Capítulo 13

Markus le introdujo la lengua y le mordió los labios mientras la besaba como si quisiera comérsela, famélico de sus besos, desesperado por alimentarse de su cuerpo.

Leslie se sintió sobrepasada por su necesidad. Aunque intentó ordenar sus ideas y asumir que Markus acababa de reconocerle que Dina no había sido tan importante como ella había pensado, no se lo acababa de creer.

Tal vez porque era demasiado sencillo confiar en lo que él decía, Leslie se resistió. Le apetecía luchar y desafiarlo.

Si realmente se sentía así, lo que quería es que confiara en ella, que se pusiera en sus manos. Y siempre que habían tenido sexo Markus la había dominado.

Pero el beso se tornó más caliente y más demente, y cortocircuitó todas sus sinapsis.

—No pelees contra mí —advirtió Markus sobre sus labios—. No sirve de nada pelear contra esto.

Ella lo agarró de la cresta y le tiró del pelo para apartarlo de ella. Pero, en vez de eso, Markus la cogió y la obligó a que le rodeara las caderas.

Necesitaban aquello. Necesitaban unirse en cuerpo y alma. La tensión en la cabina y la noticia que les había dado Nick les había puesto los nervios de punta, y, después de la ducha, la excitación que sentían era incontrolable.

—Dime qué es lo que quieres y te lo daré —dijo él, solícito.

—Nunca me has pedido nada. Lo que has querido lo has tomado, ¿verdad?

—Sí, lo he hecho. Y lo volveré a hacer.

—¿Y por qué? ¿Con qué derecho?

—¿Con qué derecho?

Markus caminó con ella por toda la habitación hasta sentarla sobre la cómoda blanca que había contra la pared. Empotrado en el otro lado, había un espejo de cuerpo entero. Leslie podía apreciar su musculosa espalda en forma de V, sus heridas y cicatrices de bala, sus tatuajes y su culo prieto, Y a ella, abierta de piernas ante él.

Era tan erótico y desesperado que sintió cómo se humedecía.

—Con el derecho que te otorga la marca del Demonio. Tú tienes esa marca. Estás marcada por mí.

—¿En serio? —Ella se rio con maldad, dejando que él le acariciara entre las piernas. Le introdujo dos dedos hasta el fondo, pero no gimió. No le daría ese gusto hasta que no le diera una respuesta que la convenciera—. No lo creo.

—Sí lo crees —replicó él llevándose sus pechos a la boca. Mamó de ella luchando por robar uno de sus sexis grititos, pero no obtuvo ninguno, aunque vio cómo cerraba los ojos de placer.

—La…, la única marca que tengo tuya es la de los palazos que te has visto obligado a darme en la cabina.

Él se detuvo y sacó los tatuados dedos de su interior.

—Dijiste que te encargarías de mí —le echó en cara.

—Y eso haré. —Markus la arrambló a su pubis y con sus caderas le abrió más las piernas—. Mira cómo entro en ti, Leslie. Y mientras lo haces —la cogió de la nuca y la obligó a mirar como su imponente y grueso pene se hacía sitio en su vagina, y poco a poco se insertaba en ella, sin prisa pero sin pausa— atrévete a decirme que no te marco.

—¿Cómo esta mañana? ¿Era eso? —le provocó, hipnotizada por la imagen que había entre sus piernas. El vello púbico de Markus entraba en contacto con su vagina depilada. Aquella sensación y el cosquilleo la volvía loca; la poderosa intrusión la dejó sin aliento—. Oh… Ay, Dios… —Echó la cabeza hacia atrás.

Markus aprovechó para saquearle de nuevo los labios y la boca.

—Acógeme. Siénteme bien dentro. —Empujó las caderas hacia delante—. Ahí. Lo notas. Ahí, justo donde empujo. De donde nadie me puede sacar. Ahí es donde te marco…

A Leslie los ojos se le llenaron de lágrimas y negó con la cabeza. La cómoda blanca bamboleaba contra la pared.

—¿Por qué quieres ir tan dentro de mí si luego tienes intención de dejarme vacía e irte, eh? ¿Quieres que muera de pena?

Markus pareció afligido por sus palabras y, en un acto de honestidad y sumisión por su parte, unió su frente a la de ella y le dijo:

U menya yest’strakh, vedma. —Tengo miedo, bruja—. ¿No lo entiendes? ¿No te das cuenta?

Leslie asintió y se colgó de su cuello para abrazarlo con ternura, mientras él le hacía el amor con el coraje y la vehemencia del incomprendido.

—No sé ni quién soy…

—Lo sé, Markus…

—Si no sé qué soy, ¿cómo puedo ser alguien para ti y para mi hija?

—Porque nos vemos en los demás. —La estocada siguiente le dio tanto gusto que por poco se corrió—. Y nos encontramos en los ojos de aquellos que nos aman. Por eso, Markus.

Al ruso las palabras le llegaron al corazón que no tenía, y sus ojos se empañaron de lágrimas a punto de derramar.

Vedma…, ¿eres capaz de amarme? Solo traigo problemas.

Leslie lo besó en los labios y medio sonrió, enternecida y cautivada por la confianza y la franqueza de Markus.

—No soy capaz de no amarte, Demonio. ¿Y tú? ¿Eres capaz de sentir algo así por mí?

El mohicano no supo responder, porque no sabía qué sentía al respecto, aunque reconocía que eran emociones que nunca antes había experimentado. Entonces la besó con tanta energía como tenía su cuerpo y su opacada alma.

—No sé amar, Leslie. Solo sé de guerra y de dobles identidades. Pero estar aquí me dan ganas de pertenecer a algo que nunca he tenido. Si me dejas, me quedaré hasta que te canses de mí. Y créeme que lo harás porque soy un miserable egoísta.

Ella sonrió.

—¿No habíamos quedado en que la egoísta era yo?

—No, bruja, tú eres una desconsiderada y una despiadada. Leslie, la Despiadada

—No soy yo la que se ha corrido esta mañana y ha dejado al otro con las ganas.

Markus sonrió y negó con la cabeza.

—Soy malo. Ya te lo he dicho.

—No. No lo eres, solo te lo haces. Ahora, Demon…, tienes que resarcirme.

Ella enroscó las piernas alrededor de su cintura y se quedó abrazada a él, mientras observaba su reflejo en el espejo; cómo Markus adelantaba las caderas y las rotaba para llegar a todos los rincones de su interior. La melena de ella caía por encima del hombro de él y cubría parte del tatuaje que le rodeaba el hombro; sobre su bíceps y por encima de su clavícula, asomaba la matrioska con cara de calavera. Aquel era un recuerdo desagradable en la piel de un hombre. Leslie la acarició, creyendo que así sanaría su memoria. Después estudió la cresta rojiza y despeinada que asomaba por detrás de su cabeza. Ella le pasó los dedos por las puntas y después le rodeó la nuca con la mano, para atraerlo a su cuello y a su cobijo.

Markus necesitaba ese cobijo; y ella lo necesitaba a él con una intensidad que la asustaba.

El amor era una locura.

Y entonces, abrazados como estaban, Leslie empezó a correrse y él no tardó nada en seguirla. Mientras bombeaba en su interior y ella sollozaba sobre su cuello, Markus le dijo al oído:

—Estás marcada. Estás marcada con la semilla del Demonio. Pero falta todavía una zona de ti por ocupar.

—¿Una zona de mí? —dijo Leslie cogiendo aire, disfrutando de los estremecimientos de su orgasmo.

—Quiero marcarte por completo.

***

Markus anduvo con ella en brazos hasta la cama. Le dio la vuelta sobre el colchón y la aplastó con su propio cuerpo.

—No quiero hacerte daño en la herida. —Markus acarició los globos duros y prietos de su culo y gimoteó, pues deseaba hacerle lo que no había hecho con ella todavía. Quería marcarla de verdad. Saber que era suya en su totalidad.

Leslie contoneó el trasero, sometida bajo su enorme y animal cuerpo.

—¿Qué quieres hacerme?

—Quiero poseerte. Quiero tu culo.

Leslie lo miró por encima del hombro y se retiró el pelo de la cara.

—¿Quieres hacérmelo por detrás, Markus? —preguntó mientras se acariciaba la parte de delante con abandono.

—Voy a hacértelo por detrás —replicó, decidido.

—Increíble. Que un amo tan bruto como tú me diga lo que va a hacer conmigo me rompe el corazón. Qué rápido aprendes a ser bueno.

Los ojos amatista de Markus se oscurecieron. Y Leslie supo que había activado el modo maligno, pervertido y perverso del mohicano. Solo le hacía falta un poco de provocación.

De repente, la tomó de las caderas y le levantó el trasero para abrirle las nalgas de par en par y estimular el oscuro, pecaminoso y diminuto agujero fruncido de su ano. Inclinó la cabeza hacia esa zona y empezó a lamerla como si intentara cavar un agujero en otro agujero.

Leslie se agarró a la colcha y movió el trasero para bailar al son de su lengua. Quería más, mucho más.

Markus le leyó la mente y desplazó los dedos de su mano a su clítoris para empezar a jugar con él.

La estimuló hasta que estuvo bien hinchada, y después se embadurnó su miembro con la humedad de ella. No quería preguntarle si alguna vez se lo habían hecho por ese lugar, pues se sentía celoso y posesivo, y en su mente quería ser el primero. Ya le había arrebatado la virginidad, y ahora también quería su primera vez de sexo anal.

La dilató con los dedos, y después cuando vio que podía penetrarla sin llegar a hacerle excesivo daño, dirigió el prepucio al agujero y empujó hacia delante.

Leslie cerró los ojos con fuerza, y Markus se sintió bendecido por la entrega de la bellísima agente que había entrado en su vida para ayudarlo; y puede que para liberarlo de las mazmorras de sus miedos y sus fantasmas.

Centímetro a centímetro, Leslie lo acogió. Se quejaba cuando el roce quemaba demasiado, pero después se relajaba y lo dejaba entrar todavía más profundo.

—Con cuidado… —lloriqueó Leslie. Markus era muy grande y no lo había hecho con ningún hombre por ahí. Había jugado con ellos y con sus juguetes. Pero nadie la había poseído.

—Chis… —De nuevo empezó a hacer círculos sobre su clítoris—. Me encargo de ti.

—Sí… Encárgate de mí.

La vena posesiva y animal se disparó al escuchar la orden cubierta en ruego de su bruja. Y no se pudo detener.

Las embestidas eran potentes y lujuriosas. Sus testículos golpeaban la entrada de su vagina de tan profundo como la penetraba. Leslie cada vez abría más las piernas y levantaba el trasero para facilitarle que la poseyera.

—Estás hinchada… ¿Quieres que te haga sentir mejor, nena? —le preguntó mordiéndole el lóbulo de la oreja.

—Ya me siento bien —replicó ella, dejando que las lágrimas de placer se deslizaran por sus mejillas.

—No. Mira. —Markus colocó la palma sobre su clítoris e introdujo tres dedos en el interior de su vagina—. ¿Te gusta?

Leslie tenía la sensación de que se lo hacía por los dos lados.

Sentía los dedos de Markus muy dentro de ella. Se movían en círculos mientras su ano era sometido por su miembro, que no tenía clemencia.

—Markus…

—Aquí estoy.

—No pares, por favor. Ooooh… ¡No pares! —le pidió, ida de placer.

Él sonrió y negó con la cabeza, muerto de deseo por ella y por todo lo que pudiera robarle en esas horas.

—No pararía ni aunque me mataran.

El ano de Leslie empezó a contraerse al mismo tiempo que su vagina, y entonces explotó por los dos lados a la vez, llevándose la cordura, la voluntad, y parte de la oscuridad de la semilla del diablo con ella.

—Mía —dijo él derrumbándose sobre su espalda, sin salirse y esperando en su fuero interno portarse lo suficientemente bien como para que Leslie no lo echara.

***

Markus la abrazaba contra su pecho y al mismo tiempo le acariciaba el pelo, mientras le explicaba cómo había sido su vida.

Leslie procuraba no cortarlo mucho. Él no era muy hablador, desde luego, pero esa noche sí que parecía tener ganas de contarle cosas.

Escuchar su tono de voz y observar su perfil recortado a la luz de la luna la llenaba de un sosiego y una felicidad que no podía describir. Estaba tan enamorada que le dolía.

Markus le contaba cómo había sido su infancia en Mamá Brooklyn, pues él también había estado en la misma casa de acogida que su hija. No tenía muchos amigos, era introvertido y serio.

Después le contó las aptitudes para el deporte y la informática que había desarrollado en la escuela, y cómo habían sido los años que había pasado formándose como agente doble.

—Era hijo de un importante mafioso ruso. Daba el perfil, tenía sus facciones. Era una excelente opción para usarme como infiltrado —le explicó él—. Dina y yo viajamos a Rusia y allí empezamos de cero. Nos nacionalizamos, obtuvimos nuevas identidades. Nos casamos. —Carraspeó—. Yo entré en la SVR, y ella como oficinista en un juzgado.

—¿La querías?

Markus levantó la cabeza y la miró.

—Era mi compañera. Los dos estábamos decididos a cumplir nuestra función para el FBI y debíamos solidificar nuestra leyenda. Casarme y tener un hijo era una forma de demostrar que habíamos echado raíces allí, y que éramos tan rusos como los demás.

—No me has contestado —continuó ella haciéndole circulitos sobre el pezón—. ¿La querías? ¿Qué sentías por ella?

—No estaba enamorado de Dina, Leslie. Dina y yo participamos en una misión conjunta. El nuestro fue un matrimonio de conveniencia y tuvimos un hijo por necesidad. Nos respetábamos como compañeros. Lo nuestro fue solo trabajo. Con el tiempo, desarrollamos un cariño mutuo, pero…

—Pero… os acostabais juntos.

—Y tú jugabas a dómines y sumisos con Clint, ¿verdad? Lo hacías por la misión, no porque te gustara jugar con él, supongo…

Ella se sintió incómoda, pero no le quitó la razón. Sin embargo, Clint y ella no jugaban si nadie los veía. Practicaban en los pubs para darse a conocer, pero Markus y Dina hacían el amor en la intimidad de sus habitaciones. Con una alianza de matrimonio de por medio. Saberlo la llenó de unos celos que sabía que debía superar.

—No es lo mismo. Yo no vivía con Clint, ni me acostaba con él en la misma cama durante tantos años… No me casé con Clint.

—¿Y qué quieres que te diga, Leslie? ¿Me vas a echar en cara lo que hicimos Dina y yo para infiltrarnos?

—¡No! —contestó ella, avergonzada—. Es solo que… Es solo que no me gusta, eso es todo.

Markus se puso de lado y la miró a la cara.

—¿No te gusta? ¿Eso qué quiere decir? ¿Estás celosa?

—Vale, no juegues, Markus. Solo quería saber la naturaleza de vuestra relación. Ya está.

Él entrecerró los ojos e interiormente se hinchó como un gallo. Poner celosa a una mujer como Leslie era algo digno de titanes.

Y él, a su lado, se sentía como un titán. Capaz de todo.

Leslie bajó la mirada y besó su pecho, a la altura de su corazón.

—¿Qué sentiste cuando supiste que ibas a ser padre?

Markus sonrió y negó con la cabeza.

—Fue muy extraño. En realidad, nunca pensé que pudiera tener mi propia familia. Yo no amaba a Dina, aunque habíamos hecho unos votos ante la Iglesia. Era mi mujer según las promesas que nos hicimos…

—¿Promesas del Este? —preguntó ella haciendo referencia a lo que él le dijo en Londres. «Las promesas del Este nunca se cumplían».

—Promesas del Este, sí —afirmó él—. Aun así, Dina era posiblemente la única familia que yo estaba dispuesto a tener. Decidimos tener un hijo para afianzarnos en el país. Hacíamos el amor porque era algo que teníamos que hacer…

—Ya, claro —contestó entre dientes—. Te corrías porque era un bien para la misión.

Markus se echó a reír.

—Sí estás celosa…

—Olvídame.

—Leslie, ya sabes que, en misiones de infiltración y espionaje, muchos agentes se casan entre ellos y amplían su familia para hacer creer que están metidos de lleno en su sociedad.

—Sí, lo sé. Pero traer al mundo a una criatura solo para engañar a los demás es amoral.

Markus ni lo afirmó ni lo negó. Había pensado mucho en Milenka, y sabía que la niña no tenía culpa de que sus padres fueran agentes infiltrados.

—Tienes razón. Yo… he pensado mucho en ella. Cada día, desde que nació y la entregué. —En su rostro pudo ver una sombra de arrepentimiento—. No fue fácil para mí. Sé lo que es nacer sin padres y no quería lo mismo para mi hija, pero las circunstancias me obligaron y, de repente, repetía el mismo patrón que me tocó vivir a mí. Solo que esta vez era mi niña la que debía vivir en la casa de acogida. Mira, yo solo sé que… —resopló, frustrado—, viendo en lo que me he convertido…, creo que es mejor que Milenka siga sin saber quién soy.

—Pero ahora estás aquí. —Leslie se incorporó y apoyó la cabeza en una de sus manos—. Markus, no puedes huir… No puedes escaparte de esto.

—No quiero hacerlo, pero mi instinto me empuja a ello. Yo… Hoy he cogido a mi hija en brazos, Leslie, y me he sentido tan afortunado y a la vez tan desgraciado… —Sus ojos destellaron llenos de congoja—. Es tan pequeña… Tan bonita… Y yo soy un asesino. —Apartó la mirada, avergonzado de su propia vergüenza.

—Vas a hacer que me cabree otra vez.

—¿Por qué?

—Porque veo una necesidad en ti y porque tú puedes cubrirla. Pero eres capaz de darle la espalda solo por miedo a lo que pueda pasar, por miedo a que te rechacen. —Se tumbó sobre su cuerpo y tiró al suelo las almohadas—. Markus, mírame bien. —Lo tomó de la cara, pero él la apartó. Sin embargo, ella no se rindió y volvió a agarrarle las mejillas—. He dicho que me mires. —Cuando tuvo toda su atención, tomó aire y tragó saliva—. No importa lo que hayas podido hacer para seguir con vida, para sobrevivir. A mí no me importa lo que eres, porque yo soy lo mismo que tú. Y no veo la maldad que tú ves a tu alrededor. ¿Sabes qué veo?

—¿Qué?

—A un hombre. A un hombre que quiere querer y ser querido, pero que no tiene ni idea de cómo conseguirlo. ¿Y sabes qué es lo peor?

Markus negó con la cabeza, pues el nudo que tenía en la garganta le impedía hablar.

—Lo mejor es que no tienes que hacer nada para conseguir que te acepten. Querer es un regalo que se otorga sin exigir nada a cambio, porque es un gesto desinteresado, que viene del corazón. Yo… —Leslie se armó de valor por los dos y se sinceró, arrullada por sus brazos y por el calor de su piel—, yo te quiero, Markus.

—¿Qué? —dijo él, asustado.

—Te quiero, gallina, y no me retires la cara. Nunca le he dicho esto a nadie en toda mi vida y ahora me vas a escuchar. Te quiero por muchas razones y ninguna tiene sentido. Y no has necesitado colmarme de detalles, ni ser simpático ni agradable para que caiga rendida ante ti —reconoció, acongojada—. Solo has tenido que ser tú, sin artimañas ni galanterías. Y me da pena ver que crees que tienes tan poco para dar, que eres tal cual eres porque piensas que, en realidad, no das nada, que por eso crees que nadie te puede querer. Es tan triste —repitió con la voz rota—. Piensas: «¿Quién va a querer al duro, frío y antipático Markus? Nadie puede fiarse de él». Pues yo te daré la respuesta.

—¿Cuál es la respuesta? —preguntó él con voz ronca, embebiéndose de la vulnerable y bella estampa de tener a aquella mujer dura y desnuda sobre su cuerpo, entregada, con el rostro lleno de amor. Amor por él.

Leslie le acarició la barbilla con el índice y besó su mentón.

—La bruja de Leslie te puede querer. Yo. Porque has vuelto para protegernos cuando pudiste irte y desaparecer; has vuelto para darnos la información que robaste del Alamuerte. Y eso quiere decir muchas cosas: no sé si me quieres, no sé si puedes enamorarte de mí o no…

—Yo tampoco Leslie. No sé reconocer esas emociones. Y no sé si las quiero en mi vida. Y no quiero mentirte.

—Pero sé que te importo —protestó ella—. Tú mismo lo dijiste cuando te despertaste en esta casa, después de llegar chorreando de sangre.

—Claro que me importas. —Apretó los dientes con frustración—. Eres la única persona en la que confío. ¡Claro que me importas, joder!

—¿Y Milenka?

—Es mi hija… Me importa mucho.

—Entonces, ¿por qué te vas? ¿Por qué nos das la espalda? ¿Por qué huyes?

—Yo… Yo… —Markus sacudió la cabeza, esperando coger la respuesta al vuelo de entre todas las posibilidades que barajaba su mente. Pero ninguna acudió—. Yo huyo porque es lo que ha de hacer alguien que está acostumbrado a vivir solo. Es lo único que sé hacer. Es algo con lo que estoy a gusto.

La luz brillante de sus ojos plata se apagó poco a poco.

Leslie chasqueó con la lengua, triste y deprimida al escuchar aquella respuesta. Se levantó de encima de Markus y se quedó de pie ante la cama. Levantó la barbilla con dignidad, encogiéndose de hombros, resignada a no escuchar jamás lo que quería escuchar de boca del hombre al que amaba.

—Huyes —resumió con decepción—. ¿Esa es tu respuesta definitiva?

—Es mi…

—Piensa bien lo que vas a decir —le advirtió con frialdad, desnuda y a la vez cubierta por una coraza de rabia—, porque no voy a volver a declararme, ni a expresarte nada de lo que te he dicho. No insistiré más ni te pediré que te quedes, Markus. Te lo he dicho muchas veces y me has dado largas, y no…, no quiero oírlo de nuevo porque…, porque me rompe el corazón.

—Leslie…

—No. —Levantó la mano y lo interrumpió—. Piénsalo bien, ruso, porque Milenka es mía desde ahora mismo y porque mañana me llegan los papeles oficiales que decretan que yo y solo yo soy la madre de la niña. Y no dejaré que te acerques… No porque no crea que tú eres malo para ella, sino porque no quiero que Milenka tenga nada que ver con un achantado cagón.

—Yo no soy eso —replicó él, incorporándose sobre los codos—. No te pases.

—Estoy muy lejos de pasarme. En fin, ¿es esa tu respuesta definitiva? ¿Te irás?

Markus relajó el rictus y, con la seguridad de alguien que sabía que se estaba inmolando, dijo:

—No me quedaré.

Markus le hablaba de posesión física, de marcas de Demonio, de deseo y de dominación. Pero nunca le había hablado de la necesidad de compartir o del anhelo por pertenecer a alguien, no solo en el plano sexual, sino también en el emocional y espiritual. Aquel hombre le aseguraba que estaba bien solo, y ella no iba a humillarse más diciéndole que prefería estar con él antes que sin él.

Leslie creía ver esas palabras que no pronunciaba en las profundidades de su mirada amatista, pero tal vez era la proyección de lo que ella deseaba. A lo mejor en los destellos rojizos de sus ojos no había amor ni esperanza.

No había ni amor para su hija ni amor para una mujer.

Tal vez Markus fuera incapaz de sentir esas cosas, de todas todas, y no quería amar a nada ni a nadie.

Con la desilusión grabada en su rostro, Leslie se dio la vuelta y entró en el baño, antes de rebajarse más aún, de que la rebajara de aquel modo.

Estaba harta de abrirse a Markus y que él le respondiera con un bofetón.

Así que dio un portazo y encendió el grifo de la ducha para que ni él ni nadie escuchara sus sollozos.

Era la última derrota. Ya no habría más.