempre se comportaba como un caballero. La diferencia residía en el encanto masculino que ahora poseía en abundancia.
—¡Oh, venga ya, trae aquí a mi hermana!
La alegre impaciencia en la voz de Agnes atrajo a Virginia. La fuerza de Cameron le proporcionó valor. Les compensaría de alguna manera por engañarles, pero hasta que encontrara su lugar en el mundo de la libertad se veía obligada a fingir que no les conocía. Silenciando su corazón, Virginia entró en la salita. Agnes se apresuró a salir a su encuentro. Su vestido no era simplemente amarillo. Sobre un fondo de lana amarilla flotaba un mar de diminutos cardos bordados con hilo de seda dorada. Un modesto tontillo permitía que la tela formara pliegues en vez de quedar colgando. Le brillaron los ojos al saludarla.
—Soy una de tus hermanas, me llamo Agnes. —Contuvo un sollozo—. ¿No te acuerdas de mí?
La recordaba, pero no así, ya que Agnes siempre fue más alta que Virginia. Ahora era casi media cabeza más baja y poseía el aplomo de una reina. El sincero tono de súplica en su voz hizo que Virginia se avergonzara de sí misma.
Deseando poder contestar con la verdad, y sabiendo que era imposible, se inventó un cuento.
—Lo siento. Hace mucho tiempo me caí de un caballo.
Agnes asintió, no para afirmar sino en señal de aceptación, y en sus labios apareció una mueca de desdén.
—Los responsables son estos ingleses de las Colonias que no hicieron caso de tu acento escocés y pensaron que estarías mejor con ellos.
Agnes siempre maldecía a los británicos o realistas, como se les llamaba en Virginia.
—Yo no tengo acento escocés.
—Después de estar diez años en las Colonias no, pero lo tenías de niña. Cualquier persona decente hubiera reconocido tu manera de hablar de las Highlands y habría buscado a tu familia.
A Anthony MacGowan no le había importado la procedencia de Virginia. Por mucho que lamentara admitirlo, venderla como esclava fue unos de sus actos más humanitarios. Eso, junto con sus experiencias más desagradables, eran cosas que Virginia tenía que mantener en secreto.
Ahora tenía que tranquilizar a Agnes.
—He vivido con gente decente. —Eso, desde luego, era cierto en cuanto a los Parker-Jones y a los amigos que tenía en el poblado.
Cameron la hizo adentrarse más en la habitación.
—Eso está bien, porque Agnes se ha traído doce libras y dieciséis chelines por si estabas sometida a trabajos forzados y tenía que comprar tu contrato.
—¡Cameron! Prometiste no decirlo.
—Y tú juraste meter las monedas en un calcetín y atizar con él al canalla de las Colonias que la tuviera antes de rescatarla.
Agnes le alejó con un gesto.
—Gracias a Dios no tenemos que llegar a eso, pero tiemblo al pensar en las consecuencias de esclavizar a una MacKenzie, hija de un duque.
Virginia se felicitó a sí misma; había tomado la decisión correcta al mantener oculta la verdad.
—Supongo que no te acordarás del escocés —dijo Agnes en tono de disculpa—. Sin embargo, eras la mejor imitando a papá.
—No, no me acuerdo —contestó Virginia, contemplando los elegantes guantes y las joyas de ámbar de Agnes.
—La señora Parker-Jones dice que eres su ama de llaves. —Agnes cortó el aire con la mano—. Eso se acabó. Nuestro padre es un hombre rico, un par del Reino. Te vamos a sacar de aquí.
—Tranquila, Agnes —intervino Cameron—. La vas a asustar. Puede que sea una suerte que no recuerde lo marimandona que eres... si es que le queda alguna duda.
MacAdoo se adelantó.
—¿No recuerdas nada de Escocia, muchacha?
Desde la última vez que Virginia le vio se le había roto la nariz. Había envejecido más que el resto, pero también era seis años mayor que Cameron.
—Lo siento. ¿Usted también está seguro de que soy Virginia MacKenzie?
—No sé si lo serás —respondió MacAdoo—. Tus ojos azules, típicos de los MacKenzie, aumentan las probabilidades.
Cameron le apretó la mano.
—Y sigues teniendo la fina tez de tu madre.
Agnes le dirigió una sonrisa.
—Y posees también su cordialidad.
¿Sí? Era muy agradable escuchar eso, sobre todo teniendo en cuenta que Virginia no estaba segura de poder recordar la cara de su madre. A Agnes no la había reconocido.
Cada vez más pesarosa, escogió otra de las preguntas de su lista.
—¿Usted quién es?
MacAdoo puso los ojos en blanco.
—Disculpa mis modales, muchacha. Yo soy MacAdoo Dundas. Bebí mi primera jarra de cerveza la noche que naciste. Cuando creciste lo suficiente, te enseñé a remendar las velas y a subir por los aparejos.
Cameron se acercó más.
—MacAdoo es de Perwickshire, como yo. Mi madre y tu padre eran buenos amigos. Por eso es por lo que yo me crié con los MacKenzie.
¿La familia de Cameron seguía viva?
—¿Quién la está confundiendo ahora? —se burló Agnes.
—Entonces, ¿no tiene usted ningún parentesco conmigo? —le preguntó Virginia a MacAdoo.
El se cruzó de brazos.
—No, muchacha. No tenemos la misma sangre. Éramos amigos y volveremos a serlo.
—Sí, eso espero yo también, MacAdoo. —Llevaba tanto tiempo sin pronunciar su extraño nombre que se le atascó la lengua.
—Vamos a sentarnos. —Cameron la acompañó hasta el único sofá que había y se sentó a su lado—. Cuando llegué al puerto de Glasgow y vi ese barril, me fui directamente a buscar a Agnes. Ella también vive allí y se encargó de mandar un mensaje a toda la familia.
Virginia rogó en silencio que todos los suyos hubieran sobrevivido. ¿Pero quiénes?
—Háblenme de ellos.
Agnes se quitó los guantes antes de empezar a hablar.
—Contándote a ti, somos nueve hermanos. Gracias a Dios sólo hay un varón. Yo soy la mayor de tus cuatro hermanas mayores: Lottie, Mary y Sarah. Por insólito que parezca, todas tenemos la misma edad, y no somos —miró a Cameron—, gemelas como dicen algunos cretinos. Tenemos diferentes madres. Nuestro padre nos crió solo hasta que tu madre, lady Juliet, llegó a las Highlands. Entonces teníamos seis años. Tú naciste al año siguiente.
—Cuidado, Agnes —dijo Cameron—. Si eso no es confuso, no sé qué podrá serlo.
Lo que sí tenía claro Virginia era que, legítimos o no, Lachlan MacKenzie amaba a todos sus hijos por igual. A Agnes le había encontrado un conde muy importante como marido.
—Luego viene Lily —continuó Agnes, ignorando a Cameron—. Tiene un año menos que tú y está casada con Randolph Sutherland. Es tan moderna que está dejando la maternidad para más adelante. Después está Rowena. Tiene dieciocho años, está muy dotada para la música y estudia en Viena. Cora tiene dieciséis años y su intención es conquistar a un príncipe en cuanto sea presentada en sociedad. Nuestro hermano Kenneth tiene trece años y está ocupado en convertirse en un patán insufrible.
Virginia se alegró. Sus hermanos estaban vivos y habían cumplido todos sus sueños, excepto en el caso de Kenneth que era todavía demasiado joven para saber lo que quería. Y Agnes los amaba. Siempre fue muy franca, pero además su voz traslucía un evidente afecto.
Todavía tenía que hacer la pregunta más importante.
—¿Dónde están mis padres?
A Agnes se le llenaron los ojos de lágrimas. Se las secó con los guantes.
—A pocos días de Norfolk. Embarcaron algo después que nosotros. ¡Caramba! Es maravilloso volver a verte, Virginia.
Virginia fue incapaz de quedarse sentada. Sin pararse a pensar si estaba bien o no, se puso en pie y abrazó a Agnes. Cuando su hermana mayor favorita la apretó con fuerza, Virginia se preguntó cuántas veces habría ella rezado por tener un instante en compañía de Agnes. La leal Agnes, la única que no se echó a reír cuando una Virginia de ocho años declaró su amor eterno por Cameron Cunningham.
Virginia dijo la primera cosa que se le pasó por la cabeza.
—Tengo mucha suerte.
—Sí, y todos nosotros también. —Agnes se echó hacia atrás y le ofreció uno de sus guantes para que se secara las lágrimas.
—¡Oh, no! No podría. Voy a ensuciar tu elegante... —Virginia se interrumpió. Estaba hablando como una criada.
—Venga, cógelo —insistió Agnes—. Sólo es un guante. Tengo un montón.
Para ella eran una cosa normal. Virginia, en su condición de criada forzosa, tenía suerte si disponía de un par. Sin embargo, Agnes no debía enterarse nunca de eso.
En su lucha para contener sus rebeldes emociones, Virginia hizo recuento de las buenas noticias que estaba recibiendo. A sus hermanos les iba bien. Sus padres estaban de camino hacia Poplar Knoll. Cameron, Agnes y MacAdoo ya estaban aquí por fin. Se la iban a llevar de vuelta a Escocia.
—Agnes engañó al conde de Cathcart para que se casara con ella —dijo Cameron.
—Eso no es verdad.
—Tienen dos hijos de la primera esposa de él. Con Agnes tiene un hijo que se llama Jamie y una hija recién nacida, llamada Juliet en honor de tu madre —continuó él sin hacerle caso.
Virginia esperaba que Edward Napier supiera valorar la suerte que tenía.
—¿Y las otras tres hermanas, Mary, Sarah y Lottie?
Agnes miró a Cameron con una deslumbrante sonrisa.
—¿Lo ves? A pesar de lo que dices no la he hecho un lío.
¿Cómo iba Virginia a olvidar a sus hermanas mayores? Ellas habían enriquecido su vida y Agnes había venido con Cameron para rescatarla.
—Deja de presumir —se burló Cameron, volviendo a llevar a Virginia al sofá—. Tu hermana Lottie se casó con David Smithson, que ahora es el conde de Tain. Tiene demasiados hijos para contarlos.
MacAdoo se rió por lo bajo y dio una palmada al brazo del sillón.
—Tiene tres varones y una muchachita que es un duendecillo.
Agnes estiró el cuello, levantó la barbilla y dijo con afectación:
—Nunca una mortal ha dado a luz niños más inteligentes, guapos y bien educados. —Se llevó el dorso de la mano a la frente y añadió—: Aunque los partos fueron un suplicio.
Cameron y MacAdoo se echaron a reír ante la imitación. Virginia sonrió. Lottie siempre fue una cursi y Agnes se burlaba de ella por eso.
—Mmm... ¿Y Mary?
Agnes suspiró y se estiró la falda con cuidado.
—Al final se casó con ese canalla inglés, Robert Spencer, conde de Wiltshire. Su hija Beatrice tiene cuatro años, y espero que a estas horas, mientras hablamos, un hijo la haya obligado a guardar cama.
Para una niña impresionable como Virginia las cuatro hermanas fueron sus mentoras y, en ocasiones, amenazas.
—Entonces, ¿sois todas condesas?
—Sarah no. Ella se casó con un vizconde, pero Michael Elliot es tan distinguido como mi Edward.
Lo dijo con orgullo, y con razón. Todo propietario de un arado o de un mayal estaba en deuda con Edward Napier por sus modernas herramientas. Si el marido de Sarah era tan digno de admiración como él, Virginia quería conocerlos a ambos.
—Sarah tiene dos hijos gemelos y una hija que todavía no ha dado sus primeros pasos. Viven en Edimburgo —dijo Cameron.
Alguien hizo sonar la aldaba de la puerta. Merriweather se apresuró a abrir.
—Bienvenido, capitán Brown. ¿Puedo ayudarle?
Un hombre de estómago prominente, ataviado con una chaqueta gris, unos pantalones hasta la rodilla y un chaleco rojo, entró en la casa y se quitó el sombrero. De modo que ése era el capitán Brown, el hombre que había llevado a Cameron hasta Virginia. La señora Parker-Jones le había hablado de él. Parecía un petirrojo y se quedó mirando a Virginia como si ella fuera un gusano gordo.
—Sí, me gustaría hablar con la señora, si ella quisiera dedicarme un par de minutos.
—Por supuesto. Le está esperando. Sígame, por favor.
—No se moleste. Conozco el camino.
Brown desapareció por el pasillo pisando con fuerza y probablemente arañando el suelo. Virginia se dio cuenta con amargura de que sabía más sobre la limpieza de una casa que sobre cómo dirigirla. No obstante, ellos no se iban a quedar allí el tiempo suficiente para descubrir la farsa. Tenía su bolsa preparada. Estaba lista para continuar con su vida.
Merriweather se acercó a la puerta.
—¿Les sirvo algún refresco?
Todos miraron a Virginia. En lo último que ella pensaba era en comer, pero como miembro respetado de aquella casa la comodidad de los invitados era responsabilidad suya. ¿Se habrían percatado de su lapsus? Bendito fuera Merriweather, pensó.
—Por favor, sírvanos el té y unos pasteles de bayas. —Se acordó del coñac que la señora Parker-Jones le había dado—. A menos que Cameron y MacAdoo prefieran algo más fuerte.
Cameron le pasó un brazo por los hombros como si fuera lo más normal del mundo.
—El té y los pasteles serán perfectos.
Virginia se sintió protegida incluso con ese abrazo casual, y la forma en que Cameron la miraba le aceleró el corazón.
Merriweather seguía allí, como esperando algo más, pero Virginia no tenía ni idea de qué era.
—¿Hago que preparen habitaciones también?
¿Habitaciones? No. Iban a marcharse enseguida.
—Para mí no —dijo MacAdoo—. Yo me voy a quedar en el barco.
—Sería maravilloso tomar un baño caliente y disponer de una cama blanda —dijo Agnes.
Virginia estuvo a punto de atragantarse ante su propio egoísmo. Seguramente, Cameron, Agnes y MacAdoo estaban agotados después de un viaje tan largo. Querrían descansar. Había que planear una comida. Había que disponer la mesa. Había que doblar servilletas. Había que pulir la plata. Un millón de cosas. La señora Parker-Jones debía haber dado instrucciones a Merriweather para que ofreciera la hospitalidad de Poplar Knoll a sus invitados. Era cosa de Virginia averiguar sus preferencias, pero ¿cómo?
Se le vino a la mente una imagen de Lottie y actuó en consecuencia.
—Haré que el mozo traiga vuestros equipajes del barco. ¿Has traído algún criado, Agnes?
—No. Mi doncella sólo viaja conmigo si vienen Edward o los niños. Estaría muy agradecida si alguien pudiera plancharme el vestido antes de que cenemos. A menos que no os arregléis para cenar.
Cameron estiró las piernas.
—Me gustaría verte manejar una plancha, condesa.
Agnes agitó el guante otra vez.
—Y eso lo dice un hombre cuyo guardarropa consiste en una camisa, un tartán y su orgullo de las Highlands.
Para sorpresa de Virginia, Cameron se ruborizó.
—Ya te dije que Agnes era un problema.
Virginia envidió la camaradería que existía entre ambos. Una vez, ella formó parte de aquella amistad, pero sólo cuando podía participar de igual a igual. En otras circunstancias se le habría ocurrido ordenar que se ocuparan del vestido de una invitada. Necesitaba ayuda de la dueña de la casa. Si no reaccionaba y empezaba a ocuparse de las obligaciones de un ama de llaves, su argucia quedaría al descubierto. Después vendría la compasión y no podía soportar esa idea.
—Ándate con cuidado, Cameron —le advirtió Agnes—. Virginia tampoco se acuerda de ti. Podría contarle algunas de tus historias.
—Adelante. No tengo nada que ocultarle a Virginia: ella y yo somos demasiado listos para creernos tus mentiras.
Por el contrario, ella tenía multitud de cosas que ocultarle a él; a todos ellos. Se puso en pie para decirles lo que había aprendido en tres días sobre el asunto de la cena.
Cameron y MacAdoo se levantaron de inmediato. Aquella pequeña muestra de cortesía era una novedad para ella. Los esclavos y los forzados no se ponían en pie en presencia de sus compañeras. ¿Qué otros detalles como ése ocurrían en la sociedad educada? No conseguía recordarlo.
—Nos ponemos nuestros mejores vestidos, y en esta época del año el cocinero sirve la cena a las nueve —dijo, dirigiéndose a Agnes.
—¿Tienes que irte? —preguntó su hermana—. No nos has contado nada sobre ti.
Una vez que estuvieran a salvo, lejos de Poplar Knoll, Virginia se habría librado de todo aquello que pudiera descubrirla. Pensó en algo creíble y disimuló con humor.
—Si no le doy instrucciones al servicio os encontraréis durmiendo en un catre y comiendo sopa de mazorca de maíz y pan del martes.
Agnes se rió.
—Siempre se te dieron bien las bromas. ¿No es verdad, Cameron?
—Era la mejor. —Cameron le cogió la muñeca, se inclinó y le besó la mano. Años antes, la primera vez que hizo algo así, le había dado la vuelta a la mano y escupido en la palma. Entonces ella tenía seis y le dio mucha vergüenza. Ahora sintió curiosidad y se vio afectada por él de una forma muy adulta.
Cerró los dedos para conservar el beso. Los ojos de Cameron brillaron de alegría, y cuando la miró detenidamente de arriba a abajo, ella empezó a arder por dentro.
Él levantó las cejas, como si le gustara lo que veía, como si supiera cómo le afectaba su caricia y, con una sonrisa sabedora, le prometió más.
Muy incómoda, Virginia se disculpó y fue en busca de la señora Parker-Jones. Descubrió que ésta seguía con el capitán Brown a puerta cerrada. Se dirigió entonces a la despensa y ayudó a Merriweather a preparar una bandeja.
—Gracias por rescatarme. Yo les habría dejado acumulando polvo en la sala.
—No te preocupes, Duquesa... perdón, Virginia.
—¡Ay, Merriweather! No debería haberles mentido.
Él revisó todos los vasos y tenedores según los iba dejando en la bandeja de plata.
—Dudo que les gustara saber que lavabas en el río y desplumabas pollos.
La humillación del trabajo que se había visto obligada a hacer palidecía comparada con la desesperación y la soledad que sufrió. Aquel dolor era sólo suyo, pero también estaba a punto de acabar.
—No deben enterarse.
—Ni lo harán. No fueron unos años afortunados para ti.
—¿Qué habrías hecho tú? ¿Les habrías dicho la verdad?
Él dejó lo que estaba haciendo y se apoyó en el aparador.
—¿Quieres decir si yo tuviera tu familia?
—Sí.
Un encogimiento de hombros y un resoplido le proporcionaron un cierto aire aristocrático.
—No puedo concebir algo así, pero...
—Dímelo —dijo ella, atraída por su expresión distante.
—Creo que vas a tener una vida extraordinaria. De estar en tu lugar me alegraría ante la perspectiva.
Viendo las cosas de manera positiva, los inesperados sucesos que se habían producido en su vida adquirían un significado diferente. Se prometió que, en adelante, los vería así.
—Recuerda una cosa, Virginia. Has conservado tu educación y has seguido siendo respetable. Ya no te encoges como hacías cuando estaban aquí los Moreland. Llevas la cabeza alta.
—Pero en cuanto a los Moreland y lo que me hicieron...
—Shhh. Aquello fue lo peor de tu difícil situación y no lograron doblegarte. Consolaste a los niños esclavos. Les proporcionaste dignidad y les enseñaste a preocuparse por sus necesidades personales. Fuiste obediente, pero nunca te acobardaste.
—Voy a echar de menos tus buenos consejos.
Le pidió que la disculpara ante Cameron, Agnes y MacAdoo y se fue a buscar al mozo. Lo encontró en el jardín, cortando un ramo de lirios.
—¿Son para Lizzie? —preguntó.
Georgie asintió con la cabeza.
—Mi hermana pequeña está haciendo pucheros porque le he dicho que Moreland también era su padre.
A caballo entre dos razas, y sin ser aceptados por ninguna de ellas, los hijos esclavos del antiguo amo lo tenían muy difícil. La mayor parte de las veces, ese niño esquelético era más sensible que sus hermanas.
—Creo que lo que le ha molestado no es que se lo hayas dicho, sino cómo lo has hecho.
—Se lo solté sin más.
—Ahora tienes que decirle que lo sientes. Y después de eso, y sin entretenerte, ¿querrías por favor ir al barco y traer el equipaje de los invitados?
—Se supone que no debes pedírmelo con amabilidad, Duquesa. Eso queda para los hombres libres.
Los criados forzosos y los esclavos recibían órdenes y pedían permiso, en ocasiones incluso para las cosas más personales.
—Estoy convirtiendo esto en un verdadero lío, Georgie.
—Lo irás consiguiendo poco a poco. —Sacó una flor del ramo y se la ofreció—. Con ese vestido elegante y ese peinado pareces una verdadera dama. Fronie dice que te has puesto corsé.
Saffronia era la comadrona del poblado de los esclavos.
—La mayor parte de las damas son maestras en llevar ropa interior antes de alcanzar la avanzada edad de veinte años.
—Fronie dice que las mujeres blancas son tontas.
—Tanto ella como los demás tenéis que guardar mi secreto.
—Ella sí, pero el encargado del muelle dice que ese barco se llama así por ti. De quien tienes que preocuparte es de Rafferty.
El tonelero. Meses antes, cuando sorprendió a Virginia marcando el barril, le faltó tiempo para ir corriendo a la casa principal y contarlo. Luego les dijo a todos los del poblado que se había vuelto loca y que habría echado a perder todo el cargamento si él no se lo hubiera impedido. La atormentó y humilló delante de toda la aldea. Ahora estaba resentido.
—Entonces estoy a salvo. Mi familia no tiene necesidad alguna de acercarse al cobertizo de Rafferty o al poblado.