El año de los VIP
Hoy día la prisión es un asunto casi banal, un simple accidente en el recorrido, como prueban los numerosos VIP que acaban pasando por ella. Luego cuentan su historia en los medios de comunicación y escriben libros… Es muy diferente de lo que sucedía hace siete años; cuando yo llegué a La Santé no había en ella ni un solo VIP Sin embargo, el hecho de que hayan contado su historia ha supuesto un testimonio sobre las condiciones de vida en la cárcel y eso no puede ser sino beneficioso para su mejora. Los VIP, contrariamente a lo que se podría creer, no gozan de un trato particular aquí. Simplemente, tienen celdas individuales. También tienen su patio para el paseo, aquél en el que daba vueltas Apollinaire, "en una fosa, como un oso", que comparten con los demás presos en régimen de aislamiento. Ese patio se llama el "camembert", y es un círculo dividido en pequeñas porciones con rejillas metálicas a los lados y por encima, una especie de jaula de fieras. Por otra parte, como suelen tener dinero, los VIP pueden disfrutar de cosas que los demás no tienen.
El año 1996-1997 ha sido particularmente extraño desde el punto de vista de los VIP. Por aquí han desfilado sucesivamente Le Floch-Prigent, Crozemarie, Botton, Biderman, Tapie… y algunos otros menos conocidos.
En otro orden de cosas, también hemos tenido presos particularmente vigilados, como la cúpula del GIA, por poner un ejemplo. El hospital de Fresnes los ha rechazado. Nadie quiere tenerlos. Como el juez antiterrorista está en París, nos los cuelgan a todos y el proselitismo da su fruto.
Esto conduce a situaciones tanto más extrañas cuanto que hemos tenido obras durante todo este tiempo.
Por ironías del destino o por falta de atención, Biderman y Le Floch han ido a parar a celdas situadas una enfrente de la otra, aunque no tienen derecho a comunicarse entre sí.
Biderman ha contratado a un preso para que le limpie la celda. Cuando llega el funcionario, el chico se esconde bajo la cama. Después he oído que alguien tamborileaba en la puerta; era ese preso, que quería salir.
Algo insólito, acabo de enterarme de que Instituciones Penitenciarias ha pagado las gafas de Crozemarie.
Le Floch está atónito, porque le han puesto dos travestidos en la celda de al lado. Vienen de Fleury, porque tenían la costumbre de prostituirse en la propia cárcel, lo que ha desatado un escándalo. Los han traído entonces a La Santé, y todas las noches le proponen "una felación por cien francos" a Le Floch.
¡Un terrorista vasco quiere apelar al Tribunal de Derechos humanos de Estrasburgo a causa del champú que han retirado de los artículos de farmacia!
Envían a Botton al hospital para que descanse. Se niega a comer y a salir al patio. Llegó a La Santé transferido desde Grasse, sin afeitar y con un gorro de esquiar sobre la cabeza. Se acuesta vestido.
Hoy se ha ahorcado un poli en su celda, después de haber sido interrogado durante tres horas por la IGS, la Inspección General de la Seguridad.
Esperamos a Tapie, Botton está como loco. Va a tener la celda de enfrente sin que puedan comunicarse entre ellos, ya que la última vez que se vieron Tapie le propinó un puñetazo. Botton quiere arrancarle el pellejo.
Voy a ver a Tapie a su celda, ya que no tengo mucho tiempo. Está en chandal, se aburre y pretende que me quede con él más rato. Tiene montones de ideas: Quiere organizar un equipo de fútbol, hacer reuniones los domingos para los toxicómanos, ocuparse de la tele interna (un canal interno gestionado por los propios presos). Pero hay un problema, y es que está en aislamiento por decisión administrativa, lo que quiere decir que no puede hablar con el resto de los presos.
Llega su correo: un rimero de cartas de un metro de altura: ¡cada día, trescientas cartas! Injurias, apoyos, amor, odio… En resumen, nada de medias tintas. Guarda una decena de ellas, las más emotivas, y las responde por sí mismo. Las demás se las envía a sus abogados por medio de su secretaria. Se burla, ya ha avisado: "no podrán leer todo mi correo, será demasiado". Tiene razón. Hasta ha respondido a otro preso que una misma fe les sostenía a ambos, ¡sin saber que era del GIA! Esa carta se la han devuelto. Se siente enfermo. Le prescribo un nuevo tratamiento, pero lleva mal sus efectos secundarios: "Me ha querido matar usted, ya veo que no le gusto…", me dice bromeando. Guardaba un último cartucho, una intervención quirúrgica demorada desde hace veinte años, y que le permitirá quizá ser hospitalizado para ver a su hija…
Encuentra la comida asquerosa y me muestra unos pinchos calcinados en el cubo de basura. En cuanto a la vida aquí, le da igual, "esto es un lujo comparado con el lugar de donde yo provengo. Cuando era chico, las mierdas estaban en el patio, aquí al menos están en su sitio". Me pregunta qué pienso de Botton, cómo es el juez de vigilancia penitenciaria, trata de sonsacarme. ¡Difícil lo tiene! Me resisto a sus halagos: "Tiene usted unos ojos preciosos", me lanza recibiéndome con un caluroso apretón de manos. "A usted no pueden engañarla, no puede creer en la justicia de este país", me dice. Y respondo: "Sí creo, la prueba es que está usted aquí". Fin de la entrevista.
Cuando se asoma a la ventana, los presos gritan su nombre: "¡Nanard, Nanard!". Traboulsi le ha explicado cómo había conseguido su semi-libertad. Conoce también a Le Floch, a Dédé la sardina… Todas estas gentes se conocen.
Cuando le digo que me voy a tomar unos días de vacaciones, me propone que me quede y me dice que podrían poner otro colchón en su celda. Es nuestra tercera entrevista. Continuará en el próximo número: volveré a verle el lunes.
Se ha perdido el expediente de Botton, como por casualidad. En el estado en que se encuentra, hay que evitar que lo sepa. De hecho, aparece un mes después bajo su colchón. Yo no quería decirle que lo había perdido, y me las apañaba diciéndole que lo había olvidado e iba a verle simplemente con una hoja de papel… Y un día, saca un sobre de papel de estraza de debajo del colchón y me pregunta: "¿Adivina qué hay aquí?" ¡Y era su expediente médico!
Tapie se aburre tanto que está dispuesto a jugar a las cartas hasta con Botton, ¡y yo tengo que hacer de enlace!
Botton se comporta como un león enjaulado. Pasea de arriba abajo, como una fiera. Me cuenta algo que yo ya sé sobre un jefe de policía que al parecer mató a su mujer después de una sesión sadomaso. Sodomizó a su mujer muerta. Tendría que entrevistarme con ese policía, pero no puedo.
Un negrito de Ghana viene a la consulta. Motivo: cuando hace el amor, de su sexo sale esperma. Le contesto que es normal, pero quiere una medicina. Le tranquilizo: es normal.
Esta mañana, me entero de que un tipo se ha abierto las arterias humerales y ha muerto. Los otros dos presos de su celda no han visto ni oído nada, son sordomudos. ¡Buenos compañeros para un depresivo! El colchón del desgraciado estaba totalmente empapado de sangre.
Vuelvo a ver a Tapie, que ha venido en avión con un guapo médico que le cuida. Parece aplastado bajo el peso de su enorme equipaje. Apenas ha llegado, pide verme para que le mande al hospital. No tiene nada urgente. Está molesto, me busca por todas partes, y cuando me encuentra se precipita hacia mí para besarme ante los ojos estupefactos de dos funcionarios. Al cabo de dos días, después de un respiro, lo veo en el locutorio detrás de un vidrio. Se porta de forma odiosa y me reprocha tomarme demasiadas vacaciones y olvidarme completamente de él. Me voy deseándole un buen fin de semana.
Tapie. Tan desagradable el viernes, hoy lo reconoce y pide perdón. Llamo a los demás como testigos. "Estabas insoportable, le dicen. ¿Por qué te portaste así?" Se excusa: "Ya saben ustedes, ella puede ser odiosa. Yo lo he sido, ella lo ha sido, estamos en paz".
Recibo el libro de Boublil, emocionada. Botton, ya en libertad, me telefonea; parece que le va bien. Encuentra horrible el mundo: es muy tierno, tiene aspectos adolescentes conmovedores.
Un conocido productor de cine acaba de llegar por trata de blancas. Está muy deprimido y soporta mal la cárcel. A un violador le han tirado una lata de Coca-cola a la cara. Ha perdido los dientes y tiene mordeduras en los brazos. Otro se queja de que un seropositivo le ha obligado a chupársela. Otro acaba de tragarse varias cuchillas de afeitar. La rutina…
Visito por la tarde las celdas de aislamiento. Uno de ellos ha escuchado el programa de France Culture en el que hablé de pintura. Promete que me enviará unos cuadros para mi despacho.
Hoy hemos tenido un día duro. Tres hospitalizaciones: un infarto, una artritis séptica y un coma de un preso que ha ido almacenando medicamentos y se los ha tragado todos de golpe. En la consulta un preso, condenado por estupro, al que han clavado un tenedor en el cuello. Otro, un joven de veintiún años, llora desconsolado. Lo han violado en Fleury, contagiándole el virus del SIDA. Ha tratado de ahorcarse. En cuanto a Tapie, ha salido al amanecer hacia Aix-en-Provence en el mayor secreto.
Efecto teatral: uno de los presos detenidos junto a S. -un tipo muy simpático que se dedicaba al tráfico de armas- me comunica que éste ha muerto, ahorcándose en prisión. Su mujer ha sido detenida y extraditada a Alemania. La abuela se ha hecho cargo de las hijas. Me siento trastornada; le pregunto cómo se ha enterado de todo eso: "Por el abogado, al que había ido a ver la mujer de S". Pero su respuesta me pone la mosca detrás de la oreja: ¿Cómo pudo obtener ella el derecho de visita? La telefoneo: se encuentra bien, y su marido sigue en Alemania, con buena salud. Pero el amigo de su marido le ha telefoneado un domingo desde La Santé, utilizando un portátil -¡interesante…!- haciéndole preguntas íntimas sobre su vida y pidiéndole una foto de ella desnuda para protegerla. Dice que es médium. Ella recibe tres cartas de él por semana. ¡Una historia de locos!
Cuarta entrevista con Tapie en mi despacho. Suena el teléfono: contesta Bernard Tapie. Es el director, que le dice: "¡La doctora Vasseur está ocupada, déjela en paz!". Cuelga. No tiene miedo de nada, y me hace reír.
"Qué les hace a los presos, todos están enamorados de usted* y no entiendo por qué", me lanza guiñándome un ojo. Después me pregunta si puede ir a pasar la convalecencia a mi casa… ante el cirujano, absolutamente sorprendido.
Al día siguiente me llaman desde el hospital. El cirujano y el anestesista están exasperados: Tapie. Voy hasta allí: hay una reunión de familia, seis personas sentadas en la cama, contando los niños. Su mujer llama a Bernard Kouchner. Tapie quiere que yo me ponga al teléfono, pero me niego. Luego le toca el turno a Elisabeth Guigou, tres veces. Tapie se pone nervioso y hace el payaso, de rodillas.
Dos días después, llamada de su secretaria: Nanard quiere verme. No tengo tiempo. El funcionario que le lleva el correo me transmite un gran beso de su parte.
Hoy, mucho movimiento en la antigua enfermería: consulta en las obras, entre las taladradoras. Me siento sobre un montón de ladrillos. Desfilan Boucheron, Leblanc-Lévéque, Tapie… Es el último salón en el que hablamos. Tiene que ser extraño ver aquello. El funcionario parece totalmente desconcertado.
Antes, el servicio de "enfermería" estaba repartido en dos lugares unidos entre sí únicamente por teléfono y muy alejados el uno del otro. Se decidió entonces que se pondría a nuestra disposición una sola enfermería en la que se reagruparía a todo el personal. Comenzaron las obras. Después de decidir sobre los planos la disposición del servicio, cada uno eligió su despacho y decidió de qué color quería que le pintaran las paredes. En febrero de 1997 nos mudamos por fin a un departamento totalmente renovado, relativamente lujoso con respecto al resto de la cárcel. Todo blanco y azul, con lámparas en forma de pirámide, reproducciones de obras de arte y plantas verdes.
Mi despacho es una antigua celda, pero con una gran ventana en la que se mantienen los barrotes y el enrejado, por si quisiera evadirme. Pese a mis numerosas peticiones, la ventana da al famoso camembert donde se pasean los VIP…