14
El secreto del éxito es la honestidad.
Si puedes evitarla, está hecho.
GROUCHO MARX
Ruth miró espantada el montón de papeles que llenaba cada milímetro de su mesa. Se pasó los dedos por la frente, presionando. Se armó de valor y ojeó con determinación el suelo, buscando un lugar donde colocar las carpetas, archivadores y documentos varios que Elena, su superior directo, le acababa de entregar.
Tenía un montón de trabajo. De hecho estaba desbordada. Como siempre. Bueno, como siempre no; normalmente todos los papeles le cabían encima de la mesa.
Miró el reloj, las cinco menos cuarto de la tarde. Quedaban quince minutos para su taller de cuentacuentos. Suspiró. Cuando llegó a las seis de la mañana se había propuesto terminar con al menos la mitad del trabajo pendiente. A las tres de la tarde, justo cuando iba a comer tras casi haber cumplido su objetivo, Elena se presentó con más trabajo. Y hacía escasos minutos, cuando estaba dando el primer mordisco a su correoso bocadillo de tortilla con la esperanza de que no le sonara la tripa durante el taller, su jefa había vuelto a la carga.
—¿Qué te parece mi nuevo esmalte de uñas? —le preguntó Elena frotando estas contra la falda para que estuvieran más brillantes. Las tenía larguísimas, tanto que probablemente le resultaba imposible escribir con ellas. Lo mismo por eso le daba todo su trabajo a Ruth.
—Precioso —contestó Ruth colocando las carpetas en el suelo, bajo su mesa.
—Ni siquiera lo has mirado.
—Lo siento, es que estoy en otras cosas.
—Chica, deberías relajarte. Tanto estrés hace que te resalten más las ojeras y, además, estás demasiado delgada. Se te marcan los pómulos y las clavículas, y tus piernas parecen palillos. Deberías comer adecuadamente y no esos bocadillos asquerosos que sacas de la cafetería —se mofó mirando con envidia el cuerpo delgado de su empleada.
—No están tan malos. —«De hecho cuando lo compré hace dos horas tenía un aspecto estupendo», pensó Ruth.
—Mañana a las nueve quiero tener todo esto listo. El señor García necesita los datos sin falta a mediodía.
—Sin problema —contestó Ruth calculando.
Eran solicitudes y presupuestos. Solo había que pasar los datos a la hoja de cálculo, colocar, filtrar, archivar en sus correspondientes archivos e imprimirlos. Tenía la misma base de datos y hoja de cálculo en su casa. Por tanto, terminaría el trabajo esa misma noche, cuando Iris y papá estuvieran en la cama. Después lo grabaría en su pendrive y listo.
—Eso espero. Te veo mañana.
—Elena, disculpa —la llamó Ruth antes de que saliera por la puerta.
—Dime.
—He estado repasando los extractos de la tarjeta de débito que te proporcionó la empresa y veo que hay cargos que no concuerdan con la hoja de gastos que me has facilitado. —«Como por ejemplo una barra de labios Guerlain por más de treinta euros», pensó Ruth para sí, o el cargo de la bolera el sábado por la noche—. ¿Te parece bien que lo comprobemos juntas?
—¿Qué cosas son? —preguntó arrogante.
—Artículos de perfumería, cargos en centros de ocio. —Sacó su cuaderno de notas—. Una Barbie veterinaria…
—Sí. Cuando hice esos gastos no llevaba efectivo y lo cargué a la cuenta de la empresa. Es todo correcto. Ya lo pagaré.
—¿Te lo descuento de la nómina?
—Este mes no. Ya te diré cuándo.
—Cerramos trimestre y año en diciembre. —A buen entendedor pocas palabras bastan.
—Cierto. —La miró insolente—. Pregúntaselo al señor García y que él decida qué hacer. Chao, guapa.
«Malvada, pérfida, infame», siseó Ruth en cuanto Elena salió de su oficina.
El Gobierno cortaba la subvención, los trabajadores del centro se abrochaban el cinturón, los benefactores que podían aumentaban sus donativos, todos trabajaban muchas más horas de las que les correspondían, el señor García corría de una reunión a otra buscando nuevos patrocinadores y más fondos, ella y sus amigos se dejaban la piel en la exposición, y Elena, la cuñada del director, se gastaba el importe asignado para gastos en Barbies para las hijas de sus amigas. Oh, sí. Preguntaría qué hacer al señor García. Se mordería la lengua, bajaría la vista y preguntaría. Pero sabía de sobra la respuesta: «No quiero discutir con mi mujer, y Elena es su hermana. Cárgalo a mi nómina». ¡Caramba! Luis García era un hombre estupendo, pero su mujer era una bruja y su cuñada una arpía.
Sin parar de rezongar, sacó de su mochila un babi verde y se lo puso por encima del traje de chaqueta y pantalón azul de corte recto y clásico que llevaba. Se soltó el moño y se recogió el pelo en un par de trenzas divertidas que colgaban a ambos lados de su cuello. Ensayó una sonrisa y, cuando por fin le salió bien —qué difícil es sonreír cuando lo que una quiere es matar a alguien—, se marchó de la oficina para impartir su taller.
—¿Está dormida? —preguntó Jorge desde el quicio de la puerta.
—Sí.
—Ufff. ¡Cuánta energía tiene esta niña! Es un ciclón.
—No lo sabes tú bien.
Ruth colocó las mantas sobre Iris, remetiéndolas bien en los extremos. Acarició su frente y depositó un beso en su coronilla. No había sido capaz de escuchar el cuento entero, había caído fulminada en la cama al poco de decir: «Cuéntame mi cuento», el relato que Ruth inventó cuando nació.
Observó a Jorge entrar de puntillas en el salón y dejarse caer sobre la mullida alfombra. Echó un último vistazo a su hija, y le siguió sonriendo.
Atravesó el pequeño salón y apoyó la frente en la ventana. Ella también estaba molida. Pero aun así, limpió el vaho que formaba su aliento y miró más allá de los cristales. Imaginó cada estrella, cada constelación. Antares, Merak, Rigel… Cada una de esas estrellas le contaba al oído un cuento y ella después se los contaba a su hija. Oteó las montañas que la rodeaban, los bosques apenas perfilados por la luz de la luna. Imaginó a Antares, dueño del cielo, sobrevolándolo en una nube, buscando a su hermana, y sonrió. Si los astrónomos supieran que se inventaba personalidades para las estrellas la tomarían por loca.
La casa en que se encontraban era una pequeña construcción de muros de piedra y techumbre de tejas, cálida y acogedora. Antigua casa de aperos de labranza, Jorge la había reformado, dividiéndola en tres estancias: el salón, que ocupaba la mitad de la planta con una gran chimenea encajada en la pared, y dos habitaciones que ocupaban la otra mitad. No tenía cocina, ni baño, ni mucho menos luz o agua corriente. Pero era un paraíso. Ubicada en un bancal, en la falda de la montaña, con riachuelos de agua pura corriendo a escasos metros de allí, un bosque rodeándola y el acompañamiento de grillos, avecillas y demás animales, era todo lo que deseaba.
Todos los sábados que podía, se levantaba al alba, vestía a su hija todavía dormida y se montaba en el coche hasta llegar a Cuevas del Valle, y allí, esperándolas dentro de la cafetería, estaba Jorge. Aparcaba su viejo AX, se montaban en el 4x4 de su amigo, tomaban rumbo a la casita y pasaban el día caminando por los senderos. Iris corría entre los árboles y aseguraba ver osos, lobos, zorros y oír la risa de las inventadas Laia y Marta, y los gruñidos del malhumorado Antares… Ellos se reían y la escuchaban atentamente a la vez que oían los susurros de los árboles, las canciones de los arroyos y el silencio de las rocas. Comían bocadillos tirados en el suelo, sobre colchones naturales formados por agujas de pino y musgo y, antes de que atardeciera, regresaban al hogar, encendían la chimenea y tumbados en la alfombra asaban la cena al amor del fuego. Cuando Iris se dormía, ellos se contaban sus secretos.
—¿Has hecho balance de la exposición? —preguntó Jorge cuando ella se sentó a su lado.
—No he tenido tiempo todavía, pero así, grosso modo, puedo asegurar que ha sido todo un éxito.
—¡Maravilloso! —Aplaudió él—. Entonces, ¿habrá campamento el año que viene?
—Aún no es seguro, pero creo que sí.
—¡Estupendo! —Botó saltando sobre ella y le dio un abrazo de osito y muchos besos que acabaron tumbándola en el suelo.
—¡Quieto! Que voy a manchar de barro la alfombra —exclamó Ruth riendo.
Se sentó con las botas embarradas fuera de la apolillada alfombra y procedió a deshacer los nudos de los cordones. Luego se quitó rápidamente los pantalones vaqueros, quedándose con los leotardos puestos y la sudadera. Se acercó a gatas hasta el fuego y extendió las manos. ¡Qué placer!
Jorge se colocó a su lado. Vestía su inmortal chándal azul lleno de desgarrones y agujeros, con un polo que había visto tiempos mejores. Con su pequeña estatura de apenas un metro sesenta —Ruth le sacaba media cabeza—, el pelo castaño corto y engominado, la estrella tatuada en la nuca, los múltiples piercings en cejas, nariz, labio y lengua, y su cara de niño bueno y adorable iluminada por el fuego, estaba para comérselo. Delgado y sin un solo músculo en el cuerpo, daba la apariencia de un adolescente recién entrado en la pubertad. Pero, aunque jamás había confesado su edad, Ruth intuía que era al menos un par de años mayor que ella.
—Y bien, ¿ha pasado algo destacable esta semana?
—Elena ha cargado compras personales en la tarjeta de la empresa.
—Bueno, eso lo hace siempre.
—Tengo muchísimo trabajo.
—¿En serio? ¿Qué raro? —comentó irónico.
—A Mercedes se le rompió el bolso en mitad del vestíbulo.
—¿Y?
—Llevaba media cubertería del comedor dentro.
—¡No!
—Sí.
—¿No había prometido no volver a robar?
—Se le olvidó. —Mercedes era una de «sus niñas» del centro de día. Una bastante problemática.
—¿Nada más? ¡Qué semana más aburrida!
—Bueno, el sábado vi a un antiguo amigo en la galería de arte.
—¿Sí? ¿A quién?
—Mmm, a Marcos.
—¿Marcos? —Jorge frunció el ceño pensativo—. ¿Marcos con mayúsculas?
—Mmm… Sí.
—Marcos el donante —dijo en susurros.
—Sí.
—Ajá. —Jorge se mordió el labio y después esbozó una sonrisa diabólica—. ¿Y qué pasó?
Ruth comenzó el relato sin omitir detalle. Al fin y al cabo estaba hablando con Jorge, y a él jamás le ocultaba nada. Al finalizar, su amigo sonreía de oreja a oreja.
—Vaya, vaya. Ya decía yo que tenías cara de haber echado un buen polvo.
—¡Jorge!
—¿Qué? Es cierto. ¿Se volvió loco con tu coño primoroso?
—Ni te lo imaginas.
—¡Magnífico! ¿Le dijiste que era obra mía?
—No, no era el momento. Estábamos dedicados a otras cosas.
—Oh. ¿Se sorprendió mucho cuando le pusiste el condón con la boca?
—Yo diría que bastante.
—¡Estupendo! Ya te dije cuando te enseñé que causarías sensación. Pues escucha atentamente para la próxima: antes de ponerle el condón, chupa un caramelo mentolado hasta que se deshaga en tu boca, y luego le comes la polla sin perder un segundo. ¡Los vuelve locos!
—¡No!
—¡Sí! Haz caso del experto, nunca falla. Te agarran del pelo, gruñen, jadean… y se les pone tan dura y gorda que apenas si entra en la boca. Eso sí, cuidado con los dientes.
—Claro, por supuesto. Si muerdo, duele.
—Si muerdes fuerte. Flojito es otra cosa. —Arqueó varias veces las cejas.
—¡No!
—¿Has traído a Brad?
—Por descontado.
—Bien, sácalo y te enseño un par de trucos para que sorprendas a tu semental.
—¡Vale!
Ruth se levantó y fue a por su mochila. En el fondo, bajo la ropa, los víveres y el agua, envuelto en una tela horrorosa y metido en una bolsa, estaba Brad. Un suave y brillante vibrador fucsia de gelatina, con su capullo hinchado, sus venas marcadas y demás detalles. Se sentó frente a Jorge con Brad en la mano y esperó la clase del día.
—Imaginemos que ya te has comido el caramelo. Pues a ver, lo primero de todo… —Dejó la frase en suspenso.
—Acariciarlo con la lengua para ir humedeciéndolo y de paso tomar la medida —contestó Ruth sonriendo ante la excéntrica conversación que iba a tener lugar.
—Correcto. Aunque, si ya has catado la del donante, no hace falta tomar medidas.
—Bueno, lo cierto es que no creo que lo vuelva a ver, así que si alguna vez uso el truco del mentolado será con otro tipo y habré de tomarle las medidas. —Más arqueo de cejas.
—¿Y por qué no lo vas a volver a ver? ¿No te hizo ver las estrellas?
—Sí, pero…
—Pero nada. ¿Tú sabes lo difícil que es encontrar un semental hoy en día?
—Por supuesto que lo sé. Recuerda que llevo años buscándolo.
—Ajá. Y mientras buscamos y rebuscamos, nos toca conformarnos con pollas mediocres y manos ignorantes a las que tenemos que amaestrar y enseñar para lograr un mínimo de satisfacción.
—Ejem. —Tosió Ruth su indirecta.
—Ya. Yo busco, rebusco e instruyo. Tú cantas tres canciones y los mandas a la porra. ¡Pues eso digo! Con el donante ni siquiera te dio tiempo a cantar. ¡Qué desperdicio no volver a usarlo!
—Y, ¿cómo se supone que debo hacer para volver a verlo? ¿Mando un mensaje telepático?
—Mmm, cierto. —Jorge recordó de golpe que Ruth se había ido sin intercambiar teléfonos—. ¡Qué poca previsión! Mira que te lo he dicho una y otra vez: si alguno vale, hay que conseguir el teléfono.
—Además, tampoco quiero arriesgarme.
—¿Arriesgarte? —Los ojos de Jorge destellaron. ¿Arriesgarse a amar? Interesante.
—Sí. —Ruth señaló hacia el cuarto donde dormía Iris.
—Mmm. ¿Hay algún problema con Iris? —Ya decía él, ¿arriesgarse a amar Ruth? ¡Imposible! Solo había una persona más cínica en el mundo que él: Ruth.
—Naaaaa, solo que es su padre.
—Ah no. No es su padre, es el donante, y ya dejó clara su opinión al respecto.
—Mmm, la dejó clara antes de tener toda la información.
—¿Qué información?
—Que ha habido consecuencias.
—¿Consecuencias? —La miró interrogante un segundo—. ¡Ah! ¡Ya! Te refieres al nacimiento de Iris. Por Dios, no leas tanta novela romántica, que ya hablas como ellos y yo no me entero de nada.
—Está bien.
—Pero aun así, aunque cambiara de opinión con la noticia, ¿quién se lo va a contar?
—¿Eh?
—¿Tú se lo vas a decir?
—Bueno, debería —respondió la conciencia de Ruth.
—¿Deberías? ¿Por qué? A ver, que te lo aclaro un poco, que estás hecha un lío. Si te acuestas con un tipo y justo después él te deja claro como el agua que pasa de bebés, lo que suceda a continuación es cosa tuya.
—Sí, pero…
—No, no, no. No hay ningún «pero». En el momento en que deja clara su postura y tú, exclusivamente, tomas la decisión, el posible bebé es solo tuyo, y no hay marcha atrás.
—Eso es relativo.
—En absoluto. Piénsalo de otra manera: en vez de un bebé, te traspasa una enfermedad venérea. ¿Crees que años después querría su parte?
—No es lo mismo.
—Sí lo es. ¡Por Dios, Ruth, usa ese cerebro privilegiado que tienes! Es periodista.
—Fotógrafo.
—Me da lo mismo. Se pasa la vida de un sitio a otro, no se establece en ningún lado y vive sin ataduras. ¿Crees con sinceridad que le gustaría un ápice tener una hija que lo atase a Madrid?
—Mmm, no mucho.
—Nada. No le gustaría ¡nada! Por tanto, estás fuera de peligro. Si por casualidad lo vuelves a ver, pégate un buen revolcón y cierra la boca. Él se lo pasa bien, tú te lo pasas mejor, cada uno a su casita y a seguir con vuestra vida.
—Mmm.
—A ver, tú seguirías con tu estilo de vida, ese del que tanto te vanaglorias y, de paso, no tendrías que recurrir a Brad, que, por muy mono y fucsia que sea, le faltan abdominales, culito, bíceps, etc. El donante te ofrece el lote completo y sin pedir nada a cambio, aparte de un poco de sexo. Es la solución ideal.
—Mmm. No te falta razón.
—Claro que no. —Jorge sonrió.
—Bien, enséñame eso de los dientes. —Ruth se colocó a Brad en la boca y dio un pequeño mordisco.
Horas después, el fuego de la chimenea casi se había apagado. Ruth estaba dormida abrazada a Iris y Jorge las observaba desde la puerta. Quién le iba a decir cuando las vio por primera vez, esperando en la cafetería de Cuevas de Valle a que dejara de llover, que esas dos niñas se iban a convertir en el centro de su mundo.
Recordaba claramente aquel día: Ruth vestida con unos vaqueros desgastados y un polar viejo, abrazaba a su hija de dos años mientras intentaba que estuviera tranquila y desayunara. La niña, inquieta, no paraba de moverse y Ruth empezó a hablar.
«Antares se desplazaba furioso por el cielo buscando a su hermana, Laia», dijo señalando el cielo. «Sobrevoló el bosque. —En ese momento la niña, que escuchaba atentamente a su madre, señaló las montañas—. Sí, cielo, ese bosque. Lo sobrevoló hasta encontrar un círculo de árboles inclinados, y allí, en el mismo centro, estaba Laia».
Ruth siguió tejiendo su historia a la vez que daba de comer a su hija, sin ser consciente de que él se había sentado para escucharla. No era tanto la historia en sí, sino la manera de contarla: el tono de la voz, los gestos de madre e hija. Cuando terminó el cuento, aún seguía lloviendo. Ruth suspiró y comentó a su hija que el día de campo tendrían que dejarlo para otro momento. En ese instante Jorge supo que no podía dejarlas escapar, al menos hasta saber más sobre Antares y Laia.
El resto ya era historia. Se convirtieron en los mejores amigos y ahora, cuatro años después, conocía a su amiga mejor que ella misma. Se dio la vuelta y se metió en su cuarto. Antes de apagar la luz se miró en el diminuto espejo que colgaba de la pared. No parecía tener la nariz más grande… Gracias a Dios, Pinocho solo era un cuento de niños. Porque, si fuera verdad, en estos momentos parecería Cyrano de Bergerac. Siendo sincero —cosa que no sería delante de su amiga—: ¿qué hombre en sus cabales rechazaría a Ruth y a su hija? ¡Ninguno! Y Ruth necesitaba desesperadamente a alguien que la descontrolase un poco, que la sacara de las responsabilidades, reglas y normas de su vida. Que la hiciera desvariar. ¿Y quién mejor que el hombre del que Ruth hablaba constantemente, contándole todas y cada una de las historias de su infancia una y otra vez? Y que, por si fuera poco, había sido el donante involuntario.