THOMAS M. DISCH
Casablanca
(Casablanca)
Por las mañanas, siempre les llevaba el café y las tostadas, en una bandeja, el hombre del fez rojo. Les preguntaría cómo se encontraban, y mistress Richmond, que conocía algo de francés, le respondería que muy bien. El hotel siempre servía la misma clase de mermelada: mermelada de ciruela. Eso, al cabo de cierto tiempo, se hizo tan tedioso que mistress Richmond salió y se compró un bote de mermelada de fresa; pero, a los pocos días, estuvo tan cansada de ella como de la de ciruela. Así, pues, decidieron alternar: un día tomaban mermelada de ciruela y al siguiente mermelada de fresa. No hubieran desayunado en el hotel, pero lo hacían por economía.
Cuando, la mañana del segundo miércoles pasado en el Belmonte, bajaron al vestíbulo, no había cartas para ellos en el casillero.
—En realidad, no puedo esperar que piensen que estamos aquí —dijo mistress Richmond con tono de voz enojado, porque sí que lo había esperado.
—Claro que no —convino con ella Fred.
—Me parece que estoy enferma otra vez. Ha sido ese extraño estofado que cenamos anoche. ¿No te lo dije?… ¿Por qué no sales a comprar el periódico esta mañana?
En vista de eso, Fred se dirigió al puesto de periódicos que estaba en un rincón. No tenían el Times ni el Tribune. No tenían siquiera los periódicos corrientes de Londres. Fred fue a la papelería del Marhaba, el enorme hotel de lujo que estaba al lado. En el camino, alguien intentó venderle un reloj de oro. Fred tuvo la sensación de que en Marruecos todo el mundo intentaba vender relojes de oro.
La papelería aún tenía ejemplares del Times de la última semana. Fred ya había leído esos periódicos.
—¿Dónde se encuentra el Times del día? —preguntó en inglés y en voz bastante alta.
El hombre de mediana edad que se hallaba detrás del mostrador movió la cabeza tristemente, bien porque no comprendiese la pregunta de Fred o porque no supiese contestarla. Preguntó a Fred cómo se encontraba.
—Bien —dijo Fred sin convicción—. Bien.
El periódico local francés La Vigié Marocaine insertaba unos portentosos títulos en negro, que Fred era incapaz de descifrar. Fred hablaba «cuatro lenguas»: inglés, irlandés, escocés y americano. Insistía en que, con sólo esas cuatro lenguas, uno podía entenderse en cualquier parte del mundo libre.
A las diez, hora de Bulova, Fred se encontró como por casualidad en la parte exterior de su heladería favorita. Corrientemente, cuando estaba con su esposa, no era capaz de endulzarse la boca, porque mistress Richmond, que tenía el estómago delicado, desconfiaba de todos los productos marroquíes, si no estaban cocidos.
El camarero le sonrió, diciéndole:
—Buenos días, míster Richmond.
Los extranjeros, por alguna razón, eran incapaces de pronunciar correctamente su apellido.
Fred contestó:
—Buenos días.
—¿Cómo está usted?
—Perfectamente, gracias.
—Bueno, bueno —dijo el camarero.
Sin embargo, parecía entristecido. Daba la impresión de que deseaba decir algo a Fred, pero su inglés era muy limitado.
Era sorprendente que Fred hubiese tenido que dar media vuelta al mundo para encontrar el más delicioso helado de frutas que jamás había probado. En lugar de ir a los bares, los jóvenes de la ciudad acudían a heladerías como ésta, exactamente como se hacía en Iowa, cuando Fred era joven, durante la «ley seca». Aquí, en Casablanca, eso estaba relacionado con la religión mahometana.
Entró un pequeño limpiabotas en solicitud de limpiar a Fred los zapatos, que ya estaban muy bien lustrados. Fred miró por la ventana hacia la agencia de viajes, situada en la acera de enfrente. El muchacho no dejaba de insistir: Monsieur, monsieur, hasta tal punto que Fred hubiérase sentido feliz pegándole un puntapié. La mejor política era ignorar a los mendigos. Si no se los miraba, se iban inmediatamente. La agencia de viajes ostentaba un cartel en el que aparecía una lindísima muchacha rubia, muy parecida a Doris Day, en traje vaquero. Era un cartel de las líneas aéreas Panamericanas.
Al fin, se fue el limpiabotas. La cara de Fred enrojeció de ira. Su escaso cabello blanco hizo que el enrojecimiento de la tez pareciese más brillante, como una puesta de sol invernal.
Acababa de entrar un hombre en la heladería con un montón de periódicos, periódicos franceses. A pesar del escaso conocimiento que tenía del francés, Fred fue capaz de leer los titulares. Adquirió un ejemplar por veinte francos y regresó al hotel, dejando a medio comer su helado de frutas.
Al cabo de un minuto se hallaba a la puerta de su habitación, y mistress Richmond le gritó:
—¿No es terrible?
Tenía un ejemplar del periódico extendido sobre la cama.
—No dice nada de Cleveland.
Cleveland era donde vivía Nan, la hija casada de los Richmond. No querían hacerse preguntas sobre su propia casa. Se hallaba en Florida, dentro de los cien kilómetros del Cabo, y siempre supieron que, si había una guerra, éste sería uno de los primeros lugares adonde irían.
—¡Malditos rojos! —exclamó Fred indignado, al mismo tiempo que su mujer se echaba a llorar—. ¡Dios los maldiga a todos! ¿Qué dice el periódico?… ¿Cómo empezó?
—¿Crees tú que Billy y Midge estarían en la granja de su abuela Holt? —preguntó mistress Richmond.
Fred pasó las páginas de La Vigié Marocaine desesperadamente, mirando las fotografías. A excepción de la de un hongo gigantesco en la primera página y de una fotografía de archivo del presidente en traje de vaquero en la segunda, no había más fotografías. Intentó leer el artículo de fondo, pero no le encontró sentido.
Mistress Richmond salió llorando de la habitación.
Fred quiso hacer tiras el periódico. Para calmarse, se echó una copa de licor, de un borbón que guardaba en el armario. Luego salió al vestíbulo y habló a través de la puerta del cuarto de baño.
—Bueno, apostaré a que, al final, nos libraremos de ellos.
Pero eso no sirvió de ningún alivio a mistress Richmond.
El día anterior, mistress Richmond escribió dos cartas: una a su nieta Midge y otra a la madre de Midge, Nan. La carta a Midge decía:
«2 de diciembre
»Querida mademoiselle Holt:
»Bien; ya estamos en la romántica Casablanca, donde lo antiguo y lo moderno se aunan. Hay palmeras en el bulevar donde se encuentra nuestro hotel, las cuales se ven desde la ventana, y algunas veces parece que no nos hemos movido de Florida. En Marrakech compramos regalos para ti y para Billy, que estarán en vuestro poder el día de Navidad si los correos se portan bien. ¡Cómo te gustaría saber lo que va en esos paquetes! Pero tendrás que esperar hasta Navidad.
»Has de dar gracias a Dios todos los días, querida, por vivir en América. ¡Si vieras a los pobre niños marroquíes mendigando en las calles! No son capaces de ir a la escuela, y muchos de ellos carecen de zapatos y de ropas de abrigo. Creo que, a pesar de estar en África, han de tener frío. ¡Billy y tú no podéis calcular cuán felices sois!
»Desde el tren que nos condujo a Marrakech vimos a los granjeros arando sus campos en diciembre. Cada arado va tirado de un camello y de un burro. Quizás éste sería un tema interesante para ti si se lo contaras a tu profesor de Geografía.
«Casablanca es una ciudad maravillosamente excitante, y con frecuencia pienso lo que gozaríais Billy y tú aquí con nosotros. ¡Quizás algún día!… Sé buena… Piensa que Navidad llega pronto.
»Tu abuela que te quiere mucho,
Grams».
La segunda carta, dirigida a la madre de Midge, decía lo siguiente:
«2 de diciembre, lunes tarde.
»Querida Nan:
»No quiero fingir contigo. Ya lo viste en mi primera carta…, antes que yo conociese mis propios sentimientos. Sí, Marruecos me ha desilusionado terriblemente. No creería muchas de las cosas que han sucedido. Por ejemplo, es casi imposible enviar un paquete al extranjero. Tendré que esperar hasta que lleguemos a España, por tanto, para mandar a Billy y a Midge sus regalos de Navidad. ¡Es mejor que no digas a B. y a M. nada de esto!
»Marrakech es terrible. Fred y yo nos perdimos en el barrio indígena, y creímos que nunca saldríamos de él. La suciedad es enorme, pero si hablo de ella me pondré mala. Tras nuestra experiencia “por el lado malo del sendero”, no volví a salir del hotel. Fred estaba furioso, y tomamos el tren para regresar a Casablanca. Aquí se puede hacer una comida tipo francés muy satisfactoria por un dólar aproximadamente.
»Después de todo esto, no me creerás si te digo que permaneceremos aquí dos semanas más, que es el tiempo que falta para que zarpe el primer barco para España. ¡Dos semanas más! Fred dice que tomemos un avión, pero tú me conoces bien. Y me moriría si hiciera el viaje en el ferrocarril del país, con todo nuestro equipaje, que es el otro y único medio que hay de salir de aquí.
»He terminado el libro que me traje, y ahora no tengo nada que leer, excepto los periódicos. Están impresos en París, y la mayoría de sus noticias son de la India y de Angola, que yo encuentro demasiado deprimentes. Y las noticias políticas de Europa, que no puedo soportar. ¿Quién es el canciller Zucker y qué tiene que ver con la guerra en la India? Digo que si los dirigentes se sentaran alrededor de una mesa y trataran de comprenderse mutuamente, desaparecería la mayoría de los llamados problemas mundiales. Bueno, ésa es mi opinión; pero tengo que guardármela para mí, o a Fred le daría una apoplejía. ¡Ya conoces a Fred! Él dice que si se lanzara una bomba sobre China roja, la mandaríamos al infierno. ¡Pobre Fred!
»Espero que Dan y tú estéis buenos, y que M. y B. continúen yendo a la escuela. Estamos impacientes por enterarnos de las buenas notas de Billy en Geografía. Fred dice que todo es debido a los relatos que le hace a Billy sobre nuestro viaje. ¡Tal vez tenga razón por una vez!
«Besos y abrazos de
Grams».
A Fred se le había olvidado echar al correo estas dos cartas ayer por la tarde, y ahora, después de las noticias que publicaba el periódico, le parecía inútil echarlas. Los Holt, Nan, Dan, Billy y Midge estarían, con toda seguridad, muertos.
—Es extraño —observó mistress Richmond durante el almuerzo en el restaurante—: no puedo creer que haya sucedido eso realmente. Nada ha cambiado aquí. Y es de creer que pasaría algo…
—¡Malditos rojos!
—¿Quieres beberte el resto de mi vino? Estoy demasiado excitada.
—¿Qué hemos de hacer?… ¿Intentaremos telefonear a Nan?
—¿Transatlántico?… ¿No sería mejor un cable?
Por tanto, después del almuerzo fueron a Telégrafos, que estaba en el mismo edificio de Correos, y llenaron un impreso. El mensaje que al fin estuvieron de acuerdo en enviar decía:
«¿Estáis todos bien? ¿Fue bombardeado Cleveland? Decidnos todo. Respuesta pagada. Contestad».
Costó once dólares su envío, a dólar por palabra. La oficina de Correos no admitió el traveller’s check; por tanto, mientras mistress Richmond esperaba en el local, Fred cruzó la calle para cambiar el cheque en el Banco de Marruecos.
El cajero, que estaba detras de la ventanilla, miró el cheque de Fred con sospecha y solicitó su pasaporte. Llevó cheque y pasaporte a un despacho interior. Fred estaba cada vez más enojado, porque el tiempo transcurría y no se hacía nada. Estaba acostumbrado a que, por lo menos, le tratasen con respeto y consideración. El cajero regresó acompañado de un señor no mucho más joven que el propio Fred. Llevaba un traje rayado con una flor en el ojal.
—¿Es usted míster Richmond? —preguntó el caballero.
—Claro que sí. Mire la fotografía de mi pasaporte.
—Lo siento, míster Richmond; pero nos es imposible cambiar este cheque.
—¿Qué quiere decir? He cambiado cheques como éste aquí anteriormente. Los llevo anotados: el veintiocho de noviembre, cuarenta dólares; el día uno de diciembre, veinte dólares…
El hombre asintió con la cabeza.
—Lo siento, míster Richmond; pero nosotros no podemos cambiar esos cheques.
—Quisiera hablar con el director…
—Lo siento, míster Richmond; nos es imposible cambiar sus cheques. Muchas gracias.
Y se volvió para alejarse.
—¡Quiero hablar con el director!
Todos cuantos se hallaban en el Banco, cajeros y otros clientes, miraron a Fred, que había enrojecido.
—Yo soy el director —dijo el hombre del traje a rayas—. Adiós, míster Richmond.
—¡Son cheques de viajero de la American Express! ¡Son buenos en todas las partes del mundo!…
El director regresó a su despacho, y el cajero atendió a otro cliente. Fred volvió al edificio de Correos.
—Tendremos que volver más tarde, querida —explicó a su esposa.
Ella no preguntó por qué, y él no quiso decírselo.
Compraron alimentos para llevarlos al hotel, puesto que mistress Richmond no tenía ganas de vestirse para cenar.
El dueño del hotel, un hombre delgado y nervioso que usaba gafas con cristales montados al aire, estaba esperándolos en la recepción para hablarles. Sin decir palabra, les presentó la cuenta de la habitación.
Fred protestó colérico:
—Hemos pagado… Hemos pagado hasta el día doce de este mes… ¿Quiere usted decir qué significa esto?
El director sonrió. Mostraba algunas piezas de oro en su dentadura. Explicó en un inglés imperfecto que «eso» era la cuenta.
—Nous sommes payé —explicó afable mistress Richmond. Luego, con diplomático susurro, dijo a su marido—: Enséñale el recibo…
El director examinó el recibo.
—Non, non, non… —dijo moviendo la cabeza. Y entregó a Fred, en lugar del recibo, la cuenta nueva.
—Me quedaré con este recibo, muchas gracias.
El director sonrió y se apartó de Fred. Fred actuó sin reflexionar. Cogió al director por la muñeca y le arrancó el recibo de la mano. El director gritó una frase en árabe. Fred cogió la llave de su habitación, la 216, del casillero que estaba detrás del mostrador. Luego, cogió a su esposa por el codo y la condujo escalera arriba. El hombre del fez rojo bajaba corriendo la escalera. Acudía a la llamada del director.
Una vez dentro de su habitación, Fred cerró con llave la puerta. Estaba temblando y le faltaba la respiración. Mistress Richmond hizo que se sentase y enjugó su febril frente con una esponja empapada en agua fría. Cinco minutos después deslizaban un trozo de papel por debajo de la puerta. Era la cuenta.
—¡Mira! —exclamó—. Cuarenta dirham diarios. ¡Ocho dólares!
El precio corriente per diem de la habitación era de veinte dirham, y a los Richmond, al tomarla por una quincena, les había costado quince.
—¡Freddy!
—¡Qué sinvergüenza!
—Es posible que sea un error.
—Vio este recibo, ¿no? Se lo quería llevar. Tú sabes por qué. Por lo que ha pasado. Ahora no puedo canjear mis cheques de viajero en ninguna parte.
—Bueno, Freddy…
La mujer le pasó la esponja mojada por los blancos cabellos.
—¡No hay Freddy que valga! Sé lo que tengo que hacer. Iré al Consulado americano y presentaré una denuncia.
—Es una buena idea; pero hoy, no, Freddy. Quédate aquí hasta mañana. Los dos estamos cansados y deprimidos. Mañana iremos juntos. Tal vez sepan entonces algo de Cleveland.
Mistress Richmond no pudo continuar dando consejos debido a un nuevo retortijón de vientre. Salió al vestíbulo, pero regresó casi inmediatamente.
—La puerta del cuarto de baño está cerrada con candado —dijo.
Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos por el terror. Acababa de comprender lo que estaba pasando.
Aquella noche, tras una frugal cena a base de aceitunas, emparedados de queso e higos, mistress Richmond intentó ver las cosas por el lado bueno.
—En realidad, somos muy afortunados por estar aquí en lugar de hallarnos allá, en el momento que sucedió la cosa. Al menos, estamos vivos. Deberíamos dar gracias a Dios por estar vivos.
—Si nosotros les hubiéramos bombardeado hace veinte años, ahora no nos encontraríamos en este atolladero. ¿No dije entonces que deberíamos bombardearlos?
—Sí, querido. Pero no hay que llorar por la leche derramada. Haz como yo: mira la cosa por su lado bueno.
—¡Malditos y puercos rojos!
El bourbon se acabó. Estaba oscuro, y en el exterior, al otro lado de la plaza, un cartel anunciador de los cigarrillos Olympic Bleue (C’est mieux!) se encendía y se apagaba, exactamente igual que lo hacía todas las noches desde que llegaron a Casablanca.
Nada parecía haber afectado aquí el espantoso acontecimiento que había tenido lugar al otro lado del océano.
—No tenemos sobres —dijo, disgustada, mistress Richmond.
Había estado intentando escribir una carta a su hija.
Fred miraba por la ventana, preguntándose cómo habría sucedido aquello. ¿Se llenaría el cielo de aeroplanos? ¿Continuarían luchando en los campos de la India y de Angola? ¿Cómo estaría ahora Florida? Siempre había querido construir en el patio trasero de su casa en Florida un refugio contra los bombardeos; pero su esposa se opuso. Ahora sería imposible decir quién de ambos tenía razón.
—¿Qué hora es? —preguntó mistress Richmond, dándole cuerda al despertador.
Fred miró su reloj, que siempre iba en punto.
—Son las once, hora de Bulova.
Era un Accutron que su compañía, la Iowa Mutual Life, le había regalado cuando se retiró.
Se oyó, en dirección al muelle, un ruido continuado de gritos y de sonidos metálicos. A medida que aumentaba, Fred pudo ver la cabeza de una manifestación que avanzaba bulevar arriba. Echó las persianas metálicas de las ventanas hasta que sólo dejó una ranura para ver pasar la manifestación.
—Están quemando algo —informó a su esposa—. Ven a ver.
—No me gusta ver esas cosas.
—Es una especie de estatua o de maniquí. No puedo decir exactamente lo que significa. Alguien con un sombrero vaquero, parece. Apostaría a que son comunistas.
Cuando el grueso de la manifestación alcanzó la plaza donde se alzaba el hotel Belmonte, torcieron a la izquierda, hacia los otros hoteles más grandes y más lujosos: el Marhaba y el Mansour. Iban tocando címbalos y soplando pesados cuernos, que sonaban como gaitas. En lugar de marchar en fila, formaban una especie de círculos, interpretando pasos de danza. Una vez que doblaron la esquina, Walt no pudo verlos más.
—Apostaría a que todos los mendigos de la ciudad van ahí, soplando cuernos —dijo Fred ásperamente—. Todos los malditos vendedores de relojes y todos los limpiabotas de Casablanca.
—Parecen muy felices —dijo mistress Richmond.
Y empezó a llorar otra vez.
Los Richmond durmieron juntos en la misma cama aquella noche, por primera vez en muchos meses. El ruido de la manifestación continuó, unas veces más cerca, otras más lejos, durante varias horas. También esto hizo que aquella noche no se pareciera en nada a ninguna otra, porque Casablanca era, corrientemente, una ciudad muy tranquila, sorprendentemente también, después de las diez de la noche.
La oficina del cónsul americano parecía haber sido bombardeada. La puerta principal estaba arrancada de sus goznes, y Fred entró, después de cierta vacilación, para encontrarse todo el piso bajo vacío de muebles, las alfombras destrozadas, las molduras arrancadas de las paredes. Habían vaciado los archivos del Consulado y quemado el contenido en el centro de la habitación más grande. Las paredes habían sido embadurnadas con slogans en árabe, escritos con las cenizas.
Al abandonar el edificio, encontró un trozo de papel escrito a máquina y clavado en la desvencijada puerta. Leyó:
«A todos los americanos que se encuentren en Marruecos, residentes o turistas, se les advierte que abandonen el territorio hasta que quede resuelta la actual crisis. El cónsul no puede garantizar la seguridad de aquellos que prefieran quedarse».
Un muchacho limpiabotas, con su cráneo tiñoso inadecuadamente oculto por un sucio gorro de lana, trató de deslizar su caja debajo de un pie de Fred.
—¡Vete de aquí, puerco!… ¡Esto es culpa de ustedes!… ¡Sé lo que pasó anoche! ¡Tú y los tuyos lo hicieron! ¡Mendigos rojos!…
El muchacho sonrió inseguro a Fred e intentó de nuevo poner su zapato sobre la caja.
—Monsieur, monsieur —silbó, o, tal vez—: Merci, merci…
Al mediodía, el centro de la ciudad bullía de americanos. Fred no se había dado cuenta de que hubiese tantos en Casablanca. ¿Qué hacían allí? ¿En dónde estuvieron escondidos? La mayoría de los americanos se dirigían al aeropuerto, con sus coches llenos, repletos de equipajes. Alguien dijo que saltaban a Inglaterra; otros, a Alemania. En España, decían, no se encontrarían a salvo, aunque probablemente más seguros que en Marruecos. Con Fred se habían mostrado de una brusquedad que rayaba en dureza.
Regresó al hotel, donde mistress Richmond le esperaba. Habían convenido que uno de ellos permanecería siempre en la habitación. Cuando Fred subía la escalera, el director intentó entregarle otra cuenta.
—Llamaré a la Policía —amenazó.
Fred estaba demasiado iracundo para contestar. Le hubiera gustado pegarle al individuo un puñetazo en la nariz e incrustarle sus ridiculas gafas. Si hubiera sido diez años más joven, lo hubiera hecho.
—Han cortado el agua —anunció, dramática, mistress Richmond, después de dejar pasar a su esposo a la habitación—. Y el hombre del fez rojo intentó entrar, pero yo tenía puesta la cadena en la puerta, gracias a Dios. No podemos lavarnos ni utilizar el retrete. No sé qué va a pasar. Tengo miedo.
No escuchó nada de lo que contó Fred sobre el Consulado.
—Vamos a tomar un avión —insistió él—. Para Inglaterra. Todos los americanos se van allí. Había un aviso en la puerta del Con…
—No, Fred, no. Nada de aeroplano. No me obligarás a que me meta en un avión. Durante veinte años me he negado a ello y no voy a empezar ahora.
—Pero éste es un caso excepcional. Debemos tomarlo.
—Me niego a hablar de eso. Y no me grites, Fred Richmond. Emprenderemos el regreso cuando zarpe el barco, y nada más. Ahora, seamos prácticos, ¿quieres? Lo primero que debemos hacer es salir tú y comprar algunas botellas de agua. Cuatro botellas, y pan, y… No, no te acordarás de nada. Será mejor que te lo escriba, que te haga una lista…
Pero cuando Fred regresó, cuatro horas después, cuando ya estaba oscureciendo, traía solamente una botella de agua, una hogaza de pan duro y una cajita de queso pasteurizado.
—Era todo el dinero que tenía. Nadie quiso cambiar mis cheques. Ni en el Banco, ni en el Marhaba, ni en ninguna parte.
En su roja y sucia cara llevaba unos rosetones violáceos, y su voz estaba enronquecida. Había estado gritando cuatro horas seguidas.
Mistress Richmond empleó media botella de agua en lavarse la cara. Luego hizo emparedados con el queso y la mermelada, mientras charlaba sin cesar, haciendo comentarios jocosos. Temía que a su marido le diese un ataque cerebral.
El jueves 12, es decir, el día anterior al señalado para que zarpara el barco, Fred se dirigió a la agencia de viajes para enterarse en qué muelle estaba atracado su barco. Le informaron de que el viaje había sido cancelado indefinidamente. El barco, un carguero yugoslavo, había atracado en Norfolk el 4 de diciembre. La agencia de viajes devolvió, muy cortésmente, el precio de los billetes… en dólares americanos.
—¿No puede usted darme dirhams en lugar de dólares?
—Usted pagó en dólares, míster Richmond —decía el agente de un modo un tanto molesto, tan superior que asombró a Fred más que un honrado acento francés—. Usted pagó en cheque de viajeros de la American Express.
—Pero preferiría dirhams.
—Es imposible.
—Se los cambiaré a la par. Es decir, un dólar por un dirham.
No había montado en cólera al verse forzado a hacer tan ilusa sugerencia, pues la misma escena se había repetido demasiadas veces… en los Bancos, en las tiendas, con la gente de la calle…
—El gobierno nos ha prohibido las transacciones en moneda americana, míster Richmond. No sabe cuánto lamento no poder ayudarle. Si a usted le interesa adquirir un billete de avión, puedo aceptar su dinero… si tiene usted bastante.
—No me deja mucha elección, ¿verdad? (Pensó: «Betty se pondría furiosa»). ¿Qué me costarían dos billetes para Londres?
El agente dijo una cantidad. Fred se arreboló.
—¡Eso es un robo!… ¡Vale más que un primera clase a Nueva York! El agente sonrió.
—Es que no despachamos billetes de avión para Nueva York.
De mal humor, Fred firmó los cheques para pagar los dos billetes. Tuvo que entregar todos los cheques que le quedaban y, además, cincuenta dólares del dinero que le habían devuelto. Menos mal que su esposa tenía todavía intacto su propio talonario de cheques de la American Express. Examinó los billetes, que estaban impresos en Francia.
—¿Qué dice aquí? ¿Cuándo sale?…
—El sábado, día catorce, a las ocho de la noche.
—¿No tiene nada para mañana?
—Lo siento. Debería estar contento de que hayamos podido venderle esos dos billetes. Si no fuera por el hecho de que nuestra oficina principal se halla en París, y que nos han comunicado que demos prioridad a los americanos en los vuelos de todos los Pan-Am, no nos hubiera sido posible hacerlo.
—Comprendo. La cuestión es que… me hallo en apuros. Nadie, ni siquiera los Bancos, quieren tomar moneda americana. Ésta es nuestra última noche pagada en el hotel, y si tenemos que permanecer también la noche del viernes…
—Pueden ir a la sala de espera del aeropuerto, señor.
Fred, con los billetes metidos en su pasaporte, salió.
—Este reloj costaría en América ciento veinte dólares. ¿No le interesaría a usted…?
—Lo siento, míster Richmond. Tengo reloj.
Fred, con los billetes metidos en su pasaporte, salió por la puerta de grueso cristal. Le hubiera gustado tomarse un helado de frutas en la heladería, pero no podía costeárselo. No podía costearse nada, a menos que fuese capaz de vender su reloj. Habían vivido la última semana de lo que habían dado por el despertador y la máquina de afeitar eléctrica. Ya no tenían nada que vender.
Cuando Fred llegó a la esquina, oyó que alguien le llamaba:
—Míster Richmond, míster Richmond…
Era el agente. Tímidamente, le entregó el billete de diez dirhams y tres monedas de cinco. Fred cogió el dinero y le dio su reloj. El agente se puso el Accutron de Fred en la muñeca, junto a su reloj viejo. Sonrió y alargó la mano a Fred para que se la estrechara. Fred se alejó, sin hacer caso de la mano tendida.
«Cinco dólares —pensó una y otra vez—. Cinco dólares…».
Estaba demasiado avergonzado para volver en seguida al hotel.
Mistress Richmond no estaba en la habitación. En su lugar, el hombre del fez rojo estaba metiendo en tres maletas toda la ropa y los objetos del tocador.
—¡Eh! —le gritó Fred—. ¿Qué está haciendo? ¡Deje eso inmediatamente!…
—Ha de pagar su cuenta —le gritó el director del hotel, que se hallaba en el vestíbulo a respetable distancia—. Ha de pagar su cuenta o marcharse.
Fred intentó evitar que el hombre del fez rojo continuara empaquetando sus cosas. Estaba furioso con su esposa por haber salido de la habitación…, probablemente al retrete…, y dejar abandonado el cuarto.
—¿Dónde está mi mujer? —preguntó al director—. Esto es un ultraje.
El hombre del fez rojo volvió a hacer las maletas.
Fred hizo un esfuerzo enorme para tranquilizarse. No podía arriesgarse a una pelea. Después de todo, razonó consigo mismo, si pasaban una o dos noches en la sala de espera del aeropuerto, la diferencia no sería mucha. Por tanto, despidió al hombre del fez rojo y terminó él mismo de hacer las maletas. Cuando las hubo hecho, llamó al timbre. El hombre del fez rojo subió y le ayudó a bajar el equipaje. Esperó en el oscuro vestíbulo, usando como asiento la mayor de las maletas, a que volviese su esposa. Probablemente habría ido a «su» restaurante, algunas manzanas de casas más abajo, adonde se veían obligados a acudir para utilizar el retrete. Acaso el dueño del restaurante no comprendiera por qué no hacían ya allí sus comidas; pero, seguramente, no quería molestarlos, esperando, quizá, que volvieran a hacerlo.
Mientras esperaba, Fred ocupó el tiempo tratando de recordar el nombre del inglés que había sido su invitado a una cena en su casa de Florida tres años antes. Era un nombre raro que no se pronunciaba como se escribía. De cuando en cuando, salía a la calle para ver si veía a su esposa regresar al hotel. Siempre que intentó preguntar al dueño si sabía adonde había ido, el hombre le contestaba con su gruñido destemplado. Fred se desesperaba. Su esposa tardaba demasiado. Telefoneó al restaurante, y el dueño, que comprendía bastante bien el inglés, le dijo que mistress Richmond no había visitado el retrete aquel día.
Aproximadamente una hora después de ponerse el sol, Fred se encaminó al puesto de Policía, un edificio mal estucado que se alzaba en el interior de la antigua medina, el barrio no europeo. A los americanos les habían advertido que no se aventurasen por la medina después de anochecido.
—Mi esposa ha desaparecido —dijo a uno de los hombres con uniforme gris—. Sospecho que haya podido ser víctima de un atraco.
El policía respondió bruscamente en francés.
—Mi esposa —repitió más alto Fred, accionando de una forma vaga.
El policía se volvió a hablar con sus compañeros. Era un acto de deliberada grosería.
Fred sacó el pasaporte y lo agitó ante la cara del policía.
—Éste es mi pasaporte —gritó—. Mi esposa ha desaparecido. ¡Mi esposa! ¿No hay nadie aquí que hable inglés? Alguien debe hablar inglés. ¡In… glés!
El policía se encogió de hombros, devolviendo a Fred el pasaporte.
—¡Mi esposa! —sollozó histéricamente Fred—. Escúchenme…, mi esposa, mi esposa, ¡mi esposa!…
El policía, un hombre enjuto con grandes bigotes, agarró a Fred por el cuello de la chaqueta y le condujo a la fuerza a otra habitación, tras recorrer un largo y oscuro corredor que olía a orines. Fred no se dio cuenta, hasta que estuvo encerrado en la habitación, de que era una celda. La puerta que se cerró a su espalda no estaba hecha de barrotes, sino de una hoja de metal clavada sobre la madera. La habitación carecía de luz y de ventilación. Gritó, dio patadas a la puerta y la golpeó con los puños hasta que se le hizo una herida en el lado de la palma. Paró y se chupó la sangre, temeroso de sufrir un envenenamiento.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver un poco de la habitación donde se hallaba. No era mucho mayor que la 216 del hotel Belmonte, pero contenía muchas más personas de las que Fred podía contar. Estaban apoyadas a lo largo de las paredes, un indiscriminado amasijo de harapos y suciedad, de jóvenes y viejos, una reunión desastrosa…
Miraban con asombro al caballero americano.
La Policía libertó a Fred por la mañana y regresó inmediatamente al hotel, sin hablar a nadie. Estaba colérico, pero más aterrorizado aún.
Su esposa no había vuelto. Prodigiosamente, las maletas continuaban en el mismo sitio donde él las dejara. El dueño insistió en que abandonara el vestíbulo, y Fred no protestó. Había expirado el tiempo de los Richmond en el hotel, y Fred no tenía dinero para otra noche, ni siquiera con los precios antiguos.
Ya en la calle, no supo qué hacer. Permaneció al borde de la acera, tratando de decidir. Sus pantalones estaban arrugados, y temía… aunque él no podía percibirlo…, que todo él estuviese impregnado del olor de la celda.
El policía de tráfico, colocado en el centro de la calle, empezó a dirigirle extrañas miradas. Tuvo miedo del policía, de que le metieran otra vez en la cárcel. Llamó a un taxi y ordenó que le llevara al aeropuerto.
—Où? —preguntó el taxista.
—Al aeropuerto, al aeropuerto —repitió.
Los chóferes, por lo menos, deberían saber el inglés.
Pero ¿dónde estaba su esposa?… ¿Dónde se hallaba Betty?
Cuando llegaron al aeropuerto, el taxista pidió quince dirhams por el trayecto, precio abusivo en Casablanca, donde los taxis eran baratísimos. No habiendo tenido la precaución de concertar el precio por adelantado, Fred no tuvo más remedio que pagar al hombre lo que le pedía.
La sala de espera estaba llena de gentes, aunque pocos parecían ser americanos. El hedor a habitación cerrada era tan pestilente como el de la celda, por lo que decidió dejar las maletas en el suelo, ya que no había mozos y le era imposible atravesar aquella masa de personas, y sentarse en la mayor de ellas junto a la puerta.
Un hombre con uniforme color oliva y gorro negro solicitó, en francés, ver su pasaporte.
—Votre passeport —repitió pacientemente hasta que Fred le entendió.
Examinó cada página con creciente sospecha; pero, al fin, se lo devolvió.
—¿No habla usted inglés? —le preguntó entonces Fred.
Creyó que, debido al uniforme diferente, pudiera ser uno de los policías de la ciudad. Le contestó con un torrente de sonidos árabes semejantes a los que hacen los pavos.
«Acaso venga aquí a buscarme —se dijo Fred—. Pero ¿por qué iba a venir? Él debería haber permanecido en el exterior del hotel».
Se imaginó a salvo en Inglaterra, contando su historia al cónsul americano. Se imaginó las repercusiones internacionales que aquello originaría. ¿Cuál era el nombre de ese inglés que él conocía? Vivía en Londres. Empezaba con C o Ch.
Una atractiva dama de mediana edad se sentó en el otro extremo de su maleta y empezó a hablar en un rapidísimo francés, haciendo estrafalarios ademanes con su bien cuidada mano. Estaba tratando de comprenderla. Ella se echó a llorar. Fred ni siquiera podía ofrecerle el pañuelo, porque lo tenía sucio de la noche anterior.
—Mi esposa —intentó explicar—. Mi… esposa… ha… desaparecido. Mi esposa.
La dama dijo algo, desesperada, mientras le enseñaba un montón de billetes de dirhams de los más grandes.
—Me gustaría saber qué desea usted —le dijo Fred.
La dama se alejó de él, como si estuviera iracunda, aunque no le dijo nada insultante.
Fred notó que alguien le tiraba del zapato. Recordó, con un comienzo de terror, al anciano que, mientras dormía en la cárcel, intentó quitarle los zapatos, que trató de robárselos, pero que no lo consiguió, al parecer, por culpa de los cordones.
Era sólo un limpiabotas. Ya le había empezado a cepillar los zapatos, que estaban, como pudo ver, muy sucios. Empujó al muchacho.
Tenía que volver al hotel para ver si su esposa había vuelto allí; pero no tenía dinero para otro taxi y no había nadie en la sala de espera que le mereciera confianza suficiente para dejarle el equipaje.
Sin embargo, él no podía abandonar Casablanca sin su esposa. ¿Podía? Pero si se quedaba, ¿qué haría si la Policía no le hacía caso?
A las diez de la noche aproximadamente, la sala de espera comenzó a apaciguarse. Durante todo aquel día no llegó ni salió ningún avión. Todos los que estaban allí esperaban el de mañana, para Londres. ¿Cómo era posible que tanta gente, con tantos equipajes, cupiera en un solo aeroplano, por grande que fuese? ¿Tenían todos billete?
Dormían en cualquier parte: sobre los duros bancos, sobre los periódicos extendidos en el suelo, en el estrecho alféizar de las ventanas… Fred era uno de los más afortunados, porque pudo dormir sobre sus tres maletas.
A la mañana siguiente, cuando se despertó, se encontró con que le habían robado del bolsillo de su chaqueta el pasaporte y los dos billetes. Aún conservaba el monedero, porque había dormido de espalda. Contenía nueve dirhams.
La mañana de Navidad, Fred salió y se tomó un helado de frutas. En Casablanca nadie parecía celebrar la fiesta. La mayoría de las tiendas de la antigua medina, en donde Fred encontró una habitación, en un hotel, por tres dirhams diarios, estaban abiertas, mientras que en el barrio europeo nadie podía decir si las tiendas estaban cerradas permanentemente o por la festividad del día.
Al pasar por el Belmonte, Fred se paró, como de costumbre, para preguntar por su esposa. El director estuvo muy atento, diciéndole que no sabía nada de mistress Richmond. La Policía tenía ahora sus señas personales.
Esperando prolongar el momento en que se sentase ante el helado de frutas, caminó hacia Correos para preguntar si había habido contestación a su telegrama a la Embajada americana en Londres. No había nada.
Cuando, al fin, estuvo sentado ante su helado de frutas, no le pareció tan bueno como recordaba. ¡Era tan poco! Permaneció sentado una hora ante su plato vacío, observando la lluvia. Estaba solo en la heladería. Los ventanales de la agencia de viajes, al otro lado de la plaza, estaban cubiertos con pesados postigos de metal, de los que se iba desprendiendo la pintura amarilla.
El camarero fue a sentarse a la mesa de Fred.
—Il pleuve, monsieur Richmond. Llueve. Il pleuve…
—Sí, llueve —dijo Fred—. Llueve…
El camarero sabía muy poco de inglés.
—Felices Pascuas —dijo—. Joyeuse Noel. Felices Pascuas.
Fred se lo agradeció.
Cuando la lluvia amainó un poco, Fred se encaminó a la plaza de las Naciones Unidas y encontró un banco debajo de una palmera que estaba seco. A pesar del frío y de la humedad, no quería regresar a la sórdida habitación de su hotel y pasarse el resto del día sentado en el filo de la cama.
Fred no se hallaba solo en la plaza. Cierto número de personas, vestidas con gruesas chilabas de lana y turbantes, permanecían en pie, o sentadas en los bancos, o formando círculos en los senderos de grava. La chilaba es un impermeable ideal. Fred se había comprado su abrigo tres días antes por veinte dirhams. Ahora que había aprendido a contar en francés, conseguía las cosas a mucho mejor precio.
La lección más difícil de aprender… y aún no la había aprendido…, era dejar de pensar. Cuando lo consiguiera, dejaría de enfurecerse o de tener miedo.
Al mediodía, sonó la sirena en la hermosa torre situada al fondo de la plaza, desde la cual se dominaba toda Casablanca en cualquier dirección. Fred sacó del bolsillo de su abrigo el emparedado de queso y se lo comió poquito a poco. Luego, sacó la barra de chocolate con almendras. Su boca empezó a hacérsele agua.
Un muchacho limpiabotas atravesó el círculo que estaba en el sendero y vino a sentarse en la humedad, a los pies de Fred. Intentó alzar el pie de Fred y colocarlo sobre su caja.
—No —dijo Fred—. Lárgate.
—Monsieur, monsieur —insistió el muchacho, o quizá—: Merci, merci…
Fred miró con cierta vergüenza sus zapatos. Estaban muy sucios. Hacía semanas que no se los limpiaba.
El muchacho, silbando, oyó aquellas frases que no tenían ningún significado para él. Sus ojos estaban fijos en la barra de chocolate de Fred. Fred le apartó de su lado, empujándole con la punta del pie. El muchacho alargó la mano para coger la golosina. Fred le golpeó en la cabeza. La barra de chocolate cayó al suelo, no lejos de los encallecidos pies del muchacho. El limpiabotas se agachó, fingiendo que lloraba.
—¡Víbora! —gritó Fred.
Era un caso manifiesto de robo. Estaba furioso. Tenía razón para estar furioso. Poniéndose en pie, su pie se posó accidentalmente sobre la caja del muchacho. La madera se partió.
El muchacho comenzó a insultar a Fred en árabe. Puesto de rodillas, empezó a recoger los trozos de la caja.
—Lo estabas pidiendo —dijo Fred.
Le pegó una patada en los riñones. El muchacho rodó por el suelo, como si no estuviera acostumbrado a tal trato.
—¡Mendigo! ¡Ladrón!… —gritó Fred.
Se agachó, tratando de agarrar al muchacho por el pelo; pero éste era demasiado corto. Lo llevaba cortado casi al rape para evitar los piojos. Fred le abofeteó de nuevo, pero el muchacho echó a correr.
A Fred ni siquiera se le ocurrió perseguirle. Iba muy de prisa, demasiado de prisa.
La cara de Fred estaba roja y violácea, y su cabello blanco, que necesitaba un corte, caía sobre su arrugada frente. Mientras pegaba al muchacho no se dio cuenta del grupo de árabes, de mahometanos o de lo que fuera, que se había arremolinado a su alrededor, observándole. A Fred le era imposible leer en las expresiones de sus morenas y sucias caras.
—¿Se dieron cuenta? —preguntó en voz alta—. ¿Se dieron cuenta de lo que intentó hacer el ladronzuelo? ¿Le vieron cómo quiso robarme… mi barra de chocolate?
Uno de los hombres, con chilaba a rayas, dijo algo a Fred, que a éste le sonó como un gargarismo. Otro más joven, vestido a la europea, le pegó a Fred en la cara. Fred retrocedió, tambaleándose.
—¡Oiga!…
No le dio tiempo a decirles que era ciudadano americano. El siguiente golpe le alcanzó en la boca, cayendo de espalda al suelo. Una vez allí, el hombre más viejo empezó a pegarle puntapiés. Otros le patearon en las costillas, en la cabeza, y algunos se contentaron con sujetarle las piernas. Cosa curiosa: nadie acudió a sus gritos. El limpiabotas observaba desde lejos, y cuando Fred quedó inconsciente, se acercó y le quitó los zapatos. El joven que le golpeó primero le quitó el abrigo y el cinturón. Afortunadamente, Fred había dejado el monedero en el hotel.
Cuando volvió en sí, estaba sentado en el banco otra vez. Un policía le hablaba en árabe. Fred movió la cabeza, indicándole que no comprendía. El policía se dirigió a él, entonces, en francés. Fred se estremeció de frío. Las patadas no le habían hecho tanto daño como esperaba. Excepto el joven, los demás llevaban babuchas. Su cara experimentaba un gran dolor. Había sangre en la pechera de su camisa, y su boca sabía a sangre. Tenía frío, mucho frío…
El policía se alejó moviendo la cabeza.
Justamente en aquel momento recordó Fred el apellido del inglés que cenara una noche en su casa de Florida. Era Cholmondeley, pero se pronunciaba Chumly. Pero aún no era capaz de recordar su dirección en Londres.
Sólo cuando intentó ponerse en pie se dio cuenta de que no tenía zapatos. La grava hirió la suave carne de sus pies descalzos. Fred estaba completamente seguro de que el limpiabotas le había robado los zapatos.
Volvió a sentarse en el banco, sollozando. Esperaba que el infierno le permitiera vengarse del maldito. Esperaba ese favor del infierno. Apretó los dientes con furia, ansiando poder tenerle de nuevo al alcance de su mano. ¡El puerco! Le daría tantas patadas que no lo olvidaría en su vida. ¡Maldito rojo, sucio rojo!… ¡Le patearía la cara!…