II

La Academia estaba situada en el oeste de América. Estaba situada igualmente en la era oligocena, una época cálida llena de bosques y de praderas, donde los tristes antepasados del hombre se apartaban a toda velocidad de las rutas de los mamíferos gigantes. Su construcción databa de un millar de años antes, y sería mantenida aún otro medio millón de años... tiempo necesario para formar tantos individuos como necesitaba la Patrulla, tras lo cual sería cuidadosamente destruida para que no quedara de ella el menor rastro. Más tarde vendrían los glaciares, luego los hombres, y, en el año 19325 d. d. Cristo (el año 7841 después del Triunfo de Moren) los hombres descubrirían el modo de viajar por el tiempo e irían al oligoceno a construir la Academia.

Era una estructura compleja de edificios largos y bajos, con suaves curvas y colores cambiantes, instalada en un claro en medio de un bosque de árboles enormes y muy antiguos. Más allá, las boscosas colinas se prolongaban hasta la orilla de un enorme río de oscuras aguas, donde por la noche se oía a veces el rugido del titanoterio o el lejano grito del tigre dientes de sable.

Everard salió de la lanzadera temporal —una gran cabina metálica sin rasgos distintivos— con la garganta seca. Sentía la misma impresión que en su primer día de regimiento, doce años antes... o de quince a veinte millones de años en el futuro, si se miraba desde otra época. Se sentía solitario, sin fuerza, y deseaba desesperadamente encontrar un medio honorable de volver a su casa. No era más que un triste consuelo ver a las demás lanzaderas desembarcar un contingente de una cincuentena de jóvenes hombres y mujeres. Los reclutas se reunían lentamente en un abigarrado grupo. Al primer momento no se hablaron, limitándose a mirarse entre sí. Everard reconoció un cuello duro y un sombrero hongo pasados de moda; las ropas y los peinados evocaban toda la sucesión de modas existente hasta 1954... y más allá. ¿De dónde venía aquella chica de ajustados pantalones iridiscentes, con sus labios pintados de color verde y sus rubios cabellos ondulados de modo tan fantástico? O mejor... ¿de cuándo venía?...

Un hombre de unos veinticinco años estaba cerca de él, un inglés evidentemente, a juzgar por su gastado tweed y su alargado y flaco rostro. Parecía disimular, bajo una estudiada y amanerada apariencia, una virulenta amargura.

—Después de todo, ¿por qué no tenemos que conocernos? —le propuso Everard, dándole su nombre y su origen.

—Charles Whitcomb, Londres, 1947 —respondió tímidamente el hombre—. Acababa precisamente de ser desmovilizado de la R.A.F., y esto me pareció interesante. Ahora ya no estoy seguro de ello.

—Puede que lo sea —dijo Everard, pensando en el salario. Quince mil dólares anuales para empezar. Pero ¿cómo contaban allí los años? Debía ser en función del sentimiento individual de la duración real.

Un hombre avanzó hacia ellos. Era joven y delgado, e iba vestido con un ajustado uniforme de color gris y una capa azul oscuro que parecía brillar como constelada de estrellas. Tenía una expresión amable, sonriente, y hablaba con cordialidad con un acento neutro:

—Buenos días a todos. Sean bienvenidos a la Academia. Espero que todos ustedes comprendan el inglés.

Everard observó a un individuo que llevaba los restos de un maltrecho uniforme alemán, un hindú, y algunos otros originarios sin duda de algunos otros países extranjeros.

—Así pues, utilizaremos el inglés hasta que hayan aprendido ustedes el temporal —el hombre estaba ante ellos, con las manos en las caderas, observándolos—. Me llamo Dard Kelm. Nací en... veamos un poco... en el 9573 de la era cristiana, pero me he especializado en el período de ustedes. A propósito, este período va de 1850 a 1975, lo cual quiere decir que todos ustedes provienen de una época situada entre estas dos fechas. Soy de alguna forma oficialmente su muro de las lamentaciones, en el caso de que algo no marche como es debido.

«Nuestra Academia está regida por reglas indudablemente distintas de las que esperan ustedes. No formamos a los hombres en masa, por lo tanto no necesitamos la complicada disciplina de una escuela o de un ejército. Cada uno de ustedes recibirá un entrenamiento especial además de la instrucción general. No necesitamos sancionar el fracaso en los estudios, ya que los tests preliminares nos garantizan que no existirán... y no predicen más que muy pocas posibilidades de fracaso en el trabajo propiamente dicho. Cada uno de ustedes tiene un elevado cociente de madurez mental en función a su grado de civilización. De todos modos, la variabilidad de aptitudes significa que, si queremos desarrollar cada individuo al máximo, debemos guiarlo personalmente.

»Habrá pocas formalidades aquí, aparte la cortesía elemental. Tendrán ocasión de distraerse tanto como de trabajar. No esperaremos nunca de su parte más de lo que ustedes pueden proporcionar. Podría añadir que la pesca y la caza son interesantes por los inmediatos alrededores, y que si quieren ir hasta unos cientos de kilómetros, son realmente fantásticas.

»Y ahora, si nadie de ustedes tiene alguna pregunta que hacer, les ruego que me sigan. Voy a acomodarles.

Dard Kelm les hizo una demostración de los aparatos domésticos en una habitación modelo. Eran de un tipo que uno hubiera esperado ver, por ejemplo, en el año 2000; un mobiliario discreto, adaptado a un confort perfecto, distribuidores de comidas y bebidas, pantallas lectoras conectadas a una inmensa biblioteca audiovisual. Nada excesivamente futurista hasta aquel momento. Cada estudiante tenía su propia habitación en el edificio «dormitorio»; las comidas se celebraban en un refectorio central, pero era posible organizar reuniones privadas. Everard sintió un relajamiento interior.

Hubo un banquete de bienvenida. Los platos eran clásicos, pero no las silenciosas máquinas que rodaban arriba y abajo transportándolos. Había vino, cerveza y tabaco en abundancia. Quizá habían puesto algo en la comida, pues Everard empezó a sentir, como todos los demás, un sentimiento de euforia. Terminó tocando un boogie al piano, mientras una docena de sus compañeros llenaban el aire con sus discordantes cantos.

Tan sólo Charles Whitecomb se mantenía aparte, sorbiendo apagadamente el contenido de un vaso, solo en un rincón. Dard Kelm se abstuvo con tacto de forzarlo a unirse a los demás.

Everard se dijo que aquello iba a gustarle. De todos modos, el trabajo, la organización y los fines perseguidos con todo aquello seguían siendo brumosos para él.

—El viaje por el tiempo fue descubierto en la época en que finalizaba la Herejía Chonta —explicó Kelm en la sala de conferencias—. Más tarde estudiarán ustedes los detalles. Por el momento, crean en mi sola palabra: fue una época turbulenta en la que las rivalidades comerciales y raciales dieron nacimiento a encarnizadas luchas entre las gigantescas ligas, en la que todos los medios eran buenos, en la que los diversos gobiernos no eran más que peones en el gran tablero de ajedrez galáctico. El efecto temporal fue un subproducto de las investigaciones llevadas a cabo para encontrar un medio de transporte instantáneo, cuya descripción, según comprenderán algunos de ustedes, exigiría funciones matemáticas discontinuas hasta el infinito... al igual que para los viajes al pasado. No entraré en este aspecto teórico de la cuestión, del que se les dará una idea en el curso de física, pero quiero decirles tan sólo que la cuestión pone en juego el concepto de relaciones de valores infinitos en un continuum de 4N dimensiones, en las que N representa el número total de partículas existentes en el universo.

«Evidentemente, el grupo que hizo este descubrimiento, los Nueve, se dieron cuenta de sus posibilidades. No tan sólo de orden comercial —intercambios, materias primas y cualquier otro tipo de transacciones que uno pueda imaginar— sino también de orden técnico: la de asestar un golpe mortal al enemigo. Saben, el tiempo es variable: uno puede cambiar el pasado...

—¡Tengo una pregunta que hacer! —era la joven de 1972, Elisabeth Gray, que, en su período personal, era una prometedora física.

—Adelante —dijo educadamente Kelm.

—Creo que está describiendo usted una situación lógicamente imposible. Acepto la posibilidad de viajar por el tiempo, ya que nosotros estamos aquí, pero un acontecimiento no puede a la vez ser y no haber sido.

—Tan sólo si se lo relaciona con una lógica que no sea estimada en Aleph-sub-Aleph —dijo Kelm—. He aquí lo que ocurre: imagine que yo retrocedo en el tiempo e impido a su padre que conozca a su madre. Usted no hubiera venido jamás al mundo. Esta parte de la historia universal ya no volvería a ser la misma siempre hubiera sido distinta, aunque yo mantuviera el recuerdo de la situación original.

—Bien. ¿Y si usted hiciera lo mismo con usted mismo? ¿Dejaría de existir?

—No, ya que en aquel momento pertenecería a un sector de la historia anterior a mi intervención. Apliquemos el ejemplo a usted misma. Si usted regresara al año... 1946, calculo, y se esforzara en impedir el matrimonio de sus padres en 1947, usted no dejaría de existir en aquel año; no escaparía a la existencia por el simple hecho de que habría influido en el curso de los acontecimientos. Y esto sería válido aunque usted hubiera aparecido en 1946 tan sólo un microsegundo antes de matar al hombre que de otro modo hubiera sido su padre.

—Pero, entonces, yo existiría sin... ¡sin haber tenido ningún origen! —protestó—. Seguiría teniendo mi vida, y mis recuerdos, y... todo... ¡y sin embargo nada los habría originado!

Kelm se encogió de hombros.

—¿Y? Usted está pretendiendo que la ley de la casualidad o, más exactamente, la ley de conservación de la energía, no implica más que funciones continuas. En realidad, la discontinuidad es perfectamente posible.

Se echó a reír, apoyándose en su pupitre.

—Por supuesto —continuó—, existen imposibilidades. Usted no podría ser su propia madre, por ejemplo, simplemente a causa de la genética. Si usted volviera al pasado para casarse con su padre, sus hijos serían distintos, ninguno sería usted, ya que todos ellos no tendrían más que la mitad de sus cromosomas.

»Pero no nos apartemos del tema. Conocerán todos estos detalles en otras conferencias. Yo no les estoy dando más que una idea de conjunto. Así que prosigo: los Nueve entrevieron la posibilidad de retroceder en el tiempo y de impedir a sus enemigos haber tenido el menor inicio, incluso haber nacido. Pero entonces aparecieron los Daneelianos.

Por primera vez, se despojó de su actitud benévola y medio divertida para presentarse como un hombre desnudo y solo ante la presencia de lo desconocido. Continuó pausadamente:

—Los Daneelianos forman parte del futuro, de nuestro futuro, a más de un millón de años de distancia de mi época. El hombre se ha transformado en algo distinto... algo imposible de describir. Seguramente no se encontrarán ustedes nunca con los Daneelianos. Si esto ocurriera alguna vez, les causaría un... un terrible shock. No son ni malvados ni benevolentes: están tan alejados de todos nuestros conocimientos o sentimientos que para ellos no somos más que los insectívoros que para nosotros fueron nuestros más remotos antepasados. No es deseable encontrarse frente a frente con tales criaturas.

«Ellos no tenían otra preocupación que proteger su propia existencia. La exploración del tiempo era ya algo antiguo entre nosotros cuando aparecieron viniendo del futuro; había habido ya innumerables ocasiones para que los ávidos, los locos, remontaran el curso de la historia y pusieran en ella sus pezuñas. Los Daneelianos venían a prohibir los viajes temporales, ya que ello formaba parte del complejo que condujo hasta ellos, pero debían reglamentarlos para evitar ver su propia época trastornada por nuestras intervenciones, la resaca del oleaje que levantáramos nosotros en el curso del tiempo. Los Nueve se encontraron así impedidos de llevar a término sus complots. Y se fundó la Patrulla, para realizar el trabajo de policía en los caminos del Tiempo.

»E1 trabajo de ustedes se desarrollará generalmente en el marco de sus propias épocas, a menos que alcancen el grado de «no anexionado». En su conjunto, todos ustedes llevarán vidas normales, con una familia y amigos, como de costumbre. La parte secreta de sus vidas estará compensada con un buen salario, una protección eficaz, vacaciones de tanto en tanto en lugares muy interesantes, y una tarea extremadamente digna. Pero estarán constantemente en servicio. Algunas veces acudirán en ayuda de exploradores del tiempo en dificultades, de uno u otro modo. A veces les serán confiadas misiones, como anular la eventual acción de ambiciosos conquistadores de la política, de la guerra o del comercio. Algunas veces también, la Patrulla deberá dedicarse, ante un daño ya consumado, a trabajar en sentido contrario, en los períodos inmediatamente posteriores, para contrapesar las influencias y volver la Historia a su cauce.

»Les deseo a todos ustedes éxito en sus misiones.

La primera parte de la instrucción estaba dedicada principalmente a la fisiología y a la psicología. Nunca se había dado tanta cuenta Everard de hasta qué punto la vida que había llevado en su tiempo había disminuido su ser, tanto corporal como mentalmente; apenas era la mitad del hombre que hubiera podido ser. Fue un aprendizaje duro, pero finalmente tuvo la alegría de sentirse plenamente dueño de sus músculos, experimentar acrecentadas emociones del hecho de haber sufrido una disciplina, tener un pensamiento consciente, rápido y preciso.

En el transcurso de su instrucción, se le condicionó profundamente a no revelar nada de la Patrulla, a no hacer ni siquiera alusión de su existencia ante cualquier persona no autorizada. Esto le hubiera sido imposible de conseguir en cualquier circunstancia, sin este condicionamiento, tan imposible como alcanzar la Luna de un salto. Aprendió igualmente las características internas y externas de las personalidades públicas de su siglo veinte.

Se le enseñó el temporal, ese idioma artificial que permitía a los Patrulleros de cualquier época comunicarse entre sí sin ser comprendidos por los extraños, un milagro de expresión lógica y organizada.

Creía conocer el arte de combatir, pero necesitó aprender las estratagemas y el uso de armas escalonadas a lo largo de cincuenta mil años, desde la espada de la Edad de Bronce hasta la carga cíclica capaz de aniquilar todo un continente. De regreso a su propio período, se le entregaría un arsenal restringido, ya que podía ocurrir que se le enviara a otras épocas, y el excesivamente evidente anacronismo era algo que estaba raramente autorizado.

Había también el estudio de la Historia, de la ciencia, del arte y de las filosofías, de los detalles lingüísticos y de las costumbres. Aquellos últimos temas no concernían más que al período de 1850 a 1975; si tuviera que desplazarse a otros tiempos, recibiría instrucciones especiales por parte de un condicionador hipnótico. Era gracias a tales máquinas que era posible terminar la formación de los reclutas en tres meses.

Aprendió la historia de la organización de la Patrulla. En el futuro, más allá de ella, existía aquel oscuro misterio que constituía la civilización Daneeliana, pero no había más que unos pocos contactos directos con ella. La Patrulla estaba establecida sobre bases semimilitares, con grados, pero sin un formalismo oficial. La Historia estaba dividida en zonas geográficas, con una oficina central con sede en una ciudad importante para un período elegido de veinte años (y disimulada tras una actividad legítima como el comercio, por ejemplo), así como diversas oficinas secundarias. En su época había tres zonas: el mundo occidental, con oficina en Londres; Rusia, con oficina en Moscú; Asia, con oficina en Peiking. Todas ellas estaban situadas en los años fáciles de 1890 a 1910, mientras que en los siguientes años era menos difícil disimularlas. Los decenios ulteriores estaban controlados por oficinas menos importantes, como la de Gordon. El agente fijo normal vivía en su propio tiempo, a menudo dedicado a una ocupación legítima. Las comunicaciones entre años se efectuaban mediante minúsculas lanzaderas-robot o a través de correos, con derivaciones automáticas para que los mensajes no afluyeran en un número excesivamente grande a la vez.

La organización era tan vasta que Everard no llegaba a captar su amplitud. Se había metido en algo nuevo y apasionante, y eso era todo lo que comprendía plenamente... por el momento.

Sus instructores eran benevolentes y siempre dispuestos a conversar. El canoso veterano que le enseñó a maniobrar las astronaves había combatido en Marte en 3890.

—Ustedes lo comprenden todo rápidamente —les decía—, pero es realmente horrible cuando hay que enseñar a gentes de las épocas preindustriales. No intentamos más que inculcarles los primeros rudimentos. Hubo en una ocasión un romano, de los tiempos de César, un muchacho bastante despierto, pero al que no pude hacerle entrar en la cabeza que no se puede tratar una máquina como a un caballo. En cuanto a los babilonios... bueno, el viaje por el tiempo era algo simplemente más allá de su concepción del mundo. Nos vimos obligados a meterles en la cabeza una historia de batallas entre los dioses.

—¿Y qué historia nos meten en la cabeza a nosotros? —preguntó Whitcomb.

El navegante espacial le dirigió una aguda mirada.

—La verdad... —terminó diciendo— tanto como ustedes pueden asimilarla.

—¿Cómo llegó usted hasta este trabajo?

—Oh... Fui herido en las proximidades de Júpiter. No quedaba gran cosa de mí. Ellos me recogieron, me rehicieron un cuerpo completamente nuevo... y como yo no tenía a nadie vivo en mi tiempo, y todo el mundo me creía muerto, no vi ninguna necesidad de volver con los míos. No es divertido vivir bajo el dominio del Cuerpo Director. Así que acepté este puesto. Una buena compañía, una vida fácil, y la posibilidad de pasar los permisos en cualquier época que uno elija. —Sonrió—. Esperen a visitar la decadente época del Tercer Matriarcado. ¡Aún no conocen lo que es divertirse!

Everard no hizo ningún comentario. Estaba demasiado fascinado por el espectáculo del enorme globo de la Tierra, visto desde la astronave, girando sobre un fondo de estrellas.

Hizo amistad con otros estudiantes. Era un grupo amable... y, naturalmente, por el hecho de haber sido elegido por la Patrulla, todos eran audaces e inteligentes. Hubo uno o dos idilios. Everard recordaba El retrato de Jennie, pero aquí no había ninguna maldición. El matrimonio era algo completamente posible desde el momento en que la pareja eligiera el año donde instalarse. A él mismo le gustaban muchas de las chicas con las que mantenía relación, pero pese a todo no perdía la cabeza por ninguna de ellas.

Sin embargo, y de una forma extraña, hizo o amistad con el taciturno y triste Whitcomb. Había algo atrayente en aquel inglés... era tan cultivado, tan estupendo, y sin embargo parecía tan perdido.

Un día dieron un paseo a caballo (ante sus monturas, los lejanos antepasados del caballo huían a la desbandada a la vista de sus gigantescos descendientes). Everard había tomado un fusil, con la esperanza de cazar un jabalí gigante al que había visto. Ambos llevaban el uniforme de la Academia, unas ropas de un color gris claro, frescas y suaves bajo el amarillo y cálido sol.

—Me sorprende que se nos autorice a cazar —observó el americano—. Si por casualidad matara a un tigre dientes de sable predestinado en principio a devorar uno de esos insectívoros prehumanos, ¿no transformaría esto todo el futuro?

—No —respondió Whitcomb. Había progresado más que Everard en el estudio de la teoría de la exploración del tiempo—. Verás, es más bien como si el continuum estuviera formado por una red de sólidas tiras de caucho. No es fácil deformarlo, siempre tiende a recuperar su forma original. Un insectívoro en particular no tiene la menor importancia, es el conjunto genético de la especie el que ha dado como resultado al hombre.

»Del mismo modo, si yo matara una oveja en la Edad Media, no suprimiría de golpe toda su descendencia, por ejemplo todas las ovejas existentes en 1940. Por el contrario, seguirían estando allá, sin variación incluso en sus genes, a despecho de una distinta ascendencia... porque en un período tan largo todas las ovejas, o todos los hombres, son descendientes de todos los primeros hombres o todas las primeras ovejas. Es una compensación: un determinado momento de la cadena, cualquier otro antepasado proporciona los genes que uno cree haber destruido.

»Y siempre ocurre así. Imaginemos un caso más preciso... supongamos que impido a Booth que mate a Lincoln. A menos que tome una serie extrema de precauciones, ocurrirá sin la menor duda que algún otro disparará el tiro que se suponía tenía que efectuar Booth. Hay una elasticidad en el tiempo, más bien que una plasticidad.

»Y esta elasticidad es la que permite desplazarse a través de él sin causar daños. Si uno desea cambiar realmente el orden de las cosas, entonces hay que hacerlo siguiendo un riguroso método, y siempre normalmente con grandes dificultades.

Sus labios se curvaron en una mueca.

—Nos repiten sin cesar que si intervenimos, seremos castigados por ello. No estoy autorizado a hacer marcha atrás y a matar a ese sucio bastardo de Hitler en la cuna. Se supone que debo dejarlo evolucionar tal como lo hizo, para que finalmente desencadene la guerra y mate a mi prometida.

Everard cabalgó silenciosamente durante unos instantes. No se oía otro ruido que el del cuerpo de sus sillas y el roce de las altas hierbas.

—Oh —dijo finalmente—, lo siento. ¿Deseas que hablemos de ello?

—Sí... Pero no hay mucho que decir. Formaba parte de las W.A.A.F., se llamaba Mary Nelson y debíamos casarnos una vez terminada la guerra. Se encontraba en Londres en 1944. El 17 de noviembre. Una fecha que nunca olvidaré. La mató una V-1. Había ido a casa de una vecina, en Streatham... estaba de permiso con su madre. La casa fue pulverizada, mientras que su propio hogar no sufrió el menor daño.

Whitcomb estaba lívido. Su mirada se perdía en el infinito, ante él.

—Me será terriblemente difícil no... no retroceder en el pasado, unos años tan sólo, para verla al menos. Tan sólo verla... No, no me atreveré nunca.

Everard puso torpemente su mano en el hombro del otro, y prosiguieron silenciosamente su camino.

Las clases proseguían, cada uno de ellos seguía su ritmo personal, pero debido a las compensaciones obtuvieron su título todos juntos. Fue una breve ceremonia, seguida de una gran fiesta y de ebrias promesas de futuras reuniones. Luego regresaron a los mismos años de donde habían venido... a las mismas horas exactamente.

Everard recibió, además de las felicitaciones de Gordon, una lista de los agentes que eran sus contemporáneos (algunos de ellos funcionarios en los servicios militares secretos, por ejemplo), y luego regresó a su apartamento. Más tarde se le buscaría algún trabajo en un puesto de observación bien situado, pero su actual trabajo —tras el de «consejero especial de la Sociedad de Empresas Mecánicas» encargado del impuesto sobre la renta— consistía únicamente en leer una docena de periódicos al día, buscando indicios de viajes temporales que se le había enseñado a descubrir, y estar atento a responder a cualquier llamada.

Por azar, fue él mismo quien encontró su primera misión.