ESCENA V
SAVERIO, LUISA y PEDRO; después SUSANA.
LUISA (yendo a su encuentro). —Buenas tardes. Permítame, Saverio. (Le toma el sombrero y lo cuelga en la percha). Soy hermana de Susana…
SAVERIO (moviendo tímidamente la cabeza). —Tanto gusto. ¿La señorita Susana?
LUISA. —Pase usted. Susana no podrá atenderlo… (Señalándole a PEDRO). Le presento al doctor Pedro.
PEDRO (estrechando la mano de SAVERIO). —Encantado.
SAVERIO. —Tanto gusto. La señorita Susana… me habló de unas licitaciones de manteca…
PEDRO. —Sí, el otro día me informó… Usted deseaba colocar partidas de manteca en los sanatorios…
SAVERIO. —¿Habría posibilidades?
LUISA. —Lástima grande, Saverio. Usted llega en tan mal momento…
SAVERIO (sin entender). —Señorita, nuestra manteca no admite competencia. Puedo disponer de grandes partidas y sin que estén adulteradas con margarina…
LUISA. —Es que…
SAVERIO (interrumpiendo). —Posiblemente no le dé importancia usted a la margarina, pero detenga su atención en esta particularidad: los estómagos delicados no pueden asimilar la margarina; produce acidez, fermentos gástricos…
LUISA. —¿Por qué no habrá llegado usted en otro momento? Estamos frente a una terrible desgracia de familia, Saverio.
SAVERIO. —Si no es indiscreción…
LUISA. —No, Saverio. No. Mi hermanita Susana…
SAVERIO. —¿Le ocurre algo?
PEDRO. —Ha enloquecido.
SAVERIO (respirando). —¡Ha enloquecido! Pero, no es posible. El otro día cuando vine a traerle un kilo de manteca parecía lo más cuerda…
LUISA. —Pues ya ve cómo las desdichas caen sobre uno de un momento para otro…
SAVERIO. —Es increíble…
PEDRO. —¿Increíble? Pues, mírela, allí está espiando hacia el jardín.
Por la puerta asoma la espalda de SUSANA mirando hacia el jardín. De espaldas al espectador.
PEDRO. —Quiero observarla. Hagan el favor, escondámonos aquí.
PEDRO, LUISA y SAVERIO se ocultan. SUSANA se vuelve. SUSANA se muestra en el fondo de la escena con el cabello suelto sobre la espalda, vestida con ropas masculinas. Avanza por la escena mirando temerosamente, moviendo las ruanos como si apartase lianas y ramazones.
SUSANA (melancólicamente). —Árboles barbudos… y silencio. (Inclinándose hacia el suelo y examinándolo). Ninguna huella de ser humano. (Con voz vibrante y levantando las manos al cielo). ¡Oh Dioses! ¿Por qué habéis abandonado a esta tierna doncella? ¡Oh!, sombras infernales, ¿por qué me perseguís? ¡Destino pavoroso! ¿A qué pruebas pretendes someter a una tímida jovencita? ¿Cuándo te apiadarás de mí? Vago, perdida en el infierno verde, semejante a la protagonista de la tragedia antigua. Pernocto indefensa en panoramas hostiles…
Se escucha el sordo redoble de un tambor.
… siempre el siniestro tambor de la soldadesca. Ellos allá, yo aquí. (Agarrándose la cabeza). Cómo me pesas… pobre cabeza. Pajarito. (Mirando tristemente en derredor). ¿Por qué me miras así, pajarito cantor? ¿Te lastima, acaso, mi desventura? (Desesperada). Todos los seres de la creación gozan de un instante de reposo. Pueden apoyar la cabeza en pecho deseado. Todos menos yo, fugitiva de la injusticia del Coronel desaforado.
Nuevamente, pero más lejano, redobla el parche del tambor.
(SUSANA examina la altura). Pretenden despistarme. Pero ¿cómo podría trepar a tal altura? Me desgarraría inútilmente las manos. (Hace el gesto de tocar el tronco de un árbol). Esta corteza es terrible. (Se deja caer al suelo apoyada la espalda a la pata de una mesa). ¡Oh, terrores, terrores desconocidos, incomunicables! ¿Quién se apiada de la proscripta desconocida? Soy casta y pura. Hasta las fieras parecen comprenderlo. Respetan mi inocencia. (Se pone de pie). ¿Qué hacer? No hay cueva que no registren los soldados del Coronel. (Hace el gesto de levantar una mata). Tres noches que duermo en la selva. (Se toma un pie dolorido). ¿Pero se puede llamar dormir a este quebranto doloroso: despertarse continuamente aterrorizada por el rugido de las bestias, escuchando el silbido de la serpiente que enloquece la luna? (Tomándose dolorida la cabeza). ¡Ay, cuándo acabará mi martirio!