6 de noviembre por la noche

Cien veces ha andado Vicente por la calle, de noche, sin encontrar a nadie. Cien veces ha visto calles desiertas. ¿Qué hay, qué lleva, qué preña esta noche fría? ¿Esos pasos lejanos? ¿Aquella voz? ¿Ese cierre de puerta metálica? ¿Sus propios pasos? No. Algo más. Algo más que no sabe lo que es. ¿Miedo? ¿El Miedo? Por un momento Vicente cree que aquello puede ser el miedo. No. Él ha tenido miedo, miedo verdadero esas últimas semanas: sabe lo que es. Y lo que llena ahora la noche triste de Madrid no es el miedo.

Se quedó estupefacto al penetrar en el teatro de la Zarzuela.

Viniendo de las calles y la plaza, a oscuras —alguna luz azul veladísima—, unas perillas le deslumbran, a pesar del humo; y cerca de trescientos hombres hablando y discutiendo. Le vieron entrar, y un joven, con brazal, le cierra el paso y le pregunta:

—¿De dónde eres?

—De Valencia.

—¿Dónde trabajas?

—Estoy con Líster.

—¿Dónde trabajabas?

—En El Retablo.

—¿Dónde queda eso?

—Es el teatro de la Universidad de Valencia. ¿Qué estáis ensayando?

El joven se echó a reír.

—¿Nosotros? ¿Ensayando? ¡Chavó! ¡Menuda comedia! Si no eres peluquero, aquí no tiés na que hacer. Los del teatro creo que están reunidos en La Latina ¿A qué vienes?

—A ver el ensayo de la Numancia.

—¡Haberlo dicho! Eso es adentro, pasa.

Vicente se abre paso con dificultad, mientras, el joven le dice a otro:

—¿T’as fijao en el alelao ese? ¿Que qué ensayamos? ¡Gachó! Si te digo, que vamos… ¡Ensayando!

—No estaría malo, porque me parece que nos vamos a estrenar sin saber por dónde empieza el drama. Y sin apuntador.

—Por apuntar, ya apuntaremos. No te preocupes.

—¿Qué se creen que les vamos a regalar Madrid así como así? ¿Qué se han creído?

Jacinto Bonifaz enseña el manejo del fusil a, un peluquero de la calle de la Princesa, que salió libre de quintas, allá por el año 10.

—Ves: el cerrojo se levanta así.

—A ver.

—Así, pero con más fuerza. Fíjate, otra vez.

—Va bueno.

—Y para apuntar…

—De eso no te preocupes. Ya sé.

Y a otro.

En todos los teatros de Madrid.

Y a Fidel Alvarado, que llegó a cabo en Marruecos, primer oficial de una peluquería de la calle de Preciados, hombre de ojos azules y pelo blanco:

—¿Alférez? ¡No, hombre! ¡Capitán!

Con fusiles en las manos, se sienten invencibles. Y los que tienen miedo, que son casi todos, se aguantan como lo que son.

Pero no hay fusiles. Cinco, para trescientos. Y pasan de mano en mano.

—No, puñeta: ¡Así no!

—¿Y los cartuchos?

—Ahora no te preocupes. Lo que importa es el cerrojo.

Ahí está el intríngulis.

Son cerca de trescientos del oficio, entre dueños, oficiales y aprendices. Faltan unos cien. Los unos fueron destacados en comisiones, otros están en permanencia en la Casa del Pueblo, ocho esperan en la antesala del Ministerio de la Guerra. Otros se han dormido, los restantes llegan poco a poco.

De todas las edades: De los quince a los sesenta y ocho, que son los que ostentan Narciso Pérez y el señor Ramón, el decano, y de todos pelos.

Ahora Jacinto Bonifaz pasa lista, subido en un banco de peluche colorado. De una peluquería de la Puerta del Sol contestan: Juan Pajares, de Argamasilla, veinticuatro años, soltero y de buen ver, moreno, con barros; Juan Miguel González, de Madrid, treinta y seis años, casado, con tres hijos, tiene acedías y se las aguanta, enemigo personal que es del bicarbonato; Adrián Costa, de Calaceite, cincuenta años redondos y mal aprovechados, viudo dos veces, con dos hijos, uno de ellos está ahí: Miguel, oficial en una barbería en la calle de la Montera. Hacía tres años que no se hablaban, por lo de la Manuela, pero ahora pudo más el momento. De la peluquería de Peligros: Santiago Pérez, de Guadalajara, tan chulo como siempre; Fernando Sánchez, de Logroño, con su constipado que no hay quien se lo quite; Evaristo Alonso, de Getafe, mudo, pensando en su familia, que no quiso salir del pueblo y Marcos Pérez, de Escalona, patilludo y cerrado de barba. De una de la calle de Fuencarral, el maestro: Gabriel Prado, de la Unión de Cartagena, con cerca de sesenta años a cuestas, cojo de una cornada, mal hablado y de un genio de perros, sobre todo los lunes por la mañana, porque los domingos va a Leganés a ver a su hija, recluida en el manicomio. Sus oficiales: Manuel Torres, de Zaragoza, a quien le han fusilado allá un hermano pequeño; Ignacio Ibáñez de Oliva, con su catadura de moro y su palillo en la boca; Enrique Azuara, de Madrid y Jorge Carranza, de Gergal, inquieto por su legítima y el panadero del seis. De una de la plaza del Callao: Benjamín Ortega, que baila de contento porque ahora sí va de veras, de Santa Olalla; Luis Selva, de Carcagente, con su forúnculo, que le ha salido en salva sea la parte y que a todos lo cuenta; José Balcells, de Camprodón; Antonio Guzmán, de Segovia, de perejil mal sembrado, inquieto por la suerte de un tío suyo, cura, que tiene recogido en su casa. De una barbería de la calle Ancha: Francisco Reyes, de Badajoz, carilampiño y buen cantaor, reprochándose no haber traído su guitarra; Ricardo Núñez, de Cadalso de los Vidrios, tuerto, delgado, alto; Arturo Sainz, de Albacete, echando tacos a voleo por mor de sabañones; Santiago Arellano, de Alba de Tormes, medio dormido siempre, a menos que lo esté del todo; José Acevedo, de Vicaira, que quiere ser actor, encantado del sitio de la reunión. De una de Hortaleza: Félix Amador, de Cádiz, que se dejó la mujer con fiebre; Joaquín Rodríguez, de Utrera, y Faustino Romero, de Madrid, enemigos: el uno del Madrid, el otro del Athletic. De otra de Hortaleza: Juan y José Pérez, hermanos tan bien avenidos que no se casan por si las moscas, de Madrid; Enrique Salazar, de Puebla de Sanabria, gordo y templado, padre prolífico, teósofo, vegetariano y partidario de la paz universal, odiador de la Iglesia por el hecho de haber inventado el Purgatorio y el Infierno. Lo apodan «El Limbo». Feliz con todo.

¿Dejé el gas encendido? Gregorio España no tiene otra preocupación. Su mujer y su cuñada se fueron al pueblo —allá en la Mancha— y ahora vive con su hermano, un fontanero de las Ventas. Ellos preparan su comida. Al cerrar, ¿dejó el gas encendido? No puede pensar en otra cosa. Pero no se atreve a salir. Le falta imaginación para inventar un pretexto viable, y le da vergüenza confesar la verdad, entre otras cosas porque no le ha dicho a ningún camarada que su mujer se fue de Madrid. Carlos Alcaraz, de Albacete, que contesta con monosílabos a Rafael Garduño, su compañero de trabajo en una peluquería del último trozo de la Gran Vía; cabizbajo por la salud de su hijo Estanislao; le salió la fiebre después de comer, y el médico no acababa de venir. Claro que la Pascasia sabe lo que se trae entre manos, pero de todos modos… Álvaro Beristáin, de Vitoria, no puede convencer a su compañera para que vuelva a casa: Laurita Mora, es tozuda, y de Maravillas. Allá donde esté su hombre, allá va ella. No valen razones, ni la del embarazo.

—Señor Luis, dígale usted…

—¿Qué tiene que ver tu patrón conmigo?

El señor Luis Navarro, de la plaza del Progreso, se ríe al oírla:

—Ya te dije lo que te esperaba, el hombre casado tiene dos sombras.

—¿Tié usté cara pa llamar a una asalariá mala sombra?

—No, mujer; no. El mala sombra es él.

—Es que eso tampoco…

Vicente Goyeneche, de Bilbao; Sergio Vieira de Villafranca del Bierzo, chirigoteros, en todo ven ocasión de chiste, y no la pierden, para que aprendan los madrileños. De una de la Glorieta de Quevedo: Antonio Iturbe, de Bermeo: cuadradote, barbitaheño, siempre con hambre; Jesús Ruiz, de Viana, con la mujer a punto de parir, no se preocupa demasiado: es la sexta vez; Alfonso González, de Torrelaguna, muerto de sueño: lleva tres días sin pegar ojo, de aquí para allá, méteme en todo. Alberto Garrido, de Sueca. De una de la calle del Prado: Néstor Ramírez, de Alcalá de, Guadaira: le duele el estómago; Luis Palma, Nicasio, Ortega y Valentín García, los tres de Sevilla; los tres tristes. A Nicasio le fusilaron a toda la familia. Hablan con monosílabos, eso sí: procaces. De la de las, Cuatro Calles, están todos: José Ortigosa, de Astorga; Francisco Cantó, de Liria; Alejandro y José Perea —primos carnales— de Vinaroz, campeones de mus; Cayetano Olivares, Társilo Vergara y Juan Fernández de Madrid. Bien avenidos por sus distintas aficiones: los toros, el chamelo y el tinto. De dos de la calle de Fuencarral: Epifanio Salcedo y Valeriano Martínez, de Chamberí, mozuelos conquistadores y en competencia; Enrique Ruiz, de Pamplona, de bueno papada y hablador; José Jaramillo; Felipe López, de Piedrabuena, de la provincia de Ciudad Real, según las malas lenguas casado con dos hermanas y feliz; Federico Romero, padre de Faustino, que trabaja en la calle de Hortaleza. De la calle Mayor: Fernando Escudero, tan menudo, que a veces tiene que afeitar poniéndose de puntillas; Tomás Gálvez, de Madrid también, albino y nada satisfecho de serlo. De la Gran Vía: Luis González, elegantioso, de Llerena, José González, filatélico, de Torre don Jimeno; Eduardo Montero, de Morón de la Frontera, naturista; Luis Durán, de Barcelona, gran aficionado a la ópera y a las segundas tiples; Rafael Valero, que estudia por las noches y sueña con llegar a ser tenedor de libros, de Vélez Rubio. De la calle de Atocha está don Agustín López, con su pelo blanco y su bigote famoso, y sus oficiales, sin faltar uno: Antonio Guzmán, de las Cambroneras, novillero sin suerte: Prudencio Gómez, de las Injurias, medio derecha del reserva del equipo del barrio; Balbino Méndez, de Chamberí, secretario de actas del sindicato; Ramiro Hinojosa, de las Vistillas, federal de buen ver; Javier García, cojo y mala sangre, de Cuatro Caminos. Con ellos, Carlos de la Peña, de Lavapiés, que nada tiene que ver con el noble oficio de alfajeme, pero tan amigo de la casa, que no tuvieron más remedio que traérselo. De la calle del Arenal están ahí: Carlos Castillo, de Belmonte, de pelo crespísimo; Luis Carmona, de Consuegra, más amigo de los canarios que de los hombres; Sabastián Carrasco, de Segovia, que no hará carrera: trasquila más que corta. Juan José Santander, de Madrid; Eduardo Zapater, de Valencia; Epifanio Ruiz, de Ávila, que saben lo que se juegan: estuvieron en la cárcel del 34 al 36. Juan Durán, de Lérida, con un acento que veinte años en Madrid no han conseguido limarle, trabaja en otra peluquería de la Puerta del Sol. De otra, de allí mismo, pasan lista: José Fernández, de Santander, enjuto, viejo verde y el pelo tinto; Ramón Guillén, contento de no tener que aguantar a su suegra por unas noches, de Burgos; Salvador Gómez, de Navalmoral de la Mata, y Eusebio Mora, de la plaza de la Cebada, atusado y chulillo. De una barbería de Mesón de Paredes: Rafael Ortega —nada menos— y Joaquín Soler, ambos de Mequinenza, buenos cantadores de jotas, cuñados para más señas. De otra, de la Cava Baja: Evaristo Pereda, nacido en la misma calle, dos portales más abajo, más chulo que un ocho, Y su padre, que se ha empeñado en acompañarle, sepulturero del Este. Están con su aprendiz, Gabriel Herrera, de la Fuente del Berro, que luce orejas de a palmo y bocaza de a ídem. De una peluquería nueva, de la calle del Barquillo, que acababa de inaugurarse; contesta el dueño, Justo Ruiz, de Burgo de Osma, que metió allí sus ahorros y la herencia de un tío suyo, que fue beneficiado en Logroño; y sus dependientes: José Ibarra, mallorquín, y Fernando Rueda, de Iznájar. Don Fabián Lapena, el famoso especialista en postizos, de la calle del Príncipe, con sus dos hijos, Julián y Jesús. Don Carlos Díaz, el fabricante de redecillas, desgraciado en amores y afortunado en el juego; la lotería le permitió el lujo de convertirse en patrón, pero él sigue siendo de la UGT. José Tardienta, especialista en bandolinas y fijadores, con su mozo, Guillermo Gómez, de Cangas de Tineo, medio sordo, pero de voz atronadora. Víctor Marco, especialista en bigudís, que vive en la Prosperidad. Marcelo Salazar y Raúl Lezama, peluqueros de señoras, de una tienda elegante de la calle del Carmen; su presencia armó cierto revuelo ya que no se les tiene como dechado de hombría, pero, por lo visto, el valor no tiene que ver con eso. Ernesto Argumedo, de Mieres, y su paisano Wenceslao González; Rogelio Pérez, de Alcantarilla con la narizota del color de lo que más le gusta y no se priva, a pesar de su mujer, que no lo deja solo, ni ahora: su nombre, Paloma, prueba evidente que el nombre no hace la cosa; con el buen sentido que lo caracteriza, Rogelio suele designarla con el delicado alias de «Doña Urraca». Con Felipe Garcés, de Navalmoral de la Mata, descañonan por el Pacífico, Tomás Córdoba y Gustavo Ortiz, ambos de Palencia —Gustavo es de Venta de Baños—. Ahí, Felipe García y Mauricio Sigüenza que rapan elegantes clientes en la calle de Serrano. Fernando Villatoro, de Madrid, viudo y tísico, que acaba silenciosamente su vida en un cuchitril de la Ribera de Curtidores, leyendo en sus horas perdidas, que son muchas, a Bakunin y a Max Nordau. Agustín Carnicero, de Liérganes, buen cazador y con pocas oportunidades. Carlos López, Carlos Noriega, ambos de Alcalá de Henares, que prestan sus servicios en una peluquería de la calle de Preciados, con don Narciso Campos, vegetariano y teósofo, inventor de una nueva manera de secar el pelo. Jaime Valencia, de Ciudad Rodrigo; Francisco Alpuente y Abilio Cucho, de Madrid ambos a dos, y de bacía en ristre, en un establecimiento económico del Rastro; Alpuente tiene sus pujos de curandero y se encuentran todavía sanguijuelas en la trastienda que le sirve de alcoba. Don Ramón López, con su bisoñé salpimentado y lacio, de Valladolid, decano del gremio, con su sobrino, trasquilimocho en venganza. Carlos Prados, de Málaga, el rey de los añadidos, Don Juan Sóstenes, calvo y orgulloso de serlo desde los veinte años, con su hermano José y su sobrino Vicente, los tres oriundos de Egea de los Caballeros, del que no se acuerdan, pero que tienen muy a pecho. Álvaro Fernández, con su frente calzada, de Torrelavega, que sólo vive para su madre, impedida, y su colección de sellos; Ignacio Ulloa, de Alsasua y José Peláez, de Torrejón de Ardoz, que prestan sus esmerados servicios en la calle de Arlabán. Enrique Casahonda, de Madrid; Federico Lacarra; Manuel Hoyos, peripuestos dependientes de una elegante peluquería de la avenida del conde de Peñalver, con la manicura del establecimiento, de mono; se llama Carmen Beltrán, tiene veinte años, de la Arganzuela, tal vez no tan bonita como cree, pero de buen ver y siempre dispuesta a lo que sea. Gregorio Galindo, fabricante de un suavizador de su invención del que nadie se fía, pese a los muchos años que el tal dice haberlo usado; peluquero por afición, de la Inclusa. Como Tomás Expósito, que rasura, con Hipólito Méndez, allá por Cuatro Caminos, ciclistas empedernidos, que una vez se atrevieron a tomar parte en la Vuelta a Cataluña. De la calle de Carretas: Arturo Guerrico del Norte, poco hablador de suyo y de lo suyo, que comparte sus trabajos con Rafael Agulló, pintor los domingos, a escondidas de todos, de Reus, y Luis Henríquez, de Colmenar Viejo. Los de la Ronda de Toledo: Luis Núñez, Ramón Cordero, Santiago Soria, Carlos Millán, Vicente Santos, Eusebio Álvarez, Alfonso Mayo, Julio Blanco —recitador a sus horas—, Carlos Portillo, Manuel Pozo, Gabriel García, Alfredo Olid, Jacinto Rosales. Los de la calle de Segovia, los de la Ribera de Curtidores, los de la calle de San Francisco, los de las Vistillas, los de Embajadores, los de la calle del Ave María, los que van a domicilio: Jacinto Botella, José Vega —violinista de noche—, Alberto Viento, Hermógenes Zurbano, Blas Jordán, Carlos Castro, Doroteo Cortés, Fermín Lagasca, Manuel Martínez, Silvio Vizcaíno —tartamudo—, el señor Simón Varela, Práxedes Ferrer, Balbino Pérez, Máximo García, Quintín Saavedra —campeón del peso ligero «amateur», el año 19—, el señor Sabino Torres, José Castillo, Mariano Asín —que habla francés—, Vicente Tortosa, José Fuentes y su hermano Antonio, José de la Casa, Trifón Expósito, Eusebio Rojas, Ramón Frutos, Epifanio Jiménez, Matías Haro, el señor Francisco Teruel —librero de viejo, a sus horas, y autor de zarzuelas—, Eulogio Salcedo, Servando García —marino, venido a peluquero por un amor de su niñez—, Ismael Bustamante, Casto Revilla, Prudencio de la Mora, Sabino Rodríguez, Valeriano Monzón, Gil López, Casimiro Paniagua, Bernabé Escotado —orador postergado—, Elías Pérez, Crisanto Ramírez, Ubaldo Aguilera. Esos sí, casi todos de Madrid, y de los barrios bajos, de los que no quieren salir, despreciando el mundo —Servando es una excepción—. En un grupo, doce peluqueros de señoras que no se hablan con Salazar y Lezama —los de la calle del Carmen—, seis de ellos catalanes, a saber: dos de Sitges, tres de Barcelona —uno del Call, otro de Poble Sec, otro de Gracia— y el que completa, de Tortosa: Ignacio Carbonell, Luis Mataró, Agustín Sanz, José Estelrich, Francisco Monsell y José María Cortich. Los demás, Arturo Burgos, Epifanio Ordóñez, Blas Méndez, Rafael García, Delfín Torregrosa y Gustavo Gómez son de Minglanilla, Toledo, Almodovar del Campo, de Madrid los últimos. En el ángulo más oscuro están agrupados los aprendices y algunos limpiabotas, lampiños y, en su mayoría, de la corte: Manuel Orellana, Emilio Pidal, Marcelino Picavea, Valeriano Posada, Hilario de la Fuente, José María Real, Saturnino Barajas, Antonio Rosado, Társilo Arenal, José Junco, Abilio Barrios, Vicente Marina, Antonio Aleixandre. Los unos quieren ser toreros; los otros futbolistas; uno, ingeniero; otro, abogado. Pidal y Picavea son de San Sebastián; trabajan en casa de un paisano suyo, don Cayetano Goyeneche, monárquico de pro, peluquero que había sido del Infante don Alfonso y que desapareció a las primeras de cambio. De su establecimiento, en la calle de Sevilla, se hizo cargo el sindicato; los cuatro oficiales están ahí: Sebastián López, Juan García, Evaristo Doble y José Cantavieja; de Lorca, Valencia, Madrid y de la Puebla de Valverde, por ese orden. Dos del Casino de Madrid, los de Bellas Artes, tres del Alcázar. Pedro Hermosilla, que trabaja en la calle de la Montera, busca a su padrino, don Teodoro Lafuente, y da la lata a todos.

Llegan cinco de los que estaban en el Ministerio de la Guerra: Narciso Velázquez, Ángel Povedano, Amado Castro, Enrique Olivera y Guillermo Lacalle; los tres primeros son madrileños, los otros dos valencianos —el uno de Alcoy, el otro de Castellón—. Serias las caras, pasan entre todos y se acercan a Jacinto Bonifaz. Cambian unas palabras en medio del silencio que, de pronto, se ha desparramado por el foyer. El señor Jacinto, retorciéndose el bigote, vuelve a subirse a su banco, y habla:

—Compañeros: llegó la hora. La canalla fascista está a las puertas de Madrid (ahora se le olvidan las zetas, y dice «Madrid», embargado por la emoción). El general… (se detiene, se inclina, pregunta algo a Ángel Povedano, y sigue) el general Miaja, que se ha hecho cargo de la defensa de Madrid, espera que nuestro sindicato sabrá cumplir con su misión, al igual que los demás que, a estas horas, están reunidos en distintos locales como sus sabéis. No hay más que una consigna: no retroceder. Allí donde nos mandan allí nos quedamos: vivos o muertos.

Se alza la voz de Epifanio Salcedo:

—¿Con qué? ¿Nos vamos a llevar las navajas de afeitar?

—No estaría de más —contesta José Cantavieja.

—¡Cállate la boca!

—Hay un fusil para cada tres hombres —sigue diciendo Jacinto Bonifaz—. Sobran. Por muchos que nos aquedemos allí, siempre aquedarán ciento cincuenta, para que no pasen. Que no pasarán. Y si pasan que ya no nos importe a denguno. Si alguno se vuelve patrás, que sea ahora. Que se formen grupos de a diez, a voluntad de cada quisque y que cada grupo nombre un jefe, al que crean más templao; a quien le sustituya en caso de desgracia. Y ese, a otro, así sucesivamente.

—¿Cuántos cartuchos nos van a dar?

Contesta Cantavieja:

—Ciento cincuenta por arma. Que cada uno lleve cincuenta, por si acaso.

—¿Dónde vamos? Pregunta Marcos Pérez, que pensaba en su mujer.

—Ya nos lo dirán.

—Pero ¿dónde?

—Ya lo verás, no seas pesao.

—¿En seguida?

—Pregúntaselo a tu tía.

—Tengo sueño, le dice Evaristo Pereda a su padre.

—¿Para qué quieres dormir? Esta noche no duerme nadie. Si mañana nos han de matar, no vale la pena. Todo el tiempo que estás despierto es tiempo ganao.

—También tié usté razón.

—¿Alguna pregunta más?, —inquiere Bonifaz, antes de bajar de su tarima.

Nadie le hace caso, formando, como lo están, sus pelotones.

—Pues entonces se me forman de tres en fondo. Ahora traen los máuseres.

Un centenar no ha tenido nunca arma en mano.

—De aquí a las cinco sobra tiempo para que aprendáis.

—Oye, ¿a quién dices tú que han nombrado defensor de Madrid?

—Al general Miaja.

—¿Y quién es ése?

Se encontraron al aire de la puerta del patio de butacas. Asunción salía, cuando Vicente se asomaba.

Ni siquiera pronunciaron sus nombres, ahogados en sus miradas de meta alcanzada a última hora, con el postrer aliento. Se cogieron las manos y sentaron en la última fila de butacas.

¿Qué pensáis, varones claros?

¿Resolvéis aún todavía

en la triste fantasía

de dejarnos y ausentarnos?

¿Queréis dejar por ventura

la romana arrogancia

las vírgenes de Numancia

para mayor desventura?

¿Y a los libres hijos nuestros

queréis esclavos dejarles?

¿No será mejor ahogarles

con los propios brazos vuestros?

«Con los propios brazos vuestros», el brazo de Asunción contra el suyo. El brazo de Vicente contra el suyo. Ambos mirando el desnudo escenario. Y el alma zozobrada. La voz de Asunción perdida en dolor de tener que hablar, y decirle la verdad. Y la de Vicente ahogada de tanta sangre, de tanta muerte, de tanta huida, de tanto ciar. ¿Cómo justificarse de tantas derrotas? Porque ahora es él —Vicente Dalmases— el responsable.

Y pronuncian sus nombres, y se miran desnudos, los ojos en los ojos. Preñados de lágrimas los de ella, secos de dolor y ansiedad los de él.

—¿Sabías que estaba aquí?

—Me lo dijo Renau.

—Llegamos anteayer.

—¿Cuándo os vais?

—No nos vamos. Que trabajen otros: no faltan.

—Pero, tú…

—Carmela Guzmán puede hacer mis papeles. Yo me quedo en Madrid.

—Pero…

Vicente la miró a los ojos, desesperado:

—Van a entrar.

—¿Y eso lo dices tú?

—Sí, porque tú no sabes el material que traen.

—No entrarán.

—¡Qué sabes!

—Nos lo han dicho todos. Todos los que vinimos fuimos a alistarnos en las Juventudes. Nos han citado a las cinco. Están ahí todos, haciendo tiempo.

—¿Y qué les han dado? ¿Fusiles?

—Palas y picos.

—¿Para qué?

—Para cavar trincheras.

Vicente sonrió, misericordioso. Le regurgitaba su pesimismo. El mal gusto de boca de ese día de espera inacabable.

—¡Trincheras de medio metro de profundidad! Para que sus aviones sepan exactamente dónde tirar… O esas barricadas de adoquines que están levantando: para que, al primer cañonazo, las esquirlas hagan más bajas que diez obuses del siete y medio juntos…

Asunción le miró asombrada:

—Entonces, para ti, ¿no hay remedio?

—Lo único que quiero es que te vuelvas en seguida a Valencia.

¡Esa era la conversación soñada!

—Tienes muy mala cara —dijo Asunción buscando disculpas.

—¡Qué quieres, no puede uno afeitarse cuando tiene ganas!

Había un poso agrio en cuanto decía.

—¿Sabes lo que hay ahí afuera, en el zaguán? ¡Cuatrocientos barberos que dicen que se van a enfrentar a Varela! Ya veremos cómo le cortan el pelo a los regulares, cuando los tengan encima. Les van a rapar al cero, por debajo de la barbilla. Pero a éstos. Fui esta mañana con un parte al Ministerio de la Guerra. Y no había nadie. ¿Me oyes? Nadie. Mientras vosotros veníais para acá, el Gobierno se las piraba. ¿Quieres verme los pies? Traen todo el polvo del mundo: de Talavera acá.

Vicente apoya su cabeza sobre el respaldo de la butaca que se le enfrenta. Y allí, sobre sus brazos, sin poder contenerse, por primera vez en su vida, llora desesperadamente. Todos los miedos, todas las rabias, toda la injusticia del mundo caen sobre su espalda y le aplastan, y le deshacen, y le machacan. La presencia más querida acaba de destrozarlo.

Asunción lo podía esperar todo, menos aquello. ¿Qué hacer para remediarlo? Se sentía, físicamente, partida en dos por aquel dolor viril, que se destruía a su lado: lágrimas amargas que a ella también le pungían por salir, al darse cuenta del lamentable estado de Vicente. Todo era doloroso sentimiento y las lágrimas le descendieron por las mejillas, al tiempo que se atrevió a poner su mano —por primera vez— en la revuelta cabellera del amado. Musitó su nombre:

—¡Vicente! ¡Vicente, no te pongas así!

La vehemencia de su dolor se lo hacía compartir, huida la sorpresa.

Él levantó lentamente la cabeza, y la miró borrosa de su amargo llanto, soñada como nunca la soñó, ahí, a su lado, entera, viva, amadísima, y abrazó, y le besó, frenéticamente, toda la cara: mezclando sus lágrimas a las de ella. Y el amargor de sus labios recogiéndolas le sabía a algo tan fuera del mundo que, en ese momento mismo, se daba cuenta que pasara el tiempo que pasara, aun muerto, se acordaría siempre y para siempre de aquello, más de cuanto existiera.

Asunción se dejaba besar, sin atreverse a corresponderle. Mira el escenario: pende un solo alto foco, a esa luz cruda parece de otro mundo, fantasmal. El decorado, muerto, con sus toros de Guisando, a la derecha, y la tienda de Escipión a la izquierda. Numancia de cartón y tela. Y los actores, aquí y allá, defendiéndose como pueden del frío.

Alto, sereno y espacioso cielo

que con tus influencias enriqueces

la parte que es mayor de este mi suelo

y sobre muchos otros le engrandeces:

muévete a compasión mi amargo duelo,

y pues al afligido favoreces

favoréceme en hora tan extraña,

que soy la sola y desdichada España.

¿Será posible que continuo sea

esclava de naciones extranjeras

y que en un mínimo tiempo yo no vea

de libertad hendida mis banderas?

Interrumpe María Teresa León:

—No; no y no, Gloria. Con más emoción. Marcando mejor los acentos:

que soy la sola y desdichada España.

—Acentúa más sola y desdichada

La actriz asiente, y repite:

que soy la sola y desdichada España.

Al salir del teatro, decidieron ir primero a la Alianza. Cogidos los siete del brazo, en la noche, por las calles que se les hacían cortas, fueron cantando: Por Jovellanos y la Carrera, «la Joven Guardia»:

Somos la joven guardia

que va forjando el porvenir;

nos templó la miseria,

sabremos vencer o morir…

Al doblar por el Prado, Peñalver saludó amistosamente, con un gesto, el monumento de la plaza de la Lealtad.

—¡Salud, compañeros!

Entonaron «La Internacional»:

¡Arriba, parias de la tierra;

en pie famélica legión!

Atruena la razón en marcha;

es el fin de la opresión.

De la Cibeles y por Recoletos, fueron coreando «La Marsellesa» en francés:

Allons, enfants de la Patrie,

le jour de Gloire est arrivé.

Contre nous de la tyrannie

l’étandard sanglant est levé…

Para Vicente el mundo ha cambiado, dio vuelco completo, patas arriba. Ve su vida inmediatamente anterior, su ser de hace apenas dos horas, como algo lejanísimo que nada o apenas tiene que ver con él. Su sueño, en el Henar, se le aparece como sueño de un sueño, como algo irreal e ido para siempre. No era él, era otro. Ahora, de nuevo entre los suyos, siente que su soledad era mentira, un engaño, una trampa de la que se salvó sin esfuerzo, nada más con despertar. Está descansado, fresco, lleno de fuerza y el ímpetu se le sale a torrentes por la boca. Canta, feliz, entre Asunción y José Jover. Y lanza su voz a la máxima potencia, y echaría a correr y empezaría a bailar. ¡Hay que luchar! ¡Hay que disparar! ¡No pasarán! ¡No pasarán! Ellos son la razón y la fuerza. Nadie podrá con ellos. ¡Nadie! Y, en la noche, busca la mirada de Asunción, para que ella le confirme en su victoria. Pero la muchacha mira frente a sí. Vicente le aprieta cariñosamente el antebrazo. Y ella se vuelve hacia él, y le sonríe.

Julián Templado, a cojitrancas; José Rivadavia, pie plano, y Paulino Cuartero se cruzaron con ellos, cuando daban vuelta por Marqués del Duero.