FASE 3

Aun cuando Bocker lo ignoraba cuando dio su opinión, el nuevo método de ataque ya había empezado, pero tardó seis meses en que se hiciera evidente.

Los navíos oceánicos habían evitado sus rutas acostumbradas, lo cual levantaría un anticipado comentario general; pero con los cruceros transatlánticos realizados solamente por el aire, los informes de los pilotos sobre extendidas y desacostumbradamente densas nieblas en el Atlántico occidental eran registrados simplemente. También, con el incremento de los vuelos, Gander descendió en importancia, así que sus declaraciones frecuentemente confusas producían poca inconveniencia.

Examinando informes de esa época a la luz de conocimientos posteriores, descubrí que también hubo referencias en el mismo período de tiempo sobre nieblas desacostumbradamente extendidas en el noroeste del Pacífico. Las condiciones atmosféricas fueron igualmente malas al norte de la isla japonesa de Hokkaido, y, según me dijo, aún peores en las Kuriles, más al norte. Pero puesto que hacía algún tiempo que los barcos evitaban cruzar las profundidades por esos lugares, la información era escasa, y muy pocos se interesaron por ello. Tampoco atrajo la atención pública las condiciones anormalmente nubosas en la costa sudamericana, al norte de Montevideo.

En Inglaterra se observó frecuentemente una molesta neblina durante el verano, pero con resignación más que con sorpresa.

La niebla, en efecto, apenas la tomó en cuenta la amplia conciencia mundial hasta que los rusos la mencionaron. Una nota de Moscú proclamó la existencia de un área de densa niebla que tenía su centro en los ciento treinta grados de longitud este del meridiano de Greenwich, en el paralelo ochenta y cinco aproximadamente. Los científicos soviéticos, tras algunas investigaciones, declararon que nada parecido se había registrado anteriormente, ni era posible comprender cómo las conocidas condiciones atmosféricas de estos lugares podían generar tal estado, que se mantenía virtualmente invariable tres meses después de haberse observado por primera vez. El gobierno soviético había señalado en diferentes ocasiones anteriores que las actividades septentrionales de los mercenarios a sueldo de los fabricantes de armamentos capitalistas podía constituir muy bien una amenaza para la paz.

Los derechos territoriales de la U. R. S. S. en esa área del océano Ártico, situada entre los treinta y dos grados de longitud oeste del meridiano de Greenwich, estaban reconocidos por la ley internacional. Cualquier incursión no autorizada en esa área constituía una agresión. El gobierno soviético, por consiguiente, se consideraba en libertad de llevar a cabo cualquier acción necesaria para preservar la paz en dicha región.

La nota, enviada simultáneamente a varios países, recibió una rapidísima y franca contestación de Washington.

Los pueblos occidentales, observó el Departamento de Estado, se interesaban extraordinariamente por la nota soviética. No obstante, como ellos, actualmente, poseían considerable experiencia sobre esta técnica de la propaganda, que había sido llamada el tuo quoque prenatal, eran capaces de reconocer sus derivaciones. El gobierno de los Estados Unidos conocía perfectamente las divisiones territoriales en el Ártico…, y por supuesto, el gobierno soviético recordaría, en interés por la exactitud, que el segmento mencionado en la nota era solamente aproximado, siendo exactos los datos siguientes: treinta y dos grados, cuatro minutos y treinta y cinco segundos de longitud este del meridiano de Greenwich, y ciento sesenta y ocho grados, cuarenta y nueve minutos y treinta segundos de longitud oeste del meridiano de Greenwich, dando, por consiguiente, un segmento más pequeño del que se declaraba; pero puesto que el centro del fenómeno mencionado se hallaba dentro de esta área, el gobierno de los Estados Unidos no tuvo conocimiento de ello, naturalmente, hasta que fue mencionado en la referida nota.

Observaciones recientes habían recordado, curiosamente, la existencia de un hecho semejante al que se describía en la nota rusa en un centro también cercano al paralelo ochenta y cinco, pero en un punto situado a noventa grados de longitud oeste del meridiano de Greenwich. Por coincidencia, ésta era justamente el área seleccionada conjuntamente como centro de experimentación por los gobiernos del Canadá y de los Estados Unidos para probar sus más recientes modelos de missiles dirigidos a larga distancia. Ya habían sido completados los preparativos para esos experimentos y el primero tendría lugar dentro de pocos días.

Los rusos especulaban sobre la singularidad de elegir un área de experimentación donde no eran posibles las observaciones; los americanos, sobre el celo eslavo por la pacificación de regiones inhabitadas. Si ambas partes procedieron entonces a atacar sus respectivas nieblas, es un dato que no consta en los informes públicos; pero el principal efecto fue que la niebla se convirtió en noticia, descubriéndose que había sido inusitadamente densa en un sorprendente número de lugares.

Si los barcos determinadores del tiempo hubiesen estado trabajando en el Atlántico es posible que hubiera sido determinada más pronto la fecha útil; pero los navíos habían sido retirados «temporalmente» de servicio algún tiempo antes, después del hundimiento de dos de ellos. Por consiguiente, el primer informe que hizo algo por sacar de su pasividad a la ociosa especulación llegó de Godthaab (Groenlandia). Hablaba de un incesante y creciente fluir de agua a través del estrecho de Davis desde la bahía de Baffin, con un contenido de trozos de hielo completamente inusitados en aquella época del año. Unos cuantos días después, Nome, en Alaska, informaba de un hecho semejante en el estrecho de Bering. Luego, llegaron de Spitzberg informes sobre aumento de marea y bajas temperaturas.

Eso explicaba directamente las nieblas de Newfoundland y algunos otros lugares. En otras partes, serían atribuidas convincentemente a corrientes profundas y frías, forzadas hacia aguas más calientes y elevadas por encuentros con filas de montañas submarinas. Todo podía ser, en efecto, explicado sencilla o difícilmente, excepto el absolutamente inusitado aumento de la corriente fría.

A continuación, procedente de Godhavn, al norte de Godthaab, en la costa occidental de Groenlandia, se recibió un mensaje señalando la presencia de un número sin precedentes de icebergs, de un tamaño desacostumbrado. De las bases árticas norteamericanas volaron expediciones de investigación, que confirmaron el informe. Anunciaron que el mar, al norte de la bahía de Baffin, estaba cuajado de icebergs.

«Aproximadamente a los setenta y siete grados y sesenta minutos de longitud Oeste —escribió uno de los aviadores— encontramos la visión más terrible del mundo. Glaciares, que descienden de la alta cima helada de Groenlandia, se estaban resquebrajando en piezas descomunales. Antes había visto icebergs ya formados, pero nunca en la escala que se presentaban allí. En los enormes acantilados helados, de trescientos metros de altura, aparecían repentinamente grietas. Una enorme sección de ellos se desprendía, cayendo y girando lentamente. Cuando se aplastaban contra el agua, se levantaba ésta formando grandes fuentes, que se extendían a su alrededor. Las aguas desplazadas retrocedían en rompientes, que chocaban entre sí formando tremendas salpicaduras, mientras un témpano de hielo tan grande como una isla pequeña daba vueltas y se precipitaba en el abismo hasta que recobraba el equilibrio. Doscientos kilómetros arriba y abajo, la costa que veíamos presentaba el mismo aspecto. Con mucha frecuencia a un témpano de hielo no le daba tiempo a flotar, porque otro se había desprendido ya y caído sobre él. Los desprendimientos eran tan colosales que se comprendían difícilmente. Sólo por la aparente lentitud de las caídas y por la forma en que los enormes chorros de agua parecían suspendidos en el aire —la paz majestuosa de todo ello—, éramos capaces de contar la grandeza de lo que estábamos viendo».

Otras expediciones describieron exactamente la misma escena en la costa oriental de la isla de Devon y en la punta meridional de la isla de Ellesmere. En la bahía de Baffin, los innumerables y gigantescos témpanos de hielo se empujaban lentamente, pulverizándose los flancos y los dorsos de unos contra los otros, mientras corrían en manadas, hacia el sur, arrastrados por la corriente a través del estrecho de Davis para desembocar en el Atlántico.

Al otro lado del Círculo Ártico, Nome anunció que se había incrementado considerablemente hacia el sur el flujo de los resquebrajados témpanos de hielo.

El público recibió esta información con curiosidad. El pueblo quedó impresionado por las primeras y magníficas fotografías de los icebergs en su proceso de creación; pero, aunque un iceberg no es completamente igual a otro iceberg, quedó pronunciada la similitud genérica. Un período de miedo, más bien breve, sucedió ante la idea de que mientras la ciencia era realmente muy inteligente para determinar todo lo referente a los icebergs, al clima, etcétera, no parecía serlo mucho para hacer algo realmente positivo para alejar el mal.

El triste verano se convirtió en un otoño más triste. Al parecer, nadie podía hacer nada contra aquello, sino aceptarlo con rezongona filosofía.

Al otro lado del mundo llegó la primavera. Luego, el verano, y empezó la estación de la pesca de la ballena…, si podía llamarse estación, ya que los propietarios que arriesgaban barcos eran muy pocos, y las tripulaciones dispuestas a arriesgar sus vidas, menos todavía. Sin embargo, algo se pudo encontrar dispuesto a realizar la pesca, despreciando todos los peligros de las profundidades, y salir al mar. Al final del verano antártico llegaron noticias, vía Nueva Zelanda, de los glaciares de Tierra Victoria, que vertían enormes cantidades de gigantescos témpanos de hielo en el mar de Ross, y las sugerencias de que la propia gran barrera de hielo de Ross podría empezar a resquebrajarse. Al cabo de una semana llegaron noticias similares del mar de Weddell. Allí, en la barrera Filchner y en el banco de hielo de Larsen se estaban resquebrajando, según se decía, témpanos de hielo en cantidades fabulosas. Una serie de vuelos de reconocimiento proporcionaron informes que decían exactamente lo mismo que los procedentes de la bahía de Baffin, así como fotografías que podían haber sido tomadas en la misma región.

The Sunday Tidings, que desde hacía algunos años seguía una línea de sensacionalismo intelectual, nunca había encontrado fácil sostener su provisión de material. La política de la dirección estuvo sometida a lamentables tropiezos mientras no pudo encontrar nada tópico que revelar en su nivel escogido. Se imagina uno que debió de ser un consejo de desesperación, tras una prolongada discusión, el que indujo a abrir sus columnas a Bocker.

De la destacada nota que precedía al artículo en que declinaba, con imparcialidad, toda responsabilidad por lo que publicaba ahora su periódico, se deducía que el editor experimentaba cierta aprensión por el resultado.

Con este principio feliz, y bajo el encabezamiento de El demonio y las profundidades, Bocker explicaba:

«Nunca, desde los días en que Noé construyó su Arca, ha habido aquí tantos ciegos como durante el pasado año. No se puede continuar así. Pronto llegará la larga noche ártica. De nuevo serán imposibles las observaciones. Por consiguiente, los ojos que nunca debieron estar cerrados han de abrirse…».

Recuerdo este principio, pero sin referencias sólo puedo dar la sustancia del artículo y unas cuantas frases sueltas del resto:

«Éste es el último capítulo de un largo cuento de futilidad y fracaso que empezó con los hundimientos del Yatsushiro, el Keweenaw y otros barcos. Fracaso que nos ha llegado del mar y que ahora amenaza llegarnos de tierra. Lo repito: fracaso

»Ésa es una palabra tan pobre para nuestro paladar que muchos consideran una virtud pretender que nunca la admiten. Entre nosotros, los precios no son fijos, se tiende a la inflación. Las estructuras económicas han cambiado…, y, además, está cambiando el modo de vida. Entre nosotros también, es el pueblo quien habla de nuestra expulsión de alta mar, aunque sea transitoria, aunque pronto sea corregida. Para esto hay una respuesta, y es la siguiente: Desde hace cinco años los cerebros más capacitados, más ágiles y más ingeniosos del mundo vienen luchando con el problema de echarle la zarpa a nuestro enemigo… y, hasta el momento, no existe indicio ninguno que indique cuándo seremos capaces de navegar libremente de nuevo por los mares…

»La palabra “fracaso”, tan mal interpretada por nosotros, ha sido, aparentemente, la política seguida para desarticular cualquier expresión de conexión entre nuestras perturbaciones marítimas y los recientes sucesos en el Artico y el Antártico. Es hora ya de que esta actitud de “delante de los niños, no”, cese de una vez…

»No sugiero que se esté descuidando la raíz del problema; lejos de eso. Han estado, y están, trabajando los hombres para encontrar algún medio de poder localizar y destruir al enemigo de nuestras profundidades. Lo que yo digo es que con ellos, incapaces aún de encontrar tal medio, nos enfrentamos ahora con el asalto más grave…

»Se trata de un asalto contra el que carecemos de defensas, que no es susceptible de ataque directo.

»¿Cuál es esta arma a la que nosotros no podemos oponernos?

»Es el derretimiento de los hielos árticos… y gran parte también de los hielos antárticos.

»¿Lo consideran fantástico? ¿Demasiado colosal? Pues no lo es. Es una labor que nosotros mismos podríamos haber emprendido —¿no lo habíamos deseado?— en cualquier momento desde que pusimos en libertad el poder del átomo.

«Debido a la oscuridad invernal, poco se ha oído hablar últimamente de los parches de niebla ártica. Por lo general, no se sabe que dos de ellos, sin embargo, existían ya en la primavera ártica; al finalizar el verano ártico eran ocho, en áreas ampliamente separadas. Ahora bien: la niebla, como todos ustedes saben, se produce por la conjunción de las corrientes frías y calientes, bien del aire o del agua. ¿Cómo es posible que ocho nuevas corrientes, independientes y calientes, hayan podido surgir repentinamente en el Ártico?

»¿Y los resultados? Oleadas de témpanos de hielo sin precedentes, en el mar de Bering y en el mar de Groenlandia. En estas dos áreas especialmente, las grandes extensiones de hielo se hallan a cientos de kilómetros al norte del máximo manantial usual. En otros lugares —por ejemplo, en el norte de Noruega— están más al sur. Y nosotros mismos hemos tenido un invierno húmedo inusitadamente frío.

»¿Y los icebergs? Efectivamente, hay muchos más icebergs que de costumbre; pero ¿por qué hay más icebergs?

»Todo el mundo sabe de dónde proceden. Groenlandia es una isla enorme. Su tamaño es nueve veces mayor que el de las Islas Británicas. Pero hay algo más: es también el último bastión de la remota edad del hielo…

»En varias épocas, el hielo vino al sur, pulverizado y limpio cubriendo las montañas y blanqueando los valles en su camino, hasta formar grandes acantilados de hielo cristalino-verdoso a través de Europa. Luego, fue retrocediendo gradualmente, de siglo en siglo, cada vez más. Los gigantescos acantilados y las altas montañas de hielo desaparecieron, se fundieron y no volvieron a verse más…, excepto en un lugar. Sólo en Groenlandia construye todavía ese hielo inmemorial torres de dos mil metros de altura, inconquistadas aún. Y por sus laderas se deslizan los glaciares arrojando sus icebergs. Ellas han continuado arrojando sus icebergs al mar, estación tras estación, desde mucho antes que los hombres se dieran cuenta. ¿Y por qué este año han arrojado de repente diez, veinte veces más?… Tiene que haber una razón para ello. ¡Y la hay!…

»Si algún medio, o varios medios, de fundir los hielos del Ártico se hubieran puesto en marcha, habría pasado algún tiempo, no mucho, antes que su efecto especial de elevar el nivel del mar se hubiese hecho mensurable. Además, los efectos hubieran sido progresivos: primero, un ligero goteo; luego, un chorro; más tarde, un torrente…

»En esta ensambladura, llamo la atención sobre el hecho de que en enero de este año nos informaron de que el nivel medio del mar en Newlyn, donde se mide corrientemente, había subido seis centímetros».

—¡Oh querido! —exclamó Phyllis después de escuchar eso—. ¡Es algo insólito! Lo mejor será que vayamos a verle.

No nos sorprendió en absoluto cuando, a la mañana siguiente, al telefonearle, encontramos que su teléfono no contestaba. Sin embargo, cuando fuimos a su casa nos recibió. Bocker se levantó de una mesa despacho repleta de correspondencia para saludarnos.

—No les favorece nada venir a verme —nos dijo—. No hay un capitoste que se atreva a acercarse a mí a menos de diez metros.

—¡Oh! Yo no diría tal cosa, A. B. —le contestó Phyllis—. Probablemente, antes de poco tiempo se habrá hecho usted inmensamente popular entre los vendedores de sacos de arena y los constructores de maquinaria para transportar tierra.

No tomó nota de esta ironía.

—Probablemente, se contaminarán ustedes si se relacionan conmigo. En la mayoría de los países estaría ya preso.

—Cosa terriblemente desagradable para usted. Este territorio será siempre desalentador para los mártires ambiciosos. Pero usted lo intentará, ¿verdad? —dijo ella—. Y ahora, escuche, A. B., ¿le gusta a usted realmente que haya gentes que le tiren cosas, o qué?

—Estoy impacientándome —explicó Bocker.

—Eso les pasa a los otros también. Pero, que yo sepa, nadie tiene la probabilidad de usted para ir más allá y hacer lo que cualquier persona quisiera hacer en un momento dado. Un día se perjudicará. Esta vez, no; porque, afortunadamente, usted los ha desconcertado. Pero alguna vez, seguro que sí.

—Si no es ahora, no lo será nunca —dijo, inclinándose y mirándola con ojos meditativos y desaprobadores—. Bueno, mi querida jovencita, ¿qué se ha propuesto al venir aquí para decirme que yo «los he desconcertado»?

—El anticlímax. Primero sus palabras produjeron la impresión de que usted estaba a punto de hacer grandes revelaciones; pero luego hizo usted una sugerencia más bien vaga de que alguien o algo debía de estar produciendo cambios en el Ártico…, sin dar una explicación específica de cómo lo estaba haciendo. Y para terminar, como apoteosis, confesó que el nivel del mar había subido seis centímetros.

Bocker continuaba mirándola.

—Bueno, así es. Pero no comprendo por qué hay mal en eso. Seis centímetros es un aumento colosal de agua cuando se extiende sobre ciento cincuenta y un millones de millas cuadradas. Si usted lo calcula por toneladas…

—Nunca calculo el agua por toneladas…, y eso es parte de la cuestión. Para las personas vulgares, seis centímetros equivalen solamente a una marca un poquito más alta en un poste. Después de su explosión, eso sonaba tan vago que todo el mundo se mostraba molesto con usted por haberlos alarmado…, sin contar con los que se reían, exclamando: «¡Ja, ja! ¡Estos profesores!…».

Bocker dirigió la mano hacia la mesa despacho, llena de correspondencia.

—Muchísima gente se ha alarmado…, o, al menos, se ha indignado —dijo.

Encendió un cigarrillo.

—Eso era precisamente lo que yo buscaba. Usted sabe que, en cada etapa, la gran mayoría, y especialmente las autoridades, se han resistido a la evidencia todo el tiempo que han podido. Ésta es una era científica… en su estrato más instruido. Por consiguiente, menospreciando lo anormal casi se hubiese retrocedido; mientras que así se ha desarrollado una profunda sospecha en sus propios sentidos. La existencia de algo en las profundidades se ha admitido con mucho retraso y de muy mala gana. La misma mala gana ha existido en admitir todas las subsiguientes manifestaciones, hasta que no han podido ser escamoteadas. Y ahora nos encontramos aquí otra vez, haciendo un cesto nuevo.

Hizo una pausa.

—Sin embargo, no hemos permanecido completamente ociosos.

El océano Ártico es profundo, y aún más difícil de llegar a su fondo que los otros; se lanzaron varias bombas de profundidad donde tuvieron lugar los parches de niebla. Pero no ha habido forma de saber qué resultados se obtuvieron… En medio de todo esto, el moscovita, que parece ser incapaz de comprender constitucionalmente todo cuanto hay que hacer en el mar, empezó a poner dificultades. El mar, según parece argüir, estaba causando muchos perjuicios a Occidente; por tanto, debía actuarse sobre buenos principios dialécticamente materialistas, y yo no dudo de que, si él pudiese entrar en contacto con las profundidades, pactaría con agrado con sus habitantes por un breve período de oportunismo dialéctico. De todas formas, como ustedes saben, él continuó con sus acusaciones de agresión y, en el forcejeo que siguió, empezó a mostrar tal truculencia que la atención de nuestros servicios se desvió de la amenaza realmente grave hacia las bufonadas de este payaso oriental que cree que el mar ha sido creado solamente para los desvergonzados capitalistas. Así, pues, hemos llegado ya a una situación en la que los bathies, como ellos los llaman, lejos de restringir su acción como esperábamos, continúan aumentándola de prisa, y todos los cerebros y organizaciones que han estado trabajando a gran velocidad con la intención de encontrar la emergencia, se hallan locos dándoles vuelta a las maldades que ellos cometen, ignorando otras de las que no consiguen saber nada.

—Por tanto, ¿cree usted que ha llegado el momento de forzar su mano… echándoles el arpón? —pregunté.

—Sí…, pero no actuaré solo. Esta vez estoy acompañado de un número de hombres eminentes y muy inquietos. Mi charla fue el tiro de apertura para el gran público de este lado del Atlántico. Mis importantes compañeros, que no han perdido todavía su reputación en este asunto, están trabajando muy sutilmente. Respecto a la opinión norteamericana…, bueno…, echen una mirada al Life y al Collier’s de la próxima semana. ¡Oh, sí! Algo está a punto de hacerse.

—¿Qué? —preguntó Phyllis.

La miró meditativamente durante un segundo; luego, movió la cabeza ligeramente.

—Eso, gracias a Dios, será algo grande… Al menos, lo será cuando el público los obligue a admitir la situación… Será un asunto muy sangriento —terminó muy serio.

—Lo que yo quiero saber… —empezamos a decir simultanéamente Phyllis y yo.

—Habla tú, Mike —me otorgó Phyllis.

—Bueno, hablaré yo: ¿cómo cree usted que se ha hecho la cosa? Derretir el Ártico parece ser un propósito formidable.

—Se han hecho algunas conjeturas. Oscilaban desde una increíble operación, como la de arrojar agua caliente procedente de los trópicos por medio de tuberías, hasta la de hacer subir hasta la superficie el calor central de la Tierra…, que yo encuentro completamente inverosímiles.

—¿Tiene usted una idea propia? —sugerí.

Parecía improbable que no la tuviera.

—Bueno, yo creo que pudo hacerse de la siguiente forma: nosotros sabemos que ellos tienen una especie de estratagema capaz de proyectar un chorro de agua con considerable fuerza…; eso lo prueba perfectamente el fondo sedimentoso que subía a la superficie de las aguas en continuas oleadas. Bien: una estratagema de esa clase, empleada en conjunción con un calorífero, quiero decir con una pila de reacción atómica, ha de ser capaz de generar una corriente de agua caliente muy considerable. Ahora bien: lo malo es que nosotros ignoramos si tienen o no fisión atómica. Hasta el momento, no existe indicación ninguna de que la tengan… Les hemos hecho el obsequio de una bomba atómica, por lo menos, que no estalló. Pero si la tienen, creo que puede ser una respuesta.

—¿Podrían conseguir el uranio necesario?

—¿Por qué no? Después de todo, ellos han establecido por la fuerza sus derechos, mineral y de otra clase, en más de las dos terceras partes de la superficie mundial. ¡Oh, sí! Pueden conseguirlo perfectamente, si saben cómo.

—¿Y lo de los icebergs?

—Eso es más sencillo. En efecto, existe un acuerdo general de que si uno posee un tipo vibratorio de arma, que sus ataques a los barcos nos conduce a suponer que lo tienen, no debe de ser muy difícil producir un amontonamiento de hielo…, hasta una masa considerable de hielo…, para hendirla.

—Suponga que no podemos encontrar una fórmula de impedir el proceso. ¿Cuánto tiempo cree usted que tardará en producirnos una perturbación real? —le pregunté.

Se encogió de hombros.

—No tengo idea. En lo que se refiere a los glaciares y a los témpanos de hielo, depende, probablemente, de la firmeza con que ellos lo trabajen. Pero dirigir corrientes de agua caliente sobre témpanos de hielo, daría, al principio, escasos resultados, que se incrementarían rápidamente, verosímilmente, en una progresión geométrica. Lo malo es que, sin dato alguno, no se pueden hacer hipótesis.

—Una vez que esto entre en la cabeza de las gentes, querrán saber lo que hay que hacer —dijo Phyllis—. ¿Cuál es su opinión?

—¿No es esa labor del gobierno? Como Mike señaló, ellos creen que ha llegado el momento de advertir que nosotros estamos dispuestos a lanzarles el arpón. Mi opinión personal es demasiado impracticable para que tenga mucho valor.

—¿Cuál es? —preguntó Phyllis.

—Encontrar una cumbre lo suficientemente elevada y fortificarla —dijo Bocker simplemente.

La campaña no tuvo la resonancia que Bocker había esperado. En Inglaterra, tuvo la desgracia de ser adoptada por el Nethermore Press, y, por consiguiente, fue considerada como territorio prohibido, donde sería improcedente que se introdujeran otros pies periodísticos. En Norteamérica no destacó grandemente entre los otros acontecimientos de la semana. En ambos países había intereses que preferían que todo eso pareciera como un juego de artificio más. Francia e Italia lo tomaron en serio, pero el peso político de sus respectivos gobiernos en los concilios mundiales era más bien ligero. Rusia ignoró el contenido, pero explicó el propósito: se trataba de otro paso dado por los constructores de armamentos cosmopolitas-fascistas para extender su influencia en el Ártico.

Sin embargo, la indiferencia oficial salió de su letargo, ligeramente, según nos aseguró Bocker. Una Comisión, en la que estaban representados los Servicios, se había reunido para inquirir y hacer recomendaciones. Otra Comisión similar, reunida en Washington, inquiría también en forma pausada, hasta que la llamó severamente al orden el estado de California.

Al californiano medio le tenía sin cuidado que el nivel del mar hubiese aumentado seis centímetros; otra cosa le había golpeado más delicadamente. Algo estaba sucediendo en su ambiente. El nivel medio de su temperatura en la costa había disminuido, y estaba padeciendo nieblas húmedas y frías. Lamentaba esto, y gran número de californianos desaprobaba que se hablara excesivamente de ello. Oregón, y Washington también, se relacionaban para soportar su vecindad. Nunca, según las estadísticas, había hecho un invierno tan desapacible y frío.

Estaba claro que el aumento de los témpanos de hielo y de las aguas heladas que procedían del mar de Bering se estaba corriendo y extendiendo hacia el este, desde Japón, llevados por la corriente Kuroshio, siendo evidente, al menos en parte, que estaba sufriendo gravemente el hermoso clima de uno de los estados más importantes de la Unión. Algo debía hacerse.

En Inglaterra se aplicó la espuela cuando las mareas de la primavera abrileña sobrepasaron el muro del Embankment, en Westminster. Los que aseguraban que eso mismo había sucedido muchas veces antes y le quitaban toda significación especial, fueron barridos por el triunfante «ya lo decíamos nosotros», del Nethermore Press. Una histérica petición de «bombas para los bathies» se extendió por ambas costas del Atlántico y dio la vuelta al mundo (exceptuando al sexto intransigente).

A la cabeza del movimiento «Bombas para los bathies», como al principio, el Nethermore Press preguntaba mañana y tarde:

«¿PARA QUÉ ES LA BOMBA?

»Miles de millones se han gastado en esta bomba que parece no tener otro destino que el de sostenernos y el de sacudirnos con amenazas, o, de cuando en cuando, proporcionar fotografías a nuestras revistas ilustradas. Al pueblo del mundo, que ha contribuido y sufragado la construcción de esta bomba, le prohíben ahora que la utilice contra una amenaza que hunde nuestros barcos, que nos cierra nuestros océanos, que nos arranca hombres y mujeres de nuestras ciudades costeras, y que ahora nos amenaza con inundarnos. Desde el principio, la ineptitud y la dilación han marcado la actitud de las autoridades en este asunto…».

Y así continuaba, olvidando, al parecer, escritores y lectores por igual los primeros bombardeos de las profundidades.

—Ahora se está actuando en firme —nos dijo Bocker la primera vez que le vimos.

—A mí me parece muy tonto —le dijo Phyllis, enervada—. Los que se airean todavía son los mismos viejos argumentos contra el confuso bombardeo de las profundidades.

—¡Oh, no es eso! —replicó Bocker—. Probablemente, arrojarán unas cuantas bombas a tontas y a locas con mucha publicidad y escaso resultado. No. Lo que a mí me urge es que se hagan proyectos. Nosotros estamos ahora en la primera etapa de estúpidas sugerencias, como la de construir inmensos diques con sacos terreros, naturalmente; pero, a través de todo eso, se hará algo.

Esa opinión tomó más fuerza después de las mareas de la primavera siguiente. En todas partes se habían construido defensas marinas. En Londres, las murallas que costeaban el río habían sido reforzadas y coronadas en toda su longitud con sacos terreros. Como precaución, se había suspendido todo tráfico por el Embankment; pero la multitud lo recorría a pie lo mismo que los puentes. La Policía hacía todo lo posible por evitar que se parasen; pero las gentes haraganeaban de un lado para otro, observando el lento crecimiento de las aguas y los grupos de barcazas que ahora navegaban por encima del nivel de la carretera. Parecían igualmente dispuestos a indignarse si el agua se desbordaba o desanimarse si se originaba un anticlímax.

No había desánimo posible. El agua se vertía lentamente por encima del parapeto y golpeaba contra los sacos terreros. En algunos sitios empezaba ya a extenderse poco a poco por el pavimento. Los bomberos, la defensa civil y la Policía vigilaban sus secciones ansiosamente, arrastrando sacos para reforzar dondequiera que se producía una pequeña inundación, asegurando con troncos de árboles, los lugares que se mostraban más débiles. El paseo se fue animando cada vez más. Los mirones empezaron a ayudar, yendo de un lado para otro cuando se producían nuevos chorros. Ahora existían pocas dudas de que iba a suceder algo. Algunos de los grupos que observaban se marcharon, pero otros muchos permanecieron, en perpleja fascinación. Cuando se produjo la rotura, media docena de sitios, en el dique norte, la sufrieron simultáneamente. Chorros de agua empezaron a fluir por entre algunos sacos; luego, repentinamente, hubo un colapso, y, abriéndose una brecha de varios metros de ancho, el agua se coló por ella como por una esclusa abierta.

Desde donde nos hallábamos nosotros, en lo alto de un furgón de la E. B. C. estacionado en el puente de Vauxhall, podíamos ver tres ríos separados de agua cenagosa invadiendo las calles de Westminster, llenando sótanos y bodegas, y formando a continuación una sola y tumultuosa corriente. Nuestro comentarista subió a otro furgón, aparcado en Pimlico. Durante algunos minutos conectamos con la B. B. C. para averiguar en qué situación se hallaban sus muchachos, estacionados en el puente de Westminster. Llegamos a tiempo de oír a Bob Humbleby su descripción del inundado Victoria Embankment por las aguas que ahora se lanzaban contra la segunda línea defensiva del New Scotland Yard. Los muchachos de la televisión no parecían estarlo pasando muy bien; debieron de perderse bastantes aparatos en los lugares donde tuvo lugar la rotura; sin embargo, estaban haciendo un inaudito esfuerzo con ayuda de los teléfonos y de las cámaras portátiles.

A partir de ese momento, la cosa aumentó en cantidad y rapidez. En el dique Sur, el agua inundaba las calles de Lambeth, Southwark y Bermondsey en muchos lugares. Río arriba, Chiswick e hallaba seriamente inundado; río abajo, Limehouse se encontraba gravemente amenazado, y muchos lugares estuvieron informando sobre las roturas que se producían hasta que perdimos todo contacto con ellos. Había poco que hacer, excepto permanecer vigilantes hasta que la marea bajase, y luego apresurarse a reparar los daños antes que subiese de nuevo.

El Parlamento hizo algunas preguntas. Las respuestas fueron más tranquilas que tranquilizantes.

Los ministerios y los departamentos ministeriales estaban dando activamente todos los pasos necesarios; las peticiones tenían que ser presentadas y solicitadas a través de los Ayuntamientos locales, y ya estaba arreglado lo de las prioridades de hombres y de material. Sí, se habían dado los avisos; pero en los cálculos originales de los hidrógrafos se habían introducido factores inesperados. En todos los Ayuntamientos se promulgó una orden para requisar toda maquinaria que sirviera para remover la tierra. El pueblo debía tener absoluta confianza. No volvería a repetirse la anterior calamidad. Y estaban en marcha las medidas necesarias para asegurar toda futura inundación. Poco más se podía hacer ya en los condados orientales, una vez tomadas estas medidas de socorro. Como es natural, los trabajos de defensa continuarían. Pero, por el momento, el asunto más urgente era asegurar que el agua no volviera a invadir las calles durante las próximas pleamares.

Una cosa fue la requisa de materiales, máquinas y mano de obra, y otra su reparto, con toda la comunidad costera y de las tierras bajas solicitándolo simultáneamente. Los secretarios de media docena de ministerios estaban locos ante tantas peticiones, permisos, adjudicaciones, etcétera, etcétera. De todas formas, en algunos sitios los trabajos comenzaban a hacerse. No obstante, existía gran amargura entre los elegidos y los que parecían que iban a ser arrojados a los lobos.

Phyllis bajó una tarde para observar el progreso de las obras en ambas orillas del río. Se estaban levantando, en medio de extraordinaria actividad, superestructuras de bloques de cemento en las dos orillas, sobre las murallas ya existentes. En las aceras, miles de supervisores observaban los trabajos. Entre ellos, Phyllis tuvo la suerte de encontrar a Bocker. Juntos, subieron hasta el puente de Waterloo, y observaron durante un buen rato la actividad de termita con ojos celestiales.

—Alph, el condenado río… y más de dos veces diez kilómetros de murallas y torres —observó Phyllis.

—Y también a ambos lados continuará habiendo grietas algo profundas, aunque no muy románticas —dijo Bocker—. Me gustaría saber qué altura deberían alcanzar para que fuera imposible la inundación, para llevar al ánimo de ellos la inutilidad de su empeño…

—Es difícil creer que algo, en tal escala como eso, pueda ser realmente imposible; sin embargo, creo que tiene usted razón —afirmó Phyllis.

Durante un buen rato continuaron observando la mezcolanza de hombres y máquinas.

—Bueno —observó Bocker, al fin—, debe de haber entre las sombras una cara, por lo menos, que ha de estarse riendo a carcajadas de todo esto.

—Es agradable pensar que sólo hay una —observó Phyllis—. ¿La de quién?

—La del rey Canuto —respondió Bocker.

En aquella época teníamos tantas noticias de nuestra propia cosecha que los efectos, en Norteamérica, encontraron poco eco en los periódicos, ya limitados por una escasez de papel. No obstante, Newcasts informó que ellos estaban padeciendo su propia perturbación. El clima de California ya no era el «problema número uno». En adición a las dificultades con que se enfrentaban los puertos y las ciudades costeras de todo el mundo hubo grandes perturbaciones en la línea costera situada al sur de los Estados Unidos. Se produjeron casi a todo lo largo del golfo de México, desde Key West hasta la frontera mexicana. En Florida, los propietarios de haciendas empezaron a padecer lo indecible cuando los terrenos pantanosos y las tierras inundadas y encharcadas se extendieron por toda la península. En Texas, una amplia extensión de terreno situado al norte de Brownsville fue desapareciendo gradualmente bajo las aguas. La empresa de Tin Pan Alley consideró apropiado el momento para hacer la súplica: «Río, aléjate de mi puerta». Pero el río no hizo caso…, no, como tampoco lo hicieron otros ríos de la costa atlántica, en Georgia y en las Carolinas.

Pero es ocioso particularizar. La amenaza era la misma en todo el mundo. La principal diferencia se hallaba en que, en los países más desarrollados, toda la maquinaria útil para remover la tierra trabajaba noche y día, mientras que en los menos desarrollados eran miles de hombres y mujeres sudorosos los que trabajaban para levantar grandes diques y murallas.

No obstante, la tarea para ambos era demasiado ardua. Cuanto más se alzaba el nivel del mar, más había que ampliar y extender las defensas para evitar la inundación. Cuando los ríos retrocedían con la bajamar, el agua carecía de sitio adonde ir y se extendía por las tierras que los circundaban. Los problemas que se suscitaban en prevención de las inundaciones producidas por la retirada de las aguas eran también difíciles de solucionar puesto que las alcantarillas y conducciones no daban abasto. Antes de la primera y grave inundación que siguió a la rotura de la muralla del Embankment cerca de Blackfriars, en octubre, el hombre de la calle había sospechado que la batalla no se ganaría, y ya había comenzado el éxodo de los más juiciosos y de los que disponían de medios para ello. Por otra parte, muchos de los que huían se encontraron entorpecidos en su marcha por los refugiados procedentes de las regiones orientales y de las ciudades costeras más vulnerables.

Poco tiempo antes de la rotura del dique del Blackfriars, circuló una nota confidencial entre un grupo seleccionado de la E. B. C., entre los que nos encontrábamos el personal contratado como nosotros. Se había decidido, como medida eficaz para los intereses de la moral pública, que fuéramos aleccionados sobre las medidas de emergencia que se hacían necesarias, etcétera, etcétera… y continuaba de esa forma en dos páginas de papel ministro, con la mayoría de la información entre líneas. Hubiera sido más sencillo decir:

«Escuchen: La cuestión está cada vez más seria. La B. B. C. ha ordenado permanecer en sus puestos; así, pues, por razones de prestigio, nosotros hemos de hacer lo mismo. Necesitamos voluntarios para mantener una estación aquí, y si usted se conceptúa uno de ellos, nos consideraremos satisfechos con disponer de usted. Se llevarán a cabo arreglos útiles. Habrá una bonificación, y pueden ustedes confiar en que nosotros cuidaremos de que ustedes sean recompensados si algo sucediera. ¿Qué dicen?».

Phyllis y yo hablamos sobre el asunto. Si hubiéramos tenido familia, decidimos, la necesidad nos hubiera obligado a hacer por ella lo mejor que pudiéramos…, si es que alguien sabía lo que podría ser lo mejor. Como no la teníamos, podíamos darnos satisfacción a nosotros mismos. Phyllis decidió permanecer en el trabajo.

—Aparte de la conciencia, de la lealtad y de todas esas cosas tan bonitas —dijo—, Dios sabe lo que sucederá en otros lugares si la cosa se pone mal. De todas formas, huyendo no se consigue nada, a menos que tú tengas alguna idea buena de adonde hay que huir. Mi voto es que debemos quedarnos para ver lo que pasa.

Así, pues, enviamos nuestros nombres, y fue muy agradable enterarse de que Freddy Whittier y su esposa habían hecho lo mismo.

Después de eso, algún departamentalismo más inteligente hizo parecer como si nada fuera a suceder durante muchísimo tiempo. Pasaron algunas semanas antes que nos enterásemos de que la E. B. C. había alquilado los dos pisos altos de un amplio departamento comercial, cerca de Marble Arch, y que estaban trabajando a toda prisa para transformarlo en una estación que pudiera defenderse por sí sola tanto tiempo como fuera posible.

—Mi opinión es que hubiera sido mejor un sitio más alto como Hampstead o Highgate —dijo Phyllis cuando conseguimos el informe.

—En realidad, ninguno de los dos es Londres —señalé—. Además, la E. B. C. lo ha alquilado nominalmente para anunciar cada vez: «Aquí la E. B. C., hablando al mundo desde el Selvedge». Avisador benévolo durante el intervalo de emergencia.

—Como si el agua pudiese retirarse un día completamente —dijo.

—Aunque ellos no lo crean así, no pierden nada por dejar que la E. B. C. lo crea —indiqué.

Por entonces nos habíamos convertido en seres de conciencia con nivel muy alto, y yo observaba el lugar en el plano: los veintitrés metros de línea que contorneaba, calle abajo, el lado occidental del edificio.

—¿Cómo puede tenerse un cálculo de eso? —deseó saber Phyllis, recorriendo con el dedo el plano.

El edificio de la Radio parecía hallarse en mejor situación. Nosotros juzgamos que se hallaría a unos veintiséis metros sobre el nivel del mar.

—¡Hum! —dijo—. Bueno, si algo falla cuando estemos en los pisos altos, también ellos tendrán que echar a correr escalera arriba. Mira —añadió, señalando a la izquierda del plano—, ¡mira sus estudios de televisión! Están por debajo de los siete metros y medio de nivel.

Durante las semanas que precedieron a la rotura de los diques. Londres pareció estar viviendo una doble vida. Las organizaciones y las instituciones hacían sus preparativos con la menor ostentación posible. Los funcionarios hablaban en público con afectada contingencia sobre la necesidad de hacer planes «sólo en caso preciso», regresando luego a sus despachos para ponerse a trabajar febrilmente en las disposiciones que habían de tomar. Los avisos continuaban dándose en tono tranquilizador. Los hombres empleados en las tareas eran en su mayoría unos cínicos respecto a su trabajo, estaban contentos con el sueldo que recibían y eran curiosamente descreídos. Parecían considerar el asunto como un ejercicio que realizaban agradablemente en beneficio propio; al parecer, la imaginación se negaba a admitir la amenaza que se relacionaba con aquellas horas de trabajo extraordinario. Aun después de la primera rotura, la alarma quedó localizada solamente entre las personas que la sufrieron. La muralla se reparó apresuradamente, y el éxodo no fue todavía más que un ligero gotear de personas. La verdadera inquietud llegó con las mareas de la primavera siguiente.

Esta vez se advirtió concienzudamente a las partes que, probablemente, serían las más afectadas. Sin embargo, la población lo tomó obstinada y flemáticamente. Habían tenido ya experiencia para aprenderlo. La principal respuesta fue trasladar las cosas a los pisos más altos y gruñir en voz alta sobre la ineficacia de las autoridades, incapaces de protegerlos del mal que los envolvía. Se fijaron avisos indicando las horas de la marea alta con tres días de antelación, pero las precauciones sugeridas se hacían de forma tan solapada, para evitar el pánico, que fueron poco atendidas.

El primer día pasó sin peligro. Durante la tarde de la marea más alta, gran parte de Londres permaneció en pie esperando que pasara la medianoche y la crisis, con un humor de mil diablos. Fueron retirados los autobuses de las calles, y el metro suspendió su servicio a las ocho de la noche. Pero mucha gente permaneció fuera de sus casas, y paseó hasta el río para ver lo que pudiera verse desde los puentes. Para ellos era un espectáculo.

La tranquila y aceitosa superficie trepó lentamente hasta alcanzar los pilares de los puentes y chocó contra los muros de sustentación. Las cenagosas aguas se dirigían corriente arriba sin apenas ruido, y los grupos estaban también casi silenciosos, contemplándolas con aprensión. No había miedo a que alcanzaran lo alto de la muralla; la altura calculada era de unos diez metros, lo cual dejaba un margen de seguridad de un metro con veinte centímetros hasta la parte más alta del nuevo parapeto. Lo que producía más ansiedad e inquietud era la presión de las aguas.

Desde el extremo norte del puente de Waterloo, en donde nosotros nos hallábamos estacionados esta vez, podía verse toda la parte alta de la muralla, con el agua corriendo a gran altura a un lado de ella, y, al otro, el paseo de Embankment, con las farolas luciendo todavía, pero sin que se vieran en él vehículos ni personas. Más allá, hacia el oeste, las agujas del reloj de la torre del Parlamento giraban alrededor de la iluminada esfera. El agua subía mientras la aguja mayor se movía con insoportable lentitud hacia las once. La campana del Big Ben dando la hora llegó claramente a los silenciosos grupos, arrastrando su sonido por el viento.

El sonido de la campana hizo que los grupos murmurasen entre sí; luego, volvieron a quedar silenciosos de nuevo. La aguja grande empezó a descender: las once y diez, las once y cuarto, las once y veinte, las once y veinticinco… Entonces, justamente antes de marcar las once y media, llegó el ruido de un tumulto de algún lugar situado río arriba. El viento nos trajo un grupo de voces descompuestas. La gente que nos rodeaba alzó la nariz y comenzó a murmurar otra vez. Un momento después vimos acercarse el agua. Se extendía a lo largo del Embankment, en dirección a nosotros, formando una corriente amplia y cenagosa que arrastraba a su paso escombros y árboles, y que, tumultuosa, pasó por detrás de nosotros. De los grupos surgió un alarido. De repente se oyó un crujido a nuestra espalda, y el alboroto producido por el derrumbamiento de una construcción, mientras una sección de la muralla, justamente donde había estado anclado últimamente el Discovery, se venía abajo. El agua se coló por la brecha, arrastrando bloques de cemento, mientras que la muralla se derrumbaba ante nuestros ojos y el agua caía en forma de enorme catarata cenagosa sobre el paseo.

Antes que llegase la marea siguiente, el gobierno arrojó el guante de terciopelo. Después de anunciarse el estado de emergencia, se dio una orden de permanencia y la proclamación de un ordenado plan de evacuación. No necesito relatar aquí las dilaciones y las confusiones a que dio lugar el plan. Es difícil creer que pudiese ser tomado en serio hasta por aquellos que lo lanzaron. Desde el principio pareció extenderse una atmósfera de incredulidad sobre todo el asunto. Era imposible toda labor. Algo hubiera podido hacerse, tal vez, si se hubiese tratado solamente de una ciudad; pero con más de las dos terceras partes de la población del país ansiosa por marchar a un territorio más elevado, sólo habrían tenido algún éxito en rebajar la tensión los métodos más duros, y no por mucho tiempo.

Sin embargo, aunque aquí se estaba mal, peor se estaba en otras partes. El holandés se había retirado a tiempo de las áreas peligrosas, dándose cuenta de que había perdido las duras batallas que contra el mar había llevado a cabo durante siglos. El Mosa y el Rin se habían desbordado sobre muchos kilómetros cuadrados de territorio. Toda una población emigraba hacia el sur, a Bélgica, o hacia el sudeste, a Alemania. La propia llanura norte alemana no se hallaba en mejor situación. El Ems y el Weser también habían crecido, haciendo que la gente abandonara sus ciudades y sus granjas, en incesante y creciente horda, hacia el sur. En Dinamarca se utilizó toda clase de embarcación para trasladar las familias a Suecia y a los territorios más elevados del país.

Durante breve espacio de tiempo nos la compusimos para seguir de un modo general los acontecimientos; pero cuando los habitantes de las Ardenas y de Wesfalia empezaron a desconfiar de salvarse en su lucha contra los desesperados y hambrientos invasores del norte, las noticias más graves desaparecieron en un cenegal de rumores y caos. Al parecer, lo mismo estaba ocurriendo en todo el mundo, aunque a escala diferente. En nuestro país, la inundación de los condados orientales hizo que sus habitantes se retirasen a las Midlands. Las pérdidas de vidas fueron escasas, porque allí se habían prodigado las advertencias. La verdadera catástrofe empezó en los Chiltern Hills, donde los que ya estaban en posesión de ellos se organizaron para evitar ser atropellados y arrastrados por las dos corrientes de refugiados procedentes del este y de Londres.

En las partes no invadidas del centro de Londres hubo durante varios días una especie de indecisión dominguera. Muchas personas, ignorando cómo debían actuar, se empeñaban en acercarse a los lugares inundados como antes. La Policía continuaba patrullando. Aunque el metro estaba inundado, mucha gente continuaba tomándolo para ir a su trabajo, porque algunos trabajos continuaban, bien por costumbre o de momento. Luego el desbarajuste se introdujo procedente de los suburbios. El fallo, una tarde, del suministro de emergencia eléctrica, seguido de una noche de oscuridad, dio el coup de grâce al orden. Comenzó el saqueo de las tiendas, especialmente las de comestibles, extendiéndose en una escala que desbordó a la Policía y a los militares.

Decidimos que ya era hora de dejar nuestro piso y de trasladar nuestra residencia a la fortaleza de la E. B. C.

Por lo que nos decían por onda corta, poca diferencia existía en el curso de los acontecimientos en las ciudades bajas de cualquier país…, excepto que, en algunas, la ley feneció más rápidamente. No está en mi propósito detenerme en los detalles. No me cabe duda alguna de que, más adelante, serán relatados minuciosamente en innumerables relatos oficiales.

Durante aquellos días, la misión de la E. B. C. consistió, principalmente, en repetir las instrucciones del gobierno leídas por la B. B. C., instrucciones encaminadas a restaurar el orden de alguna forma: un modo monótono de recomendar, a aquellos cuyas casas no estaban amenazadas de momento, que permanecieran en ellas, y de dirigir la oleada de gente a ciertas áreas más elevadas y retirarla de otras que, según se decía, estaban superpobladas. Podíamos ser oídos, pero no teníamos ninguna prueba de que éramos atendidos. En el norte produciríamos algún efecto; pero en el sur, la enormemente desproporcionada concentración de Londres y el flujo de tantos ferrocarriles y carreteras echaban por tierra todo intento de dispersión ordenada. El número de personas en movimiento producía alarma entre los que hubieran podido esperar. La sensación de que, a menos que se alcanzase un refugio a vanguardia del grupo principal, no habría en absoluto un lugar adonde ir, le ganaba a uno…, como también la sensación de que cualquiera que hiciese eso en coche se hallaba en posesión de innegable ventaja. De repente, se consideró más seguro ir a cualquier parte…, aunque no completamente seguro. Era mucho mejor salir lo menos posible.

La existencia de numerosos hoteles y una tranquilizadora elevación de veintidós metros sobre el nivel normal del mar fueron indudablemente factores que influyeron sobre el Parlamento para que eligiera la ciudad de Harrogate, en Yorkshire, como sede suya. La precipitación con que se reunió allí fue debido, muy verosímilmente, a la misma fuerza que impulsaba a muchas personas particulares: el miedo de que alguien se les adelantara. Para una persona ajena al Parlamento aquello daba la impresión de que dentro de breves horas quedaría inundado Westminster, tantas fueron las prisas con que la vieja institución se trasladó a su nuevo hogar.

En cuanto a nosotros mismos, empezamos a caer en la rutina. Nuestros cuarteles vivientes se hallaban en los pisos altos. Las oficinas, los estudios, el equipo técnico, los generadores, los almacenes, etcétera, etcétera, en los pisos bajos. Una enorme reserva de aceite, gasolina y petróleo se hallaba almacenada en grandes tanques colocados en los sótanos, de donde se extraía a fuerza de bomba cuando era necesario. Nuestros sistemas aéreos estaban instalados en los tejados dos manzanas más allá, tendidos por puentes que colgaban altos sobre las calles medio inundadas. Nuestro tejado había sido desprovisto de toda clase de obstáculos, con el fin de que pudiera posarse en él un helicóptero, y al mismo tiempo, que pudiese actuar como desagüe de agua de la lluvia. Mientras desarrollábamos gradualmente una técnica para vivir allí, nos dimos cuenta de que se trataba aquél de un lugar seguro.

Aun así, mi recuerdo es que, durante los primeros días, casi todas las horas libres las dedicaba todo el mundo en trasladar el contenido del departamento de provisión a nuestros propios cuarteles antes que pudiera desaparecer de alguna forma.

Eso parece que fue un falso concepto básico del papel que debíamos representar. Como yo la entendí, la idea era que nosotros estábamos allí para dar, en lo que fuera posible, la impresión de que el negocio continuaba como de costumbre, y luego, cuando la cosa se hiciese más difícil, el centro de la E. B. C. seguiría a la administración a Yorkshire por etapas graduales. Esto parecía haber sido fundado sobre la base de que Londres estaba construido sobre celdas, de forma que cuando el agua inundase dichas celdas, habría de ser abandonado, mientras que el resto se mantendría como de costumbre. En lo que a nosotros concernía, las orquestas, los locutores y los artistas actuarían como siempre hasta que el agua lamiese los peldaños de nuestra puerta… si es que llegaba a ello…, trasladándose después a la estación de radio de Yorkshire. El único requisito que nadie había cumplido, en lo que se refería a los programas, fue el traslado de nuestra discoteca antes que se hiciese necesario salvarla. Se esperaba una merma más que un derrumbamiento. Cosa curiosa: un número bastante grande de radiodifusores se las compuso de alguna manera para actuar ante los micrófonos durante unos cuantos días. Sin embargo, después de eso volvimos casi por completo a nosotros mismos y a los discos. Y, ahora, empezábamos a vivir en un estado de sitio.

No tengo el propósito de relatar con todo detalle el año que siguió. Fue un inacabable período de decadencia, de pobreza. Un largo y frío invierno, durante el cual el agua inundó las calles con más rapidez de lo que habíamos esperado. A veces, cuando grupos armados recorrían las calles, a cualquier hora del día o de la noche, en busca de tiendas de comestibles aún no saqueadas, podían oírse ráfagas de disparos al enfrentarse dos bandas. Por nuestra parte, padecíamos poco; era como si, después de algunos intentos por invadirnos, estuviéramos convencidos de que nos hallábamos preparados para defendernos, y con tantos otros pisos invadibles con poco o ningún riesgo, podíamos estar seguros de que nos dejarían para lo último.

Cuando llegó la época del calor, se veían pocas personas. La mayoría de ellas, antes de enfrentarse con otro invierno en una ciudad ahora bastante escasa de alimentos y que empezaba a sufrir epidemias por falta de agua potable y de desagües, se marchaba al interior del país, y los disparos que oíamos se hacían cada vez más raros.

También se había reducido nuestro número. De los sesenta y cinco que éramos al principio, quedábamos ahora veinticinco. El resto se había marchado en helicóptero en diferentes etapas, cuando el foco principal se instaló en Yorkshire. De la categoría de centro, habíamos descendido al de puesto avanzado o avanzadilla sostenido por prestigio.

Phyllis y yo discutíamos si nos convendría marcharnos también; pero por la descripción que nos hicieron el piloto del helicóptero y su tripulación de las condiciones en que se hallaba el cuartel general de la E. B. C. comprendimos que estaba muy congestionado y se nos presentaba poco atractivo. Así, pues, decidimos permanecer aquí un poco más, contra viento y marea. En donde estábamos, nos encontrábamos bastante cómodos. Además, cuantos más abandonaban Londres, más espacio y alimentos nos quedaban.

En la última primavera se publicó un decreto que nos concernía a nosotros: todas las estaciones de radio quedaban controladas directamente por el gobierno. La totalidad de la Casa de la Radio se trasladó en avión cuando sus premisas fueron vulnerables, mientras que las nuestras estaban todavía en estado disponible; por lo que los pocos hombres de la B. B. C. que se quedaron vinieron a engrosar nuestro grupo.

Las noticias nos llegaban principalmente por dos conductos: de la cadena privada con la E. B. C., que corrientemente era moderadamente honrada, aunque discreta, y de las radiofusoras que, no importa de dónde procedieran, eran hinchadas con optimismo patentemente deshonesto. Estábamos empezando a cansarnos y a desanimarnos respecto a ellas, como les ocurriría a los demás, me imagino; pero, no obstante, proseguían. Al parecer, todo el país estaba unido y se alzaba sobre el desastre con una resolución que hacía honor a las tradiciones de su pueblo.

A la mitad del verano, bastante frío por cierto, la ciudad se había apaciguado mucho. Los grupos de saqueadores habían desaparecido; sólo permanecían los obstinados. Eran, indudablemente, muy numerosos; pero en veinte mil calles aparecían muy dispersos. Todavía no estaban desesperados. Era posible andar otra vez por las calles con relativa seguridad, aunque con la precaución de llevar una pistola.

El agua continuó subiendo cada vez más durante el período que todos los cálculos habían supuesto. Las mareas más altas alcanzaban ahora un nivel de quince metros. La línea fronteriza de la marea se hallaba al norte de Hammersmith, incluyendo la mayor parte de Kensington. Se extendía por el lado sur de Hyde Park, continuaba por el sur de Piccadilly, atravesaba Trafalgar Square, seguía el Strand y Fleet Street, y por último corría hacia el nordeste, subiendo por el lado occidental del Lea Valley. De la ciudad solamente quedaban libres las tierra altas que rodeaban St. Paul. En el sur se había extendido por Barness, Battersea, Southwark, la mayor parte de Deptford y la parte más baja de Greenwich.

Un día fuimos andando, dando un paseo, hacia Trafalgar Square. La marea ocupaba la plaza, y el agua casi alcanzaba la parte alta de la pared norte, debajo de la National Gallery. Llegamos hasta la balaustrada y contemplamos el agua que lamía los leones de Landseer, preguntándonos qué pensaría Nelson de la vista que su estatua distinguía ahora.

Casi a nuestros pies, la linde del agua estaba marcada con espumas y con una fascinante y variada colección de objetos arrastrados por la corriente. Más allá, las fuentes, las farolas, las luces del tráfico y las estatuas se reflejaban por todas partes. Al otro extremo de la plaza, y mirando hacia Whitehall tan lejos como podíamos, la superficie del agua estaba tan tranquila como la de un canal. Unos cuantos árboles permanecían aún en pie, y, en ellos, piaban los gorriones. Los estorninos aún no habían desertado de la iglesia de San Martín; pero las palomas se habían marchado todas, y en muchas de sus habituales perchas se posaban ahora, en su lugar, las gaviotas. Durante algunos minutos contemplamos la escena y escuchamos cómo se deslizaba el agua en medio del silencio. Luego, pregunté:

—¿No dijo alguien en cierta ocasión que el fin del mundo tendría lugar de esta forma, con un sollozo y no con un estallido?

Phyllis pareció extrañada.

—¿Alguien? —repitió—. ¡Fue míster Eliot!

—Bueno; pues parece como si en aquella ocasión hubiera tenido una excelente idea —dije.

Phyllis observó a continuación:

—Creía que, en este momento, estaba atravesando una fase. Durante mucho tiempo conservé la intuición de que algo se podría hacer para salvar el mundo en que vivimos… si podíamos descubrir qué. Pero considero que pronto seré capaz de sentir: «Bueno, todo ha terminado. ¿Cómo podremos hacer algo mejor de lo que ha cesado?»… De todas formas, no podría decir que, viniendo a lugares como éste, me considero dichosa.

—No hay ningún lugar como éste. Éste es…, era…, el único: el único de los únicos. Y esto es lo malo: que está un poco más que muerto, pero no listo aún para un museo. Pronto, tal vez, seremos capaces de sentir: «¡Oh! Toda nuestra pompa de ayer es como la de Nívine y Tiro»… Pronto, sí; pero no todavía.

Hubo una pausa, que se prolongó.

—Mike —dijo Phyllis de pronto—. Vámonos de aquí… ya.

Asentí.

—Quizá sea lo mejor. Aún tendremos que ser un poco más fuertes, querida. Estoy asustado.

Me cogió del brazo y nos dirigimos hacia el oeste. A medio camino de la esquina de la plaza nos paramos. Acabábamos de oír el ruido de un motor. Cosa inverosímil: parecía provenir del sur. Esperamos, mientras se acercaba. En aquel momento, procedente del Admiralty Arch, llegaba una motora a toda velocidad. Giró en un arco muy cerrado y se lanzó Whitehall abajo, dejando que las ondulaciones de su estela barriesen las ventanas de las augustas oficinas gubernamentales.

—Precioso —dije—. No habrá muchos de nosotros que, en nuestros momentos de vigilia, no haya pensado en algo semejante.

Phyllis contemplaba las anchas ondulaciones y, bruscamente, volvió a mostrarse práctica.

—Creo que será mejor ver si podemos procurarnos una de esas motoras —dijo—. Tal vez nos sea útil más adelante.

La marea continuaba subiendo. Al finalizar el verano, el nivel había experimentado un aumento de dos o tres metros. El tiempo era malísimo y más frío aún de lo que fuera en la misma época del año anterior. Muchos de los nuestros habían solicitado el traslado, y a mitad de septiembre nos habíamos quedado reducidos a dieciséis.

Hasta Freddy Whittier anunció que estaba enfermo y agotado de malgastar el tiempo como un marinero naufragado, e iba a ver si podía encontrar algún trabajo útil que hacer. Cuando el helicóptero se llevó a su esposa y a él, volvimos a reconsiderar una vez más nuestra propia situación.

Nuestra labor de componer material siempre palpitante sobre el tema de que nosotros hablábamos…, el corazón de un imperio ensangrentado, pero aún no subyugado…, se suponía, y nosotros lo sabíamos, que tenía un valor estabilizador aun entonces; pero nosotros dudábamos de ello. Muchas personas silbaban el mismo tema en la oscuridad. Algunas noches antes que se marcharan los Whittier, celebramos una última reunión en la que alguien, en las primeras horas de la madrugada, consiguió conectar con una emisora de Nueva York. Un hombre y una mujer, desde el Empire State Building, estaban describiendo la escena. El cuadro que ellos evocaban de las torres de Manhattan, en pie, como helados centinelas a la luz de la luna, mientras las brillantes aguas lamían sus paredes por su base, era magistralmente hermoso, casi líricamente hermoso… No obstante, fallaba en su propósito. En nuestras mentes podíamos ver esas torres brillantes…, pero no eran centinelas, sino lápidas sepulcrales. Nos produjo la sensación de que nosotros estábamos aún menos capacitados para disimular nuestras propias lápidas sepulcrales; que era hora de salir de nuestro refugio y de encontrar trabajo más útil. Nuestras últimas palabras a Freddy fueron que nosotros, seguramente, le seguiríamos antes que pasara mucho tiempo.

Sin embargo, aún no habíamos alcanzado el punto culminante de nuestra decisión definitiva, cuando, un par de semanas más tarde, Freddy nos habló por la radio. Tras los saludos de rigor, nos dijo:

—Esto no es una mera cortesía. Es un consejo desinteresado a los que contemplan cómo salta el aceite en la sartén…, ¿comprendes?

—¡Oh! —exclamé—. ¿Qué sucede?

—Te lo diré: tengo motivos suficientes para mi regreso a tu lado inmediatamente, si no tuviese mis razones para rechazar tan espantoso convencimiento. Quiero decir con esto que debéis quedaros en donde estáis… los dos.

—Pero… —empecé a decir.

—Espera un momento —me interrumpió.

De nuevo llegó su voz a mis oídos.

—Perfectamente. Creo que no hay vuelta de hoja. Escucha, Mike: aquí hay exceso de población; estamos hambrientos y hay una mezcolanza de mil demonios. Han desaparecido los alimentos de toda clase, así como la moral. Vivimos, virtualmente, en estado de sitio, y si esto no se convierte, dentro de unas semanas, en guerra civil, será por milagro. La población exterior está mucho peor de lo que nosotros estábamos en Londres; pero, al parecer, nada los convence de que no estamos viviendo en la parte más rica de la Tierra. Por lo que más quieras, comprende lo que quiero decirte y quédate en donde estás, si no por tu salvación, por la de Phyllis.

Pensé de prisa.

—Si ahí estás tan mal, Freddy, y no haces nada provechoso, ¿por qué no regresas aquí en el primer helicóptero? Métete de polizón a bordo, o acaso podamos ofrecer al piloto algo que le agrade.

—Efectivamente. Aquí no hacemos nada útil. No sé por qué dejaron que viniésemos. Activaré este asunto. Estate pendiente del próximo vuelo. Acaso lleguemos en él. Mientras tanto, os deseamos mucha suerte a ambos.

—Suerte a ti, Freddy, y nuestro cariño a Lynn…, y nuestros respetos a Bocker, si está ahí y nadie le ha matado aún.

—Bueno, considerando que es Bocker, podía hallarse mucho peor… Adiós. Procuraremos verte pronto.

Fuimos discretos. No dijimos nada más que habíamos oído decir que la ciudad de Yorkshire estaba ya hasta los topes y que, por tanto, nos quedábamos. Un matrimonio, que había decidido abandonar Londres en el primer vuelo, cambió de idea también. Esperábamos que el helicóptero nos devolviera a Freddy. Un día después de lo debido estábamos esperando aún. Conectamos con la radio. No se tenían noticias, excepto que el helicóptero había abandonado el aeródromo. Pregunté por Freddy y Lynn. Nadie parecía saber en dónde estaban.

Nunca más se tuvo noticias de aquel helicóptero. Nos dijeron que no tenían otro para enviarnos.

El frío estío se convirtió en un otoño más frío aún. Hasta nosotros llegó el rumor de que los tanques marinos habían hecho de nuevo su aparición por primera vez desde que el agua había empezado a aumentar de nivel. Por ser las únicas personas ahora que habíamos tenido contacto personal con ellos, asumimos la condición de expertos…, aunque el único consejo que podíamos dar era el de llevar siempre un cuchillo afilado y en posición tal que pudiese asestar un rápido tajo con cualquiera de las manos. Pero los tanques marinos quizá encontraran escasa caza en las casi desiertas calles de Londres, porque no volvimos a oír nada más de ellos. Sin embargo, por la radio nos enteramos que no era lo mismo en algunas partes. Pronto hubo informes sobre su reaparición en muchos lugares donde no solamente las nuevas líneas costeras, sino el colapso de la organización, hizo difícil destruirlos en un número alentador.

Mientras tanto, la cuestión empeoraba. Noche tras noche las emisoras combinadas de la E. B. C. y de la B. B. C. abandonaron toda pretensión de infundir tranquila confianza. Cuando vimos el mensaje que nos trasmitieron por radio simultáneamente con todas las demás emisoras, nos dimos cuenta de la razón que tenía Freddy. Se trataba de una llamada a todos los ciudadanos leales para que ayudaran al gobierno legítimamente elegido contra cualquier intento que pudiera hacerse para derribarlo por la fuerza, y, en la forma en que estaba dicho, no cabía duda alguna de que ya se estaba llevando a cabo alguna intentona. El mensaje era una mezcla de exhortación, amenazas y súplicas, que terminaba justamente con la falsa nota de confianza…, la misma nota que sonó en España y luego en Francia cuando hubo de dar las noticias, aunque tanto los locutores como los oyentes sabían que el final estaba cercano. El mejor locutor del servicio de información no podía darle un tono de convicción.

La cadena de emisoras no quería, o no podía, aclararnos la situación. Decían que el fuego continuaba. Algunos grupos armados intentaban penetrar a la fuerza en el recinto de la Administración. Los militares tenían la situación en sus manos y terminarían rápidamente con la algarada. Las locuciones radiadas tenían como única finalidad echar por tierra los rumores y restablecer la confianza en el gobierno. Nosotros decíamos que ni lo que ellos nos contaban ni el propio mensaje nos inspiraba ninguna confianza, y que nos gustaría saber qué estaba sucediendo en realidad. Todo lo que llegaba a nuestros oídos era oficial, breve y frío.

Veinticuatro horas después, en medio de otra radiación dictada para infundirnos confianza, la emisora interrumpió su emisión, repentinamente. Nunca más volvió a funcionar.

Hasta que uno se acostumbra a ello, la situación de ser capaces de oír de todas partes del mundo, aunque ninguna diga lo que está sucediendo en el propio país de uno, resulta extraña. Recogimos informes sobre nuestro silencio de América, Canadá, Australia y Kenya. Radiábamos con toda la potencia de nuestra emisora lo poco que sabíamos, y podíamos oírlo después repetido por emisoras extranjeras. Pero nosotros mismos estábamos lejos de comprender lo que sucedía. Aunque los cuarteles generales de ambas cadenas, en Yorkshire, hubieran sido invadidos, como parecía, quedaban aún muchas emisoras en el aire independientemente, por lo menos en Escocia y en el norte de Irlanda, a pesar de que no estuvieran mejor informadas que nosotros. Sin embargo, desde hacía una semana no se tenía noticia de ellas. El resto del mundo parecía estar demasiado ocupado en enmascarar sus propias catástrofes para preocuparse de nosotros…, aunque una vez oímos una voz que hablaba con diapasón histérico sobre l’ecroulement de l’Anglaterre. La palabra écroulement no me era muy familiar, pero poseía un sonido terriblemente mortal.

El invierno se echó encima. Ahora se veía poca gente por las calles, en comparación el año anterior. Eso se notaba. Frecuentemente era posible andar un par de kilómetros sin ver a nadie. Presumiblemente, todos ellos poseían depósitos procedentes de los almacenes de comestibles saqueados que servían para mantenerlos, a ellos y a sus familiares, y, evidentemente, no era motivo de censura. Se notaba también cómo muchas de esas personas hacían alarde de poseer armas como cosa lógica. Nosotros mismos adoptamos la costumbre de llevar las… pistolas, no fusiles…, colgadas del hombro, más que con la esperanza de utilizarlas, con el fin de evitar la ocasión de ser atacados. Existía una especie de estado cauto de prevención que se hallaba aún bastante lejos de la hospitalidad instintiva. El peligro hace que los hombres estén atentos a los chismes y a los rumores, y, algunas veces, a las malas noticias de interés local. Por eso nos enteramos de que, alrededor de Londres, existía actualmente un cordón completamente hostil; de cómo los distritos exteriores se habían constituido, en cierto modo, en estados miniaturas independientes y prohibían la entrada, tras echarlos, a muchos de los que habían buscado refugio allí; de cómo los que intentaban cruzar la frontera de una de esas comunidades eran recibidos a tiros sin que mediara cuestión alguna.

En el nuevo año, se hizo más intenso el sentido de las cosas que nos presionaban. La marca de la marea alta se hallaba ahora a un nivel de veintidós metros y medio. El tiempo era abominable y espantosamente frío. Apenas transcurría una noche sin que soplara un ventarrón del sudoeste. Se hizo más raro aún ver a alguien en las calles, aunque cuando el viento cesaba durante un rato, podía verse desde el tejado un sorprendente número de chimeneas expeliendo humo. La mayoría era humo procedente de madera y de muebles quemados, se suponía; porque el carbón que se hallaba en los almacenes y en las estaciones del ferrocarril había desaparecido por completo el invierno anterior.

Desde un punto de vista puramente práctico, dudaba que hubiera en todo el país alguien más favorecido ni tan seguro como nuestro grupo. Los alimentos, adquiridos al principio, junto con los conseguidos después, constituían un depósito que bastaría para alimentar durante varios años a las dieciséis personas que quedábamos. También poseíamos una inmensa reserva de petróleo y gasolina. Materialmente, estábamos mejor que un año antes cuando éramos más. Pero sabíamos, como muchos lo habían sabido antes que nosotros, que el factor comida no bastaba para cubrir nuestras necesidades. La sensación de desolación empezaba a pesar sobre nosotros y se hizo más intensa cuando, a finales de febrero, el agua empezó a lamer los peldaños de nuestra puerta por primera vez y el edificio se llenó de los ruidos que producía el agua al caer en cascadas en nuestros sótanos.

Algunos de nuestro grupo empezaron a mostrarse más inquietos.

—Seguramente, no puede subir mucho más. Treinta metros es el límite, ¿verdad? —decían.

Tranquilizarse falsamente no tenía ningún objeto y, además, era contraproducente. No podíamos decir nada más que repetir lo que Bocker había dicho: que era una aventura. Nadie sabía, dentro de un ancho límite, cuánto hielo había en el Antártico. Tampoco nadie estaba completamente seguro de cuántas superficies del norte que parecían tierra firme, tundra, eran en realidad simplemente un depósito sobre una base antigua de hielo. Nosotros ignorábamos por completo todo eso. El único consuelo era que Bocker parecía creer ahora, por alguna razón, que el nivel de agua no subiría por encima de los treinta y siete metros y medio…, lo cual dejaría intacto nuestro refugio aéreo. Sin embargo, se requería un gran dominio sobre sí para encontrar tranquilizador ese pensamiento cuando se tumbaba uno en la cama por las noches, mientras escuchaba el eco del chapoteo de las olas que el viento traía a lo largo de Oxford Street.

Una luminosa mañana de mayo, una soleada, aunque no calurosa mañana, eché de menos a Phyllis. Las pesquisas en busca de ella me condujeron eventualmente a la azotea. La encontré en el rincón sudoeste, mirando fijamente hacia los árboles que punteaban el lago de lo que había sido Hyde Park, y llorando. Me apoyé en el parapeto, al lado de ella, y la abracé con un brazo. Phyllis dejó de llorar. Se limpió los ojos y se sonó la nariz. Luego, dijo:

—Después de todo, no he sido capaz de mantenerme fuerte. No creo que pueda soportar esto por mucho tiempo, Mike. Sácame de aquí. Por lo que más quieras, sácame de aquí.

—¿Y adonde vamos…, suponiendo que pudiéramos ir a alguna parte? —pregunté.

—Al cottage, Mike. En el campo, la cosa no será tan espantosa. Habrá algo cultivado…, no como aquí, que todo está muerto. Aquí no hay ya esperanza…, y puesto que no hay esperanza, debemos saltar el muro.

Medité unos instantes sobre lo que acababa de decirme.

—Aun suponiendo que consiguiéramos salir, tendríamos que vivir —dije—. Necesitaríamos alimentos, combustibles, cosas…

—Hay… —empezó a decir, pero cambió de idea tras la ligera vacilación—. Podríamos encontrar lo suficiente para mantenernos durante una temporada, hasta que pudiéramos cultivar algo. Y habrá pescado, y restos de embarcaciones naufragadas que nos servirán de combustible. Encontraremos algo, de alguna forma. Será duro…, pero yo no puedo permanecer en este cementerio por más tiempo. Mike… no puedo…

Hizo una pausa.

—¡Míralo, Mike! ¡Míralo! Nunca hicimos nada para merecer esto. Muchos de nosotros, la mayoría, no seríamos muy buenos; pero, seguramente, tampoco lo suficientemente malos para merecer esto. ¡Y no tener ni una oportunidad! Si siquiera fuera algo contra lo que pudiéramos luchar… ¡Pero estar anegados, muertos de hambre y forzados a destruirnos los unos a los otros para poder subsistir… y por cosas que nadie ha visto nunca, que viven en un lugar donde no podemos alcanzarlas!…

Hizo otra pausa.

—Algunos de nosotros saldrán de este atolladero, seguramente… los más fuertes. Pero, entonces, ¿qué harán las cosas que están abajo? Algunas veces sueño con ellas, permaneciendo en esos profundos y oscuros valles; otras, me producen la impresión de ser monstruosos calamares o gigantescos zánganos; otras, como si fueran enormes nubes de células luminosas colgando de las grietas de las rocas… Supongo que nunca sabremos cómo son en realidad; pero, sean como sean, permanecen aquí todo el tiempo, pensando y proyectando lo que han de hacer para acabar con nosotros radicalmente, a fin de que todo pase a su poder… Algunas veces, a pesar de Bocker, creo que las cosas se hallan quizá en el interior de los tanques marinos, y que si pudiéramos capturar solamente uno para examinarlo, sabríamos cómo luchar, al fin, contra ellos. Varias veces he soñado que habíamos encontrado uno y nos las habíamos arreglado para descubrir el trabajo que hacía, pero nadie nos había creído, excepto, excepto Bocker. Sin embargo, lo que le habíamos dicho le había dado una idea para construir un arma maravillosa que terminaba por destruirlos… Sé que todo esto suena a estúpido, pero es maravilloso en sueños, y, al despertar, siente uno como si hubiéramos salvado a todo el mundo de una pesadilla… Pero luego oigo el ruido del agua azotando las paredes, en la calle, y me doy cuenta de que nada ha terminado, que todo sigue, sigue, sigue… No puedo permanecer aquí por más tiempo, Mike. Enloqueceré si tengo que estarme sentada aquí sin hacer nada mientras una gran ciudad muere centímetro a centímetro a mi alrededor. Sería diferente en Cornwall, en cualquier parte del campo. Para continuar como ahora, tendría que estar trabajando noche y día. Considero que es preferible morir intentando huir que haciendo frente a otro invierno como el pasado.

No comprendía que fuese tan malo como ella decía. Pero no era momento de discutir.

—Muy bien, querida —dije—. Nos iremos.

Cuanto oíamos nos precavía contra todo intento de huir por medios normales. Nos contaron de zonas donde todo había sido arrastrado para habilitar campos de visualidad espaciosos, con trampas, señales de alarma y guardianes. Todo cuanto existía más allá de esos campos se suponía que estaba basado sobre un frío cálculo del número que cada distrito autónomo podía soportar. Los oriundos de esos distritos se habían agrupado para echar a los refugiados y a los inútiles a un terreno más bajo, donde tenían que valerse por sí mismos. En cada una de las áreas existía la acusada sensación de que otra boca que alimentar incrementaría la escasez para los demás. Cualquier forastero que conseguía introducirse, podía tener la seguridad de que su presencia no sería ignorada por mucho tiempo, y, cuando le descubrieran, le tratarían sin consideración: la supervivencia lo exigía. Así, pues, todo eso nos produjo la sensación de que deberíamos intentar nuestra huida por otros caminos, como lo exigía nuestra propia supervivencia.

Intentarlo por el agua, a lo largo de pasos que constantemente se alargaban y alcanzaban grandes distancias, parecía lo mejor; pero si no hubiera sido por la suerte de encontrar una pequeña, aunque potente motora, la Midge, no sé qué hubiera sido de nosotros. Llegó a nuestro poder a causa del accidente sufrido por su dueño, al que tirotearon cuando intentaba escapar de Londres. La encontró Ted Jarvey y nos la trajo, puesto que sabía los vanos intentos que llevábamos haciendo durante semanas para conseguir una embarcación.

La desagradable sensación de que alguno de los nuestros deseara marcharse también y presionara para venir con nosotros resultó completamente infundada. Sin excepción, nos consideraban unos locos. La mayoría de ellos se las compuso para llevar aparte a cualquiera de nosotros, cuando surgía la ocasión, para indicarnos que era descabellado e improcedente abandonar un cuartel general cómodo y caliente para realizar un viaje, con toda seguridad frío y, probablemente, lleno de peligros, hacia un lugar cuyas condiciones serían seguramente peores y posiblemente intolerables. Nos ayudaron a llenar la motora Midge de provisiones y combustible hasta que su línea de flotación sobresalía apenas unos centímetros del agua; pero ninguno de ellos hubiera sido sobornado para venir con nosotros.

Nuestro progreso río abajo fue cauto y lento, porque no teníamos la intención de hacer el viaje más peligroso de lo necesario. Nuestro principal problema, que nos asaltaba continuamente, era dónde parar para pasar la noche. Teníamos plena conciencia de nuestra probable destrucción como transgresores de la ley, y también del hecho de que la Migde, con su contenido, constituía un botín tentador. Nuestro usual anclaje lo efectuábamos en las calles más ocultas de alguna ciudad inundada. Algunas veces, cuando el viento soplaba huracanado, permanecíamos en tales lugares durante varios días. El agua potable, que habíamos considerado nuestro principal problema, no resultó difícil obtenerla. Casi siempre podían encontrarse residuos de agua en los tanques de las azoteas de alguna casa sumergida parcialmente. Así, pues, un viaje que siempre hacíamos por carretera en pocas horas, tardamos más de un mes en realizarlo.

Cuando llegamos al mar libre, contemplamos los blancos acantilados, tan normales que era difícil creer en la inundación…, hasta que contemplábamos más de cerca las hondonadas donde debían de haber estado las ciudades. Un poco después comprendimos que íbamos por buen camino, porque empezamos a ver nuestros primeros icebergs.

Nos acercamos con precaución al final de nuestro viaje. De lo que habíamos sido capaces de observar de la costa, mientras la recorríamos, dedujimos que las tierras altas estaban frecuentemente ocupadas por campamentos de chozas. Donde la tierra era escarpada, existían ciudades y pueblos en los que las casas más altas estaban ocupadas aún, a pesar de que sus bases estuvieran sumergidas. No teníamos idea ninguna en qué condiciones encontraríamos Penllyn, en general, y Rose Cottage, en particular.

Desde el río principal giramos hacia el norte. Con el agua ahora a un nivel de treinta metros, la multiplicación de los caminos acuosos nos confundía. Perdimos nuestra ruta media docena de veces antes de dar la vuelta a un recodo de un paraje completamente nuevo y encontrarnos a la vista de una ladera que nos era familiar y que conducía hacia nuestro cottage.

En él había estado la gente, mucha gente; pero aunque el desorden era considerable, los daños no eran grandes. Era evidente que habían ido en busca de cosas comestibles principalmente. De las estanterías de la despensa habían desaparecido hasta el último bote de salsa y el último paquete de pimienta. También habían desaparecido el aceite, las velas y la pequeña reserva de carbón.

Phyllis echó una rápida mirada a los despojos y desapareció por una escalera que conducía a la bodega. Reapareció inmediatamente y echó a correr hacia el cenador que había construido en el jardín. Por la ventana vi cómo examinaba el suelo con todo cuidado. Después, regresó a la casa.

—Gracias a Dios, todo está bien —dijo.

No parecía momento oportuno para dar gran importancia a los cenadores.

—¿Qué es lo que está bien? —inquirí.

—Las provisiones —dijo—. No quise decirte nada hasta estar segura. Hubiera constituido una desilusión muy amarga si hubiera desaparecido.

—¿Qué provisiones? —pregunté, sin saber de qué me hablaba.

—No eres muy intuitivo, ¿verdad que no, Mike? ¿De verdad creíste que una persona como yo iba a hacer una obra de albañilería sólo por divertirme? Tapié media bodega, que colmé de provisiones; y debajo del cenador hay muchas también.

La miré fijamente.

—¿Quieres decir que…? ¡Pero eso fue hace años!… ¡Mucho antes que empezara la inundación!…

—Pero no antes que empezaran a hundirse los barcos con tanta rapidez. Me pareció que sería una idea excelente formar un almacén de provisiones antes que las cosas se hicieran difíciles; pues era evidente que se harían difíciles más adelante. Así, pues, pensé que no estaría mal poseer una reserva aquí; sólo que no podría decírtelo, porque sabía que te hubiera molestado extraordinariamente.

Me senté y la miré.

—¿Molestado? —pregunté.

—Bueno, existen algunas personas que consideran más lógico pagar precios de mercado negro que tomar ciertas precauciones.

—¡Oh! —exclamé—. ¿Y lo hiciste todo tú sola?

—No quería que nadie de la localidad lo supiera; por tanto, el único camino era hacerlo yo sola. Como se esperaba, el transporte de mercancías por avión se organizó mucho mejor de lo que todo el mundo pensaba; por tanto, no necesitamos echar mano de lo nuestro. Pero ahora nos va a venir muy bien.

—¿Cuánto? —pregunté.

Phyllis pensó durante unos instantes.

—No estoy completamente segura, pero hay aquí todo el contenido de un vagón grande de mercancías… Además, tenemos lo que hemos traído en la Midge.

Podía ver, y veía, varios ángulos a la cuestión; pero hubiera sido groseramente desagradable mencionarlos en aquel momento. Por tanto, lo dejé en paz, y empezamos a trabajar en el arreglo de la casa.

No tardamos mucho tiempo en comprender por qué había sido abandonado el cottage. No había más que subir a la cumbre para ver que nuestro cerro estaba destinado a convertirse en una isla, y dentro de pocas semanas dos riachuelos se unirían por la parte de atrás de nosotros, formando uno solo.

Según podíamos ver, los acontecimientos fueron lo mismo aquí que en otras partes…, con la excepción de que aquí no había habido invasión: el movimiento fue hacia fuera. Primero, hubo la cauta retirada cuando el agua empezó a subir de nivel; luego, la huida llena de pánico, para alcanzar tierras más altas cuando aún existía la posibilidad de encontrarlas. Los que se quedaron, y aún permanecían aquí, eran una mezcolanza de testarudos, negligentes y siempre esperanzados que habían estado diciendo desde el principio que mañana, o tal vez pasado mañana, cesaría de subir el nivel del agua.

Se había establecido un perfecto estado de guerra civil entre los que se quedaron y los que intentaban establecerse allí. Los moradores de las tierras altas no querían admitir a recién llegados en su territorio estrictamente racionado, y los de las tierras bajas portaban armas y establecían trampas para evitar las invasiones de su territorio. Se decía, aunque no sé con qué visos de verdad, que las condiciones aquí eran buenas comparadas con las de Devon y otros lugares situados más al este; por lo cual, una vez que los habitantes de las tierras bajas fueron arrojados de sus casas y se pusieron en camino, muchísimos de ellos decidieron continuar la marcha hasta alcanzar el magnífico territorio situado más allá de los páramos. Se contaban cosas terroríficas sobre la guerra defensiva contra los grupos hambrientos que intentaban penetrar en Devon, Somerset y Dorset; pero aquí sólo se oía algún disparo de vez en cuando, y siempre en pequeña escala.

Nuestro completo aislamiento fue una de las cosas más difíciles de soportar. La radio, que podía habernos puesto al corriente de algo de lo que pasaba por el resto del mundo, si no de nuestro país, estaba estropeada. Se estropeó pocos días después de nuestra llegada y no teníamos medios para arreglarla ni reemplazarla por otra.

Nuestra isla ofrecía poca tentación, así que no fuimos molestados. La población de aquí había conseguido una excelente cosecha el verano anterior, que, con la pesca, que era abundantísima, bastaba para sacarla adelante. Nuestra situación no era enteramente como la de los forasteros; pero tuvimos mucho cuidado en no hacer peticiones ni encargos. Supongo que creían que nos sustentábamos a base de pescado y de las provisiones que habíamos traído en la motora… y por lo que podía quedar de ellas ya no merecía la pena hacer una incursión contra nosotros. Hubiera sido diferente si la cosecha del último verano hubiese sido más escasa.

Empecé este relato a principios de noviembre. Ahora estábamos a finales de enero. El agua continuaba subiendo de nivel muy lentamente; pero desde Navidad, aproximadamente, parecía haber aumentado tan poco que apenas se notaba. Teníamos la esperanza de que hubiese alcanzado su límite. Aún se veían icebergs en el canal, pero eran escasos.

No obstante, había frecuentes incursiones de tanques marinos, a veces de uno solo; pero más frecuentemente de cuatro o cinco. Por lo regular, eran más molestas que peligrosas. La población que vivía a orillas del mar poseía grupos de vigías que daban la voz de alarma. Al parecer, a los tanques marinos no les gustaba escalar; corrientemente no se aventuraban más allá de medio kilómetro de la orilla del agua, y cuando no encontraban víctimas se iban inmediatamente.

Con mucho, lo peor que tuvimos que arrostrar fue el frío del invierno. Aun siendo indulgentes por la diferencia que notábamos en nuestra circunstancia, nos pareció mucho más frío que el anterior. El río que se extendía a nuestros pies permaneció helado muchas semanas, y, con el aire calmado, el propio mar se helaba a poca distancia de la costa. Pero la mayor parte del tiempo no hubo aire calmado. Durante días, las tierras del interior se vieron cubiertas de nieve que arrastraba el aire huracanado. Afortunadamente, estábamos protegidos del impetuoso viento del suroeste; pero fue bastante malo. ¡Dios sabe la vida que se llevaría en los campamentos instalados en los páramos cuando soplaban estos huracanes!…

Decidimos que, cuando llegara el verano, intentaríamos marcharnos. Nos dirigiríamos hacia el sur, en busca de algún lugar más caliente. Con toda probabilidad podríamos resistir aquí otro invierno; pero ello nos dejaría menos aprovisionados y menos aptos para enfrentarnos con el viaje que tendríamos que realizar en algún momento. Era posible, pensábamos, que en lo que quedaba de Plymouth o de Devonport encontráramos algún combustible para el motor; pero, en cualquier caso, instalaríamos un mástil y, si no teníamos suerte o no encontrábamos combustible, navegaríamos a vela.

¿Hacia dónde? Aún no lo sabíamos. A algún sitio más caliente. Tal vez encontraríamos balas solamente en donde quisiéramos desembarcar; pero, aun así, sería mejor que morir lentamente de inanición en medio de un frío horrible.

Phyllis estuvo conforme.

—Hasta ahora nos ha favorecido la suerte —dijo—. Después de todo, ¿para qué nos serviría la buena suerte que nos han otorgado, si no continuamos haciendo uso de ella?

4 de mayo. No iríamos hacia el sur. No dejaríamos este manuscrito en una caja de lata para que el azar lo pusiera en manos de alguien algún día. Lo llevaríamos con nosotros.

Y aquí está la razón:

Hace dos días vimos el primer avión desde que estamos aquí… o desde antes de estar aquí. Un helicóptero, que llegó procedente de la costa, giró hacia las tierras del interior y pasó a continuación por encima de nuestro riachuelo.

Habíamos bajado a la orilla del agua para trabajar en la motora y tenerla preparada para el viaje. Oímos un zumbido lejano; luego, el helicóptero vino en línea recta hacia nosotros. Lo miramos, haciendo pantalla a los ojos con la mano. Iba a contraluz, pero pudimos distinguir el círculo de la R. A. F. en sus costados, y pensé que, desde su cabina, podría ver algo que se moviera. Agité la mano. Phyllis hizo señas con la brocha de pintar.

Contemplamos cómo se dirigía a nuestra izquierda y luego giraba hacia el norte. Desapareció detrás de nuestro cerro. Nos miramos el uno al otro, mientras el ruido del motor se amortiguaba. No hablamos. No sé cómo reaccionó Phyllis; pero a mí me hizo sentirme un poco extraño. Nunca pensé encontrarme en una situación en la que el zumbido del motor de un avión sonara en mis oídos como una especie de música nostálgica.

Entonces me di cuenta de que el zumbido no había desaparecido por completo. El aparato reapareció, dando la vuelta a la otra ladera del cerro. Al parecer, estaba examinando minuciosamente nuestra isla. Vimos cómo se paraba encima y luego empezaba a bajar hacia la curva del cerro que nos protegía. Yo tiré mi destornillador y Phyllis su brocha, y echamos a correr cerro arriba hacia él.

Bajó más, pero era evidente que no se arriesgaría a aterrizar entre las piedras y los brezos. Mientras permanecía allí, se abrió una portezuela en uno de sus costados. Cayó un bulto que golpeó sobre los brezos. A continuación lanzaron una escala de cuerda, que se desenrolló a medida que caía. Una forma empezó a bajar por ella, sujetándose con sumo cuidado. El helicóptero se movía lentamente encima de la cresta del cerro, y el hombre que descendía por la escala estaba oculto ahora a nuestros ojos. Nosotros continuábamos ascendiendo por la ladera opuesta. Aún nos encontrábamos a mitad de camino de lo alto del cerro cuando el aparato se elevó y pasó por encima de nuestras cabezas, mientras alguien de su interior recogía la escala.

Haciendo grandes esfuerzos continuamos escalando la ladera. Al fin alcanzamos un punto desde donde fuimos capaces de ver una forma vestida de oscuro entre los brezos, al parecer examinándose si tenía alguna fractura.

—Es… —empezó a decir Phyllis—. Sí, ¡es él! ¡Es Bocker! —gritó.

Y echó a correr temerariamente por el árido terreno.

Cuando yo llegué, mi mujer estaba arrodillada a su lado, con ambos brazos rodeándola el cuello y llorando a lágrima viva. Él le estaba dando golpecitos en la espalda, cariñosamente. Me alargó la otra mano cuando llegué a su lado, cogiéndome las dos mías, y estuve a punto de echarme a llorar también. Era Bocker, efectivamente, y apenas parecía cambiado desde la última vez que le vi. En aquel momento no parecía haber mucho que decir, sino:

—¿Se encuentra usted bien?… ¿Está herido?

—Sólo un rasguño. No tengo nada roto. Se necesita más práctica para hacerlo de lo que yo creía —dijo.

Phyllis alzó la cabeza para contestarle:

—¡Nunca debió usted intentarlo, A. B.! Pudo haberse matado.

Luego se echó de nuevo y se puso a llorar más cómodamente.

Durante unos segundos, Bocker miró pensativo el mechón de pelo que reposaba sobre su hombro. Luego, levantó los ojos hacia mí, interrogadores.

Moví la cabeza.

—Otros han tenido que enfrentarse con cosas peores; pero ha sido agotador, deprimente… —le dije.

Asintió, y de nuevo dio golpecitos cariñosos a Phyllis en la espalda. Mi mujer empezaba ya a dormirse. Bocker esperó un poco más para decir:

—Si usted fuera tan amable de separar a su esposa un momentito, vería si aún soy capaz de sostenerme en pie.

Fue capaz.

—Nada, excepto un par de rasguños —anunció.

—Mucho más afortunado de lo que se merecía —le dijo Phyllis, con severidad—. Ha sido ridículo hacer esto a su edad, A. B.

—Exactamente lo mismo pensé yo cuando me hallaba a mitad de la escala —dijo, de acuerdo con ella.

Los labios de Phyllis temblaban cuando ella le miró.

—¡Oh, A. B.! —exclamó—. Es maravilloso volver a verle de nuevo. Aún no puedo creerlo.

Bocker le echó un brazo alrededor del cuello y apoyó el otro en mi hombro.

—Tengo hambre —anunció—. En algún sitio de por aquí habrá un paquete que hemos arrojado del helicóptero.

Bajamos hacia el cottage. Phyllis charloteó como una loca durante todo el camino, excepto en las pausas que hacía para mirar a Bocker y convencerse de que estaba realmente allí. Cuando llegamos a la casa, desapareció en la cocina. Bocker se sentó con todo cuidado.

—Ahora vendría bien un trago…, pero hace tiempo que se terminaron todas las bebidas —le dije apesadumbrado.

Bocker sacó un frasco achatado. Durante un momento contempló una gran abolladura.

—¡Hum! —exclamó—. Esperemos que la subida sea más cómoda que la bajada.

Echó whisky en tres vasos y animó a Phyllis.

—Con esto nos recuperaremos —dijo.

Bebimos.

—Y ahora —dije—, puesto que en toda nuestra experiencia nada ha sido más inverosímil que su bajada del cielo en un trapecio, nos gustaría que nos diera una explicación.

—Eso no estaba en el plan —admitió—. Cuando nos enteramos por la gente de Londres de que ustedes habían partido para Cornwall, supuse que sería aquí donde estarían, si habían conseguido llegar. Así, pues, cuando me fue posible, vine a echar una ojeada; pero al piloto no le gustaba este terreno en absoluto y no quería arriesgarse a aterrizar con su aparato. Por tanto, dije que bajaría, y después ellos volarían hasta un sitio donde pudieran aterrizar, regresando a recogerme al cabo de tres horas.

—¡Oh! —exclamé.

Phyllis estaba mirándole.

—Es lógico que consideren ustedes las cosas así; pero yo hubiera dado con ustedes antes si hubiesen permanecido en donde estaban. ¿Por qué no se quedaron en Londres?

—Teníamos que marcharnos, A. B. Creíamos que usted había muerto cuando fue inundado Harrogate. Los Whittier nunca regresaron. La radio cesó de emitir. El helicóptero dejó de venir. En el aire no había ninguna emisora que pudiera oírse, ninguna emisora británica. Después de todo, parecía como si las cosas estuvieran a punto de terminar. Por eso nos marchamos. Hasta las ratas prefieren morir en lugares abiertos…

Phyllis se puso en pie y empezó a poner la mesa.

—No creo, A. B., que usted hubiera permanecido allí aguardando un fin inevitable —dijo.

Bocker movió la cabeza.

—¡Oh, qué poca fe! Como ustedes saben, éste no es el mundo de Noé. El siglo veinte es algo que no se puede destruir tan fácilmente como parece. El paciente está todavía en situación grave; está enfermo, muy enfermo, y ha perdido muchísima sangre…, pero se recuperará. ¡Oh, sí! Se recuperará completamente, ya lo verán.

Por la ventana miré el agua que se extendía por los campos, y los nuevos brazos de mar que se dirigían hacia la tierra, hacia las casas que habían sido hogares y que ahora estaban anegadas por la riada.

—¿Cómo? —pregunté.

—No será fácil, pero se hará. Hemos perdido muchas de nuestras mejores tierras; pero el agua casi no ha aumentado de nivel durante los últimos seis meses. Reconocemos que, una vez que estemos organizados, deberemos ser capaces de cultivar lo suficiente para alimentar a cinco millones de personas.

—¿Cinco millones? —repetí.

—Ése es el cálculo en bruto de la población actual… Por supuesto, todo no es más que una hipótesis.

—¡Pero era de cincuenta y seis millones, aproximadamente! —exclamé.

Ése era un tema que Phyllis y yo habíamos evitado siempre tocar… o en el que habíamos pensado más de lo que nos convenía. En nuestros momentos de mayor depresión yo había tenido, supongo, una vaga idea de que en el transcurso del tiempo habría unos cuantos supervivientes que vivirían en plena barbarie, pero nunca los había considerado en cifras.

—¿Cómo sucedió? Sabíamos que se estaba luchando, claro está; pero eso…

—Algunos murieron en la lucha, y, por supuesto, hubo lugares donde muchos fueron hechos prisioneros y sumergidos; pero eso, en realidad, constituye un pequeño porcentaje de bajas. No. Fue la pulmonía quien causó el mayor daño. La mala alimentación y la peligrosa situación durante tres amargos inviernos. Con cada dosis de flujo, en cada frío, aumentaban las pulmonías. No había servicio médico, ni farmacias, ni medicamentos, ni comunicaciones. Nada podía hacerse para evitarlo.

Se encogió de hombros.

—Pero, A. B. —le recordó Phyllis—, acabamos de beber para «recuperarnos»… ¿Recuperarnos… cuando ha desaparecido el noventa por ciento?

La miró firmemente y asintió.

—Claro que sí —dijo, con confianza—. Cinco millones pueden constituir todavía una nación. Porque, en el tiempo de Isabel I, no éramos más, ya lo sabe usted. Entonces, pudimos ser una nación; ahora volveremos a serlo. Pero habrá que trabajar… Por eso estoy aquí. Hay trabajo para ustedes dos.

—¿Trabajo? —repitió Phyllis.

—Sí, y esta vez no se tratará de vender jabones ni quesos, sino moral. Así, pues, cuanto antes hayan recuperado ustedes su moral, tanto mejor.

—Espere un momento. Según mi opinión, esto necesita una explicación —dijo Phyllis.

Trajo la comida y acercamos las sillas a la mesa.

—Perfectamente, A. B. —dijo Phyllis—. Sé que la comida no le impide nunca hablar. Por tanto, adelante.

—De acuerdo —dijo Bocker—. Imaginen un país en donde no existen más que pequeños grupos y comunidades independientes esparcidos por su territorio. No existen comunicaciones. Casi todos ellos están atrincherados para defenderse. Apenas existe alguien con idea de lo que está ocurriendo a dos o cuatro kilómetros más allá de su propia área. Bueno, ¿qué se puede hacer para que tal situación vuelva al orden de nuevo? Primero, según mi opinión, encontrar una forma de penetrar en esos cerrados y aislados cotos para poder trabajar dentro de ellos. Para conseguir esto, se tiene que establecer ante todo alguna especie de autoridad central, y luego hacer saber al pueblo que existe una autoridad central… y hacer que confíe en ella. Se necesita establecer partidas o grupos que serán las representaciones locales de la autoridad central. ¿Cómo conseguir eso?… Pues hablándole de ello y contando con ellos… por radio.

Hizo una pausa.

—Se busca una fábrica y se empieza a trabajar en la construcción de receptores y baterias de radio pequeños, que se lanzan desde el aire. Cuando se pueda, se empieza a transmitir con los radios transmisores, emitiendo dos clases de comunicaciones: primero, con los grupos mayores; segundo, con los más pequeños. Así se destruye el aislamiento y la sensación de ello. Un grupo comienza a oír lo que otros grupos están haciendo. Y empieza a revivir la confianza en sí mismo. Se inculca la sensación de que en el timón de la nave hay una mano firme que les da esperanzas. Comienza a experimentarse el deseo de que hay algo por qué trabajar. Entonces, un grupo empieza a colaborar, y a traficar, con el de al lado. Y ése es el momento en que uno comienza a creer que ha conseguido algo realmente. Es el mismo trabajo que nuestros antepasados tuvieron que hacer con las generaciones de los hombres que montaban a caballo… Por radio debemos ser capaces de organizar un cambio radical en un par de años. Pero habrá que actuar en conjunto… Habrá que formar un grupo de personas que sepan decir lo que es conveniente decir. ¿Qué les parece?

Phyllis continuó mirando su plato durante unos segundos. Luego, alzó los ojos, que le brillaban, y los posó en Bocker, al mismo tiempo que ponía su mano sobre la de él.

—¿Ha pensado usted alguna vez, A. B., que se hallaba casi muerto y que, de repente, recibía una inyección de adrenalina? —preguntó impulsiva.

Se levantó de la mesa, dio la vuelta a su alrededor y besó a Bocker en la mejilla.

—¿Adrenalina? —dije—. No opino lo mismo, pero estoy de acuerdo con Phyllis. Me adhiero a la causa con todo entusiasmo.

—Me produce más embriaguez que todo el alcohol que pudiera beber —afirmó Phyllis.

—Magnífico —dijo Bocker—. Entonces, lo mejor será que hagan las maletas. Enviaremos un helicóptero más grande para que venga a recogerles dentro de tres días… Y no se dejen ninguna provisión aquí. Pasará mucho tiempo todavía antes que podamos desperdiciar cualquier clase de alimento.

Continuó explicando y dando instrucciones; pero dudo que ninguno de los dos pusiéramos atención en ellas. Luego empezó a contarnos cómo él y otros pocos habían escapado al ataque a Harrogate; pero en nuestra mente había poco espacio para albergar nada de eso. Respecto a mí, debió transcurrir una hora completa, por lo menos, antes que saliera del deslumbramiento que me produjo el repentino cambio de situación. Sin embargo, eso no impidió que comprendiese que estábamos comportándonos un poco ingenuamente. Tal vez la operación de deshelar las masas compactas de agua hubiese llegado a un punto que no podía constituir ya amenaza para nosotros; pero eso no quería decir que a aquello no siguiera alguna nueva, y tal vez igualmente devastadora, forma de ataque. Por lo que nosotros sabíamos, la verdadera fuente de nuestros males estaba aún acechándonos libremente en las profundidades, en algún sitio que no podíamos alcanzar. Se lo hice ver a Bocker.

Sonrió.

—Creo que nunca me he dejado llevar por un desenfrenado optimismo…

—Desde luego que no —admitió Phyllis.

—Por tanto, considero que ha de tener algún peso mi afirmación de que, para mí, la perspectiva es claramente esperanzadora. Por supuesto, ha habido muchas desilusiones, y habrá muchas más tal vez; pero, en la actualidad, parece ser que nosotros estamos encargados de hacer algo que baste para desquiciar a nuestros xenobatéticos amigos.

—¿Qué sería, sin esas circunspectas calificaciones…? —pregunté.

—Las ondas ultrasónicas —proclamó.

Le miré fijamente.

—Se han intentado las ondas ultrasónicas media docena de veces por lo menos. Puedo recordar claramente…

—Mike, cariño, cierra la boca. Es un capricho —me dijo mi delicada esposa, y, volviéndose a Bocker, le preguntó—: ¿Qué han hecho, A. B.?

—Bueno, se sabe muy bien que ciertas ondas ultrasónicas en el agua matan a los peces y a otros seres; por eso hubo mucha gente que opinó que ésa sería, muy verosímilmente, la verdadera respuesta que habría de dar a los bathies…; pero, evidentemente, no con el iniciador de ondas actuando en la superficie, en un radio de diez kilómetros o así. El problema estuvo en poder profundizar en el mar, tanto como fuera necesario para producir daño, el emisor ultrasónico. Y no fue posible dejarlo en el fondo, porque su cable se electrificó o se cortó… y, juzgando por lo precedente, lo mismo sucedería ahora, mucho antes que alcanzara profundidad suficiente para que produjera resultados satisfactorios… Ahora bien: parece que actualmente los japoneses han encontrado una fórmula. El japonés es un pueblo muy ingenioso y, en sus momentos sociables, constituye un crédito para la ciencia. En cierto modo, sólo tenemos una descripción general de su proyecto, que nos han dado por radio. Al parecer, se trata de una esfera autopropulsora que navega lentamente, emitiendo ondas ultrasónicas de gran intensidad. Lo ingenioso de todo esto es que no solamente produce ondas letales, sino que hace uso de ellas por sí misma, sobre el principio de un eco más sonoro, y las gobierna. Eso quiere decir que puede conseguir que se separen de cualquier obstáculo cuando reciben un eco de él a una distancia dada. ¿Comprenden la idea? Poner un conjunto de esos aparatos para un despeje de, digamos, ciento cincuenta metros y empezar a actuar desde el extremo de una profundidad cercana. Luego, irán avanzando a lo largo de ella, manteniéndose a cincuenta metros del fondo, a cincuenta metros de todo obstáculo, a cincuenta metros unos de otros, y expeler ondas ultrasónicas letales a medida que van avanzando. Ése es justamente el sencillo principio de tales aparatos… El verdadero triunfo de los japoneses no ha sido solamente el ser capaces de inventarlos, sino el de haberlos construido bastante fuertes para soportar la presión.

—Todo el asunto me parece de lo más sencillo —le dijo Phyllis—. Ahora bien: lo importante para mí es saber si realizarán bien su misión.

—Bueno, los japoneses aseguran que sí, y no hay por qué dudar de su palabra. Afirman que han limpiado ya un par de pequeñas profundidades. Subieron a la superficie amplias masas de gelatina orgánica; pero no han sido capaces de obtener fruto de ello, porque el cambio de presión las destruyó y los rayos del sol las descompusieron rápidamente. Ahora están actuando en otras pequeñas Profundidades hasta que consigan práctica suficiente para poner manos a la obra en otras mayores. Han enviado planos del aparato a todos los estados, y los norteamericanos…, que no han sido dañados en su territorio tanto como nosotros en esta pequeña isla…, van a construirlos, lo cual es un testimonio a su favor… Desde luego, tendrá que pasar algún tiempo antes que lo construyan en gran escala. Sin embargo, por el momento, ésa no es cuestión nuestra… Cerca de aquí no tenemos ninguna gran profundidad, y, de todas formas, pasará algún tiempo antes que nosotros podamos hacer algo más que atender a las inmediatas necesidades. Esta isla estaba superpoblada, y por eso hemos pagado con exceso. Lo que tenemos que procurar es que tal cosa no vuelva a suceder.

Phyllis arrugó el ceño.

—En otros tiempos le dije, A. B., que tiene usted la costumbre de dar siempre un paso más allá de lo que la gente desea para seguirle —le dijo con cierta severidad.

Bocker sonrió levemente.

—Tal vez —admitió—. Pero no puedo evitarlo.

Estábamos sentados los tres en el cenador de Phyllis, contemplando el panorama que tanto había cambiado en tan poco tiempo. Durante un rato, ninguno habló. Capté una amplia mirada de soslayo de Phyllis. Estaba tan rígida como si estuviera sometida a un tratamiento de belleza.

—Vuelvo a la vida de nuevo, Mike —dijo—. Existe algo por qué vivir.

Yo también experimentaba lo mismo; pero cuando miré el azulado mar, en el que aún sobrenadaban algunos chispeantes témpanos de hielo, añadí:

—De cualquier forma, esto no es muy apropiado para pernoctar. Este clima es horrible, y cuando pienso en los inviernos…

—¡Oh! —exclamó A. B.—. Actualmente se hacen investigaciones, y los primeros informes indican que el agua tiende a aumentar de temperatura gradualmente. En realidad —continuó, chasqueando la lengua—, ahora que ha desaparecido el hielo, tal vez consigamos tener un clima mejor que antes, en el espacio de tres o cuatro años.

Continuamos sentados allí. Al fin, Phyllis habló:

—Estaba pensando que, en realidad, nada es nuevo, ¿verdad? En cierta ocasión, hace muchísimos siglos, hubo aquí una gran extensión de terreno cubierta de bosques y repleta de fieras. Estoy segura de que algunos de nuestros antepasados acostumbraban a vivir en tal extensión, a cazar y a hacer el amor aquí. Luego, un día, el agua subió el nivel y lo anegó todo…, formándose el mar del Norte… Creo que estuvimos aquí antes, que vivimos en esa época…

Durante un rato no habló nadie. Bocker miró su reloj y dijo:

—No tardará en llegar el helicóptero. Será mejor que esté preparado para hacer mi escalada de la muerte.

—Me agradaría que no lo hiciera, A. B. —le dijo Phyllis—. ¿No puede usted enviarles un mensaje y quedarse aquí hasta que llegue el otro helicóptero mayor?

Negó con la cabeza.

—No puedo desperdiciar el tiempo. En realidad, me estoy comportando como un haragán…; pero creí mi deber, y además era para mí una satisfacción, que debía ser yo quien les diera la noticia. No se preocupe, querida. Todavía el viejo no está tan poco ágil que no pueda subir por una escalera de cuerda.

Valía él tanto como su palabra. Cuando el helicóptero descendió sobre la cresta del cerro, Bocker cogió con habilidad la escala colgante, se mantuvo agarrado a ella un instante y comenzó a subir a continuación. Unos brazos le agarraron para ayudarle a entrar en el aparato. En la portezuela se volvió a nosotros y nos saludó con la mano. El helicóptero emprendió el vuelo, comenzando a elevarse. Pronto no fue más que una mancha que desaparecía en la lejanía…