ESCENA VII

SAVERIO y SUSANA

SUSANA. —Es terrible la jugada que me ha hecho, Saverio, pero está bien. (Se sienta al pie del trono, pensativamente). Luces, tapices. Y yo aquí sentada a tus pies como una pobre vagabunda. (Levantando la cara hacia SAVERIO). Se está bien en el trono, ¿eh, Coronel? Es agradable tener la tierra girando bajo los pies.

SAVERIO (poniéndose de pie). —Me marcho.

SUSANA (levantándose precipitadamente, le toma los brazos). —Oh, no, quédese usted, por favor. Venga… Miremos la luna. (Lo acompaña, tomándolo del brazo, hasta la ventana). ¿No le conmueve este espectáculo, Coronel?

SAVERIO (secamente). —¿Por qué se obstina en proseguir la farsa?

SUSANA (sincera). —Me agrada tenerlo aquí solo, conmigo. (Riéndose). ¿Así que usted se hizo fabricar una guillotina? Eso sí que está bueno. Usted es tan loco como yo. (SAVERIO se deshace de su mano, se sienta pensativo en el trono. SUSANA se queda de pie).

SUSANA. —¿Por qué no me escucha? ¿Quiere que me arrodille ante usted? (Se arrodilla). La princesa loca se arrodilla ante el desdichado hombre pálido. (SAVERIO no la mira. Ella se para). ¿No me escucha, Coronel?

SAVERIO. —Me han curado de presunciones las palabras de su hermana Julia.

SUSANA. —Julia… Julia… ¿Qué sabe Julia de sueños? Usted sí que es capaz de soñar. Vea que mandar a fabricar una guillotina… ¿Corta bien la cuchilla?

SAVERIO. —Sí.

SUSANA. —¿Y no es feliz de tener esa capacidad para soñar?

SAVERIO. —¿Feliz? Feliz era antes…

SUSANA. —¿Vendiendo manteca?

SAVERIO (irritado). —Sí, vendiendo manteca. (Exaltándose). Entonces me creía lo suficiente poderoso para realizar mi voluntad en cualquier dirección. Y esa fuerza nacía de la manteca.

SUSANA. —¿Tanta manteca comía usted?

SAVERIO. —Para ganarme la vida tenía que realizar tales esfuerzos, que inevitablemente terminé sobreestimando mi personalidad.

SUSANA. —¿Y ahora está ofendido conmigo?

SAVERIO. —Usted no interesa… es una sombra cargada de palabras. Uno enciende la luz y la sombra desaparece.

SUSANA. —Tóqueme… verá que no soy una sombra.

SAVERIO. —Cuando yo tenía la cabeza llena de nubes, creía que un fantasma gracioso suplía una tosca realidad. Ahora he descubierto que cien fantasmas no valen un hombre. Escúcheme, Susana: antes de conocerlos a ustedes era un hombre feliz… Por la noche llegaba a mi cuarto enormemente cansado. Hay que lidiar mucho con los clientes, son incomprensivos. Unos encuentran la manteca demasiado salada, otros demasiado dulce. Sin embargo, estaba satisfecho. El trabajo de mi caletre, de mis piernas, se había trocado en sustento de mi vida. Cuando ustedes me invitaron a participar en la farsa, como mi naturaleza estaba virgen de sueños espléndidos, la farsa se transformó en mi sensibilidad en una realidad violenta, que hora por hora modificaba la arquitectura de mi vida. (Calla un instante).

SUSANA. —Continúe, Saverio.

SAVERIO. —¡Qué triste es analizar un sueño muerto! Entonces mis alas de hormiga me parecían de buitre. Aspiraba encontrarme dentro de la piel de un tirano. (Abandona el trono y se pasea nervioso). ¿Comprende mi drama?

SUSANA. —Nuestra burla…

SAVERIO (riéndose). —No sea ingenua. Mi drama es haber comprendido, haber comprendido… que no sirvo ni para coronel de una farsa… ¿No es horrible esto? El decorado ya no me puede engañar. Yo que soñé ser semejante a un Hitler, a un Mussolini, comprendo que todas estas escenas sólo pueden engañar a un imbécil…

SUSANA. —Su drama consiste en no poder continuar siendo un imbécil.

SAVERIO (sarcástico). —Exacto, exacto. Cuánta razón tenía Simona.

SUSANA. —¿Quién es Simona?

SAVERIO. —La criada de la pensión. Cuánta razón tenía Simona al decirme: «Señor Saverio, no abandone el corretaje de manteca. Señor Saverio, mire que la gente de este país come cada día más manteca». Usted sonríe. Resulta un poco ridículo parangonar la venta de la manteca con el ejercicio de una dictadura. En fin… ya está hecho. No he valorado mi capacidad real para vivir lo irreal…

SUSANA. —¿Y yo, Saverio? ¿Yo… no puedo significar nada en su vida?…

SAVERIO. —¿Usted? Usted es un monstruo…

SUSANA (retrocediendo). —No diga eso.

SAVERIO. —Naturalmente. La mujer que es capaz de compaginar fríamente la farsa que usted ha montado, es una fiera. No se lastima de nada ni de nadie.

SUSANA. —Quería conocerlo a través de mi farsa.

SAVERIO. —Ésas son tonterías. (Paseándose).

SUSANA. —Era la única forma de medir su posible correspondencia conmigo. Ansiaba conocer al hombre capaz de vivir un gran sueño.

SAVERIO. —Usted se confunde. No ha soñado. Ha ridiculizado… Es algo muy distinto eso, creo.

SUSANA. —Saverio, no sea cruel.

SAVERIO. —Si hace quince días alguien me hubiera dicho que existía una mujer capaz de urdir semejante trama, me hubiera conceptuado feliz de conocerla. Hoy su capacidad de fingimiento se vuelve contra usted. ¿Quién puede sentirse confiadamente a su lado? Hay un fondo repugnante en usted.

SUSANA. —Saverio, cuidado, no diga palabras odiosas.

SAVERIO. —Ustedes son la barredura de la vida. Usted y sus amigas. ¿Hay acaso actitud más feroz que esa indiferencia consciente con que se mofan de un pobre diablo?

SUSANA. —Esto es horrible.

SAVERIO. —¿Tengo yo la culpa? Me han dado vuelta como a un guante.

SUSANA. —Estoy arrepentida. Saverio, créame…

SAVERIO (fríamente). —Es posible… pero usted saldrá de esta aventura y se embarcará en otra porque su falta de escrúpulos es maravillosa… Lo único que le interesa es la satisfacción de sus caprichos. Yo, en cambio, termino la fiesta agotado para siempre.

SUSANA. —¿Qué piensa hacer?

SAVERIO. —Qué voy a pensar… volver a mi trabajo.

SUSANA. —No me rechace, Saverio. No sea injusto. Trate de hacerse cargo. Cómo puede una inocente jovencita conocer el corazón del hombre que ansía por esposo…

SAVERIO. —¿Volvemos a la farsa?

SUSANA. —¿Que mi procedimiento es ridículo? En toda acción interesan los fines, no los medios. Saverio, si usted ha hecho un papel poco airoso, el mío no es más brillante. Vaya y pregúntele a la gente qué opina de una mujer que se complica en semejante farsa… y verá lo que le contestan. (SAVERIO se sienta en el trono, fatigado). ¡Qué cara de cansancio tiene! (SAVERIO apoya la cara en las manos y los codos en las rodillas). ¡Cuánto me gustas así! No hables, querido. (Le pasa la mano por el cabello). Estás hecho pedazos, lo sé. Pero si te fueras y me dejaras, aunque vivieras cien siglos, cien siglos vivirías arrepintiéndote y preguntando: ¿Dónde está Susana? ¿Dónde mi paloma?

SAVERIO (sin levantar la cabeza). —¡Valiente paloma está hecha usted!

SUSANA (acariciándole la cabeza). —¿Estás ofendido? ¿No es eso, querido? Oh, no, es que acabas de nacer, y cuando se acaba de nacer se está completamente adolorido. La soledad te ha convertido en un hombre agreste. Ninguna mujer antes que yo te habló en este idioma. Necesitabas un golpe, para que del vendedor de manteca naciera el hombre. Ahora no te equivocarás nunca, querido. Caminarás por la vida serio, seguro. Eres un poco criatura. Tu dolor es el de la mariposa que abandona la crisálida.

SAVERIO (restregándose el rostro). —¡Cómo pesa el aire aquí!

SUSANA (poniéndose de pie a su lado). —Soy la novia espléndida que tu corazón esperaba. Mírame, amado. Me gustaría envolverte entre mis anillos, como si fuera una serpiente de los trópicos.

SAVERIO (retrocediendo instintivo en el sillón). —¿Qué dice de la serpiente? (Con extrañeza). ¡Cómo se han agrandado sus ojos!

SUSANA. —Mis ojos son hermosos como dos soles, porque yo te amo, mi Coronel. Desde pequeña te busco y no te encuentro. (Se deja caer al lado de SAVERIO. Le pasa la mano por el cuello).

SAVERIO. —Mire que puede entrar gente.

SUSANA. —¿Te desagrada que esté tan cerca tuyo?

SAVERIO. —Parece, que se estuviera burlando.

SUSANA (melosa). —¿Burlarme de mi Dios? ¿Qué herejía has dicho, Saverio?

SAVERIO (violento). —¿Qué farsa es la tuya? (Le retira violentamente el brazo).

SUSANA. —¿Por qué me maltratas así, querido?

SAVERIO. —Disculpe… pero su mirada es terrible.

SUSANA. —Déjame apoyar en ti. (Lo abraza nuevamente por el cuello).

SAVERIO. —Hay un odio espantoso en su mirada. (Trata de desasirse).

SUSANA. —No tengas miedo, querido. Estás impresionado.

SAVERIO (desconcertado). —¿Qué le pasa? Está blanca como una muerta.

SUSANA (melosa). —¿Tienes miedo, querido?

SAVERIO (saltando del trono). —¿Qué oculta en esa mano?

SUSANA (súbitamente rígida, de pie en el estrado). —Miserable…

SAVERIO. —¡Susana! (Súbitamente comprende y grita espantado). Esta mujer está loca de verdad… Julia… (SUSANA extiende el brazo armado de un revólver). ¡No! ¡Susana!