ALGIS BUDRYS
El amo de los perros
(The Master of the Hounds)
El blanco y polvoriento camino se desviaba de la carretera general del estado atravesando los espaciados pinos. En el camino no se notaban marcas de neumáticos; sin embargo, cuando Malcolm introdujo el coche por él, observó huellas de pezuñas de perros o tal vez un perro, por el centro del mismo, que se dirigían hacia el edificio que se alzaba en la intersección de los caminos y que era depósito general y estación de gasolina al mismo tiempo.
—Bueno, esto está bastante apartado de todo —dijo Virginia.
Era delgada, con el pelo negro lleno de polvo. Su cara era alargada, de pómulos salientes. Hace diez años, cuando se casaron, era joven y ligeramente regordeta.
—Sí —respondió Malcolm.
Hacía sólo unos días, tras realizar unas gestiones, que había abandonado su trabajo en la agencia y había hecho planes para pasar el verano en algún sitio lo más económico posible, con el fin de demostrarse a sí mismo si era verdaderamente un artista o solamente tenía talento comercial. Y ahora se hallaban allí.
Presionó el acelerador para aumentar la velocidad del coche, siguiendo una línea de espaciados postes maltratados por el tiempo, que sostenían un solo cable de alta tensión. El agente de los inmuebles ya le advirtió que no había teléfonos. Malcolm había tomado eso como un hecho positivo; pero, en cierto modo, no le agradó la vista de aquel único alambre delgado que se extendía de poste a poste. Las ruedas del coche se hundían profundamente en el polvo, a uno y otro lado de las huellas del perro, que él seguía como un reguero de migas de pan a través de un bosque.
Algunos metros más allá vieron un cartel en lo alto de un montículo:
¡ESPLÉNDIDOS PANORAMAS MARINOS!
EL CONJUNTO RESIDENCIAL MÁS NUEVO Y DE
MÁS PRONTA CONSTRUCCIÓN DE NUEVA JERSEY
¡BIENVENIDO A SU HOGAR!
DESDE 9900 DÓLARES, SIN ANTICIPO
Debajo de este anuncio había un triángulo de tierra: acaso cincuenta mil metros cuadrados de terreno en total, que apuntaba hacia la parte más baja de la bahía de Nueva York. El camino se transformaba en calle, con forma de barranco, de gravas amarillentas, que se dirigía en línea recta hacia el agua y que terminaba en tres postes de cemento, uno de los cuales estaba derribado, dejando un hoyo lo suficientemente grande para que un coche se hundiera en él. Más allá había una hondonada, desde donde la bahía se dirigía, en dirección norte, hacia la ciudad de Nueva York, y en la otra dirección, hacia el Atlántico.
Al otro lado de la agreste calle, la incultivada tierra estaba casi cubierta de achaparrados robles y zumaques. A lo largo de la calle estaban trazados los solares, toscamente rectangulares, algunos con sus cimientos a medio terminar; montones de arcilla extraída, grandes cantidades de arena, aunque en menor proporción que la arcilla, todo en medio de una mezcolanza un poco descorazonadora. Aquí y allá se veían algunas casas a medio construir, deformadas y deslustradas ya.
En medio de aquel conjunto general, había dos excepciones. Al final de la calle, dos casas de forma idéntica, una enfrente de la otra, estaban completamente terminadas. Una parecía bastante descuidada, en mal estado. El solar que la rodeaba estaba desprovisto de arbustos, pero carecía de césped, estando cubierto de hierbajos. Enfrente, al otro lado de la calle, se alzaba una casa de magnífica apariencia, en excelentes condiciones. Pintada de gris y cubierta de tejas oscuras, se asentaba en el centro de un terreno cubierto de verde césped, muy bien cuidado; se hallaba rodeada de una cerca de alambre, de un metro veinte centímetros de altura aproximadamente, pintada de color gris. Postigos pintados de blanco flanqueaban las altas y estrechas ventanas que guarnecían la parte de casa que Malcolm veía. Delante del edificio, servía de barrera una hilera de piedras encaladas con forma de cabezas de hombres. Todo en la casa y en sus alrededores se había construido bien. Malcolm encontró una oportunidad de animar las cosas.
—Mira, Marthy —dijo a Virginia—: te he conducido sana y salva, a través del terrorífico bosque, hasta una cómoda casa situada en la ladera de Fort Defiance.
—Está bien construida —respondió Virginia—. No debe de ser fácil mantener aquí un lugar como éste.
Mientras Malcolm aparcaba el coche paralelamente a donde debería haber estado el bordillo de la acera, aparecieron por detrás de la casa gris del otro lado de la calle un par de hermosos cachorros de perros doberman. Juntos permanecieron, con los hocicos pegados a la acera, mirándolos. No ladraron. Tampoco se notó movimiento alguno en la ventana de la fachada, ni nadie salió al patio. Los perros estaban allí, sencillamente, observando, mientras Malcolm atravesaba la calzada en dirección a su nueva casa.
La casa estaba amueblada… Bueno, es un decir. Tenía algunas sillas en el cuarto de estar, aunque no había diván, y una mesa de plástico cromado en el área de la cocina. Uno de los dormitorios estaba completamente vacío, pero en el otro había una cama y un armario. Malcolm recorrió la casa de prisa y regresó al coche para sacar el equipaje y los víveres. Señalando con la cabeza hacia los perros, dijo a Virginia:
—Bueno; el último modelo de campo de concentración.
Comprendió que debía decir algo ligero, porque Virginia no cesaba de mirar al otro lado de la calle.
Sabía muy bien, como lo sabía la mayoría de las gentes y presumía que también Virginia, que los perros doberman son inquietos, indignos de confianza y rencorosos. Y su esposa y él tenían que pasar todo el verano allí. Se daba perfecta cuenta de que sería imposible conseguir que el agente le devolviera ahora el dinero pagado por el alquiler de la casa.
—Parecen tan desaliñados porque cuando eran pequeñitos les cortaron las orejas y el rabo —observó Virginia.
Cogió una bolsa de víveres y la transportó a la casa.
Cuando Malcolm terminó de vaciar el coche, cerró con violencia el portaequipajes. Aunque no se movieron hasta entonces, los perros consideraron este gesto como una señal. Se volvieron pausadamente, sin apenas separarse, y, guardando la formación, desaparecieron de vista detrás de la casa gris.
Malcolm ayudó a Virginia a colocar las cosas en las alacenas y en el único armario del dormitorio. Había bastante que hacer para que ambos estuvieran ocupados durante algunas horas, y cuando a Malcolm se le ocurrió mirar por la ventana del cuarto de estar, ya había oscurecido. Sin embargo, lo que vio le inmovilizó.
Al otro lado de la calle surgían chorros de luz de las cuatro esquinas de la casa gris, iluminando espléndidamente todo el patio. Un hombre tullido se paseaba por el interior del cercado, con las piernas rígidas y el cuerpo inclinado hacia adelante, doblado por la cintura. Agarraba fuertemente los moldeados puños de dos bastones-muletas, en los que se apoyaba con los codos. Mientras Malcolm le contemplaba, el hombre dobló con gran exactitud la esquina de la casa y se puso a pasear por delante de la fachada principal de su propiedad. Mirando directamente hacia adelante se movía con regularidad, atravesando su sombra la cerca detrás de la doble sombra de los dos perros que iban inmediatamente delante de él. Ninguno de ellos miraba en dirección a la casa de Malcolm. Observó cómo el hombre daba otra vuelta, siguiendo la cerca hasta la parte de atrás de la casa y desapareciendo detrás de ésta.
Más tarde, Virginia sirvió lonjas de carne asada fría en el pequeño dormitorio-comedor. Poner la casa en orden pareció haber causado en ella un buen efecto moral.
—Escucha: creo que estaremos muy bien aquí, ¿verdad? —dijo Malcolm.
—Ya sabes que cualquier sitio que sea bueno para ti siempre lo será también para mí —respondió Virginia juiciosamente.
No era ésa la contestación que él deseaba. En Nueva York estaba seguro de que el verano le serviría de mucho…, que en cuatro meses un hombre puede tomar alguna decisión. Había pensado para ellos una casa junto al océano, en una ciudad que tuviera biblioteca pública, cinematógrafo y algunas otras distracciones. Para él fue un golpe cuando descubrió lo altos que eran los alquileres durante el verano y con cuánta anticipación había que alquilar las casas. Por eso, cuando el último agente que visitó le describió este lugar y le dijo lo económico que era el alquiler, Malcolm procedió a realizar el contrato inmediatamente. Virginia estuvo de acuerdo, aunque no existiesen distracciones. Sin embargo, ella no dejó de preguntar al agente las causas de que fuera tan barato el alquiler de la casa; pero el agente, un hombre grueso con la camisa llena de cenizas de cigarro, le contestó muy serio:
—Mistress Lawrence, si usted busca un lugar donde su marido pueda trabajar sin que le moleste nadie, puedo asegurarle que no existe otro mejor.
Virginia quedó convencida.
A ella no le había agradado que Malcolm abandonara la agencia. Él lo comprendía. Sin embargo, él necesitaba que ella estuviera contenta, porque esperaba que su situación fuera más segura para el final del verano. Ahora, Virginia le miraba fijamente. Él buscaba en su mente algo que pudiera interesarle y que cambiase un tanto el estado de ánimo que existía entre ambos. Recordó entonces la escena de que había sido testigo a última hora de la tarde. Le habló, pues, del hombre y de los perros, y esto hizo que Virginia levantara las cejas.
—¿Recuerdas si el agente nos dijo algo de ese hombre? —preguntó—. Yo, no.
Malcolm, rebuscando en su memoria, recordó que el agente le había mencionado un guarda al que podrían acudir si se les presentaba algún problema. Entonces no hizo mucho caso, porque no comprendía en qué podría ayudarlos un agente o un guarda. Pero ahora se daba cuenta de lo desamparados que estaban Virginia y él aquí si, por casualidad, se les rompía algo como una cañería o se les fundía la luz… La importancia del guarda adquiría relieve, no cabía duda.
—Sospecho que es el vigilante —dijo.
—¡Oh!
—Es lógico: estos terrenos tienen que valer algo. Si no hay aquí alguien que los vigile, la gente puede llevarse las cosas, o vendría a acampar aquí, o algo por el estilo.
—Supongo que sí. Me imagino que los propietarios de estos terrenos le permiten vivir aquí sin pagar alquiler, y con esos perros hará un buen trabajo.
—Pues tendrá vigilancia para rato —dijo Malcolm—. Cualquiera que se decida a construir aquí tiene para diez años. No puedo figurarme que nadie compre estos terrenos, mientras haya sitio más cerca de Nueva York.
—Así, pues, es el sostenedor de la fortaleza —dijo Virginia inclinándose para quitar el plato a su marido.
Por encima del hombro de Malcolm miró hacia la ventana del cuarto de estar. Abrió mucho los ojos y, automáticamente, se tocó el borde del cuello de su bata y resopló.
—Escucha: posiblemente él no pueda ver lo que pasa en el cuarto de estar, sí; pero para ver lo que ocurre dentro de este dormitorio tiene que colocarse en el rincón más alejado de su patio. Y hace rato que entró en su casa.
Volvió la cabeza para mirar y, efectivamente, era cierto lo que él había dicho, con la excepción de que uno de los perros se hallaba en ese rincón mirando hacia la casa de ellos, con los ojos echando chispas. En aquel momento, su cabeza pareció atraída por alguna otra cosa y dirigió la mirada hacia el camino. Giró sobre sí mismo, dio algunos pasos alejándose de la cerca, se volvió, salió, recorrió la calle y se alejó. Un momento después regresó corriendo, junto con su compañero, que traía ligeramente sujeto de la boca un saquito de papel. Los perros trotaron juntos, alegres, como buenos camaradas, rozándose sus lomos, y cuando estuvieron a pocos pasos de la cerca, la saltaron al mismo tiempo y continuaron corriendo a través del patio hasta que Malcolm los perdió de vista.
—¡Cielo santo! ¡Vive solo con los perros! —exclamó Virginia.
Malcolm se volvió rápidamente hacia ella.
—¿Qué te hace suponer eso?
—Es muy sencillo. Acabas de ver cómo se han comportado los perros. Son sus criados. Él no puede ir a ninguna parte; ellos van en su lugar. Si tuviese esposa, iría ella.
—¿Ya te has dado cuenta de todo eso?
—¿No observaste qué contentos estaban? —preguntó Virginia—. No hay necesidad de que un perro vaya a reunirse con su compañero. Sin embargo, él lo hizo. No pueden ser nada más felices.
Virginia miró a Malcolm, y él vio volver a sus ojos la antigua y compleja cautela.
—¡Por todos los diablos! Son perros solamente… ¿Qué saben ellos de nada? —preguntó Malcolm.
—Saben de la felicidad —respondió Virginia—. Saben lo que hacen en la vida.
Malcolm permaneció mucho tiempo despierto aquella noche. Empezó pensando en lo magnífico que sería el verano viviendo allí y trabajando allí; luego pensó en la agencia y en por qué no parecía poseer él esa clase de intuición astuta y definida que conduce a un hombre a hacer fácilmente un trabajo oficioso. Aproximadamente a las cuatro de la madrugada se preguntó si estaría tal vez asustado, y si estaba asustado desde hacía tiempo. Nada de lo que estaba pensando era nuevo para él, y sabía que, hasta última hora de la tarde del día siguiente, no conseguiría alcanzar el punto en que se sintiera conforme y a gusto consigo mismo.
Cuando Virginia intentó despertarle a primera hora de la mañana, él le suplicó que le dejase dormir. A las dos de la tarde, ella le llevó una taza de café y le zarandeó por el hombro. Un rato después, entraba en la cocina en pantalones de pijama y encontró a Virginia haciendo huevos revueltos para ambos.
—¿Qué plan tienes para hoy? —le preguntó su mujer cuando hubo terminado de comer.
Malcolm levantó la vista.
—¿Por qué?
—Mientras dormías, puse todos tus útiles de pintura en el dormitorio de delante. Creo que hará un buen estudio. Con todas tus cosas allí, puedes acomodarte perfectamente esta tarde.
A veces, ella era tan brusca que le causaba enojo. Se le ocurrió que acaso Virginia hubiera pensado que proyectaba no hacer nada en todo el día.
—Escucha —le dijo—: ya sabes cómo me gusta experimentar la sensación de una cosa nueva.
—Lo sé. No soy capaz de comprenderlo. Yo no soy artista. Lo único que he hecho es colocar tus cosas en esa habitación.
Como Malcolm permaneció sentado un rato sin hablar, Virginia fregó platos y tazas y entró en el dormitorio. Al poco, salió vestida. Se peinó y se pintó los labios.
—Bueno, tú puedes hacer lo que quieras —dijo—. Yo voy a la casa de enfrente para presentarme.
Se apoderó de él un asomo de irritabilidad. Sin embargo, dijo:
—Si me esperas un minuto, me vestiré e iré contigo. Es conveniente que ambos estemos en contacto con él.
Se levantó y entró en el dormitorio para ponerse una camisa de cuello abierto, unos pantalones vaqueros y unos zapatos de lona. Notaba que empezaba a reaccionar contra la presión. Siempre le había molestado que le presionasen. Le parecía como si Virginia hubiese dispuesto de antemano la forma en que él debía pasar la tarde.
Fueron andando hasta el cercado por la estrecha faja de tierra situada entre él y la fila de piedras encaladas, sin que sucediera nada. Malcolm vio que, aunque el cercado tenía una puerta, no había ningún paso a través de la diminuta franja de césped que se hallaba al otro lado de él. Tampoco existía paseo central. El terreno estaba liso, continuo, como si la casa hubiese sido colocada allí por medio de un helicóptero. Malcolm miró más de cerca la tierra que estaba inmediatamente al otro lado del cercado, y cuando vio los regulares redondeles dejados por las muletas del hombre, se sintió aliviado.
—¿Ves alguna campanilla o algo por el estilo? —preguntó Virginia.
—No.
—¿Crees que ladrarán los perros?
—No me gustaría que lo hicieran.
—¿Quieres mirar? —dijo Virginia tocando la aldabilla de la puerta—. La pintura apenas está desgastada. Apostaría a que no ha salido del patio en todo el verano.
Al tocar la verja, ésta crujió ligeramente y los perros salieron de detrás de la casa. Uno de ellos se paró, se volvió y regresó al edificio. El otro avanzó y se quedó parado detrás de la cerca, lo bastante próximo a ellos como para que oyeran su respiración. Los miraba con la cabeza inclinada, en estado de alerta.
Se abrió la puerta principal de la casa. En el umbral hubo una visión de muletas de metal. Luego, salió el hombre y se quedó parado en el descansillo. Cuando estuvo satisfecho de su observación, asintió con la cabeza, sonrió y avanzó hacia ellos. El otro perro iba a su lado. Malcolm se dio cuenta de que el perro que estaba junto al cercado no se distrajo volviendo la cabeza para mirar a su amo.
El hombre se movió de prisa, cruzando el terreno con ágiles balanceos de su cuerpo. Parecía que su mal no era de la columna vertebral, sino de las piernas, porque necesitaba ayudarse para andar. Claro que no podía decirse que aquello fuera andar, pero tampoco se le podía catalogar como invalidez total.
Aunque el hombre aparentaba estar próximo a los sesenta años, no había en él síntomas de decrepitud. Era flaco, pero fuerte y nervudo. Era ancho de osamenta, y la piel de su cara estaba tersa y tostada por el sol. Alrededor de sus ojillos azules y de las comisuras de sus delgados labios tenía muchas arrugas finas y profundamente marcadas. Su pelo blanco amarillento estaba peinado hacia atrás, forma clásica de los militares británicos. Y todavía conservaba un ligero bigote. Usaba una chaqueta de mezclilla con los codos reforzados con parches de cuero. Parecía un poco gruesa para aquel tiempo. Llevaba puesta una fina camisa de franela, color gris claro, y una corbata de lazo azul pálido. Se paró junto a la cerca, con los codos apoyados en las muletas, y alargó una mano firme, de uñas cortas, de color hueso viejo.
—Buenas tardes —dijo amablemente. Sus modales eran correctos y corteses—. Deseaba conocer a mis nuevos vecinos. Soy el coronel Ritchey.
Los perros permanecían inmóviles, uno a cada lado de él, con sus negros y puntiagudos hocicos apuntando hacia los recién llegados.
—Buenas tardes —respondió Virginia—. Somos Malcolm y Virginia Lawrence.
—Encantado de conocerles —dijo el coronel Ritchey—. Creí que Cortelyou fracasaría esta temporada en proporcionarnos a alguien.
Virginia sonrió.
—¡Qué perros tan hermosos! —exclamó—. Los vi anoche.
—Sí. Se llaman Max y Moritz. Estoy orgulloso de ellos.
Mientras platicaban, cambiando cortesías, Malcolm se preguntaba por qué habría mencionado el coronel a Cortelyou, el agente de bienes raíces, como proveedor. Por otra parte, había algo familiar en el coronel.
—¿Usted es el famoso coronel Ritchey? —preguntó Virginia.
Lo era. Malcolm lo comprendía ahora todo. Recordaba la serie de las grandes revistas donde, algunos años antes, aparecieran las aventuras del coronel, sacadas de sus películas.
El coronel sonrió sin dar muestras de turbación.
—Soy el famoso coronel Ritchey, pero observarán ustedes que mi aspecto no es el mismo que el de ese simpático y encantador muchacho que apareciera en las películas.
—¿Y qué demonios hace usted aquí? —preguntó Malcolm.
Ritchey dirigió su atención a él.
—Ya sabe usted que uno tiene que vivir en alguna parte…
Virginia dijo inmediatamente:
—Anoche estuve observando a sus perros y, al parecer, le prestan a usted un gran servicio. Supongo que debe de ser agradable tenerlos. Se sentirá seguro con ellos.
—Sí, así es. Para mí constituyen una gran ayuda. Max y Moritz son muy buenos conmigo. Pero es más agradable tener personas aquí, como ahora. Empezaba a estar molesto con Cortelyou.
Malcolm empezó a preguntarse si el agente hubiera sido capaz de llamar guarda a Ritchey si el coronel hubiese estado escuchándole.
—Entren, por favor —dijo el coronel.
La aldabilla de la verja se le resistió momentáneamente, pero la golpeó ligeramente con la palma de la mano y consiguió alzarla.
—No tengan miedo a Max y Moritz. No atacan si no se les ordena…
—¡Oh! Desde luego no me asustan —contestó Virginia.
—Hasta cierto punto, no sería extraño que la asustaran —dijo el coronel—. Los perros doberman suelen ser poco sociables, como ustedes ya saben. Se tarda meses hasta conseguir su amistad, su confianza, su cariño…
—Pero usted lo consiguió, ¿no? —preguntó Virginia.
—Por supuesto —respondió el coronel, con amable sonrisa—. Me los trajeron cuando eran pequeñitos.
Ahora se dirigió a los perros y su voz estaba llena de poderío, pero era tan calmosa como cuando se dirigía a Virginia.
—¡Chuchos!
Los perros se pararon a mirar al matrimonio y se alejaron después tranquilamente.
El cuarto de estar del coronel, tan limpio como sencillo, contenía, amorosamente cuidados por él, algunos muebles anticuados. El diván, con su tapicería de punto de media y su madera tallada, era el diván que Malcolm hubiera esperado encontrar en el cuarto de estar de una dama. En una esquina se hallaba un sillón Morris, colocado de forma que una persona pudiera tumbarse en él y mirar la calle o, volviendo la cabeza, descansar sus ojos en las distantes luces de Nueva York. De las paredes colgaban cuadros al óleo, con gruesos marcos dorados, que representaban paisajes abiertos. El mobiliario de la habitación pareció escaso a Malcolm, hasta que se le ocurrió que el coronel necesitaba sitio suficiente para recorrer la casa y no sillas adicionales para los hipotéticos visitantes.
—Siéntense, por favor —dijo el coronel—. Traeré té para merendar.
Cuando salió de la habitación, Virginia comentó:
—¡Todo un caballero!… ¡Y tan atento!…
Malcolm asintió.
—Encantador —dijo.
El coronel volvió a entrar trayendo una bandeja de plata perfectamente colocada. Sujetaba los bordes con los dedos pulgares e índices, mientras que con los restantes agarraba los soportes de goma negra de sus muletas. Traía té en la bandeja y pastelillos de confección casera.
—He de pedir disculpas por mi servicio de té —dijo—, pero es el único que tengo.
Cuando el coronel ofreció la bandeja, Malcolm vio que los utensilios estaban hechos de esa clase de hojalata que se emplea para confeccionar las latas de conservas. Al mirar su taza, vio que su original molde de hojalata estaba pintado de esmalte, y comprendió que todo aquello estaba hecho con latas de conserva. La tetera…, el asa, el pico, la tapadera…, todo era de lo mismo.
—¡Que me condene si usted no ha hecho esto en un campo de concentración!
—En realidad, sí lo hice. Estuve siempre tan orgulloso de mi trabajo, que aún me sirvo de ellos. En cierto modo, viviendo como yo vivo, nunca necesité comprar nada para sustituirlos. Es sorprendente las cosas que uno necesita en un campo de concentración, y lo importante que se convierte para uno. Suelo pintar estos pobres objetos periódicamente, y aún encuentro un placer especial en hacerlo, como lo sentía cuando esa actividad era completamente necesaria. Uno se ve obligado a hacer estas cosas en mi situación, ¿comprende? Espero que mi «juego de té» no queme sus dedos.
Virginia sonrió.
—¡Oh, qué disparate!
Malcolm estaba asombrado. Nunca hubiera creído que Virginia recordase cómo comportarse con tanta coquetería. No había envejecido, dejando aparte la muchacha que siempre atrajo la atención de las personas; sencillamente, puso esa parte de ella en otro sitio.
Los ojos azules del coronel resplandecieron. Se volvió hacia Malcolm.
—He de decir que será delicioso pasar el verano con una persona tan encantadora como mistress Lawrence.
—Sí —respondió Malcolm, preocupado ahora con su taza, cuyo líquido caliente y sus afilados bordes dañaban sus dedos—. Siempre me he sentido muy satisfecho de ella —añadió.
—Me he dado cuenta de la inscripción que hay aquí —dijo Virginia, señalando el meticuloso grabado de la bandeja de té. Leyó en voz alta—: «Al coronel David N. Ritchey, R. M. E., de sus oficiales, compañeros de cautiverio, en Oflag XXXlb, con ocasión de su liberación, 14 de mayo de 1945. Si él no hubiera estado allí para guiarlos, muchos no se hallarían ahora presentes para ofrecerle esta prueba de cariño».
Los ojos de Virginia despedían chispas cuando miraron al coronel.
—Todos debían de ser muy amigos suyos.
—En absoluto —respondió el coronel, con ligera sonrisa—. Yo era únicamente el oficial de mayor graduación de un grupo de oficiales muy mezclados. La mayoría de dichos oficiales eran jóvenes, procedentes de diferentes regimientos. No compañeros…, sino alevines de jefes, todos responsables, personalmente, de haberse rendido al enemigo. Unos, apáticos; otros, desesperados. Algunos, útiles; otros, no. Mi misión consistía en formar con ellos un cuerpo disciplinado, responsable, para elegir quiénes de nosotros debían ponerse a salvo y quiénes debían hacer la vida imposible a los alemanes en un campo de concentración. Porque estábamos en un campo de concentración desde la retirada de Dunkerque, y allí permanecimos hasta el final de la guerra. Durante ese tiempo, cambiamos de diferentes modos la situación estratégica dentro del campo. La mayoría de mis subordinados comprendía que era táctica…, cuando lo comprendía.
El coronel hizo una mueca, pero inmediatamente sonrió.
—La bandeja me la regalaron los supervivientes, claro está. Se apoderaron de un punzón muy puntiagudo del armario del comandante del campo, pocos días antes, con tiempo suficiente para hacer la inscripción. Pero la inscripción no sugiere que todos sobrevivieron.
—Entonces, en realidad no fue como se relata en la película, ¿verdad? —preguntó Virginia.
—No, y, sin embargo…
Ritchey se encogió de hombros, como si recordase una época en que había metido a alguien en un asunto de poca importancia.
—Fue una cuestión de valoración dramática, han de comprenderlo ustedes; así como la necesidad de contar una historia interesante y excitante de forma que atrayese a un público civil. Muchos de los incidentes que ocurren en la película, son literalmente ciertos…, aunque no sucedieron en el momento indicado en ella. Así, por ejemplo, el túnel de Navidad fue un hecho completamente real. Prometí a los hombres que, por lo menos uno de ellos, volvería a su casa por Navidad si picaban y ahondaban la tierra. Pero no era una promesa seria, y ellos lo sabían. A diferencia del protagonista de la película, yo no era un hombre fervoroso, sino irónico. La guerra estaba ya acabando. El deseo natural de un hombre inteligente hubiera sido evitar todo riesgo y esperar la liberación. La mayoría de ellos opinaba así. En realidad, muchos de ellos se habían transformado en personas civiles en su pensamiento y hablaban de sus carreras civiles, de sus familiares… y de cosas por el estilo.
Hizo una pausa.
—Así, empleando palabras irónicas y triviales sobre los túneles de Navidad, les recordaba cómo y en dónde se encontraban aún. La táctica funcionaba bastante bien. Empleando artimañas de esta clase, conseguía que trabajaran.
La expresión del coronel se hizo más ausente.
—Algunos me llamaban la Víbora —murmuró—. En la película, también; pero allí sonreían cuando lo decían.
—Sin embargo, su obligación era ayudarlos, tenerlos agrupados de la forma que fuese —dijo Virginia, apasionadamente.
La cara de Ritchey se torció en un espasmo de tensión tan violento como si su té hubiese contenido estricnina. Pero se recuperó en seguida.
—¡Oh, sí, sí! Los mantuve reunidos. Mintiéndoles, engañándolos, adulándolos… Pero el desgaste de energías fue enorme. Y desmoralizador. No convenía hacer ninguna diferencia que echase por tierra la máxima autoridad. Si hubiésemos estado en nuestro país, no hubiera habido un solo hombre entre los prisioneros que no se hubiese atrevido a rebelarse contra la más simple de mis órdenes. Pero en el campo de concentración no sabían qué hacer ni podían escapar. Estaban prisioneros de sus pequeñas ambiciones particulares, como le pasa a mucha gente. Y las personas no consiguen un propósito común a menos que actúen con disciplina.
La inflexible mirada del coronel pasó de Virginia a Malcolm.
—No es agradable decir a la gente lo que tiene que hacer. Lo único seguro es encontrarse en una situación tal que se le pueda decir a la gente lo que debe hacer.
—Tener fuerzas armadas que le respalden a uno. ¿Es ésa su idea, coronel?… ¿Consiguió permiso de los alemanes para establecer dentro del campo sus propias fortalezas?
A Malcolm le gustaba llevar las cosas a sus puntos más absurdos.
El coronel le observó imperturbable.
—Yo fui en Alemania el mismo hombre que soy aquí. No obstante, existe una breve historia que debo contar a ustedes. No es ajena por completo al asunto.
Se echó hacia atrás, poniéndose cómodo.
—Ustedes han debido de experimentar cierta curiosidad hacia mis perros Max y Moritz. Como ustedes saben, los alemanes fueron siempre muy aficionados a amaestrar perros para que realizaran toda clase de servicios y cosas útiles. Durante la guerra, los alemanes acostumbraron utilizar con bastante frecuencia, como auxiliares en los campos de concentración, a los perros. Míster Lawrence, un perro amaestrado actuando es mucho más temible que cualquier soldado con una metralleta en la mano. Un animal mata a un hombre sin vacilar, esté maldiciendo o rezando.
Hizo otra pausa.
—Los perros guardianes de cada campo de prisioneros de guerra estaban a cargo de un individuo llamado el Hundführer…, el amo de los sabuesos, como ustedes sabrán… cuya función, después de erigirse en amo y guía de los perros, era seguir unas cuantas reglas sencillas y llevar a los perros a donde los necesitaran. A los perros se les había enseñado algunas cosas rutinarias. Bastaba a su dueño pronunciar una orden tal como «¡Busca!» o «¡Detén!», para que los sabuesos supieran lo que tenían que hacer. Una vez los vimos actuar, y les aseguro que durante mucho tiempo no se borraron de nuestra mente.
Sonrió.
—Un doberman, por ser perro, no tiene conciencia, ¿comprende? Y un doberman amaestrado no tiene miramientos. Desde que es cachorrillo está predispuesto a ejecutar cuanto le enseñen y le ordenen. Y las lecciones son laboriosas… y autocráticas. Una vez dada una orden, debe ser obligado a ejecutarla a toda costa, porque el perro tiene que aprender que ha de obedecer sin titubear todas las órdenes que se le den. Siendo eso cierto, el perro aprenderá también, inmediata e irrevocablemente, que sólo son válidas las órdenes emanadas de un individuo particular. Al doberman, una vez amaestrado, no hay forma de controlarlo. Cuando llegaron los soldados americanos, los alemanes situados en sus torres blindadas depusieron las armas y trataron de escapar, pero los perros tuvieron que ser exterminados. Yo observaba desde una ventana cómo tuvieron que disparar contra la barrera de perros hasta que el último cayó muerto. Su Hundführer había huido…
Malcolm se dio cuenta de que su atención estaba distraída. En cambio, Virginia preguntó, como al desgaire:
—¿Cómo ingresó usted en la enfermería?… ¿Fue debido a algún accidente ocurrido en el túnel de Navidad?
—Sí —respondió el coronel a Virginia, como un caballero a una dama—. El único propósito del túnel era, como ya le dije, proporcionar a los hombres algo en que fijaran su atención. La guerra estaba próxima a terminar. Hubiera sido un acto descabellado e insensato intentar una huida a aquellas alturas. Nosotros teníamos muy bien dispuestas las cosas, desde luego. El pozo estaba oculto; el túnel, sostenido por tableros de camas; una rueda servía para abrir y cerrar la boca del túnel… Poseíamos, además, lámparas hechas con cajas de betún llenas de margarina… Todo normal. Los alemanes, en aquella época, tenían mucha experiencia para descubrir esta clase de operaciones, y la única sensata seguridad de progresos continuos era trabajar callada y aceleradamente. Hacer un túnel es un peligro al que hay que arriesgarse… Sin embargo, el éxito corona casi siempre esta clase de empresas.
Hizo otra pausa.
—Hacia finales de noviembre, algunos de mis hombres consideraron conveniente que bajara al pozo; es decir, que me había llegado el momento de contribuir a la excavación del túnel. Así, pues, una noche bajé y comencé a trabajar. El apuntalado era excelente, como de costumbre, y las condiciones no eran peores de lo normal. El ambiente era respirable. Como se trabajaba completamente desnudo, en cuanto se abandonaba el túnel había que frotarse bien la piel para evitar que la arena produjera escoceduras. En tales circunstancias no se podía llevar ropa, pues producía excesivo calor. Las quemaduras de arena eran muy visibles en las inspecciones médicas, y eran señales inequívocas de que se trabajaba debajo de tierra… Permanecí en el túnel por espacio de hora y media, al cabo de la cual emprendí el regreso, con tan mala fortuna que hubo un derrumbamiento del techo y quedé sepultado hasta más arriba de la cintura. No me tapó la cara, lo cual fue una suerte, y recuerdo con toda claridad que mi primer pensamiento fue que ninguno de mis hombres podría decir ya que su jefe no había experimentado las mismas tribulaciones físicas que ellos. Inmediatamente me di cuenta de que iba a ser extremadamente difícil liberarme de la arena que me había caído encima. Ante todo, tuve que hacer un agujero en el techo. Grandes cantidades de arena empezaron a caer directamente sobre mí, que esquivaba con movimientos rápidos de cabeza. La desesperación se iba apoderando de mí, cuando hubo otro ligero desprendimiento de tierra. Esta vez, la lámpara de aceite, que estaba sujeta a una de las tablas, se zafó, derramándose sobre mis muslos. La margarina caliente me produjo tremendas quemaduras, agravadas por el pábilo, que no se apagó con la caída. Toda la parte inferior de mi torso, desde el ombligo a las rodillas, estaba lleno de margarina hirviendo…
El coronel hizo una mueca.
—Bueno, me vi en mala situación, porque no pude hacer nada respecto al fuego hasta que conseguí abrirme paso, quitándome la arena que me cubría hasta el pecho. Al cabo del tiempo conseguí verme libre y fui capaz de avanzar por el túnel, tras apagar las llamas. Los hombres situados en la parte delantera del túnel no tuvieron razón alguna para sentirse alarmados; los túneles siempre huelen mal y a hollín, como es fácil suponer. De todas formas, mandaron a un hombre cuando yo ya estaba cerca de la entrada del túnel y comencé a gritar para que me oyeran.
Hizo otra pausa.
—Por supuesto, no se pudo hacer otra cosa que decírselo a los alemanes, puesto que no había facilidad para ocultar ni disimular mi situación. Me trasladaron a la enfermería del campo, y allí permanecí hasta el final de la guerra, con tiempo de sobra para descansar y meditar mis ideas. Me fue posible continuar ejerciendo algún control sobre mis hombres. No me hubiera sorprendido nada que aquello hubiera estado todo el tiempo en la mente del comandante. Creo que confiaba en mi presencia para moderar el comportamiento de los hombres… Aquí termina, en realidad, el relato. Fuimos liberados por el ejército americano, y todos los hombres fueron devueltos a sus hogares. Yo permanecí en los hospitales militares hasta que estuve lo bastante recuperado para regresar a mi país, en donde me alojé en hoteles e interpreté el papel de oficial retirado e inválido. Después se publicó el libro del periodista y se vendieron los derechos de producción. Me llamaron de Hollywood para que fuera el asesor técnico de la película. Francamente, me agradó mucho aceptar el encargo… La pensión de un oficial no es muy grande…, y en cuanto mi nombre fue conocido por el público, lo ofrecí, junto con mis servicios, a varias organizaciones…, consiguiendo con ello acumular una fortunita.
Se calló un instante, volviendo a reanudar su monólogo.
—Claro está, no pude regresar a Inglaterra, donde las contribuciones se hubieran llevado la mayor parte del dinero conseguido con mi esfuerzo; pero, tras haber establecido amistad con míster Cortelyou, y adquirido y amaestrado a Max y a Moritz, me sentí contento. Un hombre debe formarse su modo de vida lo mejor que le sea posible, haciendo lo necesario para sobrevivir.
El coronel movió la cabeza y miró a Malcolm y Virginia.
—¿No son de mi opinión?
—Pues… sí —respondió, lentamente, Virginia.
A Malcolm le fue imposible determinar qué significaba la mirada de su mujer. Nunca antes la había visto en sus ojos. Éstos brillaban, pero se mostraban cautos. Su sonrisa demostraba agrado y simpatía, pero también tensión. Parecía aprisionada entre dos sentimientos dispares.
—¡Magnífico! —exclamó el coronel, juntando las manos—. Para mí es importantísimo que hayan comprendido la situación.
Con un impulso se puso en pie, y, con el mismo impulso, agarró las muletas antes que pudiera caerse. Empezó a avanzar lentamente, radiante.
—Bueno, una vez oído mi relato, me imagino conseguidos todos los objetivos de esta conversación, y no hay necesidad de retenerlos aquí por más tiempo. Los conduciré hasta la puerta del cercado.
—No es necesario —dijo Malcolm.
—Insisto —replicó el coronel, en un tono que hubiese sido extremadamente amable si no hubiera ido acompañado del animado guiño de sus ojos.
Virginia se le quedó mirando, parpadeando lentamente.
—Por favor, perdónenos —dijo—. Seguramente, hemos prolongado la visita más de lo necesario. No fue nuestro objeto ser pesados. Gracias por el té y los pastelillos. Eran estupendos.
—No tiene por qué disculparse. Su visita ha sido muy agradable —contestó el coronel—. Es alentador pensar que se puede mirar, de cuando en cuando, al otro lado de la calle y captar la visión de alguien tan atractiva como usted, ocupada en los quehaceres domésticos. Yo limpié la casa después que se fueron los últimos inquilinos, como es lógico; pero siempre uno da sus pequeños toques personales. Seguramente plantará usted algo delante de la casa, ¿verdad? Tales actividades son preciosas para mí: que alguien tan encantadora como usted, vestida de verano, trabaje y pasee por delante de la casa, o descanse al sol después de quitar los hierbajos…, es magnífico. Sí, espero pasar un verano agradable. Porque supongo que no surgirá ningún inconveniente que les impida pasar aquí todo el verano, ¿verdad? Cortelyou no se hubiera molestado siquiera en mandar a alguien que no pudiera pagarle.
A la cara del coronel volvió la educada y astuta mirada.
—Sus recursos son limitados y sus ingresos escasos, ¿verdad? Porque, si no, ¿cómo estarían aquí y no en otro lugar?
—Bien; buenas noches, coronel —dijo Virginia con admirable serenidad—. Vámonos, Malcolm.
—Una conversación muy interesante, coronel —dijo Malcolm.
—Interesante y necesaria, míster Lawrence —respondió el coronel, siguiéndolos hasta el patio.
Virginia le observó atentamente mientras se acercaban a la cerca, y Malcolm notó unos pliegues extraños en las comisuras de los labios de su esposa.
—¿Se encuentra usted un poco violenta, mistress Lawrence? —preguntó solícito el coronel—. Por favor, créame que seré tan discreto para sus sensibilidades como me lo permita la prudente zozobra de mi propia comodidad. No está en absoluto dentro de mi código ofender a una dama, y en cualquier caso…
El coronel sonrió, suplicante.
—… desde el desastre del túnel de Navidad, podría decir que el ingenio está vivo, pero…
El coronel, ausente, frunció el ceño.
—No, mistress Lawrence —continuó, moviendo la cabeza, paternal—. ¿Pierde aroma la flor porque se la huela? Y si la flor está cultivada, alimentada y cuidada, ¿no será más afortunada que la rosa silvestre, que crece sin que nadie la vea? No lamente demasiado su actual posición social, mistress Lawrence… Alguien podría encontrarla digna de envidia. Pocas cosas son tan variables como los puntos de vista. En las próximas semanas puede cambiar su propia opinión.
—¿Qué demonios está diciendo a mi esposa? —dijo Malcolm.
Virginia intervino, rápidamente:
—Hablaremos de eso más adelante.
El coronel sonrió a Virginia.
—Pero antes tengo que mostrar algo más a míster Lawrence —dijo, y a continuación alzó la voz ligeramente—: ¡Max!… ¡Moritz!… ¡Aquí!…
Los perros se acercaron.
—¡Ah míster Lawrence! Quiero demostrarle a usted, antes que nada, cómo responden estos animales, lo que son capaces de hacer…
Volviéndose a uno de los perros, exclamó, dirigiéndose a Malcolm:
—Killl (¡Mata!).
Malcolm no podía creer lo que estaba oyendo. Sintió un golpazo en el pecho. Moritz se había lanzado contra él, con las patas traseras hundidas en la tierra mientras presionaba su cuerpo contra Malcolm. El perro se hallaba dentro del arco formado por los brazos del hombre, y lo más que hubiera podido hacer éste era acercarlo más a su cuerpo, apretándolo entre ellos. Intentó echar hacia atrás los brazos para luego golpear con fuerza la caja torácica del perro; pero, al menor movimiento, se tambaleó, y comprendió que si completaba el ademán caería al suelo. Todo esto sucedió en un brevísimo espacio de tiempo, y a continuación Moritz le tocó con el hocico en los labios abiertos. Una vez hecho esto, se bajó y regresó al lado del coronel Ritchey y de Max.
—¿Se da usted cuenta, míster Lawrence? —le preguntó el coronel sin dar importancia al hecho—. Un perro no responde literalmente a una palabra. Está subordinado. Está educado para realizar cierta acción cuando oye cierto sonido. Las cosas que se enseñan a un perro con trabajo y paciencia son cosas que no puede comprender un organismo educado. Pavlov tocaba una campanilla y a un perro se le caía la baba. ¿Es comida una campanilla? Si hubiese tocado otra campanilla y le hubiera dicho: «Comida, chucho», el perro no hubiera hecho caso. Por tanto, cuando yo hablo en un tono normal y no es una orden tajante, ni Kill (matar) ni kiss (besar) significan nada, ni siquiera para Moritz. No significan nada para él…, a menos que alce la voz. Hubiera podido hacer que interpretara con la misma facilidad esa secuencia en asociación con cualquiera otra palabra, tal como…, ¡ah!…, gingersnap (galletitas de jengibre); pero entonces usted no hubiese captado el quid de la instructiva bromita. Nadie, excepto yo, puede actuar sobre estos seres. Solamente obedecen cuando yo mando. Y ahora, ¿qué dice usted, míster Lawrence? Me atrevería a decir que… Bueno, buenas noches. Como ya les he dicho, ustedes tienen muchas cosas que hacer…
Cruzaron la puerta de la cerca, que el coronel cerró cuando salieron.
—¡Max, vigila! —ordenó.
El perro se puso en guardia.
—¡Moritz, ven!
El coronel se volvió, y el perro y él cruzaron el patio y entraron en la casa.
Virginia y Malcolm regresaron con paso normal a la casa alquilada, adaptando Malcolm su paso al de Virginia. Se preguntaba si su esposa iría tan tranquila porque no estaba seguro de lo que haría el perro si echaba a correr. Hacía tiempo que Virginia no estaba segura de algo.
Ya en la casa, Virginia se aseguró de que la puerta estaba bien cerrada. Entonces, fue a sentarse en la silla que se hallaba frente a la ventana.
—¿Quieres hacerme un poco de café, por favor? —preguntó.
—Claro que sí. Descansa unos minutos. Recupera el resuello.
—Unos minutos es lo que me hace falta —respondió—. Sí, unos minutos, y todo volverá a estar bien.
Cuando Malcolm regresó con el café, continuó:
—Debe de tener alguna relación con Cortelyou, y apostaría a que esas gentes del depósito que está en la intersección de los caminos no se sienten muy felices con esos perros subiendo y bajando continuamente. Nos tiene en sus manos. Estamos acorralados.
—Espera, espera —dijo Malcolm—; nos rodea todo el territorio de Nueva Jersey, y él no puede…
—Sí puede. Si cree que puede hacerlo, es porque tiene buenas razones para hacerlo. No le menosprecies. No hay fanfarronería en él.
—Bueno, ¿y qué puede hacernos?
—Lo que le dé la gana.
—Eso no tiene sentido —respondió Malcolm frunciendo el ceño—. Ha conseguido asustarnos por el momento; pero hemos de ser capaces de encontrar un medio de…
Virginia le interrumpió con firmeza:
—El perro está todavía allí, ¿verdad?
Malcolm asintió.
—Bien —dijo ella—. ¿Qué sentiste cuando te atacó?… Fue espantoso. Dio la impresión de que iba a tirarte de espaldas. ¿Lo creíste así?… ¿Qué pensaste?
—Bueno, que se trata de un precioso animal con mucha fuerza —respondió Malcolm—. Pero, si quieres que te diga la verdad, no tuve tiempo de creerlo. Escucha: que un hombre como ése diga de pronto: «¡Mata!», es algo muy duro de creer. Especialmente, después de haberte invitado a té con pastelillos.
—Es muy astuto —dijo Virginia—. No puedo comprender por qué tuvo de su parte a los guardianes del campo de concentración alemán. Se mereció que escribieran un libro sobre él.
—Perfectamente. Y luego deberían haberle arrojado de cabeza a una celda almohadillada.
—Intenta arrojarle —dijo Virginia.
—¡Oh, vamos! Éste es territorio suyo. Distribuyó las cartas antes que supiéramos que estábamos jugando. Pero él no es más que un viejo, cojo y loco. Si necesita intimidar a los encargados de un depósito y tener atado alrededor de su dedo a un agente comercial del tres al cuarto, bueno… Si se lo consienten… Pero él no es nuestro amo. Nosotros no estamos en su ejército.
—Estamos en su campo de concentración —dijo Virginia.
—Escucha —replicó Malcolm—: cuando acudamos a la oficina de Cortelyou y le contemos cuanto sabemos del coronel, no nos costará mucho trabajo que nos rescinda el contrato. Encontraremos otro sitio o regresaremos a la ciudad. Pero mientras tanto despreocupémonos de esto. Si ambos pensamos que no tiene importancia, todo será más fácil. No es verosímil que te pases el día sentada aquí, perdiendo el tiempo en pensar que no podemos ganar…
—Bien, Malcolm. El estar prisionero hace que se despierten tus iniciativas. Estás aquí armando ruido, como un jefe de alta graduación. Proponiendo huida, y todo eso…
Malcolm movió la cabeza. Ahora, cuando tanto se necesitaban el uno al otro, ella no cejaría. Hacer algo consistía para ella en moverse demasiado de prisa.
—Muy bien —dijo—, vamos al coche.
En su labio superior se notaban unas gotitas de sudor.
—¿Cómo?
Al fin había conseguido que Virginia se levantara de la silla.
—¿Crees que el perro va a dejar que nos acerquemos al coche?
—¿Quieres quedarte aquí, entonces? Perfectamente. Pero procura mantener la puerta bien cerrada. Voy a intentar algo, y una vez que haya salido me marcharé para regresar con un amable y simpático policía del Estado, provisto de una estupenda escopeta. Y ya veremos si hacemos algo con ese coronel y con sus perros… o tenemos que abandonar el terreno.
Cogió las llaves del coche, se dirigió a buen paso hacia la puerta y anduvo en línea recta hacia el coche. Inmediatamente, el perro ladró con fuerza. La puerta principal de la casa de Ritchey se abrió en seguida y el coronel gritó:
—¡Max!… ¡Detén!…
El perro saltó la cerca y sus dientes sujetaron con cuidado la muñeca de Malcolm antes que éste pudiera avanzar más, a pesar de haber emprendido una carrera. Tanto Malcolm como el perro estaban inmóviles. El perro respiraba profunda y tranquilamente. Ritchey y Moritz avanzaron hasta la parte delantera de la cerca.
—Bueno, míster Lawrence —dijo el coronel—; ahora llamaré a Max y el perro le traerá a usted con él. No intente resistir, porque se dañará la muñeca… ¡Max! ¡Tráele aquí!
Malcolm anduvo prudentemente hacia el coronel. Por alguna disposición especial de su cuello, al perro le era posible caminar junto a él sin soltarle.
—Muy bien, Max —dijo Ritchey cariñoso cuando ambos alcanzaron la cerca—. Suéltale ahora.
El perro soltó la muñeca de Malcolm. Éste y Ritchey se miraron mutuamente, en la oscura noche, a través de la cerca.
—Bien, míster Lawrence —dijo Ritchey—: quiero que me entregue usted las llaves de su coche.
Malcolm le alargó las llaves, que el coronel se guardó en el bolsillo.
—Gracias.
Pareció reflexionar sobre lo que iba a decir a continuación, como reflexiona un profesor la contestación que ha de dar a un niño que le ha preguntado por qué es azul el cielo.
—Míster Lawrence, quiero que se dé usted cuenta de la situación. Sucede que yo también necesito un bote de tres libras de Crisco. Si usted quiere hacer el favor de darme todo el dinero que tiene en su bolsillo, esto simplificará la cosa.
—No llevo dinero encima —respondió Malcolm—. ¿Quiere usted que vaya a mi casa y lo coja?
—No, míster Lawrence. No soy un ladrón. Simplemente, quiero retringir su radio de acción en una de las formas en que he de restringirlo. Por favor, vuelva sus bolsillos.
Malcolm lo hizo así.
—Perfectamente, míster Lawrence. Si quiere usted entregarme su cartera, su cuaderno de direcciones y los treinta y siete centavos, se lo devolveré todo cuando quiera hacer de ellos un uso legítimo.
Ritchey se guardó en los bolsillos de su chaqueta los objetos indicados.
—Bien, míster Lawrence. Un bote de tres libras de Crisco vale noventa y ocho centavos. Aquí tiene un billete de dólar. Max irá con usted hasta el almacén de la intersección y usted me comprará y me traerá el bote de Crisco. Traerlo en un saco es demasiado para un perro, y faltan tres días para que me traigan mi pedido mensual. Se servirá usted decir en el almacén que ya no será necesario que vengan a traerme mi pedido mensual…; que, en adelante, usted se encargará de hacerme la compra… Espero que realice su cometido en un espacio de tiempo mínimo y que regrese con mi compra, míster Lawrence… ¡Max!
El coronel indicó con la cabeza a Malcolm.
—¡Guárdalo!… ¡Almacén!…
El perro tembló y se quejó.
—No se quede inmóvil, míster Lawrence. Estas órdenes son incompatibles hasta que usted empiece a andar hacia el almacén. Si usted no se mueve, el perro se pondrá cada vez más nervioso. Por favor, ande. Moritz y yo haremos buena compañía a mistress Lawrence hasta que usted vuelva.
El almacén consistía en una pequeña habitación de la parte delantera de una casa de color pardo. En unas estanterías de madera de pino sin pintar se amontonaban provisiones de las que Malcolm nunca había oído hablar.
—¡Oh, viene usted con uno de esos simpáticos perros! —exclamó una mujer gruesa y cansada, que estaba detrás del mostrador.
Se inclinó para acariciar a Max, que se había acercado a ella con ese propósito. A Malcolm le pareció que el perro actuaba de una forma completamente mecánica, haciéndose la idea de que nada le acariciaba. Malcolm echó una mirada en torno suyo, pero no pudo ver nada ni nadie que pudiera ofrecerle una alianza, una ayuda.
—El coronel Ritchey desea un bote de Crisco de tres libras —dijo, subrayando el nombre para captar la reacción.
—¡Oh! ¿Le ayuda usted?
—Si se puede decir eso…
—¿No es simpático? —preguntó la mujer en voz baja y confidencial, como para evitar que el perro la oyera—. Existen algunas personas que le dirían a usted que se sienten molestas con un hombre como ése, pero yo digo que sería un pecado sentirlo. Es un hombre muy atento, y posee más dignidad y corazón que cualquier otro hombre que jamás haya visto. Conocerle es un orgullo para uno. Escuche: yo considero maravilloso que esos perros vengan a comprar algunas cosillas para él. Pero me alegra que tenga a alguien ahora que se preocupe por él. Excepto nosotros, creo que no ve a nadie de un año a otro…, aparte del verano, por supuesto.
Observaba a Malcolm con atención.
—Usted es también de los que pasan aquí el verano, ¿verdad? Bueno, pues me alegro, si está usted haciendo algo bueno por el coronel. Los que vinieron el año pasado se comportaron muy mal. Fue una vergüenza. Una noche del mes de septiembre se marcharon, y ni el coronel, ni yo, ni mi marido les hemos visto el pelo desde entonces. Dejaron a deber al coronel un mes completo de alquiler…, según nos dijo cuando fuimos por allí.
—¿Es dueño de estas tierras? —preguntó Malcolm.
—¡Oh, claro que sí! Es dueño de muchos terrenos por estos alrededores. Los compró a la primitiva compañía cuando quebró.
—¿También es dueño de este almacén?
—Bueno, ahora se lo tenemos arrendado. Era nuestro, pero se lo vendimos a la compañía y luego se lo alquilamos. ¡Oh, seremos ricos! Mi marido, con el dinero de la tierra, compró un solar en el centro de la calle y construirá una verdadera estación de servicio allí…, grande… Se figura que es muy astuto, pero no conseguimos que nadie venga a vivir aquí. Quiero decir que esto no es como si fuese una propiedad «cara al océano». Pero el coronel, que tiene la cabeza sobre los hombros, asegura que esto aumentará de valor un día, y cuando él lo asegura…
El perro se estaba impacientando, y Malcolm estaba preocupado por Virginia. Pagó el importe del bote de Crisco, y Max y él recorrieron, en medio de la oscuridad el polvoriento camino, de regreso a la casa. Realmente, honradamente, no parecía que se pudiese hacer otra cosa.
Se paró a la puerta de su casa, pensando si debería llamar. Cuando Virginia le abrió, notó que se había puesto unos pantalones cortos y una blusa sin mangas.
—Hola —dijo la mujer.
Se apartó para dejar paso a su marido y a Max. El coronel, retrepado descaradamente en uno de los sillones, alzó la vista.
—¡Ah, míster Lawrence! Ha tardado usted; pero la compañía ha sido deliciosa y los minutos han volado…
Malcolm miró a Virginia. Durante los dos años precedentes, se había acumulado en sus rodillas algo de grasa; pero aún tenía unas piernas largas y bonitas. El coronel Ritchey sonrió a Malcolm.
—Es ya noche cerrada. Sugerí a mistress Lawrence que seguramente no me ofendería si me dejaba sólo unos instantes y se cambiaba la ropa por otra más cómoda.
Malcolm pensó que ella podía haberse negado a ello; pero, por lo que se veía, no lo hizo.
—Aquí tiene su Crisco —dijo Malcolm—. La vuelta está en la bolsa.
—Muchas gracias —respondió el coronel—. ¿Les dijo usted lo del pedido mensual?
Malcolm negó con la cabeza.
—No me acordé…, ni siquiera lo pensé. Estuve muy preocupado enterándome de cómo llegó usted a ser dueño de todo esto…
—Bueno, no hay por qué acalorarse. Ya se lo dirá usted mañana.
—¿Es que será una obligación para mí ir todos los días a hacerle recados? ¿Es que me silbará usted cada vez que necesite algo, coronel?
—Pues, sí. Se preocupa usted demasiado por las intromisiones en sus costumbres. Mistress Lawrence me dijo que es usted una especie de artista. Me extrañó esta mañana verle sin afeitar.
El coronel hizo una pausa, para continuar, más incisivo:
—Estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo para realizar lo mejor posible cualquier acto rutinario. Siempre se tarda algunos días en conseguir que las personas vayan al mismo paso. Pero, una vez logrado, todo es muy fácil: las funciones regulares, los deberes establecidos y cosas por el estilo. Levantarse y lavarse a una hora; trabajar de tal a tal hora; acostarse a tal hora… Todo y cada cual en su propio nicho. No se preocupe, míster Lawrence: se sorprenderá usted de lo cómodo que se hace todo. La mayoría de las personas encuentran en ello una revelación.
La mirada del coronel se hacía más ausente por instantes:
—Algunos, no. Algunos son como nacidos en otro planeta: inocente de natural humano. Actuando de ese modo, se llega a un punto en que hay que dejar de actuar; en el campo de concentración, me di cuenta de que la energía necesaria para conseguir el éxito completo dependía, en mí, en admitir la existencia del fracaso individual. No, algunos no responden. Pero nosotros no necesitamos discutir sobre lo que el tiempo nos dirá.
Los ojos de Ritchey empezaron a guiñar.
—En tiempos pasados, he tratado con seres creadores. La mayoría de ellos necesitaban trabajar con sus manos, hacer trabajos rudos, pesados, estúpidos, que dejasen su mente libre para elevarse en espirales, y aun forzarlos a que permaneciesen alejados de su vocación artística hasta que la tensión fuese casi inaguantable.
El coronel movió una mano en dirección a las casas sin edificar.
—Hay mucho que hacer. Si usted no sabe utilizar un martillo o una sierra, yo le enseñaré. Y cuando vea que usted ha alcanzado el máximo grado de frustración creadora, entonces tendrá usted lo que yo juzgo que ha de servirle mejor artísticamente. Estoy seguro de que usted se sorprenderá del afán con que emprenderá su trabajo. Por lo que averigüé por su esposa, acaso éste sea un excelente experimento para usted.
Malcolm miró a Virginia.
—Sí. Durante mucho tiempo ha sido eso una pesadilla para ella. Celebro que haya encontrado unos oídos que la escuchen con simpatía.
—No se disguste con su esposa, míster Lawrence. Eso malgasta las energías y crea serios problemas morales.
El coronel se puso en pie y se dirigió a la puerta.
—Algo que nadie pudo jamás enseñar a tolerar a un camarada kriegie fue la mezquindad. Esas cosas eran siempre arrancadas de cuajo. ¡Vamos, Max!… ¡Vamos, Moritz! Buenas noches.
Y se marchó.
Malcolm se acercó a la puerta y puso la cadena.
—¿Y bien? —dijo.
—Escucha…
Malcolm levantó un dedo.
—Entérate bien: a nadie le agrada un kriegie pendenciero. No hemos venido a luchar… Hemos de hablar… y hemos de pensar.
Se dio cuenta de que estaba mirando a su esposa con malos ojos y apartó la vista. Virginia se puso colorada.
—Sólo quiero que sepas cómo ocurrió exactamente la cuestión —dijo Virginia—. Dijo que no consideraría descortés por su parte si yo le dejaba solo en el cuarto de estar mientras me cambiaba de ropa. Y yo no le conté nuestros apuros. Estuvimos hablando de lo que tú hacías para vivir, y no tardó en darse cuenta…
—No necesito tus explicaciones —le interrupió Malcolm—. Lo que necesito de ti es que me ayudes a resolver este asunto.
—¿Cómo vas a resolverlo? Éste es un hombre que está acostumbrado a hacer siempre lo que quiere. ¡Nunca desiste! ¿Cómo una persona como tú va a solventar eso?
Pensó Malcolm que siempre, durante años, en un momento como el actual, ella terminaba por decir lo mismo: algo que le invitaba a uno a echar a correr.
Como Malcolm estuvo un buen rato sin decir nada, paseando de arriba abajo, con las cejas fruncidas y meditando, Virginia dijo que se iba a dormir. En cierto modo, Malcolm se sintió aliviado. En su mente se iba forjando un plan completo de acción y no quería que ella estuviese presente para adivinarlo.
Después que Virginia cerrara la puerta del dormitorio, Malcolm entró en su estudio. En un rincón había una caja de madera que contenía todo su material de pintura. Se acercó a ella, la abrió y se quedó pensativo. Desde aquella habitación podía ver los focos de luz que rodeaban la casa del coronel. Éste había hecho su circuito por el patio, y uno de los perros permanecía alerta, mirando hacia el sendero. La escena no se había alterado en absoluto. Era la misma de la noche anterior.
«La escena, no —pensó Malcolm, mientras cogía un bote grande de pintura castaño—. Pero la disposición, sí».
Sintió que una fuerza nueva invadía su brazo, haciendo el recorrido desde el hombro hasta los dedos a través del antebrazo y la muñeca.
Cuando Ritchey llevaba ya más de cinco minutos dentro de su casa, Malcolm se dijo en voz alta:
—Primero, hacer; luego, analizar.
Abriendo de par en par la puerta de entrada de su domicilio, dio un par de pasos hacia el sendero para tomar impulso y arrojar con fuerza el bote de pintura contra la verja de aluminio.
«Se quedará corto», pensó.
Y así fue, chocando con ruidoso estrépito contra una de las piedras encaladas y dispersando en abanico la pintura color castaño sobre las piedras adyacentes, la cerca y el perro, que retrocedió de un salto, pero que, careciendo de órdenes para atacar, se quedó quieto, gruñendo. Malcolm anduvo de espalda hasta la puerta abierta de su casa, apoyándose en el dintel. Cuando se abrió la de la casa de Ritchey, se metió los pulgares en los oídos y movió los otros dedos.
—Gute Nacht, Herr Kommandant —gritó.
Y se metió en la casa, echando llave y cerrojo a la puerta y poniéndole la cadena. El perro había echado a correr, atravesando el patio y aplastando el hocico contra la parte exterior de la puerta. Su respiración sonaba como una risita convulsiva.
Malcolm se encaminó a la ventana. El perro se había apartado de la puerta, tras arañarla, y, dando un salto, salió disparado hacia el cristal. Se revolvió, trotó buscando una posición mejor y lo intentó otra vez. Malcolm le observaba. Esto era lo que esperaba que sucediera.
El perro no lo consiguió. Sus hocicos se aplastaban contra el cristal y toda la ventana se estremecía; pero el éxito no le acompañaba. La ventana estaba muy alta y el perro no podía combinar muy bien su impulso con el ángulo de impacto. Aunque hubiera conseguido romperla, no habría tenido impulso suficiente para atravesarla con limpieza. Los afilados cristales le hubieran degollado, y entonces el coronel se hubiese quedado con un solo perro, y un perro no sería bastante, y su sistema quebraría por alguna parte…
El perro desistió, dejando solamente en el cristal una mancha de color castaño.
A Malcolm le parecía igualmente imposible que el coronel rompiese la ventana. No podía realizar el gesto de lanzar una piedrecita con bastante fuerza para quebrar el cristal, y mucho menos tomar impulso suficiente para arrojar una grande. La cerradura y la cadena le impedían entrar por la puerta. No, no existía para el coronel ningún camino para penetrar en la casa. Seguramente se tomaría algunos días para pensar algún medio astuto y económico. En efecto, estaba llamando al perro para que regresara a su casa. Cuando el animal llegó junto a él, se cambió una muleta e hizo cuanto le fue posible para arrodillarse y acariciar la cabeza del perro. En esta escena había algo más que cariño. El coronel, con gran trabajo, volvió a ponerse en pie y gritó de nuevo. El otro perro salió de la casa y ocupó, en un rincón del patio junto a la cerca, el puesto del primero. El coronel y el perro manchado de pintura regresaron al interior de la casa.
Malcolm sonrió; luego, apagó las luces, dio doble vuelta a las llaves y, atravesando el vestíbulo, entró en el dormitorio. Virginia estaba sentada en la cama, mirando en dirección de donde provenían los ruidos.
—¿Qué has hecho? —preguntó.
—¡Oh, cambiar un poco la situación! —respondió Malcolm sonriendo—. Defender mi independencia. Poner en su sitio al coronel. Ensuciar un poco su limpieza… Espero haberle quitado el sueño. Total, táctica kriegie. Supongo que le gustará.
Virginia se mostró un tanto incrédula.
—¿Sabes lo que te haría con sus perros si intentas salir de la casa?
—No pienso salir. Ni tú tampoco. Sólo tenemos que esperar unos días.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Virginia mirándole como si fuera él el maniático.
—Pasado mañana, o tal vez el otro —explicó Malcolm—, recibirá un pedido de la tienda que yo no he anulado. Entonces, alguien llegará aquí con un carro cargado con toda clase de provisiones. Me tiene sin cuidado lo agradecidos que estén esos tenderos al coronel. Cuando nosotros salgamos de casa, no podrá ordenar a sus perros que nos destrocen en medio del sendero, a plena luz del día y con un testigo a la vista. Así, pues, nos meteremos en el carro del almacén y, más tarde o más pronto, nos alejaremos de aquí, porque ese carro y su conductor tienen que volver de nuevo al mundo exterior.
Virginia suspiró.
—Mira —dijo, con evidente control de sí misma—, todo cuanto él tiene que hacer es enviar una nota con los perros. De esa forma puede evitar que le manden el pedido.
Malcolm asintió.
—¡Ajá! Así las provisiones no llegan. Y entonces, ¿qué? ¿Intenta conseguir harina y huevos por medio del perro? ¿Controlándolo a distancia? ¿Hará eso? Muy bien, pero no lo conseguirá fácilmente en dos o tres días. Nosotros tenemos víveres en abundancia, y él carece de todo. A menos que intente vivir con el Crisco, su situación es mala. Aun así, sólo tiene tres libras de eso.
Malcolm se desnudó y se deslizó entre las sábanas de la cama.
—Mañana será otro día. Que me condene si esta noche vuelvo a preocuparme más de este asunto. Ya he tenido que pensar bastante para frustrar los deseos del cojo, y mañana he de tener la mente despejada para encontrar otros puntos débiles en su defensa. Aprendí muchos trucos en las películas relacionadas con prisioneros inteligentes y guardianes embrutecidos.
Levantó el brazo y apagó la luz de la cama.
—Buenas noches, cariño —dijo.
Virginia dio media vuelta en la oscuridad y se apartó de él.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó quebrándosele la voz.
Fue mala cosa para Malcolm permanecer allí tumbado pensando en esa especie de limitación que había en ella, en que ella no comprendiese realmente lo que había que hacer. Por otra parte, pensó adormilado, sintiéndose más relajado que nunca, también él tenía sus propias limitaciones. Y ella las había aguantado durante muchos años sin una queja. Se quedó dormido pensando agradablemente en lo que le traería el día siguiente.
Se despertó al oír un ruido bajo tierra, como si los cimientos de la casa tuvieran dientes. Aún sumida en el sueño una buena porción de su cerebro, se gritó silenciosamente con lucidez de loco:
—¡Ah, claro! ¡Ha estado haciendo un túnel! Y su mente le facilitó todos los datos: el cuidadoso traslado de las vigas soportes de las casas derrumbadas, la disposición de la arcilla excavada en los montones al lado de los otros cimientos. Tal vez existieran varios túneles que conducían a esos otros cimientos también, para cuando el coronel tuviera más inquilinos…
En aquel momento, un rincón del dormitorio mostraba una amarillenta línea dentada, y la mano de Malcolm agarró la pera de la luz. Virginia se despertó sobresaltada. En el rincón había una trampilla; sus desiguales junturas estaban ocultas por tablas de diferentes anchuras. La trampilla se abrió dejando en libertad un hedor a hollín y a cuerpo humano.
Un perro saltó por la abertura y se introdujo en el dormitorio. Su cabeza y su cuerpo estaban manchados y se sacudió para quitarse la tierra de sus costados. Tras él, se arrastraba el coronel, desnudo, y, ayudándose con los brazos, sacó medio cuerpo por la boca del túnel. Su pelo estaba cubierto de sudor, y se le pegaba al cráneo. Estaba sucio de barro amarillo rojizo, y medio oculto por la oscuridad. Virginia se tapó la cara con las manos, mirando con un ojo por entre los separados dedos, y gritó a Malcolm:
—¡Oh Dios mío! ¿Qué has hecho de nosotros?
—No se preocupe, querida —dijo el coronel, dirigiéndose a ella. Luego, volviéndose a Malcolm, continuó—: ¡No me gusta que abusen de mí!
Temblando de tensión mientras enarbolaba un brazo atado con cuerda, dijo tajante al perro, señalando a Malcolm:
—¡Mata!…