A la hora en que escribo, mientras se desmoronan los retratos del sueño y una inmensa muchedumbre mana de las casas como agua fría bajo un sol sin calor, mientras las avenidas parecen deslizarse hacia París con un movimiento inquieto de los hombros que todavía no se han readaptado a la asquerosa rutina del trabajo, cuando aún persiste una idea del silencio en el estrépito de los pasos apresurados sobre el asfalto, cuando el autobús para los amantes modernos sustituye a la golondrina precursora con un gemido profundo de chatarra, una vida singular se organiza alrededor de las bocas de metro. Diríase, aunque nos encontremos en pleno verano, que estas sombras sigilosas, estos hombres aún más tristes que los que corren precipitadamente a los estribos de los tranvías, esperan encontrar en la tierra el calor de la cama que abandonan, y de la que llevan todavía a rastras el dudoso fantasma deshecho. Una especie de confraternidad tácita reúne en este mismo tragaluz del tránsito a pequeños empleados, a obreros, a estudiantes, a seres inclasificables que se conocen de vista por haber esperado aquí cada amanecer la apertura de una reja y del primer pestillo de las profundidades. En estas aglomeraciones se confunden, o más bien, como en el crisol que no puede fundirlo brilla el diamante bajo la ceniza, en estas aglomeraciones se observan desconocidos que tal vez van en pos de una noche, noche inquietante que termina en Chardon–Lagache o en Grenville, contra toda verosimilitud, contra toda probabilidad. El atuendo nocturno, el mundo ajaezado del placer no se ve por aquí, es demasiado tarde, este barrio no posee la noche de sollozos ni de risas. Los habituales de la mañana miran con una cierta hostilidad a estos compañeros insólitos de los que sospechan que aprecian el amanecer, su frescura, la oblicuidad de las sombras y el pintoresquismo de los lecheros traqueteantes, amarillo y plata, entre un ruido de látigo y de injurias. Los vendedores de periódicos contando los fajos que se curvan sobre su antebrazo bajo el peso de una tinta oscura parecen ya atacados por una fiebre que van a contagiar. El pequeño grupo se apiña y se dispersa, el nerviosismo lleva a veces a alguna anciana a cruzar dos o tres veces sin motivo la calle, luego todos vuelven a las fauces de la tierra. Ahora que las verdes marquesinas que dieron el nombre de metro al estilo flamígero que marcó los primeros años de este siglo han sido reemplazadas por una barandilla de piedra blanca rematada por un mapa de París, el ruido de los trenes subterráneos llega más directamente a los oídos de los transeúntes, y los que esperan en este balcón moderno el momento de ser engullidos por el ogro permanecen atentos a los primeros borborigmos, meditando sobre el destino y la larga jornada que les aguarda.

Con el estómago mal reconfortado por el café con aguardiente y el panecillo, salen de los bares próximos los últimos rezagados, y el paso cansino de los cabileños arrastrando barro, el peso de la caja de herramientas que durante un minuto se deja en el suelo, todo habla el lenguaje humano de la fatiga reencontrada con las ansias y las pituitas del despertar. La ropa arrugada, los párpados restregados, los cuerpos entumecidos por el reposo, los gestos torpes que todavía no se han adecuado a la apariencia de este mundo, diríase una infancia espantosa y sufrida, y todos los ojos están cubiertos por un vaho donde no estoy seguro de que pudiesen trazarse con el dedo las iniciales de una mujer amada. Bajo el cielo inexplicablemente ligero el hombre es muy pesado. Demasiado trastornado para seguir viviendo después del drama de sus sueños, demasiado descorazonado por este descenso en ascensor del amodorramiento a la luz asombrada, todavía no ve a las mujeres con las que se cruza en la acera, a las que esperan como él, a las que ya se retocan el peinado, a las que arrastran en los bancos matutinos las decepciones de una noche paseada arriba y abajo, el agotamiento de tantas sonrisas automáticas rebrotadas al ruido de cada hombre aparecido, el embotamiento de la desesperación. Apenas bajo los árboles ciudadanos cuyo pie está aprisionado en la rejilla repara él en las manchas grises de las faldas o en otros elementos familiares del decorado, las mondaduras, una alcantarilla, los periódicos que empiezan a caer de los dedos de los primeros lectores. Apenas sabe en qué instante se retira la cadena y la reja corre y chirría y se pliega sobre sí misma mientras la multitud se lanza escaleras abajo donde ya impacientes viajeros ocupan lateralmente los escalones, apenas sabe en qué instante sigue la corriente maquinalmente y llega a la taquilla, zarandeado, refunfuñando, y compra su billete de vuelta como una especie de seguro para seguir viviendo hasta la noche, apenas sabe cuándo recorre estos pasillos blancos, esas rampas de hierro, esas nuevas escaleras, hasta la puerta automática que se cierra en sus narices mientras el primer tren se abalanza y se vacía inmediatamente sobre el andén, apenas sabe cuándo se larga el tren cargado de racimos humanos entre los cuales ha visto pasar a vendedoras cargadas de frutas y verduras, apenas sabe, esperando por costumbre en el andén a la altura del segundo vagón delantero, debido a la correspondencia inminente, apenas sabe que es un hombre, y se sube la cintura del pantalón cuando con un estrépito que hace levantarse de los bancos verdes alineados a lo largo de las paredes a una muchedumbre atribulada de gente pálida el metro entra en la estación como alguien que supera su meta. Es entonces cuando se redescubre el sudor de la víspera, un poco rancio. Por encima de la multitud apretujada en los espacios que rodean los mezquinos asientos, algunas manos se agarran para no perder el equilibrio en las redes de los portaequipajes, y estos pájaros manchados por el trabajo cotidiano parecen decir adiós con toda su lasitud a algún puerto perdido donde ya los nuevos emigrantes se apiñan bajo los neones. La máquina se lleva entonces esas carretadas hécticas de pensamientos extraños, aquí cada uno deja de pertenecerse, y el traqueteo de la vía, los patinazos de las curvas, el Dubonnet… Dubonnet[17]… de los muros, acompasan la domesticación universal, la mecanización de los hombres, la aceptación del mundo tal como es, tal como es: Barbés…

En las cámaras de tiniebla situadas al final de los vagones de segunda clase en los extremos del tren dormitan aparentemente los órganos negros de la bestia. ¿Por qué razón, y que no me vengan con cuentos quienes en los manuales Roret[18] encontrarían la explicación de lo inexplicable, por qué razón, a veces, a esas cajas acuclilladas les da por echarse a reír a su manera? Una risa azul, extraña como la cerilla, una apoplejía fría, un aire de complicidad en los ojos de metal. Bien, ya estamos otra vez en las mismas. Aplastando su nariz contra el cristal por el que asoman estas descargas burlonas sólo algunos viajeros parecen apreciar esta pequeña diversión eléctrica en el aburrimiento del recorrido. No manifiestan ninguna inquietud. No imaginan la menor relación entre el espectáculo que ofrecen los vagones y estas muecas de las máquinas. Y las máquinas se lo pasan en grande con la broma, si es que puede hablarse de una broma, ya que, por misteriosas que sean las causas de una explosión de risa y lo que determina precisamente esta extraordinaria descarga en un momento dado, el chisporroteo brutal que desgarra de vez en cuando la oscuridad me recuerda otra clase de convulsión entre los vivos. Sólo hay una falsa consecuencia entre las dos partes de la frase precedente que la misma chispa hace parpadear. La oscuridad, como la piel de gato, ese paraguas de seda histérica, no aparta sus ojos con gafas de la gente macilenta de los vagones. Sigue crepitando. En sus polos fulguran pequeñas pinedas de luciérnagas. Un olor fresco como la muerte revela un placer del carbón, el ozono. El metro acaba de sentir bajo sus escamas las ladillas magnéticas del deseo inconsciente que poco a poco se apodera aquí o allá de un hombre, la proximidad de un vestido, y la inclinación sin ojos de una nuca cercana, y las rodillas rozadas traban conocimiento casi sin darse cuenta con otras rodillas. El metro sacude sus falsas llamas y gruñe. Ahora las bestias enjauladas se husmean un poco.

A esta hora el metro todavía no posee esa atmósfera que va cargándose a lo largo del día con la electricidad de los encuentros. Todavía ignora a las paseantes matinales que mientras hace sol van a perder al Bois el olor de sus maridos finalmente desaparecidos. A las jóvenes que preparan para el aire libre un perfume ya agobiante bajo estas bóvedas. A las busconas, a las huidizas. A las mil variedades de mujeres que adquieren el matiz de la hora, y el tono de su tiempo y de su ociosidad. Las del mediodía, que esperan un cambio en su suerte. Las de las dos, que quieren perder una parte del día. Las de las cinco, que acechan a los hombres muy jóvenes. Las de las seis y media, las cleptómanas de los grandes almacenes. Las de la noche, que quieren una cena a las ocho, un vestido a las diez, una picha a las once, no volver a casa a medianoche, y las del último metro que se entregarán a cualquiera con tal de que brillen sus ojos. No, cuando las estaciones están todavía húmedas de las infinitas filigranas dibujadas por las primeras regaderas, sólo el olor humano llena los vagones, impregnado en las ropas de telas ásperas, las medias sedosas, las lanas esponjosas, el calcetín. Y mientras estos hombres brutalmente arrancados del sueño recuperan en la inmovilidad relativa que sacude al tren la conciencia de sus cuerpos, repentinamente sienten a veces a su lado a mujeres a quienes la necesidad no ha sacado como a ellos de sus camas hacia estos coches, a mujeres que han premeditado largamente el viaje que ahora están haciendo, que lo han estado rumiando durante toda la noche, y a las que una ojera subraya en el ojo el toque provocador del maquillaje. Han esperado como las demás en las estaciones todavía cerradas. Mientras tanto elegían. El azar las ha favorecido distintamente y ahora, en este barullo apretujado, son arrojadas a un hombre como predestinadas, tiemblan, las audaces, se estremecen ante la esperanza purísima de despertar en los pantalones anónimos una tranca ya dispuesta a reanudar un sueño interrumpido.

¿De dónde vienen estas pajilleras que reproducen aquí el viejo mito de la aurora? Es tal la fuerza de las palabras escabrosas que tiempo atrás soñaba yo con esta amante de Céfiso[19] porque tenía los dedos de rosa. Como un dichoso Céfiso, yo, invirtiendo la imagen, me explicaba los dedos a través de la aurora, al revés de los profesores, y más tarde he tenido ocasión de recordarlo ante algunas manos enrojecidas por la colada o la costura. ¿De dónde vienen, no es la primera vez que me lo pregunto, conteniendo una gran turbación disimulada? No es cierto que nada las diferencie de las demás mujeres, y yo, que jamás he sabido cómo ocupar esos terribles trayectos a través de París, he acabado por adivinarlas, ya que me gustaba esa clase de encuentros, y me sentía atraído por esas mujeres de una manera casi vertiginosa. No pertenecen a ninguna categoría social concreta, lo que poseen en común no tiene nada que ver con la audacia ni con el porte; tal vez sea la edad, ya que jamás he visto a una mujer muy joven o realmente vieja que se entregase a este ejercicio público. Están a punto de desmoronarse, ya están marcadas por una muerte peor que la muerte, son mujeres que ya saben, un poco antes que las demás, que no son más que una fachada. Y lo que uno toma por una piedra no es más que polvo en equilibrio, un soplo echaría abajo el edificio. Adoro a las mujeres en ese momento, nunca han ejercido sobre mí un poder parecido en el esplendor de su juventud, y ellas deben saberlo, pues es raro que estas paseantes conmovedoras de las que estoy hablando pasen por mi lado sin como mínimo vacilar. A veces la mano se ha vuelto un poco seca, algo inesperado, y esta senilidad local excita al hombre que ella aguarda. ¿Qué es lo que han oído decir de los hombres toda su vida? Probablemente nada que autorice esta valentía que tienen en el ataque, esta seguridad en la elección. A nadie han escuchado, y sin tener en cuenta la idea corriente de la vida, sin una palabra, han salido de su casa, donde imagino que duermen los niños, se han mirado fugazmente en un escaparate para asegurarse de que la catástrofe todavía no se ha producido, han cogido el metro, ¡y a trabajar! El gesto de sus dedos exploradores recorriendo los cuerpos hacia las braguetas dice tranquilamente no a todo lo que siempre las ha rodeado, dice no a todo un mundo de mentiras y de tonterías, dice no a la pureza pretendida, no al matrimonio, no al falso amor, no al dios que castiga, no a la policía, no a quien les hablará dentro de poco en los apartamentos con cortinas, no a la vejez que se acerca, no a lo que ellas mismas han podido creer, no a las viejas esperanzas y a los deseos futuros, no a lo que es azul bebé, tierno sueño, querida sonrisa.

Recuerdo la línea «Italia» en la primavera de los veinte. Volveré a ver siempre con la mayor nitidez a la mujer que encontré cerca de la estación Dupleix. Barrio militar. No tenía necesariamente el aspecto de una esposa de oficial. Con traje de chaqueta azul marino y un sombrerito gris, era una mujer bastante delgada, de ese rubio que tiene algo de polvo y de evanescente, como es frecuente en el norte de Francia. Todo lo que le quedaba de una gran frescura era en su rostro una boca pintada con un lápiz de labios demasiado oscuro sobre dientes muy puntiagudos. Toda su piel se encontraba en ese estado de fatiga en el que da la impresión de haber perdido el hábito de respirar, y de que desaparecería con los polvos si se lavase la cara. Los orificios de la nariz terriblemente acusados por dos largos pliegues hacia la barbilla, pero temblorosos y ligeramente enrojecidos. La boca algo torcida. Los cabellos denotando la peor batalla con la vejez, en el último minuto, una vez puesto el sombrero: ¿había que ocultarlos, o utilizarlos para atenuar esas arrugas y los insensatos pensamientos de las miradas? No estábamos cerca y yo me aproximé para ver las manos, una de las cuales estaba enguantada, con uno de esos guantes cogidos al azar del desorden de un cajón donde se mete todo porque ahora es completamente inútil. Había mucha gente y abandoné el asiento acechado por una viajera que al desplazarse me abocó contra la que yo espiaba. Había observado en ella una expresión estática y tranquila, pero al acercarme vi que todo su cuerpo temblaba, y la mano desnuda que me interesaba hacía ese gesto espantoso de los moribundos que retuercen la sábana cuando todo está perdido. Estaba preocupado por lo que ella podría decirse en aquel momento, y por los términos en los que se lo diría. Me gustaría penetrar esa intimidad en todas las mujeres: nada me embriagaría tanto como sorprender las groserías maquinales que deben decirse en las frases empleadas consigo mismas. ¿Cómo piensan en los hombres? El tipo de picha que una mujer determinada tiene delante suyo… Mi vecina se había ido acercando insensiblemente a mí como si quisiese responderme. Yo miraba a la gente de alrededor. Estaba como siempre perdida en sus sueños. Esta historia no es una historia. Sin lugar a dudas ella se había dado cuenta de que sin dejar de mirarla yo me la pelaba a través del bolsillo del pantalón. Su mano desnuda ascendía ligeramente a mi lado, sin llegar a tocarme. Es casi imposible decir que se apoyase, pero ya me cogía a través de la tela. En la masturbación hay un principio de avidez. Entonces me entran ganas de pedir, de obtener más, aunque sea imposible, y saboreo el placer que llega como una abominable devastación que jamás podrá repararse. Conservo de esa mano un recuerdo de violencia: hay que decir que dada mi posición, a mi vecina, con esa mano, no le era nada fácil meneármela. En esa falsa posición yo esperaba más bien un roce, iba a decir una caricia. Pues bien, nada de eso: la mano me había agarrado la polla con una fuerza sorprendente que denotaba un ejercicio extraño y habitual, una articulación forzada por la gimnasia, músculos desarrollados por una práctica singular. Puede parecer poco, pero esta visión que conservo de una mujer cuya ropa interior me imaginaba dramática sobre los pechos presumiblemente marchitos, de pie en un vagón de metro de segunda clase, una triste mañana sin color, está unida a un estremecimiento extraordinario que la agitó, la boca repentinamente abierta y los dientes de loba despegados, con una expresión de niña pequeña que se ha hecho daño, hasta el punto de que no comprendí cómo no había gritado en el preciso instante en que nos sumergimos bajo tierra en Sèvres–Lecourbe y Pasteur. Sólo gocé algo más tarde. Algo más profundamente.

Con una insistencia recurrente que ha llegado a hacerse familiar, pienso en ese instante en que el ferrocarril metropolitano desaparece bajo la mirada del liceo Buffon en las tinieblas de una mujer que con un suspiro ahogado da la entrada a la vieja Tierra, la diosa Erda[20] que aparece con tan desagradable estrépito en el último acto de El Oro del Rin. El diálogo es corto porque estos dos símbolos parecidos a las cartas de los amantes separados se cruzan. Una sale como un diablo de su caja, la otra regresa viva a la tumba de lo que se ha cumplido. Sólo he podido oír las fórmulas de cortesía: Pase usted, señora… De ningún modo, usted primero… Si cogéis el metro «Italia», viniendo de l’Étoile, en el primer vagón, a la altura de las penúltimas puertas, a la misma distancia aproximadamente de los asientos y de la puerta lateral que da al Instituto de Óptica, cerrad los ojos: tendréis la sensación de reconstruir un crimen. Me gusta pensar que el goce de la mujer está ligado cada vez a algún crimen. Como cuando el casual tintineo de un vaso provoca la muerte de un marinero en el mar. El espanto de la mujer cuando siente que va a correrse, cuando siente que es necesario que finalmente se rompa eso en ella, sus ojos asombrados, la palidez de su rostro. Nunca se sabe si esta vez podrá contener el horror que se pinta en sus rasgos, y más de una vez he llegado a captar en la cara de un testigo el reflejo violento de esta expresión sorprendida. En la línea «Norte–Sur», entre Saint–Lazare y Trinité, tuve la suerte de sorprender uno de estos efectos dobles, más raros que los eclipses de sol, y para los que habría que encontrar un equivalente moral con gafas negras en el terreno de la sangre fría.

El decorado es siempre sensiblemente el mismo, aunque un indeterminado aire de lujo aséptico recuerde que la línea «Norte–Sur» sólo fue construida bastantes años después del comienzo del metro. La afluencia en estos barrios de la Rive Droite, donde los almacenes aparecen relucientes de saldos, se produce hacia la hora que precede al cierre del Printemps o de las Galeries. Una especie de pánico precipita a multitud de mujeres hacia esos bazares modernos en los que lo esencial de su encanto encuentra los elementos para renovarse. Dispuestas a equiparse para hombres que parecen arrastrar tras ellas, se han pasado todo el día yendo de aquí para allá y, perdidas en el gran dédalo de las ofertas, el opio de la elección las ha adormilado un poco. He aquí sin embargo que muy pronto tendrán que dejar de revolver entre retales y flores; sienten próximo el despertar, temen el timbre que transforma sus vidas y los almacenes, donde ya las vendedoras deben de mirar el reloj. Algo descompuestas por la prisa y la larga tarde de compras, no se atreven a entregarse al placer de recomponer sus rostros. En los vagones de la línea «Norte–Sur» donde están ahora, intentando cobrar una última pieza, repasan a hurtadillas el carmín sobre sus labios con ojos vagos, sombreados de dudas y de sueños. Sus perfumes se combinan mal entre sí, y de pie entre ellas recuerdo siempre aquellos extraños conciertos que oía de niño desde mi ventana, en Neully, durante la feria, cuando las canciones de varias norias se mezclaban con una ensordecedora melancolía. Pero ellas no me ven, me son más ajenas que nunca en estos túneles de la prisa, donde experimento el sentimiento de su femineidad como un ladrón que se felicita de la complicidad de una noche. Entonces reparo en otros hombres acechantes entre ellas: todo un mundo misterioso de hombres heterogéneos que vienen aquí cada día a respirar esta atmósfera en la que la sensualidad de una ciudad se descompone. Ignorándose unos a otros, se hacen la ilusión de ser los dueños de este inmenso rebaño variable donde, como las mujeres a las que eligen cuando agitan ellas sus manos blandas o nerviosas entre montañas de tafetán y de crêpe, se aprovechan de ilusiones y de obsesiones. Saborearán largamente la proximidad de una nalga, una mirada retenida entre mil como una fuga de paisaje en medio de las casas. Es así como se propaga una fiebre por estas venas subterráneas por las que corre el gentío enloquecido de las compradoras, y las veloces cajas amarillas y azules se llevan con él a los silenciosos cazadores furtivos que se la soban de una forma discreta, a la espera de una presa hipotética, algo con que matar el tiempo.

No es que esta hora sea propicia a las aventuras: la multitud, la agitación, el mismo reclutamiento de las mujeres, y hasta una especie de desaliento, de decepción que empieza a traslucirse a medida que se acerca la noche, incitando a estas mujeres a la languidez, al abandono de sí mismas, al inminente desfallecimiento, todo favorece al contrario los mil desenlaces para los que junto a ellas algunos lentamente se preparan. Pero estos hacen durar sus deseos, siendo como son aficionados a los que la experiencia lleva a ocupar antes de hora el puesto que se han fijado. Han venido un poco antes del momento crítico en el que estas mujeres caerán, se dejarán llevar por este vagabundeo nervioso que las pondrá enseguida a merced de los sobones. Las ven venir. Ya sabéis lo difícil que, en el salón de los burdeles, resulta para un hombre solo, por más curtido que esté en estas ceremonias maquinales, hacer durar realmente a su antojo el protocolo de la elección. Siempre alguna palabra, un gesto, acaba precipitando una resolución que tal vez no era la buena. Una falsa vergüenza, quién sabe. Aquí, en cambio, todo se presta a esas demoras que confirman a un hombre en su voluntad de placer.

Aquí, entre todas las demás prefiero la estación cálida, con sus tufillos, sus extenuantes ardores que contornean tan bien el ojo de las mujeres; aquí prefiero la estación cálida porque estas criptas permanecen frías y así, tras los rigores de la calle, se encuentra la atmósfera sosegada de las habitaciones donde, amparados por las persianas, los corsés finalmente se abren, y los ojos se cierran. O mejor: la frescura repentina de las iglesias, que tiene el don de ponérmela tiesa. Pero sobre todo porque en esta estación las mujeres están más desnudas, llevan vestidos más tentadores, más claros, más %os. Cuando veo algunas telas cuya suavidad mis manos aprecian por adelantado, siento a estas moverse, avanzar hacia las mujeres vestidas para mi propio placer, más atractivas, más tentadoras así vestidas que si se paseasen con los déshabillés que atraen a la clientela a las casas de putas. El fular, los satenes, la muselina de seda me seducen. Sé cómo se estremece un cuerpo bajo el terciopelo. Quiero variar la proximidad de una cadera en la que mis dedos distraídamente se posan. Lo que me separa de la piel, lo que resbala sobre ella, me proporciona un primer placer embriagador. Entre esta multitud apretujada me pego a mujeres cuyo atuendo me ha seducido de entrada. Me dirijo de este modo hacia esas verdaderas desconocidas que me turban a través de lo que les gusta, lo que ellas mismas han elegido para ser y arreglarse, expresión de su sensualidad oculta, efervescente en ese preciso instante en sus cabezas todavía trastornadas por los trajes vistos, los sombreros probados, la ropa interior acariciada con el secreto vislumbre de una cierta idea de robo. Invado a esas mujeres como ellas me invaden. Al principio la proximidad me basta, y cuando al final las toco es siempre insensiblemente. Un contacto anónimo, ocasional. Progresivo. A menudo un perfume que me llega de otra parte me aparta de mi primer objetivo, retrocedo entonces en mi lento avance, y es como algo que se muere, mientras toda mi atención se dirige hacia otra vecina. O bien todo lo que me rodea desaparece, y a través del sueño que persigo apenas conservo ese instinto que hace que sin darme cuenta disimule ante la curiosidad circundante lo que ahora debe de saber la mujer a la que ya acoso, aunque quizá pueda equivocarse, a la que sigo en sus movimientos imperceptibles, en las oscilaciones violentas del tren, y que quizá ya se retira, pero no, que se apoya en mí, o a lo mejor me equivoco, ¿quién podría decirlo?, que se impacienta, pero ¿es mi audacia o mi lentitud? Adoro este momento de incertidumbre, y este miedo que entrecorta la respiración y retiene o acelera un proceso que una mirada o una palabra suspendería terriblemente. Algunas veces, sea real o fingida, la inocencia de una mujer, la extraordinaria ignorancia aparente de lo que le estoy haciendo, me arranca bruscamente de mí mismo, y entonces, sin que esperara nada parecido, cuando a duras penas me sentía hombre, de una manera muy maquinal, he aquí que la turbación se apodera de mí de los pies a la garganta y ya no puedo retener nada, el semen se me escapa, y las sacudidas se estrellan en mi pantalón a cada espasmo, como si no fuese yo quien gozase, y efectivamente es algo en mí que no soy yo lo que entonces ha gozado. Estas sorpresas dejan una insatisfacción terrible, el horror de un desperdicio absurdo, del que es difícil apartarse; a veces advierte uno el asombro de la mujer, herida por una súbita frialdad. Ya que creo que ellas comprenden siempre.

Todos se quejan de la monotonía del placer, pero ¿qué quieren decir con ello? Lo que pasa es que sólo buscan el placer; en lugar de hacer del placer la sanción de una búsqueda que es lo que da forma y fuerza a una vida, lo consideran como lo único importante, y descuidan las vías por las que llega hasta ellos. Despreciable método, ridícula estupidez. Bajeza sobre todo. Así se explica que la mayoría de la gente haya convertido los asuntos del amor en charla de sobremesa. Todas las mujeres son iguales, dicen esos viajantes de comercio. Y toma, les pellizcan las nalgas. Habría mucho que decir de un cierto lenguaje desvergonzado, y de la actitud que legitima; esa costumbre de los franceses, por ejemplo, de hablar del coño llamándole culo, como si fuera más correcto y a la vez más despectivo. ¡Ah, el placer, esa palabra galvanizada, esa palabra débil, innoble palabra! «Le acompañaré a su casa con sumo placer», «Tendré un gran placer en serle útil», «Me ha causado un vivo placer saber que su esposa está mejor», «¡Oh, qué placer!». Detesto el uso que se hace de esta palabra, tanto en el sentido noble como en el uso vulgar. No hay nada elevado en el placer, y los que quieren sublimar su idea me encolerizan tanto como los que se complacen en él sin saber lo que hacen. O peor aún: fabrican un dios. No hay nada más repugnante. Pero estaba diciendo que el infinito no está en el placer, sino en lo que a veces lleva hasta él, y que bien puede no llevar. No sólo es infinita la variedad de las mujeres; ni siquiera una sola vez la aproximación del vértigo se anuncia por los mismos pensamientos. Y es que todo cambia en las condiciones, del vértigo. Es imposible que la identidad de tales condiciones, este milagro inútil y estúpido, se produzca dos veces en mi vida. ¿Habrá que explicarse y decir que el cambio es el mismo, con mil mujeres o con una? En una cama con la mujer adorada, o entre esta muchedumbre del metro, ¿acaso sé lo que va a producirse?, ¿y no tengo pese a todo ese mismo temblor? Tú eres para mí todas las mujeres, tú, para quien verdaderamente yo escribo esto y que simulas no saberlo, y que me reprochas mis preocupaciones lejanas, y la obstinación que pongo en describir a estas mujeres para ti extrañas, como si yo desease otra cosa que no fueses tú. ¿Acaso no siento esta embriaguez al acercarme a ti incluso en el sueño, de una forma siempre nueva, sin decirte nada, pero con un deseo tan fuerte de ti que tú no sabes lo que te pasa, tan lejana en ese instante del amor que no comprendes por qué de repente el deseo se apodera de ti, como un extraño monstruo bajado del cielo? A veces sin tocarte, ¿acaso no te espero como si jamás nos hubiésemos pertenecido, y acaso no obtengo una victoria cuando bruscamente te das la vuelta murmurando: Ah, canalla, me has poseído a pesar de todo?

Estaba hablando de cómo esos encuentros que sin embargo jamás he provocado transforman su teatro en una especie de bosque encantado, y pienso invariablemente en esa Brocelandia moderna de encantamientos perpetuos que antaño jalonaban el paso de aquellos hombres de hierro en la Bretaña del rey Arturo. ¿No se trata de liberar del Gigante Mundo, del dragón que la tiene prisionera en el rincón de un apartamento de fealdades y temores, a una mujer muy pura, a una mujer efímera que apenas durará el tiempo de un sollozo? Luego la buscaré inútilmente entre los árboles sin rostro que esperan de pie la estación de enlace o el instante de salir entre el viento y la lluvia al corazón del universo siniestro que bajo tierra no ha sido expoliado. Metamorfosis. La turbación se debe a nuestra ignorancia de las leyes que gobiernan las metamorfosis. Nunca se sabe si no se es el juguete del propio deseo, y si esta pasividad que interpreto como una aquiescencia no es el resultado de una distracción considerable. Lo que quiere una mujer, lo que espera de mí, ¿cómo puedo saberlo? Mis manos tampoco pueden apoderarse de la esfinge, el enigma es el deseo de la esfinge, y soy yo quien tengo que proponer las fatales preguntas. Lenguaje del tacto, alusiones de los cuerpos. El comportamiento de las mujeres varía como el cielo y como él es imprevisible, sólo se deja interpretar a través de signos dudosos, vuelo de pájaros, formas cambiantes de las nubes, situación de los astros: se diría que esa de ahí te busca, tanto se ha aproximado, tan cerca están sus dedos, tan jadeante es su respiración, pero luego es una losa, un muro. Y esa otra a la que no habías visto hasta ahora, ¡qué aire compungido y de reproche tiene al bajar! Y aquella otra… Y tantas que lo único que desean es la proximidad, y pensar. Pagaría cualquier cosa por saber lo que piensan. Las que quieren no ser tocadas. Las que prefieren que se les deje hacer. Las que quieren ser abordadas lentamente. Las que quieren estremecerse. Las que quieren rozarse. Las que no saben lo que quieren. Las expertas. Las novicias. Las que nunca entenderán cómo una vez en su vida permitieron tal cosa. Las desesperadas. Las locas. Todas las mujeres sin memoria, todas las mujeres sin mañana.

Ahora ya no puedo recordar el rostro ni el cuerpo de la que tenía contra mí aquella vez, en la línea «Norte–Sur», dirección Saint–Lazare. Lo único que sé de ella es que entre aquella muchedumbre compacta, esa masa oscilante de viajeros a los que los vaivenes del tren inclinaban de golpe, ella se dejaba hacer como privada de razón y de sentimientos. Como si nos hallásemos en un desierto de verdad, donde la sola presencia de un hombre hubiese sido para ella tan sorprendente y tan terrorífica que ni siquiera se le habría ocurrido moverse o resistir un instante. Decía que me hallaba contra ella, por detrás, pegado, y mi aliento agitaba suavemente los cabellos de su nuca. Mis piernas se adherían a la curva de las suyas, mis manos habían acariciado largamente sus muslos, ella no había retirado su mano izquierda cuando durante un instante, furtivamente, yo se la había estrechado. Sentía contra mí la dulce presión de sus nalgas a través de un tejido muy fino y sedoso cuyos pliegues ocasionales también me interesaban. Yo controlaba atentamente los movimientos de mis rodillas. Las flexionaba un poco para que mi picha, comprimida por el pantalón, encontrase, mientras seguía aumentando de tamaño, un lecho entre las nalgas contraídas por el miedo, un lecho vertical donde las sacudidas del tren bastasen para meneármela. Veía mal el rostro de esta mujer, de lado. En él no leía más que miedo. ¿Pero qué miedo? ¿Al escándalo o a lo que iba a pasar? Ella se mordía el labio inferior. De repente tuve una necesidad irreprimible de control. Quise conocer el pensamiento de esta mujer, deslicé mi mano derecha entre sus muslos. Maravilla del vello adivinado bajo la tela, asombro del culo apretado. ¿Esta mujer era, pues, de piedra?

No conozco nada tan hermoso, nada que me procure hasta ese extremo una sensación de fuerza, como la vulva cuando se la alcanza por detrás. Mis dedos no podían llevarse a engaño. Sentía los labios hinchados, y de repente la mujer, como para afianzarse sobre sus pies, separó los muslos. Sentí los labios ceder, abrirse. Tan húmedos que empapaban el vestido. Tres o cuatro veces, las nalgas subieron y bajaron a lo largo de mi picha. Pensé de repente en la gente de alrededor. Nadie, no, nadie prestaba atención a nuestra urgencia. Caras grises, y aburridas. Posturas de espera. Mis ojos recayeron en dos ojos que miraban, que nos miraban, a ella y a mí. Esos ojos golpeados por la vida, esos ojos subrayados más por la fatiga de las largas jornadas que por el maquillaje, esos ojos llenos de historias desconocidas, esos ojos que por un rato aún, todavía, amaban el amor. Eran los ojos de una mujer sentada bastante lejos y separada de nosotros por una multitud ciega, de una mujer que desde tan abajo no podía adivinar lo que nos llevábamos entre manos, sólo podía ver nuestras cabezas zarandeadas por la marcha del tren y por el desorden del inminente placer. Esos ojos no se apartaban de nosotros y de pronto sentí una especie de necesidad de responderles. Eran unos ojos inmensos, tristes, y como sin reposo. ¿Sabían? Parpadeaban un poco para responderme. Se dirigían hacia mi vecina, a la que sentía estremecerse profundamente. No preguntaban. Sin duda sabían. Los movimientos de la mujer se hicieron más rápidos, con ese carácter extrañamente constreñido que impone el miedo a traicionarse. Bruscamente vi dilatarse esas pupilas fijas en mí, como si un abismo se hubiese abierto bajo el asiento. Acababan de advertir en el rostro de la mujer a la que yo me apretaba el primer espasmo del goce. Sólo a través de esos ojos supe lo que acababa de producirse, y me corrí al mismo tiempo que la mujer sentada, y me pregunto qué aspecto debía ser el mío entonces, cuando la mujer aquella ocultó bruscamente entre las manos sus ojos destrozados por el placer. Transcurrió un tiempo infinito hasta la estación siguiente, como un gran silencio inmóvil, y ya no pensé en nada más. Al entrar en la estación, las luces exteriores, la curva del andén, los reflejos sobre los azulejos blancos, un remolino violento al abrirse las puertas arrojó fuera a la mujer cuyos ojos no había logrado ver; el asalto de los nuevos viajeros extendía un velo entre mi persona y esos ojos que ya no veía. Me quedé solo, sin conocer la verdad de esta historia sin intriga, en la que para mí todo es dramático como la huida inquietante del verano.

A menudo me he preguntado si las incendiarias que cada verano levantan tanto revuelo en Maures y en las Landas no estarían cortadas por el mismo patrón que las más decididas de estas viajeras a las que habría querido interrogar, sin conseguirlo. Un día agarré por el brazo a una de ellas, pero fue tal la expresión de horror y de desesperación que entenebreció sus pupilas que mi mano se abrió, y ya no había nadie: este año he leído varias veces en los periódicos que se había detenido a una joven —siempre se trataba de una joven, siempre—, sorprendida mientras avivaba el fuego cerca de Dax o de la Garde–Freinet[21]. Y al parecer esta joven no había tenido ninguna dificultad en reconocer que había sido ella misma la que había encendido esa hoguera tan hermosa, tan saltarina, ella misma, ella misma, y los gendarmes le preguntaban por qué. Porque —decían los periódicos— he querido hacer lo mismo que una amiga mía, a la que el año pasado condenaron por haber pegado fuego —los periódicos decían dado— a unos bosques de pinos y de alcornoques, según el humor y la ocasión, o a graneros, a granjas, a falta de algo mejor a montones de heno. Por qué, preguntaban los gendarmes, y ella sonreía. Los hermosos incendios llameaban en aquella sonrisa. Memoria, y la joven convenía en que cada vez, cada vez, el pecho agitado, se había sentido embargada por un placer extraordinario viendo propagarse y aumentar las llamas, y la prisa de la gente corriendo en todas direcciones, y los bomberos. Oh, cómo le gustaban los bomberos. La joven. Pinos o alcornoques. Basta haber sufrido una tentación cualquiera, lo que se dice sufrido, para comprender todas las tentaciones. Una joven.

No es que tenga predilección por la virginidad. Al contrario. En la virginidad hay una ignorancia que me horroriza, una tontería rayana en la obscenidad: apartad, por favor, estas imágenes insoportables. En una palabra: no siento ninguna vocación por el oficio de desvirgador. Y sin embargo, cuando se entregan a los juegos terribles que a veces ellas se permiten al borde de un abismo histérico, las vírgenes son las únicas capaces de algunos incendios inexpiables que valen por todas las puestas de sol. Cómo saben besar, ellas, para las que el amor posee los encantos de una lengua extranjera. Quién no se ha ensuciado la ropa en habitaciones cuya puerta se deja por prudencia abierta para no despertar la curiosidad de una madre, quién no se ha sentido desfallecer en el interior de un taxi, o en el portal de una casa, junto a la escalera, quién no se ha atragantado a mitad de una frase cuando una manita se ha posado sobre la bragueta y ha pasado suavemente sobre este bulto que ella se explica a su manera, no, ese no sabe lo que hay de enloquecedor en la virginidad de las jóvenes, y la locura que puede suponer si el placer les llega antes que al hombre, un placer como jamás ningún hombre volverá a dárselo, un placer como un incendio. Una joven. Nada se oponía a que encontrase a una joven en un metro, o en cualquier otro transporte público, como curiosamente se dice. El caso es que no me ha ocurrido ni una sola vez. No soy el tipo de hombre que gusta a las jovencitas. No me parezco a Guynemer ni a Rodolfo Valentino. Qué le vamos a hacer. Digamos que no sé distinguir a una tonta de una hipócrita, y necesito siempre un mínimo de provocación para interesarme. Pienso que las jóvenes están hechas para los aventureros. Una cierta clase de bailarín, pianista o soldado; gente que siente una cierta atracción por el atraco y bastante por la exhibición, amadores de sangre, amantes hechos para una violencia breve en la que el hombre se duerme después del polvo, sin pensar en recuperar lo que está sobradamente poseído por haberlo estado ya una vez, la primera. No obstante, si yo tuviese el poder de disponer del mundo, no habría olvidado, aunque sólo fuese un día, llevar a una jovencita a cascármela en el metro con su aparato de música, por ejemplo. Entre otras. Luego me habría gustado deslizar en su dedo un anillo, o un brazalete bajo su manga, para que conservase durante toda su vida el recuerdo de un hombre cuyo sexo habría sentido hincharse, y tal vez escaparse el licor entre los botones de la bragueta, manchando su vestido, de una manera desconcertante y bastante abominable para alguien que no esté acostumbrado. Este anillo, este brazalete, diría ella más tarde al predestinado de las postales y de los claros de luna que la hubiese interrogado, es un regalo de alguien que no recuerdo, que apenas conocí, tal vez le debiese algún favor a mi padre o algo por el estilo, oh, no es uno de esos recuerdos entrañables, pero es bonito, ¿verdad?, y sobre todo me queda bien. Ya veo, dice el novio tradicional. Una joven.

He visto arder bosques. No sólo en el cine. En las montañas. Jamás los bosques tienen tanto aspecto de cabelleras como cuando arden. Ni las montañas tanto aspecto de senos vírgenes excitados. He visto a hombres correr con cubos de agua ridículos para intentar apagar la sensualidad salvaje de las montañas. He visto traer a gente chillando cuyo rostro estaba negro y cuya piel saltaba a jirones sanguinolentos. He visto en la noche el resplandor de estas luminarias criminales, la desesperación y el terror de las víctimas en fuga; por la mañana, a pesar de las noticias, la enorme humareda que sube más alta que ayer. He oído hablar a la gente en los pequeños cafés, en las plazas. He seguido las miradas que se clavaban con aire de recriminación en pacíficos fumadores. He escuchado renacer viejos mitos a cada repetición de la periódica calamidad. He sentido pasar por los corazones el atavismo antiguo de las masacres. Se señalaba con el dedo a los vagabundos, a los gitanos. He visto arder bosques: comprendo que sea un placer de jovencita. Oh bordados, bordados, ¿cuántos bosques arden pacientemente en el círculo de vuestros tambores?

Los novelistas cuentan amablemente horrorosas historias con desenlace. Encantadores novelistas, señoras, y respecto al romero sus florecillas azules recuerdan al hilo para cortar la mantequilla, ni más ni menos. No es culpa suya si a pesar de lo que se esmeran, su manía parece una estupidez, es decir la voluntad de novela. Una vez lanzado, comprendéis, no es posible ocuparse de otra cosa, hay que seguir el tema. Por eso precisamente leo novelas, para ver al novelista seguir su tema: ¿me permite caminar a su lado puesto que vamos en la misma dirección? Viejo asqueroso. Es usted muy amable, ¿pero por qué correr de esta manera, querida niña? Pero bueno, qué jeta, ¿por quién me toma ese gilipollas? Siempre me ha gustado la jeta de un gilipollas cuando una joven le pega bronca. Pero supongamos que no le pegue bronca, entonces en lugar de una gilipollez se obtiene una novela, es decir un libro en el que un mismo personaje lleva un mismo nombre, o no se lo cambia sin avisar, resulta en todo momento reconocible para el lector menos perspicaz o para el lector que posee claras ideas literarias, según la clase de novela que sea, tiene unos mismos sentimientos, o no cambia de sentimientos como de camisa, es decir sin que se haga notar, no sale del libro, no conoce a personas inútiles, sólo caga por el bien de una idea general, me parece que habría que decir de la primera a la última página, aunque esta reflexión llega demasiado tarde, ¡y si sólo fuera eso! Pero la novela consiste en peripecia; delicioso zarcillo bajo la hoja de la vid, suave pelusilla, dije, cedilla, y todo absolutamente coherente, caballero, puede morder, auténtico. Hay algo verdaderamente enternecedor en la peripecia, esta piedra aportada al edificio, esta cucharada para papá, y acabarás por fuerza comiéndote la sopa. Si los novelistas fuesen los amos se levantarían estatuas a la peripecia. Y si se escuchase a las peripecias, se levantaría un monumento a la petición de principios. ¿A la petición de? Perfectamente, las peripecias agradecidas. Hay que encontrar cualquier pretexto para hacer hablar a un novelista sobre los libretos de ópera. Entonces se despacha a gusto: increíble, cómo se puede, la Edad Media, y salir de aquí a continuar su novela. Nadie os impide decirle que si encuentra una buena historia, tal vez podría ponérsele música. Nadie os impide canturrear Manon, Butterfly o algún otro ñigui–ñigui que os dé una elevada idea de la actividad humana. Cómo se resume una historia, y la necesidad de las historias, he aquí un buen tema de bachillerato donde la mejor nota seguramente se la llevará el más idiota, y eso compensa. No hay justicia, hostia.

A fuerza de escribir libros donde todo parece pasar como en la vida, se ha acabado por saber tomársela tan bien, a la vida, que hoy en día todo pasa como en las novelas. Y eso también compensa. Por qué entonces, lógica aplastante: para que en las novelas todo pase como en la vida, si en la vida todo pasa como en las novelas, en las novelas todo pasa como en las novelas. Supongo que captáis el razonamiento. Cabe esperar una humanidad tan intelectualizada por las lecturas de novelas que, yendo a trabajar, lea en un pequeño y elegante volumen todo lo que podría pasarle, y limite a eso la experiencia personal de lo novelesco. Remito su valoración a los hombres de Estado. Estas apreciaciones van acompañadas de migraña, pero los novelistas ya están acostumbrados, a la migraña. Psicología de las mujeres. Bovary. Y los geniales, turbadores descubrimientos relativos a la sexuhalidad. Muy bueno eso de la sexuhalidad para las peripecias. Siempre que contribuya al desarrollo general de la obra, a la construcción del todo; sin eso, decidme, ¿de qué serviría la sex, como la llamáis vosotros? ¡Oh, estamos muy lejos hoy en día de las novelas pastoriles! La novela es up to date, muy moderna, muy americana. El individuo aplastado, sin contemplaciones. El género abrumador. Difícil. Cruel. Es realmente un poco demasiado penoso, se dirá, dejando el libro terminado sobre la mesa. Hace pensar. Hay que decir que nos cambia. Hablaremos mucho tiempo del héroe de este libro, diciendo un… y su nombre, un Tartarín, una Yvette, un Charlus[22]. Y los críticos agruparán estos nombres para el equilibrio de sus frases: «no es una Yvette que se comportaría como un Charlus, etc.». La gloria. Porque el novelista no se conforma con haber escrito novelas: quiere la gloria.

Couronnes. No sin razón en el círculo de los bulevares exteriores una estación lleva este nombre cargado de diversas nostalgias. Evoca no tanto el emblema de las realezas decaídas bajo el empuje de la plebe salida de este barrio donde los bulevares son de una tristeza sin nombre, pese al bullicio sofocado de dos o tres pequeños burdeles cuyas buhardillas del primer piso, sobre una taberna de cristales esmerilados, dormitan desocupadas durante el día, no tanto esos trofeos dorados que un pueblo aquí arrinconado sólo ha sabido arrancar en provecho de las mil nuevas dinastías que se reparten el oeste de París, sus árboles, sus luces, no tanto estos abalorios de antaño que ya no son necesarios a quienes reinan en hermosos automóviles de ruedas blancas, como los símbolos de la muerte, cuyo parque se extiende muy cerca, en Père–Lachaise, a una distancia suficiente de las regiones felices a las que entristecería la proximidad de las tumbas de la gente rica, la fealdad imponente del mármol costosamente prodigado en medio de las barracas, de las casas baratas, de las fábricas, cuyo espectáculo ya es de por sí tan deprimente que, la verdad, un poco más, un poco menos… Los símbolos de la muerte. La sombra de la guerra civil se arrastra en los nombres de las estaciones de metro: Combat, Couronnes[23], palabras que no dicen nada a los niños que juegan en los Campos Elíseos, a las mujeres que bajan riéndose hacia la Cascade, palabras que para algunos hombres, algunas mujeres, algunos niños, representan con el recuerdo que se extingue de viejas tragedias el horrible airecillo frío cotidiano del amanecer, el tren cogido en una caverna o la salida entre la bruma fuera de esta caverna hormigueante, antes del trabajo absurdo, absurdo y corrosivo, que devora la vida, y por el que sin embargo se tiembla, debido a la dificultad que supondría encontrar otro igual, tan abyecto, tan mecánico, tan extenuante. Coronas, polvos de inmortales, piedades estúpidas, ofrendas sin ton ni son arrojadas al laberinto de los sepulcros donde se pudren codo con codo los oprimidos y sus amos, al amparo de la revolución futura, coronas en las que se lee por última vez en la frescura de las flores la inmunda superioridad de los cadáveres ricos, coronas, estupideces vegetales, noche, noche. Para mí, como sin duda para toda una generación que no ha olvidado una terrible portada del suplemento ilustrado del Petit Journal, donde se veía a una muchedumbre popular atropellarse en una escalera de metro y el mismo rojo servía para representar los cinturones de los que trabajaban en las vías, las corbatas, la sangre, para mí esta palabra, Couronnes, como un sollozo fúnebre, cubre el recuerdo teñido de discursos oficiales del accidente acaecido al día siguiente a la inauguración de la línea «Nation», en 1900 o quizás en 1901[24], al que debemos que la palabra «Salida» esté escrita con letras luminosas en las puertas del metro, que aquel día, entre tinieblas, un pueblo enloquecido buscó inútilmente. Los ingenieros no habían previsto las averías eléctricas. Se ejercitaron con un buen número de víctimas, perfeccionaron su sistema de iluminación a partir del primer accidente, meditaron sobre estos muertos, lo que se tradujo en la palabra «Salida» con letras de fuego, una especie de corona anónima, como recuerdo. Durante toda mi infancia soñé con esta catástrofe, cuyo clamor, a principios de siglo, ha llegado hasta mí a través de los terrores de las personas mayores, los comentarios domésticos, el eco de las interpelaciones. Cuántas veces me he imaginado atrapado en esa prensa mortal donde se aplastan tantos seres humanos súbitamente enemigos en una sombra súbita: «Afortunadamente», dice alguien, «sólo había obreros entre esos desgraciados». Lo recuerdo. Todavía no tenía cuatro años. Todo lo que se contaba: la orden lanzada al público de no moverse, de esperar en la oscuridad, la angustia, luego el irresistible instinto que empuja hacia la luz, el pánico, las carreras y los empujones, los muros contra los que chocan manos y cabezas al azar, el atropello en la escalera, los gritos, la asfixia, las mariposas negras en las gargantas de los más débiles, bajo el empuje violento en el pasillo, los crujidos de huesos muy cerca, y bruscamente un líquido pesado y caliente que cae no se sabe de dónde, de un grano del racimo humano, en las manos, los rostros, el silencio, y más gritos, terribles gritos. Los que siguieron la vía para llegar a otra estación, súbitamente achicharrados por el regreso de la corriente. Los que en los vagones, paralizados por el miedo, oían sin comprender los negros clamores. Los que lucharon largo rato para morirse en el momento en que volvió la luz. Los que murieron enseguida, pero que la muchedumbre apretujada arrastró entre sus filas enderezados como maniquíes y que cayeron los primeros en brazos de los bomberos. Las mujeres. Los locos. Los que no encontraron la fuerza de hablar. Los que repetían incansablemente la misma frase. Los que se quedaron quietos para ahorrar fuerzas y respirar el mayor tiempo posible. Coronas, coronas[25].

¡Qué gran camaleón es la asociación de ideas! Fue una buena ocasión, entre los corazones sensibles, para recordar otra catástrofe, mucho más atractiva, eso sí, debido al decorado, a las víctimas: aún no se había olvidado el incendio del Bazar de la Caridad[26], y este incendio, anterior a mi nacimiento, creo, me lo imaginaba a mi manera con los elementos de las conversaciones oídas. No, el Bazar de la Caridad no era como esa historia de obreros aplastados en una estación de metro de un barrio bajo, no: aquí rezumaba lujo, filantropía, y no cabía duda de que todas las jóvenes decentes que se habían quemado mientras vendían o compraban bombones, abanicos, puntillas para los pobres se habían ido nada más quemarse derechas al paraíso. Lo que no deja de ser una alegría. Como esos angelitos vestidos de terciopelo con cuellos de Irlanda y zapatitos de charol con hebillas de plata que acompañaban a su mamá o a la hermana mayor; sus alas les habían elevado enseguida, mientras se achicharraban. Toda esa gente bien subió al cielo. Yo no sabía dónde podía haber estado metido ese Bazar providencial que fabricaba santos como quien respira. Me lo representaba en alguna parte de la zona del Bon Marché, Rué de Babylone, hacia la Embajada de China. A causa del Bon Marché, sin duda, cuyo nombre es ya tan filantrópico. La embajada era por lo distinguido. Y luego creo que lo esencial era una gran tapia impresionante en Rué de Babylone; mi familia conocía a una señora que se hallaba en el Bazar en el momento del incendio y que había escapado corriendo y saltando por encima de una tapia que tenía por lo menos tres metros de alto, tú la conoces, sabes que normalmente no sería capaz de saltar ni desde una silla, y ya ves, desde una tapia de tres metros de altura, ¡en esas ocasiones se adquiere una fuerza! Desde mi rincón, yo me imaginaba a la dama: corriendo con sus faldas, que entonces se llevaban muy largas, y varias enaguas que se levantaba con las dos manos, mientras se ven salir las llamas y el humo por todas partes y hay grupos con curas en el centro que encomiendan sus almas a Dios, gente que corre en todas direcciones, y banquillos volcados en el suelo, veladores, y pasteles que quedarán sin comerse, corriendo la dama como un caballo joven derecho al obstáculo, la gran tapia de tres metros, y una vez allí, sin soltar sus faldas, ¡aúpa!, dobla las rodillas, una idea irresistible, y sin saber cómo se eleva por los aires, como un globo con piernas, pasa por encima de la tapia y cae en la calle. No sabía lo que hacía. Nunca lo habría conseguido si se hubiese dicho: voy a saltar. ¿Y una vez en la calle? Dio gracias al Señor, por supuesto, y prometió un cirio a Nótre Dame des Victoires, o mejor dicho a otra Virgen, he olvidado su nombre, que tenía la ventaja de estar allí mismo, en alguna parte de la Rué de Sévres, al fondo de un claustro de religiosas, en una capilla tan concurrida como la pastelería Guerbois[27], compras enfrente, en casa de esa mujer de gran corazón, la buena Madame Boucicaut[28], convertida después en piedra en la plaza por razones que nada tienen que ver con el infortunio de las hijas de Loth. Una tapia de tres metros de altura. Debía ser un famoso cirio el que pagó a la santa Virgen por una tapia de tres metros de altura. Y la santa Virgen debió de quedar muy contenta, un cirio de tres metros de altura, no necesitó otro durante tres meses. No cabe duda de que, puestos a ser chic, este incendio era verdaderamente un acontecimiento chic. Hasta el punto de que después, para situar a la gente, se decía: Perdieron a un pariente en el incendio del Bazar, una hermana me parece, en fin, la madre creyó que iba a volverse loca. Enseguida se sabía con quién había que vérselas. Entre el mundo bienpensante, en fin, el hecho de haber estado allí llegó a constituir como una aristocracia. Igual que se dice tenía un abuelo en Fontenoy, u otra derrota de buen gusto. Toda clase de deliciosas leyendas rodeaban este incendio donde las llamas habían acabado por parecer rosas. ¡Cuántas ceremonias vinieron después! Exequias por aquí, exequias por allá, y la gran voz del órgano, y las oraciones fúnebres, una ocasión, creo, de hablar de los grandes de la tierra, y cómo todo pasa, un día rica, adulada, feliz, y al día siguiente polvo, polvo, pero lo que permanece es el perfume de la virtud, y en cuanto a los que quedan que imiten la piedad, la bondad, la generosidad de la desaparecida, todavía hay iglesias por construir en nuestro pobre país, ya me entendéis, y cuando pienso en todos los que mueren sin confesión, es para echarse a temblar.

Por lo que se refiere a morir sin confesión, es cierto que las víctimas de Couronnes no debieron de preocuparse mucho de su segunda vida, inmortal, a diferencia de esta. No debieron de recomendar su alma a esa santa Virgen que habita tan cerca de un buen pastelero. No debieron de lamentar echar a perder sus mejores trajes, ni consolarse con la idea de que así lucirían mejor sobre las angarillas. Debieron de pelearse mucho para salir, sin más palabras que los insultos. Oh, no era la flor y nata, qué le vamos a hacer. De más de uno no podría decirse que su desaparición constituyese una gran pérdida. Toda esa gente se habrá ido derecha al infierno. A menudo he soñado con los que van en zigzag. Ya sé que también se dice que en el Bazar hubo escenas lamentables; algunos hombres, y lo que es peor, algunos caballeros, habrían atropellado a las mujeres, pisoteado a los niños, pero eso son invenciones de los socialistas, y por otra parte, ¿dónde no hay una oveja negra? Hay gente a la que molesta una historia edificante. Enseguida se les ocurren atrocidades. En fin, nadie se las cree. Esas cosas pasan en los naufragios, pero eso es otra historia. En los barcos la gente está siempre más mezclada, no se sabe quién es quién. La tripulación, bien disciplinada por sus oficiales, se muestra generalmente heroica, y mantiene el orden, impide que se pierda la cabeza. El capitán, eso todo el mundo lo sabe, bajo ningún pretexto abandona el barco, el último a bordo, y generalmente prefiere hundirse con el buque, de pie, con los talones juntos, bajo la bandera. En cuanto a los pasajeros, evidentemente hay de todo, y hasta en la primera clase se cuela gente a la que no saludarías en tierra. Eso es lo que explica la frecuencia de esas escenas horribles en el momento del embarque en los botes salvavidas. Así, en el naufragio de La Bourgogne[29], había un boxeador turco muy conocido, un campeón, ya no recuerdo lo que hizo pero era horroroso. Imagínese: un boxeador, las mujeres, los niños, ¡menuda polca! Pues bien, ese hombre seguramente tenía una cabina de lujo, con lo que cuestan.

Debo decir que no sé muy bien cuál es el fundamento de esta ley, generalmente admitida sin discusión, que dice que en el momento de un naufragio se salve primero a las mujeres y a los niños, y que sea un crimen y una vergüenza para un hombre ser salvado antes que todas las mujeres y todos los niños. Aunque haya que alimentar el sentimentalismo corriente a base de viudas y de huérfanos, encuentro bastante curiosa esta manera de fabricarlos. No quiero insistir. Se podría intentar explicar a quienes se conmueven ante este tipo de argumento que un hombre es un capital social más considerable que un niño, que todavía no ha tropezado con la enfermedad, etcétera, pero creo que es absolutamente inútil apelar por una sola vez al sentido común cuando se trata de caballerosidad, y además, a ver: en un transatlántico, ¿quién viaja? Emigrantes, criados, marineros, en fin un montón de hombres que serían capaces de salvarse ellos solos dejando ahí a los pasajeros si no se hubiese establecido una sólida regla moral, que algunos querrían quebrantan La Bourgogne: ese naufragio no dejó de excitar las imaginaciones. De vez en cuando un gran naufragio rejuvenece algunas ideas. Basta pensar en el Titanic[30]: ese encuentro en plena noche con un iceberg, los náufragos con trajes de noche, como para coger una pulmonía, y luego todo lo demás, pero a pesar de todo la humanidad no perdió nada a causa de un magnífico ejemplo de calma, de valor y de piedad dado por la orquesta, que como todo el mundo sabe siguió tocando hasta ser tragada por el mar, donde se ahogaron las últimas notas de un cántico, Más cerca de ti Dios mío, lo que permite pensar que estos músicos debían creer en Neptuno o no saber demasiado bien lo que se decían. Las catástrofes son necesarias: proporcionan a la conciencia humana la ocasión de rehabilitarse, y a algunos hombres la de pronunciar frases definitivas, que luego pueden servir. Sin embargo hay que reconocer que no todos los desastres son igualmente aprovechables, y que de mucha mejor ley son los que se abaten sobre la gente de la alta sociedad. Entiendo el gran ejemplo que puede extraerse cuando se ahogan algunos millonarios que un momento antes estaban fumando tranquilamente sus puros, algunas grandes damas que acaban en el fondo del mar por haber ido a buscar al camarote su joyero, sus diamantes semejantes a tantas estrellas que ahora vendrán a hablarles en su palacio profundo de las maravillas abandonadas en la tierra, eso lo entiendo. Pero qué interés, qué consuelo moral puede suponer el despachurramiento en una estación de metro de un centenar de obreros sin principios religiosos, sin situación mundana, vestidos de susto, cuyo nombre no recuerda nada, ni la historia de Francia, ni la gran industria, en fin, que sólo la idea de tener que hacerles un discurso pone los pelos de punta. Eso desde luego no lo entiendo. Y además esa ocurrencia de coger el metro. Es sano caminar por la mañana, para tomar el aire antes de trabajar.

Cuando los viajeros fatigados por una larga jornada se apretujan en un vagón muy lleno arrojan sobre los asientos una mirada escrutadora, dónde se bajará ese tipo siniestro, a ese vejestorio no debe de quedarle mucho, etc., para acechar el primer sitio vacío y abalanzarse sobre él antes que esa señora pálida que parece estar a punto de caerse. Pero acaba de entrar una mujer llevando en brazos a un encantador bebé cuya cabeza es todavía demasiado pesada para sus pies, este querubín mata a su mamá y hay un momento de emoción muy pura entre la concurrencia. Entonces, a menos que al prolongarse la situación una mujer se levante arrojando sobre los viajeros que leen desesperadamente su periódico vespertino una mirada de desprecio y de indignación, se ve a un hombre joven asaltado por un prurito de galantería levantarse en redondo para hacer paso al bulto y quitarse el sombrero en medio de un prolongado murmullo de aprobación. A partir de ese momento las nalgas de los viajeros sentados aprecian los asientos con un frote transversal. Donde hay una mujer embarazada todo el mundo le mira amablemente la barriga, ella se ruboriza, se siente terriblemente humillada, no debería haber salido. Los viejos, los enfermos, especialmente después de la guerra… a este propósito la administración ha hecho poner unos números en un puñado de asientos que están siempre a disposición de los mutilados provistos de un certificado que demuestre que fue en el campo de honor donde perdieron la cabeza, y que si son ciegos no es a causa de la sífilis.

Esta moral del metro no deja de presentar una cierta analogía con la de los naufragios. Y a propósito, en los naufragios los hombres enteros ¿deben ceder su lugar a los mutilados? No creo que el problema se haya planteado, pero ciertamente sí, y los patituertos desaparecen ante los sin–piernas, y los sin–piernas ante los hombres–tronco, por supuesto.

Me entran ganas de desarrollar una imagen del naufragio cotidiano, en el que el metro juegue un papel importante, que ponga en su sitio las ideas de catástrofe y de educación, conjuntamente. Disponemos de un pequeño hangar de generalidades. Cabe observar que toda esa gente traqueteada cree ir a lo suyo. Lee con horror en los periódicos historias de carnicerías. A veces sueña en la Edad Media, en las inquisiciones, en las guerras. Van a lo suyo. Cogen el metro. Nada más natural. Pero el caso es que allí dentro apesta. Tal vez sea cómodo, pero apesta.

Pienso en las noches, cuando los vagones están vacíos, en las líneas que circulan por la superficie en pleno invierno, en el frío dentro del metro, en la espera sobre las estaciones heladas. Pienso en la suciedad del suelo, donde yacen en los charcos las hojas pisoteadas de los periódicos hechos jirones. Pienso en las interminables colas en las escaleras de Châtelet, en las horas de afluencia, cuando el revisor sólo deja pasar al público a bocanadas. Pienso en las disputas de los viajeros a los que el gentío impide bajarse. Pienso en los que escriben sobre sus rodillas, en los que miran incesantemente la hora en su reloj, con terror, en los que leen con avidez, en los que miran leer a los otros, en los que ya creían haber llegado y vuelven a subir mascullando al vagón, en aquellos a los que se les ha pasado la estación, en los que ya no pueden más y se duermen. Los sueños del metro. Una vez vi a un hombre cuyo sueño inquietaba a sus vecinos: le habían zarandeado, en la estación siguiente lo bajaron, lo acostaron cuan largo era en el andén, se arremolinaron a su alrededor, el tren volvió a arrancar. Dos o tres veces, también en los finales de recorrido, Maillot, Orléans, algunos durmientes que no querían volver en sí: un poco de baba en la boca, el labio torcido, la nariz que silba. Nunca he oído hablar de crisis de epilepsia en el metro, sería muy bonito. He visto una boda en el metro: resultaba extraño a causa de las flores de azahar. He visto, en el andén de Etienne–Marcel, a un artista que se había sentado ante un caballete para pintar. He visto pasar a gente en camisón durante una alarma de Gothas[31]. He visto al ejército y a la policía durante las huelgas. He visto máscaras en carnaval. He visto a las patéticas modistillas. He visto a los reclutas borrachos, con un enorme 69 en la gorra, ensayándose con la corneta a tocar la diana. Nunca he encontrado a los carteristas por los que el metro es periódicamente célebre. A menudo he pensado cómo sería un paseo por estos túneles después de la hora del cierre, una noche en el metro. ¿Creéis que el metro estará frecuentado?

Preferiría encontrar fantasmas: si los túneles, las escaleras, las estaciones estuvieran absolutamente vacías, me daría un cierto vértigo. No me gustaría recorrer a pie los túneles que atraviesan el Sena. La estación más terrible de todo París es sin duda la de la Cité. Además tiene una salida al patio de la Jefatura de policía.