WILLIAM SAMBROT
Dura ciudad
(Tough Town)
Ed Dillon titubeó ante la pulimentada verja de hierro que cerraba el paso a la avenida que conducía a la confortable casa que se veía a lo lejos. Se cambió de mano el maltratado muestrario, haciendo caso omiso del cartel VENDEDORES, NO, que colgaba de forma ostentosa del picaporte. Estaba cansado, como sólo puede estarlo un vendedor que va de puerta en puerta, al finalizar un día de puertas cerradas en su nariz. Era una ciudad difícil. Una ciudad dura.
A primera hora, se dio cuenta de que un agente de la autoridad le echaba una larga y suspicaz mirada, y él se puso a caminar, de un lado para otro, como si fuera un turista bien alimentado que hace una parada entre dos caminos de autobús, con el exclusivo afán de echar un vistazo a la ciudad. Pero no engañó al agente, quien no le quitaba ojos de los destrozados zapatos, del raído traje ni del muy usado muestrario… Fue aquélla una ciudad muy dura. Y sólo dos ventas ridiculas.
Miró el reloj y se encogió de hombros. Tenía el tiempo justo para ofrecer aquí su mercancía, y, luego, correr a la estación de autobuses para tomar un bocado y esperar a las cinco y cuarto de la tarde, a fin de coger el autobús que le trasladaría a la próxima ciudad.
Abrió la verja. No había dado más que dos pasos cuando el perro se le abalanzó, mostrándole los dientes y la roja lengua. Era un terrible y extraño perro, que surgió silenciosamente de detrás de un árbol y saltó hacia él salvajemente, gruñendo por lo bajo. Con el instinto de una larga experiencia, alzó el muestrario y, afortunadamente, los dientes del perro sólo le desollaron los nudillos. Entonces, el animal retrocedió, alejándose dando saltos, mientras flotaba en el aire un largo y fantástico aullido.
Ed, con el corazón palpitándole y chupándose los nudillos, observó cómo se alejaba. Por el rabillo del ojo vio los agitados movimientos de una cortina al caer sobre una ventana. Luego, se abrió la puerta y salió un hombre alto, de cabellos blancos. La fugitiva mirada del individuo lo examinó minuciosamente de pies a cabeza, y Ed, al observar las profundas arrugas y los semicerrados y feroces ojos, comprendió que allí no tenía nada qué vender. Se paró, recogió el muestrario, abrió la verja y salió de estampida.
—¡Espere! —le gritó el hombre de los cabellos blancos—. ¡Oiga!… ¡Vuelva!… ¡Deténgase!… ¡Vuelva aquí!…
Ed continuó corriendo, sin volver la cabeza. Conocía estas ciudades, estas personas amargadas, deseosas siempre de meter a un hombre en la cárcel, de multarle por vender sin licencia, de quitarle hasta el último céntimo y de echarle a puntapiés como a un vulgar holgazán. Conocía estos miserables y tiznados burgos, estas desgreñadas amas de casa que escuchan con ojos irónicos y sonrisa malévola… ¿Qué les pasaba a estas personas? ¿Por qué le detestaban, le escarnecían, le echaban los perros? Él no les causaba daño. Él les traía cepillos, útiles de cocina y otras menudencias…, y ellos le pagaban con insultos, con amenazas… Cuando dobló la esquina, el individuo continuaba gritando detrás de él. Siguió corriendo hacia la estación de autobuses, ardiéndole los dañados nudillos.
Cuando terminó el café le quedaban veinte minutos para que saliera el autobús. Ed oyó el alboroto del exterior. Con precaución nacida de larga experiencia, cogió un periódico y se lo colocó delante de la cara; luego, miró atentamente a su alrededor. Era el hombre alto y de cabellos blancos, hablando acaloradamente con el policía. Anduvieron juntos a lo largo de la cubierta rampa exterior de la estación, mirando con detenimiento a los escasos turistas que esperaban a que el enorme autobús plateado empezara a admitir pasajeros.
Ed se levantó, llevando el periódico y el muestrario, y caminó tranquilamente hacia el fondo del pequeño restaurante, saliendo por la puerta. No dudaba de que el hombre de cabellos blancos le buscaba para detenerle por no haber respetado su cartel de VENDEDORES, NO. Seguramente se trataba de un comerciante del lugar, que se consideraba ultrajado por su competición no autorizada.
Con los hombros hundidos se sintió cansado y vacío cuando dobló la esquina, desde donde observó cómo entraban en el restaurante sus perseguidores. Así, pues, estaban dispuestos a hacer un escarmiento en su persona.
Recogió el maletín y echó una rápida mirada en torno suyo. Calle abajo vio un tristón parquecito formado de aislados árboles. En el centro se veía un diminuto cenador, cubierto completamente por el ramaje y, al parecer, vacío.
Echó a andar de prisa hacia él. Existía una probabilidad, una mera probabilidad, de que pudiera alcanzar la carretera principal y parar el autobús, que le alejaría de la ciudad sin que le viera el agente. No podía exponerse a una multa…, ni a treinta días de cárcel…, ni a ambas cosas. Solamente tenía dinero para el billete del autobús y para alquilar una habitación para pasar la noche. Mañana, si la próxima ciudad no era mejor…
Entró en el parque y se encaminó, a lo largo de un intransitado sendero, hacia el cenador. A lo lejos, el autobús se puso en marcha. Vio las luces rojas de los pilotos. Titubeó. Era demasiado tarde ya…
Miró detenidamente el interior del cenador, el suelo cubierto de hojas, los bancos llenos de polvo… Podría permanecer allí, esperar a que oscureciese y, entonces, intentar tomar el autobús de las diez. No era una perspectiva agradable; pero siempre era preferible a caer en manos del policía.
Miró más allá del parque, a las confortables casitas, a las calles con sus hileras de árboles, y una vaga tristeza se apoderó de él. Era el eterno vagabundo, el eterno buhonero, un vendedor ambulante cuyo comercio era ya viejo cuando se construyeron las pirámides…
Suspiró y se acomodó en el banco. Dura ciudad. Duros habitantes. Hasta los condenados perros mordían sin avisar. Le dolían los nudillos. Levantó el periódico y recorrió velozmente con la vista los titulares: DESAPARECE UNA MUCHACHA DE LA LOCALIDAD. Y el subtítulo decía: Se teme que July Howell haya sido víctima de un juego sucio.
Gruñó, miró de soslayo a la oscuridad, se relajó, dobló el periódico debajo de su cabeza y, al cabo de un minuto, estaba dormido. Cuando se despertó era ya de noche.
Notó la lengua pastosa. Le zumbaba la cabeza y los nudillos le quemaban como si fueran de fuego. Miró el reloj. Tenía el tiempo justo, si se daba prisa, para salir de la ciudad y alcanzar el autobús de las diez y cuarto. Se puso en pie y, de pronto, el cenador empezó a darle vueltas. Un estruendoso ruido percutió en sus oídos.
Esperó, extrañamente asustado, hasta que se le aclaró la cabeza. En otras ocasiones había sentido hambre y cansancio, pero nunca le sucedió nada parecido a lo de ahora. Cogió el muestrario, retrocediendo el agudo dolor de sus raspados nudillos, maldiciendo de nuevo la ciudad, al perro, al hombre de los cabellos blancos que le perseguía aun a través de su inquieto sueño.
A menos que quisiera cortar a través de los campos y saltar o pasar por debajo de las cercas construidas con alambre de espino, tenía que caminar a lo largo de una parte de la ciudad muy iluminada para alcanzar la carretera principal. Titubeó, pero su dolorida mano no le dejó elegir. No estaba en condiciones de saltar vallas.
Con la cabeza baja, apretando el enrollado periódico, echó a andar, tratando de parecer un turista que recorre la ciudad entre dos paradas de autobús. Sus pies le dolían extraordinariamente y sus ojos veían destellos extraños. Hacía mucho tiempo que había comido y…
Se estiró cuando vio que se acercaba un hombre que le miraba con curiosidad, como miran todos los habitantes de las ciudades pequeñas a los forasteros. El hombre fue aminorando el paso a medida que Ed se acercaba y, al fin, se paró, esperando claramente que Ed se hallara más cerca. Con la experiencia adquirida por la mucha práctica, Ed llegó junto al desconocido. No era inspector de Policía, ni siquiera agente, sino un indígena que había salido a pasear… Sin embargo, la forma en que le miró, la rápida mirada que le dirigió, como de reconocimiento…
Ed se bajó más el ala del sombrero y pasó por el lado del hombre, obligando a sus doloridos pies a andar normalmente. El asa de su muestrario estaba húmeda del sudor que destilaba la palma de su mano.
Ed cruzó la calle precipitadamente, mirando hacia atrás. Vio al hombre, parado, irresoluto por un instante; luego echó a andar, apretó el paso y se paró ante una puerta, a la que golpeó con fuerza.
De repente, Ed se encontró bañado en sudor. Aquel individuo actuaba como si le reconociera de algo, como si su fotografía se hubiese publicado en los periódicos o algo semejante. En su mente empezaron a surgir atormentados pensamientos. ¡Aquel hombre de cabellos blancos!… Hablando, contando a la gente… hasta que todo el mundo, todo el pueblo, se puso en pie de guerra para apresarle…
Ridículo. ¿Por qué? A los habitantes de una ciudad, aun a los de una ciudad tan dura como aquélla, les tiene sin cuidado algo tan insignificante como un vendedor ambulante sin licencia.
Apartó la cara cuando un grupo de rientes muchachas salió de un bar espléndidamente iluminado. Oyó una canción, el breve estribillo de una canción popular, cuando pasó por el lado de ellas. Otro grupo murmuró algo, produciendo un chocante ruido que hizo a su mano apretarse convulsivamente sobre el asa de la maleta-muestrario.
—¿Visteis a ese hombre?… ¿No es…? ¡Sí, es él!…
Se tambaleó. Era de locura. Hasta las muchachas…
—Traje gris y sombrero color castaño, llevando un maletín…
—¡Es él!… ¡Es él!…
Sus gritos y jadeos le persiguieron cuando cruzó la calle de nuevo, dobló la esquina y se metió en un portal oscuro. A través de la amplia ventana, abierta sobre la calle, pudo verlos. Las muchachas estaban agrupadas delante de la puerta del drugstore, hablando y señalando en dirección a él. Un muchachito saltó sobre su bicicleta y pedaleó furiosamente calle arriba, dobló la esquina, pero no vio a Ed aplastado contra el portal.
El diminuto farol de la bicicleta esparcía una luz que surgía y se desvanecía calle arriba, y Ed sintió un terrible temblor en su garganta, una incontrolable vibración. Pasó el espasmo y se recostó descuidadamente en el quicio del portal, mirando a través de la ventana hacia la calle. El hombre que había llamado a la puerta se acercaba con otros varios. Los coches convergían en el lugar. Aumentó el pequeño grupo estacionado delante del drugstore. El murmullo de sus voces llegaba hasta Ed. Entonces, empezaron a cruzar la calle.
Ed comenzó a andar de prisa, con la cabeza ida. Otra vez le volvía el espantoso zumbido. La calle se alargaba interminablemente, haciéndose más oscura, perdiéndose en una lejanía infinita. Tras él, oyó a personas que corrían, dando precipitadas explicaciones cuando otra se unía a ellas.
Algo horrible había sucedido a la ciudad, a sus habitantes. La palabra «él» se había extendido como un reguero de pólvora, como un incendio que asola un bosque, y le perseguían. ¿Por qué? No era un delincuente. ¿Qué pudo haber hecho para que las iras se desataran contra él? Sujetaba fuertemente el muestrario, intentando pensar. Entonces recordó el periódico que había leído. «La muchacha… desaparecida… Sospecha de un juego sucio…». ¡Dios santo! ¿Acaso creían que él…?
Apretó el paso. Se dio cuenta en seguida del peligro. Él era el Forastero, el Desconocido. Fuera de los límites de la condenada comunidad…
Emprendió una desordenada y alocada carrera. Cruzó una calle, atravesó un solar, bajó un terraplén y lo subió por el lado contrario… Ya no había elección… Tenía que cortar a través de los campos, corriendo a todo correr, golpeándole el muestrario, apretando el periódico, mientras a su espalda aumentaban los gritos. Trató de esconderse detrás de un enorme nogal, pero le hubieran sitiado. La persecución se hubiese convertido en asedio.
Corrió. Cada vez estaba más asustado. La oscuridad le rodeaba, espantosa, llena de punzantes gritos. Se movía espasmódicamente, como hombre inmerso en una pesadilla. Toda la ciudad iba a su alcance, babeando, ladrando, con la boca llena de espuma roja… Nunca olvidaría aquel gigantesco anuncio luminoso de VENDEDORES, NO, que se encendía y se apagaba delante de sus ojos…
Convergían de todas partes, dándose cuenta del ineficaz camuflaje de su ostentoso porte; viendo sus destrozados zapatos, su raído traje de sarga, su maltratada maleta… Sabían… Vendedor ambulante… Buhonero… ¡Cuidado!… ¡Ésta es una ciudad dura!…
De pronto se derrumbó y todos cayeron sobre él gritando, cogiéndole…
—¡Es él! El individuo cuya descripción dio la radio…
—Es el que busca el sheriff…
—Lo hizo él. ¡Asesino!… ¡Raptor!…
Asesino. Raptor. Las palabras volaban y se aplastaban contra su cuerpo desde todos los ángulos, dejando en él grandes y dolorosas cicatrices. Confusamente oyó el ruido de una sirena que se acercaba, sobresaliendo por encima del alboroto de la multitud. Rechinaron unos frenos… Hubo un confuso altercado… y el populacho le golpeó y le empujó simultáneamente…
—… ¡no le buscan por lo de la muchacha! —gritó una voz—. ¡Déjenle!
La voz se hacía oír por encima del enorme jaleo.
—Le mordió un perro rabioso… Apártense… En nombre de la ley, retrocedan o disparo…
¡Perro rabioso! Las palabras atravesaron la multitud como una tremenda ola, batiéndola y abofeteándola.
—¡Está rabioso!
Una voz espantosa se alzó, dando alaridos, sobre las otras:
—Ya oyeron al sheriff. ¡Es un asesino rabioso! ¡Ya saben lo que hizo a Julie Howell!… ¿Qué estamos esperando para…?
Otra voz, perdida, remota:
—¡Quietos! En nombre de…
Hubo tiros. El populacho gritó al unísono; luego, avanzó como animal furioso. Le cogieron. Las manos se clavaron en su cuerpo y le destrozaban. Caras rojas, sudorosas, de ojos brillantes… Iban y venían… Ladridos, ladridos… Eso no podía ser real. Debía de ser el delirio, el resultado del veneno que le introdujo el perro rabioso en su sangre… Había oído las palabras del sheriff… Comprendía, al fin… Todo se arreglaría… Esto era la fiebre… Pronto le meterían entre sábanas limpias, y amables enfermeras le bañarían su ardorosa frente…
Trató de mover su destrozada boca, decirles todo esto. Había juzgado mal al pueblo, a la ciudad… No eran duros… En realidad, no. Era justo que, si había sido mordido por un perro rabioso, le buscaran para ayudarle… No querían hacerle daño. Todo esto…, el ruido, los gritos, el populacho…, no sucedía en realidad. No. Era el delirio…
Brillantes luces alumbraron su cara. Abrió sus abotargados ojos, pestañeando a la claridad. Encima de él estaba la maciza silueta de un enorme árbol. Un nogal. Algo se movía arriba; luego cayó hacia él, alocado, sinuoso, como una serpiente de cabellos castaños.
Bailó ante sus ojos, y él sonrió mientras las luces aumentaban y disminuían ante su vista… Parecía como una cuerda, la sintió áspera cuando se la pusieron alrededor del cuello; pero no podía ser una cuerda… En realidad, no… El grupo aullaba; un sonido extrañamente femenino le alzaba, le alzaba en un agudo oleaje de ruido increíble… Luego, de repente, se sintió caer, caer…
Era sólo una parte de la pesadilla… Ellos no querían hacerle daño… Pronto le meterían entre sábanas limpias y amables enfer…