JOHN BURKE
La fiesta de cumpleaños
(Party Games)
En cuanto abrió la puerta de la calle y vio a Simon Potter en el descansillo, comprendió Alice Jarman que habría dificultades.
A espaldas de ella, la fiesta se hacía más ruidosa. Ya había habido una pelea. Dos niños se habían pegado mutuamente y hubo un momento de barullo cuando uno de ellos fue lanzado pesadamente contra la pared. Pero fue una pelea corriente. Una reunión en donde los niños no se pelean no es una reunión.
Simón Potter dijo:
—Buenas tardes, mistress Jarman.
Tenía ocho años y era ese niño ejemplar que nunca se vería complicado en una pelea: educado, limpio, tranquilo, cortés e inteligente…, pero también impopular. Su impopularidad era tal que procuraban apartarle de toda pelea en lugar de atraerle a ella. Era un niño frío. Aunque estaba allí con su deferente sonrisa, a Alice le entraron escalofríos.
Llevaba un impermeable nuevo, sus zapatos estaban perfectamente lustrados… («Probablemente limpiados por él mismo», pensó Alice), y su cabello castaño claro cuidadosamente peinado hacia atrás. Traía un regalo envuelto con todo cuidado.
Alice retrocedió y Simón entró en el vestíbulo.
En aquel mismo instante, se abrió de un empujón la puerta del cuarto de estar y Ronnie salió de golpe. Se paró cuando vio a Simón. Dijo lo que Alice estaba segura que diría:
—Yo no le invité.
—Bueno, Ronnie…
—Muchas felicidades, Ronnie —dijo Simón alargándole el paquete.
Ronnie no pudo evitar mirarle. Tampoco pudo evitar el movimiento instintivo de su mano hacia él. Luego, movió la cabeza y miró a Alice.
—Pero, mamá…
Ella trató de suavizar la cuestión… o, mejor dicho, la embarulló. El ruido y el jaleo del cuarto de estar ayudaban a ello. Ronnie era incapaz de concentrarse. Quería quedarse y discutir; quería aceptar el regalo y regresar al tumulto. Alice cogió el impermeable de Simón y empujó a éste hacia la fiesta. No necesitó que le dijeran que se limpiara los zapatos en el felpudo, ni añadió nada a las huellas de barro que algunos niños habían dejado. Ronnie intentó decir algo; pero, sin saber cómo, se encontró con el paquete en la mano y empezó a desatarlo mientras seguía a Simón al cuarto de estar.
Alice permaneció junto a la puerta unos minutos, mirando al interior.
—¡Eh!… ¡Mirad!… ¡Qué estupendo!…
Ronnie quitó el papel y abrió la caja. Sacó una cigüeña y la alzó.
—Está echa de escayola —dijo Simón pausadamente.
Era una simple aclaración, pero quitó alegría de la cara de Ronnie. Los otros, que se habían acercado, retrocedieron y miraron a Simón. Su regalo era de más precio que cualquiera de los que ellos habían traído. Lo había hecho mal. Siempre hacía las cosas mal. Con sólo que intentase hacer una cosa, ya la hacía mal.
Un muchacho alto, con pelo color de zanahoria, empujó a Ronnie. Ronnie dejó la cigüeña sobre una silla y le empujó a él. Una muchacha, con una cinta para el pelo color azul, dijo:
—¡Oh! No empecéis otra vez.
Y se apartó a un lado.
Se encontraba cerca de Simón. Éste le sonrió. La miró, mirando después a otra niña que estaba un poco más allá, como si quisiera atraer a ambas más cerca de él.
—Siempre está hablando con las chicas —había dicho Ronnie en una ocasión a su madre.
Alice observaba. Sí. Se daba cuenta de que Simón era un niño que le gustaba hablar con las chicas porque no tenía nada que decir a los chicos. Pero las niñas no eran aduladoras. En lugar de acercarse a él, se echaron a reír, se miraron y se alejaron, mirando hacia atrás y riéndose siempre.
Alice fue a la cocina y corrió las cortinas. Pronto sería completamente de noche en el exterior. En verano, hubieran podido celebrar la fiesta en el jardín; pero Ronnie eligió para nacer el invierno. Por eso la mayoría de las celebraciones fueron acompañadas de huellas de pies mojados en el interior de la casa y gran alboroto de bufandas, guantes, capuchas e impermeables cuando se marchaban los invitados.
Tom llegaría a casa dentro de veinte minutos aproximadamente. Ella se alegraría de verle. Aunque el ruido y el jaleo no disminuyeran, serían en cierto modo más tolerables compartiéndolos con alguien. Tom organizaría los juegos, los animaría y conseguiría que las niñas, en particular, se desternillasen de risa. Ella tenía que permanecer en el cuarto de estar para asegurarse de que nadie se hacía daño ni estaba desatendido; había empezado con ellos un juego musical, pero el piano tocaba terriblemente, y mientras estuvo sentada en el teclado, a su espalda se desencadenó un verdadero caos. Luego surgirió la busca de un tesoro antes de la fiesta.
No era buena organizadora de fiestas. El nerviosismo y la excitación de los niños la sacaban de quicio, la ponían mala. No importaban las molestias que se tomaba durante los días que precedían al del cumpleaños. La cuestión era que cuando éste llegaba, nunca estaba preparada para hacerle frente.
Tom le, aseguraba que eso carecía de importancia. Sólo tenía que abrirles la puerta, dejarlos entrar y que se las arreglaran como quisieran. Cuando hubiera señales de que los muebles peligraban por el jaleo, no tenía más que aparecer con los emparedados, la mermelada, la tarta y los helados.
Para Tom, todo estaba bien. Él no regresaba a casa hasta que ella había parado el primer golpe. Veinte niños juntos no eran solamente veinte niños aislados que se juntan, uno más uno, más uno…, sino que formaban un algo más grande y más terrible. No se podía decir lo que ellos serían capaces de hacer si las circunstancias les eran propicias o no; dependía de la forma en que se mirase la cuestión.
Del cuarto de estar salió un grito de burla. Alice se animó para ir a ver qué pasaba y echar una ojeada de inspección al mismo tiempo.
Cuando llegó al cuarto de estar, le fue imposible saber cuál había sido la causa del grito. Simón Potter estaba apoyado contra una pared, mientras Ronnie y su mejor amigo gesticulaban y bamboleaban la cabeza con alocado júbilo, exagerando el movimiento y golpeándose las caderas como malos actores de una comedia escolar.
Ronnie se dio cuenta de que su madre le observaba. Sus visajes se hicieron más ingenuos y afectuosos. Luego, antes que ella pudiese fruncir el ceño o hacerle una pregunta silenciosa, giró en redondo y cogió una brazada de regalos.
—¡Venid, venid!… ¡Mirad lo que me ha regalado papá!…
Alguien gruñó de forma teatral: un niño con granos sopló una ruidosa trompeta. Pero todos se reunieron, obedientes, alrededor de Ronnie. Era lo más acertado. Ésta era su fiesta y su cumpleaños, y en cierto modo era lógico que sintiera deseos de que ellos inspeccionaran sus trofeos.
—Mi papá me regaló esto —dijo, y Alice notó que se tranquilizaba al escuchar la adoración que se desprendía de su voz—. Y esto. Mi papá me regaló esto también.
Hubiera sido exactamente lo mismo aunque Tom le hubiese regalado un muñeco barato o una caja de lápices: la devoción filial hubiera estado allí, constante. Alice le quería por amar tan intensamente a su padre.
Simón observaba todo muy serio. No demostró nerviosismo ni malestar. No hizo ruidos aprobatorios ni cambió miradas de envidia con nadie. Estaba distante, inmóvil. Era desapasionado.
Sin embargo, detrás de aquella carita fría debía de haber envidia o, al menos, tristeza. El padre de Simón había muerto hacía algunos años. Su madre le había educado con un fervor tan sincero que le impedía toda distracción y ese pequeño contacto con los otros niños, a pesar de que pasaba muchas horas, muchos días y muchas semanas en el colegio con ellos. Su madre trabajaba en el despacho de un abogado y llevaba también la dirección de su hogar, determinada a que el niño no notara demasiado el vacío dejado por la pérdida de su padre. Todos lo días, Simón permanecía una hora más en el colegio, en una clase junto a otros niños cuyo regreso a casa sería difícil o cuyos padres trabajaban y no podían abandonar el trabajo para ir a buscarlos. Cuando Simón regresaba a su casa, mistress Potter estaba ya allí esperándole, dispuesta a dedicarse por entero a él. Estaba orgullosa de la vida que ambos llevaban, orgullosa de su hogar y orgullosa de la inagotable limpieza, educación e inteligencia de su hijo.
Alice vio que se aclaraba la garganta. Lo vio, más que lo oyó, por la forma en que apretó la barbilla y tragó. Avanzó. Ella creyó por un momento que iría a preguntarle si podía acercarse más para mirar algunos de los regalos de Ronnie. Entonces le preguntó:
—¿No jugamos a nada?
Todas las cabezas se volvieron. Los niños le miraron. Una niña rompió el repentino silencio. Parecía contenta con la propuesta:
—Sí. Juguemos a algo. ¿A qué vamos a jugar?
—Si pudiéramos conseguir algún trozo de papel —dijo Simón mirando significativamente a Alice, que comprendió en seguida que el niño se había dado cuenta durante todo el rato del escrutinio sufrido por ella—, escribiríamos el nombre de alguien en él y…
—¡Oh! Juegos de papel —gruñó alguien.
—Se elige un nombre —insistió Simón— y se escribe en una de las carillas del papel. Luego, se dobla el papel en cuatro dobleces y se empieza a decir nombres de flores, de árboles y de…, bueno, de futbolistas si os gusta…, y todos tienen que empezar con las letras del nombre.
El niño especializado es soplar sopló de nuevo, haciendo la trompetilla.
—¿De qué está hablando? —preguntó la niña de la cinta azul.
—Es muy fácil —continuó Simón alzando la voz—. Se escribe el nombre en una de las carillas del papel. Luego, se escriben las cosas cuyo nombre… bueno, el de los objetos que vosotros elijáis, y…
—¡Oh! Juegos de papel.
Alice intervino. Ya era hora de que un adulto controlase la fiesta y dijese lo que tenían que hacer. Entró en la habitación y trató desesperadamente de recordar los juegos en que había actuado cuando era niña. Su memoria no la ayudó. Se resistía. Todo cuanto pudo recordar fue una niña atravesando el asiento de una silla y chillando y un niño agachado, que reunía a un grupo de personas a su alrededor, mientras escupía al fuego de la chimenea…
Alice dijo:
—Escuchadme todos.
Los niños se volvieron, agradecidos, hacia ella.
—¿Por qué no jugáis a la llamada del cartero? —aventuró.
Hubo encogimientos de hombros, muecas y desdenes; pero a las niñas les gustó la idea, y por unos instantes todos jugaron a la llamada del cartero. Alice se alejó otra vez, dejándolos que jugaran. Desde la puerta de la cocina, miraba de cuando en cuando al vestíbulo. De pronto, consideró que aquella vigilancia era tan absurda como la de un espía. Algunos de los niños se comportaban con asombrosa confianza, que indicaba su prolongado estudio de las películas que nunca debieron permitirles que vieran. Algunas de las niñas iban de un lado para otro; otras permanecían sentadas y se divertían entre sí. Era espantoso ver en esos niños de ocho y nueve años el modelo de lo que serían cuando fueran adultos…, modelo ya en formación, en algunos ya establecido.
Simón estaba al otro lado de la puerta, esperando. Llamó con los nudillos. La muchacha que abrió le miró cautamente, preparada a mostrarse altiva o coqueta. Después de besarse, la niña se limpió los labios con el dorso de la mano. Simón volvió a la habitación. La niña miró al techo, y dijo, lo bastante alto para que le oyeran él y los otros que se hallaban en el cuarto de estar:
—¡Uf!
Todos estaban cansados… Los niños, más cansados que las niñas.
—¡Asesinato! ¡Juguemos al asesinato!
Cuando la puerta se abrió y Ronnie salió corriendo, Alice trató de acumular buenas razones para que no jugaran al asesinato. Pero no actuó de prisa. Todos corrían ya escaleras arriba. Dos niños entraron en la cocina, en dirección a la puerta de atrás; pero se pararon cuando vieron a Alice.
—Afuera, no —dijo Alice precipitadamente, tratando, en cierto modo, de evitarlo—. El jardín está lleno de barro. Tenéis que permanecer dentro de casa.
Los niños se volvieron y se alejaron. Alice oyó pisadas sobre su cabeza. Hubo un lejano golpear de puertas. Se apagaron las luces. Ronnie apareció de pronto en la mancha de luz que salía de la cocina. Él y el niño pecoso hacían gestos y cuchicheaban. Simón Potter pasó por el lado de ellos en su camino hacia la escalera. Cuando desapareció, ambos niños se juntaron más en actitud de conspirar.
Antes que Alice pudiera hacer un movimiento, Ronnie corrió hacia ella.
—¿No te importaría que cerráramos la puerta, mamá?
No esperó respuesta, sino que la cerró tranquilamente y la dejó prisionera. Alice comprendió que habría alaridos de protesta si volvía a abrirla.
Hubo un minuto completo de cómodo silencio. En su cabeza había, incongruentemente, más ruido que en la última hora. En la quietud se estaba elaborando un proceso de tensión. Algo iba a estallar.
De la escalera llegó un golpazo apagado. Se repitió. Podía ser alguien golpeando insistentemente el suelo o dando porrazos a una puerta para que le dejaran salir.
«Sí —pensó con aprensión—, deben de haber encerrado a alguien en alguna de las habitaciones o en una de las alacenas que hay al final del pasillo…, arriba, en lo alto de esta vieja y crujiente casa… Alguien. Simón».
En aquel momento se oyó un grito que helaba la sangre.
Alice abrió la puerta de un tirón.
—¡Apagad esa luz!
—No, todo está bien —dijo la voz de Ronnie desde el fondo del pasillo—. Todo ha terminado.
Se oyó ruido de pisotadas bajando otra vez la escalera. Las luces se encendieron en toda la casa. Todos gritaban a todos. ¿A quién habían asesinado? ¿Quién era la víctima?
Alice se sintió aliviada al saber que la víctima era Marion Pickering, una niña delicada y rubia, con ojos demasiado inteligentes para sus pocos años.
«En verdad —pensó Alice, nada caritativa— es muy posible que Marion termine un día en la primera página de los periódicos dominicales».
Niños y niñas salieron de sus escondites. El vestíbulo pareció hervir de actividad; luego, todos, alborozados, regresaron al cuarto de estar. Ahora parecía que había el doble de niños que antes, cuando empezó la fiesta.
Alice oía el griterío. Ronnie intentaba restablecer cierto orden.
—¿Quién estaba en la escalera? ¿Quieres callarte?… Tenemos que descubrir quién estaba arriba y quién estaba abajo… Ahora sentémonos… ¡Oh, cállate un minuto!, ¿quieres?
La investigación estaba a punto de convertirse en un caos. Se necesitaba una mano fuerte para controlarlos. En su lugar hubo gritos y chillidos, una suspensión de la tensión en la oscuridad.
Ahora era ya de noche. Alice no se había dado cuenta de lo rápidamente que había caído la tarde. Veinte minutos antes hubiera sido aún demasiado pronto para jugar al asesinato; pero ahora estaba oscuro al otro lado de las ventanas.
A través del murmullo de voces oyó un débil aunque inequívoco ruido: el de la llave de Tom en la cerradura de la puerta.
Alice se hallaba en el centro del vestíbulo cuando su marido entró.
—¡Cariño!
Tom avanzó hacia ella, agachándose para besarla. Venía cargado con algunas herramientas de jardinería: una llana —que salía de una rota envoltura de papel castaño—, unas podaderas y un hacha de mango corto.
—¿Todo marcha bien? —preguntó señalando con la cabeza hacia la puerta del cuarto de estar.
—Me alegra que hayas vuelto.
—¡Ah! Eso quiere decir que no todo marcha bien, ¿eh?
—A veces.
Era maravilloso estar viéndole. ¡Su delgada y arrugada cara era tan tranquilizadora!… El olor de humo de pipa en su pelo, la tranquila confianza de sus ojos, la vista de sus competentes y hábiles manos, todo lo de él la tranquilizaba y, al mismo tiempo, la suavizaba.
Sin embargo, había algo que no marchaba bien; algo que la agobiaba y que solicitaba su atención.
Cuando Tom se volvió para dejar los utensilios de jardinería junto al paragüero, ella notó que el ruido continuaba en lo alto de la escalera: aquel golpeteo intermitente que oyera antes.
—Dejaré estas cosas aquí —estaba diciendo Tom—, y luego iré a mezclarme con el tumulto.
Alice se dio cuenta de lo que Tom acababa de hacer con las herramientas.
—¡No las dejes ahí! ¡Por el amor de Dios! ¡Con todos esos pequeños monstruos correteando por aquí…!
—Bueno, bueno. Me las llevaré afuera y las meteré en el cobertizo.
—Está todo tan sucio… Volverás con los zapatos llenos de barro y… —se interrumpió y se echó a reír. Tom también se rió—. Parezco una quejica, ¿verdad?
Tom se puso los utensilios debajo del brazo y se dirigió a la escalera.
—Los dejaré en nuestro cuarto —dijo con firmeza.
Ronnie, salió brusca y alegremente del cuarto de estar.
—¡Papá!…
Corrió hacia su padre y le atajó, tratando de rodearle la cintura con un brazo, mientras le sonreía.
—Entra aquí…, entra y mira… Tengo muchas más cosas… Pero nada como tus regalos…
—Espera un minuto, hijo. He de dejar estas cosas arriba. Inmediatamente bajo.
Alice, al pasar junto a ellos, echó una mirada al cuarto de estar. Se acercó más a la puerta; luego preguntó:
—Ronnie, ¿dónde está Simón?
—¿Cómo?
—Simón… ¿Dónde está?
Ronnie se encogió de hombros y se abrazó a su padre otra vez.
—No lo sé. Probablemente subiría al cuarto de baño.
—Ronnie, si le has hecho algo…, si le has encerrado en alguna parte…
—No tardes papá.
Ronnie dio un rodeo y se escurrió por detrás de su madre. Alice no se atrevió a preseguirle en aquel mare magnum de brazos, piernas y caras vocingleras.
Tom preguntó:
—¿Pasa algo?
—No lo sé. Me pregunto solamente si le habrán jugado alguna broma pesada a Simón Potter.
—Creí que no estaba invitado.
—No lo estaba. Pero vino el pobre chico. Le han tenido apartado de todo. Y ahora pienso que pueden haberle hecho algo.
El griterío del cuarto de estar era tan exorbitante que Alice no hubiera jurado que oía el espasmódico golpear arriba…
—Yo lo veré —dijo tranquilizándola.
Alice se sentía contenta de volver a la cocina y dejarlo todo en manos de su marido. Ahora, todo marcharía bien.
Dos niños salieron corriendo del cuarto de estar.
—Mistress Jarman…, ¿dónde está el retrete, por favor?
—En el primer piso, al final de la escalera, a la izquierda…
Subieron de dos en dos los peldaños de la escalera detrás de Tom. Alice se sintió cómoda y segura cuando regresó a la cocina, en lugar de ser una inútil asustadiza. Empezó a colocar los tarritos de mermelada en una bandeja. Dentro de quince minutos empezarían a merendar. Después Tom organizaría los juegos mientras ella retiraba los restos de la merienda y fregaba los cacharros.
Ronnie entró en la cocina.
—¿Dónde están las cosas del juego, mamá?
El golpeteo de arriba había cesado. Pero se oyó un ruido más fuerte, como si alguien se hubiera caído o arrojado algo pesado contra el suelo. Tal vez hubiera sido Tom, al abrir una de las puertas de la alacena: ¡estaban tan viejas, tan estropeadas y tan mal sujetas!…
—Ronnie, ¿hiciste…?
El niño no esperó a que su madre acabara la frase. Cogió la bandejita, que con todo cuidado preparara aquel mismo día a primera hora y que estaba tapada con una hoja de fino papel color castaño y se marchó.
Alice le oyó gritar:
—Amigos, venid y sentaos. Ahora apagaré las luces…
—¡Eh, eh! ¡No empezar sin nosotros!…
Se oyeron pasos precipitados bajando la escalera y algunos niños entraron corriendo en el cuarto de estar. Debían de haber estado haciendo cola en el retrete de arriba. Cuando uno necesita ir, se les ocurre ir a todos. «No tardarían mucho en ir las niñas», pensó Alice: a todas ellas les entrarían ganas de orinar, más por imaginación que por necesidad.
—¡Se ha cometido un crimen! —gritaba Ronnie, y su voz, tan enronquecida por el continuo esfuerzo, se quebraba a cada dos o tres palabras—. Descubriremos quién lo hizo; pero no trataremos con el cadáver, ¿verdad?
—El cadáver era yo —lloriqueó Marion.
—Sí, sí; ya lo sabemos, pero… ¡Cerrad esta puerta!
Se oyó el golpazo de la puerta y la voz quedó ahogada. Tras unos minutos se escuchó un chillido agudo y una explosión de carcajadas; luego, otro chillido. Alice colocó los emparedados triangulares en una bandeja. Por el tono y la intensidad de los gritos casi podía seguir el desarrollo del juego.
—Aquí está la mano del cadáver —estaría diciendo Ronnie.
Y pasaría un guante de goma relleno de trapos por toda la fila, en la oscuridad.
—Aquí tenemos parte de pelo…
Y pasaría un manojo de hilaza sacada del viejo sofá que se hallaba arrumbado en el cobertizo del jardín.
—Y aquí están sus ojos…
Y dos uvas peladas pasarían de unas manos vacilantes y temblorosas a otras manos vacilantes y temblorosas.
Todo estaba listo para la merienda. Alice se dirigió a la puerta.
Ya era tiempo de que Tom bajara. No le oía hacer ningún ruido.
Alice fue al pie de la escalera y miró hacia arriba.
—Tom… ¿estás listo?
No hubo respuesta. Acaso se hubiera puesto al final de la cola para entrar en el retrete, por tener más control de sí mismo que los sobreexcitados niños.
Alice decidió poner punto final a los juegos. Se dirigió a la puerta del cuarto de estar y la abrió.
—¡Ah, mamá! ¡Cierra esa puerta!…
—Es hora de merendar…
Y encendió la luz.
Se oyó un grito; luego otro. Y, todos a la vez, se sumieron en la histeria. Había terminado la broma. Una niña, sentada, miraba lo que tenía en la mano y empezó a chillar desaforadamente.
Alice dio un paso hacia el interior de la habitación, sin dar crédito a lo que veía.
Un niño sostenía una mano cortada, de la que escurría sangre sobre sus rodillas. La niña, que no podía dejar de gritar, tenía un ojo humano en su mano derecha. La que estaba a su lado tenía también otro ojo, aplastado y destrozado. A su izquierda, el niño pecoso estaba pálido y dejó caer por entre sus dedos, al suelo, un mechón de pelos.
Alice dijo:
—¡No!
Algo la mantuvo erguida.
—No. Simón… ¿Dónde está Simón?
—Estoy aquí, mistress Jarman.
La voz era completamente tranquila. Alice se volvió, y le encontró de pie en uno de los rincones de la habitación. Trató de hallar palabras. El niño, aún frío y ausente, dijo:
—Me encerraron. Ronnie y ese otro me encerraron. Pero ahora estoy bien. Me sacaron, y ahora todo está bien.
Alice miró la espantosa mano, que chorreaba sangre por la muñeca. Y la reconoció, así como el color del cabello que yacía en el suelo.
Simón Potter permaneció absolutamente inmóvil cuando Alice corrió hacia la puerta y subió la escalera.
Encontró a su marido tendido delante de la puerta de la alacena del dormitorio, de donde había libertado al niño. Las herramientas de jardinería estaban a su lado teñidas de rojo: el hacha, que hendió primero su cabeza y segó luego la mano; las podaderas, que sirvieron para cortar un mechón de su pelo, y la llana, que había sacado toscamente sus ojos.
Simón, pálido pero contento, ya no era el «único niño sin padre» de aquella habitación del piso de abajo.