Capítulo 17

Hospital River Oaks

Luisiana

A veces las cosas más trágicas sucedían en cortos intervalos de tiempo. La vida no era como una película en la que todos vencían y nadie se hacía daño.

A los matones de Yuri no les había hecho falta más que diez minutos para entrar en la casa Darwini y poner el mundo de los Romano y los Connelly patas para arriba.

Cleo y Darcy estaban ingresadas, al igual que Charles y Michael.

La que peor estaba era Darcy, pues había perdido bastante sangre con el corte intercostal y tenía dos costillas rotas. Charles había despertado de su traumatismo craneoencefálico, y solo hacía que preguntar por sus hijas y su mujer. Michael tenía un balazo en el cuádriceps y Anna iba de habitación en habitación preguntando por todos.

Markus, Leslie y Lion esperaban recibir mejores noticias en las próximas horas: querían ir a por Yuri sabiendo que todos estaban estabilizados.

Markus había elaborado un plan que involucraba a Magnus directamente. Y el capitán de policía de Nueva Orleans había aceptado la sugerencia del ruso en cuanto había llegado al lugar de los hechos y le había explicado todo, con pelos y señales.

De hecho, era Magnus quien ahora se acercaba a través del interminable pasillo del hospital de Nueva Orleans.

Los tres agentes se levantaron a la vez, y aquel hombre atractivo y mulato de ojos claros los saludó con respeto.

—¿Cómo están todos? —Se acercó a Leslie y fijó su mirada en los cortes del pómulo, la sien y la barbilla.

Ella se encogió de hombros.

—Podrían estar mejor. Cleo tiene una herida con entrada y salida limpia. No ha alcanzado ningún órgano vital.

—Me alegro. ¿Y tu madre?

—Es la que peor parada ha salido de todos —explicó, afligida—. Pero dicen que está estabilizada y que se pondrá bien. El padre de Lion tiene un desgarro de bala en la pierna; mi padre sufre una conmoción y un corte muy aparatoso en la frente. Milenka está en observación, porque puede haber ingerido mucho humo.

—¿Y el agente Summers?

—Está bien. Preparando sus juguetes para grabar toda la operación de hoy e intentar emitir el montaje en directo. No queremos quedarnos con el culo al aire ante los fiscales. Necesitamos pruebas fehacientes que demuestren hasta dónde estaban metidos y qué había en juego.

Magnus relajó el rostro y movió la cabeza, disconforme.

—Esto es una puta locura —aseguró, impresionado.

—¿Has dado el parte a los medios? —Markus reflejaba en sus ojos amatista un ansia de venganza como Leslie jamás había visto.

—He dado un primer parte diciendo que todos los habitantes de la casa más los ocho atracadores han muerto en el incendio y el tiroteo. Hemos añadido que faltaba identificar a los muertos.

Esas habían sido las órdenes de Lébedev, y Magnus las había seguido al pie de la letra en su comunicado. Yuri y los suyos debían creer que estaban todos muertos y que ya se los había sacado de encima. Así seguirían con sus planes.

—De acuerdo. Son las seis de la mañana. Dentro de unas horas tenéis que estar en el puerto para controlar hacia dónde van las entregas. ¿Tenéis las microcámaras preparadas? —preguntó.

—Sí. Y también los helicópteros —contestó Magnus—. Lo que no entiendo muy bien es cómo pretendéis hackear los informativos del Estado para que salgan esas imágenes en tiempo real y por todas partes. Se supone que la detención de los contenedores es posterior a la reunión del Mago y Venger, ¿no es así?

—De eso me encargaré yo —apuntó Nick saliendo de la habitación en la que Milenka estaba durmiendo—. Cortar y pegar en vídeos es sencillo. Lo mostraré como una especie de documental. Con nombres, cargos, historiales de los involucrados, y después pasaré las imágenes. La niña está bien. Solo sufre una leve intoxicación —explicó el rubio con algunos rasguños en la cara y los brazos.

—¿El señor Markus? —preguntó una enfermera con una carpetita blanca en la mano. Salía de la habitación en la que estaba Connelly.

Leslie se extrañó de que preguntaran por Markus, y no por ella. Pero la enfermera estaba muy decidida.

—¿Mi padre se encuentra bien?

—Tendrá dolor de cabeza durante varios días, y puede que sufra mareos y leves desorientaciones —su cara pálida de labios rojizos se tornó amable—, pero está bien. Ha preguntado por el señor Markus.

—Soy yo —dijo el ruso desubicado.

—Pues es a usted a quien quiere ver.

—De acuerdo —asintió, serio.

Leslie se dispuso a seguirlo, pero la enfermera negó con la cabeza y se interpuso.

—Es mi padre —replicó ella, ofendida.

—Solo se permite una visita por paciente, y el paciente ha reclamado al señor Markus. ¿Se llama usted Markus? —Arqueó las cejas y se dio la vuelta, mirando el trasero de Markus, que desaparecía tras la puerta de Charles Connelly.

—¿Tú has visto eso? —Leslie se giró hacia Lion, pero Romano ya no estaba allí, acababa de obedecer a su madre, que, desde la habitación en la que se encontraba su marido, le pedía que se acercara y entrara.

Leslie sabía lo que iba a suceder. Los Romano no tenían ni idea de que su hijo era agente al cargo del FBI. Seguramente, se merecían muchas explicaciones, y eso era lo que iban a exigir.

Por otra parte, lo que más le intrigaba a Leslie era por qué razón su padre, después de todo lo que habían pasado, quería hablar con Markus. ¿Y de qué?

***

Charles Connelly tenía el pelo rodeado con una venda blanca. Un hematoma empezaba a aparecer tras la gasa y se extendía por la frente y parte del ojo derecho. Tenía cortes en la cara, en el cuello y en las manos… Pero, aun así, parecía fuerte como un roble.

Fuerte y pensativo.

Markus tocó a la puerta y se presentó a la llamada del padre de Leslie.

—¿Me ha mandado llamar, señor? —preguntó respetuoso.

Charles lo miró y asintió con lentitud.

—Siéntate, hijo —le pidió mirando la silla vacía al lado de la cama.

Markus carraspeó y obedeció.

—¿Sabes? —dijo Charles mirando a través de la ventana—, es la segunda vez desde el Katrina que me ingresan. Antes, nunca.

—Escuché la historia por boca de su hija. Lo admira mucho, y no es de extrañar.

—Entonces, estuve cuarenta y ocho horas trabajando a destajo. Sin dormir. Me colgaba de las escaleras de rescate que se dejaban caer desde los helicópteros de búsqueda, y recogía a aquellas personas que, sin ya hálito de vida ni esperanza, se sujetaban unos a otros y alzaban las manos como podían para que algún salvador los rescatase de aquel infierno.

Markus escuchaba con atención y en silencio. Pocas veces podía estar ante un auténtico héroe: altruista y desinteresado. De esos que hacían lo correcto, a los que no les movía ningún propósito de venganza.

—Cuando me ingresaron en el hospital por agotamiento, fue Darcy, mi mujer, la que se sentó en esta silla. Al principio me traía horchatas y granizados, solo a mí —sonrió melancólico—, pero después empezó a distribuirlas por toda la planta. La gente se enamoró de ella. Se enamoró de su simpatía, de su cariño y dulzura, y de su buen hacer. ¿Te has fijado en cuántos enfermeros hay con ella? Seis. Seis personas cuidando de mi mujer —dijo orgulloso, con los ojos llenos de lágrimas.

Markus no sabía adónde quería ir a parar, pero merecía tanto la pena escuchar la pasión y el amor que sentía ese hombre por su mujer que lo tenía absolutamente hipnotizado.

—Lo que quiero decirte, Markus, es que esta vez mi mujer no está aquí a mi lado. No la he podido proteger como se merece.

—No diga eso. A veces, cuando atacan por la espalda…

—No me dores la píldora, hijo —lo cortó con severidad—. A mi mujer nada ni nadie debió tocarla, ¿me entiendes?

—Lo siento… —dijo apesadumbrado, mirando hacia las puntas de sus botas—. Lo siento mucho. No quería que sucediera esto por mi culpa.

Charles arrugó el ceño.

—¿De qué coño me hablas? No te culpo de nada de esto a ti. —Esperó a que Markus levantara la cabeza y borrase ese fatídico arrepentimiento de su cara—. Conozco tu historia, mi hija me lo ha contado todo, Markus. Por eso sé que me entiendes. Sé por qué te invade la ira, por qué haces lo que haces, y ahora la comparto. En tu lugar, yo haría lo mismo. Pero, mírame, ahora no estoy en mi mejor forma. No puedo proteger a mi familia. Pero te tengo a ti —dijo sin pestañear ni una sola vez, conectando con el alma del mohicano como solo dos hombres heridos podrían hacer—. Me has sacado del fuego. A mí y a mi mujer. Gracias a ti puedo contarlo. Nunca te juzgaré por lo que has hecho ni por en lo que te has convertido. Pero necesito pedirte un favor, cuando sé que, a lo mejor, ya estás harto de hacer cosas por los demás. Nadie te ha pedido nada, todos te han exigido y nunca has tenido la oportunidad de elegir. Y ahora yo —gruñó, avergonzado—, ahora yo también he de exigirte algo.

Markus nunca había tenido la figura de un padre que le hablara de tú a tú, de cara a cara y desde la honestidad de su corazón. No obstante, Charles le estaba dando una lección de humildad y sinceridad. Le hablaba como si de verdad le importara, como si le respetara, como si de verdad estuviera agradecido por salvarles la vida y sentía…, Dios, no sabía ni lo que sentía.

—Dígame qué necesita —le dijo Markus.

—Culpo a los demás hijos de puta que andan sueltos. A ellos. Los culpo por hacer daño a gente buena. Gente como mi mujer, como mis hijas, como los padres de Lion, como tú…

—¿Yo? Usted no me conoce.

—No me hace falta para saber que uno se forja a sí mismo. Y tú, con toda la corrupción que has tenido alrededor, no te has corrompido. Prueba de ello es que estás aquí. Y estás aquí para proteger a mi hija, y para proteger a la tuya. Tendrás mi respeto siempre. ¿Lo entiendes?

—Sí, señor —contestó con voz ronca.

—Ahora yo —Charles alargó la mano y esperó a que Markus la tomara, como si firmaran un pacto— soy de los tuyos. Comparto tus ansias de venganza. Han tocado a lo que yo más quiero, a mi familia, pero no puedo salir de este hospital y vengarme como yo quisiera.

—¿Qué quiere que haga?

Los ojos grises de Charles, exactamente iguales a los de Leslie, se achicaron y brillaron con mordacidad.

—¿Que qué quiero? Quiero lo que querría cualquier padre y marido a quien le hayan hecho esto. Quiero lo mismo que buscas tú. Quiero venganza. —Apretó la mano de Markus y se inclinó ligeramente hacia él—. Si vas a ser de mi familia, quiero vendetta, ¿comprendes? Y lo serás, porque te quiero entre los míos, y no hay más que hablar, joven.

Markus asintió y parpadeó, comprensivo. ¿Iba a ser de su familia?

—Sí, señor. Los cogeré.

Sin embargo, para sorpresa de Markus, este negó con la cabeza, como si corrigiera a un niño pequeño.

—No quiero que los cojas. Ya cogieron a Yuri, y está en la puta calle al cabo de menos de dos semanas. Lo que quiero, lo que de verdad quiero…

—¿Sí, señor?

—Lo que quiero es que te los cargues y que dejes un mensaje para la posteridad, hijo.

El respeto que sentía por ese hombre se volvió mayor gracias a esa firmeza y decisión.

—¿Qué mensaje?

—Cuando les tengas cogidos por los huevos —su rictus mostró desdén mientras abría y cerraba los dedos de la otra mano—, diles lo siguiente: a los Connelly no se les toca.

—¿Por qué está tan seguro de que los cogeré?

Charles sonrió y reposó la cabeza sobre la almohada.

—Porque para tratar con mi hija mayor se tiene que tener un par de cojones. Y tú los tienes, chaval. No se escaparán.

—No le llevaré la contraria en eso.

—Bien. Veo que nos entendemos. Ahora márchate, Markus, y venga a tu familia.

***

Anna se cubría la boca con las manos. Michael Romano no se podía creer lo que estaba escuchando de boca de su hijo Lion.

—Así que eres agente del FBI —murmuró Michael sin podérselo creer.

—Sí, señor. —Lion tragó saliva.

—Por el amor de Dios —susurró Anna, apoyada contra la pared.

—¿Por qué no nos dijiste nada?

—Porque supuse que no te entusiasmaría saber que había rechazado el negocio familiar para meterme a policía y después hacer las pruebas para el FBI.

—Me mentiste, Lion —dijo con rabia—. Me dijiste que habías suspendido la academia. Te tenía por un desastre.

Lion se encogió de hombros y se frotó la nuca, indispuesto ante la reprimenda de su padre.

—Lo lamento, señor.

—¿Y ahora estás en un caso de trata de blancas y de drogas, a punto de coger a uno de los mayores traficantes de armas de la actualidad, y a un sádico abusador dueño de media Rusia? ¿Me lo dices en serio?

—Sí, señor.

—Estuvieron a punto de matarnos.

—Sí, señor. Lo lamento, señor.

—¡Lion, maldita sea! ¡Deja de tener esa actitud!

—Siento decepcionarte.

—¿Decepcionarnos? —repitió Anna con el rostro emocionado—. ¿Decepcionados dices? ¿Sabes cómo amamos Nueva Orleans? ¿Sabes cuáles son nuestros valores? ¿Crees que nos decepciona saber que quieres proteger nuestra tierra?

Lion se aclaró la garganta y miró a sus padres de frente.

—Nuestra familia es importante en todo el estado, por nuestra relación con el negocio del algodón. No quería poneros en evidencia de ninguna de las maneras.

—Hijo —Michael se incorporó sobre la camilla—, ¿de verdad crees que me avergüenzas? No te negaré que no comprendía como alguien con tu potencial se iba a trabajar a Washington y abría un negocio de informática. Pero esto lo cambia todo. Eres un maldito héroe. Tú, Leslie, Cleo, Nick y ese tal Markus que tanto le gusta a tu madre…

—Es tan guapo —asintió ella sin pizca de vergüenza.

—Sois héroes para mí. Y si no estuviera cojo, me levantaría ahora mismo y te abrazaría con todas mis fuerzas.

Lion tragó el nudo de la garganta, se inclinó sobre la camilla de su padre y le dio un abrazo.

Las palmadas de aprobación de Michael y los masajes cariñosos de Anna no se hicieron de rogar.

—Ve a por ellos.

—¿Cuándo tienes que volverte a ir? —preguntó Anna, preocupada.

—Ya mismo. Si todo sale bien, al atardecer, interceptaremos el intercambio entre Yuri y Petrov. Los cogeremos y lo grabaremos todo. Si me veis en las noticias de la noche, es que todo ha salido bien.

Michael abrazó con más fuerza a su hijo.

—Mi chaval es un puto héroe —gruñó orgulloso—. Vuelve sano y salvo, Lion. No hagas ninguna tontería, ¿de acuerdo?

Él asintió sobre el hombro de su padre y agradeció poder sacarse de encima el secreto que había estado guardando desde hacía más de cuatro años atrás.

—Sí, papá.

***

Cuando Markus salió de la habitación de su padre, Leslie se levantó del sillón de la sala de espera para ir hacia él y preguntarle qué había pasado.

El mohicano medio sonrió, algo aturdido, y le contestó que todo había ido bien.

—Leslie —dijo Markus esquivando su mirada—, he pensado que puede que sea mejor que te quedes aquí cuidando de Milenka. No me gustaría que se quedara solita.

—Milenka se queda con Anna. Ella se hará cargo.

—No hay más que hablar.

—¿Perdona?

—Anna debe hacerse cargo de Michael. Tú, de mi hija.

—¿Te han dado un tripi ahí adentro o qué? No vas a hacer que recapacite y me eche atrás, Markus. Olvídate.

—¡Leslie! —dijo él, impotente. Nunca había tenido tantísimo que perder. Y prefería que ella se quedara a salvo en el hospital. Había muchas cosas en juego—. Ellos creen que hemos muerto. Si nos ven y logran escapar, nunca dejarán de perseguirnos. Te quedas y punto.

—¿Te digo por donde me meto tus órdenes, punkarra? No eres mi superior.

—Pues como si lo fuera. —Se giró de golpe, y eso hizo que ella chocara contra su pecho.

Leslie frunció el ceño e hizo un mohín.

—¿De qué me estás hablando? He empezado esta misión contigo y la pienso acabar, joder. ¿Qué te has creído?

—¡No seas tan cabezota!

—¡No seas tan gallina! ¿De verdad crees que, después de que hayan atacado a mi familia, voy a dejar que vayas solo a vengarte? Yo, como tú —Leslie le clavó el índice en su marmóreo pectoral—, ya no los quiero llevar a la cárcel. A Yuri no. Con el otro puedo escuchar ofertas. Pero no quiero a Yuri entre rejas. Quiero a ese desgraciado bajo tierra. Por todo lo que simboliza y por todo en lo que ha estado implicado.

—¿Quieres sangre, superagente? ¿Tú? —La miró con admiración. ¿Es que esa mujer siempre tenía que llevarle la contraria? ¿No temía a nada?

—Quiero sangre como tú. Esto se ha vuelto algo personal. Mi familia no se toca.

Markus observó las heridas en el cuello y la cara de Leslie. Tenía leves tiritas de sutura en ceja y barbilla, pero seguía estando hermosísima para él. Su rictus era inquebrantable. Inflexible.

Maldita sea, esa mujer lo volvería loco de remate, si no lo estaba ya.

—¿A los Connelly no se les toca? —preguntó con una media sonrisa. Leslie era igual de vengativa que su padre.

—Ni a los Connelly ni a los Romano ni a los Lébedev. Ni a Milenka. A las personas a las que quiero no se las toca, ¿entendido? Si tocas, pagas.

El mohicano alzó una mano y la colocó sobre su mejilla.

—Tan bonita y tan dura ella…

—¿Cómo dices?

Markus rodeó su nuca y pegó su frente a la de la chica.

On zhivet so mnoy. Vive por mí. —Besó su frente con dulzura.

—¿Qué has dicho? No te he entendido. Hablas muy bajito.

—He dicho: vamos a por esos mal nacidos.

***

Parque de atracciones SIX FLAGS

Este de Nueva Orleans

Llegaron al mediodía al parque abandonado. Dos palabras lo podían describir perfectamente: triste y tenebroso. Aquel lugar simbolizaba la pérdida de esperanza y alegría en Nueva Orleans. Un parque infantil hundido bajo el agua, y después resecado y agrietado, muerto. No había mucho que hacer con él, excepto reformarlo, pero las ayudas económicas no se acababan de cerrar y se necesitaba una gran inversión, ya que todos los edificios y las maquinarias habían quedado casi inservibles.

En esas circunstancias, había gente que aprovechaba el Six Flags para hacer rutas góticas y de terror, y así ganarse un sustento autónomo e ilegal.

Lion, Leslie y Markus estaban escondidos, revisando sus municiones y las cámaras filmadoras de sus cañones. Nick comprobaba que las grabaciones tuvieran nitidez mientras preparaba sus titulares para montar el reportaje en vivo y en directo. Lo hacía en solitario desde una sala wifi del hospital. Desde allí continuaba hackeando los mensajes entre Yuri y Petrov. Había pinchado la última conversación por correo electrónico, en la que decían el lugar de la reunión. Se trataba del Cool Zone, la que otrora fuera la entrada a la maravillosa montaña rusa del parque; en esos momentos, era un tétrico edificio lleno de grafitis, cuyas pinturas se desconchaban con el tiempo. Atendiendo a los estados furiosos de los agentes, el tiempo soleado del día anterior había desaparecido por una clara amenaza de nubes tormentosas.

Leslie cargó su metralleta, igual que la de Markus. Lo hacía minuciosamente, con concentración.

—¿Estamos todos de acuerdo en lo que vamos a hacer? —preguntó él—. Si volvemos a dejar libre a Yuri, nos la volverá a liar.

—Lo mismo sucederá con Petrov —aclaró Lion, sentenciador—. Yo voy a muerte.

—Yo también —apoyó Leslie.

—Te estás jugando el puesto como inspectora —le advirtió Markus—. ¿No te arrepentirás después?

—Me da igual. Han disparado a mis padres y han herido a mi hermana. No me da la gana de hacer las cosas según una organización corrupta hasta decir basta. Puede que ya no me interese estar con ellos.

—Yo ya no estoy con ellos. Es la última vez que llevo placa —aseguró Lion—. Me siento vendido, por eso busco hacer justicia por mi cuenta. Spurs ha dudado de nosotros. No nos ha ayudado. ¿Dónde coño están los refuerzos? —se preguntó sin comprender—. No nos ha llamado ni siquiera una vez.

—¿Dejarás el FBI, Romano? —preguntó él, sorprendido.

—Puede que sí —respondió Lion—. No me gusta lo que he visto. Me han decepcionado.

Markus sintió aún más admiración por aquellos dos agentes.

Lo que hacían, aunque estaba bien, iba contra la ley y los estatutos. Pero si los estatutos los desprotegían, ¿por qué seguirlos?

—¿Y tú, Markus? —preguntó Lion, colocando el cargador en su pistola—. ¿Qué harás una vez que acabe todo esto?

—Buscaré mi libertad.

—¿Te quedarás por aquí?

Markus miró a Leslie, que parecía concentrada en sus cosas, aunque sabía que lo que estaba esperando era una respuesta que les fuera bien a los dos. No se la daría todavía hasta que solucionara sus cosas.

—No. No puedo quedarme aquí.

A Lion le pareció bien la respuesta. A Leslie le dolió.

—Entonces —Markus colocó el cañón de la metralleta en el centro del triángulo que habían formado—, ¿vamos a por todas?

Leslie cruzó su cañón con el de Markus y asintió.

—Juntos hasta las últimas consecuencias.

Lion también apoyó el cañón de su zeta sobre los de ellos y afirmó:

—Es la guerra. Nadie toca lo mío.

—¿Pakt? —Markus quería asegurarse de que lo que se decía iba a misa.

—Pacto —contestaron Leslie y Lion.

En ese momento, recibieron un mensaje y unas imágenes grabadas desde las cámaras de Magnus. Se veían los contenedores del puerto y que cuatro hombres, uno de ellos cojo, abrían las puertas y revisaban su contenido.

El cojo era Yuri Vasíliev. Salía del último de ellos, sonriente, mientras se frotaba las manos, pensando ya en los beneficios de aquella operación. Se iba a llevar una buena parte del pastel, igual que muchos, fiscales, jueces y comisarios…

El mensaje de texto era de Magnus, y resultaba muy esperanzador.

De Magnus:

Controladas las hojas de ruta del transporte de contenedores. Tres paradas obligatorias en Norfolk, Baltimore y Newport, tal y como me dijo Markus.

Hemos pasado los archivos de vídeo a Nick Summers, y no quitaremos los ojos del barco de carga que hace la ruta. Las dos toneladas van en él. El resto, por ahora, está en vuestras manos. Esperaremos vuestra señal para interceptar la carga. Yuri Vasíliev y sus tres orangutanes se fueron en un Hummer negro con matrícula retráctil. Estos cerdos se las saben todas. Pero los tengo vigilados.

Los tres se miraron entre sí orgullosos.

—Ya hay una parte del trabajo hecha —afirmó Markus guardando el móvil—. Ahora hemos de esperar la carga gorda. Tenemos a dos personas de las cuadrillas de Rocks y de Yuri secuestradas, Charles Harrelson e Ilia Srenki, este último con un balazo en la rodilla. Serán nuestros testigos. El vídeo, las imágenes y las conversaciones delatarán a toda la organización. Solo espero que afinemos nuestra puntería y que no dejemos ningún cabo suelto. Si los eliminamos a todos, los eliminamos a todos, ¿de acuerdo?

—No hace falta que lo repitas dos veces —dijo Lion—. Cometí el error de dejar a Vasíliev con vida. Esta vez, con tu permiso, no voy a caer en la misma equivocación.

—Perfecto. —Markus miró el reloj—. Quedan dos horas para que se encuentren los dos cabecillas. A nuestros puestos. Hemos de cubrir todas las posibles entradas. ¿Tenéis las municiones preparadas?

—Sí —contestaron ambos.

—¿Comunicadores en orden?

—En orden.

—Bien. Tú, ven aquí. —Markus miró a Leslie, la agarró del cuello del chaleco antibalas negro que llevaba y tiró de ella para darle un beso en los labios, para sorpresa de Lion y de ella misma.

—Joder, estás perdido, tío —dijo Lion mientras se alejaba hasta su posición—. Las Connelly no son de este planeta. Lo vuelan todo a su alrededor —murmuró mientras se alejaba—. Te absorben la cabeza…

Leslie despegó los labios de los de él y lo miró atónita, con los ojos adormecidos y entrecerrados.

Ese beso había sido distinto. Repleto de posesividad, de dominación.

—¿Es un último beso? —preguntó ella—. ¿El último de los últimos, Lébedev?

Markus se embebió de ella, se dio la vuelta y le dijo sin mirarla, muerto de amor y necesidad:

—Depende de ti que lo sea.

—¿De mí? Ya claro… ¿Y qué más? ¡No soy yo la que huye! —le replicó Leslie, que no acabó de comprender el comentario. Si esperaba que fuera tras él, es que estaba muy equivocado.

Markus sabía que aquel no era ni el momento ni el lugar para hablar de su relación. No era difícil adivinar que, después de tantas negativas, Leslie no corriera tras él, persiguiéndole y exigiendo que la quisiera. Tenía que estar cansada de su comportamiento esquivo.

Él también lo estaba. Estaba harto de él mismo, de privarse de cosas que tal vez, solo tal vez, le pertenecían, como el derecho de amar y ser amado.

Markus, que se había erigido como el líder del trío por naturaleza, dio una palmada con fuerza, después de colgarse la metralleta al hombro y gritó:

—¡A sus puestos!

Mientras se camuflaba y se subía a la parte sur de la montaña rusa no dejaba de pensar en la razón que tenía Lion Romano.

Las Connelly eran otro mundo. Un mundo del que tal vez él ya no quisiera salir, porque si el amor era sentir que sin la otra persona uno solo valía la mitad, entonces es que se había enamorado.

***

Dos tráileres Kenworth T300 de color azul se aproximaron a la entrada del Cool Zone precedido por un Hummer negro, que coincidía con la descripción que le había dado Magnus del coche de Yuri Vasíliev.

Por su parte, un Mercedes plateado se aproximó por la avenida contraria. Lo hicieron con lentitud, hasta que el Hummer y el Mercedes quedaron uno delante del otro.

Había oscurecido. La visibilidad no era la misma que un par de horas atrás, así que los focos de los coches debían permanecer encendidos.

Un hombre vestido de negro bajó del Mercedes. Era muy rubio, con barba, muy corpulento.

—Nick —ordenó Lion—, manda a Magnus que intercepte el popper inmediatamente.

—Recibido —dijo Nick.

—Señoras y señores —anunció Markus en voz muy baja, a través del comunicador—, con todos ustedes, Petrov Birlenko, el señor de las armas, el encargado de intercambiar munición de guerra en más de veinte países. Todo ilegal.

Con las piernas, Markus se sujetaba al carril metálico de la montaña rusa. Desde ahí, nadie lo podría localizar. Desde su privilegiada posición dispararía sin reparos.

Del Hummer se apeó un hombre moreno, estilizado y pálido de piel, como un vampiro. Iba cojo y se apoyaba en una muleta plateada y negra.

—Ese es Venger —susurró Lion al otro lado de la línea—, el hijo de Aldo Vasíliev.

Yuri y Petrov se dieron la mano, midiéndose el uno al otro. Se saludaron, pues era la primera vez que se encontraban, ya que era el padre de Yuri quien solía cerrar ese tipo de negocios.

—Nick —dijo Leslie, con la metralleta preparada, registrando todo el encuentro desde una altura de unos tres metros—, ¿estás grabando?

—Grabando, chicos.

—¿Puedes incluir subtítulos en la grabación?

—Puedo ponerte al yeti si quieres.

—No —sonrió Leslie—, con que incluyas la traducción de lo que dicen me conformo.

—Genial. Pues tradúceme.

Leslie subió el volumen del amplificador de sonido y prestó atención a las palabras que se decían.

—Yuri está encantado de conocerle. El Mago lamenta la inesperada muerte de su padre y le da el pésame. Yuri contesta que ya se ha encargado de los que boicotearon el Vuelo Negro en Londres. Dice que nos ha matado a todos. Que ha perdido a ocho de sus hombres en la reyerta, pero que, a veces, el sacrificio debe de ser desinteresado. El Mago le felicita y dice que se debe vengar siempre el nombre de la familia. Le pregunta por qué reunirse en Nueva Orleans. Yuri dice que el puerto de Nueva Orleans facilita mucho la entrada y la salida de sus contenedores, ya que tiene una amistad de interés con Robert Dival, el fiscal. Joder, acaba de meterse de lleno en la boca del lobo… —susurró ella, nerviosa—. ¿Estás grabando?

—Sí, joder…

—Ha dicho que acaba de enviar una carga a los puertos que conocemos. Que el popper se va a distribuir con la colaboración y las facilidades de alguna gente que tiene cargos de responsabilidad en Estados Unidos. Da los nombres de los fiscales que ya sabemos, y también las del comisario Ed Cartledge. Y ahora el Mago le pregunta sobre su huida de la prisión de Washington. Dice que Suzanne Rocks es conocida de él, y que la mujer se vende fácil por dinero. ¿Quién no se vende?, replica Yuri. Los dos se ríen… Qué cabrones.

—¿Eso lo dicen ellos?

—No. Eso lo digo yo.

—Ah, vale.

—Lion. —Markus entró en línea—. ¿Coges bien la perspectiva de los tráileres?

—Perfecto.

—Graba bien, enfoca y no pierdas ni un detalle. En breve, Yuri abrirá las puertas y mostrará la munición.

—De acuerdo.

Y Yuri no tardó en hacer lo que había anunciado Markus. Después de unos intercambios más sobre lo fácil que era hacer negocios si se ofrecía dinero o se amenazaba, y acerca de lo sencillo que era jugar con el miedo y la cobardía de los demás, Yuri abrió las puertas de los Kenworth.

En su interior, cientos de cajas llenas de explosivos civiles modificados y destinados al uso militar se apilonaban unas encima de otras.

Jooooder —dijo Lion—. Ahí hay material para detonar medio país.

Leslie continuaba traduciendo.

—El Mago ya tiene todo el material vendido. Asegura que tiene sargentos del Ejército de Estados Unidos decididos a revender el material a otras milicias de otros países menos desarrollados. Es gente que trabaja en el Pentágono. —A Leslie se le revolvió el estómago ante la hipocresía del mundo, mientras pronunciaba los nombres y apellidos de los implicados que delataba Petrov. Estaba segura que eso no solo sucedía en su país, sino también en todo aquello que tenía que ver con la condición humana.

Petrov Virlenko dio el visto bueno al material de Yuri. Después se dirigió a su Mercedes, seguido muy de cerca de Vasíliev, que avanzó renqueante por su cojera. Abrió el maletero y mostró diez maletines.

—El Mago dice que ahí está el dinero que acordaron. Son… Dos… Doscientos millones de dólares. —No se lo podía creer. Sintió asco. ¿Cuánto dinero tenían? Eran los dueños del mundo.

Nick grabó el intercambio de las maletas y cómo iban del maletero del Mercedes al del Hummer.

—De acuerdo. Son doce contando a nuestros dos amigos. —Markus se apretó el comunicador. Con el movimiento, los metales oxidados de la montaña rusa chirriaron lo suficientemente alto como para que Yuri y el Mago se dieran la vuelta y otearan en la oscuridad.

Y entonces, Petrov, levantó la metralleta y empezó a disparar a la montaña rusa, a la zona de donde venía el ruido.

Y la guerra que todos buscaban se desató inmisericorde.

***

Lion abatió a dos guardaespaldas trajeados de un disparo en la cabeza. Eran grandes y musculosos, de cabezas afeitadas, pero no lo suficientemente rápidos para él.

Leslie salió de su escondite y abatió a dos más, disparándoles a las rodillas.

Los guerrilleros gritaban de dolor. Yuri corrió para ocultarse en el Hummer y huir, el muy cobarde. Siempre corría y evitaba enfrentamientos.

—¡Venger es mío! —gritó Lion disparando a diestro y siniestro.

Leslie buscó a Markus con la mirada. Disparaba colgado del carril metálico, a punto de caer al suelo desde una altura considerable.

Petrov no dejaba de disparar. Una de las balas le dio en el gemelo, y al sentir el impacto, cayó desde veinte metros al suelo.

—¡Markus! —gritó Leslie, asustada. Disparó a Petrov y le dio en la espalda.

—Leslie, cúbrete —exclamó Lion disparando a dos más que salían a su paso.

Una bala se clavó en el costado del chaleco de la joven, que cayó hacia un lado. El dolor le hizo creer que el proyectil había atravesado la prenda.

Markus, emergió entre la maleza del lugar, cojeando y apuntando al Mago con la Z70. El golpe le había dejado sin respiración, pero continuaba adelante. Tenía que seguir, jamás se detendría. Le había dado su palabra a Charles Connelly.

—¡Leslie! —Disparó al Mago, que desde el suelo rozó su cuello con otro balazo.

Pero Markus no falló, le pateó la cabeza y después le disparó. El planeta no necesitaba cerebros como ese. Ya había dado los nombres de los implicados. Ya no necesitaban nada más de él.

Leslie se levantó, dolorida, y disparó a un matón que intentaba abatir a Markus.

El ruso miró por encima del hombro, para ver muerto a su verdugo. Después desvió la mirada hacia Leslie y le guiñó un ojo.

—Das justo en la diana, preciosa. ¡Vamos!

Juntos corrieron a por Yuri, que, flanqueado por dos matones más, abrió la puerta de uno de los tráileres y cogió una granada de las que él comerciaba.

Leslie y Markus se detuvieron al instante y corrieron a ocultarse. Yuri la lanzó contra ellos. Debido a la fuerza centrífuga, los dos agentes salieron volando por los aires.

Lion lo placó como si se tratara de un jugador de fútbol americano, y el lisiado y él se revolcaron por la tierra seca.

Empezó a llover.

—¡Lion, detrás de ti! —le advirtió Nick por el comunicador, usando la cámara del arma de Leslie, que había caído al suelo y enfocaba en su dirección.

Lion se levantó, y dio un cabezazo al guardaespaldas de Yuri.

Leslie y Markus se ayudaron el uno al otro para incorporarse. Mientras lo hacían, el segundo guardaespaldas que quedaba en pie disparó a Leslie en el brazo izquierdo.

Ella gritó y levantó el brazo derecho para sacarse su Beretta, agacharse y disparar en la entrepierna a su francotirador.

—¡Joder! —Markus corrió a por el que había disparado a Les, le cogió la cabeza y se la rompió torciéndosela bruscamente hacia un lado.

Lion intentaba rematar al tipo que lo atacaba.

Markus buscó a Yuri.

—¿Dónde está Venger? —preguntó mirando a su alrededor.

Lion, que estaba matando a golpes al otro tipo, dijo:

—¡Lo tenía detrás!

Al final decidió dispararle entre ceja y ceja, vendido y abatido como estaba, y lo mató.

—¿Me buscas, Markus? —preguntó Yuri tras él.

Cuando Markus se dio la vuelta, sus ojos consternados observaron como agarraba del cuello a Leslie, que estaba malherida, y le ponía la granada a la altura de la cara.

***

—Se suponía que vosotros estabais muertos —dijo Yuri entre dientes—. Lo vi en las noticias de última hora.

—Se suponen tantas cosas… —le replicó Markus, preocupado por la cara de dolor de Leslie.

—Sí, supongo que suponíais que os ibais a salir con la vuestra. —Miró con desprecio a Lion—. Rey León, ¿tu chica está bien?

Lion le apuntó con la HSK, temblando de la frustración.

—Mucho mejor que tu padre.

Yuri apretó los dientes y escupió en el suelo.

—Deja de apuntarme. —Se sostenía en una muleta; el otro brazo rodeaba el cuello de la superagente, con la granada en la mano—. Suelta el arma, levanta las manos o hago estallar la granada en la cara de la vibrannay del Drakon.

Markus entrecerró los ojos y estudió el rictus de Leslie, que lo miraba con el cuello echado hacia atrás.

Ella negó con la cabeza.

—No lo hagas. No lo dejes ir.

—Me dejarás ir, o mataré a la chica —aseguró Yuri, amenazante—. ¿Tienes ganas de morir, puta? Si sigues hablando, eso es lo que vas a conseguir.

—Me matará igual, Markus. No le hagas caso. Este tío no puede escapar.

Markus no contestó, con la mirada fija en Leslie.

Ella respondió a su pregunta implícita en su mirada amatista con un aleteo de sus párpados.

—No bajes el arma, Lion —ordenó Markus.

Lion guiñó un ojo a Leslie, para intentar tranquilizarla.

—Te tenemos, puto. Ya no puedes huir. —Lion sonrió.

Leslie entrecerró los ojos al tiempo que observaba el gesto que le indicaba Markus.

Entonces Yuri levantó la muleta, apuntó a Lion y del extremo del metal salió un disparo que impactó en el chaleco del pecho de Romano y lo propulsó hacia atrás.

Markus no se esperaba eso, pero continuó dando pasos hacia atrás.

Leslie cogió aire por la nariz y cerró los ojos.

—¿Qué coño haces, amo del calabozo? ¿Me dejas el camino libre? Chico listo, ¿no quieres acabar como tu compañero?

Markus abatió el martillo de su arma y puso en tensión los brazos hacia delante. Era un excelente tirador. Yuri no se esperaba lo que iba a hacer.

Markus sintió admiración por esa mujer tan valiente que tenía ahí, en manos del sádico. Sonrió y entonces:

¡Pum!

Le disparó en el muslo.

Leslie se inclinó hacia delante y sostuvo la herida ardiente.

Yuri, desorientado y perdido, no entendía que Markus disparase a la rehén.

Y entonces ella corrió, coja, hacia Markus; Yuri levantó la muleta y disparó, pero el proyectil no alcanzó a nadie; sin embargo, Markus atravesó la mano de Yuri, la que sostenía la muleta, y esta cayó al suelo.

Finalmente, cuando Leslie llegó hasta Markus, él la colocó detrás de su cuerpo y apuntó a la mano de Yuri que sostenía la granada:

—¿Preparada para correr, vedma?

—Preparada.

Disparó.

Posiblemente, el parque de atracciones de Six Flags hacía tiempo que no vivía una noche de fuegos artificiales como esa.

Mientras los tráileres detonaban, Markus cargó con Leslie; por el camino recogió a Lion. Cargado con sus dos amigos sobre los hombros, uno en cada uno, luchó por salvar sus vidas antes de que el fuego los alcanzase.

Mientras huían y salían volando debido a la fuerza de las explosiones, Nick les decía por el intercomunicador:

—¡Estamos en el aire!