NO HAY PLAZAS AQUÍ

ALFONSO ÁLVAREZ VILLAR

Uno de los escritores españoles de SF más apreciados por nuestros lectores es, sin duda, el Dr. Álvarez Villar, del que se recuerda con verdadera estima su relato La espiral del alma, una obra de calidad internacional. Ahora, este autor madrileño ha entrado en una etapa de preocupación por el fenómeno social que es el extendido consumo de drogas en nuestro tiempo. Y se hace las preguntas: ¿Nuestra cultura está transformándose en cultura de drogadictos? ¿Tenía razón Clifford Simak cuando se imaginaba a una Humanidad dormida o drogada, mientras los perros, mutados, atienden a las funciones humanas?

El Ultimo Guardián se tapó los oídos para no escuchar el zumbido de los timbres de alarma. Giró una llave y se hizo el silencio, pero se arrastró hacia la Sala de Observación. Le dolían terriblemente las articulaciones, y sus piernas se negaban a sostenerle. Y era lógico que esto ocurriera así, porque a pesar de las medicinas que tomaba, no había podido disminuir un solo mes la nefasta cifra de sus cien años de edad. Estaba ya al borde de la tumba y por una triste ironía de la historia, su tumba era la de toda la Humanidad. En otras palabras, era el único hombre que quedaba sobre la Tierra.

—Bueno, ya ha llegado el momento —y su voz sonó más cascada que nunca en los inmensos corredores del Refugio. Y miró por última vez sus arrugas, su boca desdentada, y su cabello blanco en los cromados de la puerta de acceso a la Sala de Observación.

Empujó con su brazo debilitado el botón de mando y la puerta se abrió con el chirrido típico de los goznes que desde hace cincuenta años no han sido engrasados. Pulsó botones y empujó manivelas y se encendieron veinte pantallas enormes de televisión. Sí, allí estaba la flota invasora, se acercaba a más de 200.000 kilómetros por segundo hacia la Tierra. Bueno, esto era algo que ya habían previsto los últimos sabios cuando descubrieron una civilización en Alfa de Centauro. Habían enviado allí naves exploradoras, y estas naves, también por pura paradoja, habían revelado a los alfacenturianos la existencia de un planeta habitable a cuatro años y medio luz de ellos.

—Menudo chasco os vais a llevar, muchachos —gruñó el viejo.

Se repantingó en un sillón de cuero: el sillón que muchos años antes había ocupado el presidente de los Estados Unidos de la Tierra al inaugurar el Refugio. Allí sobre las cimas del Everest, hasta los pensamientos quedaban purificados de toda mezquinidad. Y, por supuesto, no llegaban las miasmas de los cadáveres que todavía se pudrían en algunos lugares del mundo, atados, claro está, convenientemente a ese alambrito de marras que había traído la muerte a la Humanidad.

Era el último refinamiento de Occidente. Primero, allá por el año 1960, habían descubierto las drogas alucinógenas. Los jóvenes habían preferido drogarse a vivir. Pero todavía quedaban muchos jóvenes lo suficientemente sensatos para pensar que es mejor vivir la vida que soñarla y que hay que convertir los sueños en realidades y no las realidades en sueños. Pero las drogas continuaron su marcha ascendente. Ya nadie quería trabajar, y los pocos que trabajaban se cansaron de hacerlo para sostener los sueños del resto de la gente. Y entonces los últimos sabios crearon aquel refugio sobre la cima del Everest. De esto hacía setenta años. Todos los demás guardianes habían muerto. Otros, los menos, no habían podido resistir el canto de las sirenas y se habían ido a los «alambritos».

Los «alambritos» eran la superdroga por antonomasia. Hacía ya muchos años que un tal Olds había descubierto que implantando un electrodo en ciertas zonas del cerebro de una rata se provocaba en esta una sensación de felicidad. La rata dejaba de comer, de beber y de aparearse, y sólo pensaba en pulsar la palanca que enviaba a su cerebro la descarga eléctrica proveedora de la «dosis de felicidad». Las ratas morían de hambre y de sed antes que dejar de empujar frenéticamente la palanca.

Luego, un grupo de neurofisiólogos descubrió el «centro de la felicidad» en el diencéfalo humano. Y hubo mentes criminales que explotaron el descubrimiento científico. La marihuana, la heroína, el hashchis y otras drogas pasaron al almacén de los trastos viejos. Comenzaron, en efecto, a proliferar los paraísos eléctricos. Por una cantidad más o menos alta, según el lapso de tiempo que un hombre quería permanecer en estos centros, se practicaba una intervención quirúrgica en el cerebro de los clientes. Esta operación quirúrgica consistía en implantar en una zona concreta del hipotálamo un minúsculo electrodo. La operación era inocua y la herida cicatrizaba rápidamente. El electrodo quedaba implantado definitivamente, puesto que sólo sobresalía del cuero cabelludo un pequeñísimo apéndice disimulado entre el cabello. Los clientes podían «reengancharse» una y otra vez a los electrodos de los paraísos electrónicos. Mientras duraba la descarga, si era breve, no necesitaban otros cuidados.

El negocio parecía inofensivo, aunque hubo personas que sospecharon que aquello iba a ser el golpe de gracia de la humanidad. Y, en efecto, lo fue, porque muy pocos se resignaban a desconectarse de los electrodos de implantación. Había que expulsarlos de allí, pero volvían con más dinero. Se dio una oleada de robos y asesinatos sólo con el fin de poder pagar la cuota de los edenes artificiales. Luego estos fueron ocupados a la fuerza, y ya nadie pensó en pagar nada. Se habían creado «electroadictos» en todos los países del mundo.

El segundo refinamiento fue un sistema de alimentación que proporcionaba la subsistencia, mediante sonda, a los clientes que deseaban permanecer enganchados durante varios días. Al principio era necesario la presencia de auxiliares, que proporcionaban el alimento a la clientela, pero luego se crearon las «nodrizas automáticas», que se cargaban con una dosis adecuada de hidratos de carbonos, grasas, etc., para varios días, e incluso semanas. Las nodrizas automáticas proporcionaban la cantidad necesaria de calorías y el electroadicto podía prolongar su estancia en el paraíso durante muchas semanas sin más que tenderse cómodamente en una colchoneta y aproximar su electrodo cerebral a la red eléctrica.

Pero toda instalación automática necesita un inspector que vigile y que despierte al cliente cuando el alimento se ha terminado o cuando la máquina ha sufrido una avería. Y pronto escasearon los supervisores, porque se habían convertido en toxicómanos. Empezaron, pues, a abundar los fallecimientos. Hombres y mujeres morían, sin embargo, completamente felices y con una sonrisa de satisfacción en los labios. Hasta el último momento de su existencia la descarga eléctrica los mantenía en un estado paradisíaco. Vivencias inefables que nadie podría describir si no hubiera estado enganchado a un electrodo, convertían la existencia terrena en algo tan mezquino como la luz de una cerilla comparada con el fuego de todas las estrellas del Universo. ¿Qué sentido tenía el trabajo, la cultura, la religión, si se fundían ante la hoguera de esa felicidad infinita que convertía a los hombres y a las mujeres en dioses? ¿Y qué importaba morir entonces si dejaba de tener sentido la distinción entre la muerte y la vida?

Por eso, cuando una avería ponía fuera de funcionamiento los paraísos artificiales, la existencia se transformaba en algo horrible para aquellas personas. Se produjeron escenas espantosas en algunos de los centros porque no había a veces suficientes enganches para todos, y debía subsistir el más fuerte. Otros, los desplazados, terminaban suicidándose, ya que la vida era entonces para ellos un pozo insondable de miseria.

Los cadáveres empezaron a acumularse en los paraísos eléctricos. Al principio, era sustituidos por cuerpos vivos que habían esperado esta ocasión. Luego, aumentaron vertiginosamente las plazas vacantes, porque, además, nadie se preocupaba en reproducirse: ¿para qué?, ¿si los goces del erotismo dejaban de tener sentido? Los electrodos seguían enviando descargas a unos cerebros que ya se habían descompuesto hacía ya mucho tiempo. Luego los animales salvajes se reprodujeron e hicieron su pitanza con las reliquias de la Humanidad.

El viejo guardián cerró los ojos y dejó de pensar en aquello. Pero se imaginó aquella brillante civilización de Alfa del Centauro que había superado a la terrestre. En toda la Galaxia, las misiones exploradoras sólo habían descubierto la presencia de esa civilización. Ahora, había decidido apoderarse de la Tierra, quizá porque ya estuviera enterada de que nuestro planeta estaba vacío, que no había vidas inteligentes con las que enfrentarse. Y el viejo guardián intuyó en su mente a los representantes de ese gran pueblo feliz colgados de los alambritos.

—Ya no hay plazas en este manicomio —exclamó.

Y un dedo blanco y arrugado como una oruga apretó un botón rojo que la acción de un pedal acababa de descubrir. Ahora los habitantes de Alfa del Centauro tendría que esperar mil años más, hasta que los isótopos radiactivos dejasen de hacer inhabitable el planeta Tierra.

© Alfonso Álvarez Villar y Ediciones Dronte, 1972