ESCENA VI
SAVERIO se sienta en el trono y comienza a sonar un vals. SAVERIO mira pensativo a las parejas, que al llegar bailando frente a él vuelven la cabeza para observarlo.
HERALDO (presentándose al final del salón. Con trompeta plateada y pantalones a la rodilla, lanza un toque de atención, y las parejas se abren en dos filas). —Majestad, la reina Bragatiana quiere verle.
SAVERIO (siempre sentado). —Que pase.
SUSANA (majestuosamente avanza entre las dos filas). —¿Los señores duques se divierten? (SAVERIO no abandona su actitud meditativa y fría). ¡Su reina fugitiva padeciendo en tierras de ignorada geografía! ¡Ellos bailando! Está bien. (Lentamente). ¿Qué veo? Aquí no hay fieras de piel manchada, pero sí elegantes corazones de acero. El Coronel permanece pensativo. (SAVERIO no vuelve la cabeza para mirarla). Obsérvenle ustedes. No me mira. No me escucha. (Bruscamente rabiosa). ¡Coronel bellaco, mírame a la cara!
SAVERIO (a la concurrencia). —Lástima que los señores duques no tuvieran una reina mejor educada.
SUSANA (irónica). —¡Miserable! ¿Pensabas tú en la buena crianza cuando me arrebataste el trono? (Patética). Destruiste el paraíso de una virginal doncella. Donde ayer florecían rosas, hoy rechina hierro homicida.
SAVERIO. —¿Está haciendo literatura, Majestad?
SUSANA. —A la elocuencia de la inocencia ultrajada el Coronel la llama literatura. Mírenme, señores duques. Hagan la caridad. ¿Es digno de una reina mi atavío? ¿Dónde están las doncellas que prendían flores en mis cabellos? Miro, las busco inútilmente y no las encuentro. ¡Ah, si ya sé! ¿Y mis amigos? Mis dulces amigos. (Gira la cabeza). Tampoco los veo. (Ingenua). ¿Estarán en su hogar, acariciando a sus esposas, entregados a tiernos juegos con sus hijos? (Terrorífica). No. Se pudren en las cárceles. En sus puestos, traman embustes los apoderados del Coronel. (Burlona). Del Coronel que no se digna mirarme. ¿Y por qué no me mira el señor Coronel? Porque es duro mirar cara a cara al propio crimen. (Se pasa una mano por la frente. Permanece un segundo en silencio. Se pasa lentamente las manos por las mejillas). ¡Dura cosa es el exilio! ¡Dura cosa es no tener patria ni hogar! Dura cosa es temblar al menor suspiro del viento. Cuando miro a los campesinos ensarmentando viñas y escucho a las mozas cantando en las fuentes, torrentes de lágrimas me queman las mejillas. ¿Quién es más desdichada que yo en la tierra? ¿Quién es el culpable de esta obra nefasta? Allí está (Lo señala con el índice), fríamente sentado. Receloso como el caballo falso. Mientras él retoza en mullido lecho, yo, semejante a la loba hambrienta, merodeo por los caminos. No tengo esposo que me proteja con su virilidad, no tengo hijos que se estrechen contra mi pecho buscando generosa lactancia.
SAVERIO (siempre frío). —Indudablemente, señora, los hijos son un consuelo.
SUSANA. —¿Lo escucharon? (Suplicante). ¿Levantaron acta de su frialdad burlona? Los hijos son un consuelo. ¡Contéstanos, hombre siniestro! ¿Fuiste consuelo de la que te engendró? ¿Qué madre venenosa adobó en la cuna tus malos instintos? ¿Callas? ¿Qué nodriza te amamantó con leche de perversidad?
SAVERIO (siempre frío y ausente). —Hay razones de Estado.
SUSANA (violentísima). —¡Qué me importa el Estado, feroz fabricante de desdichas! ¿Te he pedido consejos, acaso? Bailaba con mis amigas en los prados, al son de los violines… Violines… qué lejos estáis… ¿Te llamaron acaso mis consejeros? ¿Te solicité que remendaras leyes, que zurcieras pragmáticas? Pero guarda silencio, hombre grosero. Te defiendes con el silencio, Coronel. Tuya es la insolencia del caporal[18], tuya la estolidez del recluta. Pero no importa. (Suave). Lo he perdido todo, sólo quiero ganar un conocimiento…, y ese conocimiento, Coronel, que es lo único que te pido, es que me aclares el enigma de la criminal impasibilidad con que me escuchas.
SAVERIO (se pone de pie). —Le voy a dar la clave de mi silencio. El otro día vino a verme su hermana Julia. Me informó de la burla que usted había organizado con sus amigas. Comprenderá entonces que no puedo tomar en serio las estupideces que está usted diciendo. (Al escuchar estas palabras, todos retroceden como si recibieran bofetadas. Silencio mortal. SAVERIO se sienta, impasible).
SUSANA (dirigiéndose a los invitados). —Les ruego que me dejen sola. Tengo que pedirle perdón a este hombre. (Cara al suelo, silenciosamente, salen los invitados).