ENTRA EINSTEIN
Los procesos elementales hacen que la formulación de una teoría de la radiación basada verdaderamente en el cuanto parezca casi inevitable.
ALBERT EINSTEIN
Albert Einstein nació en Ulm, Alemania, en 1879, en el seno de una familia judía de clase media. Su padre y su tío tenían un negocio de electricidad que acabó fracasando. Como resultado de ello, la familia se trasladó a Múnich, después a un par de sitios en el norte de Italia y finalmente de nuevo a Alemania. Einstein se educó en Suiza, y su primer trabajo fue el —famoso— de técnico experto en la Oficina Suiza de Patentes, en Berna. Allí, en 1905, Einstein publicó tres artículos que cambiaron el mundo. Estos artículos fueron sus exposiciones de las tres teorías que desarrolló mientras trabajaba solo en la oficina de patentes: la teoría de la relatividad especial, una teoría del movimiento browniano con una nueva formulación de la termodinámica estadística y, por último, una teoría del efecto fotoeléctrico.
La vida de Einstein y su desarrollo de las teorías (especial y general) de la relatividad han sido expuestos detalladamente.[11.1] Pero Einstein tuvo una influencia muy importante sobre la teoría cuántica desde los orígenes de ésta. Muy poco después de leer el artículo de Planck, comenzó a reflexionar acerca de la naturaleza de la luz desde el punto de vista de la nueva teoría, formulando entonces la hipótesis de que la luz era una corriente de partículas, o cuantos.
Einstein estudió el efecto de la interacción de la luz con la materia. Cuando rayos de luz chocan contra un metal, se emiten electrones, los cuales pueden detectarse y cuyas energías pueden medirse. Esto lo demostró en una serie de experimentos el físico estadounidense Robert Millikan (1868-1953). El análisis del efecto fotoeléctrico en varios metales y usando luz de diferentes frecuencias reveló los siguientes fenómenos: cuando se ilumina una superficie metálica con luz de baja frecuencia, menor que una frecuencia umbral v0, no se emiten fotoelectrones. Para una frecuencia por encima del umbral se emiten fotoelectrones, y al variar la intensidad de la luz de esta frecuencia el número de dichos fotoelectrones varía pero su energía no cambia. La energía de los fotoelectrones aumenta sólo cuando se aumenta la frecuencia. La frecuencia umbral, v0, depende del tipo de metal usado.
La teoría clásica de la luz no explica los fenómenos que acabamos de citar. ¿Por qué al aumentar la intensidad de la luz no aumenta la energía de los electrones? ¿Y por qué la frecuencia es lo que influye sobre dicha energía? ¿Por qué no se emite ningún electrón cuando la frecuencia está por debajo de un determinado nivel? Lo que hizo Einstein en su investigación que culminó en el trabajo de 1905 fue suponer que la luz estaba constituida por partículas —llamadas después fotones— y aplicar la idea cuántica de Planck a estos fotones.
Einstein consideraba los fotones como pequeños paquetes discretos de energía que se desplazaban por el espacio. Su energía estaba determinada por la fórmula de Einstein: E = hv (donde h es la constante de Planck y v es la frecuencia de la luz).
La conexión entre esta fórmula y la ecuación anterior de Planck es simple. Hay que recordar que Planck había dicho que las únicas energías posibles para un sistema emisor de luz (por ejemplo, una carga oscilante) son:
E = 0, hv, 2hv, 3hv, 4hv… o, en general, nhv, donde n es un entero positivo.
Claramente, la cantidad de energía más pequeña que puede emitir el sistema es la diferencia entre dos valores contiguos de Planck, que es h, de donde sale la fórmula de Einstein para la energía de la cantidad más pequeña posible de luz.
Vemos a partir de la fórmula de Einstein que la intensidad de la luz no aumenta la energía de sus fotones; de hecho, lo que aumenta con dicha intensidad es el número de fotones presentes, estando determinada la energía de cada uno de ellos por la frecuencia de la luz (multiplicada por la constante de Planck). Para separar un electrón de la red de átomos del cristal se requiere una energía mínima, denotada por W (de «work», el trabajo necesario para desalojar un electrón). Así pues, cuando la frecuencia alcanza un nivel mínimo, la energía impartida al electrón sobrepasa el umbral W y el electrón es «liberado» (emitido). La ley de Einstein que explica el efecto fotoeléctrico viene dada por la fórmula:
K = hv − W,
donde K es la energía del electrón liberado. Esta energía es igual a la energía de Einstein (E = hv) menos la energía mínima para desalojar el electrón, W. La fórmula explica perfectamente el efecto fotoeléctrico. Esta elegante teoría de la interacción de la luz con la materia, una teoría cuántica de un efecto previamente conocido y mal entendido, proporcionó a Einstein el premio Nobel en 1921, que se le notificó cuando estaba visitando Japón. Curiosamente, Einstein no recibió el premio Nobel por su teoría de la relatividad especial ni por la de la relatividad general, dos teorías que han revolucionado la ciencia moderna.
Así que ahí estaba Einstein cuando nació la teoría cuántica, y fue uno de los «padres» de la nueva teoría. Él creía entender la naturaleza bastante bien, como evidenciaba el hecho de que pudiera proponer tan revolucionarias teorías (la relatividad especial en 1905 y la general en 1916) que explicaban los fenómenos en el dominio de lo grande y de lo rápido. Pero aunque era un maestro incomparable de la física del macromundo, y contribuyó mucho a la teoría cuántica de lo muy pequeño, la filosofía de Einstein chocaba con la interpretación en progreso de la mecánica cuántica. Einstein no podía abandonar su principio de que Dios no juega a los dados, es decir, que el azar no tiene lugar en las leyes de la naturaleza. Creía que la mecánica cuántica era correcta al atribuir probabilidades a los resultados posibles de un experimento, pero pensaba que la necesidad de recurrir a probabilidades se debía a nuestra ignorancia de un nivel más profundo de la teoría que es describible mediante una física determinista (es decir, libre de estructura probabilista). Ése es el significado de su afirmación sobre Dios y los dados frecuentemente citada.
La teoría cuántica estaba —y está— basada en probabilidades, y no en predicciones exactas. Como especifica el principio de incertidumbre de Heisenberg, es imposible conocer a la vez el momento y la posición de una partícula; si se conoce uno de ellos con cierta precisión, el otro, necesariamente, sólo puede conocerse con incertidumbre. Pero el azar, la borrosidad, la incertidumbre en la nueva teoría física sobrepasa su manifestación en el principio de incertidumbre. Recuérdese que partículas y fotones son a la vez onda y partícula y que cada uno tiene su función de onda. ¿Qué es esa «función de onda»? Es algo que conduce directamente a probabilidades, ya que el cuadrado de la amplitud de la onda que asociamos a cada partícula es, de hecho, una distribución de probabilidad (la regla que proporciona las probabilidades de los diversos resultados) para la posición de dicha partícula. Para obtener la distribución de probabilidad de los resultados de la medida de otro observable (como el momento), el físico ha de realizar un cálculo donde se usan la función de onda y el operador que representa el observable en cuestión.
La teoría cuántica es probabilista a un nivel muy básico, absolutamente fundamental. No hay escapatoria de las probabilidades se haga lo que se haga. Según esta teoría, existe un nivel mínimo de incertidumbre acerca de los resultados que en ningún caso puede reducirse, no importa el ahínco con que se intente. La teoría cuántica es entonces muy diferente de otras teorías que usan probabilidades. En economía, por ejemplo, no existe ninguna teoría que afirme inequívocamente que no podemos conocer alguna variable con el grado de precisión que deseemos. En este caso, la probabilidad representa nuestra falta de conocimiento, no una propiedad fundamental de la naturaleza. Einstein era un gran crítico de la teoría cuántica porque no le agradaba pensar que la naturaleza funciona de manera probabilista. Dios decreta, no juega a los dados. En consecuencia, Einstein creía que a la teoría cuántica le faltaba algo, quizás algunas variables tales que, si pudiéramos conocer sus valores, la incertidumbre —el azar, el «dado»— desaparecería. Aumentando el número de esas variables, la teoría sería completa y entonces sería como la teoría de Newton, en la que las variables y cantidades pueden conocerse y predecirse con gran precisión.
Además de este desagrado por el azar y la probabilidad como parte de una teoría de la naturaleza, Einstein tenía otras nociones que le parecían intuitivas, y que seguramente así se lo parecen a la mayoría de la gente. Éstas eran el realismo y la localidad. Para él, un elemento de realidad es algo real, que una buena teoría de la naturaleza debería incluir. Si algo sucede en alguna parte, y podemos predecir que sucederá sin perturbar el sistema, entonces lo que sucede es un elemento de realidad. Si una partícula tiene su espín «apuntando» en cierta dirección, y podemos predecir sin perturbarla que tendrá su espín según esa dirección, entonces esto es un elemento de realidad. La localidad es la noción intuitiva de que algo que ocurre en un lugar no debería afectar a cualquier cosa que suceda en un lugar lejano, a no ser, desde luego, que se envíe una señal de un lugar al otro (como máximo a la velocidad de la luz, según dicta la teoría de la relatividad) que pueda producir un cambio en este último.
A lo largo de su vida, Einstein se mantuvo fiel a estos tres principios que, creía, debían formar parte de una buena descripción de la naturaleza:
- El nivel fundamental de la naturaleza debe ser descrito en principio mediante una teoría determinista, incluso aunque diversas lagunas en el conocimiento humano acerca de las condiciones iniciales y de contorno puedan forzar a los seres humanos a recurrir a la probabilidad al hacer predicciones sobre los resultados de observaciones.
- La teoría debe incluir todos los elementos de realidad.
- La teoría debe ser local: lo que sucede aquí depende de elementos de realidad situados aquí, y cualquier cosa que suceda allí dependerá de elementos de realidad situados allí.
Einstein y sus colaboradores encontraron que esas nociones, que a ellos les parecían muy naturales, implicaban la incompletitud de la teoría cuántica (una teoría que Einstein contribuyó a crear). Como veremos, posteriormente (década de 1960) se demostraría que estos principios eran incompatibles con la teoría cuántica; y una creciente evidencia experimental recogida desde los años setenta pondría además de manifiesto que la teoría cuántica era correcta.
En la primavera de 1910, al industrial belga Ernest Solvay se le ocurrió la idea de organizar un congreso científico. El camino hasta esa idea fue algo tortuoso y extraño. Solvay había desarrollado un método para fabricar sosa y como consecuencia de ello se hizo muy rico. Eso le proporcionó un alto nivel de confianza en sus capacidades, y como estaba interesado en la ciencia, empezó a hurgar en la física. Solvay inventó una teoría de la gravitación y la materia que tenía poco que ver con la realidad o con la ciencia. Pero, como era muy rico, la gente le escuchaba, incluso aunque pudieran decir que sus teorías no tenían sentido. El científico alemán Walther Nernst le dijo que podría tener un público para sus teorías si organizara un congreso con los mayores científicos de la época y les presentara sus teorías. A Solvay le gustó la idea, y de ese modo nacieron los congresos Solvay.
El primer Conseil Solvay se celebró en el hotel Metropole de Bruselas a finales de octubre de 1911. Se cursaron invitaciones a los físicos más conocidos, entre ellos Einstein, Planck, Madame Curie, Lorentz y otros, y todos los invitados aceptaron y asistieron a la que sería una reunión histórica. Los congresos continuaron a lo largo de las dos décadas siguientes. Las futuras reuniones serían los campos de batalla de la gran controversia sobre la teoría cuántica. Allí, en Bruselas, en posteriores conferencias, se desarrolló el debate entre Einstein y Bohr sobre las implicaciones filosóficas y físicas de la mecánica cuántica.
Einstein admiraba a Bohr desde que éste publicó su primer trabajo sobre la teoría cuántica de los átomos en 1913. En abril de 1920, Bohr fue a Berlín a impartir una serie de conferencias. Einstein tenía un puesto en esa ciudad, en la Academia Prusiana de Ciencias. Los dos se encontraron allí, y Bohr pasó algún tiempo en casa de los Einstein. Les había llevado algunos regalos: buen queso danés y otros manjares. Los dos disfrutaban con las absorbentes conversaciones sobre radiación y teoría atómica. Tras partir Bohr, Einstein le escribió: «Raramente en mi vida una persona me ha proporcionado por su mera presencia tanto placer como usted. Ahora estoy estudiando sus grandes publicaciones y —salvo que suceda que quede aturullado en algún punto— tengo el placer de ver ante mí su alegre y juvenil rostro, sonriendo y explicando».[11.2]
Al cabo de los años, su relación maduró en una amigable competición por la verdad acerca de la naturaleza. Bohr, el intérprete ortodoxo de la teoría cuántica, defendía sus curiosas facetas, mientras que Einstein, el realista, abogaba siempre por una teoría más «natural», que nadie ha sido capaz de construir.
El debate entre Einstein y Bohr sobre la interpretación de la mecánica cuántica empezó de veras durante el quinto congreso Solvay, en octubre de 1927. Estaban allí todos los fundadores de la teoría cuántica: Planck, Einstein, Bohr, De Broglie, Heisenberg, Schrödinger, Dirac. Durante las reuniones, «Einstein apenas si dijo algo salvo para presentar una objeción muy simple a la interpretación probabilista… Después guardó silencio».[11.3] Pero en el comedor del hotel, Einstein estaba muy animado. Según un relato de primera mano de Otto Stern, «Einstein bajaba a desayunar y manifestaba sus recelos acerca de la nueva teoría cuántica. En cada ocasión había inventado un bello experimento [ideal] que le hacía ver a uno que dicha teoría no funcionaba. Pauli y Heisenberg, que estaban allí, no le hacían demasiado caso, “Ach was, das stimmt schon, das stimmt schon” [¡Bah!, está bien, está bien]. Pero, por otra parte, Bohr reflexionaba cuidadosamente sobre ello, y por la noche, durante la cena, nos reuníamos y aclarábamos el asunto detalladamente».[11.4]
También Heisenberg, un importante participante en el congreso de 1927, describió el debate: «Las discusiones se centraron pronto en un duelo entre Einstein y Bohr sobre la cuestión de hasta qué punto la teoría atómica en su forma presente podría considerarse la solución final de las dificultades que se habían discutido durante varias décadas. Generalmente nos encontrábamos ya desayunando en el hotel, y Einstein empezaba a describir un experimento ideal que él creía que revelaba las contradicciones internas de la interpretación de Copenhague».[11.5]
Bohr trabajaba todo el día para encontrar una respuesta a Einstein, y por la tarde explicaba sus argumentos a sus compañeros teóricos cuánticos. Durante la cena, exponía a Einstein su respuesta a la objeción que éste le había planteado por la mañana. Aunque Einstein no hallaba ningún buen argumento en contra, en su fuero interno seguía sin estar convencido. Según Heisenberg, Paul Ehrenfest (1880-1933), buen amigo de Einstein, le dijo a éste: «Me siento avergonzado de ti. Estás adoptando la misma postura que tus oponentes en sus fútiles intentos de refutar tu teoría de la relatividad».
Los argumentos en pro y en contra de la teoría cuántica se intensificaron durante el siguiente congreso Solvay, que tuvo lugar en 1930. El tema central de este congreso era el magnetismo, pero eso no impidió que los participantes continuaran su acalorado debate sobre la teoría cuántica fuera de las sesiones ordinarias, en los pasillos, y durante los desayunos y las comidas en el hotel. Un día, en el desayuno, Einstein le dijo a Bohr que había encontrado un contraejemplo al principio de incertidumbre energía-tiempo. Einstein contemplaba un ingenioso y complejo dispositivo: una caja con una abertura en una de sus paredes, donde se coloca una puerta, controlada por un reloj situado en el interior de la caja. La caja se llena de radiación y se pesa. La puerta se abre durante una fracción de segundo, dejando escapar un fotón. La caja se pesa de nuevo. A partir de la diferencia de pesos, puede deducirse la energía del fotón mediante la fórmula de Einstein, E=mc2. Por consiguiente, argüía Einstein, puede determinarse en principio la energía del fotón y su tiempo de paso con el grado de precisión que se desee, refutando así el principio de incertidumbre (que dice, en este contexto, que no puede conocerse con gran precisión la energía del fotón y su tiempo de paso a la vez). El dispositivo de Einstein se muestra en la figura siguiente.

Según relató Pais (1991), los participantes del congreso encontraron a Bohr abatido. No veía una solución al desafío de Einstein a la mecánica cuántica. Durante toda esa tarde se mostró extremadamente infeliz, hablando con uno y con otro, tratando de persuadirlos de que la conclusión de Einstein no podía ser cierta: ¿pero cómo? Si Einstein tuviera razón, decía Bohr, sería el final de la física. Pero aunque se esforzaba al máximo, no era capaz de refutar el astuto argumento de Einstein. Leon Rosenfeld (1904-1974), un físico presente en el congreso, dijo: «Nunca olvidaré la imagen de los dos antagonistas saliendo del club: Einstein, una figura majestuosa, caminando despacio, con una sonrisa tirando a irónica, y Bohr trotando a su lado, muy excitado… La mañana siguiente llegó el triunfo de Bohr».[11.6] Existe una fotografía que ilustra muy bien esa descripción (véase la primera fotografía del pliego de ilustraciones).
Bohr halló finalmente un punto débil en el argumento de Einstein. Éste no había tenido en cuenta que el hecho de pesar la caja implica observar su desplazamiento en el campo gravitatorio. La imprecisión en el desplazamiento de la caja genera una incertidumbre en la determinación de la masa —y por tanto de la energía— del fotón. Y cuando se desplaza la caja, el reloj en su interior también lo hace. Ahora éste marcha en un campo gravitatorio ligeramente diferente de aquel en que se encontraba inicialmente. El ritmo de marcha del reloj en la nueva posición es diferente del que tenía antes de moverse debido al acto de pesar. En consecuencia, existe una incertidumbre en la determinación del tiempo. Bohr pudo demostrar que la relación de incertidumbre de energía y tiempo era exactamente la expresada por el principio de Heisenberg.
La respuesta de Bohr al desafío de Einstein era brillante, y usaba la teoría general de la relatividad para rechazar el ataque. El hecho de que los relojes marchan a ritmos diferentes según el campo gravitatorio en que se encuentran es una faceta importante de la relatividad general. Bohr empleó en este caso un inteligente argumento al aplicar la teoría de la relatividad para establecer el principio cuántico de incertidumbre.
Pero la controversia siguió con vehemencia. Einstein, el zorro astuto de la física, continuó elaborando argumentos cada vez más inteligentes, esforzándose en combatir una teoría cuyos mismos fundamentos consideraba trastornados. Y, puesto que, como uno de sus fundadores, conocía la teoría cuántica mejor que cualquiera, él sabía cómo administrar sus golpes. Siempre que Einstein golpeaba, Bohr se mostraba inquieto y preocupado y buscaba frenéticamente una respuesta hasta que encontraba alguna. Se repetía a sí mismo una palabra mientras estaba sumido en sus pensamientos. Sus colegas físicos lo describen en una habitación murmurando: «Einstein… Einstein…», caminando hacia la ventana, mirando afuera, como ausente, y continuando: «Einstein… Einstein…».
Einstein asistió al congreso Solvay de 1933 y escuchó a Bohr dando una charla sobre la teoría cuántica. Siguió atentamente la argumentación, pero no hizo ningún comentario. Cuando empezó la discusión, la dirigió hacia el significado de la mecánica cuántica. En palabras de Rosenfeld, Einstein «todavía sentía el mismo desasosiego que antes (“unbehagen” era la palabra que empleaba) al enfrentarse con las extrañas consecuencias de la teoría».[11.7] Fue durante esa ocasión cuando esgrimió por primera vez la que después sería su arma más formidable contra la teoría cuántica.
¿Qué diría de la situación siguiente? —le preguntó a Rosenfeld—. Supongamos dos partículas que se ponen en movimiento la una hacia la otra con el mismo, muy grande, momento y que interactúan entre sí durante un tiempo muy corto cuando pasan por posiciones conocidas. Consideremos ahora a un observador que «agarra» una de esas partículas, muy lejos de la región de interacción, y mide su momento; entonces, por las condiciones del experimento, podrá evidentemente deducir el momento de la otra partícula. Si, sin embargo, elige medir la posición de la primera partícula, será capaz de decir dónde está la otra partícula. Ésta es una deducción perfectamente correcta y simple a partir de los principios de la mecánica cuántica, ¿pero no resulta muy paradójica? ¿Cómo puede el estado final de la segunda partícula verse influido por una medida llevada a cabo en la primera después de que haya cesado toda interacción física entre ellas?
Allí estaba, dos años antes de que la soltara sobre el mundo de la ciencia con todo su poder, la tremendamente poderosa idea de Einstein sobre la teoría cuántica, en la que se servía de sus, en apariencia, manifiestas contradicciones para invalidarla. Rosenfeld, con quien Einstein cuchicheaba mientras oía la charla de Bohr, no creía que Einstein estuviera intentando mediante su experimento ideal algo más que ilustrar una característica no familiar de la mecánica cuántica. Pero la chispa de la idea de Einstein formulada por primera vez durante la charla de Bohr continuaría aumentando y tomaría su forma final dos años más tarde.
Cuando Hitler llegó al poder, Albert Einstein abandonó Alemania. Ya en 1930 había pasado fuera gran parte de su tiempo: estuvo en Caltech (Instituto Tecnológico de California) y después en la Universidad de Oxford. En 1933 aceptó un puesto en el recientemente fundado Instituto de Estudios Avanzados en Princeton (EE.UU.). Había planeado pasar parte de su tiempo allí y parte en Berlín. Pero tras la victoria de Hitler, abandonó todos sus compromisos en Alemania y se juró no volver nunca. Pasó algún tiempo en Bélgica e Inglaterra y finalmente llegó a Princeton en octubre de 1933.
Einstein se estableció en su nuevo puesto en el Instituto de Estudios Avanzados. Se le proporcionó un ayudante, un físico armenio de veinticuatro años llamado Nathan Rosen (1910-1995), y volvió a entrar en contacto con un físico del Instituto a quien había conocido en Caltech tres años antes, Boris Podolsky. Einstein había cruzado el Atlántico y se hallaba a miles de kilómetros de Europa, donde había nacido y se había desarrollado la teoría cuántica, pero esta remota teoría, con su lógica e hipótesis incomprensibles, permanecía en su mente.
Einstein solía trabajar solo y sus artículos rara vez tenían coautores. Pero en 1934 se procuró la ayuda de Podolsky y Rosen a fin de escribir una última polémica contra la teoría cuántica.[11.8] Einstein explicó cómo se escribió el ahora famoso artículo de Einstein-Podolsky-Rosen (EPR) en una carta a Schrödinger el año siguiente: «Por razones lingüísticas, Podolsky escribió el artículo, tras prolongadas discusiones. Pero no se expresaba demasiado bien lo que yo quería decir; por el contrario, la cosa principal aparecía como enterrada bajo la erudición». A pesar de la impresión de Einstein en sentido contrario, el mensaje del artículo de EPR, en el que él y sus colegas usaban el concepto de entrelazamiento para cuestionar la completitud de la teoría cuántica, se escuchó alto y claro en todo el mundo. En Zúrich, Wolfgang Pauli (1900-1958), uno de los fundadores de la teoría cuántica y el descubridor del «principio de exclusión» para los electrones del átomo, estaba furioso. Escribió una larga carta a Heisenberg, en la cual decía: «De nuevo Einstein se ha expresado públicamente sobre la mecánica cuántica, de hecho en el número del 15 de mayo de Physical Review (junto con Podolsky y Rosen: una compañía nada buena, dicho sea de paso). Como es sabido, cada vez que esto sucede es una catástrofe». A Pauli le inquietaba que el artículo de EPR se hubiera publicado en una revista norteamericana, y le preocupaba que la opinión pública norteamericana se volviera en contra de la teoría cuántica. Pauli sugirió que Werner Heisenberg, cuyo principio de incertidumbre constituía el objetivo del ataque del artículo de EPR, replicara de inmediato.
Pero fue en Copenhague donde la reacción fue más pronunciada. Niels Bohr parecía abatido por un rayo. Parecía hallarse en estado de shock, confuso y además enfadado. Salió del Instituto y se marchó a casa. Según Pais, Rosenfeld visitó Copenhague por entonces y dijo que a la mañana siguiente Bohr apareció en su despacho todo sonrisas. Encaró a Rosenfeld y dijo: «Podolsky, Opodolsky, Iopodolsky, Asiopodolsky, Basiopodolsky…». Después explicó al asombrado físico que estaba adaptando una línea de la obra de teatro de Holberg Ulysses von Ithaca (acto I, escena 15), en la que un criado empieza de pronto a hablar en camelo.[11.9]
Rosenfeld recordaba que Bohr abandonó todos los proyectos que tenía entre manos cuando salió el artículo de EPR. Pensaba que el equívoco tenía que aclararse cuanto antes. Sugirió que él y sus ayudantes usaran el mismo ejemplo empleado por Einstein para mostrar el modo «verdadero» de considerarlo. Bohr, excitado, comenzó a dictarle a Rosenfeld la respuesta a Einstein. Pero pronto empezó a vacilar: «No, esto no funcionará… Tenemos que rehacer esto completamente… Debemos ponerlo muy claro…». Según Rosenfeld, esto continuó durante un largo rato. De vez en cuando, Bohr se dirigía a Rosenfeld: «¿Qué pueden querer decir? ¿Tú lo entiendes?». Y se estrujaba el cerebro, sin llegar a ninguna parte. Finalmente, dijo que «lo consultaría con la almohada».[11.10]
Pocas semanas después, Bohr se calmó lo suficiente para escribir su refutación del artículo de EPR. Tras tres meses de duro trabajo, envió finalmente su respuesta a Einstein y sus colegas a la misma revista que había publicado el artículo de EPR, Physical Review. El siguiente párrafo (cursivas incluidas) es suyo: «Con la libertad de elección ofrecida por [EPR], de lo que tratamos es simplemente de una discriminación entre diferentes procedimientos experimentales que permiten usar sin ambigüedad conceptos clásicos complementarios».
Pero no todos los físicos veían así la situación. Erwin Schrödinger, cuya teoría fue desafiada por EPR, le dijo a Einstein: «Has agarrado a la mecánica cuántica dogmática públicamente por el cuello». Casi todos los científicos o bien estaban convencidos por la réplica de Bohr a Einstein, o bien pensaban que la controversia era más filosófica que física, puesto que no se cuestionaban los resultados experimentales, y que por tanto no les concernía. Tres décadas más tarde, el teorema de Bell minaría ese punto de vista.