Claudio Luna

I

—Se lo cargan. Y no se hable más del asunto.

Y se puso a hojear unos papeles. Claudio Luna saludó, dio media vuelta, titubeó, venció sus ganas de decir algo y salió.

… Y no se hable más del asunto… Eran las doce tenía unas horas por delante, y ningunas ganas de tumbarse en el catre del cuartel. La noche estaba tibia y quiso ir a dar unas vueltas, pero no le dejaron salir. Entró en el cuarto de banderas y se puso a jugar al tute subastado con Gracián y Sindulfo.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Te toca paseo?

—Sí.

—¿El Maño?

Claudio no contestó y se puso a barajar concienzudamente.

—Anoche me tocó a mí.

—¿Dónde fuisteis?

—Allá, por el cerro de San Miguel.

Hijo de buena familia, de Falange porque era amigo de Luisillo Nenclares y éste le presentó a José Antonio, una noche, en Madrid, con los Peláez. En Burgos, y por todo, eran doce, o, mejor dicho, fueron, porque ahora, al mes del alzamiento, son ya cerca del centenar, y se dedican con ahínco a la buena obra de limpiar la retaguardia de republicanos, marxistas, masones y otras gentes de la misma despreciable ralea. Las listas fueron establecidas de antemano y no ofreció dificultad encarcelarlos e irlos sacando, de diez en doce o quince, cada madrugada y fusilarlos, por las buenas, con ayuda de los cuerpos organizados.

Decir que aquello le gustaba a Claudio sería mentir, pero tampoco protestaba. Oía el entusiasmo de los demás sin participar de él. Decían que era necesario. Bueno. Gracián y Sindulfo reían, nunca se habían sentido tan importantes. Les embriagaba las armas en la mano. Además estaban ganando, al tute, se entiende, pero ganaban. Los tres estudiaban derecho, y estaban de vacaciones, y, ¡qué vacaciones! Gracián se había cargado personalmente a veintiocho, lo que era una hazaña por aquellas fechas. El mundo se les abría glorioso: no dudaban de nada. Sus padres les miraban con respeto. Héroes: no se quitaban la pistola ni para dormir, con ella siempre al alcance de la mano.

—Mira que tocarte a ti el Maño…

Sindulfo se mordía el labio inferior para sonreír. Fumaban por lo menos el triple de lo que solían.

El Maño era un pasante del padre de Claudio, que tenía su bufete en la calle de la Paloma.

—Tener que ir hasta el cerro, estando tan cerca el cementerio…

La cárcel está casi enfrente del camposanto.

—Si pudiésemos ir a dar una vuelta por el Espolón… —dijo Sindulfo.

—Estamos de guardia.

—¡Qué guardia, ni qué narices! Le dije a Rosario… Sesenta y cinco.

—Ochenta.

—Yo no juego más.

Claudio se levantó.

—¿Qué mosca te ha picado?

—Hace demasiado calor. Voy a pedir que nos traigan unas cervezas.

—¿A estas horas?

—A ver quién te las va a buscar…

—Allá, por el arco de San Nicolás.

—Tú, sueñas.

Claudio salió al patio y se sentó en un banco. La noche estaba clara, todas las estrellas guiñoteaban.

(Claro, el Maño. No había duda. Ni remedio. Su padre se lo había advertido muchas veces. Lo aguantaba porque era un trabajador del demonio. Eso es: del demonio. ¿A quién se le ocurre ser radical socialista en Burgos? Se lo carga, y no se hable más del asunto).

Por las buenas, había ido a pedirle al capitán que lo sustituyeran.

—No es la primera vez que intenta escabullirse, Luna.

—Es que, mi capitán…

—Ya sé.

—Otro servicio…

—Se lo carga, y no se hable más del asunto.

Podía pedirle a cualquiera que ocupase su lugar: no faltarían voluntarios; ni soplones que fueran con el cuento. Y la disciplina era la disciplina. Ellos estaban militarizados. Era una lata.

(Bueno, pero a mí, ¿qué más me da? Si hubiesen ganado los rojos, yo… La verdad es que un mes antes mandaban ellos y yo andaba tan tranquilo por la calle. Bien: no me importa pegarle un tiro al Maño. Entonces, ¿por qué me preocupo o de qué me preocupo? Tú dices, habla: Le conoces. No, no le conoces mucho. Mentira: le conoces hace la mar de años. No ibas mucho por el bufete de tu padre, pero, al fin y al cabo, allí siempre estaba el Maño. ¿Qué pensará mi padre de todo esto? ¡Ay, Dios! ¿Ahora vas a enternecerte?).

Pasaron unos presos, mustios. No conocía o ninguno, gente de la clase baja, obreros y vagos.

(Ahora sí que España va a surgir, y se nos va a hacer caso en todas partes. Las cosas no fueron todo lo bien que se había supuesto, pero ya verían. Los italianos ya estaban en Marruecos, y en Andalucía. Y llegarían alemanes. Las cosas no podían seguir así. Ese reptil viscoso de Azaña. «España ha dejado de ser católica». Ahora lo veremos. Claro que ahí estaba el Maño, y «no se hable más del asunto». La culpa era suya, ¿por qué se metía donde no le llamaban?).

El Maño era hombre de treinta años, ya un viejo a los ojos de Claudio. Feo como una cucaracha, narigón, bizquillo, enjuto, hundido de pecho, de manotas y pies grandes, bastante alto. El pelo siempre enmarañado y la sonrisa a flor de bocaza, que la tenía enorme, del tamaño de sus tragaderas. Nada difícil, por otra parte, en preferencias gastronómicas: lo mismo engullía vaca, que pescado, verduras frescas o secas, fruta verde o de sartén; aunque se conocía su flaco por el cordero asado: razón de su permanencia en Burgos, a lo que decían las malas lenguas que nunca faltan en provincias, dadas a un mismo tema, que es lo que las diferencia de las de la capital, donde hay más que ver.

Las gracias eran siempre las mismas, o de parecido gusto:

—¿Dónde metes tanta comida…?

—Aquí hay gato encerrado.

—Maño, ¡qué manera de tragar!

Eso le daba, —aunque parezca mentira—, cierta categoría.

—Ayer el Maño se comió dos docenas de chuletas…

Empleado en el bufete de don Claudio Luna Alcocer, notario de la ciudad. Había estudiado dos años en la Facultad de Derecho de Zaragoza, y no pudo más: venció la gazuza. No le bastaba lo que ganaba trabajando de noche en una tahona. Labor que escogió por si acaso le fallaban otras entradas. Pero, sin ser melindroso, gustaba acompañar al buen pan del buen chorizo, o del buen jamón purpúreo, duro como piedra y transparente como algunos rojos vitrales de la Seo; de queso manchego bien aceitoso y de fruta de la Ribera, melocotones y ciruelas como no los había sino en la Rioja. De eso había mucho que hablar, y no lo dejaba para mañana.

Le llevó a Burgos la pura casualidad, y la notoria popularidad e influencia celestial de Nuestra Señora del Pilar: Doña Juana Bolaños de Luna, legítima de don Claudio, fue, en compañía de su esposo, a Zaragoza en cumplimiento de una promesa, hija de una enfermedad de Juanita, vástaga de ambos y hermana mayor de quien nos ocupa, pulmonía doble. El viaje sería, además, de rechazo, para ir unos días al balneario de Panticosa, donde el médico de cabecera creía que la niña se habría de reponer sin mayores males. No acertó; pero Juanita no entra ni sale en esta historia, ni su insignificancia, ni su color perdido, ni su amor por Sindulfo, ni su muerte, acaecida en 1934. Lo que importa es decir cómo, un año antes, saliendo Jaime Oliete —nombre y apellido del luego más conocido por «El Maño»— de la panadería donde prestaba sus buenos servicios, allá por el final del Coso, cerca de la Universidad, y yendo tranquilamente por la calle de Palafox hacia la Seo, camino de la casa de huéspedes donde vivía, en la plaza, frente al Seminario, doña Juana se torció un pie, el derecho, si queremos ser exactos —lo que es, por otra parte, nuestro único deseo—, saliendo de confesarse cayó en sus brazos. Jaime la atendió y llevó al hotel Arana, donde se hospedaba la familia burgalesa, al negarse la buena señora a recibir otra clase de auxilios. Como es natural, don Claudio se lo agradeció y cruzaron unas palabras. La señora se hizo lenguas de la gentileza del joven. El Maño vio tan blanca a la niña, que le impresionó. Volvió por aquello de saber del estado del pie. Y así se decidió su ida a la capital castellana. Allí se acomodó sin dificultades.

Claudio, el hijo, recurrió a él, más de una vez, en mal de exámenes y para encubrir pecadillos, los más, cometidos en una casa de mal ver y excelente vista, ya que, en brazos de cualquier pindonguilla, se descubría las torres de la Catedral.

Jaime Oliete era un pasante utilísimo y sin pretensiones de ninguna clase. Sabía tanto como el que más y no ofrecía peligro de competencia futura. Lo malo: que era radical socialista.

Doña Juana, justo es decirlo, al tiempo que rezaba con todo fervor por el triunfo de las armas del Santo Alzamiento, por el alma de Sanjurjo, le pedía también a Dios que no le sucediera nada al Maño. Se lo rogó a todos los santos encapillados en la Catedral: a San Juan de Sahagún, a San Enrique, a San Gregorio, a San Nicolás, sin olvidar al Santísimo Cristo. Y, si no lo hizo a Santa Tecla y a Santa Ana, fue porque aquello era cosa de hombres.

Mientras tanto, por lo menos aquella noche, Claudio, su hijo, no sabía a qué santo encomendarse.

Como se tenía al Maño por personaje político importante —que la perspectiva la inventaron los pintores del Renacimiento sin darse cuenta de la curvatura del espacio y que todo depende del punto donde se coloque el que mira— y era conocido del Gobernador republicano y amigo de hacer favores, no podía esperar perdón por sus ideas liberales. Hace días que esperaba el tiro en la nuca y sólo se asombraba de la tardanza. Entróle, a los diez días de su detención, la absurda idea esperanzadora de que su patrón, tan bien visto en el arzobispado y amigo de militares de la guarnición, había gestionado su perdón. Con lo que, naturalmente, se equivocaba de medio a medio. No estaba el horno para bollos y cada quien hacía lo que podía con tal de rebajarse y adular a las nuevas autoridades, no tan nuevas, por otra parte.

Así que no se sobresaltó demasiado cuando lo sacaron, a las tres de la madrugada del 21 de agosto y lo metieron en un «Chevrolet» de bastante buena apariencia.

Miró con curiosidad a sus acompañantes y se quedó asombrado al reconocer a Claudito, a pesar de la oscuridad. La familia Luna fabricaba su propia colonia y ésta hedía inconfundiblemente. El retoño notarial no le saludó, mitad porque tenía la boca seca y mitad porque no le pareció conveniente. Pero el Maño no tenía impedimentos, como no fueran las esposas, que le molestaban en las muñecas.

—¿No podría uno fumar un cigarrillo?

Claudio sacó su paquete de una diez.

—Si me hace el favor de hacerlo.

El joven falangista cambió el papel.

—Péguelo, si es tan amable.

El cigarrillo quedó hecho una piltrafa: se le había caído la mitad del tabaco.

Claudio se lo puso en la boca y le ofreció lumbre. A la luz de la cerilla, la cara del Maño, quince días sin afeitar, se le apareció como la de un muerto. La mano del joven temblaba, lo que, aunado al traqueteo del coche, hizo que no acertara el fuego con el extremo del cigarrillo.

—No se preocupe. Al fin y al cabo prefiero que sea un conocido. Aunque comprendo su estado de ánimo. Todavía si fuera yo el que le llevara a donde vamos… se comprendería. Un empleado, un dependiente que escabecha a su amo. O al hijo del amo. Eso entra en lo normal… de las situaciones anormales. Pero así, desde luego, no debe ser muy agradable…

—¡Cállate!

La voz venía de uno que estaba sentado al lado del chofer.

—¿Por qué? ¿O es que no os basta con pegarme un tiro?

Claudio Luna tenía la cabeza vacía.

—Oiga usted, Claudio. Si por casualidad va alguna vez a Madrid, cuando ustedes hayan perdido…

El que estaba sentado a la derecha del prisionero le atizó un puñetazo, de revés, que le deshizo el cigarrillo contra la mejilla y le hizo sangrar la nariz, lo que no se vio porque todo era oscuridad, menos la carretera que alumbraban tibiamente los faros del coche. Sólo unas chispas del fuego del tabaco maltrecho cayeron sobre las rodillas del condenado y las de Claudio, sentado del lado contrario, formando unos juegos artificiales en miniatura. Siguió hablando el Maño, como si tal cosa.

—Vaya usted a la calle de Don Ramón de la Cruz, en el 18, pregunta por Enrique Guzmán, allí sirve mi hermana Pepita.

Era la primera vez que Jaime Oliete hablaba de su familia.

—Dígale… lo que quiera. Y que avise a los viejos.

Claudio creyó que se desmayaba. Hasta lo deseó. Matar al Maño, bueno: era una especie de expósito. Se acababa con él, y no había más. Pero, ahora, resultaba que estaba atado a la vida por varios cordones umbilicales, que no estaba solo. Las relaciones de amistad o políticas no contaban mucho para el joven burgalés, pero los familiares sí. Que ese era su mundo. Musitó:

—Descuida.

—Y saludas atentamente a tus padres.

En esa última frase tal vez había cierta mala intención. Pero nadie le contestó: Claudio porque no podía, los demás porque no les pareció mal esa manera de molestar a un compañero.

Y no hubo más que lo de siempre. El Maño quedó tirado en cruz, comiendo tierra.

II

Corrió la voz entre los conocidos y, por lo visto, a nadie le pareció mal, ya que todos siguieron saludando al caballerito, como si tal cosa. No faltaron amigos que le vinieron con el chisme —si a tanto puede llegar la palabra— a doña Juana. No se lo creyó, pero, para confirmar su seguridad y afirmarse en su convencimiento de la mala sangre de quien le vino con el soplo, le preguntó a su hijo lo que hubiera de cierto en aquello. El muchacho no negó. La madre no le dijo ni pío y se fue a rezar. Se había roto por dentro. Murió a los ocho días, sin abrir boca: sólo con su confesor, que salió haciéndose cruces, dándola por ida: la buena señora blasfemaba.

—¿Para eso eduqué a mis hijos? La una murió del pecho. ¿Por qué? El otro es un asesino, ¿por qué? Eh, padre, ¿por qué? ¿Por qué me castiga Dios? ¿Qué hicimos Claudio y yo? ¡Conteste!

El confesor procuraba calmarla, pero todo eran paños calientes.

—¿Sí o no sirven, los mandamientos? Yo nunca miré a un hombre, yo no robé, yo no maté. ¿Por qué mató mi hijo?

—Las necesidades, la guerra…

—¡Qué maten otros! ¡Bonito mundo organizó el Señor!

—Dios está por encima de estas cosas.

—¡Pues que baje! Y, de ahí en adelante, a doña Juana, que en su vida había dicho una grosería, se le hinchó la boca de veneno.

—El delirio, el delirio —aducía el buen clérigo, que no las tenía todas consigo. La absolvió, porque, de otra manera, ¿qué hubiesen dicho en Burgos?

El entierro fue de mucha ceremonia y copete. Claudio, de uniforme, veía, más allá del panteón familiar, la fosa común, enormemente abierta, con gusanos del tamaño de culebras.

Pidió ir al frente, y no se hicieron de rogar. Llegó al Guadarrama y pasó miedos de muerte, pero todos lo tenían por un dechado de valentía. Se emborrachaba con la idea de que la muerte no era nada. Que no importaba. Que qué más daba uno más o menos. Morirían tantos, que al Maño ni se le alcanzaría a ver.

No hubo misión para la que no se presentara voluntario. Pasó una noche, agazapado en una zanja, al lado de un muerto, bajo la luz de una luna insospechada. Había salido de patrulla con el cielo cubierto y, de pronto, se rompieron las nubes y nuestro hombre se encontró sin posibilidad de salir de su agujero. Por encima de su cabeza se armó una ensalada de tiros. El muerto empezaba a heder. No era gran cosa, pero el olor era insistente; tenue, pero seguido.

La cosa tenía gracia, pero la verdad es que Claudio empezó a tener miedo del muerto. No le asustaban tanto las balas que silbaban —a morir mates— a su alrededor, sino el cadáver. No se lo explicaba, aunque intentaba razonar: —Es un fiambre. Está muerto. El olorcillo no bastaba para explicar su sentimiento. Empezó a figurarse la vida del difunto. Era joven, mal afeitado, flaco. Flaco. Claro. El Maño.

Y la sangre manó por el cogote. El tiro de gracia. ¡Qué hombre! A éste debieron darle cuando miraba para atrás. ¿Quién sería? Arrastrándose podría, sin peligro, llegar hasta él, ver su documentación. Nada se lo impedía, como no fuese el miedo. El asco. El Maño.

El olorcillo tenue. ¿Hasta cuándo estaría metido allí? ¿No vendría una nube? La luna parecía ahuyentarlas. Un conejo. Era un conejo. Lo habían cazado como un conejo. Y ese joven, ahí, a su lado, muerto. Seguramente había muerto el día anterior. ¿Dónde estaría su alma? El cielo, el purgatorio, el infierno. ¿Creía de verdad en todo eso? El padre Rigoberto le había absuelto. Además, había comulgado el día anterior, en Segovia. Si moría, podría ir al cielo, cuando mucho al purgatorio. En cambio, el alma del Maño debía estar en el infierno. Sabía que no. Procuró huir de esa idea y concentrarse en el muerto que tenía al lado. ¿Cuántos años tendría? ¿Veinte? ¿Veinticinco? ¿Andaluz, gallego? Decidió que era bilbaíno, por la boina. Había muerto en defensa del orden y de la religión. De pronto, le asaltó una duda, ¿y si fuese un rojo?

Se sintió desgraciado, miserable, pequeño. Iba a morir, y no le importaba. Entonces, ¿por qué tenía miedo? Iría al cielo. No, no iría al cielo, ni al infierno, ni a ninguna parte. Moriría, y no habría más. Se quedaría como ése, hediendo. Y llovería, y nevaría, y se desharía. Y no habría más. Por eso tenía miedo. Veía su mano, enorme, apretando el gatillo para que saltaran en trozos los sesos del Maño, la luz redonda de la linterna, súbitamente apagada. El traquido y, luego, nada. Ahora, por lo menos, las balas silbaban. No, hacía rato que ya nadie disparaba. La luna sola, allí arriba, y a lo lejos, holanda, tenues nubes. El silencio. La tierra, los pedruscos, que le dolían. Se atrevió a moverse un poco. Una guija desprendida le atenazó de pavor. Se quedó encogido, las manos agarrotadas en el fusil. «Con el alma en un hilo». Un hilo de sangre. «No le quedaba una gota de sangre en el cuerpo». Se ciscaba de miedo. No pudo más, y, convulsivamente, se bajó los pantalones. Así le agarraron prisionero.

—Yo siempre he sido de izquierdas.

—¿Te querías pasar?

—Sí.

El capitán Calvo se le quedó mirando, la nariz entre el pulgar y el índice, que era el gesto natural, en busca de algún pelo que le saliera de uno de los orificios.

—Todos dicen lo mismo.

—Yo estaba de vacaciones en Burgos. Pero pueden preguntar a algunos compañeros míos de la Universidad.

—Échale un galgo.

—Pregúntele a don Nicasio Gómez de Urganda.

El nombre del ilustre civilista impresionó tanto al capitán que, aunque lego, había oído nombrar repetidamente al famoso catedrático, gloria del foro madrileño y diputado socialista.

—He sido discípulo suyo.

Era cierto, y Claudio Luna se dio cuenta de que jugaba sobre seguro. Hacía tres años de ello, y, aunque no se distinguió entonces por nada, tampoco era carca. Cambió, por mor de sus amistades, allá por el 34, sin bullanguería alguna.

El capitán logró agarrar un pelo, lo arrancó, el dolorcillo le produjo satisfacción. Además, era joven y optimista. Decidió enviar el prisionero a Madrid. Que resolviesen allá. Claudio levantó el puño con el mayor entusiasmo.

—Viva la República, compañero.

—Viva.

—Salud.

—Salud.

Entró en la capital con un convoy de abastecimiento, después de haber dado al capitán y a un teniente, llamado al efecto, todos los informes que le pidieron y otros más que adujo voluntariamente. El Maño se lo agradecería, o, por lo menos, así se lo figuraba, aunque no muy claramente.

Don Nicasio Gómez de Urganda vivía, con su barba, en la calle de Velázquez. Era hombre de peso y seso, buen orador como se puede suponer y bastante satisfecho de sí y de su ciencia. No dudaba de gran cosa y menos de sus dotes políticas, por la sencilla razón de que carecía de ellas, aunque, eso sí, tenía grandes facultades de cacique. Lo cual explicaba el equívoco.

Contaba, ante todo, con el rendimiento de sus discípulos, que le rodeaban de una corte donde nada faltaba, del lamezancajos al bufón, todos ellos bien colocados en prebendas gubernativas desde el advenimiento de la República, a cuya traída tanto había contribuido el ilustre tribuno. Él, desde luego, no aceptó ningún cargo público. Era un intelectual, nada más que un intelectual. Algún consejo de administración más —que no los despreció bajo el ominoso dictado de la monarquía—, algún cargo bien retribuido en cosas tan de su competencia como la Tabacalera, los petróleos, o el Banco de España, pero, eso sí, ninguna cartera, ninguna subsecretaría —y no porque no se los ofreciesen en las numerosas crisis sucesivas—. Tenía su peña, donde criticar; y sonreía, en el secreto.

Con la guerra prestó sus servicios profesionales al Gobierno y se hablaba, por aquellos días, de su marcha al extranjero, al frente de una Legación. Él negaba: Mi sitio es Madrid, al lado del Gobierno.

Tras no pocas indagaciones lograron alcanzarle por teléfono.

—¿Claudio Luna? Sí. Desde luego. No. Que yo sepa, nunca fue de derechas. Discípulo mío, desde luego. Tráiganlo. Sí, respondo por él.

Basto aquello, y Claudio Luna se vio libre por las calles de Madrid.

III

Lo primero que hizo fue entrar en una peluquería y hacerse afeitar el bigote. Con ligeros retoques, el uniforme le servía. Madrid era, naturalmente, el mismo, pero cambiado. La mayoría de los coches, veloces que meses atrás, llevaban anagramas pintados en blanco, según los sindicatos, partidos y agrupaciones a que pertenecían. Milicianos de mono azul. Fusiles. Pero, superficialmente, las cosas parecían seguir su curso normal: las tiendas estaban abiertas, la gente tomaba el sol. Las patrullas recorrían las calles. Se oían algunos disparos. La soledad señoreaba manzanas enteras.

Claudio, que no era ningún portento de inteligencia, pensó que le convenía huir de sus amistades de los últimos meses y acogerse a las que tuviera años atrás, cuando todavía no frecuentaba los cafés donde se reunían los Sánchez Mazas, Alfaros, Mourlanes, Peláez y otros Sánchez, núcleo intelectual de Falange. Por otra parte —pensó— no deben de andar sueltos. Consideró, un momento, la conveniencia de acogerse al asilo de una Embajada. Pero eso era declararse beligerante y, lo que él quería, y suponía posible, era desligarse de todo y que le dejaran en paz. Para eso, necesitaba dinero, y no lo tenía. Tendría que pedírselo a algún amigo de su padre. Y avisar a su familia que, sin duda, a esas horas, llevaría su luto.

Le habían devuelto las veinticinco pesetas que llevaba encima. Entró en un café de la calle de Alcalá para poder pasar revista, con tranquilidad, a quién podía recurrir.

Con los Cifuentes no había que pensar. El viejo, seguramente, estaría en París. Igual sucedería con la familia de Rigoberto Martínez. Eran las dos familias más amigas de la suya. Tal vez pudiera probar llamando por teléfono… Pero ¿si estaban intervenidos, como seguramente lo estarían? ¡Gentes de izquierda!, —se atosigaba—. ¡Gentes de izquierda! ¿Los Torner? Sí, ¿por qué no? Don José Torner era un pintor célebre, viejo liberal, con sus ribetillos republicanos por aquello de ser oriundo de Valencia. Y, ya se sabía: Blasco Ibáñez, Sorolla, el propio Benlliure, conservaban, para la gente, —quién sabe por qué—, un cierto tinte democrático, quizá nacido de la condición humilde que los arropó en sus comienzos.

Fuese a la calle de Valverde, donde vivían. Le abrió una criada vieja, a la que recordaba vagamente. Don José había muerto y su familia estaba en Valencia.

Subió hacia la Gran Vía y, al llegar a la Telefónica se acordó de Dorita Quintana. ¿Cómo no había pensado antes en ella?

Lo reunía todo: era argentina y amiga íntima de toda clase de políticos de izquierda. Tuvo ganas de empezar a bailar. ¿Estaría en Madrid? ¿O ya en San Sebastián el 18 de julio? Entró precipitadamente en un café, consultó el listín de teléfonos y marcó el número. Jadeaba. La llamada, intermitente, se le hizo eterna. Telégrafo Morse que le parecía marcar su destino.

—¿La señorita Dora?

—Acaba de salir.

—¿Tardará mucho en volver?

—No lo sé ¿Quiere dejar algún recado?

—No. ¿A qué hora volverá?

—¿De parte de quién?

—De Claudio Luna.

Se volvió al pronunciar su nombre, como si hubiese cometido una imprudencia.

—La señorita no dejó dicho nada.

—¿Irá a comer? Es urgente.

(¿Qué tontería acabo de decir? ¿Por qué urgente? ¿Cómo se lo explicaré?).

—No creo que vuelva hasta la noche. No dejó dicho nada ¿Quiere usted que le diga algo?

—No, nada. Ya volveré a llamar.

Las cosas no salen nunca exactamente como uno quisiera. Pero está en Madrid. Estoy salvado. ¿Qué hago hasta la noche? ¿A quién más puedo buscar? Lo mejor sería meterme en un sitio donde no me vieran. Un hotel. Pero no tengo dinero.

Claudio Luna es de esos incapaces de pedir una habitación como no tenga, en el bolsillo, lo necesario para pagar una semana de hospedaje. Salió a la calle, el sol restallaba en las fachadas. La primera persona con quien tropezó fue con Dorita Quintana.

Lo de Dorita es un decir, que la moza es alta y con carnes abundosas que explaya con ganas, amiga, como lo es, de no pasar desapercibida. Altas piernas, alto pecho, anchas pantorrillas, anchas caderas sueltas. Los hombres se vuelven y ella se queja, encantada. Dorita escribe, pinta, esculpe, estudia griego, filosofía, psicoanálisis, medicina, toca el piano, cocina, baila como nadie, va, viene, no pierde conferencia, cocktail —cuando los había—, recepciones, hija como es de un diplomático fallecido, pero de todos bien recordado. Vive de una corta pensión, que se gasta los primeros días del mes y luego, sin saber cómo. Tiene amores desgraciados y es adorada por don Ceferino, hombre casado y de buena posición, que pasa por todo y responde de lo que sea. Dora es sentimental, buena y capaz de cualquier cosa. Se interesa por todo y habla de lo que sabe e ignora. Miente sin darse cuenta y sin que le importe. Los ojos saltones, la boca ancha y húmeda. Veintitantos años, no tantos como dice la gente. El corazón grande, albergue propicio de penas ajenas. Se desvive por ayudar a la gente. Va y viene, Arregla esto y aquello. Y fulano, y fulana, y la comedia de Pepito, y el retrato que acaba de hacerle Gabrielito. Todo son diminutivos, todos hijos suyos, todos buenos y mejores.

—¡Dora!

—Hombre, Claudio. ¡Tantos años sin vernos! ¿Dónde te habías metido? No supe más de ti después de lo de Anita. ¿Qué ha sido de Anita? ¿La sigues viendo? ¿Dónde vives? ¿Qué haces? ¿Militar? Te sienta bien el uniforme. ¿Con quién estás? ¿Sabes que Luis está con Mangada? Alfonso anda con Sarabia. ¡Buena la han armado! Pero no saben lo que les espera. Yo trabajo en Marina. Con Prieto. Traduzco. Es fantástico. Eso sí que es vivir, y no lo que hacíamos antes. Pero, chico, di algo. ¿Me convidas a tomar una copa? ¿No vas por la Alianza de Escritores Antifascistas?

—Acabo de llegar.

—Vas a ver, aquello está fantástico. Estamos todos. Todos trabajan. Bergamín, Gustavo Durán, Díez-Canedo, acaban de llegar los Alberti, Prieto, Chabás, Farías, no tienes idea. Da gusto. Tú, ¿dónde estabas?

—En Burgos.

—¡No me digas! ¡Qué bárbaro! ¿Y te has escapado? ¡Eres un hacha!

—No tengo un céntimo, ni dónde ir.

—No te preocupes. El mundo es nuestro. Es fantástico. Te darán un cuarto en cualquier palacio de los incautados. ¿Qué piensas hacer?

—No sé.

—¿Quieres trabajar en Instrucción Pública? Están organizando unos grupos para hacer teatro para los pueblos. ¿O te gustaría más en lo de la Protección Artística? ¿Hablas inglés o alemán? Porque ahora sería el momento. Necesitan traductores. No lo digas, pero en el Palace hay una misión soviética. Gustavo va a trabajar con ellos.

—Ya sabes, yo, un poco de francés y gracias.

—Es una lástima. Pero no te preocupes. ¿Tú eras de Izquierda Republicana, no?

—No. Nunca he pertenecido a ningún partido.

—No importa. Podemos ir a ver a Rosales. Él te colocará en Hacienda. Hacen falta ingenieros.

—Yo estudio Derecho.

—Mejor. Hace falta gente en los Bancos. ¿Quieres que vayamos allá? O mejor le llamo por teléfono. No, quédate. Yo hablo con él. A mí no me puede negar nada. Y viniendo tú fugado del otro lado, menos.

Dorita se levantó y fue, majestuosa como siempre, a llamar por teléfono a Damián Rosales. Claudio no daba crédito a lo que veía. Daba gracias a Dios, con quien se reconciliaba a favor de la tercera copa de manzanilla que paladeaba, sintiéndose nacer. Todo cobraba color y calor.

—Hecho. ¿No te lo decía yo? Vas mañana a verle, a las once. Hoy no puede. Tiene no sé cuántas juntas.

Rosales le había preguntado si ella respondía de él. No quedó atrás la generosidad de la exuberante y entusiasta argentina.

—¡La de cosas que va a hacer el Gobierno! ¡Ya verás! La reforma agraria, las nuevas escuelas, los nuevos maestros, el nuevo teatro, los museos acrecidos, las bibliotecas populares, el arte para el pueblo…

El entusiasmo de Dora Quintana era sincero y convincente. Claudio se dejó ganar, deseoso, ante todo, de olvidar. Para esconderse, lo principal era cambiar de caparazón. Realizaba su muda con facilidad. Sin darse cuenta de que quería, ante todo, esconderse a sus propios ojos, convencido de que así nadie iba a reconocerle.

—¿Y cómo están las cosas del otro lado? ¿No se dan cuenta que están perdidos? La marina, el dinero, todo lo tenemos nosotros. Las noticias que tenemos son tremendas, han fusilado a no quieras tú saber cuántos. Bueno, tú lo sabrás mejor que yo.

(Claudio pensó, un segundo, que aquella mujer estaba jugando con él, que lo sabía todo. Le ardieron los adentros, estuvo a punto de echar a correr).

—¿Te acuerdas de Adela? Se casó con el tercer Secretario de la Legación del Brasil. ¡Figúrate, pobrecito! Vamos andando hasta la Alianza. ¡Ya verás qué biblioteca! ¡Y la tenían cerrada como una cueva! Por mucho que se destruya con lo que está saliendo de cuadros y de libros saldremos ganando. Vamos.

Claudio pretextó un vago quehacer. No quería meterse entre estudiantes e intelectuales que seguramente sabrían de su amistad con los falangistas, de su asistencia a sus peñas y, tal vez, de su ingreso en el Partido, aunque eso era más difícil. Mientras todo se redujera a Dora y a su grupo de íntimos todo iría bien: Había dejado de verlos desde hacía tres años y no era él persona de quien se hablara. Por otra parte, nadie tomaba muy en serio a la Falange por aquel entonces.

Dorita se fue, Gran Vía abajo, meneando los adornos que Dios le había generosamente otorgado.

Se verían a la caída de la tarde, en casa de la joven.

—Verás, chico, te presentaré a una cubanita, que… ya verás.

Madrid. Estaba en Madrid. Las ventanas cuadriculadas le parecían páginas enormes de un libro. No lo lograba creer. Madrid y el Maño. Pero ¿fue él quien lo remató? Empezaba a dudarlo.

La luz redonda de la lámpara de bolsillo. El Maño tirado en tierra —tirado de tirar, de tirar a matar— y él, él con su pistola en la punta de su brazo, como si el cañón de la misma fuese un índice prolongado, terrible, vomitando, acusador. Sí, no había duda. El sol parecía plomo, pesaba. Se dejó caer en una silla y le limpiaron los zapatos.

¿Qué haría hasta la noche? Huir de los que le pudieran reconocer, hasta orientarse y tener un escondrijo seguro. Y luego, si era posible, a Barcelona, o a donde fuera, donde no le conocieran. Pero ¿qué hacer hasta las seis de la tarde, expuesto como estaba a que alguien se fijara en él y recordara sus últimos antecedentes?

Se metió en un cine de actualidades. Vio tres veces el programa, no aguantó más y salió a la calle a las tres de la tarde.

Sí, naturalmente, podía ir a ver a la hermana del Maño. Eso lo sabía desde el principio. Pero no quería hacerlo. ¿Por qué, qué necesidad tenía de ir a verla? ¿Qué le contaría? ¿Qué más daba? Ya lo tenía planeado, sin haber pensado siquiera en ello. Pero ¿por qué meterse en la boca del lobo? Era absurdo. ¿Qué había visto en el cine? Un corto acerca de Islandia. Sí. Dos dibujos animados de Walt Disney. Actualidades norteamericanas. Una cosa de cómo limpiar los cristales y un señor de Kentucky que fabricaba conchas de madera. Y vistas de Barcelona, retahílas de camiones repletos de combatientes que salían hacia Aragón. El presidente Roosevelt, los últimos trajes de baño. Aquellos muslos, aquellos pechos cínicos, cilíndricos, perfectos, aquellas sonrisas a tanto el segundo. Al fin y al cabo, ¿por qué no ir a ver a la hermana del Maño?

Sin querer, ya estaba en Las Salesas, bajó hasta la Castellana. Aquel traje de baño blanco, brillante… Cruzó el paseo y, sin darse cuenta, ya estaba rondando el 18 de Ramón de la Cruz.

—Arriba, principal derecha.

La portera lo miró con desconfianza. Tardaron muchísimo en abrir, tuvo que llamar tres veces, y contar luego hasta veinte. Ya se marchaba cuando entreabrieron.

—¿Qué deseaba?

—¿Sirve aquí una tal Pepita Oliete?

La vieja lo miró con curiosidad.

—¿Servir?

—Le traigo noticias de su familia.

—¿De su familia?

La vieja entrecerró los ojos, para ver mejor. Dudó un momento. Luego se apartó y dijo, con cierta chanza:

—Pase usted.

El recibidor, un tanto recargado, era buena muestra de una casa burguesa en su apogeo de hacía cincuenta años: perchero, columnas salomónicas con estatuillas de negros venecianos, palmeras artificiales, cortinas de terciopelo carmesí.

—Pase usted.

A la derecha, el salón. Una sillería Luis XV, dorada, tapicería ajada; un juego de espejos, en marcos dorados muy envolutados de oro; mesillas, tapices. Cojines.

La vieja se asomó a otra habitación.

—Diana, aquí hay un señor que pregunta por ti.

Y, volviéndose hacia Claudio:

—¿Quién le dio la dirección?

—Su hermano.

—¿De veras?

El hombre estaba desconcertado. Evidentemente la vieja —pequeña, insignificante, con un bigotillo— le miraba con cierta malicia.

—No sabíamos que Pepita tuviera un hermano… Aquí la llamamos Diana. Por casualidad sé que se llama Pepita.

—¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Teresa Revilla, para servir a Dios y a usted. Hubo una pequeña pausa, la vieja prosiguió, amable.

—¿Usted no es de aquí?

—No, señora.

—¿Nunca había venido aquí, a la casa?

Un busto del Dante, de mármol blanco, y grandes cuadros de flores en anchos marcos dorados. Gruesos cortinones de tapicería, y otras blancas, de tul, con lazos azules. Una luz amable, una temperatura templada.

—Siéntese, hágame el favor. No tarda.

Un suspiro.

—¡Qué tiempos, Dios mío, qué tiempos! ¿Usted es militar?

—No.

—¿De la policía?

—Tampoco.

—¿Cuándo cree usted que acabará todo esto?

—No lo sé.

—¿Pronto?

—Es de suponer.

Claudio, en las dudas, empezaba a darse cuenta, y a tranquilizarse. Se sentó.

—Con su permiso.

—Está usted en su casa. Tendrá que perdonarnos: esto no es sombra de lo que era antes. ¿Cree usted que volverán los buenos tiempos? Esto, antes, daba gloria. Ahora ya no hay gente decente.

—¿Qué le importa a este señor lo que pienses? ¿Cuántas veces hay que decirte que te calles?

—Es que el señor tiene cara de persona decente.

La que había entrado era una mujer morena, alta, de frente un tanto estrecha, cejas pobladas, nariz aguileña, boca bien dibujada, con las comisuras cortadas por dos graciosos pliegues que le formaban las mejillas, la barbilla voluntariosa.

—Usted perdone. No sabe lo que dice.

—¡Qué no sé lo que me digo! Ya quisieran más de cuatro…

Y salió.

—¿Viene a ver a Pepita? No tarda, estaba arreglándose. Su hermano, ¿está en Burgos?

—Sí. Estaba.

—¿Dónde anda ahora?

—Ha muerto.

—Ah…

—Antes de morir me encargó que avisara a su hermana, para que ella, a su vez, lo hiciera saber a sus padres.

Entró una joven.

—Buenos días.

—Un momento. ¿Quieres esperar un momento? Quiero decirle dos palabras al señor.

—Con permiso.

La joven se retiró, llevando tras sí la mirada desconcertada de Claudio.

—¿Es ella?

—No. Yo soy la hermana de Jaime. El no supo nunca… mi manera de vivir. Perdone el engaño, en estos tiempos no se sabe nunca. ¿Dónde murió?

—En Burgos.

—¿De qué?

—Una pulmonía doble que se lo llevó así, de pronto.

—Y usted, ¿viene de allá?

—Si.

—¿Cómo es eso?

—Pues…

—Dispense la curiosidad.

—Es muy natural.

—¿Estaba bien? Quiero decir, contento. ¿Se casó?

—No.

—Hacía mucho tiempo que no sabía nada de él.

A aquella mujer parecía no importarle mucho la muerte de su hermano.

—¿Dejó algo?

—No creo. Estaba de pasante en casa de…

—Eso sí lo sabía.

Cayó la conversación en un pozo. La mujer pasó su mano por la frente.

—¡Qué le vamos a hacer! Así es la vida.

Así es la vida, pensó Claudio. Es curioso: dicen así es la vida, cuando se trata de la muerte.

—¿Le gustó la valencianita?

—¿Quién?

—La chica que entró antes.

—Sí.

—Ahora se la mando.

—Es que no tengo dinero, ahora.

—No importa. Ya pagará otro día. Es lo menos que puedo hacer para pagarle su molestia.

—Muchas gracias.

Claudio se sintió inundado de una profunda alegría. ¿Qué más Podía pedir? Se marcharía a las seis menos cuarto. Para colmo de bienes, Dora no vivía lejos.

—¡Julieta!

Entró la moza.

—¿Vuelvo a llamarme Julieta?

—Sí. El señor es un amigo. Habíamos preparado un pequeño «qui pro quo» —dijo la Oliete, dando en entender su cultura, Y cómo había calado la condición señoritil del visitante— podéis ir al cuarto azul. El señor es mi invitado.

Julieta es joven y bien metida en carnes, los ojos grandes, las ojeras moradas, la nariz pequeña y redonda, la boca chica, la barbilla suave, con una ligera papada, dulce, que llevaba a un corto cuello y a un pecho abundante y firmemente sostenido sobre una cintura estrecha, caliente, que cabe en el hueco de dos manos. Las piernas cortas, los pies pequeños. Dulce. La piel como pelusilla de melocotón, blanda, como ciruela, madura.

—Me gustas.

—Y tú, a mí.

¿Quién lo decía?

—¿Volverás?

—Cada vez que pueda, —un silencio y el largo deslizar de la mano por el perfil suave de todo el cuerpo del dedo gordo a la frente.

—¿No podríamos vernos fuera de aquí?

—¿Para qué? Ahora no viene nadie. No sé cómo te abrieron. ¿De qué conoces tú a doña Josefina?

—¿Yo? De nada.

—¿Entonces?

—Cosas de la vida.

La frase volvió a chocar en los adentros: El Maño, cosas de la vida.

Todo fue a pedir de boca. Damián Rosales le colocó en una dependencia del Banco de España. A imitación de algunos de la CNT, en la que ingresó, Claudio Luna empezó a dejarse crecer la barba.

Pensó avisar a sus padres, pero tuvo miedo. Y lo dejó estar, ya habría ocasión: lo primero era su tranquilidad. Además, tenía la sensación de haber roto con su pasado, de ser un hombre nuevo. Dudó si debía cambiarse el apellido. No lo hizo porque Dora le había presentado con el verdadero. Iba todos los días a la calle de Ramón de la Cruz, charlaba —sin pizca de remordimiento— con Pepita y se acostaba con Julieta. Se acoplaban perfectamente. Ella había querido ser actriz, y no lo logró. Se volvía pava en cuanto había que levantar la voz. Se consoló pronto y jugaba al teatro, con el mayor éxito, en cuanto podía musitar las cosas.

Una tarde, cuando, ya anochecido, Claudio iba a salir, lo retuvo Pepita.

—Un amigo quiere hablar contigo.

—¿Un amigo?

—Sí, pasa.

Entró en el salón y se enfrentó con un desconocido, de gafas oscuras, joven, alto, de nariz aplastada, y, como todos: sin corbata.

—Rafael Sánchez.

—Usted dirá.

Pepita desapareció a una indicación del mozo.

—Te felicito. Todos te daban por muerto. ¿Has hecho alguna gestión para que tus padres sepan que vives?

—No.

—Magnífico. Ahora cuéntame cómo te las has arreglado.

Claudio intentó salir del atolladero callando lo principal. Pero no le valió sino felicitaciones.

—Me doy cuenta, pero no te preocupes. Puedes tener confianza. Tengo datos fidedignos. Sé de tu comportamiento ejemplar, lo mismo en Burgos que en el frente. Y, desde luego, tu actuación aquí ha sido de una habilidad asombrosa. Vas a sernos utilísimo. Como comprenderás, Mola entrará en Madrid antes de un mes. Estos desgraciados no saben lo que les espera. Por ahora no tendrás relación más que conmigo, y eso a través de Pepita. Tu puesto es demasiado bueno para echarlo a perder con una imprudencia.

—Pero, es que yo no quiero meterme en nada.

—¿Lo dices en serio?

—Y tan en serio.

—No lo puedo creer.

—Pues créetelo. Pasé lo mío, y ya basta.

Claudio se daba cuenta de lo falso de su situación, en seguida se le representó que la persona que tenía delante sabía lo necesario para obligarle, pero jugó la carta, por si acaso. Como es natural, no le valió. Se lo reprochó luego y procuró enmendarse, sin gran éxito. Adujo que quería probar a su interlocutor. Este había seguido sin ambages:

—Una de dos: o te denunciamos, o le contamos a Pepita lo de su hermano, puedes escoger. Y, si no, ambas cosas. No queremos demasiado: que nos informes de cuanto puedas saber en el Banco, que no será poco. Y que trabajes unas horas, de noche, en una emisora que tenemos.

—¿Dónde?

—Aquí.

—La descubrirán.

—¡Cá! No tienen con qué.

Era verdad.

Dora le había conseguido una habitación en casa de un amigo cuya familia había medio huido a Francia, dejando una solterona y un sobrinillo, para que no dijeran. Vivía también allí el secretario del Subsecretario de Marina, con su mujer. Así, la casa estaba al cubierto de incautaciones. Solían desayunar juntos.

A la mañana siguiente le encontraron mala cara a nuestro joven. Claudio adujo una pésima noche, lo que era cierto.

¿Qué hacer? Podía denunciar a Pepita, hacer causa común con el Gobierno. No hay duda que se lo agradecerían. Pero ¿y Julieta? ¿Y sus padres? Además, al fin y al cabo, era de Falange. Harían indagaciones. Se sabría de su posición política inmediatamente anterior a la rebelión. Claro que una buena traición arregla muchas cosas. Pero… Además, al fin y al cabo, aquel hombre auguraba que los suyos iban a llegar pronto a Madrid. Las noticias militares lo abonaban. Podría, quizá, conllevar la situación, traicionar, pero poco: no decir cuanto sabía, sino lo necesario para quedar bien. Se daba cuenta de que, si le descubrían no le iba a servir para maldita la cosa, pero: quedaba bien consigo mismo. A medias, como siempre.

Era evidente que lo de Mallorca había fracasado, Mola estaba en Gredos; Yagüe, en Talavera de la Reina. El 10 de septiembre supo que, el día anterior, habían llegado a Arenas de San Pedro, fusionándose, los ejércitos del Norte y del Sur. En estas condiciones, se aseguraba en su iniquidad. ¿Quién no haría lo que yo?

De ocho a nueve transmitía unos mensajes, en clave, de la que no tenía conocimiento. El aparato estaba metido en la despensa de la casa, bastante bien oculto tras pilas de ropa blanca que habían sido, allí, el pan de cada día. Por otra parte, el jamón, las conservas, las patatas empezaban, si no a escasear, sí a ser atesoradas y no habría de sorprender su falta en los aledaños de cualquier cocina.

El 3 de septiembre Álvarez del Vayo y Araquistáin fueron a sacar a Largo Caballero de la cama y le convencieron de que debía tomar el poder.

—¡Ahora sí!

Madrid empezó a cambiar de fisonomía, parecía que las piedras se tintaban de otro color, menos dorado, más gris, más serio. Corrían menos coches.

Pero el 20 los rebeldes tomaron Santa Olalla, el 21 Maqueda, Torrijos el 22, el 26 estaban a 10 kilómetros de Toledo. El 13 Mola había entrado en San Sebastián, el 22 estaba en Zumaya. En Asturias, el día 14 ocuparon Grado. En Andalucía, el 15, cayó Ronda, el 21 Jerez de los Caballeros, el 22 Torres Cabrera y Arjinarrojo. El 29, en Burgos, Franco fue nombrado jefe del Estado y Generalísimo.

En Comunicaciones sabían, naturalmente, de la emisora facciosa, pero no la podían localizar: faltaban los medios. Gustavo Gómez Arredondo, encargado del servicio, no daba pie con bola.

Las reuniones, en casa de Dora Quintana, habían variado no poco. Primero se habían reducido. Quién sabe cómo, primero unos cubanos, terceros secretarios de la Legación, luego el canciller de Colombia, después el cónsul general del Brasil, que no solían faltar, de cuando en cuando, a probar el daiquiri de Dorita, habían ido desapareciendo, los unos avisando y los otros sin hacerlo. Dora había intentado cubrir las bajas con otras personas amigas. Estos dieron un aspecto distinto a las reuniones.

Vinieron algunos periodistas de «El Sol» y «La Voz», cuya redacción estaba cerca, Gustavo Gómez Arredondo y un poeta jorobado, de grandes ojos dulces, muy aficionado a las novelas policíacas. Claudio Luna solía llegar tarde. Iban luego a cenar a cualquier tasca y, algunas veces, recalaban en Martín o cualquier cabaret.

El tono de la conversación solía ser despreocupado, se procuraba no hablar demasiado de la guerra, como no fuera para pedir el parte oficial. Los pesimistas callaban.

Una noche se le escapó a Gómez Arredondo algo referente al problema que le preocupaba. Se interesaron todos, mientras Claudio se puso blanco y a sudar. El jorobadillo aseguró que dar con la emisora era lo más fácil del mundo. Iba a explicar el cómo cuando el funcionario de Comunicaciones le atajó.

—Si de veras se te ocurre algo, ven a verme mañana.

—Hecho.

Claudio dio parte de la conversación. Se encontró con Rafael Sánchez en la Biblioteca Nacional. Este le tranquilizó.

—No te preocupes. Faltan sólo unos días. Luego, ya verás. He avisado a tus padres. Ya llevaban luto. Están orgullosos de ti.

A pesar de todo el joven estaba lejos de tenerlas todas consigo. Adelgazaba. Le dolía el estómago.

—Lo que tú tienes es miedo, —le dijo Julieta.

—¿Qué tú, en mi lugar, no lo tendrías?

—Pues sí.

—¿Por qué no nos vamos?

—¿A dónde?

—A Valencia. ¿No tienes familia allí?

—¿Y los salvoconductos? A ti no te tiene que ser difícil conseguirlos.

—¿Qué razón doy?

—Cualquiera. Que tu padre está grave.

—Saben que está en Burgos.

—Arréglatelas.

—Es fácil de decir.

—Ahora salen muchas dependencias del Gobierno. A Albacete y a Valencia.

—A Albacete, es verdad, y no sé a qué santo. Es un pueblacho indecente.

—La cuestión es salir de aquí.

Salir de aquí… De donde quería salirse Claudio era de su piel, se encontraba incómodo en ella. Convertirse en mosca. Eso era lo que quería, lo que deseaba. Lo tenía todo muy bien pensado: una vez vuelto mosca se metería en un coche, bajaría hasta Atocha, volaría hasta el rápido de Valencia, se introduciría en un coche cama, con lo que tal vez se aprovecharía para ver desnudarse una mujer de su gusto. En Valencia, iría al Grao y, en un barco, a Francia.

Claro está que tampoco estaría mal meterse en la Presidencia del Consejo y asistir a un Consejo de Ministros para enterarse de la verdad de las cosas.

Gómez Arredondo recibió al jorobeta en su despacho del Ministerio de Comunicaciones.

—Tú dirás.

—Es el huevo de Colón: quizá no es cuestión de un día, pero seguro. ¿Hay posibilidad de cortar la corriente eléctrica por sectores, no?

—Desde luego.

—¿Vosotros oís las transmisiones?

—Sí.

—Bueno. Entonces se corta la corriente, pongamos del barrio de Salamanca. Si la transmisión se interrumpe, pues ya se sabe dónde está, en qué barrio está la emisora, y luego se sigue haciendo lo mismo por calles, si es posible; y luego, de casa en casa. No puede fallar.

Gómez Arredondo se quedó de piedra.

—¡Qué imbécil soy! —exclamó.

—O qué inteligente soy yo —dijo, sonriendo, el poeta.

—¿Quieres ayudarnos?

—Con mil amores.

A los tres días sorprendieron a Claudio Luna.

La detención de Claudio Luna, y su inmediata confesión, obtenida sin dificultad, con todo lujo de detalles necesarios e innecesarios, llevó la policía a casa de Dora Quintana, que se tragó un susto de órdago. Su buena fe evidente la salvó de mayores males, pero no la libró de pasar una noche en la Dirección General de Seguridad. Lo que bastó para que, al día siguiente, hiciera las gestiones necesarias para salir de España, lo que consiguió fácilmente, en horas. Tan pronto como llegó a París se las dio de víctima y habló pestes de la República.

Por pura casualidad no estaba Julieta en el piso de la calle de Ramón de la Cruz al presentarse allí la policía. Volvía del cine. La aglomeración de algunos curiosos ante el patio de la casa le advirtió de que algo anormal sucedía. Se hizo la distraída y vio salir, custodiados, a Pepita y a Claudio. No le costó trabajo hallar acomodo en otra casa. Una vez allí, se puso a pensar. (Julieta Jover era así: decidía las cosas de antemano: ahora voy a divertirme, ahora voy a dormir, ahora voy a pensar, ahora voy a comer, y se divertía, dormía, pensaba y comía sin interferir otras actividades. Por eso, tal vez, sus decisiones eran firmes y nunca se volvía atrás).

A Julieta la política le tenía sin cuidado, no le importaba lo más mínimo. Cuando escapó de su casa quería ser cómica. Lo intentó y no lo logró. Se dio cuenta de sus fallos y, una noche resolvió dejar las tristes tablas que pisaba, y ser puta rica. No iba por mal camino, cuando se interpuso el alzamiento militar. Dada su condición pensó que más le convenían los rebeldes y no tuvo empacho, aun sin ayudar en nada, en tolerar los tejemanejes de Pepita y Claudio. Se enamoriscó del joven por esa particular e importante condición. Pero, ahora, la cosa variaba. No iba a entremeterse; lo que le convenía era volver a casa en espera de una hora mejor. Había que reconsiderar la situación. Si vencían los republicanos no parecía que el oficio que había elegido últimamente tuviera gran porvenir inmediato. De vencer los otros, sería otra cosa y siempre habría tiempo. Es decir, que le convenía entreabrir un paréntesis. Para llenarlo nada mejor que la familia.

Pero no fue así: al ir a buscar su salvoconducto para dirigirse a Valencia tropezó con Lola Cifuentes; la conocía de cuando quiso ser actriz; al mes estaban en Barcelona.

Un Tribunal Popular, de los de reciente creación, juzgó a Claudio y a Pepita. Los condenaron a muerte, con todas las de la ley. A Pepita, quién sabe por qué —Rivadavia sí lo sabía—, le conmutaron la pena. Don Nicasio Gómez de Urganda intervino para salvar la vida de su antiguo discípulo.

—¡Hombre! ¡Hombre!, —decía estirándose la barbichuela—, ha sido discípulo mío…

No le cabía en la cabeza que varón que le hubiese escuchado fuera reaccionario.

—Es un buen chico. Eso de fusilar es una barbaridad.

Logró que se pospusiera la ejecución.