WILLIAM WOOD
La habitación de los niños

(One of the Dead)

La cosa no podía agradarnos más. En lo más hondo del Clay Canyon nos topamos bruscamente con el terreno, al dar la vuelta a un recodo del zigzagueante sendero. Lo indicaba una tabla, toscamente escrita, clavada en el tronco de un árbol seco. En ella se leía:

SE VENDE ESTE TERRENO EN

1500 DÓLARES

SE ADMITEN OFERTAS

Y un número de teléfono.

—¿Mil quinientos dólares?… ¡En Clay Canyon! No puedo creerlo —dijo Ellen.

—Y se admiten otras ofertas —corregí yo.

—Siempre oí decir que no se podía dar un paso por aquí sin darse de cara con los artistas de cine.

—Nosotros hemos recorrido cinco kilómetros sin tropezar con ninguno. No he visto un alma.

—Pero hay casas.

Ellen miró a su alrededor casi sin respiración.

Efectivamente, había casas…, a nuestra derecha y a nuestra izquierda, delante y detrás de nosotros…, casas bajas, estilo rancho, nada ostentosas, prosaicas, que no producían la impresión de las vidas alegres e inverosímiles que nosotros imaginábamos en el interior de ellas. Los coches…, Jaguares, Mercedes, Cadillacs y Chryslers…, estaban aparcados a un lado de la carretera, con su cromado brillando al sol. Capté la visión de la esquina de una piscina y de un blanco trampolín, pero nadie nadaba en el agua turquesa. Nos apeamos del coche, Ellen con su cabeza inclinada como bajo un gran peso. Sus cabellos eran cortos. A excepción del canto de una cigarra en alguna parte de la montaña, una profunda quietud se extendía sobre nosotros desde el calmado aire. Ni un pájaro se movía en los inmóviles árboles.

—Tiene que haber algo raro aquí —dijo Ellen.

—Es probable que ya esté vendido, y que se les haya olvidado quitar la muestra… de todas formas, algo hubo aquí.

Yo había cruzado algunos postes de cemento rotos, que yacían diseminados por el suelo, como si hubieran caído del cielo.

—¿Una casa?

—Es difícil de decir. Si hubo una casa, desapareció hace años.

—¡Oh Ted! —exclamó Ellen—. ¡Es magnífico!… ¡Mira qué vistas!…

Señaló el valle abajo, hacia los redondos y cubiertos cerros. A través de la neblina producida por el calor, parecían estar derritiéndose como si fueran de cera.

—Otra cosa buena —dije—. No habrá que trabajar mucho para tener preparado el terreno, excepto desbrozarlo. Este solar fue nivelado en alguna ocasión. En esto nos ahorraremos unos mil dólares.

Ellen me cogió ambas manos. En su solemne cara fulguraban sus ojos.

—¿Qué piensas, Ted?… ¿Qué piensas?

Ellen y yo nos habíamos casado hacía cuatro años, habiendo dado el paso relativamente tarde, pues ambos habíamos cumplido ya los treinta. Durante esos años habíamos vivido en dos sitios diferentes: primero, en un apartamento en Santa Mónica; después, cuando me ascendieron a ayudante de director, alquilamos un piso amueblado en Hollywood Hills, siempre con el pensamiento de que cuando naciera nuestro primer hijo compraríamos o construiríamos una casa mayor. Pero el hijo no llegaba. Fue una fuente de tristeza y de ansiedad para los dos, y entre nosotros se levantaba como un pequeño escándalo, del que cada cual nos culpábamos mutuamente.

Por entonces, hice un inesperado trabajo en el mercado y Ellen, repentinamente, empezó a hablarme con delicadeza de la casa. Recorrimos varias, pero ella no dejaba de decirme cada vez: «Este piso es realmente muy pequeño para nosotros, ¿verdad?», o «Necesitaríamos un patio…», lo cual me hizo saber que la cuestión casa se había convertido en una obsesión para ella. Tal vez había concebido la idea de que, si teníamos las necesidades precisas para un niño, el niño llegaría. Este pensamiento la hacía feliz. Su semblante se llenó; de sus ojos desaparecieron las ojeras, y la apacible alegría, que no parecía en absoluto alegría, sino una forma de paz, volvió a ella.

Mientras Ellen agarraba mis manos, vacilé. Estoy convencido ahora de que había algo detrás de mi vacilación…, algo que yo tomé entonces como una cualidad de silencio, un momentáneo dolor de manifiesta desolación.

—¡Esto es tan seguro! —exclamó—. Es de una tranquilidad absoluta.

Yo expliqué eso.

—Es que esto no es una calle que empieza y termina. Su final se halla en alguna parte de las montañas.

Ella se volvió a mí otra vez, mirándome con sus brillantes e interrogadores ojos. La felicidad que había tomado cuerpo en ella durante nuestros meses de búsqueda de casa parecía haber degenerado en algo muy próximo al éxtasis.

—Llamaremos al teléfono que indican —dije—, pero no tengas muchas esperanzas. Deben de haberlo vendido hace tiempo.

Lentamente, descendimos hasta el coche. Cuando tocamos la manilla de la portezuela, ésta ardía. Valle abajo, la parte trasera de un carretón desaparecía en una curva.

—No —dijo Ellen—. Tengo un presentimiento. Creo que está designado para que sea nuestro.

Por supuesto, ella estaba en lo cierto.

Hubo que hablar muy poco con míster Carswell Deeves, propietario del terreno. Aceptó inmediatamente mi cheque de mil quinientos dólares y nos envió la escritura; así, pues, cuando Ellen y yo fuimos a visitarle, éramos, de hecho, dueños del terreno. Míster Deeves, como habíamos sospechado por su modo de actuar tan poco comercial, era un ciudadano particular… Encontramos su casa en una parte predominantemente mexicana de Santa Mónica. Era un hombre rechoncho, coloradote, de edad indeterminada, vestido con pantalones blancos y calzado con zapatos blancos de lona, como si tuviese un campo de tenis escondido entre las escuálidas casas de piedra y los secos huertos de su vecindario.

—Desean ustedes ir a vivir a Clay Canyon, ¿verdad? —preguntó—. Ross Russell vive allí…, o suele vivir.

Así descubrimos que allí vivían Joel McCrea, James Stewart y Paula Richmond, así como otros muchos productores, directores y actores de carácter.

—¡Oh, sí! —continuó míster Deeves—; es una dirección que dará mucha importancia al membrete de su papel de cartas.

Mientras apretaba mi mano, los ojos de Ellen brillaban.

Míster Deeves pudo darnos pocos detalles sobre aquel terreno. Lo único que nos dijo fue que la casa había sido destruida por un incendio hacía ya varios años y que, desde entonces, el terreno había cambiado muchas veces de mano.

—Yo mismo lo adquirí de una forma que les extrañará a ustedes —dijo, mientras estábamos sentados en su gabinete…, una especie de caja oscura y sin ventilación que olía ligeramente a alcanfor y cuyas paredes estaban cubiertas con amarillentas fotografías dedicadas de estrellas cinematográficas—. Se lo gané a un maquillador jugando a las cartas en el plato donde se rodaba Quo vadis?… Tal vez me recuerden ustedes. Yo tenía un primer plano en una escena de masas.

—Pero de eso hace ya muchos años, míster Deeves —dije—. ¿Ha estado usted intentando venderlo durante todo ese tiempo?

—Estuve a punto de venderlo una docena de veces —me contestó—; pero siempre ocurría algo que desbarataba la venta.

—¿Qué ocurría?

—Primero, los impuestos de las compañías de seguros contra incendios hizo renunciar a muchos de los compradores. Espero que estén ustedes preparados a pagar una alta prima…

—Siempre he tenido eso en cuenta.

—Pues se sorprendería usted acerca de cuántas personas dejan ese detalle para el último minuto.

—¿Qué otras cosas ocurrieron?

Ellen me tocó el brazo para advertirme que no perdiera más el tiempo en hacer preguntas tontas.

Míster Deeves extendió el contrato ante mí, alisándolo con el dedo.

—Cosas tontas, algunas de ellas. Una pareja encontró algunos palomos muertos…

—¿Palomos muertos?

Le devolví el contrato firmado. Míster Deeves lo sacudió en el aire con una mano sonrosada para que se secara la tinta.

—Cinco, si recuerdo bien. En mi opinión, se posaron sobre un cable de alta tensión y se electrocutaron. El marido no hizo caso del asunto; pero su esposa se puso tan nerviosa que tuvimos que anular el contrato de venta.

Hice una seña a míster Deeves para que cambiara el tema de la conversación. Ellen ama a los animales y a los pájaros de todas clases con tal devoción que convierte en tragedia la pérdida de cualquier animal doméstico, motivo por el cual, desde la muerte de nuestro perro cocker spaniel, no hemos vuelto a tener animales en casa. Pero Ellen no pareció haber oído lo que míster Deeves dijo; sus ojos estaban fijos en el papel que éste tenía en la mano, como si temiese que se esfumara.

De pronto, míster Deeves se puso en pie.

—Bien —gritó—. Ahora ya todo es de ustedes. Sé que serán felices allí.

Ellen se ruborizó de placer.

—Estoy seguro de que lo seremos —dije, y él cogió su gordezuela mano entre las de ella.

—Una dirección de prestigio —gritó míster Deeves desde el pórtico cuando nos alejábamos en el coche—. Una dirección realmente de prestigio.

Ellen y yo somos modernos. Nuestra conversación por las noches versa, generalmente, sobre decisiones del mundo moderno. Ellen pinta un poco y yo escribo de cuando en cuando…, principalmente sobre temas técnicos. La casa que Ellen y yo construimos refleja nuestra admiración hacia la belleza estética de nuestra época. Trabajamos íntimamente con Jack Salmanson, arquitecto y amigo, que proyectó una casa de molde de acero, baja, compacta e íntima, que se ajustaría a las irregularidades de nuestro terreno, aprovechando el espacio hasta el máximo. La decoración interior se la dejamos a Ellen, que revisó minuciosamente todas las revistas dedicadas al hogar e hizo diseños como si fuera a decorar una docena de casas. Menciono estos detalles para demostrar que no existe entre mi mujer y yo ninguna imposición de modos, y que nuestra libertad de actuación y de opinión era absoluta: nos sentíamos mutuamente agradecidos tanto por nuestro sentido común como por nuestras sensibilidades, y nos halagaba que la casa que habíamos construido estuviese entre lo estético y lo funcional. Sus líneas eran sencillas y claras; no tenía rincones oscuros y estaba rodeada de casas por tres lados, ninguna de las cuales tenía más de ocho años de antigüedad.

Sin embargo, hubo indicios desde el primer momento, indicios fatales que sólo pueden considerarse desde un punto de vista retrospectivo, aunque a mí me parece ahora que hubo otras personas que sospecharon también, pero no dijeron nada. Una de ellas fue el mexicano que cortó el árbol.

Como favor especial para ahorrarnos dinero, Jack Salmanson decidió supervisar él mismo la casa y alquilar contratistas independientes para realizar el trabajo, muchos de los cuales eran mexicanos o negros con aparatos en pésimo estado, que parecían funcionar tan sólo por algún milagro mecánico. El mexicano, un trabajador bajito y ruin, de lacio bigote, había quemado ya dos sierras y aún no había cortado la mitad del tronco del árbol. Era inexplicable. El árbol, el mismo donde Ellen y yo viéramos por primera vez el cartel de SE VENDE…, llevaba seco muchísimos años, y las ramas que yacían diseminadas por el suelo estaban podridas.

—Debe usted de haber tropezado con un conjunto de nudos —dijo Jack—. Inténtelo otra vez. Si la sierra se calienta demasiado, utilice el tractor para derribarlo.

Como si respondiera al conjuro de su nombre, el tractor volvió la espalda al terreno y avanzó hacia nosotros en medio de una nube de polvo, los negros hombros del conductor refulgiendo al sol.

El mexicano no tuvo que temer por su tercera sierra. Apenas tocó con ella el árbol, éste volvió de su propio acuerdo. Asustado, el mexicano retrocedió unos cuantos pasos. El árbol había empezado a caer hacia la parte trasera del terreno, en la dirección del corte que le habían hecho; pero, de pronto, pareció detenerse, con sus desnudas ramas temblando como si estuvieran presas de un ataque de nervios; luego, con un terrible ruido de desgajamiento, volvió a levantarse y retrocedió sobre sí mismo, ganando ímpetu e inclinándose hacia el tractor. Mi voz murió en mi garganta; pero Jack y el mexicano gritaron, y el conductor saltó del tractor y rodó por el suelo en el mismo instante en que el árbol caía sobre la cubierta y destrozaba la dirección. El tractor, perdido el control e impulsado por la fuerza del golpe, vino directamente hacia nosotros, con las ruedas dentadas rechinando y abriendo un profundo surco en la tierra. Jack y yo saltamos a un lado; el mexicano, a otro. El tractor pasó por el medio y enfiló hacia la calle, con el negro corriendo tras él.

—¡El coche! —gritó Jack—. ¡El coche!…

Aparcado delante de la casa situada al otro lado de la calle había un coche, un coche que era, no cabía duda, nuevo. El tractor enfiló directamente hacia él, con sus cuchillas extrayendo del pavimento haces de chispas. El mexicano ondeó su sierra sobre su cabeza como si fuera un juguete y gritó en español. Me tapé los ojos con las manos y oí gruñir a Jack por lo bajo, como si hubiese sido golpeado en mitad del cuerpo antes de producirse el choque.

Las dos mujeres, que estaban en el pórtico de la casa de enfrente, abrieron la boca, sorprendidas. El coche quedó partido por el centro; su carrocería se cortó como si fuera de papel, y la parte delantera y trasera del coche rodearon al tractor como si lo abrazaran. Luego, ambos vehículos quedaron envueltos en una crepitante llama azul.

—¡Qué mala suerte! —musitó Jack, cuando echamos a correr hacia el otro lado de la calle.

Por el rabillo del ojo capté la curiosa visión del mexicano sentado en el suelo, rezando, con la sierra sobre las rodillas.

Aquella tarde, Ellen y yo fuimos a visitar a los Sheffits, Sondra y Jeff, nuestros vecinos del otro lado de la carretera del valle, donde encontramos a la propietaria del coche destrozado, Joyce Castle, una estupenda rubia con pantalones color limón. La tirantez causada por el accidente fue desapareciendo a fuerza de tiempo y de cócteles, y, al fin, los tres lo tomamos como una desmedida broma.

Mistress Castle, sobre todo, estaba especialmente jocosa.

—Voy adelantando —dijo, contenta—. El Alfa Romeo me duró solamente dos días; pero éste lo he tenido seis semanas completas. Aún me queda la matrícula…

—Pero usted no debe estar sin coche, mistress Castle —dijo Ellen, muy seria—. Nos satisfará mucho poder prestarle nuestro Plymouth hasta que pueda usted…

—Mañana tendre a mi disposición un nuevo coche. Por la tarde. No se preocupe por mí. Un Daimler, Jeff, por si te interesa saberlo. No he podido resistirme después de haber conducido el vuestro. ¿Qué fue del pobre conductor del tractor?… ¿Está muy grave?

—Creo que sobrevivirá —contesté—. En todo caso, aún tiene dos tractores más.

—Entonces, no necesitará usted detener las obras.

—Creo que no.

Sondra se rió por lo bajo.

—Yo estaba mirando por la ventana en aquel momento —dijo—. Fue exactamente como una película de dibujos. Una reacción en cadena.

—Y mi pobre Cadillac estaba al final de ella —suspiró mistress Castle.

Suey, el perro de mistress Castle, que estuvo echado junto a su ama, mirándonos severamente entre sueños, corrió de pronto a la puerta de entrada, ladrando ferozmente, con sus orejas enhiestas.

—¡Suey! —gritó mistress Castle golpeándose una rodilla—. ¡Ven aquí, Suey!

El perro movió las orejas y miró a su ama. Luego, a la puerta otra vez, como si calculara la decisión a tomar. Gruñó profundamente.

—¡Es el fantasma! —exclamó Sondra con frivolidad—. Está detrás de todo.

Sondra estaba sentada en un extremo del sofá y movía la cabeza de un lado para otro mientras hablaba, como una niña muy inteligente.

Jeff se rió con fuerza.

—¡Oh!… Se cuentan algunas historias muy buenas.

Suspirando, mistress Castle se puso en pie, agarró a Suey por el collar y lo hizo volver a su sitio.

—Si no fuera por lo que es, le llevaba a un psiquiatra —dijo—. ¡Calla, Suey! Aquí tiene un anacardo.

—A mí me gustan mucho los cuentos de fantasmas —dije sonriendo.

—Bueno —murmuró Jeff, indulgentemente desdeñoso.

—Vamos, Jeff —le dijo Sondra, metiéndole prisa y mirándole a través del cristal de su copa—. Les gustará oírte.

Jeff era agente literario. Alto, cetrino y de cabellos negros y lacios, que continuamente se estaba echando hacia atrás con los dedos, porque le caían sobre los ojos. Cuando hablaba, sonreía irónico, como si se defendiera contra la probabilidad de que le tomaran en serio.

—Todo lo que yo sé es que, durante el siglo diecisiete, el español solía tener ahorcados aquí. Se supone que las víctimas flotan por los alrededores durante la noche y hacen ruido.

—¿Criminales? —pregunté.

—De la peor calaña —dijo Sondra—. ¿Cuál fue la historia que te contó Guy Relling, Joyce?

Sonrió con curioso placer interno, que sugería que ella conocía perfectamente bien la historia.

—¿Ese Guy Relling es el director? —pregunté.

—Sí —respondió Jeff—. Es propietario de esos establos que se levantan en la parte baja del valle.

—Los he visto —dijo Ellen—. ¡Qué caballos tan magníficos!

Joyce Castle levantó su copa vacía en el aire.

—Jeff, cariño, ¿quieres darme otra?

—Nos estamos apartando del tema —dijo, amable, Sondra—. Dame a mí también otra copa, darling —dijo alargando su vaso a Jeff cuando se acercó—. Pórtate como un chico bueno… No quise interrumpir, Joyce. Continúa.

Hizo un gesto hacia nosotros como si fuéramos una audiencia perfecta. Ellen se irguió ligeramente en su silla.

—Al parecer existía un hombre[4] de sorprendente depravación —dijo Joyce Castle, lánguidamente—. Olvidé su nombre. Asesinaba, robaba, raptaba… Tenía uno de esos nombres interminables españoles con un «Luis» en medio: un noble, según creo que me dijo Guy. Con cierto encanto. Loco, por supuesto, al fin, por cierta fechoría realizada en un convento de monjas. Ustedes dos se han introducido en una vecindad rica en tradición.

Todos nos echamos a reír.

—¿Qué hay de esos ruidos? —preguntó Ellen a Sondra—. ¿Ha oído usted alguno?

—Por supuesto —respondió Sondra, ladeando graciosamente la cabeza.

Toda su piel tenía el mismo color del café, debido a las tardes pasadas en la piscina. Era una forma de ocio que a su marido, con su color bilioso y sus cabellos largos y lacios, al parecer no le agradaba.

—En todos los sitios donde yo he vivido ha habido ruidos por las noches que nadie ha podido explicarme —respondió, haciendo su sonrisa más torcida y apologética—. Aquí hay toda clase de vida salvaje…, zorras, zorritas y zorrones…, y hasta algún coyote en lo alto de las montañas. Después de la puesta del sol, entran en actividad.

La sonrisa de placer de Ellen ante esta noticia se convirtió en malestar cuando Sondra observó en su forma más inpremeditada de hablar:

—Una mañana encontramos materialmente hecho pedazos a nuestro gatito. Estaba empapado en sangre. Nunca encontramos su cabeza.

—Alguna zorra —indicó Jeff tranquilamente.

Todo lo que él decía parecía profundo. Algo surgía de él como un halo. Pensé que era afectación.

Sondra miró distraída a su falda, como si estuviese gozando de algún secreto que sólo ella conocía. Parecía enormemente alborozada. Se me ocurrió que Sondra estaba tratando de asustarnos. En cierto modo, eso me aliviaba. Pensé, mientras contemplaba su bronceada y despellejada cara, que ella se estaba divirtiendo demasiado para estar asustada.

Después del incidente del árbol, todo se desarrolló bien durante algunas semanas. La construcción de la casa avanzaba rápidamente. Ellen y yo la visitábamos tan frecuentemente como nos era posible, paseando por el incultivado campo y representándonos nuestro hogar en nuestras mentes. La chimenea iría aquí; el refrigerador, allí; el cuadro de Picasso, en aquella parte…

—Ted —dijo Ellen, tímida—, he estado pensando por qué no amueblamos la habitación que nos sobra como dormitorio para niños.

Esperé.

—Ahora que viviremos aquí, nuestros amigos se quedarán con más frecuencia por las noches. La mayoría de ellos tienen niños pequeños. Sería agradable para ellos…

Le pasé el brazo por los hombros. Se dio cuenta de que yo la había comprendido. Fue una manera delicada de expresárselo. Ellen alzó la cara y la besé en el entrecejo. Señal y contraseñal, las claves de nuestra vida en común: una vida de sensibilidad y tacto.

—¡Eh!… ¡Ustedes dos!… —gritó Sondra Sheffits desde el otro lado de la calle.

Se hallaba en el porche, en bañador rosa, con la piel bronceada y sus cabellos casi blancos.

—¿Vienen a tomar un baño?

—¡No tenemos bañadores!

—¡Vengan!… ¡aquí hay muchos!…

Ellen y yo debatimos la cuestión con una mirada y la aceptamos con un ligero apretón de manos.

Cuando salí al patio, vestido con un traje de baño de Jeff, Sondra dijo:

—Ted, está usted pálido como un fantasma. ¿Es que donde está no toma usted el sol?

Estaba tumbada en una chaise-longue, detrás de unas gigantescas gafas elípticas de cristales contra el sol e incrustadas de gemas de cristal.

—Me paso todo el tiempo en el interior escribiendo artículos —respondí.

—Cuando guste, puede venir aquí. Será bien recibido —dijo sonriendo, mientras me mostraba dos hileras de dientes blanquísimos y perfectos—. Y nadará…

Ellen apareció con su traje de baño prestado. Era rojo, con un ligero adorno. Se hizo pantalla con la mano ante los ojos cuando el sol, brillando metálicamente sobre el agua, la hirió de lleno en la cara.

Sondra la invitó a acercarse, como si fuera a presentarme a mi esposa.

—Este bañador le sienta a usted mucho mejor que a mí.

Sus uñas rojas brillaron sobre el brazo de Ellen, quien sonreía tímidamente. Las dos mujeres tenían aproximadamente la misma estatura, pero Ellen era más estrecha de hombros y más ancha de caderas y de muslos. Cuando vinieron hacia mí, Ellen me produjo la impresión de ser alguien a quien yo no conocía. Su cuerpo, tan familiar para mí, se me hizo extraño. Parecía desproporcionado. Los cabellos, que en Sondra eran casi invisibles, excepto cuando el sol los hacía plateados, caían lacios y oscuros sobre el pálido brazo de Ellen.

Como si se diera cuenta de la repentina distancia existente entre nosotros, Ellen me cogió la mano.

—Tirémonos juntos al agua —dijo, alegre—. Y nademos de espalda.

Sondra se retiró a su chaise-longue para observarnos, con los ojos ocultos tras sus espantosos cristales, inclinando a un lado la cabeza.

Los incidentes empezaron de nuevo y continuaron a intervalos. Guy Relling, con quien nunca me reuní, pero cuyos pronunciamientos sobre lo sobrenatural me alcanzaban, de cuando en cuando, a través de los otros, como mensajes de oráculo, clamaba que la existencia de los muertos vivos es particularmente dolorosa mientras revolotean entre los dos estados del ser. Sus memorias guardan siempre, frescas y punzantes, las pasiones de la vida; pero no son capaces de remediarlas sino a fuerza de un monstruoso desgaste de pensamiento y de energía, que los deja literalmente imposibilitados durante meses o, a veces, durante años. A esto se debía el que las materializaciones y otras formas tangibles de acción fuesen relativamente raras. Por supuesto, había excepciones, como Sondra, nuestra más frecuente traductora de las teorías de Relling, señaló una noche con esa extraña alegría que acompañaba a todas sus observaciones sobre el tema. Algunos fantasmas son terroríficamente activos…, en especial los locos, quienes, al ignorar las limitaciones de la muerte como ignoraban las imposibilidades de la vida, las trascienden con el dinamismo exclusivamente propio de la locura. Generalmente, sin embargo, era opinión de Relling que un fantasma era más digno de lástima que de terror. Sondra le citó al decir:

«La noción de una casa encantada es un concepto semánticamente equivocado. No es la casa la que está encantada, sino el alma misma».

El sábado 6 de agosto, un obrero, al fijar una conducción, se quedó tuerto con una lámpara de acetileno.

El jueves 1 de septiembre, un desprendimiento de tierra, producido en el cerro que se alzaba detrás de nosotros, arrojó cuatro toneladas de polvo y piedras sobre la casa medio terminada, parando los trabajos durante dos semanas.

El domingo 9 de octubre, día de mi cumpleaños…, cosa bastante extraña…, mientras visitaba la casa solitaria, me escurrí con un tornillo extraviado y me golpeé la cabeza contra una lata grande de pintura, haciéndome una brecha que necesitó diez puntos de sutura. Corrí a casa de los Sheffits. Sondra abrió la puerta en traje de baño y con una revista en la mano.

—¿Ted?

Me miró fijamente.

—No le había reconocido con tanta sangre. Entre. Llamaré al médico. Procure no gotear sobre los muebles…

Le conté al medico lo del tornillo en el suelo y lo de la lata de pintura. No le dije que me había escurrido porque me volví demasiado precipitadamente, y que si me volví demasiado precipitadamente fue porque experimenté la sensación, cada vez mayor, de que alguien estaba detrás de mí, lo bastante cerca para tocarme, tal vez, porque algo flotaba allí, fétido, húmedo, frío y casi palpable en su proximidad. Recuerdo haberme estremecido violentamente cuando me volví, como si el sol de este caluroso día estival hubiese sido reemplazado por una misteriosa estrella sin calor. No le dije esto al doctor ni a nadie.

En noviembre, ardieron Los Ángeles. Tras la larga sequía del verano, la savia se desliza por debajo de tierra y los calcinados cerros parecen gemir por el piadoso alivio de otra vida o de otra muerte: lluvia o fuego. Invariablemente, el fuego llega primero, extendiéndose poco a poco como una epidemia por las distantes partes del país hasta que el cielo está lívido y sin estrellas durante la noche, y cubierto de un humo pardusco durante el día.

En Tijuana, al norte de nosotros, se declaró un espantoso incendio el mismo día que Ellen y yo nos instalamos en nuestra nueva casa…, hermosa, severa, agresivamente nueva sobre su seca ladera…, bajo un chocante cielo de color terroso y un sol insignificante y velado. Sondra y Jeff acudieron a ayudarnos, y por la noche Joyce Castle hizo escala en nuestra casa con Suey y una botella de champaña.

Ellen entrecruzó sus manos bajo la barbilla.

—¡Qué agradable sorpresa!

—Espero que esté bastante frío. Lo he tenido en el refrigerador desde las cuatro. ¡Bienvenidos al valle! ¡Son ustedes una pareja estupenda!… Ustedes me recuerdan a mis padres… ¡Dios, qué calor! Supongo que tendrán aire acondicionado… Me he pasado todo el día sudando a cuenta del humo…

Jeff estaba tumbado en un sillón con sus largas piernas estiradas ante sí, de la misma forma que un cojo pondría sus muletas a ambos lados.

—Joyce, eres un ángel. Perdóname que no me levante. Estoy recuperándome…

—Ted —dijo Ellen con suavidad—, ¿por qué no sacas unas copas?

Jeff se puso en pie.

—¿Puedo echarte una mano?

—Continúa sentado, Jeff.

Suspiró.

—No me había dado cuenta de que estaba tan bajo de forma.

Su aspecto era más cadavérico que en todas nuestras tardes de esfuerzos y ajetreos. El sudor se había almacenado en los huecos de sus ojos.

—¿Quiere usted que le enseñe la casa, Joyce, mientras Ted está en la cocina?

—Encantada, Ellen —respondió Joyce—. Enséñemela toda.

Sondra me siguió a la cocina. Se apoyó contra la pared y fumó, apoyando el codo izquierdo sobre la palma de la mano derecha. No decía nada. A través de la puerta abierta podía ver las estiradas piernas de Jeff, desde las pantorrillas para abajo.

—Gracias por su ayuda de hoy —dije a Sondra en voz tan baja que parecía un susurro.

Podía oír a Ellen y a Joyce mientras iban de una habitación a otra, sus voces agitadas y lánguidas.

—¿Es todo de acero?… ¿Quiere usted decir todo?… ¿Las paredes también?… ¿No teme usted a los rayos?…

—¡Oh!… Creo que todos nosotros estamos en terreno seguro.

Jeff bostezó ruidosamente en el cuarto de estar. Sin decir palabra, Sondra puso una bandeja encima de la mesa de la cocina, mientras yo abría y revolvía en una caja de cartón en busca de copas. Ella me observaba firme y fríamente, como si esperase que la agasajara. Yo necesitaba decir algo para romper un silencio que se estaba haciendo antinatural y opresivo. Los ruidos que nos rodeaban parecían aislarnos dentro de un círculo de intimidad. Con la cabeza inclinada a un lado, Sondra me sonreía. Podía oír su precipitada respiración.

—¿Qué es esto?… ¿Una habitación para un bebé?… ¡Oh Ellen querida!…

—¡No, no!… Es para los hijos de nuestros amigos…

Los ojos de Sondra eran azules, el color de las aguas poco profundas. Al parecer, estaba deliciosamente divertida, como si nosotros estuviéramos complicados en una conspiración…, una conspiración que yo ansiaba rechazar haciendo alguna observación prosaica en voz alta para que todos la oyeran; pero una especie de dolor atenazaba mi pecho, como si las palabras no quisieran salir de allí, y lo único que hice fue sonreír a su falta de juicio. A cada minuto de silencio que pasaba, se hacía más difícil romperlo, y me hundía más en la intriga de la que yo, a pesar de ignorarlo, era seguramente culpable. Una ligerísima insinuación de Sondra hubiera bastado para convertirnos en amantes.

Ellen se hallaba en el umbral, medio vuelta, como si su primer impulso hubiera sido echar a correr. Parecía estar sumergida en sus pensamientos, con los ojos fijos en el acerado marco de la puerta, de color crema.

Sondra comenzó a hablar a Ellen con su irónica y seca voz. Era una charla de lo más frivola; pero estaba destruyendo, como yo deseaba que destruyera, la absurda noción de que existía algo entre nosotros. Podía darme cuenta de la confusión de Ellen. Prestó atención a las palabras de Sondra, observando atentamente sus labios, como si esta elegante y bronceada mujer, que fumaba tranquilamente y charlaba por los codos, fuera su salvador.

Yo, por mi parte, parecía haber perdido por completo la facultad del habla. Si me mezclaba en la conversación, cuidadosamente inocente, de Sondra, me convertiría en cómplice del engaño contra mi esposa; si yo proclamaba la verdad y terminaba por aclararlo todo… Pero ¿qué verdad?… ¿Qué tenía que aclarar?… ¿Un sentimiento en el aire? ¿Una insinuación?… Por supuesto, no existía contestación a nada de eso. A mí ni siquiera me gustaba Sondra. En ella había algo frío y desagradable. No había que confesar nada, porque nada había sucedido.

—¿Dónde está Joyce? —pregunté, al fin, con la boca seca—. ¿No quiere ver la cocina?

Ellen se volvió lentamente hacia mí, como si le costase un gran esfuerzo.

—Estará aquí dentro de un minuto —respondió, sin tonalidad en su voz.

Entonces oí las voces de Joyce y de Jeff en el cuarto de estar. Hellen estudiaba mi semblante, con sus pupilas extrañamente dilatadas bajo la sonrosada luz fluorescente, como si tratara de penetrar hasta el fondo la gran oscuridad que se extendía tras mi oportuna observación. ¿Era alguna clase de código, una nueva señal para ella que yo debería aclarar en breve? ¿Qué significaba? Le sonreí y ella me respondió con otra sonrisa: un tentador y formal movimiento de labios, como si yo fuera un rostro familiar cuyo nombre no recordaba en aquel momento.

Joyce entró.

—Detesto las cocinas. Yo nunca entro en la mía.

Nos miró sucesivamente a cada uno de nosotros.

—¿Interrumpo?

A las dos de la madrugada me senté en la cama, completamente despierto. El dormitorio estaba bañado por el fulgor rojizo del incendio, que se había acercado durante la noche. Un tenue y opaco velo de humo se extendía por la habitación. Ellen yacía en la cama, tumbada sobre un costado, dormida, con una mano ahuecada puesta sobre la almohada, junto a su cara, como si estuviera esperando que le pusieran algo en ella. Yo no tenía idea de por qué me hallaba tan completamente despierto; pero separé las mantas y me acerqué a la ventana para contemplar el fuego. No podía ver las llamas, pero las montañas se delineaban en negro contra un cielo ampuloso, que crecía o menguaba cuando el viento soplaba o amainaba.

Entonces oí el ruido.

Soy una persona que tiene fama de emplear en todo momento las palabras exactas, lo cual es muy necesario cuando se escribe sobre temas técnicos. Sin embargo, soy incapaz de encontrar ahora una palabra que describa ese ruido. La que he encontrado más aproximada es una que yo mismo me he inventado: blump. Era más bien expansivo y sin localización. No era un ruido sólido. Había algo vago y susurrante en él; y, de cuando en cuando, comenzaba con la sugerencia de un suspiro, de una evaporación confusa en el aire, que parecía tomar forma y morir en el mismo instante. En cierto modo, no puedo definirlo; era insensato, involuntario e irrazonable, pero implacable. Porque no pude explicármelo inmediatamente, fui en busca de una explicación.

Salí al vestíbulo y encendí la luz, presionando el silencioso botón. La luz surgió de unas fisuras practicadas en el techo y se difundió a través de unos lechosos estucos semejantes a papel de arroz japonés. Las indestructibles y limpias paredes se levantaban perpendicularmente a mi alrededor. A través del ligero tufo de humo se percibía el olor, suave y metálico, de lo nuevo, más semejante al de un coche que al de una casa. Y el ruido continuaba. Parecía proceder de la habitación del fondo del vestíbulo, de aquella que habíamos destinado a los hijos de nuestros amigos. La puerta estaba abierta y podía ver una mancha gris, que era la ventana occidental. Blump…, blump…, blump

Fijando los ojos en la mancha gris, comencé a cruzar el vestíbulo, mientras las piernas se me iban haciendo pesadas como troncos, y durante todo el tiempo no dejaba de repetirme:

—La casa está contrayéndose. Todas las casas nuevas se contraen y hacen ruidos extraños.

Y tan lúcido estaba yo que creía que no tenía miedo. Cruzaba el nuevo y brillante vestíbulo de mi nueva casa de acero para investigar un ruido, porque la casa podía estar contrayéndose de mala manera, o porque el animal podía estar haciendo algún estropicio… Me habían dicho que los coatíes merodeaban, por lo regular, por los cubos de la basura. Tal vez había algo que no marchaba bien en las tuberías o en el sistema de calefacción que calentaba nuestros suelos. Y ahora, como dueño responsable de la casa, tenía que localizar el centro aparente del ruido y tomar las medidas pertinentes. Verosímilmente, dentro de dos o tres segundos estaría al tanto de lo que pasaba. Blump…, blump…, blump… El gris de la ventana se tornó rosa cuando llegué suficientemente cerca de ella para ver la montaña a través de los cristales. Lo negro era la maleza, y lo rosa, esa faja polvorienta que el tractor cortó antes de enloquecer. Yo había observado el accidente desde el mismo sitio donde ahora me hallaba, y el desaparecido hoyo donde estuvo el árbol se hallaba tapado firmemente por el suelo prefabricado de la habitación, cuya oscuridad hubiera barrido con sólo tocar con mi mano derecha el conmutador de la luz.

—¿Ted?

La sangre se agolpó en mis oídos. Tuve la sensación de que mi corazón había estallado. Me apoyé en la pared para no caerme. Sí, claro que sabía que era la voz de mi esposa, y contesté con toda tranquilidad:

—Sí, soy yo.

—¿Qué pasa?

Oí el rumor de la ropa de la cama.

—No te levantes. Voy en seguida.

El ruido había cesado. No se oía nada. Solamente el casi imperceptible zumbido del refrigerador y el silbido del viento.

Ellen estaba sentada en la cama.

—Sólo estaba observando el fuego —dije.

Ellen se tumbó y se puso a acariciar mi lado de la cama. Antes de apagar la luz del vestíbulo observé su sonrisa.

—Estaba soñando con él —me dijo suavemente, mientras me metía en el lecho. Ella se acurrucó contra mí—. ¡Estás temblando!

—Debí ponerme la bata.

—Te calentaré en un instante —me dijo apretando su fragante cuerpo contra el mío.

Pero yo permanecía rígido como una piedra, y hasta tan frío, mirando el techo, con mi mente completamente en blanco.

Tras un instante dijo:

—¡Ted!

Era su señal, siempre vacilante, siempre trémula, que significaba que debía volverme hacia ella y tomarla en mis brazos.

En lugar de hacerlo, respondí:

—¿Qué?

Como si no hubiese comprendido lo que deseaba.

Durante unos minutos, me di cuenta de la lucha que sostenía con su candor para sacarme de mi inusitada distracción y decirme que quería que le hiciera el amor. Pero era demasiado para ella…, algo demasiado contrario a su modo de ser. Mi frialdad había creado un vacío que ella era incapaz de llenar…, una frialdad repentina e inexplicable a menos que…

Ellen se separó lentamente y se tapó hasta los ojos. Al fin, me preguntó:

—Ted, ¿ha pasado algo que yo deba saber?

Se había acordado de Sondra y de la extraña escena de la cocina. Sé que Ellen tuvo que hacer un enorme esfuerzo para hacerme esa pregunta, aunque supiese mi contestación.

—No. Es que estoy cansado. Hemos tenido un día muy ajetreado. Buenas noches, querida.

La besé en la mejilla y noté que sus ojos, al resplandor del incendio, buscaban los míos, haciéndome la pregunta que no era capaz de salir de sus labios. Me volví, algo avergonzado, porque yo no podía darle la contestación que hubiera colmado su necesidad. Porque no existía ninguna respuesta…

El incendio empezó a ser dominado después de haber ardido más de tres kilómetros cuadrados de terreno y varias casas, y tres semanas después llegaron las lluvias. Jack Salmanson vino un domingo a ver cómo estaba la casa, a revisar los cimientos, el tejado y todas las junturas, encontrándolo todo en perfecto estado. Estábamos sentados, mirando distraídamente al patio a través de la puerta de cristal. El patio era una porción de terreno lleno de fango gris que amenazaba cubrir de una delgada capa de cieno y grava los pocos baldosines que yo había puesto. Ellen estaba acostada en el dormitorio. Había tomado la costumbre de echarse la siesta después de comer, aunque era yo, y no ella, quien permanecía completamente despierto noche tras noche, tratando de explicarme los ruidos que cada día se hacían más imposibles de explicar. El apagado sonido que, en ocasiones, acompañaba al blump, y la estrangulada expulsión de aire que seguía, eran seguramente el resultado de algún desperfecto en la conducción de aguas; los pasos que cruzaban el vestíbulo y se paraban al otro lado de nuestra puerta cerrada, alejándose después con una especie de risita ahogada, eran como si la noche contrajera el metal de nuestra casa después del calor del día. A través de todo esto, Ellen dormía como sumida en un embotamiento; parecía como si se hubiese hecho adicta al sueño. Se iba a la cama a las nueve de la noche y no se despertaba hasta las diez de la mañana siguiente; por la tarde se echaba la siesta, y durante el resto del día se movía como aletargada, con un chal mejicano sobre los hombros, quejándose de frío. El médico la examinó por si padecía mononucleosis, pero no le encontró nada. Dijo que tal vez fuera debido a su sinusitis, y que debería dormir cuanto quisiera.

Tras un prolongado silencio, Jack dejó a un lado su copa y, poniéndose en pie, dijo:

—Me voy.

—Avisaré a Ellen.

—¿Para qué? Deja que duerma. Dile que le deseo un pronto restablecimiento.

Se volvió para mirar la casa que había diseñado y construido.

—¿Sois felices aquí? —preguntó de pronto.

—¿Felices? —repetí la palabra un tanto cohibido—. ¡Claro que somos felices!… Nos gusta la casa. Aunque es… un poco ruidosa por las noches.

Tartamudeé, como si estuviese pronunciando las primeras palabras de una confesión; pero Jack apenas pareció oírlas. Con la mano hizo un movimiento.

—Es una casa bien construida.

Jack iba de un lado a otro de la habitación.

—Sin embargo, no sé… Hay algo en ella…, algo que no me acaba de convencer… Tal vez sea el viento, solamente…, o la luz… Debería ser más acogedora, ¿comprendes lo que quiero decir? Parece como si le faltara alegría…

Yo le observaba con una especie de desmedida esperanza, como si pudiera ahuyentar de alguna forma mágica mi terror…, hacer por mí lo que yo no podía hacer por mí mismo, y permitir que se discutiera tranquilamente entre dos hombres de mente sana. Pero Jack no parecía preocuparse de la causa de la tristeza, sino de atajarla.

—¿Por qué no ponéis un par de alfombras color naranja en esta habitación? —me preguntó.

Miré fijamente al suelo como si un par de alfombras color naranja tuviesen un encanto infalible.

—Sí —respondí—. Creo que las compraremos.

Ellen entró en el cuarto de estar, echando hacia atrás su cabello, con la cara abotargada de tanto dormir.

—Jack —dijo—, cuando el tiempo mejore me sentiré feliz. Anna, tú y los niños debéis venir a pasar con nosotros una noche…

—Nos agradará mucho. Pero después que cesen los ruidos —dijo irónico dirigiéndose a mí.

—¿Los ruidos?… ¿Qué ruidos?

La cara de Ellen se puso lívida. Me di cuenta cuando me miró. La expresión era la misma; pero lo que antes había de abierto en ella, ahora era solamente vaciedad. Habíase puesto en guardia contra mí; sospechaba que yo le ocultaba cosas.

—Por las noches —respondí—. La casa cruje. Tú no lo oyes…

Cuando Jack se hubo ido, Ellen se sentó con una taza de té en el mismo sillón que ocupara Jack, mirando hacia el fango. Su largo chal púrpura colgaba hasta sus rodillas, tapándole los brazos. Parecía no haber explicación para las dos manos blancas que manoseaban sobre su falda la taza de té.

—Es una cosa triste —dijo, sin matiz en su voz—. No se puede hacer nada; pero lo siento por Sondra.

—¿Qué pasa? —pregunté poniéndome en guardia.

—Joyce estuvo aquí anteayer. Me dijo que Jeff y ella habían sido amantes, a intervalos, durante seis años.

Se volvió para ver cómo había recibido la noticia.

—Bueno, eso explica por qué Joyce y Sondra se detestan mutuamente —respondí, mirando cariñosamenta a los ojos de Ellen.

En ellos encontré solamente el reflejo de los cristales de la puerta, hasta con los regueros de lluvia, y experimenté la atemorizada sensación de que me habían mostrado un cuadro de la verdad, como si ella estuviera hurgando secretamente en las profundidades de un alma que yo ya no podía tocar. Porque Ellen no creía en mi inocencia; ni siquiera estoy seguro de que yo mismo creyera en ella, y, verosímilmente, tampoco lo creían Joyce ni Jeff. Es imposible decir lo que creía Sondra. Ella actuaba como si nuestra infidelidad fuese un hecho consumado. En cierto modo, era una hazaña genial, porque Sondra nunca me tocó un pelo, excepto de un modo impersonal o de lo más accidental. Aun sus miradas, la base sobre la que ella construyó el mito de nuestro «lío», no tenían nada de amistosas; eran escrutadoras y violentas, e iban siempre acompañadas de una sonrisa furtiva, como si nosotros participáramos meramente de alguna broma particular. Sin embargo, había algo en la forma en que lo hacía…, en la inclinación de su cabeza tal vez…, que hacía pensar claramente que la broma era a cuenta de alguien. Y había tomado la costumbre de llamarme «cariño».

—Sondra y Jeff tienen un hijo retrasado mental, internado en un sanatorio…, en no sé qué sitio —dijo Ellen—. Eso, al parecer, es lo que los separa mutuamente.

—¿Te contó Joyce todo eso?

—Lo mencionó por casualidad, como si fuera la cosa más natural del mundo… Suponía que nosotros lo sabíamos… Pero a mí no me gusta saber de nuestros amigos ciertas cosas.

—Me imagino que eso es mostrarse sagaz. Tú y yo tenemos un corazón provinciano.

—Sondra debe de ser una muchacha muy desgraciada.

—Es difícil decir eso de Sondra.

—Me pregunto qué intenta hacer con su vida… Si se preocupa de algo… exterior.

Esperé.

—Probablemente, no —contestó Ellen a su propia pregunta—. Parece ser muy dueña de sí. Casi fría…

Observaba el espectáculo de mi esposa luchando consigo misma para retrasar una herida que estaba convencida de que se le produciría más pronto o más tarde. No quería creer en mi infidelidad. Yo podía haberla aliviado con embustes. Podía haberle dicho que Sondra y yo nos citábamos en una cafetería de la ciudad y nos hacíamos el amor en un hotel de segunda categoría todas las tardes que yo la llamaba para decirle que me tenía que quedar a trabajar hasta una hora avanzada. Entonces se hubiera abierto su herida, se hubiera desinfectado y se hubiera curado. Por supuesto, habría habido dolor; pero yo hubiera gozado de nuevo de su confianza y se habría restaurado nuestro viejo sistema. Observando cómo Ellen se torturaba con la duda, estuve tentando de contarle tales mentiras. La verdad nunca me tentó: haber admitido que yo sabía lo que ella estaba pensando hubiera sido tanto como admitir la culpabilidad. ¿Cómo sospecharía tal cosa, a menos que fuera verdad? ¿E iba yo a explicar mi frialdad para aterrorizarla con vagas historias de indescriptibles ruidos que ella munca oyó?

Así, pues, ambos permanecíamos sentados, mudos y fríos, en nuestra impermeable casa, mientras la luz iba desapareciendo. Entonces se apoderó de mí una especie de regocijo. ¿Es que mi terror no era más real que el de Ellen? ¿Y si nuestros fantasmas no eran más que fantasmas imaginarios, que sólo necesitaban un poco de sentido común para disiparlos? Y comprendí que si podía desprenderme de mi fantasma, el de Ellen se hundiría en seguida, porque el secreto que me alejaba de ella habría desaparecido. Era una revelación, un triunfo de la razón.

—¿Qué es eso? —preguntó Ellen, señalando algo que parecía como una hoja golpeando la parte alta de las puertas de cristales—. Es un rabo, Ted. Debe de haber algún animal en el tejado.

Sólo era visible la punta peluda. Cuando me acerqué, pude ver las gotas de agua desprendiéndose de cada pelo negro.

—Parece el rabo de un coatí. ¿Qué estará haciendo por aquí, a hora tan temprana?

Me puse un impermeable y salí al patio. El rabo colgaba limpiamente por el bordillo, rayado en blanco, y ondulando flemáticamente al aire. El animal estaba escondido detrás del bajo parapeto. Utilizando la escalera de barco de la parte de atrás de la casa, subí al tejado.

La mente humana, al igual que otras partes del cuerpo, es un órgano de costumbres. Sus capacidades están limitadas por lo precedente; cree que se utiliza para pensar. Enfrentada con un fenómeno que está más allá de sus límites, se rebela, rechaza y, a veces, se desploma. Mi mente, que durante semanas había rechazado firmemente la evidencia de mis sensaciones de que en la casa vivía algo más que nosotros dos, algo sobrenatural y diabólico, aunque basado en pruebas insuficientes, se veía ahora forzada a la subsiguiente repulsa de decir, como Jeff dijera: «zorro». Por supuesto, era ridiculo. Eran muy escasas las probabilidades de que un zorro hubiese entablado batalla con un coatí, teniendo en cuenta lo que habían hecho a ese coatí. El cuerpo yacía en la parte más alejada del tejado. No vi la cabeza hasta que estuve casi encima de ella. Había rodado hasta quedar apoyada contra el parapeto, donde la descubrí.

Sólo porque mi oprimida mente continuaba repitiendo como un eco: «Ellen no lo debe saber, Ellen no lo debe saber…», fui capaz de coger las partes desmembradas y arrojarlas con todas mis fuerzas hacia la montaña, y cuando Ellen me preguntó: «¿Qué es, Ted?», contestarle: «Debió de ser un coatí; pero ya se ha ido», con voz perfectamente controlada antes de bajar del tejado y vomitar.

Recordé la mención de Sondra sobre su gato mutilado y telefoneé a Jeff a su agencia.

«Discutiremos el asunto después de comer», me dije.

Necesitaba imperativamente hablar, acción imposible dentro de mi propia casa, donde cada día el silencio era más denso y más pertinaz.

Alguna vez, Ellen se aventuraba a preguntar:

—¿Qué pasa, Ted?

Pero yo siempre contestaba:

—Nada.

Y ahí terminaba nuestra conversación.

Podía verlo en sus cautos ojos: yo ya no era el hombre con quien se había casado; yo era un hombre frío, reservado. La habitación de los niños, provista de litera doble y empapelada con un papel estampado de muñecos, era como una censura. Ellen tenía cerrada la puerta la mayor parte del día, aunque alguna vez, a la caída de la tarde, yo la había encontrado dentro moviéndose a la ventura, tocando los objetos, como si se maravillara de que aún estuvieran a la espera, después de tantos meses estériles: había fallado una alocada esperanza. Ni siquiera nuestros amigos trajeron a sus hijos para ocuparla. Y no los trajeron porque nosotros no se lo pedimos. El silencio trajo consigo una profunda y extenuante inercia. La cara de Ellen aparecía siempre hinchada: los rasgos, velados y amorfos; los ojos, tristes; todo su cuerpo se había vuelto fofo, como si una enorme hogaza de pan se hubiese dilatado en su interior. Nos movíamos en la casa dentro de nuestras órbitas como dos sonámbulos, haciendo nuestras tareas por rutina. Nuestros amigos nos visitaban al principio, molestos, un poco dolidos; pero pronto dejaron de venir, abandonándonos a nuestra suerte. Algunas veces veíamos a los Sheffits. Jeff estaba cada vez más grosero: contaba cuentos pornográficos, se emborrachaba demasiado y siempre parecía estar enfermo a gusto. Sondra hablaba sin parar, tratando los temas más absurdos y aludiendo con gestos, palabras o miradas a nuestros asuntos internos.

Jeff y yo comíamos en el Brown Derby de la calle Vine, bajo las caricaturas a carboncillo de las estrellas de revistas. En una mesa cercana a la nuestra, un agente hacía el elogio de un actor, con voz que denotaba enorme entusiasmo, a un individuo de cara ancha y colorada que dedicaba toda su atención a una jarra de cerveza.

—Es un asunto feo —me dijo Jeff—. Me gustaría que no estuvieras mezclado en ello.

—Comprendo lo que quieres decir —respondí.

Jeff no tenía la menor idea de por qué le había traído yo aquí, ni yo le di razón alguna. Estábamos «rompiendo el hielo». Jeff me sonrió con su boca torcida y yo le devolví la sonrisa.

—Somos amigos.

Probablemente ése era el mensaje que nos habíamos lanzado al sonreímos mutuamente. ¿Era él amigo mío? ¿Era yo amigo suyo? Él vivía al otro lado de la calle; calle que cruzábamos, quizás, una vez a la semana; bromeábamos juntos; él siempre se sentaba en el mismo sillón de nuestro cuarto de estar, cambiando continuamente de postura. En su cuarto de estar había una alta silla blanca que yo prefería. Supongo que las amistades se consolidan con menos motivos. Sin embargo, él tenía un niño subnormal, internado en un sanatorio de algún lugar, y una esposa que se divertía sugiriendo infidelidades; yo tenía un demonio oculto en mi casa y una esposa corroída por la sospecha y que envejecía y se hacía más ausente por culpa de eso. Le dije a Jeff:

—Comprendo lo que quieres decir.

Parecía insoportable. Espiaba los ojos de Jeff.

—¿Recuerdas que una vez hablamos de un fantasma?

Mi tono de voz era zumbón. Tal vez quisiera dar a entender que estaba haciendo un chiste.

—Lo recuerdo.

—Sondra dijo algo de un gato vuestro al que habían dado muerte.

—Sí, el que mató el zorro.

—Eso fue lo que tú dijistes, no lo que dijo Sondra.

Jeff se encogió de hombros.

—¿Qué ha ocurrido?

—Encontré un coatí muerto en nuestro tejado.

—¡En tu tejado!

—Sí. Fue espantoso.

Jeff jugueteó con su tenedor. Había terminado toda pretensión de ligereza.

—¿Sin cabeza?

—Peor.

Por unos momentos permaneció en silencio. Noté que luchaba consigo mismo antes de decidirse a hablar.

—Tal vez sea mejor que te mudes, Ted —dijo.

Me daba cuenta de que estaba tratando de ayudarme… Con un simple ademán trataba de barrer la desconfianza que se alzaba entre nosotros. Era amigo mío; estaba echándome una mano. E imagino que debía haberme dado cuenta de lo que me sugería. Pero no podía aceptarlo. No era lo que yo quería oír.

—Jeff, no puedo hacer eso —contesté, tolerante, como si él ignorara mi punto de vista—. Sólo llevamos viviendo en la casa cinco meses. Me costó veintidós mil dólares construirla. Tenemos que vivir en ella por lo menos un año, según la ley de préstamos.

—Bueno, tú sabes lo que más te conviene, Ted.

Su sonrisa me envolvió de nuevo.

—Necesitaba hablar —dije, irritado por la frivolidad con que daba fin al asunto—. Quería averiguar lo que tú sabes sobre ese asunto del fantasma.

—No mucho. Sondra sabe más que yo.

—Dudo que me aconsejaras, sin razón alguna, que abandonara la casa que acabo de construir.

—Parece haber una especie de gafe sobre la propiedad, eso es todo. Si hay o no un fantasma, es algo que no podría decirte —replicó, molesto a su vez por el giro que tomaba la conversación—. ¿Qué dice Ellen?

—No lo sabe.

—¿No sabe lo del coatí?

—No sabe nada.

—¿Quieres decir que hay algo más?

—Sí; los ruidos… por la noche.

—Si yo fuera tú, hablaría con Sondra. Ella ha profundizado en este asunto mucho más que yo. Cuando nos mudamos aquí por primera vez, solía recorrer tu terreno con frecuencia…, vagabundeando solamente…, sobre todo después que mataron al gato…

Experimentaba cierta dificultad al decir lo que estaba diciendo. Me produjo la impresión de que nuestra conversación le molestaba. Ahora me mostraba sus dientes, sonriendo con una especie de mueca. Con un brazo puesto sobre el respaldo de su silla, me pareció que estaba a punto de sufrir un colapso. Con habilidad, circundamos el nombre de su esposa.

—Escucha, Jeff —dije, y respiré profundamente—: respecto a Sondra…

Jeff me interrumpió con un ademán.

—No te molestes. Conozco a Sondra…

—¿Sabes entonces que no hay nada entre ella y yo?…

—Es su forma de divertirse. Sólo eso. Sondra es una muchacha rara. Hace lo mismo conmigo. Coquetea, pero no consiente que durmamos juntos.

Cogió la cuchara y la miró sin verla.

—Eso empezó cuando quedó embarazada. Y todo terminó entre nosotros cuando dio a luz al niño. ¿Sabías que teníamos un hijo? Está internado en un sanatorio del valle.

—¿Y no puedes hacer nada?

—¡Claro que sí! ¡Con Joyce Castle! No sé lo que hubiera sido de mí sin ella…

—No me refería a… eso. ¿No puedes divorciarte?

—Sondra no consentiría nunca en divorciarse de mí. Y yo no puedo divorciarme de ella. No hay opción —dijo encogiéndose de hombros, como si todo eso no fuera con él—. ¿Qué puedo alegar? ¿Que quiero divorciarme de mi esposa por la forma como mira a otros hombres? Ella es escrupulosamente fiel.

—¿A quién, Jeff?… ¿A ti?… ¿A quién?…

—No sé… A ella misma, quizá —murmuró.

Animándole, hubiera continuado hasta no sé dónde; pero le corté. Comprendí que, con este enigmático informe, me estaba dando pie para que contestara, y que si yo hubiese elegido contestarle a eso, me habría dicho que le había invitado a comer para sonsacarle…, e inmediatamente me sentí aterrorizado. No quería oír eso; no quería oír eso de ninguna manera. Por tanto, me eché a reír con mucha calma, mientras le decía:

—Indudablemente, indudablemente…

Y le coloqué detrás de la puerta cerrada de mi mente, en donde había amontonado todas las imposibilidades de los últimos meses: las pisadas, los ruidos nocturnos, el coatí mutilado…, porque si lo reconocía, me volvería loco.

De pronto, Jeff me miró fijamente a la cara. Tenía las mejillas arreboladas y los dientes apretados.

—Escucha, Ted —dijo—: ¿puedes disponer de esta tarde? Tengo que ir al sanatorio a firmar unos documentos. Van a trasladar al niño. Por lo visto, ha cometido algunos actos violentos y ha hecho… algunas barbaridades. En estos últimos tiempos está completamente desquiciado…

—¿Qué dice Sondra?

—Ya ha firmado. Le gusta ir sola a visitarle. Parece como si le agradase tenerle para sí sola. Agradecería, Ted, tu apoyo moral… No tienes que entrar. Puedes esperar en el coche. Desde aquí sólo hay unos cincuenta kilómetros; estarás de vuelta para la hora de la cena…

Su voz se quebró; las lágrimas velaron el blanco de sus ojos, manchado de amarillo. Daba la impresión de un hombre dominado por la fiebre. Observé cómo se contraían los músculos de su cuello y lo hundidas que tenía las sienes. Puso una mano sobre mi brazo y apretó como si fuera una garra.

—Claro que te acompañaré, Jeff —respondí—. Llamaré a la oficina. Pueden desenvolverse sin mí una tarde.

Se recogió en sí durante unos instantes.

—No sabes cuánto te lo agradezco, Ted. Te prometo que no será tan malo…

El sanatorio estaba situado en el valle de San Fernando, un complejo de edificios de estucos nuevos, construidos en unos terrenos recientemente labrados. Por todas partes se veían letreros de NO PISAR, POR FAVOR. Anchas avenidas asfaltadas se entrecruzaban, bordeadas de magníficas extensiones de césped. El tráfico era intenso y estaba controlado por guardias uniformados de blanco, colocados en las intersecciones de las calles.

Tras un buen rato, empecé a sentir calor dentro del coche y decidí abandonarlo. A menos que desease pasear por entre los demás coches aparcados, no tenía otra elección que unirme al paseo de los inquilinos del sanatorio y sus visitantes. Elegí, pues, una avenida solitaria y caminé lentamente hacia un edificio rodeado de un patio, provisto de una cerca de alambres. Por su aspecto, juzgué que sería el pabellón dedicado a los niños. Entonces vi a Jeff entrar en él. Iba acompañado de una enfermera que empujaba una especie de carrillo enjaulado, dentro del cual iba «el niño».

Era humano, supongo, porque poseía todos los atributos asignados a los seres humanos; sin embargo, tuve la sensación de que, si no fuera por el carrito, la criatura se hubiera arrastrado sobre su barriga como un caimán. También tenía ojos de caimán…, soñolientos y fríos y sin alma…, incrustados en una cara tostada por el sol, y una cabeza que parecía estar colocada en dirección horizontal más que vertical, como un huevo tumbado sobre una de sus caras. Los rasgos estaban desprovistos de todo vestigio de inteligencia; la boca colgaba abierta y por la barbilla le corría la baba. Mientras Jeff y la enfermera hablaban, él permanecía sentado bajo los rayos del sol, inerte y repulsivo.

Giré sobre mis talones y me alejé, con el presentimiento de que me había introducido subrepticiamente en una desgracia. Pensé que había echado una mirada a un universo enfermo, la mera existencia de lo que constituía una amenaza para mi vida; la vista de ese monstruoso niño de ojos fríos y bestiales hizo que me sintiera como si, por tropezar en esta vergüenza, participara en cierto modo de ella con Jeff. Sin embargo, me dije que el mayor servicio que podía hacerle era fingir que no había visto nada, que no sabía nada, y procurar que él no se viese obligado a hablarme de algo que, evidentemente, le causaba dolor.

Regresó al coche, pálido, vacilante y necesitando un trago. Nos paramos, primero, en un bar llamado Joey’s en Hollywood Way. Después, en Cherry Lane, de la calle Vine, donde un par de muchachas nos hicieron proposiciones, y, por último, paramos de nuevo en el Brown Derby, donde yo había dejado mi coche. Jeff se tragaba el licor sin alegría, de forma rutinaria, mientras me hablaba con voz precipitada y confidencial de un libro que acababa de vender a los Estudios Warner Brothers por una cantidad exorbitante de dinero…, algo sucio en su opinión, pero era la forma en que lo hacen siempre los parásitos. Muy pronto no habría ningún buen escritor.

—Sólo habrá parásitos competentes… y parásitos incompetentes…

Ésta era, quizá, la tercera vez que sosteníamos una conversación semejante. Jeff la repetía ahora mecánicamente, sin dejar de mirar la mesa sobre la cual estaba rompiendo afanosamente en diminutos trozos una pequeña varilla roja de mover las bebidas.

Cuando salimos del restaurante, el sol se había puesto ya, y la fría noche del desierto donde se había construido la ciudad se extendía sobre ella. Un fulgor ligeramente sonrosado del desaparecido sol brillaba aún en lo más alto del Broadway Building. Jeff suspiró profundamente; luego, comenzó a toser.

—¡Maldita niebla y maldito humo! —exclamó—. ¡Maldita ciudad! No encuentro ninguna razón por la que se pueda vivir aquí.

Se encaminó hacia su Daimler tambaleándose ligeramente.

—¿Por qué no vienes en mi coche? —le pregunté—. Te dejaré en tu casa, y mañana puedes venir a recoger tu auto.

Registró la guantera y sacó un paquete de cigarrillos. Se puso uno entre los labios y lo mantuvo enhiesto, sin encender, casi tocándole la punta de la nariz.

—No iré a casa esta noche, amigo Ted —me respondió—. Si me llevas al Cherry Lane, que está en la parte alta de esta calle, te lo agradeceré toda mi vida.

—¿Estás seguro? Si quieres, iré contigo.

Jeff me apuntó con un dedo.

—Ted, tú eres un caballero y un universitario. Mi consejo es que te vayas a casa y cuides a tu mujer. No, en serio. Cuida de ella, Ted. Yo iré por mi cuenta al café Cherry Lane.

Ya me dirigía a mi coche cuando Jeff me llamó otra vez.

—Sólo quiero decirte, amigo Ted, que mi esposa fue, en cierta ocasión, tan exquisita como la tuya…

No había recorrido más de dos kilómetros cuando desapareció el último fulgor que quedaba en el cielo y la noche cayó como un manto sobre la tierra.

El cielo, por encima de los anuncios luminosos de Sunset Boulevard, se volvió negro. Apareció una débil media luna, que quedó velada inmediatamente por la espesa neblina que se extendió sobre la tierra mientras yo viajaba hacia el oeste, hacia Clay Canyon, neblina que empezó a adornar mi parabrisas con diminutas salpicaduras de humedad.

La casa estaba a oscuras y, al principio, creí que Ellen habría salido; pero al ver su viejo Plymouth aparcado a un lado de la carretera experimenté una sensación de frío y de insensato temor. En mi mente parecían entrecruzarse los acontecimientos del día. Mi cerebro estaba sumido en extraña confusión, y la vulgar visión de aquel coche, junto a la oscuridad, y el silencio de la casa, hizo que se apoderara de mí el pánico cuando me dirigí corriendo hacia la puerta. La empujé con el hombro, como si esperara encontrarla cerrada con llave, pero se abrió fácilmente y me encontré en el oscuro cuarto de estar, sin luz en ninguna parte y escuchando el único ruido producido por el ritmo de mi entrecortada respiración.

—¡Ellen! —grité con una voz que apenas reconocí—. ¡Ellen!…

Daba la impresión de haber perdido el equilibrio. Mi cabeza vacilaba. Era como si esta oscuridad y este silencio fueran el último ápice que no podía contener la cámara de horrores de mi mente; la puerta se entreabrió, emitiendo una luz opaca que hedía a podredumbre, y vi el panorama de mi repulsa, semejante a una tumba. Era la habitación de los niños. Las ratas anidaban en la doble litera; el moho formaba una costra sobre el rojo papel de la pared, y, en ella, un árbol seco, del que un loco español colgaba del cuello, con sus talones blumping, blumping, contra la pared, y sus extravagantes ropas flotando cuando daba vueltas lentamente, como empujado por una invisible corriente de aire malsano. Y cuando osciló hacia mí, vi sus familiares ojos de reptil abiertos, mirándome fijamente con asco y desprecio.

Admití:

«Él está aquí y él es el demonio, y yo he dejado sola a mi esposa en la casa con él, y ahora ha sido absorbida por esa fría eternidad donde las sombras mudas guardan sus plasmas contra un atormentado siglo de conversación…, una sola palabra salida de la petrificada garganta, un sollozo, o un suspiro, o una queja…, sílabas recogidas de una vida de elocuencia para empizarrar la insondable sed del muerto vivo».

Una luz surgió por encima de mi cabeza y me encontré en el vestíbulo, fuera del cuarto de los niños. Ellen, en bata, me sonreía.

—¡Ted! ¿Qué demonios hacías aquí a oscuras? Estaba echando un sueñecito. ¿Quieres cenar algo?… ¿Por qué no dices alguna cosa?… ¿Estás bien?…

Vino hacia mí. Parecía extraordinariamente hermosa; sus ojos, de un azul más intenso que los de Sondra, parecían casi púrpuras. De nuevo estaba joven y esbelta. De ella se desprendía su antigua serenidad como a través de un faro restaurado.

—Estoy bien —respondí con voz ronca—. ¿Estás segura de estarlo tú también?

—Claro que sí —me contestó risueña—. ¿Por qué no iba a estarlo? Me siento mucho, mucho mejor —me cogió la mano y la besó gozosa—. Me pondré un vestido y en seguida cenaremos.

Se volvió y, atravesando el vestíbulo, entró en nuestro dormitorio, dejándome con una clara visión del interior de la habitación de los niños. Aunque la habitación estaba a oscuras, podía ver, gracias a la luz del vestíbulo, que la litera de abajo tenía la ropa revuelta, como si alguien hubiese dormido en ella.

—Ellen… Ellen…, ¿has dormido en la habitación de los niños?

—Sí —me respondió, y oí el roce de un vestido cuando ella lo sacó del armario—. Entré allí cuando anocheció, esperando a que regresaras a casa. Me entró sueño y me acosté en la litera. A propósito, ¿qué has estado haciendo?… ¿Has trabajado hasta tan tarde?…

—¿Y no sucedió nada?

—¿Cómo?… ¿Qué quieres que sucediera?…

No pude contestar. Mi cabeza vibraba de alegría. Había terminado… Fuese lo que fuere, había terminado. Ignorándolo todo, Ellen se había enfrentado con el verdadero espíritu del mal y había dormido en sus brazos como una niña, y ahora volvía a ser ella misma otra vez, sin haber sido manchada por el conocimiento de lo que ella había derrotado. Yo la había protegido con mi silencio, con mi renuncia a compartir mi terror con esta mujer a la que yo tanto amaba. Entré en la habitación y di al conmutador de la luz: allí estaba el rojo papel de pared adornado con muñecos, las cortinas roja y blanca, los edredones rojo y azul… Era un dormitorio estupendo. Un dormitorio bonito y alegre para niños…

Ellen cruzó el vestíbulo.

—¿Ocurre algo, Ted? Pareces tan turbado… ¿Todo marcha bien en la oficina?

—Sí, sí —respondí—. Estuve con Jeff Sheffits. Fuimos al sanatorio a ver a su hijo. ¡Pobre Jeff! Lleva una vida corrompida…

Le conté a Ellen todo lo que habíamos hecho aquella tarde, hablando con libertad en mi casa por primera vez desde que nos mudamos a ella. Ellen escuchaba atentamente, como siempre hacía, y cuando terminé, quiso saber cómo era el niño.

—Como un caimán —respondí de mala gana—. Igual que un caimán…

La cara de Ellen tomó una desacostumbrada expresión de gozo íntimo. Parecía estar mirando, por encima de mi hombro, hacia el dormitorio de los niños, como si el origen de su alegría estuviera allí. En el mismo instante, me estremecí al experimentar un frío interior; acaso fue la misma viscosa alucinación que me avisó el día de mi cumpleaños de que yo era otro del que soy. Tuve la sensación de una repentina deshidratación, como si toda la sangre hubiese desaparecido de mis venas. Sentí como si estuviera encogiéndome… Cuando hablé, mi voz parecía proceder de una garganta ronca y seca a fuerza de no hablar.

—¿Es que tiene gracia? —susurré.

—¿Gracia? ¡Oh, no! Es que me siento mucho mejor. Creo que estoy embarazada, Ted.

Inclinó la cabeza a un lado y me sonrió.