Capítulo 12
Tomar las curvas como si fueran rectas era una habilidad que solo poseían las Connelly. Leslie estaba presumiendo de su arte al volante, pero ni buscaba felicitaciones ni palmadas en la espalda.
Lo único que tenía in mente era llegar a su casa y comprobar que no pasaba nada, que, en realidad, las alarmas habían saltado por error, que Milenka estaba a salvo y que Nick había solucionado el problema.
Pero Markus estaba tan tenso a su lado que parecía que fuera a romperse. Se había sacado la capucha de cuero de la cabeza, y ya no era un verdugo. Era el mismo sicario de Londres.
La misma mirada, los ojos depredadores clavados en lo que tenía delante, como si supiera perfectamente qué iba a hacer, como si su mente procesara cada uno de sus futuros movimientos antes de acechar a su presa.
El mohicano respiraba alterado y cargaba su HSK con movimientos automáticos y secos. Después enroscaba el silenciador en el cañón de su semiautomática y revisaba que el cargador estuviera lleno.
No se atrevía a decirle nada ni a tranquilizarle, porque ella misma se sentía descontrolada al respecto. Si algo le ocurría a la niña, ni siquiera Markus podría detenerla, y le importaba poco convertirse en una proscrita o en persona non grata para el FBI y Gobierno de Estados Unidos.
No se detendría hasta llegar al fondo de la cuestión y acabar con todos.
—Markus… Seguro que están bien. Nick es…
—No —la cortó él, que deseaba llegar cuanto antes—. Ahora no, Leslie. No quites el pie del acelerador y llévame a tu casa lo antes posible —dijo con la barbilla pétrea.
—Eso hago —replicó ella.
Leslie derrapó al coger una curva; en ningún momento pisó el freno hasta que llegaron.
Saltaron del coche y corrieron pistola en mano hasta la entrada.
Las luces de la piscina seguían iluminando el jardín, y solo las pantallas de los monitores de los portátiles de Nick refulgían a través de los cristales del salón. Por lo demás, no había ninguna sala con la luz encendida. Ni ninguna alarma sonando.
Nada.
Los dos agentes subieron los escalones del porche con sigilo. Ambos llevaban las pistolas bien agarradas con las dos manos.
Leslie le indicó que daría la vuelta al jardín y revisaría la planta de abajo.
Markus asintió e hizo un gesto con la cabeza señalando hacia arriba. Perfecto, él iría a la planta superior.
No se oía nada, excepto el zumbido molesto del aleteo de un mosquito que no dejaba de rondar la cabeza del mohicano.
Markus subió los escalones de madera intentando que no crujieran por su peso. Cuanto menos ruido hiciera, mejor, porque no quería advertir de su presencia a los posibles visitantes.
Tenía la sensación de que el corazón iba a salírsele por la boca. La bilis le subía y le bajaba a través del esófago, y el sudor le caía como un torrente por la frente y la sien.
Markus no quería pensar en lo peor, pero lo pensaba. Y sentía tal angustia que hasta le entraron ganas de echarse a llorar.
Milenka era su hija. La niña necesitaba que la protegieran. Si le habían hecho algo, él habría fallado estrepitosamente; como había fallado como compañero, marido y padre. Ahora también lo haría como agente.
Falló con Dina, cuando vio cómo la violaban, la torturaban y la mataban sin que él pudiera hacer nada.
Esa noche, sus emociones y sus heridas estaban al rojo vivo. El episodio con Leslie en la cabina lo había alterado. Por un momento, se vio en la piel de Tyoma y de Ilenko. Se metió de lleno en el papel del malo, y eso que nunca creyó ser bueno.
Por un momento, vio a Dina en Leslie. Y tuvo ganas de vomitar.
No obstante, ella le había dado una buena lección. No había bajado la cabeza mientras él le golpeaba inclementemente con la pala. Dina, en su debilidad, habría jodido todo el pastel y se habría echado a llorar.
¿Y quién la culparía por ello? Él no, desde luego. Porque una mujer tenía que estar hecha de una pasta muy densa y consistente para no derrumbarse en esas situaciones. Y no todas lo soportaban.
Menos la superagente, que se había quedado mirando al frente con sus ojos de tormenta, directamente hacia la cabina en la que se suponía que se encontraba Yuri, y casi había amenazado a aquel cliente hijo de puta que pretendía ser un amo. Leslie había mirado al enmascarado como diciéndole: «Eres un desgraciado, y, cuando salga de aquí, te meteré entre rejas por capullo».
Y Markus sintió que su valor lo llenaba por dentro, alcanzando los huecos y las esquinas solitarias de su alma.
Leslie era una mujer de bandera, y él… Él ya no sabía qué hacer al respecto. Cuanto más la quería alejar, más lo acercaba con su actitud entregada, bondadosa y llena de inteligencia y lealtad.
Lealtad. ¿A qué era leal él?
Si era leal a algo era a Leslie y a aquella niña de cuatro años que no tenía culpa de nada y que merecía alegrar a los demás con su cariño y dulzura. Pero para ello necesitaba que su Lenka estuviera viva.
No quería volver a fallar.
Markus se pegó a la pared de la entrada de la habitación de Milenka. Era la que estaba junto a la de Leslie. Todavía no había entrado en la habitación de la pequeña y, al hacerlo, se sintió desubicado como un usurpador de sueños inocentes.
Peter Pan y Campanilla lo miraban y se reían, invitándole amablemente a compartir su País de Nunca Jamás. Pero ese país ya no existiría para él si descubría que le habían hecho a Lenka lo mismo que a Dina. Y los mafiosos como los Vasíliev lo hacían, porque no tenían escrúpulos ni leyes.
No importaba si su víctima era una niña de cuatro años o una mujer indefensa. Eran a él a quien tenían que hacer daño, y el peor dolor que podía sufrir un hombre era que le tocaran aquello que era suyo y estaba bajo su protección.
Empotrado en la pared había un armario blanco; de su pomo redondeado colgaba un bolso de la Hello Kitty. Y de ahí vino un ruido, como un pequeño golpe contra el panel de madera, y una rascada… Después, un gemido muy suave.
Markus fue hacia el armario, sin dejar de apuntarlo por si tenía que disparar. Al abrirlo, el alma se le cayó a los pies. La luz automática del guardarropa se encendió y alumbró el rostro pálido de Milenka.
La niña, llorosa, tenía churretones por las mejillas y abrazaba a Rambo, que, a su vez, tenía al peluche de Pascal en la boca.
Markus parpadeó, afligido, se guardó la pistola en la cinturilla del pantalón y se dejó caer de rodillas en el parqué.
—No tenía que hacer ruido… Pero es que Rambo me se ha escapado —dijo la niña, a punto de romper a llorar de nuevo.
—Chis… Ven aquí. Lo has hecho muy bien —le dijo en voz baja, invitando a la cría a hablar en el mismo tono.
Milenka salió tímidamente del armario y se pegó al cuerpo de Markus para que él la abrazara y le diera la seguridad que había perdido.
Y entonces algo en él se destruyó por completo. El caparazón, las negaciones, los «no me merezco» y todos los miedos y los «no sé» se volatilizaron, activados solo por el roce y el contacto de esa niña sangre de su misma sangre. Milenka se convirtió en un tsunami que arrasó con él.
Markus percibió su olor a champú de niño y la pequeña manchó su torso de látex con sus lágrimas… Y pensó que su hija era capaz de purificar cada acto, cada prenda morbosa y cada uno de sus pensamientos de venganza. De golpe, iluminó todos sus recovecos negros y tenebrosos, demostrándole que no había nada en ellos que estuviera mal; enseñándole que solo estaban vacíos y necesitados de que alguien los llenara.
—Milenka… —susurró Markus sobre la cabeza de la pequeña, emocionadísimo.
Entonces la abrazó y la cogió en brazos, tanto a ella como al cachorro de bulldog, que no dejaba de darle besos en la mejilla, y tampoco se olvidó de Pascal. El pack debía estar completo.
Y cuando se dio la vuelta para salir de ahí, un cañón de pistola le apuntaba directamente a los ojos.
—Joder, Markus…
—Nick —dijo el mohicano, estupefacto.
El agente tenía un roce de bala en las costillas, pero, por lo demás, parecía estar bien.
—Escondí aquí a Milenka en cuanto escuché que entraban…
—¿Cuántos hay? ¿Qué ha pasado?
—Eran tres —dijo Nick secándose el sudor de la frente—. Uno de ellos está en el baño.
—¿Muerto?
El agente negó con la cabeza.
Milenka se abrazó con más fuerza al cuello de Markus.
—¿El jabalí no está muerto? —preguntó Markus, disimulando.
La niña no podía saber que los que habían entrado en casa para hacerles daño eran hombres.
Nick frunció el ceño.
—No… El jabalí está vivo.
Markus apretó los dientes, y sus ojos se oscurecieron.
—¿Y los otros?
—Huyeron por el jardín.
—¿Jabalís de Yuri?
Nick sonrió con tristeza.
—No, tío… No son jabalís de Yuri. Tienen placa.
Markus lo sabía. Sabía que alguien de las oficinas federales estaba metido en el ajo. Sabía que la fiscal tenía algo que ver, y que dentro del FBI alguien mascaba de los negocios de la mafiya… El hecho de que fueran agentes los que habían entrado en aquella casa era más que revelador.
—Han venido a por el disco duro —sentenció.
—Sí.
—Sospechaban que lo tenía Leslie y se lo han llevado.
—No se lo han llevado. Hice un back up de imágenes de archivo icns y lo encripté, tal y como estaba originariamente antes de que lo cogieras tú. Esta tarde compré un disco duro igual, no me ha costado nada conseguirlo. La información que hay en ese dispositivo acarrea problemas a muchas instituciones, Markus —dijo Nick llevándose la mano a las costillas—. Es una maldita bomba.
—¿Quieres decir que has conseguido desencriptar totalmente el original?
—Sí, tío. Hace un par de horas. Pensé que no estaría mal guardarse las espaldas y crear un doble, por si acaso.
Markus acarició a Milenka, que temblaba entre sus brazos.
—Eres un crac, Nick —admitió con admiración.
—Ya era hora de que lo reconocieras.
—Saben que estoy aquí.
—Sí. Ya lo saben. He interrogado al sujeto. Se llama…
¡Pum! El sonido de un disparo les congeló la sangre.
¿Qué había pasado?
***
Leslie, enfundada en su traje de dómina y con el antifaz sobre la cabeza, como si llevara una diadema, inspeccionaba todo el jardín.
En principio no había nadie más ahí.
Solo le quedaba por revisar la caseta de madera donde guardaba bártulos varios y juguetes de piscina para Milenka.
Echó el martillo de su Beretta hacia atrás y se aproximó como una pantera hasta la adorable barraquita de madera.
Sin embargo, la puerta de madera se abrió antes de lo previsto, y un hombre con pasamontañas y completamente vestido de negro se echó encima de ella apuntándola con una pistola. La placó y la tiró al suelo.
Al caer, Leslie sintió un dolor punzante en la costilla, pero la adrenalina no le dejaba focalizar el dolor. Del golpe, su Beretta salió volando, al igual que la de su agresor.
El tipo intentó estrangularla, rodeándole el cuello con ambas manos enguantadas. Pero Leslie introdujo dos de sus dedos en el hueco que hay en la garganta a la altura de la clavícula y presionó. El hombre tuvo que soltarla.
Leslie aprovechó y le dio una patada en el lateral izquierdo de su barbilla. Aun así, el hombre reaccionó y volvió a lanzarse encima de Leslie.
La agente recordaba las lecciones de autodefensa en la academia, cuando decían que tenías que luchar desde el suelo, patalear, arañar y reaccionar siempre que un hombre se te echara encima.
La cuestión era no facilitarle el acceso ni a tu cuello ni entre tus piernas.
Leslie levantó las piernas hacia arriba. Cuando lo tenía casi encima, enroscó sus muslos en su garganta como si fuera una anaconda y apretó.
El individuo se resistía. Con Leslie abrazada a su cuello, intentó levantarse. Pero sus rodillas cedieron debido a la falta de oxígeno.
Cuando el tipo cayó, lo único que podía hacer para intentar liberarse era girar la cabeza y morderla en la parte interna del muslo.
Y lo hizo. A Leslie se le saltaron las lágrimas y gritó con todas sus fuerzas, pero el mordisco perdió fuerza gradualmente. Fue entonces cuando, en el último intento por sobrevivir, luchó por alargar el brazo y coger el arma que se le había escapado de las manos.
Leslie presionaba.
El tipo peleaba por alcanzar su Magnum.
Si cogía la pistola, la dispararía y ella no tenía modo de cubrirse. Así que optó por el camino más drástico y violento. Tomó el brazo del tipo, con el que se apoyaba para avanzar y lo echó hacia atrás para poder enroscarlo también con sus piernas.
Al final, él consiguió coger el arma, pero estaba en una posición en la que no se podía girar para apuntarla.
Fue entonces cuando Leslie apretó y apretó y…
¡Crac!
Partió el cuello de su asaltante.
El último acto reflejo del hombre disparó su arma.
Leslie se soltó con lentitud de su amarre y se incorporó en el suelo, quedando a cuatro patas. El dolor en la espalda le molestaba.
—¡Leslie! —gritó Markus.
El agente, aún vestido de látex, corrió a socorrer a su compañera, desesperado al encontrarla en aquella situación. Milenka no se quería soltar de su cuello. Como pudo, le entregó la cría a Nick, que miraba la escena, anonadado.
Leslie Connelly acababa de matar a un tipo que le doblaba en peso y en tamaño, y lo había hecho estrangulándolo con sus propias piernas. Su leyenda se agrandaba a pasos agigantados.
—¿Les? —Markus se acuclilló y le puso la mano en la espalda para ver cómo se encontraba. Tocó algo duro que sobresalía de entre sus costillas, y se encontró con la cabeza de un clavo. ¿Un clavo?
—Tengo algo en la espalda, ¿verdad? Sácamelo.
—Es un clavo… —repuso, contrariado.
Un hombre de unos ciento cincuenta kilos se hallaba muerto a sus pies, y ella lo había aniquilado vestida con botas de tacón alto, minifalda y corsé… ¿Era o no era para ponerse cachondo?
—¿Un clavo? —Lo miró de reojo—. ¿No cerraste bien la caja de herramientas, ruso? —le recriminó.
—¿Cállate quieres?
—¿Y Milenka? ¿Dónde está mi pequeña?
—Está bien —le dijo cogiendo la cabeza del clavo entre sus dedos—. A la de tres te lo saco.
—No quiero…
—Uno…
¡Zas! Le extrajo el clavo de tres centímetros de longitud sin llegar ni siquiera al dos.
Leslie chilló y hundió el rostro en el césped.
—No ha sido a la de tres —se quejó, lloriqueando.
—Ven, hay que curarte la herida.
Cleo y Lion llegaron corriendo justo en el momento en que Markus cargó a Leslie para entrarla a la casa.
—Puedo caminar —dijo ella.
—¡Les! —Cleo detuvo a Markus. Su rostro estaba pálido y parecía nerviosa—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?
—Estoy bien —contestó ella.
—Tres tipos han entrado en la casa —explicó Nick con Milenka medio durmiéndose sobre su hombro.
—Por Dios. —Lion inspeccionó a Milenka—. ¿Y ella está bien?
—Sí… Solo está un poco asustada. No les interesaba la niña. Venían a por el disco duro.
—Son agentes. Tienen placa —informó Markus entrando a Leslie en el salón—. Todos contra nosotros.
Lion asintió con la cabeza y supo que ya no podría volver a confiar en la agencia para la que trabajaban. Los topos sacaban la cabeza.
—¿Habéis localizado a Yuri?
—Ni rastro —contestó Cleo retirando el pelo de la cara de su hermana—. ¿Qué vas a hacer, Markus?
—¿Yo? —preguntó con tono irritado—. Encargarme de ella.
—A ver si es verdad —dijo Lion, clavando los ojos en el coche de policía que se acercaba con las luces puestas y paraba en la parte delantera de la casa.
—Es Magnus… Y viene con Tim —informó Cleo—. Las alarmas del sistema de seguridad de esta casa están conectadas a su centralita.
—Yo me encargo de ellos —dijo Lion.
—Lion, no pueden saber quién es Markus —le advirtió Leslie, fulminándole con la mirada—. Cuenta lo que te dé la gana, pero no digas la verdad.
—Pues alguien tiene que esconder el cadáver con pasamontañas que hay frente a la caseta del jardín —repuso él.
—Yo lo haré —se ofreció Nick.
Dejó a Rambo en el suelo y el cachorro corrió a olisquear la cabeza del muerto.
—Voy a poner a dormir a Milenka —dijo Cleo, tomando a su sobrina en brazos.
—No os acomodéis —aconsejó Markus pegando a Leslie a su cuerpo—. Tenemos que largarnos de aquí. En teoría, el tercer tipo se ha ido con el disco duro copiado y sin descifrar. Nadie sabe que hemos descodificado todas las conversaciones y toda la información, por eso la cita entre el Mago y Venger seguirá en pie. Pero si saben que tenemos el disco, se imaginarán que yo ya estoy aquí. Vendrán a por mí y, esta vez, se ensañarán más.
—Vendrán a por nosotros. Ya estamos metidos en todo este lío, ¿recuerdas? Saldremos juntos de esta.
Markus y Lion se miraron fijamente.
El mohicano jamás había trabajado en equipo, porque ya no confiaba en la gente. Pero la estancia en Tchoupitoulas Street estaba cambiando su modo de pensar a pasos agigantados.
Qué desastre. Y qué aterrador.
Aun así bajó la cabeza como si agradeciera la ayuda de Lion, que le copió el gesto. Ambos se saludaron como dos zares: con respeto y reconocimiento.
—Gracias.
Leslie estudió el tono de Markus y supo que se sentía realmente en deuda con ellos. Jamás volvería a ser el mismo. Entendió que esa noche algo en él había cambiado.
¿También habría cambiado respecto a ella y a las turbulentas emociones que despertaba en él?
—Tita Cleo —dijo Milenka, acurrucándose en el cuello de la pelirroja, muerta de sueño.
—Dime, cariño.
—¿Se han ido ya los jabalís?
***
No sabía por dónde empezar.
No quería hablar. Se sentía extraño, descontrolado y nervioso.
Había desnudado a Leslie y se habían bañado juntos, en silencio.
Leslie tampoco quería pronunciar una sola palabra y le estaba dejando a él todo el peso de la conversación, porque no le hacía falta decir nada más. Su cuerpo hablaba por ella.
Se había sacrificado para ayudarle, envuelta en una misión que, en realidad, para ella debió acabar en el Alamuerte.
Y, en vez de eso, estaba involucrada en su causa hasta las últimas consecuencias.
Tras todo lo que había pasado esa noche, tenía las nalgas rojas e irritadas, un mordisco amoratado e inflamado en el muslo, así como un pequeño y profundo agujerito entre las costillas que le recordaba que había luchado por él, para proteger a su hija de aquellos asaltantes que habían ido a robar el disco duro.
Leslie reposaba la mejilla izquierda sobre la almohada. No estaba dormida. Le había curado y desinfectado la herida intercostal, y ahora tenía una gasa sostenida con tiras perfectas e iguales de esparadrapo. Después le había cubierto las nalgas enrojecidas con bálsamo de eucalipto.
—¿Se sabe ya quién es el hombre al que he matado?
Markus detectó el pesar en sus palabras.
—Se llaman Charles Harrelson y Woody Bromsom. El programa de identificación de Nick los coloca en la División de Protección Personal. En Washington.
Leslie hundió el rostro en la almohada y negó con la cabeza. Protección personal era el departamento de aquellos agentes de policía a los que les asignaban el cuidado de una personalidad, al más puro estilo guardaespaldas.
—¿Quién los mandó? ¿Son policías de Washington?
—Sí.
—¿Y qué hacen aquí? ¿Cómo es posible que hayan enviado a miembros del cuerpo para entrar en mi casa y…? ¿Crees que ha sido Spurs?
—No lo sabemos con certeza, pero… Nick está acabando de transcribir los mensajes cifrados del disco duro del informe completo del caso de Los Reinos Olvidados. Cuando lo tenga todo nos avisará para hacer que lo evaluemos todos juntos. Ahora no vale la pena cuestionarse nada más. Las respuestas están en manos de Summers.
—¿Y el segundo individuo?
—Lion ha decidido encerrarlo en un lugar en el que esté a salvo; es nuestra prueba más valiosa.
—¿Dónde?
—En el barrio Francés. Se lo ha llevado a las mazmorras de una mujer llamada Nina.
Leslie conocía ese pub. Tenía salas subterráneas adecuadas para el BDSM. Las dueñas eran mujeres de color.
—Ah… Las conozco.
—¿Has ido allí alguna vez?
—No. Pero Lion me habló de ellas. —Al ver que Markus seguía concentrado en su tarea de amasar sus nalgas y ponerle la crema para bajar la inflamación, Leslie no lo soportó más y le soltó—: No vas a decir nada más, ¿verdad?
Markus temía estar a solas con Leslie, porque era la única que lo desnudaba sin necesidad de quitarle la ropa. Veía a través de él.
Tenían que hablar de muchas cosas, pero… ¿qué iba a decir? Se sentía culpable de su dolor. ¿Cómo podía expresar lo perdido que estaba entre el mar de emociones que le arrasaban?
Y todo por culpa de ella.
Nick había cuidado de Milenka. Cleo y Lion estaban dispuestos a arriesgar sus carreras para ayudarle. Y Leslie…
Por Dios, ella era todo lo que él quería para sí mismo… y más. Pero ¿cómo podía un hombre parco en palabras, un hombre de acción, decirle a una valiente mujer con ojos de bruja que tenía miedo de lo que estaba sintiendo?
Era un cagado. Un gallina. Leslie había acertado por completo.
—Descansa, Les —le pidió acariciándole la espalda desnuda con la punta de los dedos—. El capitán Magnus se acaba de ir hace un rato, y Nick y Cleo están abajo. Tu hermana hace guardias mientras Nick escribe. Puedes dormir si…
—No quiero descansar. Quiero que me hables.
Markus tragó saliva y tomó aire por la nariz, como si estuviera pensando qué contarle, pero es que no tenía ni idea de qué decir: cualquier cosa parecería poca comparada con el caudal de sentimientos que se despertaban con violencia en su interior.
—Tiene que ser difícil para ti —repuso ella.
—¿El qué?
—Darte cuenta de que puedes apoyarte en otros, de que no todo el mundo te va a utilizar. —Necesitaba hablarle con la transparencia del agua. Necesitaba que él se abriera ante ella, aunque solo fuera por una vez. Entonces aprovecharía y se colaría en su interior. Dejaría un señuelo que Markus nunca podría borrar—. Necesito que entiendas eso.
—Entiendo que a veces hay excepciones. Pero yo no soy bueno para vosotros. Estáis…, estáis en un gravísimo conflicto por mi culpa. Ninguno de tus amigos debería relacionarse conmigo. Y lo han hecho. —No se lo podía explicar.
—Es porque son buenos. Y porque creen en ti.
—No. Es porque creen en ti, Leslie. Todos te seguirían. Tienes esa energía, esa especie de luz a tu alrededor… Eres como una guía. Es a ti a quien creen. Tú crees en mí y eso hace que los demás también lo hagan.
—¿Tú ves esa luz de la que hablas, Markus?
—Sí —dijo maravillado, sin comprender por qué hablaba de halos y de luces con aquella mujer que lo atraía tanto y que estaba desnuda, tal y como había venido al mundo—. Desprendías esa luz en la cabina, cuando no bajaste la cabeza ante el cliente y ante Yuri. La desprendiste cuando te encaraste conmigo en el Alamuerte, o cuando le partiste el cuello a ese hijo de puta… Eres magnética, Leslie. Pero esta vez has atraído al malo.
—¡Deja de decir eso! —protestó con los ojos llenos de lágrimas—. Tú no eres malo, Markus. Vi tu cara cuando escuchaste a Nick avisándonos de que había entrado alguien en la casa: estabas muerto de miedo por Milenka. He visto tu cara cuando me has recogido hace una hora en el jardín: estabas muerto de miedo por mí. Y eso es porque sientes cosas… Y porque te preocupas por los demás. Mírate. —Se dio lo vuelta y se quedó de rodillas sobre el colchón—. Mírate bien, mohicano. —Le tomó la cara con las manos y se acercó a él, con los pechos bamboleando de un lado al otro. Su piel estaba bronceada—. ¡Te preocupas por los tres desconocidos de abajo porque temes que por tu culpa les suceda algo!
—¡Pero no me equivoco! ¡Los matarán por mi culpa!
—¡No! Markus, somos agentes. El peligro vendrá de un lado o de otro, y podemos morir siempre que salimos con nuestras placas. Pero si nos ponemos en peligro voluntariamente, lo hacemos por una causa justa.
—¡Pero yo no soy una causa justa! —dijo intentando apartarse de ella, con los ojos rojos y húmedos—. ¡Mi niña está en peligro solo por ser mi hija! Mi compañera murió por haberse casado conmigo. Tú ya has arriesgado tu vida demasiadas veces por mí…
—Y lo volveré a hacer —le juró—. Lo que le sucedió a tu mujer fue horrible. Pero estabais en una misión. Dina sabía a lo que se enfrentaba, Markus… Mírame, por favor… Cuando creas una tapadera como agente, te expones a que te descubran.
—¡No! Dina sufrió una muerte horrible mientras yo me manchaba las manos en el gulag, matando para ser uno de ellos, convirtiéndome en la misma mierda…, ¡para que me aceptaran! Era la madre de mi hija y mi compañera… ¿Entiendes eso?
—Markus, todos perdemos cosas cuando jugamos a ser quiénes no somos. Yo… —dijo acongojada— siento que perdieras a tu mujer. No sé cómo te sientes al respecto. No sé nada de lo que sentías por ella… Si tan solo me dijeras cómo…
—¡Tú no lo entiendes! ¡No has perdido nada! ¡No quiero volver a…!
Leslie le dio una bofetada y le gritó.
—¡Perdí a Clint! ¡Clint era mi mejor amigo en el cuerpo! ¡Mi compañero de misión!
Markus se quedó de piedra. Nunca había caído en eso. Nunca le había preguntado sobre lo que pasó.
—¡Y era el mejor amigo de Lion! —continuó Leslie—. ¿Crees que no lloro su pérdida? ¡Claro que lo hago! ¡Pero no puedo encerrarme y fustigarme gritando por qué él y no yo! ¡Tengo que continuar o, de lo contrario, su muerte no valdría de nada! ¡Y tú deberías hacer lo mismo por Dina!
—¡Eso hago!
—¡No! —exclamó ella—. Tú no continúas por Dina. No lo haces para vengar su muerte —dijo con un murmullo triste—. Lo haces para expiar tus demonios de culpabilidad, porque quieres dejar de sentirte mal… Pero, si la amabas, deberías buscar otro camino. Uno que no supusiera condenarte a una vida en la que siempre estarás huyendo. Tienes una hija. Puede que a mí no me elijas; puede que ya hayas tenido a otra mujer…, pero no puedes echarlo todo por la borda, ¡porque Milenka está ahí! ¡Ante tus narices! Y ella es de verdad. Es auténtica. No te puedes cerrar al amor que esa niña tiene para darte. Dices que ves mi luz, ¿y no ves la de ella? Entonces es que estás ciego.
Él tensó su cuerpo y se clavó las uñas en las palmas de las manos. Sentía tanta impotencia… Dina jamás había tenido tanta vida como Leslie. Dina fue una buena compañera con la que, era cierto, mantuvo relaciones, pero no hubo amor, solo fue algo que dictó las circunstancias. Y eso era algo que Leslie no sabía.
—Tal vez a mí no me quieras, porque nadie puede sacarte a Dina de esa cosa negra que tienes aquí. —Leslie le acarició el pecho desnudo, donde tenía el corazón. Sentía tanta pena. Ella amaba a Markus con locura, por todo lo que él no podía ver de sí mismo y, sobre todo, por la franqueza con la que le había mostrado su realidad. Pero Dina había llegado antes que ella—. Pero…
Markus la agarró de la muñeca y la acercó a él.
—Basta de hablar de Dina. Ella ya no está.
Leslie se quedó muy quieta y asintió con la cabeza.
—Tienes razón. Pero eres tú quien debe recordárselo. Dina sigue pululando por todas partes… Sobre todo, aquí. —Leslie le puso el índice en la frente, enrabietada por no poder cambiar su modo de pensar—. Y lo peor es que no recuerdas nada de ella, excepto sus últimos minutos de vida. Y es muy triste ser recordada por una cinta.
—Basta, Les. No sé qué pretendes de mí… —susurró, inseguro.
—Sí. Basta. —Dejó caer la mano, rendida porque no podía con él. Markus era un muro y no se agrietaba—. Yo… no puedo contigo —reconoció ella, abatida—. Me dejas muy débil.
Cuando Markus escuchó aquella rendición en la voz de Leslie, sintió pánico.
Pánico de que esa mujer lo dejara por imposible, de que no insistiera.
Leslie luchaba y no se rendía jamás, pero con él estaba a punto de hacerlo.
—No quiero esto. Ven aquí, joder.
Markus tiró de su muñeca y la acercó a su cuerpo.
Su toalla resbaló por sus caderas y cayó al suelo, dejándolo tan desnudo como ella.
—¿Qué vas a hacer? —lo desafió, empujándolo—. No vas a tocarme otra vez… Acostarme contigo es estar con Markus y con una fantasma. Y no me gustan los triángulos amorosos. Odio compartir. No…, no había pensado en tus sentimientos hacia ella, Markus. Lo siento. Me doy cuenta de que he sido egoísta y lo lamento. Pero no puedo evitar sentir lo que siento hacia ti… No puedo…
—¿Egoísta dices? No, Leslie. Egoísta es la que se lleva un caramelo en vez de dos. Pero tú has arrasado con toda la bolsa. Has sido despiadada conmigo, eso has sido —le espetó, enredando los dedos en su melena negra y húmeda—. No me has dado cuartel. Desde que te conocí lo has acaparado todo.
Ella abrió sus ojos, grises, sin comprender nada de lo que le estaba diciendo.
—¿De qué hablas?
—Hablo de lo que hablo, Leslie. ¿Crees que tienes algo que ver con Dina? ¿Crees que ella se puede comparar contigo?
—No pretendo que me compares, idiota. —Luchó contra él, moviéndose como una culebra cuando Markus la cogió de las nalgas con dureza—. Solo quiero que veas que no tienes por qué perderte el resto del desfile…
—¡Bien! Porque no puedes compararte con ella. Dina tendría las de perder y no es justo para una mujer que intentó hacer su trabajo pero fue víctima de su situación. ¡No es justo! ¡No es justo que tú me absorbas el cerebro!
Leslie parpadeó y se mordió el labio inferior para intentar no hacer pucheros. Pero la rabia y la congoja la tenían fuera de control. ¿Qué insinuaba?
—Me estás haciendo daño… ¡Estoy irritada y tus manos me duelen! ¡No me toques!
—¿Que no te toque, dices? —Sonrió incrédulo y juntó su erección a su vientre, presionando ligeramente—. No me jodas. Esa posibilidad, superagente, está fuera de tu jurisdicción desde que me comiste entero en el Plancha del Mar. Ya no puedes hacer nada ni tienes nada que decir contra mí ni contra mi deseo por ti. Es imposible. Así que no me digas otra vez que no te toque, porque ni yo ni tú podemos evitar lo inevitable.
—¿Y qué es inevitable?
—Si Dina estuviese viva, no habría evitado que yo me obsesionara contigo. Que te necesite cómo te necesito es inevitable —gruñó, y la besó violentamente.