En la cocina, la gente intercambió sus miradas. Un gran viento que salía de la mar hueca y negra, que salía de la mar llena de ahogados desnudos, un gran viento levantó, hinchó la cortina de percal con un repentino ruido de risas en la gavia. Habíamos visto malas caras por la carretera: caras de polvo, iracundas. Una noche sobrenatural coge de repente el paisaje por la garganta de las colinas saladas en los bajos fondos de las ciénagas donde yerra, es sabido, el difunto grisú que, lo juro, es el alma aparecida de los encenagados o, para ser justos y remitir la opinión pública a todos los que piensan haber sacudido para siempre el escuálido manto de las supersticiones, la combustión inexplicada y detonante del gas metano de las turberas, y no hay por qué inquietarse, ni por la noche, ni por la noche sobrenatural que hacia las cuatro se abate repentinamente en los azules bosques de las cañadas húmedas, mientras merodea un hombre en alguna parte, magnífico si damos crédito al cochero que vuelve a la estación, bajo las primeras anchas gotas de lluvia y en el desorden de los pastizales temblorosos por el pánico previsor de los insectos. Cortina, suspiras como un seno. Se diría la proximidad del amor. Cuando una inminente tormenta hace rodar ya en el oscuro escenario de las nubes sus poderosos hombros de luchador, cuando una tormenta pesa sobre una región oprimida donde el malestar se despereza en las casas aisladas que precisamente limpiaban las criadas con gran acopio de agua abandonados los zuecos y con el cepillo en el extremo de la escoba que empujan sus pies descalzos, cuando el sudor chorreante coge ya a toda una población por los sobacos, y cuando las mujeres ociosas abandonen la tarea que se imponían con benevolencia para contemplar silbando la compostura y, sin saber por qué, abriendo la blusa sobre su piel húmeda, el ir y venir de los chicos de la granja armados de horcas o escardillos, y para seguir, con los ojos, con sus ojos pesados y apagados como bolas de billar, los torpes cuerpos de esos hombres jóvenes que su indumentaria parece querer abandonar en la gran transpiración de la primavera eléctrica, entonces la cortina de percal que se hinchaba con toda la fuerza, con todo el poder de la atmósfera, vuelve a caer con un chasquido, un restallido puro. Dicen que hay que cerrar puertas y ventanas cuando se acerca una tormenta. Hay que evitar a toda costa las corrientes de aire: atraen los rayos, atraen la descarga mortal sobre las mozas poseídas por el espíritu del pecado en sus moradas malditas, que atraviesan sin comprender nada de esa luz de plomo ni de las fulgurantes miradas con las que las queman, Irene, los labradores y los cocheros mal afeitados, atormentados por los recuerdos de la ciudad donde las mujeres, de inmediato en camisa, sonríen tras las persianas al sonido nasal del fonógrafo. Irene, hay que evitar, apoyar en el cristal una boca ardiente en el momento en que atraviesan el patio esas formas domésticas, desde hace tanto tiempo visitadas por tus deseos. El simulacro de un beso sin duda atraerá mejor a tus labios ardientes la lengua ardiente de la tormenta que las corrientes de aire. Irene imagina tocando sus cabellos el rayo que se precipita sobre ella. Oye distraídamente hablar entre risas al fondo de la sala del extranjero que camina hacia el norte bajo la amenaza del cielo, en medio de los fangos devoradores de hombres. Un olor a jabón y a resina emana del suelo húmedo. Los animales son devueltos a los establos: los caminos se atascan por la lanosa presión de los rebaños. Las yeguas del establo reclaman desesperadamente una dulzura negada. Los perros inquietos dan vueltas debajo de la marquesina de la puerta. El abuelo paralítico hace la señal de que quiere hablar. Le empujan. Quiere hablar, quiere hablar, hablar a cualquier precio. Se piensa más en las cabras que en él. Nos fastidia. Hace ya diez años que no puede hablar. Quiere hablar. Babea. Mira a Irene, que se sonroja. El hijo del aparcero, Gastón, que hace el servicio militar en el este, entra en la sala cantando. Todas las miradas se dirigen hacia un armario abierto en el que descansa la ropa blanca. La tierra amarilla de las colinas debe ya pegarse a los pasos del viajero. El anciano señala a Irene con el dedo. ¿Qué querrá ese viejo loco? ¡Cuántas necedades debe pensar! Todos los camareros atraviesan la sala hacia las cocinas. Pedro, José, Prudencio… se hacen bromas, se codean, se dan golpecitos en el vientre, en un perfume de cabellos mojados. Gastón le pellizca los cojones a Prudencio. Se pelean un poco. Resbalan sobre un viejo pedazo de jabón negro: eso les hace renegar. ¿Qué diríais en las ciénagas, entonces? Me cago en Dios, seguro, o la Virgen que lo parió. Gastón no te rías, oh, no te rías de esa blasfemia. Ya la sífilis, pero él no lo sabrá hasta dentro de quince días, recorre su sangre, dispuesta a dibujar extrañas flores rojas sobre su piel y pálidas grietas en los meandros de sus nervios. Pobre chico, qué lástima. Ha contraído el mal que le hará un día semejante al abuelo, ahogándose en su silla, ¡calla bocazas!, de la manera más trivial en Nancy, y sin embargo es un soldado de infantería, en una sórdida y sucia habitación azul, encima de una taberna, mientras en un hornillo se cocían a fuego lento las rojas pastillas del permanganato de las que esperaba, el muy loco, una protección eficaz. La mirada implorante de su madre que pasa con una pila de platos en los brazos excita extremadamente al soldado de permiso. Escupe al suelo y grita: ¡Por la verga de Dios! El trueno cubre el nombre del Creador y las carcajadas del impío. La lluvia golpea ruidosamente los cristales. En los ojos del abuelo, Irene percibe el rayo siguiente y se tapa los oídos. ¿Qué teme? ¿Un improperio o el estampido de la cólera celestial? Se apoya en la artesa cuyas molduras la amasan suavemente.