Asunción Meliá

I

Como siempre, voy a llegar tarde al ensayo. Quisiera saber por qué me sucede. Y no hay remedio. Adelanté el reloj media hora, pero lo sabía. Fue peor. ¡Y cómo me regañaba mi padre por eso! Mi padre… muerto. ¿Qué ha sido de Amparo? Nadie lo sabe. O no me lo quieren decir. ¿Qué haría con ella, si se presentara, ahí, en la puerta? La mataría. Pero ¿cómo? No tengo pistola. Vicente me quería regalar una, pequeña. Pero no quise… Si la tuviera, y ella estuviese ahí, ¿qué haría? ¿Matarla? ¿Tendría valor? No. Gritaría, gritaría para que la arrastraran. La arrastraría por los pelos, por la calle, hasta matarla. Así, sí. ¿Podía? ¿Podría matar a alguien? Disparar, sí. ¿Disparar sobre alguien que no conociera? Tal vez. Pero sin verlo. En una trinchera, sí. En el campo, sí. Desde una ventana. Pero así, frente a frente, no. Eso se queda para los hombres. Los hombres, esos salvajes… Vicente. Vicente me quiere. Me quiere, pero no me lo dijo. Pero me lo dirá. Me lo dirá si no le matan, ahora en el frente. Me besará. ¿Qué se siente cuando la besan a una? Gonzalo lo intentó el otro día, pero yo le hurté la boca; sinvergüenza. Y luego me dijo que no tenía importancia. Un beso es una cosa muy importante. Debe de ser algo muy importante. Sentir los labios de otro sobre los míos. Es raro. ¿Por qué el amor se manifiesta así? A mí me gustaría más que me abrazara mucho, mucho tiempo; y estarnos así quietos, quietos, con mi cabeza reclinada en su hombro. Luego cogería mí cabeza con sus manos y la volvería lentamente hacia él, para que nos miráramos en los ojos, y me besaría. Si ahora entrara Vicente, y me besara… Estoy sola en casa. ¿Qué haría? ¿Entraría? Tal vez no se atreviese. Sí, ¿por qué no? No somos novios, ni nada. Sin embargo… Es raro, nunca me ha dicho nada, pero soy su novia. ¡Cuánto me gustaría que me besara! Estar entre sus brazos. No es guapo. No tiene nada de guapo. Y, sin embargo, nunca podré querer a otro. Es tan bueno, tan recto, tan seguro de sí. Ahora con la guerra, claro. ¿Habrá besado a otra mujer? Padre se volvió a casar. Ha debido de tener novias. Nadie se las conoce. Nunca me han hablado de ellas, Josefina, que es tan buena lengua, jamás me insinuó nada. Si hubiese tenido otras novias ya se me habría declarado. Es tímido, no se atreve porque no sabe cómo hacerlo. Quizá yo debiera darle pie. Pero ¿cómo? Cuando hablamos, hablamos de otras cosas. Me gustaría tanto pasarle mi mano por el pelo. Ese pelo revuelto, que no se puede peinar. ¡Me daría tanto gusto! ¿Qué dirían si supiesen que éramos novios? No dirían nada. Ahora estamos en guerra. Además, nos podríamos casar pronto. ¿Yo, casada? ¡Cómo se iba a poner la tía! La estoy viendo. ¡Eixa xiqueta! Estàs boixa… ¡Als teus anys! Pero ya voy a cumplir dieciocho. Claro que dicen que no los parezco. Pero los tengo. Podríamos vivir aquí, ahora que padre ha faltado. Lo mataron. ¿Qué pensaría? ¡Padre! ¡Padre! Estoy segura de que pensaste en mí, en mí sólo. En lo sola que me dejabas, en qué sería de mí. ¡Padre! Yo te juro que seré buena, buena siempre: para ti, y por mí. Estoy segura de que aprobarás que me case con Vicente. Te era simpático. Y él te quería bien. Ya viste todo lo que hizo por salvarte. Pero podía poco. Él es bueno, sabes. Hoy he estado todo el día en las Juventudes. Tenemos mucho trabajo. Ahora «El Retablo» seguirá por los pueblos, y luego iremos al frente. Me dejan ir. La tía no quiere, pero no me importa. Ya tengo dieciocho años, casi, y haré lo que quiera, por mucho que reniegue. Cuando vayamos al frente tal vez representemos algo en la unidad donde esté Vicente. Y luego, cuando ganemos, ¡todo será tan fácil! Claro que pueden matarlo. Pero no sería justo: ya te mataron a ti, por equivocación, pero te mataron. ¡Padre! Hoy me dijo Uribes que debíamos considerarte como un héroe. Sí, un héroe. Ya sé que eso te sonará un poco extraño. Pero es la verdad: me lo dijo. Gracias a ti han descubierto a unos espías, a unos de Falange. Me dijo que debía estar orgullosa de ti, y lo estoy, papá. Lo estoy. Por eso procuro no llorar. Y, ya ves, no lloro. Y eso que estoy sola en casa. Vamos a ir a Puebla Larga, a Carcagente, a Alcira, y a otros pueblos pequeños. Y luego, al frente, a hacer teatro. Yo creo que hago bastante bien mis papeles. Pero no quiero ser actriz. ¿Qué quiero ser? Cuando me case con Vicente, dejaré «El Retablo» y me dedicaré del todo a las Juventudes. ¡Ya verás qué España vamos a hacer! Quizá sea maestra, porque habrá escuelas en todas partes y faltarán maestras. Me gustaría ser maestra. Y estoy segura que a ti te hubiese gustado que lo fuese. Y Vicente… Bueno, eso de maestra dependerá de lo que haga Vicente. ¿Me ves casada? Yo, no. O sí. No sé. Amparo Gracia se casó ayer con Luis Galván. No la conocías. Ella tiene diecinueve años. Él, veinte. Sus padres se oponían, pero se casaron, y cuando se acabó la ceremonia cada uno fue a su trabajo. Luis es responsable de los Salesianos. Vicente no mira ninguna otra chica, siempre va conmigo. Me lo cuenta todo. Su casa es una olla de grillos. ¡Tantos hermanos y hermanas! Y todos hacen lo que les da la gana. No se entienden. Él no quiere seguir estudiando comercio. Yo no sé qué aconsejarle. La verdad es que cuando ganemos, ¿para qué quiere saber comercio? Cuando ganemos. ¿Te representas, padre, lo que será España? Todo será de todos. Y todos trabajaremos para los demás, y los demás para uno. Todos sabrán leer y no habrá injusticias, Según lo que trabajes, así serás recompensado. Así, ¿quién no querrá hacer lo mejor que pueda? España se pondrá a la cabeza de las naciones, con Rusia. Ya no habrá ricos ni pobres. Todos saciarán su hambre. Tú no lo verás, pero es lo que querías. Y, donde estés, lo verás con gusto. Si mamá viviera… Si mamá viviera, nada de todo esto hubiese sucedido. Te volviste a casar. ¿Por qué? Parezco tonta. Ya sé, los, hombres necesitan mujeres ¿Tú crees que Vicente…? No, Vicente, no. Vicente me quiere, y yo estoy viva, aquí. Tú, fue porque mamá faltó. Si te hubieses casado con una buena mujer… Tú no tuviste la culpa. La culpa fue de ella. ¿Por qué mandan a Vicente al frente, si los Jover se quedan aquí? ¿Lo habrá pedido él? Es más hombre que todos, y hay que darlo todo. Pero podría haberme dicho que me quería. Me hubiese besado. Un beso. ¿Qué sentiré cuando me bese? Debe de correrle a una algo por la médula, y entregarse: sentirse del otro, embebida, olvidada de todo, con los ojos cerrados, de noche, fundida… A lo mejor me llevo el gran chasco. Enriqueta dice que soy tonta, que no tiene nada de particular.

Tengo que pasar por casa de Santiago, antes de que se me haga más tarde.

II

Josefina Camargo y Santiago Peñafiel salieron a las afueras del pueblo. Tenían un par de horas libres antes de la función. La huerta se les ofrecía, llana, con sus montes lejanos, azules ya del atardecer. Se metieron por un camino estrecho, bordeado por acequias. Corría el agua con su glú-glú apaciguador. Piaban algunos pájaros. Los últimos moscardones del día susurraban, equivocados, cerca de las orejas antes de ennicharse en las flores. La paz era inmensa. Unas barracas, cercanas, parecían desiertas. Sus cruces se recortaban en el cielo, la paja oscura de sus techos y el jaharro blanco de los adobes se dibujaban claros en los verdes y la ligera niebla de la llanura. Santiago tomó la mano de Josefina. Siguieron andando sin decir palabra. El silencio era demasiado grande —en extensión— para que intentaran trocearlo.

Josefina, fea y todo, —pero con «personalidad», como solían decir—, sabía mucho del deseo de los hombres. Además no era una niña, con sus veintidós años y una orfandad penosa a cuestas.

—Dime, ¿qué le ves tú a Josefina?

—Hija, no sé: tiene un algo.

—Es fea.

—Sí. Pero tiene un algo.

—Como no tiene padre ni madre os creéis que será más fácil.

—No.

—Picada de viruelas.

—Pero tiene un algo.

—Picada de viruelas y con una boca donde le cabe la puerta de la Catedral con Tribunal de las Aguas y todo.

—Sí. Pero tiene un algo.

Santiago la quería, como quería a cualquiera que tuviera a mano, o en el recuerdo. No había mala intención en sus inclinaciones. Tenía dieciocho años, medía un metro ochenta y le gustaban las mujeres. Todas, sin distinción. Era fuerte y las necesitaba, desde los doce años. La verdad es que siempre pareció tres o cuatro años mayor de lo que era. Bueno, sencillote, sin malicia, guapo como la huerta, fecundo. Hijo de un fontanero de la calle de Gracia. Las perindongas de los aledaños de la casa paterna le debían muchos favores de los que no sacaba orgullo alguno. Hasta que falleció su padre, y él aceptó encargarse de aquel almacén de maderas. En «El Retablo» hacía de todo: carpintero, traspunte, apuntador, escenógrafo, mozo de carga, administrador, actor que a todo se acomodaba. Amén de escoger el repertorio, y dirigirlo. Su padre fue republicano, y él también. La madre, pequeña y beata, no se metió nunca en aquellas cosas «de hombres»; y vivieron en paz.

A Josefina le atraía el toroso mozancón, pero hasta ahora no habían tenido ocasión de salir juntos, y solos. Lo de hoy era una casualidad ya que, por otra parte, José Jover tenía el ojo avizor; pero aquella tarde tuvo que ir a Alcira, a preparar la función del día siguiente. Aprovecharon tranquilamente la coyuntura.

Se sentaron en un ribazo, entre la yerba, las piernas en el quijero, casi a ras del agua clara que corría con mesura. Sin más, la besó y Josefina se abandonó. Tumbados en el suelo veían el azul sin nubes, entre los tallos altos. Cuando fue a hablar, ella le puso un dedo sobre los labios. Luego, dijo ella:

—Creí que te gustaba Asunción.

—¿Asunción?

Volvía del otro mundo.

—Tú lo has dicho: me gustaba.

—Aún ayer.

—No te lo puedo explicar, Fina. Me gustaba Asunción, y Manola, y Visantela. Pero, a través de todas ellas, la que yo quería era a ti.

La volvió a besar.

—No te creo, pero me es igual.

La guerra había roto muchos diques.

Montaron su tinglado en la glorieta del pueblo, entre cuatro castaños de Indias. La gente se agolpaba alrededor. Representaron tres entremeses, uno de Cervantes, otro de Torres Villarreal y otro de Alberti. La gente reía. Peñafiel no se cansaba nunca de verles reír. La mayoría no había visto nunca un escenario. Conocían el teatro de oídas. Muchos no habían ido nunca a Valencia.

Por la noche, en la posada, envueltos por el acre olor de estiércol, José Jover les puso al corriente de la situación: los rebeldes —a lo que decían— estaban a las puertas de Madrid, aunque los partes del Gobierno hablaban todavía de Talavera. No lo querían creer.

—Entonces, ¿qué hacemos aquí? —dijo Peñafiel.

—Vámonos a Madrid. Que se vuelvan a Valencia los que sean con los trastos y nosotros nos vamos a Madrid, en el coche.

—Vosotros, ¿quiénes? —preguntó Josefina.

—Pepe, Santiago, Julián, Julio, Luis y yo. Vosotras podéis volver con la camioneta.

—Yo voy también.

—Por de pronto, mañana tenemos que trabajar en Alcira.

—¿Y si están llegando a Madrid te parece decente que vayamos haciendo teatrito por ahí?

—¿Por qué no?

—Pues, porque no. Justamente por eso: porque no.

—¿Crees tú que si vas a Madrid todo se resolverá?

—No lo sé. Pero yo voy allá.

—Yo también voy —dijo Asunción.

Se volvieron todos hacia ella, sumida en la oscuridad de la cocina.

—Sí, hija, tú también…

—¿Y por qué no vamos todos?

—¿Con decorados y todo?

—Con todo y todo.

—Siempre podremos actuar en el frente.

—Si nos dejan.

—Aunque no nos dejen.

Les entró a todos un gran entusiasmo. Hasta a Peñafiel que, con su buen sentido común a cuestas, se lo reprochaba.

—Xe, anem-se’n a dormir, i demà serà un atre día. Vorem.

Josefina y Asunción durmieron en la misma cama. Las noches refrescaban y las sábanas parecían húmedas. El cuarto era grande, enladrillado, con contraventanas de madera que mal cerraban. Por bajo de la puerta, viniendo del balcón, se filtraba un vientecillo traidor. Una cómoda coja, una palangana desconchada y una mesa desvencijada por todo ajuar. El crucifijo había desaparecido, dejando su huella en la pared pintoja. Un cromo, con una maja abanicándose, muy a lo Romero de Torres, sabía más del paso de las moscas que del trapo de quitar el polvo.

—¿A ti te gusta Santiago?

—¿A mí? —preguntó sorprendida Asunción—. No, ¿por qué?

Se defendía, como siempre, No contaría nunca, nunca, lo pasado. Además, ¿con qué palabras hubiese sido capaz de hacerlo? Había sucedido hacía un mes apenas, Fue a casa de Santiago a dejarle un recado; le cogía de paso, allí en la calle de Guillén de Castro, cerca de las Torres de Serranos. Llamó, le abrió el mozo y la hizo pasar. Estaba solo en casa, su madre y sus hermanos habían salido.

—Tenemos reunión a las cinco. ¿No está tu madre?

—No. Fue a entregar.

—Bueno, pues ya me voy.

—¿A dónde vas tan de prisa? Tienes tiempo. Siéntate. ¿Sabes algo de Vicente?

—Está por Talavera.

—¿Qué cuenta?

—Nada. Me ha escrito dos postales.

—¿Vas a ir al cine después del ensayo?

—No.

Santiago se sentó a su lado y la besó. ¿Qué le sucedió? Asunción no lo sabe ni puede explicarse su dejadez, el repentino reblandecer de sus miembros. Sencillamente, lo dejó hacer. Nunca ha podido concebir por qué no gritó, por qué no se defendió. Huyó. Rehuyó hablar luego con él. El muchacho no insistió. Pero ella no vive desde entonces, rebajada, deshecha, con un dolor que no la abandona. Enflaquece.

—Pero de Vicente sí que estabas enamorada.

—¿Yo?

—Tú. Si no quieres hablar de estas cosas, buenas noches.

—Buenas noches.

La sensación desagradable de las sábanas húmedas y el horror de tropezar con una pierna de Josefina.

(Esta no habla nunca. ¿Qué sentirá? ¡Bah! Es tan flaca que no le deben interesar los hombres. Pero a mí no me engaña Santiago, cómo la miraba ayer, en el coche. Es una hipócrita. Pero lo que es Santiago, a ese le pesco yo. Es demasiado joven, pero parece mayor. Nos casaremos. Iremos al Partido y que nos case Gonzalo, que es juez).

(Vicente. Debes estar en el frente, quizás estés muerto a estas horas. Y yo estoy aquí, y soy tuya porque te quiero. Tal vez estés muerto. Vicente. Ahora iremos a Madrid. Quizá nos veamos. ¿Cómo te lo contaré? Porque eres el único que lo tiene que saber. Te lo tengo que decir. ¿Para qué? No lo sé, pero te lo tendré que decir. Verás como no me será difícil. Te lo diré así, llanamente, como la cosa más natural del mundo. Al fin y al cabo, nunca me dijiste que me querías. Si me lo hubieses dicho, si me hubieses besado una vez siquiera…).

¿De qué color es la tierra? La piedra es gris y blanca, pero ¿la tierra? La esconden hierbajos secos, la cortan los cantos rodados, rocas a flor de tierra, algunos arbustos. A lo lejos, los montes cambian de color según la hora y lo claro de la atmósfera.

Vicente Dalmases tiene los pies deshechos en sus botas informes, es lo que más le duele, y eso que los hombros le pesan y tiene una moradura, en el derecho, que cada vez que dispara se le hunde y atraviesa todo.

Está tumbado en un hoyo, bastante bien protegido. A su lado está Esteban Arriaza, un mozo de Epila a quien le cogió el 18 de julio haciendo el servicio en Madrid.

A lo lejos, Parla, y allá, Valdemoro. Acaba hoy octubre. Llevan quince días retrocediendo. Quince días: Torre de Esteban, el 14; Chapinería, el 15; Valmojado, el 16; Azaña, el 17; Illescas, el 18; Navalcarnero, el 22; Esquivias, el 24; Torrejón de la Calzada, el 26; Batres, anteayer.

A Vicente le regurgitan los nombres ilustres de la historia de España. No se diferencian mucho, en la realidad, de los anónimos. Pero los tienen que dejar. Dicen que contraatacamos, que Caballero ha proclamado «que ahora tenemos aviones y tanques». Pero ¿dónde están?

Quince días de retirada: desde que llegó al frente. Y no se puede hacer otra cosa aunque se quiera: siempre, siempre, las órdenes de retroceder. Atrás, atrás. Si no, nos copan. Ahí está el quid: si nos quedamos: nos copan. Y atrás, atrás, atrás. A pegarse a la tierra, a disparar y atrás. Ahora, no. Ahora tienen un buen sitio. Un hoyo hecho adrede, que domina la carretera.

¿Cómo han podido llegar hasta aquí? ¿Cómo no han podido librar Toledo? ¿Es que no tenemos nada? ¿Y los discursos de Prieto? El dinero, la Marina… Ni una mala ametralladora. ¿Y los aviones, y los tanques? Solos, defendiendo a España. Hay que morir. Bueno, se morirá. El recuerdo de Asunción. No le hablé, no la besé. Mejor.

¿Será posible que entren en Madrid? ¿Será posible que ganen? Sí es así, mejor quedarse aquí, abonando la tierra, para que retoñe.

—Mira qué gurrión más raru.

Un gorrión. ¿A ese qué más le dará que ganen los fachas o nosotros? Pues sí, le tiene que dar. El trigo ha de saber de otra manera. Todo es indiviso. Las piedras también serán de otra manera. Quizá ni el gorrión, ni las piedras, pero sí cómo los vean las gentes. Y eso es lo que importa.

—Duerme un rato. Luego te despierto.

—Dimpués, ora sería pior.

—No. Ahora no se ve a nadie.

—Está buenu.

Y se queda como muerto.

Pía el gorrión en la soledad del campo castellano. ¡Qué sueño! ¿Dónde está el enemigo? ¿Y si nos copan? Vicente alza la cabeza tras las piedras que le protegen. Allá, a la derecha, está un grupo, lo adivina, y tras aquel ribazo, otro.

Vicente deja su fusil, la mano entumecida se le distiende sin querer, lentamente. Se tumba de espaldas, Ve el cielo a través de una mata de lentisco, en el tallo brilla una gota de resina medio seca, detenida por una irregularidad del tallo. Si pudiera, la estrujaría entre los dedos, para olerla y recordar Porta Coeli. Pero no puede. Porta Coeli, los pinos y, a lo lejos, el mar. El Mediterráneo, azul, como una corteza de naranja. Azul y naranja. Asunción, tus ojos garzos, tu pelo dorado.

Cochinos piojos, garrapatas endemoniadas. ¡Estaos quietos! ¡Quiero quedarme como estoy, no quiero rascarme! Es peor.

Grandes nubes se abullonan allá enfrente. Parla y Valdemoro… Anteayer Batres, y antes Torrejón, Esquivias, Illescas. La tierra que pisó Cervantes. El Quijote. Voy a morir sin haber leído entero el Quijote; entero, seguido. La Mancha, ahí detrás, enorme, llana y después Valencia, allá abajo, verde y roja. Porta Coeli, y el mar. Asunción. Dulce, Dulcinea. El Toboso. Un pueblo como éstos. Más llano.

Y si perdemos, ¿qué? ¿Cómo hemos de perder? ¿Cómo lo van a conseguir? Los obreros del mundo entero se levantarán como un solo hombre. Como un solo hombre…

Hoy por ti, mañana por mí, como dice Esteban. Si ganamos. ¡Qué no hemos de hacer de España! Una España libre y trabajadora, una España nueva, donde cada quien tenga lo que deba de tener. Una España donde los campesinos sean dueños de la tierra que trabajen, una España donde todos sepan leer, una España con agua. Sí, haremos que España tenga agua. Y, ¡cómo no la ha de tener si nos ponemos todos a que la tenga! Este secano… Y, sin verlo, cara al cielo, Vicente ve la tierra que lo circunda, la tierra que ha pisado batiéndose en retirada, esa tierra seca, convertida en la que él más conoce, en la huerta de Valencia. Tierra blanda, roja, que tinta pegajosa y no ese polvo que todo lo vuelve amarillo y pardo. Tierra rica, con entraña, que da mil veces lo que le dan, bien cuidada. España, cubierta de espigas. Hojaldre.

Se le despierta el hambre. A los lejos reemprende el cañoneo. El aire se conmueve.

A ver si ahora nos dan. ¿Tengo miedo? Sí, tengo miedo.

Se vuelve, panza abajo, y coge el fusil. Mira entre las piedras. Nada se ha movido. El gorrión se fue. La tierra seca, polvorienta, descolorida de sed. Cuelgan unas vainas secas de una planta que no conoce. Secas también, las semillas se marcan en el exterior, esféricas, más oscuras, como si fuesen lentejas. ¿Serán lentejas? No lo cree. Guisantes, guisantes de olor. Y otra vez Valencia. Guisantes de olor, como mariposas rojas, carmesíes, moradas, blancas, con su suave fragancia deleitosa y sus tirabuzones de fresco verde, su corola grande, en forma de abanico, y su blanca quilla delantera. Y el olor, casi imperceptible, ese olor fresco, vegetal, ligeramente aromado de verde, de tierra buena y bien mojada. Bálsamo. Asunción. Si estuvieses aquí, a mi lado, tumbada, y yo te pudiese besar los ojos cerrados, temblando como palomas vivas bajo tus párpados leves. ¡Cómo se echaría a volar tu mirada hacia mí, cuando los abrieses!

Están disparando a gusto sobre aquella loma desierta. ¡Cómo se levanta el polvo! Destrozan la tierra, y las piedras. Se despierta Esteban.

—¿Qué pasa?

—Nada. Están arreando allí, a la derecha.

—¿Qué hacemos?

—Esperar.

—Tengo hambre.

—No pueden tardar.

Alargan el tiro. Ahora se quedan bajo el arco de fuego.

¿Por qué no atacamos? ¿Por qué no los arrollamos hasta la frontera portuguesa? ¿Por qué no los echamos al mar? Sí nos levantáramos todos gritando… Sí, nos segarían con sus ametralladoras. ¡Qué rabia! Si yo tengo razón. ¡Si yo defiendo el pueblo y la legitimidad! ¿Por qué no nos ayudan a destrozar a los rebeldes? ¿Es que la República no la votó el pueblo? ¿Es que no se levantaron en armas como unos bandidos? ¿No han faltado a su palabra? ¿No leí, hace unos días, que Franco le escribió al ministro de la Guerra?, ¡a últimos de junio! Faltan a la verdad quienes presentan el ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones. Judas desleales, perjuros, mentirosos, deshonrados, traidores, felones, desertores. Y lo sabe el mundo entero. Y deja que nos entierren.

Toma su fusil y dispara, dispara. El hombro le duele horriblemente.

—¿Qué ves? Le pregunta Esteban.

La voz le vuelve a la realidad. No se alcanza más que tierra, y los obuses por arriba, silbando.

Llega la orden, allá, desde la derecha:

—Atrás. Atrás.

Hacia Alcorcón. Madrid se adivina a lo lejos. Ya no hay nada que hacer. Un momento, Vicente Dalmases piensa en abandonar, en marcharse, de una vez por todas, a Valencia, a su casa y taparse la cabeza para no saber nada más. ¿Para qué seguir? Nos han dejado solos. Solos, a cada uno de nosotros, sin remedio.