«Quien no cree en los brujos no cree en el diablo; quien no cree en el diablo no cree en Dios; quien no cree en Dios será condenado» este es el resumen de la doctrina que predicaba en Leipzig a finales del siglo dieciocho el estudiante de teología Rau[34], que poseía un lenguaje magnífico y que decía del trueno: Ahí viene el príncipe salvaje. Degolló a su padre porque no se le parecía. Nada permite suponer que haya sido condenado por creer en los brujos. A los brujos modernos no les gusta el metro porque sus ramificaciones subterráneas entorpecen sus operaciones, así como todas las tuberías de gas y de agua, todos los cables eléctricos enterrados en el suelo, las alcantarillas, la telegrafía, y también la telefonía, la fotografía, sin hilos que interfieren los efluvios de la atmósfera cuyo papel en toda brujería es de sobras conocido. Cuando digo los brujos modernos, me refiero a los que actualmente hacen brujería al estilo antiguo. Ya que en cuanto a los demás brujos son los que han inventado todo esto, y especialmente el metro. Que este sea de origen diabólico, no existe ni un solo ser vivo que lo dude, y seguramente es eso lo que explica que sea escenario de encantamientos: ello no le disgusta al estudiante de Leipzig, sin que yo crea mínimamente en Dios. Pero efectivamente si no es por encantamiento, ¿queréis explicarme cómo puede ser que todo el mundo haya encontrado natural, absolutamente irrelevante, ver una enorme polla, del tamaño de un hombre de altura normal, quiero decir con sus demás miembros, caminando no sé cómo, una especie de bufanda bajo el glande, y los cojones arropados en una mantita escocesa de colores oscuros, remendada en varios lugares? Pues nadie miraba esta aparición singular en el ascensor ni en el andén del metro Cité, donde se contoneaba con una suficiencia, una seguridad inconcebibles. Apenas una mirada indiferente, al pasar, un perdón–disculpe al tropezar con ella. Evidentemente ahí había magia.

Era una polla estupenda, no sólo por sus dimensiones majestuosas, su porte muy viril y la soltura de sus movimientos, sino también por un marcado aire de juventud y de inocencia que ciertamente le hacía cosechar entre las mujeres un éxito del que empezaba a tomar conciencia. Una expresión soñadora, el meato siempre ligeramente abierto, hacía aún mayor su encanto juvenil. Mientras espera bajo el letrero de la primera clase, Lapolla peina cuidadosamente por la abertura de su manta la pelusilla de sus cojones, dos cojones sólidos y rollizos que no desdicen nada del miembro que completan. Afortunadamente para nosotros, Lapolla se habla a sí mismo en voz baja, de modo que podemos adivinar sus pensamientos: «Nunca he visto una mujer tan guapa», murmura, «¡qué mano y qué talle! ¡Su tez eclipsa al lirio, y sus ojos poseen el resplandor del diamante! Pero monta demasiado bien a caballo, le debe gustar desplegar su fuerza, me parece activa y violenta… ¡Toma!, me parece que ya he leído eso en otra parte, en fin, no importa. ¡Cojones! Llega tarde. Ya he dejado pasar tres trenes… ¡Ahí está, gracias a Dios, ahí está… mi ángel!». Efectivamente, la viajera que descendió de la primera clase y que tras un ligero titubeo se dirigió hacia Lapolla era una estupenda criatura. Admirablemente hecha, enfundada en un delicioso vestidito de saldo que debió de haber costado los ojos de la cara en la tienda de algún gran modisto, llevaba una especie de sombrero que le sentaba muy bien a su extraordinario y atractivo rostro. El rostro debía haber hecho que se fijasen terriblemente en ella, pero apenas provocaba las miradas halagadoras que una graciosa carita se gana por parte de los señores, y no el asombro ni el escándalo. Sin embargo, bajo los ojos más hermosos del mundo, los más hermosos ojos verdes, precisemos, a guisa de nariz y de boca este rostro ostentaba un adorable coño, cuyo clítoris estaba deliciosamente desarrollado y cuyos labios incesantemente húmedos parecían invitar a los transeúntes. Era un coño un poco más grande de lo normal, pero que por sus proporciones poseía toda la enternecedora seducción de los coños cuando son muy pequeños. Aunque no era la estación, la viajera escondía sus manos en un manguito. «¿Llego tarde?», dijo, abordando a Lapolla, y retiró de su manguito la mano derecha, que Lapolla besó. En realidad, por difícil que sea imaginárselo, su mano derecha era un orificio de culo, un encantador orificio de culo, minúsculo, elástico, una maravilla de orfebrería. Lapolla no pudo evitar soltar unas gotas de esperma que constelaron el pavimento del andén. Un agente que las pisó distraídamente estuvo a punto de romperse la crisma: «¡Hostia, qué manía con el chicle!», dijo con esnobismo. En el mismo momento Lapolla decía a su graciosa compañera: «Deme su mano izquierda, no puede ser tan deliciosa como su mano derecha». Con una risa argentina, la extraña criatura sacó del manguito su mano izquierda. Era un ano aún más pequeño que el de la derecha, ya que la viajera no era zurda. No se lo dejó besar y amenazó burlonamente a Lapolla: «¡Tunante, no hemos venido aquí para jugar!». Lapolla se inclinó con gravedad: «Discúlpeme, señora, si al verla olvido nuestras posiciones respectivas. No soy más que un pasante de notario, es cierto, y si mi jefe desea…». «Basta, Lapolla, está disculpado. ¿Ha traído los papeles?». «Aquí están». Lapolla le entregó un gran sobre que llevaba escondido entre los cojones. En ese momento entró un tren en la estación. La viajera se introdujo en él. Una última mirada a Lapolla, una sonrisa de su encantador coño facial, y ya había desaparecido. Lapolla permaneció un momento inmóvil, contentándose con mover su prepucio, lo que en él era un signo de indecisión. Luego exhaló un profundo suspiro, se arrebujó en su mantita escocesa y se dirigió hacia el ascensor. Todavía hablaba consigo mismo a media voz, aprovechemos esta circunstancia: «¿Qué sueños son esos, Juan Lapolla Tiesa, amigo mío?», decía en su extravío. «Esta mujer no es para ti. Lo que tú necesitas es una joven honrada que remiende tu pobre manta tan tristemente agujereada. ¿Cómo piensas en esta hermosa condesa? Me parece activa y violenta, y además creo que demuestra un excesivo atrevimiento pasando por encima de las conveniencias: la mujer que no reconoce ninguna ley está a un paso de no obedecer más que a sus caprichos. Las mujeres a las que les gusta tanto lucirse, contonearse, no han recibido el don de la constancia… pero ese que habla no eres tú, Juan Lapolla, no eres tú. Tú darías tu vida por una noche a su lado», y diciendo esto tiraba a la papelera el billete de segunda clase que había sacado sólo para bajar hasta aquella singular cita, ya que Juan Lapolla Tiesa era pobre y no podía pagarse un billete de primera para ir al encuentro de la hermosa condesa de la Motte, una espía del papa según se decía. Y por otra parte el despacho de su jefe estaba en la Place Dauphine, Lapolla sólo tenía que entregar el sobre y salir, sin esperanza de acompañar a la condesa. Regresaba lentamente al despacho: «En mi opinión», se decía, «el amor exige más tranquilidad: me lo imagino como un lago inmenso en el que la sonda no toca nunca fondo, donde las tempestades pueden ser violentas, pero escasas y contenidas en unos límites infranqueables… donde dos seres viven en una isla paradisíaca… los sentimientos sometidos a la ley general por la masa… mientras que algunas criaturas sólo saben amar con toda su alma… cada dolor tiene su moraleja…».

Mientras tanto la condesa llegaba sin tropiezos a la estación Art–set–Métiers. Salió al Boulevard Sébastopol, y allí, después de mirarse en el escaparate de una zapatería, retocó su peinado y se empolvó el clítoris. Paseaba entre la gente, desapercibida, y deambuló un rato deteniéndose ante los mostradores de las casetas como si no tuviese nada que hacer. Llevaba en su manguito el sobre que le había entregado Juan Lapolla. Sonrió al pensar en el joven. Su culo derecho conservaba una impresión deliciosa. Avanzaba por las calles que llevaban al barrio judío. No reparaba en absoluto en un extraño personaje que se había encontrado como por azar en el andén del metro Cité, que había tomado el mismo tren que ella y que ahora seguía disimuladamente sus pasos, pegado a la pared, y procurando oler lo menos mal posible. No obstante era un individuo que se hacía notar. No como Juan Lapolla por su viril prestancia, no como la condesa por la distinción innata, la hermosura y lo desconcertante. Era un individuo que se hacía notar principalmente, como hemos dado a entender, por la peste formidable que exhalaba, y sobre todo, pese al sombrero prudentemente echado sobre sus ojos, que eran dos moscas azules, por la forma y la consistencia de toda su persona, que no era más que una gigantesca mierda ambulante, con flemas blancas de disentería a guisa de cuello duro. Era, es inútil ocultároslo por más tiempo, el Inspector Cagarro, de la brigada social.

El vestíbulo de la estación Saint–Lazare, por su disposición particular, se ha convertido en el lugar de encuentro de un mundo singular. Como es sabido, este vestíbulo es una copia de la Place del Havre, y como ella posee numerosas salidas a la estación de ferrocarril y a las calles adyacentes. El cruce de varias líneas garantiza a esta estación un acceso misterioso. Si se piensa en el gentío que pasa por allí, en el trasiego del barrio, será fácil comprender que dicho lugar, donde además es muy natural deambular, aunque sólo sea para examinar los escaparates de las tiendas alrededor del vestíbulo, esté frecuentado por aficionados a los encuentros discretos, furtivos e inespiables. La policía no ha dejado de observar el tráfico sospechoso que aquí se desarrolla. Por eso se ve vagar por estos parajes a seres que tienen la forma de acentos circunflejos, hechos de un pelo negro bastante sucio, moviéndose con ayuda de un pie adornado de cebollas y de mugre, que nace en el centro de esos bigotes gigantes a través de una especie de bacinilla que contiene las esposas, un revólver y por prudencia un poco de papel de seda. A estos saltígrados les gusta coronarse con un sombrero hongo. Aquel día, aunque la animación del vestíbulo fuese de un carácter muy especial, los bigotes no estaban inquietos. La naturaleza de la muchedumbre los tranquilizaba, y podían concentrar toda su atención en las nalgas que pasaban por allí cogidas del brazo, ya que era la hora de salida de los talleres. En efecto, el vestíbulo estaba invadido por un público eminentemente simpático a los bigotes. Eran jóvenes glandes cubiertos de pústulas que llevaban en bandolera una cinta de seda azul celeste. Iban en grupos de veintidós y se interpelaban con una alegría, una jocosidad que recuerda los cuadros picarescos de Chocarne Moreau[35]. Cada grupo era dirigido por un guía elegido entre una especie animal que vale la pena describir. Se trataba de unos tumores cancerosos impresionantes, unos ulcerados como es de rigor en forma de coliflores, otros simplemente granujientos, exhalando todos ellos ese olor persuasivo que asegura el anuncio de esta clase de productos; tales tumores iban vestidos con unos faldones negros, destinados sin duda a arrojar alguna incertidumbre sobre su sexo. Pero como estos faldones cerraban mal, por la abertura se descubría una cola filiforme y descolorida hipócritamente enroscada en un rosario. Eran los miembros del patronato católico, que volvían de un peregrinaje a Lisieux. Los jóvenes glandes traían todos ellos interesantes retratos de la pequeña santa, y ya hablaban entre ellos de la manera de utilizarlos para hacerse pajas.

Juan Lapolla Tiesa, que acababa de salir de la línea Norte–Sur llevando de parte de su jefe un regalo a la mujer de los lavabos del hotel Terminus[36] de la que el digno notario estaba algo enamoriscado, se sintió molesto ante el espectáculo que se ofrecía a su mirada. Porque, ay, debemos confesarlo, Juan Lapolla estaba ciego para las bellezas de nuestra santa religión, era de un anticlericalismo que calificaría de primario si estas palabras pudiesen acoplarse, y el aspecto de toda esta juventud pustulosa que en aquel momento acababa de entonar un cántico le desató rabias incomprensibles, si se piensa en la buena educación que había recibido de su madre, la señora de Lapolla, la cual jamás habría dejado pasar un día sin introducirse un crucifijo en la vagina. Juan Lapolla hacía para sus adentros reflexiones muy desagradables respecto a los tumores con faldas que en ese momento se divertían haciendo ruido con las claquetas cuando se sintió empujado por un hombre que apenas tuvo tiempo de distinguir. Era un griego en forma de linterna sorda que fingía leer la Cote Desfossés[37]. Procedente de la calle, había atravesado el vestíbulo, había visto a Lapolla y probablemente creído reconocer a un amigo, ya que al pasar por su lado le deslizó entre los cojones un paquetito envuelto en seda vegetal, familiaridad que no se habría permitido con un desconocido. Lapolla pasó muchos apuros para no dejar caer el paquete. El tiempo de salir de su asombro y el griego había desaparecido. Nuestro héroe habría echado a correr tras él, de no haber sido por uno de los del patronato, que le cerró el paso para ocultar a los presentes a un cura que acababa de levantarse los faldones para mear, ya que nadie ha olvidado lo que le pasó a Caín por no haber cubierto la desnudez de su padre, y los glandes, encontrándose muy favorecidos tal como estaban, algo pálidos, no se preocupaban por ponerse negros. Un incidente que se produjo entonces acabó por hacerle olvidar completamente el paquete, que en equilibrio sobre sus cojones tenía el aspecto de una legión de honor, pues la seda vegetal era roja.

En la taquilla, a la que se había acercado Lapolla, una Pareja de Piernas estaba acalorándose con el monstruo–distribuidor, que pretendía no tener cambio de cincuenta francos. Era una encantadora Pareja de Piernas, esbelta, aunque entrada en carnes, con algunas carreras en las medias de un efecto sumamente agradable. Lo cual no se le había escapado al viajero que esperaba detrás suyo, y este mastuerzo, que iba vestido de una forma muy excéntrica, de azul claro con guantes blancos y en la cabeza un pan de azúcar adornado con un penacho de plumas rojiblanquiazules, había tenido la desfachatez, mientras se friccionaba ensoñadoramente la verga con el guante izquierdo, de separar con el guante derecho las dos piernas de la pareja, de tal manera que esta se hallaba en la mayor confusión, completamente en desventaja en su discusión con el monstruo–distribuidor, la cual a resultas de ello se hacía entrecortada y por otro lado absolutamente molesta a causa del contacto del guante sobre lo que el pudor me ordena silenciar. Juan Lapolla era el hijo de un oficial de caballería, por eso sabía que nunca hay que permitir a un cadete de la academia militar de Saint Cyr tomarse demasiada confianza con el sexo débil: el imbécil se pondría insolente. Así que, acercándose, retiró con repugnancia del encantador escondite en el que se había introducido la mano cretácea de la bestia aspirante. Luego, con su meato más gracioso, dijo inclinándose: «Disculpe a este militar, señorita, pronto le enviarán a colonias». La Pareja de Piernas sin duda había quedado favorablemente impresionada por el aspecto exterior de Lapolla, ya que, después de darle las gracias con un gesto de la cabeza, recogió su billete de cincuenta francos y abandonó la taquilla como si de repente se le hubiese ocurrido una idea. «A fe mía», dijo a medias para sí misma y a medias para el galante Juan Lapolla, «ya que estas operaciones de bolsa son tan difíciles, cogeré un taxi. ¿Dónde va usted, caballero, quiere que le deje en algún sitio que me coja de camino?». Esto dicho con tanto tacto, con tanta desenvoltura que, mientras Lapolla aceptaba, se preguntaba, perplejo: ¿una mujer de mundo?, ¿una profesional? Pidió permiso para ir a entregar el collarcito de perlas que le había confiado su jefe a la señora de los lavabos del Terminus. «No faltaba más», dijo ella. No le llevó mucho tiempo, y cuando volvió a la acera de la Rue Saint–Lazare la encontró depilándose a través de los agujeros de sus medias. «Encantadora, es encantadora» pensaba muy excitado, y cuando subían al taxi se acordó del paquete que le había endilgado el griego. Pero la Pareja de Piernas no le dejó tiempo para verificar su contenido. Se había entrelazado como una corbata alrededor de Lapolla e iba y venía de arriba abajo y de abajo arriba a la manera de un anillo epiléptico todo a lo largo del miembro gigantesco, del que parecía muy enamorada. «Más despacio», murmuró Lapolla, «más despacio… Así, eso es… así. Cuidado, me haces un poco de daño». «¿Dónde, querido?». «Mis testículos… con los tacones de tus zapatos… puedes apretar… más aprisa… trabaja en la cabeza, ahí está lo bueno…». Las Piernas mostraban verdaderamente todo su atractivo en este ejercicio, que les sentaba a las mil maravillas. Hacían gala de una agilidad sorprendente. Lo malo era que los zapatos de charol negros que la Pareja cruzaba para agarrarse tenían unos tacones exageradamente Luis XV. Lapolla sufría. ¡Pero cuando se es joven! De repente la Pareja de Piernas estrechó aún más su lazo y se puso a patalear a un ritmo verdaderamente enloquecedor. «Ah, cómo me gusta», decía, «ay la polla, menuda polla tiesa». Qué curioso, pensó el joven, sabe mi nombre. «Ah, eh… me corro… me corro» y crac, un punto de la media izquierda se le corrió hasta la altura del tobillo y volvió a subir con la velocidad del rayo hasta mitad de la pantorrilla. «Mira», dijo la joven tras un instante de descanso, «he gozado hasta aquí», y le mostraba la carrera. «Hazme descargar, por favor», dijo Juan Lapolla, al que aquel espectáculo excitaba. Entonces…

¡Pero alto! ¡Ssssttt! Mientras prosigue esta escena en el interior del taxi idílico, el ángel del amor, con su precioso traje de esperma, se acerca a la portezuela, y bajando púdicamente sus hermosos ojos, sonríe. Dejaremos a nuestros amantes enlazados, no nos permitiremos sorprender el secreto de sus abrazos, ya que hay cosas que imponen respeto. Y como aquí hay una estación, cojamos el metro y dirijámonos hacia otro barrio de la capital.

Todas las tardes, un poco antes de las siete, el café Au Vrai Petit Pot[38], cerca de la puerta de Saint Denis, ve reunirse a una sociedad selecta, la crema, la flor y nata del barrio. Son los jugadores de malilla de alto copete: el cobrador del registro, Monsieur Pis, un hombre algo amarillo pero muy fluido; el dueño del Grand 9, Rue Sainte Apolline[39], Monsieur Thomas, alias Avariosis, siempre tan bien vestido, aunque sea muy difícil cortar decentemente un traje para un chancro de frenillo, ni siquiera tan espléndido como él, medio pustuloso, medio supurante, de una naturaleza tan comunicativa que, como el reguero de plata del caracol sobre las hojas del bosque, ataca siempre un poco el mármol de las mesas donde aposenta su elegancia; Jolín, un espléndido testículo, siempre acompañado, como es normal, de sus dos mujeres, las señoras mejor trajeadas de la región, con sus vestidos de mucosa, zapatos de piel de cebú y sombreritos muy provocadores representando sodomías, palizas, flagelaciones, pues Jolín les paga lo que haga falta; y el cuarto, que no es otro que el Abate X, quien conservará el anonimato debido a su obispo, y que practica ideas algo socialistas viniendo a alternar aquí con algunos espíritus libres, sin temor de arrastrar su sotana hasta el Au Vrai Petit Pot, uno de esos curas como, no dudamos en decirlo, los haya montones, bonachón, con una cara coloradota, espléndido equilibrio de menstruos apenas coagulados en medio de los cuales el digno abate se hace cada día una raya a fin de despegar su boca, donde a guisa de lengua se halla repantingada una babosa domesticada.

Todas las tardes a las siete en punto, y en eso radica el parecido con Emmanuel Kant, la puerta del Au Vrai Petit Pot deja pasar a un quinto parroquiano cuya llegada interrumpe cotidianamente la partida de malilla, y Jolín exclama: «¡Esto apesta! El inspector no debe andar muy lejos». En efecto, se trata del Inspector Cagarro, de la social, que acaba de sentarse en la mesa de al lado, y a partir de entonces, ¡adiós malilla! Los jugadores están demasiado hambrientos de la conversación de un hombre tan importante como para continuar una partida que se reanudará hacia las siete y media, cuando el inspector cambie de bacinilla. Mientras esperan beben sus palabras: Thomas le ofrece un puro en forma de boñiga, broma que pese a repetirse cada día no deja de obtener su pequeño efecto cómico, ah este Thomas, siempre tan gracioso, y Monsieur Pis lo encuentra de mearse de risa. Las mujeres de Jolín, que desde siempre acarician el sueño de compartir la cama del inspector, levantan ligeramente sus modelitos de mucosa hasta dejar entrever entre sus muslos una un petit suisse, otra una boca de raya. El abate no es que sea pederasta, no, pero por admiración hacia la policía, se la menea graciosamente mirando al inspector, lo que permite a todo el mundo ver la verga apostólica: es bastante voluminosa, ya que al igual que los jesuitas el brazo, los abates socialistas tienen la verga larga, excesivamente larga, verde, con pequeñas coronas de pelos rojos cada diez centímetros, lo que le haría parecerse a una de esas plantas de las marismas si no fuese por su flexibilidad y su movilidad, que hacen pensar en la serpiente, y por el glande, que merece una explicación aparte.

El glande del Abate X es efectivamente todo un mundo. Señalemos de paso, pero sin entretenemos, que lleva tatuados todos los pasajes obscenos de la Biblia, y el texto in extenso de las cartas que Jesucristo enviaba a Juan Evangelista para atraerle a una sexualidad próxima a la suya. El glande del Abate X tiene la forma de una colina, como todos los glandes me diréis, pero se diferencia en esto: que toda una ciudad se levanta sobre la colina, una ciudad extraordinariamente complicada, donde uno se perdería por menos de nada, de no tener la precaución de hacerse acompañar por una ladilla que, por un módico precio, dos gargajos, te hace de guía a través de este dédalo y te lleva hacia el meato, donde está instalado un dancing con curiosos jardines de bastante mal gusto, surtidores, un skating, un váter, y un lavabo cuyo lujo hace estremecer. Hay que decir que cuando el Abate X saca todo eso de su sotana, la concurrencia, acostumbrada desde hace tiempo a semejante espectáculo, hace como si no lo viese para no molestar al digno eclesiástico en su paja.

Indefectiblemente el Inspector Cagarro pide un café–crêpe, consumición original e interesante: es un café como todos los cafés, pero que puede voltearse como todas las crêpes. Hace unos cuantos malabarismos, para impresionar a las señoras. Luego, sacando de las profundidades de su mierda una escobilla ad hoc, se acicala un poco, se retoca las flemas del cuello, agita las alas de las moscas que le sirven de ojos, y cagándose ligeramente sobre el asiento comenta con aire de superioridad el contenido de los periódicos de la tarde. Los crímenes apasionan a las señoras, quienes interpelan al inspector, algo habrá oído decir en la comisaría. Jolín se interesa sobre todo por las historias de sátiros. Thomas por las recepciones mundanas. Monsieur Pis por las finanzas. El abate no tiene especialidad, habla poco pero se soba bien. Por el momento, arqueando artísticamente su cola, procura darle el mayor parecido posible con la bailarina Pavlova[40] en La muerte del cisne, de Saint–Saens. El inspector, personalmente, prefiere hablar de política: «Hay que clarificar la atmósfera política de nuestro país», suele decir, «renunciando a acentuar las pequeñas causas que dividen y a minimizar los grandes motivos que aproximan. Hay que dejar de levantar sobre los caminos de la cohesión republicana esas barreras que con justa razón se intentan abatir en las vías internacionales y no sentirse más separados por una etiqueta que por una frontera. Todos los partidos, que son todos partidos de buena ley, han cometido esta clase de errores y pueden enmendarse…». El Abate X, arrullado por estas palabras, animado por esta filosofía, se lanza a componer con las sinuosidades de su miembro un paisaje de Cézanne que representa los caminos de la cohesión republicana. Monsieur Pis deja caer sobre sus botas algunas gotas de aprobación. Las señoras levantan cada vez más sus mucosas. «La victoria», sigue diciendo el inspector, «se ha disparado como un lorito. ¡Cuándo un jefe de gobierno pretende reemplazar la Europa invadida a causa de los imperialismos financieros de ultramar por el desorden de los acuerdos internacionales, hay que tacharle de soñador o de visionario! Con la mirada fija en el petróleo de Mesopotamia, las armas envenenadas del pesimismo se enfrentan unas con otras en debates secundarios y tradicionales. Lo cual da la impresión malsana de vivir en un taller de demolición». El abate, que acaba de darse cuenta de haber olvidado deshacer el retrato de la Pavlova antes de emprender el panorama de la cohesión republicana, empieza a pensar que algunos grupos alegóricos no quedarían mal en el cuadro, estira la piel de su prepucio para trenzarlo en forma de petróleos de Mesopotamia, y de repente el conjunto se aleja del arte de Cézanne para acercarse al de Puvis de Chavannes. Thomas alias Avariosis sueña desde hace mucho tiempo en contratar al abate para sus salones; divertiría a sus clientes, pero no se atreve, la sotana le intimida. Hacia las siete y media, el inspector apila un poco su basura, deja unas monedas sobre la mesa, y se levanta diciendo: «Vayamos con la peste a otra parte», y cuando se va se reanuda la malilla, salpicada por las reflexiones que ha provocado el discurso del inspector, mientras el abate, contrariado, observa cómo se le afloja y lanza una mirada de pesar hacia la puerta. Como puede verse en el Au Vrai Petit Pot la policía está bien considerada. Si nuestra sociedad necesita para defenderla a individuos sacrificados que arriesgan su vida a cada momento para nuestra tranquilidad, debe reconocerlo prodigando a sus fieles servidores una estima y un respeto bien merecidos. Es fácil escupir sobre la mierda, pero al fin y al cabo, si no cagaseis mierda estaríais bastante incómodos, por lo tanto tenéis que respetar a la mierda, respetar y honrar a la mierda, la buena, la santa, la provechosa mierda. Debéis hacerlo.

Todas las tardes, una vez cerrado el despacho, Don Juan Lapolla Tiesa coge el metro en la estación Cité. Casi siempre llega cuando se va el ascensor y debe bajar corriendo la escalera de doble revolución, una de las más vertiginosas de París, mientras oye acercarse un tren cuya voz es amplificada por el tubo de hierro que pasa bajo el Sena. Por más que a veces corra con los cojones recogidos llega cuando están cerrando la puerta automática. Y aunque Juan Lapolla tenga un agradable aspecto la empleada no se rinde a sus súplicas: una chica mona esta empleada, pese a su parecido con una tijereta. La línea Orléans va abarrotada a estas horas. Lapolla hace el viaje de pie hasta el final. No piensa en el cansancio, está acostumbrado a empalmar. En el vagón donde se apiña la gente, no es raro, a causa de su elevada estatura, que sienta en las curvas, en los traqueteos del vagón, la mejilla de una viajera apoyarse contra su miembro, o la mano de otra agarrarse a sus bolsas para no caerse. Basta el más ligero contacto para que la joven que ya se disculpaba se dé cuenta de la clase de hombre que tiene delante. A veces se trata de una cursi que os suelta un ¡por favor caballero!, como una bofetada: pero con J. Lapolla no hay nada que hacer. ¿Qué es lo que podríais abofetear? Parecería una caricia. Por eso todas las tardes el viaje de Cité a Orléans es un verdadero deporte para nuestro héroe, y no hay de qué extrañarse, como hacen algunos viajeros que creen que se prueba un nuevo antiséptico, si un gran olor a semen se esparce por el vagón. La gran dificultad para Lapolla es disimular el chorro que sale de vez en cuando de su cabeza y no dejarlo caer sobre cualquiera. Cuando el joven se encuentra entre dos personas agradables, nada más sencillo. Deja que una se la menee e, inclinando bruscamente su glande hacia la otra, eyacula rápidamente en la boca de esta última, aprovechando un acercamiento. Hasta el presente esta maniobra jamás ha tenido consecuencias enojosas, crisis de histeria, escándalos, etc., y nosotros se la recomendamos a aquellos de nuestros lectores que estén en condiciones de llevarla a cabo. La mujer ciertamente queda algo sorprendida ¡pero a ver quién se enfada con ese diablo de Juan Lapolla! Aparte de que en el primer momento es imposible hablar, la mujer, que no tiene más remedio que tragar el caliente licor si no quiere echar a perder su traje, apenas siente derramarse en ella este alimento rico y delicioso empieza a gozar ella misma como una gatita. Pediría ¡más!, si se atreviera. Lo malo es que Lapolla no siempre tiene a mano la encantadora boquita donde disimular el efecto de los transportes que le animan. Contenerse no es una solución. Ciertamente se puede intentar simular llorar o sonarse, pero eso no siempre es posible y requiere una gran sangre fría. J. Lapolla, que estaba acostumbrado a pasearse con la cabeza descubierta, ha acabado por decidirse a llevar un gorrito que guarda bajo la manta y con el que sólo se cubre el capullo cuando siente que está a punto de descargar. Ha visto hacer eso en los cines a todo el mundo. Su único mérito ha sido adaptar este procedimiento a su estructura especial.

Lapolla vive al final de la Rue des Plantes, en un hotelito amueblado donde tiene una pequeña habitación, al lado de los retretes. Como las paredes son muy delgadas, sorprende todas las idas y venidas de sus vecinos momentáneos. Lo cual no deja de tener su encanto, ya que este hotel está habitado por un montón de mujeres atractivas que arrastran hasta aquí a los transeúntes. Todas conocen al apuesto Juan Lapolla, y más de una se ha equivocado de puerta al salir del water. Por eso al joven le resulta fácil, cuando oye en la pieza de al lado los mil ruiditos de las señoras haciendo sus necesidades, adivinar quién está allí, imaginarse paulatinamente las posturas, los esfuerzos, los resultados. Eso le pone cachondo, le mantiene en buena forma, y por nada del mundo nuestro héroe abandonaría su modesto cuartito a cambio de uno de esos palacios que son la recompensa y la ambición de los arribistas. No: Juan Lapolla no aspira a ningún embellecimiento para su habitación, todo lo más desearía que el depósito del agua del cuartito contiguo no se estropease tan a menudo, lo que puede molestar al olfato.

Por la noche, después del encuentro con la Pareja de Piernas, Lapolla regresaba a su hogar, pensativo. Una vez cerrada tras él la puerta de su habitación, tiró sobre una silla su gorrito lleno de esperma, se quitó la manta, que dobló cuidadosamente y colocó bajo el colchón, y se contempló en el espejo del armario. Ciertamente había que andar mucho para encontrar una verga tan bien plantada, tan a gusto sobre los cojones, un glande tan puro, tan soñador, en una palabra, un carajo tan romántico. Juan Lapolla se hizo justicia, pero decididamente no le gustaba ese aire de preocupación que había observado desde hacía unos días en su prepucio, y que le restaba juventud: «¡Y todo esto», murmuraba, «a causa de la condesa! He notado que la mayoría de mujeres que montan a caballo tienen poca ternura. Como él las amazonas, les falta un pecho, y sus corazones están endurecidos en algún lugar, no sé en cuál…». Fue interrumpido por un ruido en la pieza de al lado. Era la corona de madera que se bajaba sobre el asiento. El frufrú de un vestido levantado, luego la cascada característica de un pipí demasiado tiempo retenido, un ligero suspiro, la cisterna. «No es nada, la criada que orina», prosiguió Lapolla, «confiaba en que fuese esa encantadora rubita recién llegada al hotel y cuyos modales me intrigan extraordinariamente. Tiene una manera de comportarse en el retrete capaz de trastornar al observador más frío y mejor prevenido. Pero volvamos a la condesa… Las mujeres son lo que son, deben tener los defectos de sus cualidades… no les gusta sembrar las flores de sus amores sobre una roca, ni prodigar sus caricias para aliviar a un corazón enfermo… El día que te abandonan, te dicen que las palabras Ya no te quiero justifican el abandono como las palabras Te quiero excusaban su amor, te dicen que el amor es involuntario. ¡Absurda doctrina! El verdadero amor es eterno, infinito, siempre semejante a sí mismo; es idéntico y puro, sin demostraciones violentas; aun con canas se siente joven de corazón… ¡Pero, santo cielo, ahí está mi rubita!». En efecto, del excusado llegaba un rumor extraño, inexplicable. Se habían oído perfectamente los ruidos habituales que acompañan a la entrada de una mujer bonita en un water: el repiqueteo travieso de sus altos tacones, la caída al suelo de algún perifollo precipitadamente recogido con una adorable exclamación de confusión medio seria, medio divertida, una especie de trino desenvuelto, tralalá, de una voz que se ejercita, de una criatura tan querida por todos que cualquier ocasión le parece buena para reírse y para cantar, y por último un gracioso taco de niña mimada constatando alguna imperfección del lugar. Luego vino una serie de pequeños suspiros, a cada esfuerzo de la deliciosa chiquilla para empujar, pequeñas joyas de suspiros, perlas, ¡suspiros tan claros, tan inocentes! Habría que ser un monstruo para no conmoverse ante tales suspiros, breves, perentorios, infantiles. Oh, ¿quién sabrá expresar la seducción de una mujer mientras empuja? Pero he aquí que después, cuando lo natural habría sido oír el pluf, o tal vez el tracatrá que habría debido suceder a tan serios esfuerzos, y el ruido del agua agitándose en el fondo de la taza bajo el peso de la plasta, o de las bolitas, ¿cómo es que se había oído una música etérea, ligera, impalpable y parecida a la que sin duda debía escoltar por la noche a las hadas cuando se deslizaban entre las copas de los árboles, sobre la superficie de los lagos, por las cristaleras azules de los palacios? No duró mucho. La música se extinguió en el crujido del papel, de seda. Luego clac clac, los tacones se agitaron. Un breve silencio: el tiempo, sin duda, de aplicarse una nube de polvos y un poco de carmín, la puerta que se abre, la mujer que se va.

«Ahí», se dijo Lapolla, «hay un misterio que tengo que descubrir». Y, tan ocupado con su vecina que olvidaba satisfacer sus demás curiosidades, dejó distraídamente en un rincón de la chimenea el paquetito rojo que un desconocido le había deslizado en Saint–Lazare y que se quedó allí, entre postales, cajetillas de tabaco, ligas desparejadas, viejos periódicos, una pipa, latas de conservas empezadas, frascos de farmacia, todo aquello que, bajo la influencia de la luna, el mar en su movimiento bicotidiano puede depositar como buen sentimental que es sobre el falso mármol de la chimenea convertida en ilusoria por la calefacción central pero que los propietarios del hotel por motivos decorativos dejan figurar en esta habitación de soltero donde vive un joven soñador, desordenado, y llevado por la naturaleza a ser galante.

La Condesa de la Motte no es ninguna principiante. Para arrojar sobre esta turbadora belleza la gran claridad de la biografía, debemos ante todo rechazar con mano firme como un mechón de cabellos rebeldes el escepticismo o la incredulidad. El espíritu humano, ese gallito, para seguir la intriga de la novela ha consentido muchas veces la hipótesis de las reencarnaciones, de una forma pasajera, convencional. Pero lo ha hecho sin convicción. Esta historia no es una gallina en esa clase de novelas. Aspira a una viril seguridad. Por eso todo ojo que sobrepase esta línea, en la que se manifiesta una exigencia que no es humorística, se verá en la obligación, hasta que la nube de la muerte o de la imbecilidad no lo haya obnubilado definitivamente, de creer, como requiere la evidencia, en la pluralidad de las vidas, en las reencarnaciones, en la supervivencia de seres excepcionales, dueños de los secretos de la magia, por ejemplo. No hace falta decir que la hermosa condesa había sido Lilith[41], lo Medea y Cleopatra. Se pierde su pista en medio de las primeras tinieblas cristianas, bien porque estuviese asqueada ante tanta mascarada humana y prefiriese esperar algún tiempo a que la cruz pasase de moda, bien porque realmente se hubiese convertido en Armida[42], la Viviana[43], la Papisa Juana[44], Margarita de Borgoña[45] y otras por el estilo. El hecho es, para atenemos a lo estrictamente histórico, que se la ve reaparecer en Loudun[46], abadesa, durante el proceso a las poseídas; luego tiene el capricho de ser hombre y será sucesivamente Cromwell, Lauzun, Law, Federico II. Vuelve a tener ganas de ser mujer: es Jeanne de la Motte–Valois y en el asunto del collar juega un papel que no es el que se le ha asignado. No es mujer para perder el tiempo ensartando perlas. A partir de ahora ya no abandonará este nombre, del que modifica un poco la ortografía por razones de estética. Encuentra inútil cambiar de cuerpo, tiene uno tan encantador, tan práctico. Condesa de la Motte, se especializa durante todo el siglo XIX y principios del XX en un papel oculto que hace correr más leche que tinta, y despreciando ser Lady Hamilton[47], Josefina, Madame de Krüdener, Armand Carrel, Fieschi, Cavour, la Païva[48], Bazaine, La Goulue[49], y la Bella Otero[50], se conforma paseando por el mundo la máscara sin gloria de una bella aventurera que desaparece siempre después de alguna catástrofe a la que sin duda no es ajena. En los últimos treinta años se señala su paso entre los Boers en St–Pierre–et–Miquelon, en Egipto en la época del Mahdi, en Algeciras un poco más tarde, en Port–Arthur, en los Balcanes, en Sarajevo, durante la guerra en Zurich, después de la guerra en Alemania, en Japón, en México, en Palestina. ¿Qué hace pues actualmente en París?

De momento la encontramos bajo los cuidados del peluquero que le hace la permanente, mientras dos manicuras, ya que tiene prisa, se ocupan de sus manos. No es cosa de poca monta ocuparse de las, manos de la condesa. Para ello se requieren manicuras–hombres que hacen relucir sus preciosas manos por un procedimiento que se impone: rítmicamente, ensartan los anos manuales de su cliente con sus cosas profesionalmente sacadas de sus braguetas. Son unos manicuras muy discretos. No miran a la señora que les abandona sus orificios laterales. Vestidos de blanco de pies a cabeza lustran esos agujeros delicados y desiguales embistiendo justo lo necesario para lograr la transfixión sin ensancharlos. Permanecen como es debido con los brazos cruzados y no se permitirían rozar con un dedo a la persona que atienden. Mirando al techo, suspiran con mucha contención cuando no pueden hacer otra cosa. Entonces, inclinándose, como hace el peluquero que ofrece una especialidad, murmuran: «Señora ¿desea un poco de esperma?». La condesa responde que sí con la cabeza, y los manicuras gozan, humedeciendo los ojetes de la condesa con arte, delicadeza y regularidad. Mientras tanto el chico que la riza ha dado a los pelos de su coño facial un aire a la vez aristocrático y provocativo. Ya está, la condesa está lista para el baile en el que esta noche deberá seducir a varias personalidades parisinas de la gran banca y de la diplomacia Se levanta, se da algún retoque. Apenas se pinta la cara. Gracias, prefiere maquillarse sola, en su casa. Se pone de nuevo el sombrero, la chaqueta, recoge el anacrónico manguito que le da un encanto algo afectado. Paga en la caja. Deja caer una propina merecida en la mano del peluquero, en la mano del manicura de la izquierda, en la mano del manicura de la derecha… pero ¿no me habré equivocado?, ha murmurado algo a este último: «Esta noche, a las dos…». No he podido oír más. ¡Afortunado manicura de la derecha! Ha sido distinguido por la Condesa de la Motte, no puede dar crédito a sus oídos, y durante todo el día, mientras acicale con su verga profesional los culos y los coños de sus clientas con una técnica impecable pero respetuosa, soñará con ese instante maravilloso en el que podrá salir de su papel, a veces difícil de mantener, y abandonarse a los transportes de su naturaleza. Se promete magrear terriblemente a la condesa, se promete chillar como un asno: «¿No podría tener más cuidado?», le dice bastante bruscamente su clienta actual, a la que le está dando los últimos toques en el coño que lleva en el pie izquierdo con tanto ardor que corría verdaderamente el peligro de deformarlo. «Perdóneme, pero la señora tiene aquí una ranura tan bonita…». «¡Ah no, amigo mío, deje las familiaridades! ¡Tengo muchísima prisa y todavía no ha follado mi culo frontal!».

«La vida», dice sentenciosamente Monsieur Pis, «está llena de cosas increíbles, el mundo poblado de individuos barrocos, y sin embargo, amiga mía, no logro acostumbrarme. Imagínese que todavía estoy impresionado por una pareja con la que acabo de cruzarme mientras me dirigía a nuestra cita. ¿Eran locos?, ¿excéntricos?, ¿extranjeros de los que empieza a haber más de la cuenta? ¿O provincianos endomingados a su manera? En fin, juzgue usted misma mi estupor: bajando por la avenida Wagram, como personas que no tienen prisa, y en las que por otra parte la gente tan apática hoy en día ni siquiera se fija, he visto, cogidos del brazo, mirando escaparates, a un pantalón corto, algo más alto que yo, y a una mantilla, los dos bastante enamorados uno de otro, parándose para besuquearse, y haciendo en voz alta comentarios sobre todo el mundo. La mantilla, recién salida de la tienda, todavía llevaba el precio, y el pantalón, oh, el pantalón no debía ser muy recomendable: remiendos, zurcidos, botones que faltaban, marcas de la lavandería…».

El caso es que la pareja formada por Monsieur Pis y su amiguita no era menos curiosa que la que Monsieur Pis acababa de describir. Inconsciencia humana: el cobrador del registro encontraba completamente natural el espectáculo que ofrecía a los transeúntes en la terraza de la Brasserie Lorraine[51]. Y es que, efectivamente, entre los parisinos está tan arraigada la costumbre de no asombrarse de nada, que ni siquiera dejaban caer una mirada sobre ese charco de orina tocado con un sombrero de paja que daba sorbitos a un Vittel–fresa en compañía de una botita alta, de lo más deliciosa, a fe mía. Monsieur Pis ya no era un pimpollo: tenía toda clase de inconvenientes, fermentación, cálculos, filamentos, un poco de pus por todas partes, pero sin embargo vestía de forma juvenil, tenía fulanas. Como era sadofetichista, había mantenido durante mucho tiempo a una fusta muy bonita, pero esta le había abandonado por un pelo de axila, enormemente rico. Luego le tocó el turno a una silla de jockey, que debía limpiar constantemente porque era de piel muy clara y se arrimaba a los sitios más asquerosos sólo por el gusto de hacer trabajar a su viejo. Esto terminó en una disputa después de la cual Monsieur Pis despedía un olor tan infecto que hubo que embotellarlo durante tres meses. Ahora le tocaba a esta graciosa botita, que a fin de cuentas parecía tolerar a su protector, lo encontraba un tipo curioso, no estaba poco orgullosa de haber resuelto el difícil problema de dar puntapiés en el culo a unos orines, ejercicio que hacía gozar a nuestro hombre arrancándole pequeños chapoteos. Es cierto que a la botita le gustaban las mujeres, y que Monsieur Pis apenas tenía tiempo de volver la espalda que ya ella se había reunido con una patita a la que calzaba con transportes inimaginables, repiqueteos de tacón, alaridos de suela. Hasta el punto de que este ejercicio empezaba a deformarla un poco. La patita no era la única responsable, ya que la botita era endiabladamente pendona. Se la hacía meter por quien más mejor. Hasta por algunas manos que admitía en su intimidad, y de todos los vicios ese es el más agotador. La habían visto haciéndose cepillar por escobillas salidas no se sabía de dónde, escobillas que habían hecho la calle, escobillas para todo, escobillas de afeitar. Monsieur Pis no sabía nada. Mojaba inocentemente la botita, formaba pequeñas olas en la punta, se metía en el forro a través de los ojales deshechos, y ella se salpicaba riéndose cuando él le decía con amor que tenía un perfume muy particular. Ella recordaba con perversidad aquello con lo que había estado caminando todo un día. Pobre Monsieur Pis. Tenía mucha razón Monsieur Pis, la vida está llena de cosas increíbles. Yeso que no lo había visto todo. ¿Qué pensar de un mundo dónde una cuerda puede fornicar con un farol, un imperdible con una médula? Y a eso hemos llegado. Cuando uno piensa que la otra mañana, en la Avenue du Bois, los transeúntes pudieron contemplar una corona fúnebre en un ataque de locura que corría entre los grupos perdiendo sus violetas y lanzando unos alaridos que no tenían nada de humano. ¡Y todo porque había sido abandonada por una cabeza de lobo! Yo mismo vi en los grandes bulevares a una pierna que iba dando brincos de la Madeleine a la Bastilla, abordando a hombres y a mujeres para preguntarles si sabían dónde podía haberse escondido Émilie. La gente creía en una mistificación. Pero yo, que desde lejos había observado el parecido entre los aspavientos de esta pierna y los de la aguja de una brújula enloquecida, le respondí con la deferencia que exige la desgracia: «Caballero», le dije, «¿cómo quiere usted que le diga si he visto a Émilie? No la conozco. Tal vez la haya encontrado en mi camino. Tal vez me fijase en ella. Pero ignoraba que fuese Émilie». «Ah, señor, veo que tiene usted un alma caritativa», replicó la pierna agarrándome por las solapas de la americana, «¡haga un esfuerzo por recordar Émilie, Émilie!». «Bueno, dígame cómo es, rubia, morena, qué se yo…». «¿Describirla? Ni pensarlo. Es incomparable. Hay que verla para creerlo. No puede haberla visto y no recordarla». «Pero veamos, si no conozco a la señora Émilie…». «Señorita. En fin, no tiene importancia. Y a le he dicho bastante para que la reconozca por mis palabras». «A pesar de todo el respeto que siento por su situación, va a obligarme, caballero, a contrariar mi carácter…». «Espere un momento. ¿Dónde tendría la cabeza? Tenga, tenga, ¿la reconoce?». La pierna había sacado no se sabía de dónde un voluminoso paquete de papeles heterogéneos, una cartilla militar mugrienta, recibos de alquiler, cupones de la Defensa Nacional, un carnet de votante para las elecciones cantonales, papel de liar zig–zag, y, rebuscando en el montón, dejando caer al suelo varias hojas que los pies de los transeúntes enseguida mancharon, se llevaron, aniquilaron, me tendió una fotografía Midget[52], donde pude ver acodada sobre una estela, con aire inspirado, a Émilie, es decir a un vol–au–vent. Permanecí un instante mudo y la pierna se aprovechó. «¿Con quién se ha ido? ¿Con la barba a la imperial o con la manga de lustrina? Quién sabe, tal vez esté acusando a inocentes… ¡Ah!, no tener, no saber… También estaba ese percutor de fusil que no dejaba de rondarla. Debe de ser él. No, no es posible. Ja, imagínese, ¡abandonado por un percutor de fusil! Impagable extravagancia. Pero usted no dice nada, ¿ha visto a Émilie?». Yo intentaba pretender que no me acordaba: «¿Y eso es todo, eso es todo? ¿Tiene usted en sus manos el retrato de Émilie, y no me dice lo que piensa de ella? ¿Qué le parece?». «Pero, dije yo humildemente, “es un vol–au–vent”». «Sea más educado, haga el favor. ¿Se imagina usted lo que una mujer como esa puede ser para un hombre? En la cama, caballero…». No quise oír más. Habría mucho que decir sobre estos emparejamientos, mientras a nadie se le ocurre asombrarse del de la vaca y el bacalao, por ejemplo. O de los matrimonios incestuosos entre la mosca y el moscatel, entre la col y el colibrí. Si el domingo cogéis en una estación suburbana uno de esos trenes abarrotados que devuelven a la capital a las familias agotadas por una jornada consumida entre las cuatro paredes de casitas coquetas cuidadosamente valladas, y echáis una mirada benevolente sobre esta humanidad presentada en parejas que escoltan a sus retoños chillones y quejicosos, no se os escapará, sea cual fuere el gusto natural del hombre por la monstruosidad, que una fantasía verdaderamente absurda ha presidido estas uniones cuando veis hombro con hombro al perejil y a la mandrágora, a la sandáraca y al ojo de perdiz, a la púrpura y al filadiz. Entonces reflexionáis, entonces empezáis a comprender, y volviéndoos hacia los mocosos gritones y repelentes que son utilizados en estos vagones apestosos como falcas destinadas a impedir que se caigan de la red los equipajes de los viajeros, contempláis a la prole salida de estos coitos barrocos y os dirigís a ella con una mansedumbre infinita: «Prole, es un golpe bajo para la fanfarria el hecho de que hayáis nacido. Sois innobles a más no poder, bastardos de la tinaja y el linóleum, híbridos de la gamba y el cardillo. Pero sería injusto decir que eso está bien. Si balanceáis sobre vuestros pobres culos de lámpara descoloridas cabezas de adormideras, si vuestro cráneo se abre lateralmente como una iglesia rural mientras de vuestros ombligos salen rosarios de salchichas podridas, si vuestros dientes son de pedazos de cristal, vuestros pies de andrajos nauseabundos, si vuestra pierna izquierda tiene el aspecto de despojos de ternera mientras que la derecha recuerda irremisiblemente a la ardilla en su jaula, por no hablar de vuestra pequeña molleja y de los órganos de la reproducción, que sólo más adelante llegarán a una madurez aterradora, con todo un cortejo de úlceras, tumores y varicosidades, prole, y aquí hago una pausa para respirar, ¿os habéis preguntado, conteniendo vuestro aliento en el momento de atacar la trompeta con la que nos perforáis los oídos, lanzando bruscamente el balón a la cara de un superior de papá que venía de visita, alguna vez, os habéis preguntado alguna vez de quién, si del gobierno, del granizo, de la filoxera, del desarrollo de la prostitución, de la mala alimentación, del analfabetismo, del feminismo, de los empleados de correos, de las huelgas, de la radiofonía, es la culpa, de quién es la culpa, preguntado alguna vez de quién es la culpa, os habéis preguntado de quién es la culpa, prole? Pues bien, fiaros de alguien a quien vuestro aspecto físico repugna, y a quien le gustaría veros en los cagaderos con toda la mierda del mundo sobre vuestros hocicos de liebre y vuestras cabezas de chorlito, pero que no por eso deja de ser vuestro amigo: si buscáis la solución a un problema que empieza a martillear vuestra sesera a la funerala donde ya crecen en las circunvoluciones mugrientas la verruga de la necedad y la de la lubricidad, mirad, levantando con vuestras manitas cantadas por el poeta la sábana paterna, o si no tenéis paciencia para esperar a que se haga: de noche y vuestros queridos padres se hayan dormido enlazados en el sudor y la leche, al final de esta frase encontraréis un vocabulario de las palabras que no podéis entender, abrid con vuestras manecitas el pantalón de vuestro padre, la combinación cerrada de vuestra madre, y mirad el pene, y mirad la vulva que por un juego sorprendente y estúpido se han juntado para produciros, ¡y nada os resultará tan incomprensible en vuestro propio horror!».

Sin duda, si cojo con una mano el rododendro y con la otra la sirena, si los coloco con un poco de sentimiento sobre un mueble de hierro, oiré al Ojo preguntarme con su voz cristalina si esta naturaleza muerta merecía el entierro. ¡Mejor hacer saltar, sobre las cuerdas que comprimen un viejo cartapacio lleno de cartas de amor, a las hadas, a las pulgas sabihondas y a los canguros! Mejor callarse. Señor Ojo, yo no soy el Hombre, no llevo mi orificio de culo en mis molares, no he inventado el sabio desorden que organiza a este individuo que al no tener materia córnea al nivel de los órganos de la locomoción como todo animal que se respete suple esta ausencia vergonzosa con la piel de la vaca y la aguja del zapatero. ¿Soy acaso responsable del invierno, y de la perversidad de los peleteros que exigen de la ciencia del abortista una piel nueva, sólo una, aunque fuese la última del mundo, para adornar elegantemente a las frioleras criaturas que caminan sobre ruletas y huelen a baba de mariposas? No es que yo añore, sentado en un sillón de rocalla, los tiempos pasados, la naturaleza y la calma de sus caseríos, pues la risa del vientre está sacudiendo mi pie moderno, mis dientes de oro hojean el listín de teléfonos, mi corazón de masilla fuma en una rocking chair, y mi rótula vulcanizada está enamorada de un aparato para afilar maquinillas de afeitar eléctricas. Pero yo miro a la manera del naturalista las idas y venidas de todo lo que respira, empezando por los ascensores, las cintas transportadoras, las motocicletas, constato la proximidad de la esmeralda y de la perra, del caucho y del bebé. Y como el naturalista en cuestión, no puedo evitar posar un momento mi estilográfica, cuya plumilla, como el trombón de varas y la tortuga, sabe esconderse en su vientre cuando tiene miedo, sed, o sueño, no puedo evitar posar mi lápiz, al que se le saca punta sin navaja, ya que no es necesario cortar la ropa de una mujer para desnudarla, basta hacerla girar sobre sí misma muy deprisa y la fuerza centrífuga se encarga de todo, a menos que el sujeto sea vicioso, no puedo evitar soltar mi máquina de escribir como una bolita de chicle abandonado, y reírme. Sólo interrumpo esta operación para lanzar unos gritos lastimeros. Luego vuelvo a reírme. Los niños, las cabras del Tíbet, los globos cautivos que me rodean abren puertas cocheras sobre esta distorsión extraña del silencio. No comprenden cómo es posible que este vertebrado que hace sólo un instante escribía como la mosca sobre el espejo y el paraguas sobre la multitud se haya puesto a alborotar de una manera tan vejatoria que si continúa así llamarán a mamá. Mi risa maníaca echa a volar batiendo las alas. Pero no progresa en línea recta, ya que es un nuevo modelo de helicóptero fabricado según unos planos robados al ministerio de la guerra en una carpeta sobre la que se había escrito en letras de molde Defensa Nacional, inscripción que alguien poco gracioso, probablemente un oficial del estado mayor, había creído poder transformar con lápiz–tinta, mientras no le miraban, en Defensa de elefante, tachando para ello el epíteto Nacional, y reemplazándolo por el complemento determinativo de elefante, lo que hace suponer que este militar debió de servir en la infantería colonial. Mi risa se posa sobre el primer objeto que le parece sólido, y como este era un hombre joven que iba a hacer una petición de mano siguiendo la costumbre inmemorial y que cruzaba la calle pensando en la familia política, en el contrato, en los bienes parafernales cuando un pequeño autobús lo ha separado en dos trozos, lo que hace resultar cómica la palabra cónyuge, permite suponer que la futura al consentir ahora a dicha unión sería culpable de bigamia, etcétera, la risa cambia de percha y posa su zarpa extraña sobre algo que no ha elegido. No, no es el Mickewicz de Bourdelle[53], el nombre de los mariscales de mierda dado a las calles de París, un pecado sentimental en un cuarto de baño, los pararrayos, las vacunas, un cine londinense donde el público escucha religiosamente a Brahms expelido de un órgano en forma de góndola Queen–Anne por un ser mitad postal mitad pila eléctrica, ni los temas poéticos como una muchacha peinándose, bañistas, la muerte de Napoléon, el adiós del soldado, no. Mi risa sencillamente se ha instalado sobre un saquito rojo que ya tuve ocasión de comparar con una legión de honor. Y ahora es el saquito el que es condecorado y echa a volar. Vuela, saquito. O mejor dicho, nada, demuestra tu estilo, remonta el Sena contra todas las leyes de la física incordiante, entra por una reja donde se consumen montones de basuras, en un canal subterráneo que estremeciéndote de voluptuosidad, reconocerás como el gran colector, y piérdete, para siempre, bajo esas bóvedas, donde te caes cuando la criada de un hotel amueblado de la Rue des Plantes te echa por error con las basuras antes de que el melancólico Juan Lapolla se haya tomado la molestia de abrirte a fin de hacemos saber lo que podías contener.

Después de esto vuelvo a poner mi máquina de escribir en mi boca, rompo mi saxofón, llevo el sentido de lo irrisorio al monte de piedad.

Si la frase que comienza aquí con una magnolia como una canción para hacer llorar a los americanos, pasando por todos los avatares de una crisis de histeria de fases imprevisibles y múltiples, se metamorfosea paulatinamente en orycteropus, en tribómetro, en trinquete, en músico a sueldo, en benjamita vendiendo una huevera a un timariota, en rémora (ese guardia municipal de los mares), en civeta, en patriota onicófago, en herniaria glabra como la quebrantapiedras, en deporte de invierno, en ciercillo y en corozo, con actitudes que en cada uno de estos estados van del éxtasis al sufrimiento a través de la amenaza, el clonismo, el exhibicionismo y la súplica, acaba llegando, en el extraño adminículo de unos quevedos lipemaníacos que se estrellan en un ojo y se resisten a llevar al oculista esta manzanilla del cristal, a una playa desierta donde la arena es de mantequilla y la roca de pies descalzos, para chocar contra este acantilado, un quinqué de petróleo, seré tachado de fumista[54] y es un fumista lo que ahora necesito. ¿Dónde estáis fumistas, a esta hora del mundo? Había fumistas hasta hace muy poco, pero por más que me subo a un taburete ya no los veo… Fumistas, famosos amantes de los humos, que bailabais en las calles delante de los coches fúnebres, clientes detestados por los peluqueros, extraordinarios pasajeros de los tranvías siniestros, interlocutores de porteras, prestidigitadores de la dignidad humana, qué ha sido de vosotros, acarreando los utensilios de vuestra condición, barbas postizas, participaciones, condecoraciones, correspondencias de autobús, brazaletes de luto, sombreros de copa. Ya que, dice la ley, el acreedor no puede quedarse con los instrumentos de trabajo del deudor. Si por la calle veo una tienda negra, ya no es una oficina de correos: es la casa de Borniol[55] o un fumista, y esta última palabra escrita en letras versales en la vía pública me sigue hablando de usted, Sapeck, y de ti, Baudelaire[56]. Melancólicos médicos de las chimeneas, vuestros sucesores patentados ya no envían aprendices negros por las vías respiratorias de las casas. Y sobre los tejados desiguales el pueblo de los tubos azules y rojos está tan poco acostumbrado a los paseantes, que se oye un murmullo general cuando entre estos cigarrillos inmobiliarios pasa lentamente mi pensamiento. Este ama la locura que preside la elaboración de las chimeneas, desde el habitual tarrito de crema de tejas a las construcciones de hojalata que adoptan del arte de las armaduras y del de los ídolos un acento de fantasma y una cara de osífrago. Hay chimeneas en forma de zanahoria, hay chimeneas en forma de seno. Pero en estos prados artificiales, ¿qué es eso, en la raíz de las hortalizas, que parece orobanca? Habría que saber cuál de los dos cultivos, el de barbechos o el de rotación, prevalece en los cultivos de altura, y si las chimeneas giratorias, o las que se complican con folios en las tres direcciones, exigen para crecer labores hortícolas como las rosas de hoy día. Hay barrios de París donde las chimeneas son brazos vivos agitando el adiós con una mano ardiente. Unas enguantadas, otras desnudas. Y otras llevan mitones. Las chimeneas del taller de costura donde penetramos son un campo de barracas decoradas con tatuajes de un maravilloso efecto.

¿Habrá quien me pregunte por qué penetramos en un taller de costura, y de la Rue Saint–Honoré además, si no es para volver a salir? Ah, no tan aprisa como para no echar un vistazo a las señoras mientras se desnudan, el largo roce de las mujeres junto a las paredes. Ahora estamos en Rue Saint–Lazare, en casa de una lencera. Un poco más allá en el taller de un zapatero, luego el parque Monceau nos invita a matar algunos hijos de ricos. Un joyero de la Rive Gauche. Una modista en las Temes. Un comerciante de medias de seda Rue Paradis. Héléna, habitaciones, Rue Douai. Una charcutería–restaurante de las Batignolles. Adivinad ahora, cornetas, orejas, vaporizadores, anguilas, puntos de interrogación, enredaderas, velas, qué clase de chimenea remata cada uno de estos comercios. El caso es que precediendo en esta rayuela de un día al pie que nos empujaba como una piedra vulgar nos hemos perdido el espectáculo de una mujer extraordinaria a escala de las chimeneas. Como se detiene en una tienda de guantes, Rue Auber, cojamos esta mano, seis y cuarto, que se tiende hacia un estípite en forma de África sin Madagascar. Y con toda la fuerza de nuestra mano mental, despojemos a este brazo de una manga que languidece sobre la desnudez, a un hombro, ya todo el cuerpo finalmente ofrecido a la descripción. De todas las chimeneas prefiero la que lleva un sombrero contra el que rebota el humo, y que bajo el sombrero nos revela un corsé rasgado en vertical por diez aberturas en su circunferencia. Así la mujer a la que acabamos de arrancar de la seda bajo una cofia de fuego presenta alrededor de su cuerpo diez coños por los que se escapa un humo simbólico. Las vendedoras de guantes se quedan sin aliento, las muy tortilleras. Son justamente diez, y parecen diez campesinas piadosas en torno a un oratorio con diez nichos, pues se han arrodillado. Diez clítoris se desarrollan, hablo de los de arriba, ya que la sombra de las faldas oculta tanto el coño de la nueva virgen como el de las felatrices. El círculo de las lenguas tiembla desigualmente, como ese ¡buen viaje!, lanzado por una multitud que permanece en el muelle al barco que se lleva a un ministro plenipotenciario. Quien me diga por qué se nos ha convidado a este corro colorado, y por qué anteriormente nos hemos encontrado con la condesa, Monsieur Pis, el abate, Don Juan Lapolla Tiesa, el inspector, la botita, Jolín, etcétera, me hará verdaderamente un favor.

Llevo a cabo un proceso análogo a los de la brujería. Agarrándola por los cabellos, he sacado de la cama sórdida a una mujer fea, sucia y medio dormida, avergonzada de sus pies negros, de sus narices sudorosas, de la legaña en el rabillo del ojo. La realidad nunca se ha notado la boca tan amarga como esta mañana. Me mira desde un agujero idiota. No comprende qué pulgas le están buscando. Hace tanto tiempo que se dedica al asunto, que los ha tenido a todos, a los crédulos y a los contestatarios, sólo tenía que esperar. A los que sencillamente la negaban, los ha acostado en el barro, con el hambre y otras chirigotas de su invención. A los que la parodiaban, les respondía como una puta bajo el dominó que pasa su enfermedad haciéndose la duquesa. Y a los que se parecían a la llama, los pellizcaba de nuevo en los pies con verdadero amor. Se paseaba arrastrando detrás suyo toda la ropa sucia de los días, toda la basura de las noches. Victoriosa como una zorra, como una puerca que es lo que es. Su risa como el ruido de un coche que se acerca, su paso de partera, su voz de tren que entra en la estación. ¿La habéis visto dormir? Yo he contemplado este espectáculo. La habían tapado con metáfora. Hombres delgados. Estos la hacían posible a su manera, con jirones de la imaginación, de la desesperación que se resiste a dejar de despertar la esperanza. Y al dormir esbozaba una sonrisa de coquetería bajo la cortina de azul y la sábana de quimeras. Estaba casi hermosa, unas mentiras más y se la habría amado. Fue entonces cuando la rabia me agarró por la nariz y me arrastró hasta la cama con toda su fuerza de adefesio. Y cogí a la realidad por los cabellos y la saqué de la sombra. Los tres formábamos un bonito grupo: la rabia, la realidad y yo. Déjame respirar, rabia, me aprietas demasiado las narices. Entonces me abandona. Gracias. Ahora que mi prisionera empieza a darse cuenta de lo que le está pasando, se pone a chillar injurias contra mí. Me conmina a devolverle el azul. Me llama infame cerdo, asqueroso personaje, pornógrafo, cochino. No, no, no volverás a darte aires de niña bonita, eres inmunda, apestas, tu boca es un paraíso careado, tu sobaco un pozo de estiércol, tu culo la cloaca de las mierdas verdes, tu ombligo la fístula de los puses mentales. Ah babosa, hasta tus pelos de demonio babean sobre mis dedos que ya no te soltarán. No me asusta tu mierda y no trataré con guante blanco tu carroña. Te arrastraré conmigo como un animal que se lleva al matadero, es inútil que te desgañites. ¿Qué son esos cantos, allá abajo? La dulzura de vivir, oh tiempo suspende tu curso, el hermoso mes de mayo, las vidas anteriores, la blanda almohada, la torre de marfil, el corazón límpido y fino del chino, han amado, partir que es morir un poco y como tres y dos son cinco, después de mí el diluvio, la buena vida, la vida con mayúsculas, basta, basta. No puedo soportar el ruido pueril de los pájaros lira. Sin duda esos señores tienen el trasero de níquel y la cola de verdadero tubo de parklet, cagan monedas de veinticinco céntimos y mean agua dándoles cuerda, pero bajo sus cielos de trapos, en sus arrebatos ortopédicos, ¿acaso creen disimular la basura de la que asoman todavía chorreantes sus frentes despavoridas y sus ojos líricos? ¡A esta hora el firmamento sufre una blenorragia! No sé si ha hecho bueno algún día, me extrañaría. Y además el buen tiempo es solo una pretensión del hombre que quiere declararse satisfecho. Sea el solo la lluvia los que te pudran, no dejas de ser una podredumbre. Oigo desgarrarse mucosas: son niños que vienen al mundo. Oigo los alaridos del oso, pero no es un hombre que goza. Oigo una lágrima que baja rodando hasta el valle que habla al eco, pero no es una gota de sudor, porque el hombre trabaja. Sin bromas, el trabajo es sagrado. En este paisaje alpestre se perfila una sombra inmensa que debe de ser la de los picos donde la nieve es pura, pero no, es la de la pasma atusándose los bigotes, y la única nieve es una porra, y sobre esto hay una bonita canción: los agentes son buenas personas que se pasean, que se pasean…

Porque el hombre no tenía bastante con su propia abominación. Necesitaba algo más bajo, más vil, más infecto. Soñaba con perfeccionar las letrinas. Y lo consiguió: inventó la policía.

¡Pueblo de ciegos! ¿No veis a los perros entrometerse en vuestras aceras? ¿No veis que si la marta cibelina se viste con tanta elegancia es porque ha masturbado al vampiro, excitado al salmonete, chupado a la negreta y dormido con los lémures? Os encontráis con la placenta y la confundís con un señor bien, ¿dónde tenéis los ojos? Dais la mano a los jabatos, y en efecto no hay ningún motivo… pero no sabéis que os las estáis viendo con jabatos. Y cuando devolvéis su apretón de manos a la hiena, al pulpo y a la triquina, confesad que estáis yendo demasiado lejos. No confiesan. Creen frecuentar a industriales. Lo que tiene de especialmente vejatorio esta aventura es que dentro de nada, cuando estén en confianza, en lugar de mirar al bubón de la peste y decirse: mira, el bubón de la peste, se abandonarán a cualquier ejercicio poético, y hablando al comprimido de aspirina le dirán: «Hoy está usted sonrosado como el jamón, ¿es que ha ido de vientre?, espero que su señora se haya recuperado de sus partos y que su chiquitín ya no tenga diarrea verde». Este es el discurso que le sueltan al comprimido de aspirina, ¡en lugar de meterlo en un vaso con un poco de agua y tragárselo! Todo esto debido a una falsa concepción de la imagen. Confunden las imágenes con procedimientos de conversación, con truquitos con los que se puede hacer gracia, especies de pezones. De ninguna manera. Este hombre, me decís, es un consejero del gobierno civil. Puede ser. Pero no es eso lo que lo caracteriza, ya que una crisis ministerial le convertiría en un pisapapeles. Lo que yo sé, es que lo que vosotros llamáis un hombre, un consejero del gobierno civil, señor fulano, León, chatito, papá y otras cosas por el estilo, es un gargajo, eso es, ni más ni menos, un gargajo, un poco de saliva con burbujas de aire, recuerdos de tabaco mascado, dejémoslo. Aclarado esto, el gargajo puede ser llamado papá, ya que también se dice de una boca que es una rosa. Proporciones, por favor.

La humanidad es una hipótesis caducada. Vivan los valientes luchadores. Pero es hora de mandada al asilo. Sin duda habrá sido interesante durante algunos siglos vivir con esta idea admitida, la existencia de hombres configurados de una forma sensiblemente uniforme, como la vaca y los peces de colores, que son todos vertebrados. Eso ha llevado a curiosas relaciones entre seres como el papel secante y la selva virgen, que no tenían muchas expectativas de encontrarse. Si han tenido niños exijo que se me guarde uno. El papel secante se creyó obligado a tener cojones, ligas, un bigotito; la selva virgen se pintó los labios, tuvo crisis de nervios, se cambió de ropa a cada momento. Había que verlos juntos sobre un somier metálico. Pues bien, si no hubiesen vivido con el compromiso del que estamos hablando jamás se les habría ocurrido la idea de subirse juntos a un somier metálico. Considero que ha llegado la hora de cambiar de hipótesis. La gente de pronto sólo será lo que es. Dejarán de desempeñar una especie de papel que se saben más o menos bien. Serán lo que son: viejos cebollinos , mastuerzos, lombrices, cerdos, mamarrachos, microbios, orinales, subculos, manzanilla, agua de bidet, papel higiénico, piel de guaguau, polvo, polvo.

Entonces sería divertido pasearse de una capital de distrito a otra, y comprobar los estragos de la ciencia en los cargos de la administración. También me imagino una comilona de oficiales después de la gran conmoción: el capitán, que es un ganso, diría ¡Cua!, mirando al comandante, que es una vomitona. El teniente Suspensorio dejaría de gustar a las mujeres. El subteniente Verga estaría muy cabreado de ser subverga. El intendente… ¡y la cámara de los diputados! El innoble Maginot se consideraría a sí mismo como el último de los glandes. ¡Paul Boncour unas hemorroides! Por no citar más que a esos dos. He leído en los periódicos que el Aga Khan se casaba. Hacía mucho tiempo que no había ni Dios que se casase. Es muy curioso. Hay que decir que desde el punto de vista de las metamorfosis, el Aga Khan, que es exactamente una patata, plantea un problema interesante. Dios, en los países concretos que recaudan impuestos, en el país de los dioses abstractos, y muy especialmente en nuestro hermoso país de diarreicos, se convierte en propietario de cuadras de carreras. Hay ahí una proporción a establecer que quizás explicaría la ley general de las metamorfosis, por lo menos en la patata. Con ella se hace alcohol, también, y patatas fritas. Una patata frita que hace correr. Y el matrimonio religioso: «No olvide, señora, dirigir su mirada hacia la Santa Virgen cuando le quite el batín a su marido, antes de metérsela como es debido, ya que la Santa Virgen, señora, que hacía eso con las palomas, encuentra que, en lo tocante a Dios, una patata es de lo más deleznable…».