FASE 2
A la mañana siguiente hicimos una salida temprana. El coche, completamente cargado, había permanecido fuera toda la noche, y nosotros nos marchamos pocos minutos después de las cinco, con la intención de salvar el mayor número posible de kilómetros desde la región meridional inglesa antes que las carreteras se hiciesen intransitables. Había una distancia de quinientos veinte coma ocho kilómetros (cuando no «coma nueve» o «coma siete») hasta la puerta del chalé que Phyllis había comprado con el pequeño legado que le había dejado como herencia su tía Helen.
Yo era partidario de haber comprado un chalé a más de mil kilómetros de Londres; pero era a la tía de Phyllis a quien iba a conmemorarse con lo que ahora era el dinero de Phyllis. Así, pues, nos convertimos en propietarios de Rose Cottage, Penllyn, Nr. Constantine, Cornwall, teléfono número Navasgan 333. Era un chalé con cinco habitaciones, de piedra gris, situado en la ladera de una colina llena de brezos, azotado por el viento del sudeste, con el tejado del más puro estilo Cornish. Por delante de nosotros veíamos deslizarse el río Heldord, y más allá, hacia el Lizard, veíamos por las noches las luces del faro. A la izquierda, se divisaba un panorama costero que se extendía al otro lado de la bahía de Falmouth, y si recorríamos unos cien metros hacia adelante y nos situábamos en la ladera del cerro que nos protegía de los vientos del sudoeste, podíamos ver, a través de la bahía de Mount, hasta las islas Scillus, y, más allá, el infinito Atlántico. Falmouth, doce kilómetros; Helston, diecisiete kilómetros; elevación novecientos noventa y seis metros sobre el nivel del mar.
Lo utilizábamos como una especie de refugio. Cuando teníamos entre manos bastantes asuntos que resolver e ideas que interpretar, íbamos allí por una temporada. Regularmente, unas cuantas semanas, durante las cuales no dábamos reposo a la pluma ni a la máquina de escribir; pero todo lo hacíamos con agrado y sin que nadie nos perturbara. Luego, regresábamos a Londres por cierto tiempo, realizábamos nuestras compras, visitábamos a nuestros amigos, recogíamos nuestro trabajo y, cuando ya habíamos acumulado una buena tarea, volvíamos al chalé a emprender de nuevo nuestra labor, o bien solamente con el propósito de concedernos unas vacaciones.
Aquella mañana realicé el recorrido en un buen espacio de tiempo. No eran más de las ocho y media cuando separé de mi hombro la cabeza de Phyllis y la desperté anunciándole:
—El desayuno, querida.
Sin estar aún despierta del todo, la dejé para ir a comprar unos periódicos. Cuando regresé, ya estaba levantada y había empezado a preparar el desayuno. Tenía casi hecha la papilla. Le entregué su periódico y yo me puse a leer el mío. La primera página de ambos diarios estaba ocupada por un título en grandes caracteres que anunciaba un desastre marítimo. Que esto fuera así, cuando se trataba de un barco japonés, sugería que había pocas noticias de otra clase.
Eché una ojeada al artículo que se insertaba debajo de la fotografía del barco hundido. De él deduje que el mercante japonés Yatsushiro, que hace el recorrido de Nagasaki a Amboina, en las Molucas, se había hundido. De las setecientas personas que iban a bordo, solamente se habían encontrado cinco.
Sin embargo, antes que yo terminara de leer esta noticia, Phyllis me interrumpió con una exclamación. La miré. Su periódico no insertaba la fotografía del barco; en cambio, publicaba un pequeño gráfico de la zona donde había ocurrido el hundimiento, y ella miraba con ansiedad, intentando descifrarlo, el sitio marcado con una X.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Phyllis puso el dedo sobre el mapa.
—Hablando de memoria, y suponiendo siempre que la cruz haya sido puesta por alguien que sabe lo que se hace —dijo—, ¿no está situado el escenario de este hundimiento muy próximo a nuestro viejo amigo el Mindanao Trench?
Observé el gráfico, tratando de recordar la configuración de aquella parte del océano.
—No puede estar muy lejos —convine.
Volví a mi periódico y leí el relato con más detenimiento ahora.
«Mujeres —al parecer— gritaban cuando…».
«Mujeres sacadas de sus camarotes durante la noche».
«Mujeres, con los ojos desorbitados por el terror, agarradas a sus hijos…».
«Mujeres…». «Mujeres» cuando «la muerte ataca en silencio al dormido barco».
Cuando se hubo barrido toda esta jerigonza femenil y se puso a un lado todo el repertorio de frases apropiadas para catástrofes marinas de la Oficina de Londres, quedó al descubierto el esqueleto de un escueto mensaje de agencia…, tan escueto que, por un instante, me pregunté por qué dos periódicos de categoría habían decidido ampliarlo excesivamente, cuando pudo darse en pocas líneas. Luego, percibí el verdadero ángulo misterioso que permanecía sumergido entre la dramática fonética: era que el Yatsushiro se había hundido como una piedra, sin dar la voz de alarma y sin que se supiera la razón.
Más adelante conseguí proporcionarme una copia de ese mensaje, encontrando su rigidez mucho más alarmante y dramática que lo de «mujeres sacadas de sus camarotes durante la noche». No hubo mucho tiempo para eso, no. Después de dar noticias particulares sobre la hora, el lugar, etc., el mensaje concluía lacónicamente:
«… tiempo espléndido; sin choque, sin explosión; causas desconocidas. Menos de un minuto de alarma antes de hundirse. Propietarios declaran ignorancia absoluta».
Así, pues, no pudo haber muchos gritos en la noche. Esas infortunadas japonesas, y también los japoneses, tuvieron tiempo de despertarse y, acaso también, algún tiempo de preguntarse qué pasaba, aún aturdidas por el sueño; pero inmediatamente el agua los inundó: no hubo gritos, sólo unas cuantas burbujas mientras se hundían, se hundían, se hundían, encerrados en su ataúd de diecinueve mil toneladas.
Cuando terminé la lectura, levanté la vista. Phyllis estaba mirándome, con la barbilla apoyada en la mano, a través de la mesa donde desayunábamos. Durante un rato, ninguno de los dos hablamos. Luego, ella dijo:
—Dice aquí: «… en una de las partes más profundas del océano Pacífico». ¿Crees tú Mike, que esto pudo suceder tan pronto?
Dudé.
—Es difícil decirlo. Evidentemente, este mensaje es tan sintético… Si eso duró, en realidad, un minuto sólo… No, suspendo todo juicio, Phyllis. Mañana veremos The Times y averiguaremos lo que sucedió en realidad…, si es que alguien lo sabe.
Montamos en el coche, tardando mucho tiempo en llegar porque las carreteras estaban llenas; nos detuvimos a comer, como de costumbre, en el pequeño hotel de Dartmoor, y, al fin, llegamos a última hora de la tarde… Esta vez, quinientos treinta y siete coma seis. Teníamos hambre y sueño otra vez, y aunque yo procuré recordar, cuando telefoneé a Londres, que me enviaran los recortes sobre el hundimiento, la catástrofe del Yatsushiro, en la otra parte del mundo, parecía tan lejos de interesar a los dueños de un pequeño chalé gris de Cornwall como la pérdida del Titanio.
Al día siguiente, The Times publicó la catástrofe con suma cautela, dando la sensación de que los redactores no querían excederse para que, en cierto modo, no se alarmaran sus lectores. No ocurrió lo mismo con la primera colección de recortes que llegó a nuestro poder a la tarde siguiente. Los pusimos entre nosotros y los estudiamos con detenimiento. Los datos eran evidentemente escasos, y los comentarios curiosamente similares.
—Todo posee una fuerte dosis de aturrullamiento —dije cuando terminamos de examinarlos—. Y nada puede sorprendernos al ver el espanto que producirían las breves voces de alarma.
Phyllis dijo con frialdad:
—Mike, esto no es un juego, ¿verdad? Después de todo, se ha hundido un barco grande y se han ahogado setecientos infelices. Es algo terrible. Anoche soñé que yo estaba encerrada en uno de esos pequeños camarotes cuando el agua penetró impetuosamente en ellos.
—Ayer… —empecé a decir, pero me callé.
Había estado a punto de decir que Phyllis había vertido una olla de agua hirviendo sobre un agujero con el fin de matar a más de setecientas hormigas, pero lo pensé mejor.
—Ayer —corregí— murieron muchas personas en accidente de carretera, y muchas más morirán hoy.
—No comprendo qué tiene eso que ver con lo que estamos tratando —me respondió.
Tenía razón. No era una corrección muy aceptable, pero no hubiera sido momento oportuno de hablar de una amenaza, de las hormigas, en la que solamente nosotros podíamos creer.
—Nosotros nos hemos acostumbrado —dije— a la idea de que la mejor forma de morir es en la cama… y a una edad aceptable. Y es una equivocación. Normalmente, la muerte para toda criatura humana llega de pronto. La…
Pero tampoco era eso lo que había que decir. Phyllis se alejó, caminando con esos pasitos breves que ella empleaba y afianzando los tacones.
Yo me sentía incómodo, molesto también; pero, en el fondo, me daba lo mismo.
Más tarde la encontré mirando por la ventana del cuarto de estar. Desde donde ella estaba se veía un panorama de mar azul que se extendía hasta el horizonte.
—Mike —me dijo—, siento lo de esta mañana. Ese asunto…, lo del barco que se hundió de forma tan rara…, me sacó de quicio. Hasta ahora, todo esto no ha sido más que un juego de adivinanzas, un rompecabezas. Fue espantoso que se perdiera el batiscopio de los infelices Weismann y Trant, así como la pérdida de los navíos de la Armada. Pero esto, que un gran barco mercante, lleno de hombres, mujeres y niños vulgares y sencillos, dormidos tranquilamente, sea hundido en pocos segundos, en mitad de la noche…, bueno…, parece ponerse repentinamente en una categoría diferente. De cualquier forma, es algo de clase distinta, en cierto modo. ¿Te das cuenta de lo que quiero decir? La tripulación de los navíos de la Armada está formada por hombres que siempre están en peligro al realizar su trabajo… Pero estas personas que iban en el mercante no tenían nada que ver con el asunto. Eso me produce la impresión de que las cosas que, hipotéticamente, trabajan en las profundidades, cosas en las que apenas creía, pero que ahora hacen acto de presencia bruscamente, se han convertido en horrible realidad. No me gusta eso, Mike. De pronto he comenzado a tener miedo, y no sé realmente por qué.
Me acerqué a ella y la abracé.
—Sé lo que quieres decir —dije—. Creo que es parte de ello. No hay que dejar que la cosa nos abrume.
Ella volvió la cabeza.
—¿Parte de qué? —preguntó, extrañada.
—Parte del proceso que estamos viviendo: la reacción instintiva. La idea de una inteligencia demente es intolerable para nosotros. Tenemos que odiarla y temerla. No podemos evitarlo. Nuestra propia inteligencia, cuando se sale un poco de sus carriles por haber bebido o por cualquier otra cosa anormal, nos alarma no muy racionalmente.
—¿Quieres decir que yo no hubiera sentido de la misma forma si eso hubiera sido realizado por…, bueno…, por los chinos… o alguien?
—¿Crees tú que hubieras sentido lo mismo?
—Pues… no…, no estoy segura.
—Bueno. Respecto a mí, he de decirte que hubiera rugido de indignación. Si supiera que alguien estaba actuando debajo del agua, procuraría por todos los medios echar una mirada para ver quién, cómo y por qué lo hacía, para enfocarme. Así como así, sólo tengo la nebulosa impresión, si realmente quieres saberlo, de quién, ninguna idea del cómo y experimento la sensación de que el porqué me produce frío interior.
Me apretó la mano.
—Me alegra saber eso, Mike. Me sentía muy sola esta mañana.
—Mi irisación protectora no intenta engañarte, querida. Intenta engañarme a mí.
Ella meditó.
—Debo recordar eso —dijo con un aire de extensiva implicación que no estoy seguro de haber comprendido completamente aún.
Pasamos un mes agradable, dedicados a nuestro trabajo… Phyllis, en investigar algo que aún no se había dicho sobre Beckford de Fonthill; yo, en la ocupación literaria menor de redactar una serie sobre los amores de los personajes reales, que se titularía provisionalmente El corazón de los reyes o Cupido se pone una corona.
El mundo exterior se introdujo poco en nuestras vidas. Phyllis terminó el guión sobre Beckford y dos más, y volvió a coger los hilos de la trama de una novela que parecía estar condenada a no acabarse nunca. Yo continuaba con mi tarea de procurar que los vividos amores reales estuvieran libres de toda contaminación política; en los intervalos escribí algunos artículos para desintoxicarme y despejar un poco el ambiente. Los días que creíamos demasiado buenos para malgastarlos, bajábamos a la playa y nos bañábamos, o bien organizábamos alguna excursión en barca. Los periódicos olvidaron pronto lo del Yatsushiro. El fondo del mar y todas las especulaciones a que dio lugar parecían haber caído en el olvido.
Un miércoles por la noche, la radio, en el boletín de las nueve, anunció que el Queen Anne se había perdido en alta mar…
El informe era muy breve. Simplemente el hecho, seguido de:
—«Todavía no tenemos detalles del suceso, pero es de temer que las pérdidas sean cuantiosas».
Hubo una pausa de quince segundos; a continuación, la voz del locutor resumió:
—«El Queen Anne, uno de los barcos más rápidos que surcaban el Atlántico, desplazaba noventa mil toneladas. Fue construido…».
Me acerqué a la radio y la apagué. Nos sentamos, mirándonos uno a otro. Las lágrimas asomaron a los ojos de Phyllis. La punta de su lengua apareció para mojarse los labios.
—¡El Queen Anne!… ¡Oh Dios! —exclamó.
Buscó un pañuelo.
—¡Oh Mike! ¡Un barco tan magnífico!…
Me puse en pie, crucé la habitación y me senté a su lado. En aquel momento, ella estaba viendo sencillamente el barco como lo habíamos visto la última vez, zarpando del puerto de Southampton. Una creación que había sido, en cierto modo, una obra de arte y una cosa viva, brillante y hermosa a los rayos del sol, navegando serenamente hacia alta mar, dejando tras de sí un surco de blancas espumas. Pero yo conocía a mi esposa bastante bien para comprender que, dentro de unos minutos, estaría a bordo, comiendo en el fabuloso restaurante, o bailando en el salón de baile, o subiendo a una de las cubiertas para observar su hundimiento y experimentando todo lo que ellos debieron de experimentar. Puse ambos brazos alrededor de su cuello y la atraje hacia mí.
Doy gracias al cielo de que mi imaginación sea más prosaica y de que mi corazón no se enternezca con tanta facilidad.
Media hora después sonó el teléfono. Contesté yo, y con cierta sorpresa reconocí la voz.
—¡Oh! Hola, Freddy. ¿Qué pasa? —pregunté, porque nunca hubiera esperado recibir una llamada telefónica del director de programación de la E. B. C. a las nueve y media de la noche.
—Tenía miedo de que no estuviera. ¿Escuchó las noticias? —Sí.
—Bueno. Necesitamos de usted algo sobre esta amenaza del fondo del mar, y lo necesitamos rápidamente. Un relato de media hora.
—Pero…, escuche…, lo último que me dijeron ustedes fue que permaneciera apartado de…
—Todo ha cambiado. Es un deber, Mike. No tiene por qué mostrarse demasiado sensacional; lo que queremos es que sea convincente, ¿comprende? Hay que hacerles creer que existe realmente algo allá abajo.
—Escuche, Freddy: si esto es una broma de mal gusto…
—No lo es. Se trata de una comisión urgente.
—Eso está muy bien; pero, durante todo un año, he estado considerado como un loco que posee la manía de exponer una teoría insensata. Y ahora, de pronto, me telefonea usted a una hora inusitada, como podría hacerlo un mozalbete que, en una juerga, hubiese hecho una apuesta alocada, para decirme que…
—Yo no estoy en una juerga. Estoy en mi despacho, y seguramente estaré en él toda la noche.
—Sería preferible que se explicara mejor —le dije.
—Ocurre lo siguiente: corre el rumor, que a mí me parece exagerado, de que lo hicieron los rusos. Alguien insinuó eso a los pocos minutos de que la noticia estuviese en el espacio. Sólo Dios sabe por qué demonios había de pensarse que ellos necesitarían emplear algo así; pero ya sabe usted cómo ocurre eso cuando las personas están emocionalmente exaltadas: se lo tragan todo de golpe. Mi propia opinión es que los condenados locos están tratando de coger la ocasión por los pelos. De cualquier forma, hay que parar el golpe. Hay que ejercer toda la presión posible para evitar que el gobierno actúe, bien mandándoles un ultimátum o algo por el estilo. Así, pues, al objeto de parar el golpe, no existe otro camino sino utilizar su relato sobre la amenaza en las profundidades del mar. Los periódicos de mañana lo publicarán; el Almirantazgo actuará; nosotros tenemos ya varios nombres de prestigiosos científicos; el boletín de la B. B. C. y el nuestro harán toda la fuerza posible para detener el rodar de la bola; las mallas americanas han comenzado a actuar ya, y algunas de sus ediciones vespertinas están ya en la calle. Así, pues, si usted quiere contribuir a que se evite el lanzamiento de las bombas atómicas, ponga manos a la obra.
Colgué y me volví a Phyllis:
—Cariño, tenemos trabajo.
A la mañana siguiente, de común acuerdo, decidimos regresar a Londres. Lo primero que hicimos al llegar a nuestro piso fue conectar la radio. Llegamos a tiempo de oír la noticia del hundimiento del portaaviones Meritorious y del transatlántico Carib Princess.
El Meritorious fue hundido en el Atlántico medio a mil seiscientos kilómetros al sudoeste de la isla de Cabo Verde; el Carib Princess, a no menos de cuarenta kilómetros de Santiago de Cuba. Ambos hundimientos fueron cuestión de dos o tres minutos, y de cada uno de ellos hubo escasos supervivientes. Es difícil decir quiénes fueron los más perjudicados: si los británicos, por la pérdida de una recién estrenada unidad de la Marina de guerra, o los norteamericanos, por la pérdida de uno de sus mejores transatlánticos, cargado de riquezas y cosas bellas. Ambos estaban, en cierto modo, aturdidos ya por la pérdida del Queen Anne, porque entre los grandes corredores atlánticos existía la comunidad de orgullo. Ahora, el lenguaje de disgusto difería; pero ambos mostraban las características de un hombre que ha sido golpeado por la espalda en mitad de un grupo y está mirando en torno suyo, con ambos puños apretados, dispuesto para golpear a alguien.
La reacción norteamericana parecía menos extremada porque, a pesar del violento nerviosismo de los rusos que existía allí, muchos encontraban la idea de la amenaza de las profundidades más fácil de aceptar que los británicos, y se levantaba un clamor por acciones enérgicas y decisivas, dando primacía a un clamor similar en el país. Los norteamericanos decidieron, pues, aceptar la fórmula condicionadora de las bombas de profundidad en el Cayman Trench, muy próximo al lugar donde había desaparecido el Carib Princess… Apenas podían esperar cualquier resultado decisivo del desacertado bombardeo de una profundidad de cien kilómetros de ancho por ochocientos de largo.
El hecho fue publicado con gran resonancia a ambos lados del Atlántico. Los ciudadanos norteamericanos se mostraban orgullosos de que sus fuerzas fueran las primeras en tomar represalias; los ciudadanos británicos, aunque disimuladamente mostraban su disgusto por haber sido preteridos cuando la pérdida reciente de dos grandes navíos podría haberles dado el mayor incentivo para una acción demoledora, decidieron aplaudir con fuerza el hecho, como una expresión de reproche hacia sus gobernantes. La flotilla de diez navios, comisionada para la tarea, era portadora, según se informó, de un número de bombas H. E., especialmente designadas para grandes profundidades, así como de dos bombas atómicas. Zarparon de Chesapeake Bay en medio de una aclamación que ahogó por completo la ruidosa protesta de Cuba por la propagación de bombas atómicas a dos pasos de sus costas.
Nadie de cuantos oyeron la radio de uno de los navíos cuando la fuerza naval se acercaba al lugar elegido olvidará nunca lo que siguió. La voz del locutor, interrumpiéndose repentinamente en mitad de la descripción del escenario, anunció agudamente:
—«Algo parece estar… ¡Dios mío! ¡Ha estallado!…».
Y el estampido de la explosión. El locutor tartamudeó incoherente; luego, se oyó el segundo estampido. Un griterío, un ruido de confusión y de voces, un resonar de campanas, y otra vez la voz del locutor, respirando entrecortadamente, sonando insegura, hablando rápido:
—«La explosión que ustedes oyeron…, la primera…, fue la del destructor Cavor… Ha desaparecido por completo… La segunda explosión fue la de la fragata Redwood, que también ha desaparecido. La Redwood llevaba una de nuestras bombas atómicas. Se ha hundido con ella. Estaba construida para estallar a presión, a diez kilómetros de profundidad…».
Hubo un silencio.
—«Los otros ocho navíos de la flotilla se han dispersado a gran velocidad, alejándose del área peligrosa. Tardaremos algunos minutos en aclarar las cosas. No sé cuántos. Aquí nadie puede decírmelo. Creemos que pocos minutos. Cada navio a la vista del área está utilizando toda su potencia para alejarse del área donde ha desaparecido la bomba atómica. La cubierta se estremece debajo de nosotros. Vamos a enorme velocidad… Todo el mundo mira hacia atrás, hacia el lugar donde el Redwood se ha hundido… ¡Eh!… ¿Aquí nadie sabe cuánto tardará eso en hundirse diez kilómetros?… ¡Demonios! Alguien debe saberlo… Nosotros estamos alejándonos, alejándonos cuanto podemos… Los otros navios, también… Huimos a toda presión de nuestras calderas… ¿Nadie sabe cuál es el área del principal hundimiento?… ¡Por Júpiter! ¿Nadie sabe nada de lo que sucede en estos alrededores? Continuamos alejándonos, alejándonos… Me gustaría saber cuánto tiempo… Tal vez…, quizá… Más deprisa, ahora vamos más deprisa, por todos los santos. Hace cinco minutos ya que se hundió el Redwood… ¿Qué profundidad puede haber alcanzado en cinco minutos?… ¡Dios mío!… ¿Cuánto tiempo tardará ese condenado en hundirse?… Aún continúa…, y aún continuamos alejándonos… Seguramente nos hallamos ya más allá del área peligrosa… Ahora debe de haber una oportunidad… Estamos manteniéndonos… Aún nos alejamos… Todavía navegamos a buena velocidad… Todo el mundo mira hacia popa. Todo el mundo está vigilante y atento… Y continuamos alejándonos… ¿Cómo puede una cosa estar hundiéndose todo este tiempo?… Pero, gracias a Dios, así es… Ahora pasa ya de los siete minutos… Nada aún… Continuamos alejándonos… Y los otros navíos también, con grandes olas blancas detrás de ellos. Nos alejamos más… Tal vez esté equivocado… Quizá el fondo no sea aquí de diez kilómetros… ¿Por qué nadie puede decirnos cuánto tiempo tardará…? Algunos de los otros navíos continúan alejándose… y nosotros también… Ahora debe de haber una probabilidad de… Adivino que, en este momento, tenemos realmente una probabilidad… Todo el mundo continúa por po… ¡Oh Dios! El mar entero está…».
Y quedó cortada la emisión.
Pero el locutor de esa radio sobrevivió. Su barco y otros cinco de la flotilla de los diez consiguieron escapar, con un poco de radiactividad, pero, al fin, sanos y salvos. Y yo me di cuenta de que lo primero que recibió cuando hizo su informe, ya de regreso a su oficina después del tratamiento, fue una mayúscula reprimenda por el empleo del lenguaje supercoloquial que había ofendido a un número de oyentes por su desatención al Tercer Mando.
Ése fue el día en que se acabaron las discusiones y se hizo innecesaria la propaganda. Dos de los cuatro barcos perdidos en el desastre del Cayman Trench habían sucumbido a la bomba; pero el fin de los otros dos había ocurrido en medio de un deslumbramiento de publicidad que venció a los escépticos y a los cautos también. Al final quedó establecido, sin ningún género de dudas, que existía algo…, algo altamente peligroso también…, allá abajo, en las profundidades.
Era tal la ola de alarmante convencimiento que se extendió rápidamente por el mundo, que hasta los rusos vencieron suficientemente su reserva nacional para admitir que habían perdido un gran fletador y un navio de guerra no especificado, ambos en aguas de las Kuriles, y otro navio de observación al este de Kamchatka. A consecuencia de esto, dijeron que estaban dispuestos a cooperar con las otras potencias para acabar con la amenaza que ponía en peligro la paz mundial.
Al día siguiente, el gobierno británico propuso que se celebrara en Londres una Conferencia naval internacional para examinar los aspectos preliminares del problema. La inclinación de algunos de estos invitados a sutilizar acerca del local no prosperó, debido a la contraria disposición del ánimo del público. La Conferencia se reunió en Westminster a los tres días de su anuncio, y, en lo que a Inglaterra se refería, no era demasiado pronto. Durante esos tres días se cancelaron totalmente los pasajes en barco; las compañías aéreas se vieron abrumadas de peticiones, viéndose forzadas a hacer listas de prioridad, y el gobierno tuvo que tasar la venta de carburantes de todas las clases, imponiendo un sistema de racionamiento para servicios esenciales.
El día antes de la apertura de la Conferencia, Phyllis y yo nos reunimos a comer.
—Deberías haber visto Oxford Street —dijo ella—. Se habla de pánico en las compras. Sobre todo, del algodón. Todo se está vendiendo a doble precio, y se están sacando los ojos por cosas que la última semana no tenían valor alguno.
—Por lo que me dijeron en la City —le respondí—, eso es bueno. Así se tiene el control de las líneas de navegación por pocos chelines; pero no se puede comprar nada de los artículos que llegan de fuera por barco. Ni el acero, ni el caucho, ni los plásticos… Lo único que parece que no sube es la cerveza.
—Vi a un hombre y a una mujer, en Piccadilly, cargando dos sacos de café en un Rolls. Y allí había…
Se interrumpió de repente, como si lo que ya había estado diciendo acabase de fijarse en su mente.
—¿Te desprendiste de la parte que tía Mary te dejó de las plantaciones jamaicanas? —inquirió, con la expresión que ella adopta cuando hace las cuentas de los gastos mensuales.
—Hace ya tiempo —dije tranquilizándola—. Cosa extraña: todo lo invertí en acciones de fábricas de aeroplanos y de plásticos.
Asintió aprobadora con la cabeza, como si la inversión la hubiese efectuado ella. Luego se le ocurrió otra cosa.
—¿Qué hay de las entradas para la conferencia de Prensa de mañana? —preguntó.
—Que no hay para la conferencia propiamente dicha —respondí—. Habrá un informe más tarde.
Me miró.
—¿Que no hay? ¡Por los clavos de Cristo! ¿Cómo esperan que hagamos nuestro trabajo?
Cuando Phyllis decía «nuestro trabajo», las palabras no se relacionaban exactamente con lo que hubieran significado algunos días antes. En cierto modo, el trabajo cambiaba de calidad bajo nuestros pies. La tarea de convencer al público de la realidad de la amenaza invisible e indescriptible, habíase convertido de repente en la tarea de mantener viva la moral frente a una amenaza que ahora aceptaban todos hasta llegar al pánico. La E. B. C. había puesto en antena un espacio titulado News-Parade, en el que nosotros aparecíamos interpretando el papel de dos corresponsales oceánicos especiales, sin que supiéramos exactamente cómo había ocurrido eso. En realidad, Phyllis nunca había pertenecido al cuadro informativo de la E. B. C. y yo, técnicamente, había dejado de pertenecer a ella cuando cesé, oficialmente, para abrir un despacho dos años antes aproximadamente. Nadie, sin embargo, parecía estar al tanto de esto, excepto el departamento de contabilidad, que ahora nos pagaba por espacios en lugar de por meses. De todas formas, no hubiera habido mucha liberalidad en nuestras asignaciones si no hubiésemos estado tan próximos a las fuentes de dotaciones oficiales. Phyllis continuaba mascullando por lo bajo cuando la dejé para regresar al despacho que, oficialmente, no tenía en la E. B. C.
Durante los días siguientes, interpretamos lo mejor que supimos nuestro papel de inculcar la idea de manos firmes sobre el volante y la de los individuos que habían producido el radar y otras maravillas, asintiendo confiadamente y diciendo, en efecto: «Seguro. Denos sólo unos cuantos días para pensar y construiremos algo que afirmará este lote».
Había un sentimiento satisfactorio en que esta confianza fuese restablecida gradualmente.
Tal vez, el principal factor estabilizador surgiese, no obstante, de una diferencia de opiniones que se manifestó en una de las comisiones técnicas.
Se había conseguido el acuerdo general de que un arma semejante al torpedo, designada para dar escolta sumergida a un navio, podría desenvolverse provechosamente a fin de oponerse a la supuesta mina en forma de ataque. Se aprobó la moción de que se proporcionaría toda la información necesaria para ayudar al desenvolvimiento de tal arma.
Los delegados rusos objetaron. En cualquier caso, el control a distancia de los missiles, indicaron, era un invento ruso, naturalmente. Más aún: los científicos rusos, celosos en su lucha por la paz, habían desarrollado ya tal control a un grado muy superior con anterioridad al conseguido por la ciencia capitalista occidental. Apenas podía esperarse que los soviets hicieran obsequio de sus descubrimientos a los inductores de guerras.
El interlocutor occidental replicó que, con respecto a la intensidad de la lucha por la paz y el fervor con que se llevaba a cabo en todos los departamentos de la ciencia soviética, excepto, por supuesto, en el biológico, Occidente recordaría a los soviets que ésta era una Conferencia de pueblos enfrentados con un peligro común y resueltos a unirse estrechamente para conseguir una cooperación eficaz.
El jefe ruso respondió francamente que él dudaba de que si en el Occidente se hubiese conseguido un medio de controlar un missil sumergido por radio, tal como había sido inventado por los ingenieros rusos, se preocuparían de compartir tal conocimiento con el pueblo ruso.
El interlocutor occidental aseguró al representante soviético que, puesto que Occidente había convocado la Conferencia con el propósito de cooperación, el control que mencionaba el delegado soviético se establecería tal y como él indicaba.
Tras una consulta precipitada, el delegado ruso anunció que aunque él creía que tal pretensión era cierta, sabía también que tal hecho tendría efecto a través del hurto de la labor de los científicos rusos por los asalariados capitalistas. Y puesto que ni los informes ni la admisión de un eficaz espionaje mostraban ese desinterés en la ventaja nacional que la Conferencia había propagado, a su delegación no le quedaba otra alternativa que la de retirarse.
Esta acción, con sus alentadores toques de normalidad, ejerció una valiosa influencia tranquilizadora.
En medio de amplia satisfacción y resucitada confianza, la voz de Bocker, disintiendo, se alzó casi solitaria.
Proclamó que era tarde, pero que aún podía no ser demasiado, para realizar un último intento hacia un acercamiento pacífico a las fuentes de perturbación. Ellos habían demostrado ya que poseían una tecnología igual, si no superior, a la nuestra. En un tiempo alarmantemente breve, ellos habían sido capaces no sólo de establecerse, sino de realizar los medios de llevar a cabo una acción efectiva para su defensa. Frente a tal principio, estaba justificado considerar sus poderes con respeto y, por parte suya, con aprensión.
Las muy diferentes circunstancias que ellos requerían hacía parecer increíble que los intereses humanos y los de esas inteligencias xenobáticas necesitasen acomodarse seriamente. Antes que fuera demasiado tarde, deberían realizarse los máximos esfuerzos para establecer contacto con ellos, con el fin de promover un estado de compromiso que consintiera a ambas partes vivir pacíficamente en sus separadas esferas.
Seguramente, ésta era una sugerencia muy sensible…, aunque era un asunto diferente que el intento diera alguna vez el resultado deseado. Aunque no existía resolución de compromiso de ninguna clase, no obstante, la única prueba de que su apelación había sido escuchada fue que empezaron a utilizarse en la prensa las palabras «xenobático», «xenóbato» y su diminutivo «bato».
—Más honrado en el diccionario que en el acatamiento —observó Bocker con cierta amargura—. Pero si en lo que están interesados es en las palabras griegas, hay muchas otras; por ejemplo, Casandra.
Ahogando las palabras de Bocker, pero con un significado que no se reconoció inmediatamente, llegaron las primeras noticias de Saphira y, luego, de April Island.
Saphira, isla brasileña del Atlántico, está situada un poco al sur del ecuador y algo así como a setecientos kilómetros al sudeste de la isla, mucho mayor, de Fernando de Noronha. En este lugar aislado vive en condiciones primitivas una población compuesta de cien habitantes aproximadamente, mantenidos por sus propios esfuerzos, contentos de seguir sus propios derroteros y muy poco interesados por lo que ocurre en el resto del mundo. Se rumorea que los primitivos habitantes de la isla constituían un pequeño grupo que, llegado allí tras el naufragio de un buque en pleno siglo XVIII, hubo de permanecer forzosamente en el lugar. Cuando pasó el tiempo, descubrieron que se habían acomodado a la vida de la isla y que se habían convertido en unos nativos interesantes. Al correr de los años, y sin saber ni preocuparse en absoluto de ello, dejaron de ser portugueses y se transformaron técnicamente en ciudadanos brasileños, y su conexión con su nuevo país materno se mantenía por medio de un barco que, cada seis meses, hacía escala allí para el cambio de productos.
Normalmente, el barco visitante no tenía más que tocar sus sirenas para que los saphiros salieran corriendo de sus cabañas y bajasen al diminuto muelle, donde tenían amarradas sus barcazas de pesca, y formar con ellas una pequeña comisión receptora que incluía a casi toda la población. En esta ocasión, sin embargo, la sirena tocó inútilmente, invadiendo con sus sones la pequeña bahía: las gaviotas acudieron en bandadas, pero no apareció ningún saphirano en la puerta de su cabaña. El barco repitió el toque de sirena…
La costa de Saphira es escarpada. El barco no puede acercarse a menos de un cable de longitud del muelle; pero no se veía a nadie…, no, y lo que aún infundía más asombro era que no se veía traza alguna de humo en las chimeneas de las cabañas.
Se lanzaron al agua una lancha y un grupo, al mando del contramaestre, y navegaron hasta el muelle. Cuando llegaron a la costa, desembarcaron y subieron los peldaños de piedra hasta el pequeño muelle. Allí permanecieron agrupados, escuchando, sin salir de su asombro. No se oía ningún ruido, a excepción de los chillidos de las gaviotas y el golpear del agua contra la costa.
—Deben de haberse marchado todos. No están sus barcazas —dijo uno de los marineros, inquieto.
—¡Hum! —exclamó el contramaestre.
Respiró profundamente y lanzó un fuerte graznido, como si tuviera más fe en sus propios pulmones que en la sirena del barco.
Escucharon, esperando una respuesta; pero nada hubo, excepto el eco de la propia voz del contramaestre, que regresaba a través de la bahía.
—¡Hum! —exclamó de nuevo el contramaestre—. Será mejor que echemos un vistazo.
El malestar que se había apoderado del grupo hizo que se mantuvieran unidos. Siguieron al contramaestre, formando un manojo cuando éste se dirigió hacia la más cercana de las cabañitas, construida de piedra. La puerta estaba medio abierta. La empujó.
—¡Puaf! —exclamó.
A su nariz había llegado el olor de varios peces podridos que estaban en una bandeja. Por lo demás, el lugar era amplio y, dentro del estilo saphirano, razonablemente limpio. No existían señales de desorden ni de marcha precipitada. En la habitación interior, las camas estaban hechas, preparadas para dormir en ellas. Aquello producía la impresión de que los habitantes se habían marchado hacía escasas horas, pero el pescado y la falta de fuego en la chimenea, llena de cenizas, lo desmentían.
En la segunda y en la tercera cabaña había el mismo aire de impremeditada ausencia. En la cuarta encontraron, en la habitación interior, un bebé muerto en su cuna. El grupo regresó al barco, extrañado y subyugado.
Por radio, se informó a Río de la situación. Río, en su contestación, sugirió una investigación a fondo por la isla. La tripulación emprendió la tarea de mala gana y con tendencia a permanecer siempre en grupo; pero, como nada temeroso se reveló a ellos, fueron ganando confianza poco a poco.
Durante el segundo día de los tres que duró la investigación, descubrieron un grupo de cuatro mujeres y seis niños en dos cuevas de la ladera de una colina. Todos llevaban muertos varias semanas, al parecer por inanición. Al finalizar el tercer día, estaban convencidos de que si existiera en la isla una persona viva, tenía que estar muy bien escondida. Fue sólo entonces, sobre notas comparativas, cuando se dieron cuenta también de que no habría más de una docena de ovejas y dos o tres de cabras del ganado normal de la isla, que se componía de varios centenares.
Dieron sepultura a los cadáveres que habían encontrado, radiaron un amplio informe a Río, y luego, se hicieron de nuevo a la mar, dejando a Saphira, con sus escasos animales vivos, en manos de las gaviotas.
A su debido tiempo, la noticia surgió a través de las agencias, ocupando poco espacio en los periódicos. Nadie se preocupó de hacer investigación más a fondo sobre el asunto.
El caso de la April Island salió a la luz de forma muy distinta y hubiera podido continuar sin descubrir durante mucho tiempo, a no ser por la coincidencia de interés oficial por el lugar.
El interés se despertó por la existencia de un grupo de javaneses descontentos, calificados indistintamente como contrabandistas, terroristas, comunistas, patriotas, fanáticos, gángsters o, simplemente, rebeldes, que, cualquier que fuera su verdadera filiación, operaban en una escala bastante modesta. Durante muchos años habían permanecido en la clandestinidad; pero, recientemente, un informador había conseguido alarmar a las autoridades con la noticia de que se habían apoderado de April Island. Las autoridades ordenaron inmediatamente su captura.
Para reducir el riesgo que pudieran correr algunas personas inocentes que estaban sirviendo de rehenes a los bandidos, el acercamiento a April Island se hizo de noche. A la luz de las estrellas, la lancha torpedera alcanzó tranquilamente una pequeña bahía, que estaba oculta del pueblo principal por un promontorio. Allí un grupo bien armado, acompañado por el informador, que debía actuar como guía, desembarcó con la misión de tomar el pueblo por sorpresa. Luego, la lancha desatracó y, siguiendo a lo largo de la costa, se ocultó detrás del promontorio a la espera de que el grupo desembarcado le hiciera señales de que interviniera y dominara la situación.
Se había calculado en tres cuartos de hora el tiempo que tardaría el grupo en cruzar el istmo, y luego, tal vez otros diez o quince minutos para situarse dentro del pueblo. Sin embargo, no habían pasado cuarenta minutos cuando los hombres a bordo de la lancha torpedera oyeron el primer estampido de fusil automático, seguido por varios más.
Perdido el elemento sorpresa, el mando ordenó que se extendieran ampliamente a vanguardia; pero, aunque la lancha se dirigió hacia donde sonaron los disparos, quedó detenida por un extraño y resplandeciente estallido. Los hombres de la torpedera se miraron unos a otros con las cejas alzadas: el grupo que había desembarcado no había llevado consigo más armas mortales que los fusiles automáticos y las granadas de mano. Hubo una pausa; a continuación, el martilleo de los fusiles automáticos empezó otra vez. Ahora se continuó mucho más tiempo disparando intermitentemente, hasta que terminó de nuevo por un estallido similar.
La lancha torpedera contorneó el promontorio. A la difusa luz era difícil averiguar nada de lo que pasaba en el pueblo, situado a unos cuatro kilómetros. Por el momento, todo estaba oscuro. Luego, surgió un resplandor, y otro, y llegó a sus oídos otra vez el sonido de los disparos. La lancha torpedera, navegando al máximo de velocidad, barrió la costa con sus potentes reflectores. El pueblo y los árboles que se alzaban detrás de él brotaron repentinamente como una construcción de juguete. No había ninguna figura visible entre las casas. La única señal de actividad era cierto hervor y agitación en el agua, a pocos metros de la orilla. Alguien dijo más tarde haber visto una mancha oscura y encorvada sobre el agua, un poco a la derecha de ellos.
Acercándose a la costa tanto como le fue posible, la lancha torpedera lanzó sus reflectores sobre las cabañas y sus alrededores. Todo lo iluminado por los rayos luminosos tenía líneas duras, y parecía dotado de una calidad curiosamente brillante. El hombre que servía los cañones seguía con atención al rayo de luz, con los dedos agarrotados sobre el disparador. La luz hizo unas cuantas pasadas más bajas y, luego, se paró. Iluminaba varios fusiles automáticos que yacían sobre la arena, muy próxima a la orilla del agua.
Por el altavoz se dejó oír una voz estentórea llamando, desde cubierta, al grupo desembarcado. Nadie contestó. El reflector hizo un nuevo barrido, internándose entre las casas, entre los árboles. Nada se movía allí. La mancha luminosa regresó a la playa y se posó sobre las arenas abandonadas. El silencio parecía hacerse más profundo.
El comandante de la lancha torpedera se negó a desembarcar hasta que amaneciera. La lancha echó el ancla. Permanecería allí el resto de la noche, con el reflector hacia el pueblo, dándole la apariencia de un escenario en el que aparecerían en cualquier momento los actores para empezar la representación; pero nadie hizo acto de presencia.
Cuando fue completamente de día, el primer oficial, con un grupo de cinco hombres armados, se dirigió cautelosamente a la costa, protegido por los cañones del barco. Desembarcaron cerca de las armas abandonadas y las cogieron para examinarlas. Todas estaban cubiertas de una delgada capa de sustancia viscosa. Los hombres las pusieron en el bote, limpiándose después las manos, impregnadas de aquella sustancia.
La playa estaba marcada en cuatro sitios por anchos surcos que iban de la orilla del agua hacia las cabañas. Estaban hechos por algo que tenía unos dos metros y medio de ancho, y en parte curvado. La profundidad en su centro era de unos diez o doce centímetros; la arena, en los bordes, formaba un ligero banco por encima del nivel de la arena de los alrededores. El primer oficial pensó que cada surco podía haber sido hecho por un ancho caldero que hubiera sido arrastrado a través de la parte delantera de la costa. Examinándolos más atentamente, decidió, por la forma de la arena, que, aunque uno de los surcos iba hacia el agua, los otros tres salían indudablemente de ella. Era un descubrimiento que le obligó a mirar hacia el pueblo con creciente cautela. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que la escena que había brillado extrañamente a la luz del reflector continuaba brillando extrañamente. La contempló con curiosidad durante algunos minutos. Luego, se encogió de hombros. Se colocó la culata de su fusil automático cómodamente debajo del brazo derecho y, lentamente, con los ojos mirando a derecha e izquierda para captar el menor movimiento, condujo al grupo playa arriba.
El pueblo estaba formado por un semicírculo de cabañas de diferentes modelos, que rodeaban un amplio espacio abierto, y cuando ellos llegaron y se acercaron más, comprendieron claramente la razón de aquel brillo extraño. El suelo, las mismas cabañas y los árboles que las rodeaban también, estaban cubiertos de la misma sustancia viscosa que habían observado en las armas.
El grupo avanzó cauta y lentamente hasta que alcanzó el centro del espacio abierto. Allí se pararon, sin separarse, mirando y examinando, atentamente, cada centímetro de terreno. No había ruido ni movimiento, sino unas pocas hojas que se mecían suavemente a la brisa mañanera. Los hombres comenzaron a respirar más uniformemente.
El primer oficial apartó su mirada de las cabañas y examinó el suelo. Estaba cubierto de una ancha capa de pequeños fragmentos de metal, la mayoría de ellos curvados, todos brillantes debido a la sustancia viscosa. Volvió uno por curiosidad con la punta del pie, pero no le dijo nada. Contempló de nuevo las chozas, decidiéndose por la mayor.
—Efectuaremos un registro —dijo.
La fachada principal brillaba intensamente. Empujó con el pie la puerta, abriéndola, y se introdujo en la cabaña. Había poco desorden. Sólo un par de utensilios caídos sugerían una huida precipitada. Nadie, ni vivo ni muerto, permanecía en la casa.
Salieron de allí. El primer oficial miró la cabaña de al lado; hizo una pausa, y volvió a mirarla con más atención. Dio la vuelta a su alrededor para examinar el lateral de la cabaña, en la que ya había entrado. La pared estaba completamente seca y limpia de sustancia viscosa. Examinó de nuevo los alrededores.
—Parece como si todo hubiese sido rociado con esta porquería por algo situado en el centro del espacio abierto —dijo.
Un examen más detallado confirmó la idea, pero no los llevó mucho más lejos.
—Pero ¿cómo? —preguntó el oficial, meditativo—. Y también, ¿qué?… ¿Y por qué?
—Algo salió del mar —dijo uno de los marineros, mirando hacia atrás intranquilo, hacia el agua.
—¿Algo?… Tres por lo menos —le corrigió el primer oficial.
Regresaron al centro del abierto semicírculo. Era evidente que el lugar estaba desierto y, al parecer, no podía averiguarse nada más por el momento.
—Recoged unos cuantos trozos de este metal… Puede significar algo para alguien —ordenó el oficial.
Él mismo entró en una de las cabañas, encontró una botella vacía, echó dentro de ella cierta cantidad de aquella sustancia viscosa y la taponó.
—Esta materia empieza a oler mal ahora que el sol actúa sobre ella —dijo cuando regresó—. Ya podemos marcharnos de aquí. No se puede hacer nada más.
De regreso a la lancha torpedera, sugirió que un fotógrafo podría sacar fotos de los surcos de la playa, y mostró al capitán sus trofeos, limpios ahora de sustancia viscosa.
—Extraña materia, capitán —dijo, cogiendo un trozo del grueso y brillante metal—. Una lluvia de ellos por los alrededores —añadió, y lo golpeó con un nudillo—. Suena como plomo y pesa como una pluma. Su vista deslumbra. ¿Ha visto usted alguna vez algo semejante a esto, capitán?
El comandante del barco negó con la cabeza. Observó que el mundo parecía estar lleno por aquellos días de metales extraños.
En aquel momento regresaba el fotógrafo de la playa. El capitán decidió:
—Tocaremos varias veces la sirena. Si nadie aparece, será mejor que desembarquemos en otra parte de la isla, a ver si encontramos a alguien que pueda explicarnos qué ha sucedido.
Un par de horas después, la lancha torpedera entraba cautelosamente en una bahía de la costa nordeste de April Island. Un pueblecito similar se veía en una explanada, cerca de la orilla del mar. La similitud fue incómodamente acentuada por una ausencia de vida, así como por la presencia de una playa con cuatro anchos y desagradables surcos que iban hasta la orilla del mar.
Sin embargo, una investigación más a fondo mostró algunas diferencias: de estos surcos, dos habían sido hechos por algunos objetos ascendiendo la playa; los otros dos, al parecer, estaban hechos por los mismos objetos descendiéndola. No había trazas de sustancia viscosa en el pueblo desierto ni en sus alrededores.
El comandante se inclinó, con el ceño fruncido, sobre sus mapas. Indicó otra bahía.
—Perfectamente. Vamos allá e intentémoslo otra vez —dijo.
En esta ocasión no se veían surcos en la playa, aunque el pueblo estaba completamente desierto. De nuevo la sirena del barco lanzó su estridente y apeladora llamada. Examinaban la escena con los prismáticos, cuando el primer oficial, ampliando su campo visual, lanzó una exclamación:
—Hay un individuo en aquel cerro, capitán. Agita una camisa o algo.
El comandante dirigió sus prismáticos hacia el lugar indicado.
—Veo otros dos o tres, un poco a la izquierda del primero.
La lancha torpedera tocó por dos veces la sirena y se acercó a la costa. Se echó el bote al agua.
—No desembarquen hasta que ellos lleguen —ordenó el capitán—. Averigüen si hay alguna epidemia antes de ponerse en contacto con ellos.
Él se quedó vigilando desde el puente. A su debido tiempo, un grupo de nativos, ocho o nueve, apareció por entre los árboles, a un par de cientos de metros al este del pueblo, y saludó a gritos a los del bote. Corrieron en dirección a él. A continuación, hubo gritos y contragritos por ambas partes, y el bote se acercó a la playa, encallando en ella. El primer oficial saludó con la mano a los nativos, pero ellos retrocedieron hasta la linde de los árboles. El primer oficial avanzó por la playa y cruzó el arenal para hablar con ellos. Tuvo lugar una animada discusión. La invitación hecha a algunos de ellos para que visitaran la lancha torpedera fue declinada con vigor. El primer oficial volvió a descender a la playa solo, y el grupo de desembarco regresó a la lancha torpedera.
—¿Qué pasa allí? —preguntó el comandante cuando se acercó el bote.
El primer oficial alzó la cabeza y le miró:
—No quisieron venir, capitán.
—¿Qué les sucede?
—Están bien, capitán; pero dicen que el mar no es seguro.
—Han podido ver que es bastante seguro para nosotros. ¿Qué quieren decir con eso?
—Dicen que han sido atacados varios pueblos costeros, y creen que ellos pueden serlo de un momento a otro.
—¿Atacados?… ¿Por quién?
—Pues… tal vez si usted fuera a hablar con ellos, capitán…
—Les mandé un bote para que vinieran aquí a hablar conmigo… Eso debió bastarles.
—Temo que no vengan, capitán, a menos que los traigan a la fuerza.
El capitán frunció el ceño.
—¿De qué están asustados?… ¿Quién organizó ese ataque?
El primer oficial se humedeció los labios; sus ojos se posaron en los de su capitán.
—Ellos…, ellos dicen que… ballenas, capitán.
—¿Cómo?… ¿Qué dicen? —preguntó.
El primer oficial pareció incómodo.
—Pues… ya lo sé, capitán. Pero es justamente lo que dicen. Sí…, ballenas y… ¡ejem!…, gigantescas medusas. Creo que si usted hablase con ellos capitán…
Las noticias sobre lo ocurrido en April Island no «irrumpieron» exactamente, en el justo sentido de la palabra. La curiosidad sobre un promontorio que no se encontraba en la mayoría de los atlas no duró mucho tiempo, y las breves líneas que se publicaron en los periódicos no tardaron en caer en el olvido. Posiblemente no hubiera atraído la atención ni hubiera sido recordado más tarde, a no ser por el azar de que un periodista norteamericano, que por casualidad se hallaba en Yakarta, descubriera la historia por sí mismo, hiciera un meditado viaje a April Island y escribiese el hecho para una revista semanal.
Un editor, al leerlo, recordó el incidente de Saphira, encadenó los dos hechos y dio la voz de alarma de un nuevo peligro en un periódico dominical. Por casualidad, ese artículo precedió en un día al comunicado más sensacional emitido por el Standing Committee for Action, con el resultado de que las profundidades ocuparan, una vez más, los principales titulares de los periódicos. Por otra parte, el término «profundidades» era más comprensible que anteriormente, porque se anunció que los barcos perdidos durante el último mes habían sido de gran tonelaje, y tan profundos los lugares donde habían ocurrido los hundimientos, que mientras no se llevasen a cabo unos medios de defensa más eficaces, todos los navíos debían ser advertidos muy seriamente para que evitaran cruzar las aguas profundas y permanecieran, dentro de lo posible, en las áreas de las costas continentales.
Era evidente que el Committee no hubiera sacado a la luz un asunto que ya estaba archivado, de no tener las más serias razones. No obstante, las compañías interesadas en los negocios navieros pusieron el grito en el cielo, acusándole desde derrotista y alarmista hasta interesado en los negocios aéreos. Protestaron, diciendo que, si seguían tal consejo, eso significaría cambiar radicalmente las rutas seguidas por los transatlánticos, haciéndolos navegar por aguas de Islandia y Groenlandia, costear el golfo de Vizcaya y la costa de África Occidental, etc. El comercio transpacífico se haría imposible, y Australia y Nueva Zelanda quedarían aisladas. Que el Committee se hubiese lanzado a dar semejante consejo, sin consultar con todas las partes interesadas, demostraba una chocante y lamentable falta de sentido de responsabilidad. Tales medidas, inspiradas en el pánico, llevarían, si se pusieran en práctica, a un paro total del comercio marítimo mundial. Un consejo que nunca podía ponerse en práctica, nunca debió darse.
El Committee rechazó desdeñosamente el ataque. Dijo que no había ordenado. Había sugerido, sencillamente, que, en lo posible, los navíos evitaran el cruzar cualquier extensión de agua donde la profundidad excediese los tres mil trescientos metros, evitando de tal forma exponerse a innecesarios peligros.
Los propietarios de buques replicaron que eso era decir lo mismo con diferentes palabras, y su caso, aunque no su causa, estaba apoyado por la publicación en casi todos los periódicos de mapas esquemáticos, que mostraban precipitadas y a veces variadas impresiones de la línea de tres mil trescientos metros.
Antes que el Committee fuese capaz de responder con palabras aún diferentes, el transatlántico Sabina y el mercante alemán Vorpommern desaparecieron el mismo día —uno, en el Atlántico medio; otro, en el sur del Pacífico— y la respuesta resultó ya superflua.
La noticia de los hundimientos se anunció en el boletín de las ocho de la mañana de un sábado. Los periódicos del domingo sacaron toda la ventaja posible de su oportunidad. Por lo menos, seis de ellos azotaban a la incompetencia oficial con un gusto muy siglo XVIII, y ponían una pica en Flandes.
El miércoles telefoneé a Phyllis.
Acostumbraba a reunirme con ella periódicamente, cuando teníamos trabajo más extenso de lo acostumbrado en Londres, porque ella no podía resistir los trabajos de la civilización sin interrumpirlos para un refrigerio. Resultaba que yo estaba libre; también me habían pagado; si no, ella se hubiera disparado para hablar con naturalidad sobre sí misma. Por lo regular, ella regresaba espiritualmente muy acicalada en el curso de una o dos semanas. Sin embargo, esta vez la comunión había durado casi una quincena, y no había señales de postal que, de costumbre, precedía brevemente a su regreso, cuando no llegaba al día siguiente.
El teléfono de Rose Cottage sonó desesperadamente durante un buen rato. Ya estaba a punto de colgar cuando ella contestó.
—¡Hola, querido! —exclamó su voz.
—Podía haber sido el carnicero o el recaudador de impuestos —le reproché.
—Ellos hubieran colgado más rápidamente. Siento haberte hecho esperar. Estaba ocupada afuera.
—¿Cavando en el jardín? —pregunté, esperanzado.
—No, no es eso. Estaba poniendo ladrillos.
—Esta línea está mal. He oído que estabas poniendo ladrillos.
—Exactamente, querido.
—¡Oh, poniendo ladrillos! —exclamé.
—Es muy fascinante cuando se pone una a hacerlo. ¿Estás enterado de que hay muchas clases de cemento: cemento Flemish, cemento inglés y otros varios? También existen unas cosas que se llaman «ladrillos», y otras llamadas…
—¿Qué es eso, querida? ¿Una lección de albañilería?… ¿Estás haciendo un cobertizo para las herramientas?
—No, solamente una pared, como Balbus y míster Churchill. Leí en alguna parte que, en momentos de nerviosismo y depresión, míster Churchill lo hacía así para recuperar la calma, y yo pensé que lo que era bueno para calmar a míster Churchill, también habría de serlo para calmarme a mí.
—Bien, espero que te hayas curado tu nerviosismo.
—¡Oh! Claro que sí. Está muy apaciguado. Me gusta la forma en que se pone el ladrillo sobre el cemento y luego…
—Querida, los minutos corren. Te he telefoneado para decirte que te necesitamos aquí.
—¡Oh, es muy amable por tu parte, querido! Pero dejar un trabajo a medio terminar…
—No soy yo…; quiero decir que soy yo, pero no solo. La E. B. C. quiere celebrar una entrevista con nosotros.
—¿Sobre qué?
—No lo sé realmente. Se muestran cautelosos, pero insistentes.
—¡Oh! ¿Cuándo quieren vernos?
—Freddy sugirió que cenáramos juntos el viernes. ¿Podrás estar libre para ese día?
Hubo una pausa.
—Sí. Creo que podré terminar… Perfectamente. Saldré en el tren que llega a Paddington alrededor de las seis.
—Bien. Iré a esperarte. También existe otra razón, Phyl.
—¿Cuál?
—La arena movediza, querida. La tapa sin volver. El dedal deslustrado. Las gotas tristes e insípidas de la clepsidra de la vida. La…
—Mike, tú has estado ensayando.
—¿Qué otra cosa podía hacer?
Llegamos solamente con veinte minutos de retraso, pero Freddy Whittier daba la impresión de haber estado seco durante varias horas por la urgencia con que nos arrastró al bar. Desapareció detrás del mostrador con una violencia perfectamente controlada y reapareció al momento con una selección de copas dobles y sencillas de jerez en una bandeja.
—Primero, dobles —dijo.
Pronto se aclaró su mente. Pareció más él mismo, y observaba las cosas. Así es que se fijó en las manos de Phyllis: en los raspados nudillos de la derecha y en la ancha mancha de yeso en la izquierda. Frunció el ceño y pareció a punto de hablar, pero lo pensó mejor. Yo le observaba atentamente, viendo cómo examinaba mi semblante y luego mis manos.
—Mi esposa —expliqué— ha estado en el campo. Ya sabe que ha empezado ya la temporada de hacer reformas de albañilería.
Pareció aliviado más que interesado.
—¿No existe nada en la mente de la vieja pareja? —inquirió, mostrando indiferencia.
Negamos con la cabeza.
—Bueno, porque tengo un trabajo para ambos —dijo.
Continuó su exposición. Al parecer, uno de los capitostes de la E. B. C. tenía que hacerles una proposición. Este capitoste había estado cavilando durante algún tiempo, según todos los indicios, en que había llegado ya el momento de hacer una descripción detallada, publicar algunas fotografías y dar una prueba definitiva de las criaturas de las profundidades.
—Un hombre con vista —dije—. Durante los últimos cinco o seis años…
—Calla, Mike —me interrumpió, tajante, mi esposa.
—En su opinión —continuó Freddy—, las cosas han alcanzado ahora su punto culminante, y él está dispuesto a invertir su dinero siempre que sirva para conseguir una información valiosa. Al mismo tiempo, no ve por qué no podría obtener algún beneficio de la información si es rápida. Así, pues, se propone organizar y enviar una expedición para descubrir lo que se pueda…, y, por supuesto, todo cuanto se consiga será de su exclusiva propiedad; es decir, tendrá los derechos exclusivos de toda información. De paso he de decirles que esto es altamente confidencial: no queremos que la B. B. C. se nos adelante.
—Escuche, Freddy —dije—: durante varios años todo el mundo ha estado tratando de hacer algo, no sólo la B. B. C. ¿Por qué el…?
—¿Expedición adonde? —preguntó, más práctica, Phyllis.
—Ésa, naturalmente, será nuestra primera cuestión. Pero él no lo sabe. La entera decisión sobre una localidad está en manos de Bocker.
—¡Bocker! —salté—. ¿Se ha convertido en intocable o algo así?
—Su prestigio se ha recuperado un poco —admitió Freddy—. Y respecto a ese individuo, dijo el capitoste: «Si dejamos a un lado todo lo que parece no tener sentido, no hay duda alguna de que las afirmaciones de Bocker alcanzan una alta categoría…»; en todo caso, más alta que cualquier otra. Así pues, fue en busca de Bocker y le dijo: «Escuche: ya sabe usted las cosas que han ocurrido en Saphira y en April Island. ¿Dónde cree usted verosímil que ocurra la próxima… o, en todo caso, la inmediata?». Como es lógico, Bocker no fue capaz de decírselo. Pero hablaron. Y el resultado de esa conversación fue que el capitoste ha financiado una expedición, dirigida por Bocker, a una región que elegirá Bocker. Y es más: Bocker también selecciona el personal. Y parte de la selección, con el asenso de la E. B. C. y la aprobación de ustedes, podrían formarla ustedes dos.
—Bocker siempre fue mi ógrafo favorito —dijo Phyllis—. ¿Cuándo hemos de partir?
—Espera un momento —le interrumpí—. En cierta época, los viajes oceánicos se recomendaban como muy saludables. Recientemente, sin embargo, lejos de ser saludables…
—Aire —me interrumpió Freddy—. Nada más que aire. Indudablemente, la gente carece de mucha información respecto a las cosas que suceden, pero nosotros preferiríamos que ustedes estuvieran en situación de comprenderlas.
Phyllis, durante la noche, mostró a intervalos un aire abstracto.
Cuando regresamos a casa, le dije:
—Si tú crees que no debemos…
—Tonterías. Naturalmente que iremos —respondió—. ¿Crees tú que la «financiación» significa que podremos obtener ropa adecuada y otras cosas a cargo de ella?
—Me gusta estar ociosa… al sol —dijo Phyllis.
Desde donde estábamos sentados, a una mesa, bajo una sombrilla, delante del misteriosamente titulado Gran Hotel Britannia y de la Justicia, era posible permanecer en ociosa contemplación de la tranquilidad y de la actividad. La tranquilidad estaba a nuestra derecha. El agua, inmensamente azul, se extendía y brillaba millas y millas hasta alcanzar la lejana y abrupta raya del horizonte. La costa, que era redonda como un jarrón, terminaba en un promontorio cuajado de palmeras, que temblaba como un espejismo bajo la neblina del calor. Un panorama que no había cambiado desde la época que pertenecía al dominio español.
A la izquierda estaba la actividad, un despliegue de vitalidad, propio de la capital y única ciudad de la isla La Escondida.
El nombre de la isla se debía, probablemente, a algún barco errabundo que, en tiempos remotos, había tocado por casualidad en una de las islas Caimanes, tras pasar numerosas vicisitudes. Contra viento y marea, había sabido conservar el nombre, así como sus costumbres españolas. Las casas parecían españolas; el temperamento poseía calidad española; el idioma era más español que inglés, y, desde donde estábamos sentados, en un rincón del amplio espacio abierto, conocido indistintamente por La Plaza o el Square, la iglesia, situada al otro extremo, con los brillantes azulejos de la fachada, era evidente que estaba sacada de un libro de pinturas español. La población, sin embargo, era en cierto modo un poco menos española; se alineaba desde el blanco tostado o mulato al negro carbón. Solamente un buzón británico, de color rojo fuerte, le preparaba a uno para la sorpresa de enterarse que el lugar se llamaba Smithtown…, y hasta eso resultaba un tanto novelesco cuando uno se enteraba también de que el conmemorado Smith fue nada menos que un pirata de reconocida fama.
Detrás de nosotros, y también detrás del hotel, se alzaba una de las dos montañas que hacen de La Escondida una isla en pendiente, y que surgía a lo lejos como un picacho desnudo con una bufanda de verdor sobre los hombros. Entre la base de la montaña y el mar se extendía una llanura rocosa, donde la ciudad apiñaba sus edificios.
También allí se apiñaba, desde hacía cinco semanas, la expedición Bocker.
Bocker había elaborado un sistema de probabilidades de su propia inventiva. Finalmente, sus eliminaciones le habían proporcionado una lista de diez islas como las más verosímiles de ser atacadas, y el hecho de que cuatro de ellas estuvieran en el área del Caribe había fijado nuestro curso.
A eso fue a lo que llegó sobre el papel, y lo que nos condujo a todos a Kingston, capital de Jamaica. Allí permanecimos durante una semana en compañía de Ted Jarvey, el fotógrafo; Leslie Bray, el registrador, y Muriel Flynn, una de los ayudantes técnicos femeninos, mientras el propio Bocker y sus dos ayudantes masculinos volaban en un avión de reconocimiento armado, que las autoridades pusieron a su disposición, y examinaban con todo detenimiento las atracciones rivales de Grand Cayman, Little Cayman, Cayman Brac y La Escondida. El razonamiento que condujo a Bocker a elegir finalmente La Escondida fue, sin duda alguna, muy exacto; así que pareció una pena que, dos días después que el avión hubiese terminado de transportarnos con nuestros aparatos a Smithtown, fuese un pueblo grande de Grand Cayman el que sufriese, de aquellos lugares, la primera incursión.
Pero si aquello nos desanimó, también nos impresionó. Estaba claro que Bocker había hecho algo más que un estudio a tontas y a locas; pero había errado el tiro.
El avión nos condujo a cuatro de nosotros al lugar del suceso tan pronto como Bocker tuvo noticias de él. Desgraciadamente, poco pudimos aprender. En la playa había surcos; pero, cuando llegamos, habían sido pisoteados ya de tal forma que no se notaba casi nada. De los doscientos cincuenta habitantes del pueblo, unos veinte huyeron precipitadamente. El resto desapareció simplemente. Todo ocurrió en la oscuridad; por tanto, nadie vio gran cosa. Cada superviviente se sintió obligado a dar su versión personal, con lo cual el resultado fue catastrófico.
Bocker anunció que permaneceríamos en donde estábamos. Nada se ganaría yendo de un lado para otro; existían las mismas probabilidades de que nos equivocáramos como de que acertáramos. Más aún de que acertáramos, porque La Escondida, en adición a sus otras cualidades, tenía la virtud de no tener más que un pueblo en toda la isla; así, pues, cuando surgiese el ataque (y era seguro que surgiría, más pronto o más tarde), el objetivo sería con toda seguridad Smithtown.
Estábamos seguros de que Bocker sabía lo que se hacía; pero, a las dos semanas, empezamos a dudarlo. La radio nos informó de una docena de incursiones… Todas, excepto una breve a las Azores, tuvieron lugar en el Pacífico. Comenzamos a experimentar la deprimente sensación de que nosotros estábamos situados en el hemisferio contrario.
Cuando digo «nosotros», he de admitir que quiero decir principalmente «yo». Los otros continuaban analizando los informes e iban estólidamente adelante con sus preparativos. Un punto importante era que no existía ningún informe que indicara que alguna incursión se había verificado durante las horas del día; por tanto, se hacían imprescindibles las luces. Una vez que el concejo de la ciudad quedó convencido de que «aquello» no le costaría nada, todos nosotros nos dedicamos a instalar focos de luz en los árboles, en los postes y en las esquinas de todos los edificios de Smithtown, aunque con mayor proliferación hacia la parte del mar, todo lo cual, en interés de las cámaras de Ted, debía estar conectado a un tablero de conmutadores eléctricos colocado en su habitación del hotel.
Los habitantes del pueblo se figuraban que estaba en preparación alguna fiesta; el concejo consideró aquello como una especie de inocente locura; pero estaba contento por la cantidad extraordinaria de dinero que entraba en el pueblo a costa nuestra. La mayoría de nosotros íbamos desinflándonos lentamente, hasta que el ataque a la isla Gallows enervó a todo el Caribe, a pesar de que dicha isla pertenecía a las Bahamas.
Port Anne, la capital de Gallows, y tres grandes pueblos costeros fueron invadidos durante la misma noche. Aproximadamente, la mitad de la población de Port Anne y una proporción mucho mayor de la de los pueblos desaparecieron por completo. Los que sobrevivieron se habían encerrado en sus casas o huyeron; pero esta vez hubo mucha gente que coincidió en que habían visto cosas como tanques —como tanques militares, dijeron, pero más grandes— surgiendo del agua y deslizándose playa arriba. Debido a la oscuridad, a la confusión y a la precipitación con que muchos de los informadores huyeron o se escondieron, hubo sólo informes fantásticos sobre lo que esos tanques surgidos del mar hicieron después. El único hecho verificable fue que habían desaparecido durante la noche más de mil personas en total de los cuatro puntos atacados.
Por todos los alrededores se notó inmediatamente un cambio. La pasión subió al máximo. Cada nativo de cada isla abandonó su indiferencia y su sensación de seguridad, convencido de que su hogar podía ser el próximo escenario del ataque. De los baúles se sacaron y se limpiaron viejas e inseguras armas. Se organizaron patrullas y, por primera vez en su vida, se hizo guardia por las noches, bien armados. Se propuso, además, organizar un sistema defensivo aéreo entre las islas.
Sin embargo, cuando transcurrió una semana sin que ocurriera nada en toda el área de las islas, el entusiasmo decreció. Porque, efectivamente, hubo una pausa en la actividad subterránea. El único informe de una incursión llegó de las Kuriles, sin fecha, por alguna razón eslavónica, y además resultó que había pasado algún tiempo examinándolo al microscopio desde todos los ángulos de seguridad.
Al décimo día después de la alarma, el natural espíritu de mañana de La Escondida se había asegurado enormemente. Durante la noche y la siesta se dormía a pierna suelta; el resto del día se lo pasaban en completa modorra, de la que también participábamos nosotros. Era difícil creer que no continuaríamos así durante años; por tanto, decidimos acoplarnos a ello, por lo menos unos cuantos. Muriel se dedicó a explorar con entusiasmo la flora isleña; Johnny Tallton, el piloto, que estaba constantemente solo, empezó a acudir a un café donde una encantadora señorita le enseñaba el idioma nativo; Leslie trabó conocimiento con un indígena para conseguir una guitarra, que ahora podíamos escuchar a través de la ventana abierta del piso de arriba; Phyllis y yo hablábamos en ocasiones sobre los relatos que podríamos escribir si tuviéramos energía para ello; solamente Bocker y sus dos ayudantes más íntimos, Bill Weyman y Alfred Haig, conservaban su aspecto decidido. Si el capitoste hubiera podido vernos, quizá se hubiese sentido intranquilo por el destino de su dinero.
Empecé a notar que ya me estaba hartando, que me iba acostumbrando a no hacer nada, y, aunque la sensación no era desagradable, comprendí que era muy pronto para que llevara mi vida por esos derroteros.
—Esto no puede continuar indefinidamente —dije a Phyllis—. Sugiero que pongamos a Bocker una fecha límite…, una semana, a partir de ahora…, para que se produzca su fenómeno.
—Bueno… —empezó a decir de mala gana mi mujer—. Sí, supongo que tienes razón.
—Claro que la tengo —respondí—. En realidad, no estoy tan seguro de que no pueda resultarnos fatal otra semana…
Lo cual era, en forma insospechada, más cierto de lo que yo creía.
—Querida, deja de mirar a la luna y vámonos a la cama.
—De ninguna manera… No vale la pena… Frecuentemente me pregunto por qué me casé contigo.
Por tanto, me puse en pie y me uní a ella, junto a la ventana.
—¿Ves? —dijo—. Un barco, una isla, una media luna… Tan frágil, tan eterna…, ¿no es hermoso?
Miramos hacia afuera, hacia la plaza vacía, más allá de las casas dormidas, en dirección al plateado mar.
—Yo lo necesito. Es una de las cosas que estoy tratando de desterrar de mi recuerdo.
De la parte trasera de las casas de enfrente, en dirección al muelle, llegó cadenciosamente el rasgueo de una guitarra.
—El amor tonto… y dulce —dijo Phyllis, suspirando.
Y entonces, de repente, el lejano tocador arrojó su guitarra al suelo, produciendo un ruido agudo y resonante.
Abajo, en el muelle, gritó una voz, ininteligible pero alarmante. Luego, otras voces. Una mujer sollozó. Nos volvimos para mirar las casas que ocultaban al pequeño puerto.
—¡Escucha! —dijo Phyllis—. Mike, ¿crees que…?
Se interrumpió al oír el ruido de dos disparos.
—¡Debe de ser! ¡Mike, deben de estar invadiéndonos!
En la distancia hubo un creciente alboroto. En la propia plaza se abrieron las ventanas, haciéndose las personas preguntas unas a otras. Un hombre salió corriendo de una puerta, dio la vuelta a la esquina y desapareció por la corta calle que conducía al mar. Ahora se oían más gritos y más sollozos también. Entre ellos, el estampido de tres o cuatro disparos más. Me separé de la ventana y tamborileé con los dedos en el tabique que nos separaba de la habitación de al lado.
—¡Eh, Ted! —grité—. ¡Enciende las luces! ¡Las del muelle, hombre! ¡Las luces!
Oí un apagado «muy bien». Ya debía de estar fuera de la cama, porque cuando yo regresaba a la ventana las luces empezaban a encenderse por turno.
No había nada desacostumbrado que observar, excepto una docena o más de hombres que atravesaban corriendo la plaza en dirección al puerto. Casi bruscamente cesó el ruido que había ido in crescendo. La puerta de Ted dio un portazo. Sus botas sonaron ruidosamente a lo largo del pasillo cuando pasaron por delante de nuestra habitación. Más allá de las casas surgieron de nuevo los gritos y los sollozos, más fuertes que antes, como si hubiesen adquirido fuerza tras el breve descanso.
—Debo… —empecé a decir; pero me interrumpí al darme cuenta de que Phyllis no estaba a mi lado.
Miré por la habitación y la descubrí en el momento en que echaba la llave a la puerta. Corrí hacia ella.
—Debo ir allá abajo. Tengo que ver lo que…
—¡No! —me interrumpió.
Se volvió, apoyando firmemente la espalda contra la puerta. Producía la impresión de ser un ángel severo que impedía el paso por una carretera, con la diferencia de que los ángeles tienen la costumbre de usar respetables camisones de algodón, no de nylon.
—Pero, Phyl, es el trabajo. Es por lo que estamos aquí.
—Me tiene sin cuidado. Esperaremos un poco.
Permanecía inmóvil, con la expresión de ángel severo, modificada ahora por la de una muchachita rebelde. Alargué el brazo.
—¡Phyl!… Por favor, dame la llave.
—¡No! —contestó, y, lanzándola a través de la habitación, desapareció por la ventana.
Resonó sobre las piedras de la plaza. La miré con estupor. Ésa era una acción que uno nunca hubiera esperado de Phyllis. Ahora, en la plaza iluminada, se veía a la gente correr hacia la calle de enfrente. Me volví.
—Phyl, por favor, apártate de esa puerta.
Negó con la cabeza.
—No seas loco, Mike. Tienes que hacer un trabajo.
—Por eso precisamente, yo…
—No, no es eso. ¿No lo comprendes? Los únicos informes que poseemos provienen de las personas que no corrieron para averiguar qué estaba sucediendo; de las personas que se escondieron o huyeron…
Yo estaba furioso con ella, pero no tanto que no alcanzara el sentido de lo que me decía, e hice una pausa. Ella continuó:
—Es lo que dijo Freddy: el objetivo de nuestra venida es poder regresar para contar lo que ha sucedido.
—Eso está muy bien, pero…
—¡No!… ¡Mira!…
Con la cabeza señaló hacia la ventana.
La gente continuaba convergiendo hacia la calle que conducía al muelle, pero ya no entraban en ella. Un sólido grupo se amontonaba a la entrada. Luego, mientras yo continuaba mirando, la anterior escena empezó a interpretarse en sentido inverso. El grupo retrocedió, y comenzó a deshacerse por sus costados. Muchos hombres y mujeres salieron de la calle, corriendo hacia atrás, hasta que quedaron dispersados en la plaza.
Me acerqué más a la ventana para observar. Phyllis abandonó la puerta y se acercó a mí. Ahora veíamos a Ted, con su tomavistas en la mano, retrocediendo corriendo.
—¿Qué sucede? —le grité.
—Sólo Dios lo sabe. No se puede pasar. Hay un pánico terrible en aquella calle. Todos dicen que, sea lo que fuere, viene por ese camino. Si es así, tomaré la película desde mi ventana. No se puede trabajar con esta barahúnda.
Miró hacia atrás, desapareciendo después por la puerta del hotel, que estaba debajo de nuestra ventana.
La gente continuaba inundando la plaza y emprendía una carrera cuando alcanzaba un punto donde había espacio para correr. No hubo más ruido de disparos; pero, de cuando en cuando, surgía otro estruendo de gritos y de lamentos de alguna parte del lejano y oculto extremo de la corta calle.
Entre los que regresaban al hotel se hallaban el propio doctor Bocker y el piloto, Johnny Tallton. Bocker se paró debajo de las ventanas y gritó hacia arriba. De las ventanas surgieron algunas cabezas. Las contempló a todas.
—¿Dónde está Alfred? —preguntó.
Nadie parecía saberlo.
—Si alguno de ustedes le ve, que le diga que entre inmediatamente en el hotel —instruyó Bocker—. Ustedes permanezcan donde están. Observen lo que puedan, pero no se expongan hasta que sepamos más de lo que pasa. Ted, procure que todas las luces continúen encendidas; Leslie…
—Estoy a punto con el magnetófono, doctor —respondió la voz de Leslie.
—No, no salga. Ponga el micrófono por la parte exterior de la ventana, si quiere; pero usted permanezca bajo techado. Y hagan lo mismo todos los demás, por el momento.
—Pero, doctor, ¿qué pasa?…, ¿qué…?
—No lo sabemos. Por tanto, permanezcamos dentro del hotel hasta que averigüemos por qué grita la gente. ¿Dónde demonios está miss Flynn?… ¡Oh! Está usted aquí. Bien. Continúe vigilando, miss Flynn…
Se volvió a Johnny y cambió con él algunas palabras ininteligibles. Johnny asintió con la cabeza y se dirigió hacia la parte de atrás del hotel. Bocker volvió a mirar de nuevo a la plaza y entró en el hotel, cerrando la puerta tras él.
Corriendo, o al menos apresuradamente, la gente continuaba convergiendo en la plaza desde todas las direcciones, pero ninguna procedía ya de la calle corta. Los que alcanzaban la parte más alejada se volvían para mirar, arrimándose a las puertas o las callejuelas por donde pudieran huir si era necesario. Media docena de hombres con pistolas o escopetas se hallaban tumbados en tierra, con sus armas apuntando hacia la entrada de la calle. Ahora todo estaba más tranquilo. Excepto unos cuantos ruidos, producidos por los lamentos, un tenso y expectante silencio llenaba toda la escena. Y entonces, de la lejanía, llegó un ruido chirriante, como de algo que se arrastra. No fuerte, pero sí continuo.
La puerta de la casita situada junto a la iglesia se abrió. El sacerdote, con sotana, salió por ella. Algunas personas que se hallaban cerca corrieron hacia él y se arrodillaron en torno suyo. El sacerdote extendió ambos brazos, como para proteger y amparar a todos.
El ruido procedente de la angosta calle daba la impresión de estar producido por un pesado tractor de metal arrastrándose sobre las piedras.
Repentinamente, dispararon tres o cuatro escopetas casi al mismo tiempo. Nuestro ángulo de visión nos impedía ver aún a qué disparaban; pero cada uno de los hombres hizo una sucesión de disparos. Luego, se pusieron en pie de un salto y corrieron hacia atrás, casi a la parte opuesta de la plaza. Allí se volvieron y cargaron de nuevo sus armas.
De la calle llegó un ruido de madera destrozada y de cristales y ladrillos caídos.
Entonces tuvimos la primera visión del «tanque marino»: un objeto curvo, de grueso metal color gris, se deslizó hacia la plaza, arrastrando consigo la parte más baja de la esquina de la casa de enfrente.
Le dispararon desde una docena de sitios diferentes. Las balas se aplastaban o rebotaban sobre él sin producir efecto. Lentamente, pesadamente, con inexorabilidad, continuó su marcha, arrastrándose y chirriando sobre las piedras. Iba inclinado sobre su costado derecho, alejándose de nosotros y dirigiéndose a la iglesia, llevándose consigo un trozo más de la esquina de la casa, sin que le afectara el enyesado, los ladrillos ni las vigas que caían sobre él y se deslizaban por sus costados.
Se dispararon más tiros contra aquello, pero permanecía inconmovible, introduciéndose en la plaza a una velocidad de cinco kilómetros por hora, masivamente infalible. No tardamos en verlo todo entero.
Imagínense un huevo alargado, cuya longitud ha sido partida en dos y puesta de plano sobre el suelo, con el puntiagudo extremo hacia adelante. Consideren este huevo, de una longitud comprendida entre los nueve y los diez metros, de un color pardo plomizo sin brillo, y tendrán una visión exacta del «tanque marino» que nosotros veíamos avanzar por la playa.
No había forma de ver qué lo impulsaba. Acaso tuviera ruedas debajo; pero más bien parecía, y sonaba sencillamente, arrastrarse hacia adelante con mucho ruido, sobre su barriga de metal, pero sin maquinaria. No saltaba al girar, como hacen los tanques, ni traqueteaba, como hacen los coches. Simplemente se movía hacia la derecha, en diagonal, siempre apuntando hacia adelante. Muy cerca, detrás de él, le seguía otro, de traza exactamente similar, que se dirigía hacia la izquierda, en nuestra dirección, arrancando la esquina de la casa de enfrente mientras se acercaba. Un tercero se dirigía en línea recta hacia el centro de la plaza, donde paró.
En la parte más alejada de la plaza, el grupo que se había arrodillado en torno al sacerdote echó a correr. El sacerdote permaneció en su sitio. Impedía el paso de la cosa. Su mano derecha hizo la señal de la cruz en dirección a ella, mientras que su mano izquierda, con los dedos separados y la palma vuelta hacia la cosa, se alzaba indicándole que parase. La cosa continuó su marcha, ni más de prisa ni más despacio, como si el sacerdote no estuviera allí. Su curvado flanco le empujó ligeramente a un lado cuando llegó a su altura. Luego, se paró también.
Pocos segundos después, el que se dirigía en nuestra dirección por la plaza alcanzó lo que, al parecer, era la posición señalada, y se paró también.
—La tropa alcanza su primer objetivo según órdenes —dije a Phyllis mientras veíamos los tres artefactos situados estratégicamente en la plaza—. Esto no es accidental. Y ahora, ¿qué?
Durante medio minuto casi no pareció que iba a suceder nada. Hubo un ligero tiroteo más esporádico, procedente de alguna de las ventanas de la plaza que, en todo su alrededor, estaban llenas de gentes pendientes de ver lo que sucedería a continuación. Ninguno de los disparos hizo efecto sobre los blancos, existiendo cierto peligro a causa de los rebotes de las balas.
—¡Mira! —exclamó Phyllis de pronto—. Ése se está combando.
Señalaba al más próximo a nosotros. Efectivamente, la parte superior estaba desfigurándose en su punto más alto, formando una pequeña excrecencia en forma de cúpula. Su color era ligeramente más fuerte que el metal de debajo: una especie de sustancia semiopaca, tirando a blanco, que relucía viscosamente a la luz de los focos. Mientras la observábamos, aumentaba.
—Todos están haciendo lo mismo —añadió.
Hubo un disparo aislado. La excrecencia se estremeció, pero continuó dilatándose. Ahora aumentaba más deprisa. Ya no tenía forma de cúpula, sino de esfera, unida al metal por una especie de cuello, hinchado como un globo y se inclinaba ligeramente a medida que la excrecencia se distendía.
—Va a estallar. Estoy segura —dijo Phyllis aprensiva.
—Hay otras detrás que empiezan a crecer —dije—. Dos más, mira.
La primera excrecencia no estalló. Ya tenía casi sesenta centímetros de diámetro y continuaba hinchándose.
—Tiene que estallar pronto —musitó Phyllis.
Pero aún no lo hizo. Continuó dilatándose hasta adquirir un diámetro de metro y medio aproximadamente. Entonces dejó de crecer. Producía la impresión de una vejiga gigantesca y repulsiva.
La animaba un ligero temblor. De pronto, se desprendió de su cuello y se bamboleó en el aire como una gigantesca pompa de jabón.
Ascendió con inseguridad unos tres metros. Cuando alcanzó esa altura vaciló, convirtiéndose en una esfera más estable. Luego, de repente, le sucedió algo. No estalló. No hubo tampoco ningún ruido. Más bien pareció abrirse suavemente, como les ocurre a los capullos, en un florecimiento instantáneo, esparciendo en todas direcciones un amplio número de pelitos blancos.
La reacción instintiva era apartarse de un salto de la ventana para evitarlos. Y así lo hicimos.
Cuatro o cinco de los pelitos, como largas puntas de látigo, volaron en torno de la ventana, entraron en la habitación y cayeron al suelo. Casi inmediatamente de ponerse en contacto con él, comenzaron a contraerse y removerse. Phyllis dio un grito estridente. Miré a su alrededor. No todos los pelitos habían caído al suelo. Uno de ellos había posado su longitud sobre el antebrazo derecho de mi mujer. Ya estaba contrayéndose, empujando su brazo hacia la ventana. Phyllis retrocedió. Con la otra mano intentó quitárselo, pero sus dedos se pegaron a ella tan pronto como la tocaron.
—¡Mike! —gritó—. ¡Mike!…
El pelito estaba endureciéndose, atiesándose como la cuerda de un arco. Phyllis había dado ya un par de pasos hacia la ventana antes que yo pudiera agarrarla fuertemente. La fuerza de mi tirón la llevó al otro extremo de la habitación. No rompió la presa del pelito, pero lo apartó de la línea recta y ya no pudo ir derecho hacia la ventana, sino que se vio obligado a arrastrarse alrededor de un ángulo agudo. Y se arrastró. Tumbado ahora en el suelo, me agarré con la corva a la pata de la cama para hacer más fuerza, y me sostuve firme. Para mover a Phyllis, el pelito tendría que arrastrarme a mí también y a la cama. Por un momento creí que lo lograría. Entonces, Phyllis gritó, y se acabó la tensión.
Conseguí que rodara hacia un lado, apartándola de la línea de algo más que pudiera entrar a través de la ventana. Phyllis estaba desvanecida. Un trozo de piel, de unos diez centímetros aproximadamente, había sido arrancada limpiamente de su antebrazo derecho, y algunos más habían desaparecido de los dedos de su mano izquierda. La carne dejada al descubierto comenzaba en aquel momento a sangrar.
Afuera, en la plaza, había un pandemónium de lamentos y de gritos. Me arriesgué a sacar la cabeza por un lado de la ventana. La cosa que había estallado no estaba en el aire. Ahora era un cuerpo redondo, no mayor de sesenta centímetros de diámetro, rodeado de una irradiación de pelitos. Estaba retrocediendo con algo que había atrapado, y la tensión lo estaba manteniendo un poco separado del suelo. Algunas personas cogidas gritaban y luchaban; otras eran como un montón informe de ropas.
Entre ellas vi a la infeliz Muriel Flyng. Yacía en el suelo de espalda, arrastrada por los guijarros por un tentáculo que la agarraba por sus cabellos rojizos. Se había herido gravemente al caer al suelo cuando fue arrojada por la ventana de su habitación, y gritaba llena de terror. Leslie era arrastrada casi al lado de ella; pero, al parecer, había tenido la suerte de partirse el cuello al caer por la ventana.
En la parte más alejada de la plaza vi a un hombre corriendo con la intención de liberar a una mujer que estaba gritando; pero cuando le tocó el pelito que la sujetaba, su mano quedó pegada a él, y ambos fueron arrastrados juntos. Mientras observaba todo esto, daba gracias a Dios por haber agarrado el brazo de Phyllis y no el pelito al tratar de liberarla de él.
A medida que el círculo se contraía, los pelitos blancos se acercaban los unos a los otros. El pueblo que luchaba tocaba involuntariamente más de ellos, y cada vez quedaba más enredado en sus redes. Luchaban como moscas atrapadas a un papel atrapamoscas. Existía una implacable deliberación respecto a ello que le hacía parecer horrible, como cuando uno observa a través del objetivo de una cámara lenta.
Entonces me di cuenta de que otra de las pompas de jabón estaba balanceándose en el aire, y retrocedí apresuradamente antes que estallara.
Tres pelitos más entraron por la ventana, permanecieron por un momento como cuerdas blancas sobre el suelo y empezaron después a retroceder. Cuando hubieron desaparecido a través de la ventana, me alcé un poco para mirar por ella, otra vez. En varios sitios de la plaza había grupos de gente que luchaban desesperadamente. El primero y el más cercano se había contraído hasta que sus víctimas quedaron amontonadas formando una dura pelota de la que surgían aún algunos brazos y piernas que se movían sin remisión. Luego, mientras yo observaba, la entera masa compacta se inclinó y empezó a alejarse de la plaza rodando hacia la calle por donde habían llegado los tanques marinos.
Las máquinas, o, mejor dicho, las cosas, que aún permanecían en el mismo sitio donde habían parado, producían la impresión de gigantescas babosas grises, cada una de las cuales dedicada a producir varias de sus asquerosas pompas en diferentes etapas.
Retrocedí de nuevo cuando otra de aquellas pompas se desprendió de su babosa; pero esta vez no entró por la ventana. Me aventuré un momento para cerrar las puertas de la ventana y tuve la suerte de hacerlo a tiempo. Tres o cuatro de aquellos pelitos golpearon contra el cristal con tal fuerza que uno de ellos se rajó.
Entonces pude atender a Phyllis. La levanté del suelo y la tumbé en la cama, desgarrando un trozo de sábana para vendarle el antebrazo.
En el exterior continuaban los lamentos, los gritos y el tumulto, y entre ellos se oían algunos tiros.
Cuando terminé de vendar el antebrazo de Phyllis, volví a mirar otra vez hacia la plaza. Media docena de objetos, que ahora parecían como duras y redondas balas de algodón, rodaban hacia la calle que conducía al puerto. Regresé de nuevo al lado de Phyllis y desgarré otro trozo de sábana para vendar los dedos de la mano izquierda de mi mujer.
Mientras lo hacía oí un ruido diferente sobre el tumulto de afuera. Dejé la venda de algodón y corrí a la ventana a tiempo de ver un avión que volaba a baja altura. El cañón situado en una de las alas comenzó a disparar, y retrocedí de nuevo, tirándome al suelo para quitarme de la línea de tiro. Hubo una espantosa explosión. Simultáneamente las ventanas se abrieron, se apagaron las luces y en la habitación entraron trozos de algo que zumbaba al pasar.
Me levanté. Las luces exteriores se habían apagado también, así, pues, era difícil averiguar qué había pasado. Sin embargo, pude ver, al otro extremo de la plaza, que uno de los tanques marinos comenzaba a ponerse en movimiento. Se deslizaba por el camino que había seguido al venir. Volví a oír el ruido del avión que regresaba, y me tumbé en el suelo otra vez.
Hubo un estallido, pero esta vez no nos atrapó su fuerza, aunque en el exterior hubo un revoltijo de cosas caídas.
—¿Mike? —dijo una voz desde la cama, una voz asustada.
—Todo está bien, querida. Estoy aquí —le respondí.
La luna brillaba aún, y ahora podía ver mejor.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Phyllis.
—Se han ido. Johnny los atacó con el avión…; al menos, supongo que era Johnny —dije—. Ahora, todo marcha bien.
—Me duele el brazo, Mike.
—Te conseguiré un médico tan pronto como me sea posible, cariño.
—¿Qué fue? Querían llevarme, Mike. Si no hubiese sido por ti…
—Ya ha terminado todo, querida.
—Yo…
Se interrumpió al oír el ruido del avión, que regresaba una vez más. Escuchamos. El cañón disparaba de nuevo, pero esta vez no hubo explosión.
—Mike, hay algo pegajoso… ¿Estás herido?
—No, cariño. No sé lo que es. Se halla sobre todas las cosas.
—Estás temblón, Mike.
—Lo siento, querida. No puedo evitarlo. ¡Oh, Phyl, querida Phyl!… Tan cerca… Si los hubieses visto…, a Muriel y a los demás… Podría haber sido…
—¡Bueno, bueno! —dijo Phyllis, como si yo fuera un niño de seis años—. No llores, Mike. ¡Todo ha pasado ya! —y continuó—: ¡Oh Mike, cómo me duele el brazo!
—Continúa echada, cariño. Iré en busca del médico —le dije.
Arranqué la puerta cerrada con una silla, y el esfuerzo me tranquilizó mucho.
A la mañana siguiente nos reunimos los que quedábamos de la expedición: Bocker, Ted Jarvey y nosotros dos. Johnny se había marchado temprano con las películas y los discos, incluyendo un informe que yo añadí más tarde como testigo ocular, dirigiéndose con todo ello a Kingston.
El brazo derecho y la mano izquierda de Phyllis estaban envueltos en vendajes. Se hallaba pálida, pero había resistido a todos los consejos que le dimos para que permaneciera en la cama. Los ojos de Bocker habían perdido por completo su acostumbrado parpadeo. Su mechón de cabellos grises caía sobre una cara que parecía más arrugada y más decrépita que la de la noche anterior. Cojeaba un poco, apoyando parte de su peso en un bastón. Ted y yo éramos los únicos ilesos. Miraba interrogativamente a Bocker.
—Si le es posible, señor —dijo—, creo que nuestro primer paso ha de ser salir de este hedor.
—Desde luego —respondió Bocker—. Ningún dolor puede compararse con estos olores. Cuanto antes mejor —añadió, y se puso en pie para conducirnos al exterior.
Las piedras de la plaza, los esparcidos fragmentos de metal que se extendían por ella, las casas que la rodeaban, la iglesia, todo lo que estaba a la vista, relucía con una costra de sustancia viscosa, y había mucha más, que no veíamos, en casi todas las habitaciones de las casas que daban a la plaza. La noche anterior había sido sencillamente una abundante pesca con olor a salado; pero con el calor del sol actuando sobre ello, había empezado a producirse un hedor que era ahora fétido y que se estaba transformando en miasmático. A cien metros de allí se notaba mucha diferencia, y a otros cien metros más ya estábamos libres de ello, entre las palmeras que se alzaban en el límite de la playa situada en la parte opuesta de la ciudad, es decir, del puerto. Rara vez había conocido la frescura de una brisa que oliera tan bien.
Bocker se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra un árbol. Los demás nos acomodamos como pudimos, esperando a que él hablase el primero. Durante un largo rato permaneció callado. Estaba sentado inmóvil, mirando sin ver hacia el mar. Luego, suspiró:
—Alfred, Bill, Muriel, Leslie… —dijo—. Yo los traje a todos aquí. He demostrado muy poca inteligencia y consideración por su seguridad. Estoy asustado.
Phyllis se inclinó hacia adelante.
—No debe pensar así, doctor Bocker. Ninguno de nosotros tenía por qué venir; eso lo sabe usted. Usted nos ofreció la oportunidad de venir, y nosotros la aceptamos. Si… si lo mismo me hubiese ocurrido a mí, no creo que Michael le hubiese maldecido por ello, ¿verdad, Michel?
—¡Claro que no! —respondí.
Yo sabía perfectamente a quién hubiera debido maldecir más adelante…, y para siempre, sin remisión.
—Yo tampoco le hubiera maldecido, y estoy segura de que los demás pensarán lo mismo que yo —añadió, poniendo su mano derecha sobre la manga del doctor.
Él bajó la vista, y pestañeó un poco. Cerró los ojos un momento. Luego los abrió, y puso sus manos sobre las de ella. Su mirada se posó más allá de la muñeca, sobre los vendajes del antebrazo.
—Es usted muy buena conmigo, querida —dijo.
Le dio golpecitos cariñosos con la mano y a continuación se irguió en su asiento, concentrándose en sí mismo. Al poco rato, dijo con tono de voz completamente diferente:
—Hemos conseguido algunos resultados. Tal vez no tan exclusivos como esperábamos; pero, al menos, sí pruebas tangibles. Gracias a Ted, nuestro país podrá ver contra qué estamos luchando, y gracias a él también, tenemos la primera muestra.
—¿Muestra? —preguntó Phyllis, repitiendo la palabra—. ¿De qué?
—De un trozo de una de esas cosas tentaculares —le contestó Ted.
—¿Cómo fue posible…?
—En realidad, fue una suerte. Escuche: cuando estalló la primera pompa, nada especial entró por la ventana de mi habitación; sin embargo, pude ver lo que estaba sucediendo en otros sitios. Así, pues, abrí mi navaja y la puse a mano sobre el alféizar, por si las moscas. Cuando al estallar la segunda pompa entró una de esas cosas por la ventana y la sentí sobre mi hombro, inmediatamente cogí la navaja y, antes que empezara a actuar, la corté. Huyó, pero quedó detrás de ella un trozo de unos cuantos centímetros, que cayó al suelo, se retorció un par de veces y, al fin, quedó enroscado. Lo hemos expedido con Johnny.
—¡Uf! —exclamó Phyllis.
—En lo futuro, también nosotros llevaremos navajas —dije.
—Tenga en cuenta que son muy listos. Además, son espantosamente correosos —advirtió Ted.
—Si encuentra usted otro trozo de eso, me gustaría verlo para examinarlo —dijo Bocker—. Decidimos que ése era mejor enviarlo a los peritos. Verdaderamente, hay algo muy especial en estas cosas. Lo fundamental es bastante evidente: proceden de alguna especie de anémona marina… Pero ¿si han nacido esas cosas o si han sido construidas según un modelo básico…? —se encogió de hombros sin terminar la pregunta—. Yo encuentro algunos puntos extremadamente turbios. Por ejemplo, ¿cómo hacen para coger las cosas animadas, aun cuando estén vestidas, y no atacan a las cosas inanimadas? Y también, ¿cómo es posible que puedan regresar al agua por el mismo camino de ida en lugar de tratar sencillamente de alcanzarla por el camino más cercano?… La primera de estas preguntas es la más significativa. Comporta propósitos especializados. Se emplean las cosas, ¿comprenden? Pero no como armas, en el sentido corriente de la palabra; no sólo para destruir, eso es. Son más bien cepos, trampas…
Durante un rato estuvimos pensando en tal hipótesis.
—Pero… ¿Por qué…? —preguntó Phyllis.
Bocker frunció el ceño.
—¿Porqué? —repitió—. Todo el mundo se ha estado preguntando continuamente: «¿Por qué?». —¿Por qué surgen las cosas de las profundidades? ¿Por qué no permanecen en tierra? ¿Por qué salen de las profundidades en dirección a tierra? Y también, ¿por qué nos atacan de esta forma y no de otra? ¿Cómo es posible que sepamos las contestaciones a estas preguntas hasta que descubramos más qué clase de criaturas son? El punto de vista humano sugiere dos motivos—, pero eso no quiere decir que ellos no tengan otros motivos particulares completamente distintos a los nuestros.
—¿Dos motivos? —preguntó Phyllis, suavemente.
—Sí. Pueden estar tratando de exterminarnos. Todo cuanto nosotros podemos decir es que ellos pueden hallarse bajo la impresión de que nosotros tenemos que vivir en las costas, y que ellos pueden borrarnos gradualmente de esta forma; tampoco sabemos nosotros cuánto saben ellos de nosotros. Pero no creo que sea ése su propósito… teniendo en cuenta su táctica de llevarse a sus víctimas rodando hacia el mar… Al menos, no completamente. Los celentéreos podían más fácilmente aplastarlas y abandonarlas. Así, pues, parece como si existiera otro motivo…, sencillamente el que ellos encuentran en nosotros y tal vez en otros seres terrestres, si recuerdan la desaparición de las cabras y las ovejas de Saphira…, que somos buenos para comer. O bien, ambos motivos: muchas tribus tienen la costumbre, establecida de antiguo, de comerse a sus enemigos.
—¿Quiere usted decir que son… bueno…, una especie de comedores de nosotros? —preguntó Phyllis inquieta.
—Bueno, nosotros, los seres terrestres, echamos anzuelos y redes al mar para comernos lo que ellos cogen. ¿Por qué no ha de existir un proceso inverso, utilizado por seres marinos inteligentes? Como es lógico, lo que les estoy exponiendo es una hipótesis humana. Eso es lo que todos nosotros estamos tratando de hacer con nuestros porqués. Lo malo de esto es que todos hemos leído muchos relatos en que los invasores se comportan y proceden como seres humanos, a pesar del tipo o de la forma que puedan tener, y no podemos concebir la idea de que puedan comportarse de modo diferente a como nosotros pensamos. Efectivamente, no existe razón alguna para que sea así; en cambio, hay muchas razones para que no sea así.
—¡Comedores! —repitió Phyllis, pensativa—. ¡Es horrible! Pero puede ser.
Bocker dijo con firmeza:
—Dejaremos a un lado estos porqués. Tal vez sepamos más de ellos más adelante, o no. Ahora lo importante es el cómo: cómo parar las cosas y cómo atacarlas.
Hizo una pausa. Debo confesar que yo continué pensando en los porqués… y experimentando la sensación de que, aunque el significado fuera exacto, Phyllis debería haber elegido un término más agradable y más digno que el de «comedores».
Bocker continuó hablando.
—Al parecer, los disparos de los fusiles corrientes no producen efecto alguno en esos tanques marinos ni en esas cosas con aspecto de pompas de jabón…, a menos que sean vulnerables en sitios que no fueron encontrados. No obstante, las balas de los cañones pueden romper la cubierta. La manera en que entonces se desintegran sugiere que está ya bajo una tensión muy fuerte, y no muy lejos de romperse. De esto podemos deducir que en el caso de April Island hubo un disparo afortunado o se empleó una granada. Lo que vimos anoche explica razonablemente los relatos de los nativos sobre ballenas y babosas. Esos tanques marinos, a cierta distancia, pueden ser tomados por ballenas. Y respecto a las «babosas», no se equivocaron mucho… Indudablemente, las cosas, deben de hallarse muy íntimamente relacionadas con los celentéreos… Respecto a los tanques marinos, su contenido parece ser, simplemente, masas gelatinosas aprisionadas bajo enorme presión… Pero es difícil creer que eso pueda ser realmente así. Aparte de cualquier otra consideración, es evidente que hay que pensar en la existencia de algún mecanismo capaz de impulsar esos cascos inmensamente pesados. Esta mañana fui a examinar el camino por donde habían pasado. Algunas de las piedras están hundidas y otras partidas debido al peso de esos armatostes; pero no pude encontrar ninguna huella ni nada que demostrase que las cosas avanzaban por medio de tentáculos como yo creía. Me parece que, por ahora, hemos fracasado… Indudablemente, existe una inteligencia de alguna clase…, aunque no parece ser muy alta ni tampoco muy bien coordinada. De todas formas, fue un acierto conducirlos desde el muelle a la plaza, que era el mejor sitio donde podían operar.
—Hemos visto tanques del Ejército llevarse las esquinas de las casas como éstos hicieron —observé.
—Ésa es una posible indicación de coordinación pobre —replicó Bocker, en cierto modo molesto—. Bien. ¿Tienen ustedes que añadir alguna observación a lo que acabo de decir?
Miró a su alrededor inquisitivamente.
—¿No hay nada más? ¿Nadie observó si los disparos producían algún efecto sobre esas formas tentaculares? —preguntó.
—Por lo que yo pude ver, o los disparos se hacían a tontas y a locas, o las balas atravesaban los tanques sin producirles daño —le dijo Ted.
—¡Hum! —gritó Bocker, y permaneció pensativo durante un rato.
—¿Qué? —le pregunté.
—Éstaba diciendo justamente «celentéreos tentaculares de mil brazos».
—¡Oh! —exclamé.
Nadie hizo comentario. Los cuatro continuamos sentados mirando hacia el inocente y azulado mar.
Entre los periódicos que adquirí en el aeropuerto de Londres se hallaba un ejemplar de The Beholder de aquel día. Aunque no dejo de admitir que posee sus méritos y, en ciertos asuntos, sus criterios son bastante buenos, siempre me produce la impresión de que es más dado a expresar primero sus prejuicios y después sus pensamientos. Tal vez lo dejara para el día siguiente. Sin embargo, descubrí en este ejemplar un artículo titulado: El doctor Bocker aparece otra vez, que no alteró mi impresión. El texto se expresaba aproximadamente así:
«Ni el valor del doctor Alistair Bocker, yendo al encuentro de un dragón submarino, ni su perspicacia en deducir correctamente dónde podría encontrarse al monstruo, puede discutirse. Las horribles y fantásticamente repulsivas escenas que la E. B. C. nos presentó en nuestros hogares el jueves pasado hicieron que nos maravilláramos más de que una parte de la expedición sobreviviera, que del hecho de que cuatro de sus miembros perdieran la vida. El propio doctor Bocker ha de ser felicitado por haber escapado a costa de una simple torcedura de tobillo cuando le arrancaron zapato y calcetín, así como otro de los miembros de la expedición por su extraordinario rescate.
»Sin embargo, aunque este asunto fue horrible y valioso, como pueden probarlo algunas de las observaciones del doctor al sugerir contramedidas, sería un error para él suponer que se le ha concedido ya una licencia ilimitada para readoptar su primitivo papel como primer espantapájaros mundial.
»Nos inclinamos a atribuir su sugerencia de que deberíamos proceder de inmediato a preparar virtualmente para la batalla toda la línea costera occidental del Reino Unido como efecto para realizar modernos experimentos enervantes sobre un temperamento que nunca ha huido de lo sensacional, más que como para obtener conclusiones de madurada consideración.
«Analizaremos la causa de esta recomendación que limita con el pánico. Es la siguiente: un número de pequeñas islas, todas ellas situadas dentro de los trópicos, han sido atacadas por alguna influencia marina de la que nosotros, hasta el momento, sabemos muy poco. En el transcurso de estos ataques han perdido la vida algunos centenares de personas…, cuyo número, en realidad, no es superior al de las que mueren en las carreteras en pocos días. Esto es lamentable y desagradable; pero apenas tiene fuerza para apoyar la sugerencia de que nosotros, situados a miles de kilómetros del más cercano de esos incidentes, hayamos de proceder, a expensas de los contribuyentes, a rodear nuestras costas de armas y vigilantes. De seguir esta táctica, hubiéramos tenido que construir en Londres edificios a prueba de terremotos solamente por el hecho de que en Tokio se producen con frecuencia…».
Y continuaba de la misma forma. Cuando terminaron con el pobre Bocker, no había por dónde cogerlo. No le enseñé el periódico. Ya tendría tiempo de enterarse, porque The Beholder tenía la costumbre de machacar sin compasión.
El helicóptero nos dejó en la terminal, y Phyllis y yo aprovechamos para escabullimos cuando los periodistas cayeron sobre Bocker.
Que el doctor Bocker fuera discutido no quería decir que fuera desdeñado. La mayor parte de la prensa se había dividido en pro y en contra del sabio, y, a los pocos minutos de llegar a nuestro piso, empezaron a telefonearnos representantes de ambos campos para obtener información directa. Después de cinco o seis llamadas, aproveché un intervalo para telefonear a la E. B. C. Les dije que íbamos a descolgar el auricular y que hicieran el favor de recoger en cinta magnetofónica el nombre de los que llamaran. Así lo hicieron. A la mañana siguiente había una lista completa. Entre los que deseaban hablar con nosotros estaba el nombre del capitán Winters, con el número del teléfono del Almirantazgo al lado.
Phyllis habló con él. Nos había llamado para que le confirmáramos nuestro informe como testigos visuales y para darnos las últimas noticias de Bocker. Al parecer, insistía firmemente en la teoría anteriormente sustentada: que los tanques marinos carecían de intelecto, que este intelecto se hallaba en alguna parte de las profundidades, el cual los dirigía a distancia por algún medio hasta el momento desconocido. Pero, al parecer, la conmoción mayor la había producido el empleo de la palabra «seudocelentéreo». Como Winters señaló:
—Dice que no son celentéreos, ni animales, ni seres vivos, en el sentido real de la palabra, sino que pueden ser muy bien construcciones orgánicas artificiales elaboradas con un propósito especial.
Por teléfono leyó a Phyllis el informe de Bocker sobre el asunto:
—«Es concebible que puedan construirse tejidos orgánicos de manera análoga a la empleada por los químicos para producir plásticos de una estructura molecular determinada. Si fuera posible hacer esto, y los resultados fueran suficientemente sensibles a los estímulos administrados física o químicamente, se produciría, al menos de forma temporal, un componente que un observador inepto apenas sabría diferenciar de un organismo vivo.
»Mis observaciones me llevan a sugerir que esto es lo que se ha hecho, habiendo elegido la forma del celentéreo, entre otras muchas que hubieran podido servir para el propósito, por su sencillez de elaboración. Es posible que los tanques marinos sean una variante del mismo invento. En otras palabras, estamos siendo atacados por mecanismos orgánicos dirigidos desde un control remoto o predeterminado. Si consideramos esto a la luz del control que nosotros mismos somos capaces de ejercer a distancia sobre materiales inorgánicos, como el de los missiles dirigidos, o predeterminadamente, como se hace con los torpedos, el asunto resulta menos alarmante de lo que pareció al principio. En realidad, puede ser que, una vez averiguada la técnica de la construcción hacia una forma sistemáticamente natural, su control presente problemas menos complejos que muchos de los que nosotros hemos tenido que resolver para controlar lo inorgánico».
—¡Oh…, oh…, oh! —exclamó Phyllis, molesta—. Me entran ganas de correr en busca del doctor Bocker y darle una paliza. Me prometió que no diría nada aún sobre ese seudoasunto. Es una especie de enfant terrible nacido naturalmente, y eso le da derecho a una buena paliza. Espere a que me halle a solas con él.
—Perjudicará por completo su caso —convino el capitán Winters.
—¡Perjudicarlo! Alguien entregará eso a los periódicos y lo tomarán como otra fantasía de Bocker; todo el asunto se transformará en una payasada… y dará lugar a que las personas sensibles se pongan en contra de cuanto él diga…, ¡justamente ahora, cuando ha conseguido averiguar algo y empezaba a vivir la vida de las cosas de las profundidades!…
Siguió una semana muy mala. Aquellos periódicos que ya habían adoptado la misma actitud desdeñosa y burlona del The Beholder respecto a las fortificaciones costeras, acogieron con indescriptible júbilo las sugerencias seudobióticas. Los escritores de editoriales llenaron sus plumas de sarcasmos y un grupo de científicos, que ya había zurrado a Bocker antes de su última expedición, lo trituraron aún más. Casi todos los caricaturistas descubrieron simultáneamente por qué sus fines políticos favoritos nunca habían parecido completamente humanos.
La otra parte de la prensa, que estaba de acuerdo con una defensa eficaz de las costas, continuó fantaseando sobre el tema de las estructuras seudovivas que aún podían crearse, y pedía una defensa aún mayor contra las horribles posibilidades imaginadas por su plana mayor.
Entonces el capitoste informó a la E. B. C. que sus compañeros de dirección consideraban que la reputación de su producto podría dañarse si continuaba asociado a esa nueva ola de notoriedad y controversia que se había levantado en torno al doctor Bocker, y propuso cancelar los compromisos existentes. Los directores de la E. B. C. empezaron a tirarse de los pelos. Los jefes de propaganda, siguiendo los viejos métodos, opinaron que cualquier clase de propaganda era siempre beneficiosa. El capitoste habló de la dignidad y también del peligro que corría la venta del producto que ellos patrocinaban al ir asociado a las teorías de Bocker, temiendo el efecto perjudicial que eso podría tener en los grandes mercados. La E. B. C. paró el golpe haciendo observar que la publicidad hecha había ligado para siempre los nombres de Bocker y del producto en el pensamiento público. Nada se ganaría con dar marcha atrás; por tanto, consideraban que la firma debía continuar adelante, haciendo lo posible por sacar el mayor valor al dinero invertido.
El capitoste respondió que su firma había intentado contribuir seriamente a la instrucción y a la seguridad pública organizando una expedición científica, no una vulgar payasada. Por ejemplo, justamente la noche anterior uno de los propios cómicos de la E. B. C. había sugerido que la seudovida podía explicar un misterio mucho tiempo latente referente a su suegra, y si esas cosas iban a continuar sucediendo, etcétera. La E. B. C. prometió que, en lo sucesivo, esas cosas no contaminarían la atmósfera, y señaló que si no se daban las series programadas sobre la expedición Bocker después de las promesas hechas, gran número de consumidores del producto pensarían, verosímilmente, que la firma que encabezaba el capitoste que las había apadrinado no era digna de confianza…
Los miembros de la E. B. C. desplegaron una simpatía tremendamente cortés hacia cualquier componente de nuestra expedición que tenían la suerte de encontrar.
Sin embargo, el teléfono continuaba aún trayendo sugerencias y suaves cambios de política. Nosotros hicimos lo que nos pareció mejor. Escribimos sin parar, procurando satisfacer a todas las partes. Fueron explosivas dos o tres conferencias precipitadas con el propio doctor Bocker, que se pasó la mayor parte del tiempo amenazando con echarlo todo a rodar porque la E. B. C., demasiado evidentemente, no le había puesto junto a un micrófono para hablar en directo, sino que insistía en grabar cintas magnetofónicas.
Al fin estuvieron terminados los relatos. Estábamos demasiado cansados de ellos para discurrir algunos más. Hicimos, pues, nuestro equipaje precipitadamente y nos marchamos sin conmiseración hacia la paz y la soledad de Cornwall.
La primera cosa perceptible cuando nos acercamos a Rose Cottage fue una innovación.
—¡Cielos! —exclamé—. Tenemos algo perfectamente bueno dentro de casa. Si espero a venir aquí a sentarme al aire libre, es porque muchos de tus sesudos amigos…
—Es un emparrado —me interrumpió Phyllis con frialdad.
Lo mire con más detenimiento. La arquitectura se salía de lo normal. Hasta una de las paredes me produjo la impresión de que estaba un poco inclinada.
—¿Para qué necesitamos un emparrado? —pregunté.
—Bueno, a uno de nosotros puede gustarnos trabajar ahí los días que sean muy calurosos. Frena el viento y evita que vuelen los papeles.
—¡Oh! —exclamé.
Con tono defensivo en la voz, añadió:
—Después de todo, cuando uno está enladrillando, tiene que construir algo.
¡Qué alivio estar de regreso! Era difícil, hallándose allí, creer que existía en el mundo un lugar llamado La Escondida, y aún más difícil creer en tanques marinos y en gigantescos celentéreos, falsos o no. A pesar de todo, no me consideraba capaz de relajarme a gusto, de descansar como esperaba…
Durante la primera mañana, Phyllis sacó las cuartillas de su frecuentemente abandonada novela y con aire desafiante las llevó al emparrado. Vagabundeé por los alrededores, preguntándome por qué la sensación de paz que yo esperaba no flotaba sobre mí. El mar continuaba azotando la costa como desde tiempo inmemorial. En realidad, era difícil imaginar novedades tan morbosas como las que se habían deslizado por las playas de La Escondida. Bocker aparecía, en el recuerdo, como un duendecillo travieso en posesión de un poder de alucinación. Fuera de su espacio, el mundo era un lugar espléndido, perfectamente ordenado. Al menos, así parecía por el momento; aunque he de confesar que esta opinión no me duró mucho, sobre todo cuando, pocos días después, dejando aparte mi juicio particular, eché sobre él una mirada más general.
El transporte aéreo nacional funcionaba ya, aunque cubriendo nada más que las necesidades primordiales. Se había descubierto que dos enormes transportes aéreos volando a todo motor podían realizar en menos tiempo el mismo servicio que los buques de mercancía en un tiempo mayor; pero el coste era muy elevado, y a pesar del sistema de racionamiento, el coste de la vida se había elevado ya en un doscientos por ciento aproximadamente.
Reducido el comercio a lo esencial, se hallaban en sesión casi permanente media docena de conferencias económicas. La sensación general era que se hacía necesario un incremento en el impuesto de lujo. No había duda de que se estaba fraguando un rígido reajuste de tarifas.
Aún se encontraban algunos barcos cuya tripulación estaba dispuesta a hacerse a la mar; pero las compañías de seguros elevaron su prima de tal forma, que sólo podía pagarse cuando las necesidades del transporte lo hacían indispensable.
Alguien, en alguna parte, se había dado cuenta, en un momento de inspiración, de que por todo barco perdido se cobraba un buen seguro, y hubo en todo el mundo un frenético deseo de fletar buques de todas clases y modelos. También hubo una propuesta de construir transatlánticos en masa, pero se pensó que eso llevaría mucho tiempo.
En todos los países marítimos, los jóvenes trabajaban firmemente. Todas las semanas se sacaban a la luz nuevos proyectos, algunos con bastante éxito para ponerlos en práctica…, pero casi nunca llegaban a prosperar. Sin embargo, era indudable que algún día los científicos encontrarían la respuesta a todo aquello… y siempre podía ser el día siguiente.
Por lo que yo pude enterarme, la fe general en los científicos era ahora, en cierto modo, superior a la de los científicos en sí mismos. Su fracaso como salvadores empezaba a oprimirlos. Su principal dificultad no era tanto su infecundidad de invención como su falta de información. Necesitaban más datos, y no podían obtenerlos. Uno de ellos me indicó:
—Si usted intenta hacer una trampa para cazar un fantasma, ¿cómo se las compondría?… Sobre todo, si no tiene a mano un pequeño fantasma para practicar…
Estaban preparados para atrapar una brizna de paja…, lo cual podía ser muy bien la razón de que solamente entre una sección desesperada de los científicos se hubiera tomado muy en serio la teoría de Bocker sobre las formas seudobióticas.
En cuanto a los tanques marinos, los periódicos más decididos les dedicaron mucho tiempo y espacio; de esta forma se convirtieron en noticias giratorias. Partes seleccionadas de las películas de La Escondida se pasaron con nuestros relatos en la E. B. C. A la B. B. C se le entregaron unas secuencias para que las diera en sus noticias. Se trataba de una cortesía por nuestra parte. En realidad, la tendencia a considerar las cosas en una extensión que estaba causando alarma me extrañó hasta que descubrí que, en ciertos barrios, todo lo que entretenía la atención, apartándola de los quebraderos de cabeza domésticos, se consideraba magnífico, y no había duda de que los tanques marinos cumplían a la perfección este propósito.
Sin embargo, sus devastaciones se iban convirtiendo en asuntos muy serios. En el corto plazo de tiempo que había transcurrido desde que nos marchamos de La Escondida, tuvimos noticias de que habían sido invadidos diez u once lugares situados en el área del Caribe, entre ellos una ciudad marítima de Puerto Rico. Solamente la rápida actuación de los aviones de la base norteamericana de las Bermudas cortó un ataque más al interior. Pero ésta fue una acción en corta escala comparada con lo que estaba sucediendo en la otra parte del mundo. Informes, al parecer dignos de crédito, hablaban de una serie de ataques realizados en la costa oriental del Japón. En Hokkaido y en Honshu habían tenido lugar ataques realizados por una docena o más de tanques marinos. Más al sur, en la zona del mar de Banda, los informes eran confusos, pero, evidentemente, relacionados con un considerable número de ataques en varias escalas. Mindanao iba en cabeza al anunciar que cuatro o cinco de sus ciudades costeras orientales habían sido atacadas simultáneamente, en una operación en la que debieron de utilizarse por lo menos sesenta tanques marinos.
Para los habitantes de Indonesia y de las Filipinas, esparcidos por innumerables islas situadas en alta mar, la perspectiva era muy diferente a la que hacían frente los británicos, reunidos en su isla, con un somero mar del Norte, que no mostraba señales de anormalidad a su espalda. Entre los isleños, los informes y los rumores se esparcían como un reguero de pólvora, haciendo que todos los días miles de personas abandonaran las costas y huyeran llenas de pánico tierra adentro. Algo parecido, aunque no a la misma escala de pánico, sucedía, al parecer, en las Indias Occidentales.
Comencé a darme cuenta de un hecho que nunca había imaginado. Los informes relataban la existencia de cientos, tal vez de miles de esos tanques marinos…, cifras que indicaban no unos esporádicos ataques, sino una campaña ofensiva.
—Se les deben proporcionar defensas o dar al pueblo los medios para que se defienda por sí mismo —dije—. No se puede asegurar la economía en un lugar donde todo el mundo tiene miedo a permanecer cerca de la costa. Hay que hacer todo lo posible por el pueblo que trabaja y vive allí.
—Nadie sabe en dónde atacarán la próxima vez, y hay que actuar sobre la marcha cuando tal cosa ocurre —respondió Phyllis—. Eso significaría poner las armas en manos del pueblo.
—Bien. Entonces, habrá que entregarle armas. ¡Caramba, no es función del Estado privar a su pueblo de los medios de autoprotección!
—¿No? —preguntó Phyllis, reflexiva.
—¿Qué quieres indicar?
—¿No has considerado como un hecho extraño que todos nuestros gobiernos, que no se cansan en afirmar que gobiernan por la voluntad del pueblo, evitan el riesgo de poner las armas en manos de sus subditos? ¿No es casi un principio que a un pueblo no se le puede consentir que se defienda por sí mismo, sino que se le debe obligar a defender a su gobierno? El único pueblo conocido que goza de la confianza de su gobierno es el suizo, y, por ser un país interior, no tiene nada que hacer en este asunto.
Estaba asombrado. La respuesta de mi mujer se hallaba fuera de lo normal. Phyllis me daba la impresión de que también estaba cansada.
—¿Qué te pasa, Phyllis?
Se encogió de hombros.
—Nada, excepto que a veces me siento fastidiada de tener que aguantar tantos fingimientos y engaños, y admitir que las mentiras no son mentiras y la propaganda no es propaganda. Procuraré apartarlo de mi mente otra vez… ¿No deseas algunas veces haber nacido en la Era de la Razón, en lugar de en la Era de la Razón Aparente? Estoy segura de que dejarán que esas horribles cosas maten a miles de personas antes de arriesgarse a entregarles armas bastante poderosas para defenderse por sí mismas. Y expondrán argumentos poderosísimos de por qué es mejor así. ¿Qué importan unos miles o unos millones de seres? Las mujeres continuarán pariendo, dando hombres al mundo. Pero los gobiernos son importantes… No se les debe poner en peligro.
—Cariño…
—Por supuesto, habrá indicios de que se tomarán medidas. Acaso se instalen pequeñas guarniciones en lugares importantes, estratégicos. Los aviones estarán preparados para acudir a la menor llamada…, y acudirán después que haya sucedido lo peor…, cuando los hombres y las mujeres hayan sido atados, amontonados y echados a rodar por esas horribles cosas, y las muchachas, cogidas por el pelo, hayan sido arrastradas por el suelo como la pobre Muriel, y las personas hayan sido partidas en dos, como aquel hombre que fue cogido por dos de ellos a la vez…, entonces los aviones llegarán, y las autoridades declararán que lamentan haber llegado un poco tarde, pero que existen dificultades técnicas en tomar medidas adecuadas. Ése es el modo corriente de actuar, ¿no?
—Pero, Phyllis, cariño…
—Sé, Mike, lo que vas a decirme, pero estoy asustada. Nadie hace en realidad nada. No existe realización, ni un genuino intento de cambiar las fórmulas para enfrentarse con ello. Los barcos navegan lejos de los mares profundos; Dios sabe cuántos de esos tanques marinos estarán preparados para atacar, atrapar y llevarse a las personas. Nos dicen, «¡Querido, querido! ¡Qué pérdida comercial!», y hablan, hablan, hablan, como si todo fuera a terminarse con sólo hablar mucho. Cuando alguien como Bocker sugiere que se debe hacer algo, lo echan por tierra y le tachan de sensacionalista… o de alarmista. ¿Cuántas personas consideran que deben morir antes de que deban hacer algo?
—Pero ellos están intentando, ya lo sabes, Phyllis…
—¿Que lo están intentando? Creo que están contrapesando las cosas todo el tiempo. ¿Cuál es el coste mínimo a que puede conservarse el prestigio político en las actuales condiciones? ¿Cuántas pérdidas de vida necesitará el pueblo antes que ellos lo consideren un peligro? ¿Sería o no inteligente declarar la ley marcial? Etcétera, etcétera. En lugar de admitir la existencia del peligro y actuar en consecuencia… ¡Oh, yo podría…!
Se calló de repente. Su expresión cambió.
—Lo siento, Mike. No debería haber expuesto teorías como éstas. Debo de estar cansada, o algo por el estilo.
Y se alejó de mí con el decidido propósito de que no la siguiera.
Aquella explosión me perturbó de mala manera. Nunca la había visto en un estado semejante desde hacía muchísimos años. Efectivamente, desde que murió nuestro bebé.
A la mañana siguiente no sucedió nada que me tranquilizara. Di la vuelta al cottage y me la encontré sentada en aquel ridículo emparrado. Sus brazos estaban extendidos sobre la mesa delante de ella; su cabeza descansaba sobre ellos, con los cabellos desparramados encima de las desordenadas cuartillas de la novela. Estaba llorando desesperadamente, firmemente.
Le levanté la barbilla y la besé.
—Cariño…, cariño…, ¿qué te…?
Me miró con las lágrimas aún corriendo por sus mejillas. Dijo, desconsolada:
—No puedo hacerlo. Me es imposible trabajar.
Miró desesperada a las cuartillas escritas. Me senté a su lado y le rodeé el busto con mi brazo.
—No importa, querida. Ya lo harás…
—No, Mike. Cada vez que lo intento, otros pensamientos acuden en su lugar. Estoy atemorizada.
La abracé con fuerza.
—No hay motivo alguno para que estés atemorizada, cariño.
Alzó los ojos hacia mí.
—¿Tú no estás asustado? —me preguntó.
—Nos hacemos viejos —le respondí—. Hemos gastado demasiadas energías en escribir nuestros relatos. Vámonos a la costa norte. Tal vez sea un buen día hoy para hacer esquí náutico.
Se enjugó suavemente los ojos.
—Muy bien —respondió, con una mansedumbre desacostumbrada.
Realmente necesitábamos relajarnos para conseguir que desapareciera el temor concentrado en nosotros. Así, pues, descansamos completamente durante seis semanas. No escribimos ningún relato, no atendimos al teléfono, no pusimos la radio, no hicimos caso de la novela.
Claro está que estas seis semanas me habían convertido en un adicto a esta vida y hubiera continuado con ella muchas semanas más si el azar no me hubiera conducido una tarde a las seis a una pequeña taberna.
Cuando me hallaba sentado a la barra tomando mi segunda caña de cerveza, el tabernero puso la radio para oír el boletín de noticias. Toda la torre de marfil que yo había levantado con tanto cariño se vino abajo a las primeras frases. La voz del locutor decía:
—«Aún no conocemos todos los detalles de la acción de esos desconocidos en el distrito Oviedo-Santander, y las autoridades españolas creen que nunca podrán conocerse definitivamente. Los medios oficiales admiten que el cálculo de tres mil doscientos accidentes, incluyendo hombres, mujeres y niños, hay que tomarlo con reserva, pues acaso sea un quince o un veinte por ciento inferior a la cifra actual.
»Hoy, en el Parlamento, el jefe de la oposición, tras expresar el sentimiento de simpatía por su partido hacia el pueblo español, corroborando las palabras del primer ministro, señaló que los accidentes en esta tercera serie de ataques, el realizado contra Gijón, hubiera sido considerablemente más grave si el pueblo no hubiera realizado la defensa por sus propias manos. El pueblo, dijo, estaba autorizado para defenderse. Fue excelente decisión del gobierno proveerle de armas. Si un gobierno descuida tal deber, nadie puede condenar a un pueblo por dar los pasos necesarios para llevar a cabo su propia protección. Sería mucho mejor estar preparado con una fuerza organizada.
»El primer ministro replicó que la naturaleza de los pasos que se dieran, si fuera necesario, estaría dictada por la emergencia, si alguna surgiera. Continuó diciendo que aquéllas eran aguas profundas. En cambio, era un consuelo considerar que las Islas Británicas se hallaban situadas en aguas poco profundas».
El tabernero se acercó a la radio y la apagó.
—¡Caramba! —exclamó—. Se estomaga uno. Siempre el mismo tema sangriento. Le tratan a uno como si fuera un conjunto de muchachos sanguinarios. Lo mismo que durante la guerra. Los guardias vigilando, a la caza de los terribles paracaidistas, y todos con el espíritu sanguinario a cuestas. Como alguien dijo: «Pero ¿qué clase de pueblo sanguinario creen ellos que somos?».
Le ofrecí una copa, diciéndole que hacía muchos días que no oía ninguna noticia, y le pregunté qué pasaba. Dejando a un lado su monotonía adjetiva, y completando la información con lo que pude enterarme más tarde, resumiré lo que me dijo: Durante las pasadas semanas, los ataques se habían extendido más allá de los trópicos. En Bunbury, a unos doscientos kilómetros aproximadamente de Fremantle, en Australia Occidental, un contingente de cincuenta o más tanques marinos habían desembarcado e invadido la ciudad antes que se diera ninguna señal de alarma. Unas cuantas noches después, La Serena, en Chile, fue tomada igualmente por sorpresa. Al mismo tiempo, en el área de Centroamérica, los tanques habían cesado de ser dirigidos hacia las islas, y había habido un número de incursiones, grandes y pequeñas, contra las costas del golfo de México y del Pacífico. En el Atlántico, las islas de Cabo Verde habían sido atacadas repetidamente, y la acción se había extendido hacia el norte, hacia las islas Canarias y de Madeira. Se habían llevado a cabo algunos asaltos en pequeña escala, también contra la costa africana.
Europa permanecía como espectador interesado. En opinión de sus habitantes, su base de estabilidad es firme. Los huracanes, las tempestades, los terremotos, etc., son extravagancias excelentemente dirigidas para que sucedan en las partes más exóticas y menos sensibles de la Tierra; todos los daños europeos importantes fueron causados, tradicionalmente, por el propio hombre en periódicos accesos de locura. Por eso, no se esperaba en serio que el peligro se acercara más acá de la isla de Madeira… o, acaso, de Rabat o Casablanca.
Por consiguiente, cuando, cinco noches antes, los tanques marinos se arrastraron por el fango, cruzaron la playa y subieron hasta Santander, no se encontraron solamente con una ciudad desprevenida, sino también carente de toda clase de información sobre ellos.
Alguien telefoneó a la guarnición del cuartel que submarinos desconocidos estaban invadiendo el puerto; alguien también llevó la noticia de que los submarinos estaban desembarcando tanques, y alguien más contradijo la anterior información asegurando que los propios submarinos eran anfibios. Puesto que algo era cierto, aunque oscuro y extraño, los soldados salieron a investigar.
Los tanques marinos continuaban su marcha lentamente. Los soldados, cuando llegaron, se vieron forzados a abrirse camino por entre masas de habitantes en oración. En varias calles, las patrullas llegaron a una decisión similar: si se trataba de una invasión extranjera, su deber era rechazarla; si se trataba de algo diabólico, la misma acción, aunque carente de efectividad, los pondría al lado de Dios. Abrieron, pues, fuego.
Después de eso, todo se había convertido en un caos de ataques, contraataques, partidismo, incompresión y exorcismo, en medio de lo cual los tanques marinos se situaron para exudar sus celentéreos revolucionarios. Sólo cuando se hizo de día y los tanques marinos se habían retirado, fue posible salir de la confusión; pero para entonces habían desaparecido dos mil personas aproximadamente.
—¿Cómo es posible que desaparecieran tantas? ¿Es que todo el pueblo se había echado a la calle a rezar? —pregunté.
El tabernero me contestó que, según las noticias propagadas por los periódicos, el pueblo no se dio cuenta de lo que estaba pasando. Como no había leído nada ni estaba interesado por lo que ocurría en el mundo exterior, no tuvo idea de lo que iba a suceder hasta que el primer celentéreo lanzó sus pelitos. Entonces cundió el pánico. Los más afortunados echaron a correr; los otros se refugiaron a la velocidad del rayo en las casas más cercanas.
—Debían de haberse hallado completamente a salvo allí —dije.
Pero, al parecer, yo estaba anticuado. Desde que los vimos en La Escondida, los tanques marinos habían aprendido algunas cosas; entre ellas, que si el piso bajo de un edificio se destruye, el resto se viene abajo, y una vez que los celentéreos han provocado el pánico en esas casas, comienza la demolición. El pueblo metido en los edificios tenía que elegir entre dejar que la casa se hundiera con ellos o salir precipitadamente de ellas para salvarse.
A la noche siguiente, vigilantes de varios pueblecitos y aldeas del oeste de Santander descubrieron marcas de tanques marinos dirigiéndose hacia tierra. Hubo tiempo de levantar a los habitantes y hacer que huyeran. Una unidad de las fuerzas aéreas españolas estaba preparada, y entró en acción con focos y cañones. En San Vicente volaron media docena de tanques marinos en su primer ataque, y se rechazó el resto. Los defensores consiguieron apoderarse del último de ellos cuando le faltaba pocos centímetros para sumergirse. En los otros lugares donde desembarcaron, las defensas se comportaron casi del mismo modo. No fueron soltados más de tres o cuatro celentéreos en total, y sólo una docena, aproximadamente, de pueblerinos fue apresada por ellos. Se estimaba que unos cincuenta tanques marinos habían tomado parte en la acción, de los cuales sólo habían vuelto a las profundidades del mar cuatro o cinco. Era una magnífica victoria, y el vino corrió en abundancia para celebrarla.
A la noche siguiente, hubo vigilantes a lo largo de toda la costa, preparados para dar la voz de alarma en cuanto la primera joroba oscura hiciera su aparición fuera del agua. Pero durante toda la noche las olas acariciaron suavemente las playas, sin que nada interrumpiera ni rompiera su monótona placidez. A la mañana siguiente se vio claro que los tanques marinos, o quienes los dirigieran, habían aprendido una dolorosa lección. Los pocos que sobrevivieron al ataque estaban, por lo visto, dispuestos a invadir lugares menos alertados.
Durante el día amainó el viento. Por la tarde se levantó niebla, que por la noche espesó, impidiendo toda visibilidad a pocos metros de distancia. En alguna parte, aproximadamente a las diez y media de la noche, los tanques marinos, comenzaron a surgir pausadamente de las tranquilas aguas de Gijón, sin un solo ruido que revelara su presencia hasta que sus barrigas metálicas empezaron a arrastrarse cuesta arriba. Los pocos barcos que estaban anclados todavía en el muelle fueron apartados a un lado o aplastados por el avance de los tanques marinos. Fue el crujido del maderamen lo que sacó a los hombres de las posadas situadas a orillas del mar para investigar.
Con la niebla podían ver poco. El primer tanque marino debió de enviar pompas de celentéreos por los aires antes que los hombres se dieran cuenta realmente de lo que estaba sucediendo, porque ahora todo eran gritos, aullidos y confusión. Los tanques marinos avanzaban lentamente a través de la niebla, crujiendo y chirriando por las estrechas calles, mientras que detrás de ellos continuaban saliendo del agua muchos más. El muelle se vio invadido por el pánico. La gente huía corriendo de un tanque para tropezar con otro. Sin esperar a nada, unos pelitos en forma de látigo fustigaron en la niebla, encontrando sus víctimas y empezando a contraerse. Un poco después hubo un pesado chapoteo mientras rodaban con sus fardos por el malecón, en su retirada hacia el agua.
La alarma, corriendo ciudad arriba, llegó a la comisaría. El oficial de servicio dio por teléfono la señal de alerta. Escuchó y, luego, colgó el auricular lentamente.
—Nos prepararemos —dijo—, aunque no creo que podamos hacer nada.
Dio orden de sacar los fusiles y de que se entregaran a todo hombre capaz de manejarlo.
—No conseguiremos nada, pero puede haber suerte. Vigilen atentamente, y si encuentran un punto vital, informen en seguida.
Despachó a los hombres con poca esperanza de que pudieran ofrecer algo más que una escasa resistencia. Oyó ruido de disparos. De pronto hubo una explosión que hizo temblar los cristales de las ventanas; luego, otra. Sonó el teléfono. Una voz nerviosa explicó que un grupo de trabajadores portuarios estaba arrojando cartuchos de dinamita y de gelignita debajo de los tanques marinos que avanzaban. Otra explosión conmovió de nuevo las ventanas. El oficial actuó deprisa.
—Perfectamente. Busquen al jefe. Autorícele de mi parte. Procure que sus hombres despejen a la gente —ordenó.
Esta vez no fue muy sencillo intimidar a los tanques marinos, siendo difícil obtener datos e informes. Se estimó que el número de los destruidos oscilaba entre treinta y setenta, hallándose el número de los que intervinieron entre cincuenta y ciento cincuenta. Según estas cifras, la fuerza tuvo que ser considerable, y la presión cesó únicamente un par de horas antes de amanecer.
Cuando salió el sol para disipar lo que quedaba de niebla, alumbró una ciudad mutilada en parte y completamente cubierta de sustancia viscosa; pero también una población que sentía, a pesar de algunos centenares de víctimas, que había ganado honores en la batalla.
El informe, como yo lo obtenía del tabernero, era breve; pero incluía los puntos principales. Terminó con esta advertencia:
—Reconocen que hubo más de un centenar de esas malditas cosas destruidas en las dos noches. Además, están también todas esas que invadieron otros lugares… Por lo menos, debe de haberse destruido un millar de esos bastardos que surgen del fondo del mar. Yo digo que, en algún momento, se les podrá dar un buen escarmiento. Pero no. «No existe motivo de alarma», dice el condenado gobierno. ¡Hum! Continuará no habiendo causa para alarmarse hasta que unos cuantos centenares de infelices diablos, en alguna parte de estas islas, desaparezcan a manos de esas condenadas babosas. Entonces, todo serán órdenes de emergencia y de condenado pánico. Ya lo verá.
—El golfo de Vizcaya es muy profundo —señalé—. Mucho más profundo que todo el agua que tenemos a nuestro alrededor.
—¿Y qué? —preguntó el tabernero.
Cuando volví a pensar en esta pregunta, me di cuenta de que era excelente. Las verdaderas fuentes de perturbación se hallaban, sin duda alguna, en las más grandes profundidades, y las primeras invasiones de la superficie terrestre tuvieron lugar cerca de esas grandes Profundidades. Pero no existía ningún fundamento para asegurar que los tanques marinos debían operar siempre cerca de una Profundidad. En realidad, desde un punto de vista puramente mecánico, escalar una pendiente ligeramente inclinada sería para ellos más fácil que una escarpada… ¿no? También existía el punto de que cuanto más profundo estuvieran, menos energía tendrían para dirigir su peso. De nuevo surgía el hecho de que nosotros sabíamos demasiado poco de ellos para hacer profecías que tuvieran algún valor. El tabernero, como cualquier otra persona, tenía seguramente razón.
Así se lo confesé, y bebimos con la esperanza de que no la tuviera. Me detuve en la ciudad para mandar un telegrama a Phyllis, que había ido a Londres por unos días, y regresé a casa para empaquetar mis cosas. A la manaña siguiente, me trasladé a la capital.
Para ocupar el viaje enterándome de lo que pasaba por el mundo, compré una colección de periódicos y revistas. El urgente tópico en la mayoría de los diarios era «preparación de la costa…». Las izquierdas pedían que se fortificara completamente la costa atlántica; las derechas rechazaban las oleadas de pánico hablando de fantasías. Aparte de eso, la perspectiva no había cambiado mucho. Los científicos no habían inventado aún una panacea (aunque el acostumbrado nuevo proyecto estaba a punto de probarse); los barcos mercantes aún obstruían los puertos; en las fábricas de aviones trabajaban tres turnos y amenazaban con ir a la huelga, y el Partido Comunista declaraba que cada nuevo avión era un paso hacia la guerra.
Míster Malenkov, entrevistado por telegrama, había dicho que aunque el intensificado programa de construcción de aviones en Occidente no era más que una parte de un plan fascista-burgués de los fabricantes de armamentos, eso no engañaba a nadie; así, pues, era tan grande la oposición del pueblo ruso a cualquier idea de guerra, que la producción de aviones en la Unión Soviética para la Defensa de la Paz se había triplicado. En realidad, estaban tan resueltamente determinados los pueblos de las democracias libres a conservar la paz, a pesar de la nueva amenaza imperialista, que la guerra no era inevitable…, aunque existía la posibilidad de que, hartos de la prolongada provocación, la paciencia de los pueblos soviéticos se agotase.
Lo primero que advertí cuando entré en mi piso fue un gran número de cartas sobre el felpudo, y un telegrama, seguramente el mío, entre ellas. Tuve la sensación de que la casa estaba completamente abandonada.
En el dormitorio encontré señales de haberse hecho las maletas precipitadamente; en el fregadero de la cocina encontré algunas piezas de vajilla sin fregar. Miré en el libro diario, pero el último asiento databa de hacía tres meses y decía simplemente: «Costillas de cordero».
Llamé por teléfono. Fue agradable oír la voz de Freddy Whittier celebrando que yo estuviera en circulación de nuevo.
Tras los saludos, dije:
—Escucha: he estado tan completamente incomunicado que me parece haber perdido a mi esposa. ¿Puedes tú darme una idea…?
—¿De haber perdido tu qué? —preguntó Freddy con tono de voz asustado.
—Mi esposa…, Phyllis —repetí.
—¡Oh! Creí que habías dicho «tu vida»[5]. ¡Oh!, ella está bien. Se marchó con Bocker hace un par de días —le anunció jovial.
—Ésa no es forma de dar noticias —le dije—. ¿Qué quieres decir con que «se marchó con Bocker»?
—Pues que se fue a España —me contestó—. Están metidos en un batiscafo o algo por el estilo. En realidad, estoy esperando un mensaje de ella en cualquier momento.
—Así, pues, ¿me está pisando el trabajo?
—Lo está preparando para ti… Es a otra persona a quien le gustaría pisártelo. Es estupendo que hayas regresado.
El piso estaba triste. Me sentí decaído. Así, pues, me fui al Club, en donde pasé toda la tarde.
El timbre del teléfono situado a la cabecera de mi cama me despertó. Encendí la luz. Eran las cinco.
—¿Diga? —pregunté al teléfono. Era Freddy.
Mi corazón dio un salto al reconocer su voz a tal hora.
—¿Mike? —preguntó a su vez—. Bien. Ponte el sombrero y coge el magnetófono. Un coche se dirige a tu casa para recogerte.
Mi cabeza aún no regía bien.
—¿Un coche? —repetí—. ¿Acaso Phyl…?
—¿Phyl?… ¡Oh, no! Tu mujer está bien. Su mensaje llegó anoche a las nueve. Según mis instrucciones, la respuesta incluía tus cariños hacia ella. Ahora date prisa, viejo. El coche estará en la puerta de tu casa dentro de unos instantes.
—Pero escucha… Aquí no tengo magnetófono. Debe de habérselo llevado Phyl.
—¡Demonios!… Bueno, intentaré llevarte uno al avión, a tiempo.
—¿Al avión? —pregunté.
Pero había sido cortada la comunicación.
Me tiré de la cama y empecé a vestirme. Antes que terminara sonó el timbre de la puerta. Era uno de los chóferes de la E. B. C. Le pregunté qué demonios pasaba; pero todo cuanto él sabía era que en Northolt me estaba esperando un trabajo especial. Busqué mi pasaporte y nos fuimos.
Resultó que no necesitaba el pasaporte. Lo averigüé cuando me reuní con una pequeña sección legañosa de Fleet Street, que estaba reunida en la sala de espera tomando café. También se hallaba allí Bob Humbleby.
—¡Ah! El otro hablador mundial —dijo alguien—. Pensé que conocía a mi Watson.
—¿Qué pasa? —inquirí—. Me han sacado, aprisa y corriendo, de una caliente aunque solitaria cama; me han traído a gran velocidad en el coche… Sí, gracias. Un trago de eso hace revivir a cualquiera.
El samaritano me miró.
—¿Quieres decir con eso que no has oído nada? —me preguntó.
—¿Oído?… ¿Qué?
—Invasión. Lugar llamado Buncarragh, Donegal —me contestó telegráficamente—. Y, en mi opinión, muy adecuado también. Deben de sentirse realmente en casa entre los trasgos y los duendes. Pero no me cabe duda de que los nativos nos vendrán diciendo después, que es otra injusticia que el primer lugar de Inglaterra visitado por ellos haya sido Irlanda, y tendrán razón.
En verdad era muy extraño encontrar ese mismo olor desagradable a pescado en una aldea irlandesa. La Escondida era, en sí misma, exótica e inverosímil; pero que la misma cosa sucediera entre estos apacibles verdores y azules nublados; que los tanques marinos hubieran invadido este grupo de pequeños cottages grises y extendido aquí sus tentáculos, parecía totalmente absurdo.
Sin embargo, allí estaban las piedras hundidas del pequeño malecón, las muescas en la playa junto a la muralla del puerto, los cuatro cottages demolidos, las espantadas mujeres que habían presenciado cómo enredaban a sus hombres en las mallas de los pelitos, y, sobre todo, la misma profusión de sustancia viscosa por todas partes, y el mismo olor.
Según dijeron habían estado allí seis tanques marinos. Una pronta llamada telefónica hizo venir a un par de «combatientes» a toda velocidad. Los aviones destruyeron tres, sumergiéndose el resto en el agua…, aunque no antes que los precediera media población de la aldea, envuelta en sus fuertes tentáculos.
A la mañana siguiente hubo un ataque más al sur, en Galway Bay.
En el momento de regresar a Londres ya había empezado la campaña. Éste no es lugar para hacer un detallado examen de ella.
Aún deben existir copias del informe oficial, y su exactitud será más provechosa que mis embrollados recuerdos.
Phyllis y Bocker regresaron también de España, y ella y yo nos pusimos a trabajar. Desde luego, en una línea de trabajo en cierto modo diferente, porque las noticias diarias de los ataques de los tanques marinos las proporcionaban ahora las agencias y los corresponsales locales. Nos convertimos en una especie de agentes de la E. B. C. que coordinaban el trabajo de la emisora con el de las Fuerzas Armadas y también con Bocker…; al menos, eso era lo que nosotros hacíamos: decir a los oyentes lo que podíamos acerca de lo que ellos estaban haciendo.
Y era mucho. La República de Irlanda había suspendido, por el momento, el pasado para pedir prestado gran número de minas, bazucas y morteros, y luego accedió a aceptar también el envío de un contingente de especialistas en el manejo de dichas armas. A todo lo largo de la costa occidental y meridional de Irlanda, escuadrillas de hombres colocaron campos de minas más arriba de la línea de la marea, donde no existían acantilados protectores. En los pueblos costeros, permanecían toda la noche de vigilancia piquetes con armas lanzadoras de bombas. En otros lugares, los aviones esperaban una llamada, así como los jeeps y carros blindados.
En el sudoeste de Inglaterra y en las más dificultosas costas occidentales de Escocia se tomaron precauciones similares.
Pero eso no detuvo en absoluto a los tanques marinos. Noche tras noche, en la costa irlandesa, en la costa británica, a lo largo del golfo de Vizcaya y de la costa portuguesa, realizaban ataques en grande o pequeña escala. No obstante, habían perdido su arma más potente: la sorpresa. Normalmente, los que iban delante daban la voz de alarma al ser volados por los campos de minas; en ese momento en que se abría una brecha, entraban en acción las defensas y la población se ponía a salvo. Los tanques marinos que conseguían penetrar hacían algún daño, pero encontraban poca presa, y sus pérdidas eran frecuentemente de un ciento por ciento.
En el Atlántico, la pérdida mayor estaba casi reducida al golfo de México. Los ataques a la costa oriental eran efectivamente tan desmoralizadores que se realizaron pocos al norte de Charleston: en la parte del Pacífico hubo algunos más arriba de San Diego. En general, fueron las dos Indias, las Filipinas y el Japón quienes continuaron sufriendo más; pero también allí estaban aprendiendo a infligir enormes pérdidas a cambio de ganancias escasas.
Bocker empleó mucho tiempo moviéndose de acá para allá, con el fin de convencer a las autoridades para que incluyeran trampas entre las defensas. Tuvo poco éxito. Ningún lugar experimentaba deseos de contemplar en sus playas la perspectiva de un tanque marino apresado, capaz de arrojar celentéreos por tiempo ignorado; además, Bocker ni siquiera tenía ideas exactas sobre la colocación de las trampas, aparte de la construcción de gran cantidad de ellas en bases ocultas o eficaces.
Se colocaron unos cuantos cepos, pero ninguno apresó nada. Ni siquiera el más esperanzador proyecto de conservar cualquier tanque marino inutilizado o atascado para su examen resultó mejor. En algunos lugares, los defensores fueron convencidos de que los rodearan con una valla de alambre en lugar de volarlos; pero ésa fue la parte más fácil del problema. Quedó sin resolver lo que se haría a continuación. Cualquier intento de barrenarlos producía invariablemente una expulsión de chorros de sustancia viscosa. Con frecuencia lo hacían antes que se intentara. Bocker sostenía que era el efecto de estar expuestos a los rayos ardientes del sol. Así, pues, nadie podía decir aún que conocía más de su naturaleza que cuando los vimos por primera vez en La Escondida.
Fueron los irlandeses quienes soportaron casi el peso total de los ataques en el norte de Europa, ataques que eran dirigidos, según Bocker, desde una base situada en alguna parte de la profundidad menor, al sur de Rockall. Desarrollaron tan rápidamente una habilidad con respecto a las cosas, que producía un puntillo de deshonor si alguien intentaba huir. Escocia sufrió solamente unas cuantas visitas menores en las islas exteriores, con apenas víctimas. Los únicos ataques a Inglaterra tuvieron lugar en Cornwall y, en su mayoría, no tuvieron tampoco gran importancia… La única excepción fue una incursión al puerto de Falmouth, donde unos cuantos tanques marinos consiguieron avanzar con éxito más allá de la línea límite de la marea antes que fueran destruidos, aunque un número mucho mayor, según aseguraron, fue destruido por las cargas de profundidad antes que alcanzaran la costa.
Sólo unos cuantos días después de los ataques a Falmouth cesaron las incursiones. Cesaron casi repentinamente, y en lo que se refiere a la masa de tierra más ancha, completamente.
Una semana después ya no hubo duda de que alguien había insinuado al Bajo Mando que suspendiese la campaña. Las costas continentales estaban fortificadas como inexpugnables fortalezas, y el intento había fracasado. Los tanques marinos se dirigían a lugares menos peligrosos; pero el tanto por ciento de sus pérdidas continuaba siendo muy elevado, disminuyendo el número de los que regresaban a su base.
Quince días después de la última excursión se proclamó el fin del estado de emergencia. Algunos días después Bocker hizo por radio sus comentarios sobre la situación.
—Algunos de nosotros —dijo—, algunos de nosotros, aunque no los más juiciosos, han celebrado recientemente una victoria.
»A ellos sugiero que cuando el fuego del caníbal no está lo suficientemente encendido para que hierva el pote, la comida que se realiza puede producir cierta satisfacción; pero, en el sentido de la frase generalmente aceptada, él no ha conseguido una victoria. En efecto, si él no hace algo antes que el caníbal tenga tiempo de encender un fuego mejor y mayor, no conseguirá mejor resultado… Por consiguiente, analicemos esta victoria. Nosotros, pueblo marítimo cuya potencia se debe a los barcos que se dirigían a los rincones más apartados del orbe, hemos perdido el dominio de los mares. Hemos sido arrojados a patadas de un elemento que siempre consideramos de nuestra propiedad. Nuestros barcos solamente se hallan seguros en aguas costeras y en mares poco profundos…, ¿y quién puede decir cuánto tiempo tolerarán aún que permanezcan allí? Nos hemos visto forzados a un bloqueo, más efectivo que cualquier experiencia guerrera; a depender de los transportes aéreos para conseguir los alimentos indispensables para subsistir. Ni siquiera los científicos, que están intentando estudiar los orígenes de nuestros males, han podido fletar barcos para hacer su trabajo. ¿Es esto una victoria?… Nadie puede decir con certeza cuál puede ser el eventual proposito de estos ataques a las costas. Han estado echándonos las redes, al igual que nosotros las echamos para coger el pescado, aunque la cosa sea difícil de comprender. En el mar hay muchas cosas que coger, y más baratas que en tierra. Ahora bien: puede tratarse de un intento de conquistar la Tierra…, un intento ineficaz y mal informado; pero, a pesar de todo, casi con más éxito que nuestro intento por alcanzar las profundidades… Si fuera así, entonces sus instigadores están ahora mejor informados sobre nosotros, y, por consiguiente, son más peligrosos en potencia. Seguramente, no lo intentarán de nuevo con las mismas armas, pero no veo la forma de hacer algo para evitar que lo intenten de otro modo con armas diferentes. Por consiguiente, la necesidad que nosotros experimentamos de encontrar una fórmula con que podamos hacerles frente y vencerlos nos obliga a no aminorar nuestros esfuerzos, sino a intensificarlos.
Hizo una pausa y continuó:
—Ha de recordarse que, cuando observamos por primera vez la actividad en las profundidades, indiqué que deberían hacerse todos los esfuerzos posibles para establecer un entendimiento con ellos. No se intentó esto, y es muy probable que nunca exista ya la posibilidad de hacerlo; pero no hay duda de que la situación que yo esperaba que nosotros evitáramos existe actualmente… y es necesario que se proceda a resolverla. Dos formas inteligentes de vida han encontrado intolerable la existencia mutua. He llegado a creer ahora que no tendría éxito ningún intento de acercamiento: cuanto más igualados estén los contrincantes, más dura será la lucha. La inteligencia es el arma más poderosa; cualquier forma inteligente de dominar, y, por consiguiente, de sobrevivir, se consigue por su inteligencia. Una forma de inteligencia rival debe, para su existencia, amenazar con dominar y, por tanto, amenazar con la extinción… Las observaciones me han convencido de que mi primer punto de vista era lamentablemente antropomórfico; ahora digo que debemos atacar tan cautamente como nos sea posible, encontrar los medios para ello, y con la decidida intención de exterminación completa. Estas cosas, sean las que fueren, no han tenido solamente un éxito completo en arrojarnos con facilidad de nuestro elemento, sino que han avanzado ya para darnos la batalla en nuestro propio campo. Por el momento, hemos podido rechazarlos; pero volverán, porque a ellos les urge el mismo impulso que a nosotros: la necesidad de exterminar o de ser exterminados. Y cuando vuelvan de nuevo, si los dejamos, vendrán mejor pertrechados… Tal estado del asunto, vuelvo a repetirlo, no es una victoria…
A la mañana siguiente corrí a ver a Pendell de Adio-Assessment. Me dirigió una mirada sombría.
—Lo intentamos —dije, defendiéndome—. Lo intentamos activamente, pero no pude evitarlo.
—La próxima vez que le vea usted dígale lo que pienso de él, ¿quiere? —sugirió Pendell—. No es que a mí me importe un comino que tenga razón… Es que nunca conocí a un hombre con tal suerte para tener razón en un tiempo en que todo sale mal y todo parece equivocado. Cuando su nombre aparezca en nuestros programas otra vez, si es que aparece, habrá de tener mucho cuidado con lo que dice. Un consejo de amigo: dígale que empiece a cultivar a la B. B. C.
Como esperábamos, Phyllis y yo nos reunimos aquel mismo día con Bocker para almorzar. Inevitablemente, quiso enterarse de las reacciones a su locución radiada. Con toda amabilidad, le proporcioné los primeros informes. Él asintió con la cabeza.
—La mayoría de los periódicos siguen el mismo derrotero —dijo—. ¿Por qué he de estar condenado a vivir en una democracia donde el voto de cada loco es igual al de un hombre sensato? Si toda la energía que ponen en emitir votos se dedicase a realizar trabajo útil, ¡qué gran nación seríamos! Así como así, tres periódicos nacionales, por lo menos, solicitan que se supriman «los millones de impuestos para investigación» con el fin de que el contribuyente pueda comprarse un paquete de cigarrillos más todas las semanas, lo cual quiere decir más espacios en los cargos desperdiciados en tabaco, lo cual quiere decir también más beneficio en tasa, el cual gastará el gobierno en algo diferente a investigación… y los barcos continuarán enmoheciéndose en los puertos. No hay sentido común en eso. Ésta es la mayor emergencia que hemos tenido.
—Pero hay que reconocer que esas cosas de las profundidades han recibido un buen golpe —señaló Phyllis.
—Nosotros tenemos por tradición recibir golpes muy fuertes, pero al final ganamos las guerras —replicó Bocker.
—Exactamente —dijo Phyllis—. Nos han dado una paliza en el mar; pero, al final, nos recuperaremos.
Bocker gruñó y giró los ojos.
—La lógica… —empezó a decir.
Pero yo le interrumpí:
—Habla usted como si creyese que, ahora, son más inteligentes que nosotros, ¿no es así?
Arrugó el ceño.
—No veo la forma en que puede contestarse a eso. Mi impresión, como dije antes, es que ellos piensan de modo diferente…, siguiendo derroteros diferentes a los nuestros. Si es así, sería imposible toda confrontación, y descaminado cualquier ataque a ellos.
—¿Cree usted en serio que lo intentarán de nuevo? Quiero decir que ¿no era solamente propaganda quitar interés a la protección de los barcos que hundían?
—¿Produce esa impresión?
—No, pero…
—Efectivamente, quise decir eso —dijo—. Consideremos sus alternativas: o permanecerán en el fondo de los mares esperando que encontremos un medio para destruirlos, o se lanzarán contra nosotros. ¡Oh, sí! A menos que nosotros encontremos muy pronto un medio, no tardarán en estar aquí otra vez… de algún modo.