CAPÍTULO XVIII

LA TRIPULACION DE ESQUELETOS

LA cámara subterránea no era tan grande como les había parecido en el primer momento, pero si lo suficientemente capaz para contener lo que veían.

A su derecha, sólida y lisa, se alzaba la pared del cañón; a su izquierda un alud de rocas dislocadas (rocas cuarteadas, torcidas, inclinadas), pero también sólidas.

Por el suelo arenoso corría un arroyuelo de plata liquida.

El galeón presentaba su panza frente a ellos, sobre el lecho rocoso en que se le colocara con objeto de reparar su casco, antes de la catástrofe. Su posición habiale preservado, hasta cierto punto de la humedad, pero desde luego no estaba en condiciones de navegar.

Dorado orgullo de la antigua escuadra española no ostentaba ya otro color que el gris repulsivo del moho que le cubría como un manto.

A la izquierda, sobre una roca, Doc y sus hombres descubrieron un esqueleto acurrucado como un perro durmiendo, y que con la diestra (de la cual se hablan caído parte de los huesudos dedos), cubría la órbita vacía de uno de sus ojos, como para preservarlo de la luz.

—Sin duda es un tripulante del galeón —observó Renny. La voz, ya estruendosa del ingeniero, adquirió un volumen tal dentro de la caverna, que hirió los oídos de sus compañeros.

—¡Baja el diapasón! —le ordenó Monk—. Temo que se nos caiga algo encima.

Doc Savage se encaró con ellos y les enfocó con la varilla luminosa de su lámpara, uno a uno. En su ansiedad le habían seguido los cuatro hombres al interior del túnel.

De ellos, los rayos de la Lot pasaron al suelo. Había huellas de pasos recientes, ¡las impresiones de unos pies calzados con mocasines!

Doc había echado a andar, gruta arriba, pegándose al costado del galeón.

Detrás de él iban sus compañeros. Por el camino tropezaron con otros tres esqueletos. Junto a los despojos humanos vieron unos objetos mohosos, sables o trabucos, sin duda.

Varios bultos cubiertos de herrumbre alineados junto a los muros de la caverna, eran restos de los cañones sacados del galeón para carenar su casco.

Doc extendió el brazo y oprimió el casco con el dedo. Fue una presión ligera; sin embargo, el dedo se hundió hasta la mitad en la madera cubierta de moho. El galeón era un montón de madera podrida.

Doc hizo alto. Ante él, en el casco del galeón, se abría un agujero. Estaba hecho recientemente con una azada, tal vez, y tendría unos cuatro pies cuadrados de luz.

Doc pasó la lámpara por el boquete. En su interior había más esqueletos... cinco... seis..., siete. También eran grises y repugnantes debido a la capa de moho que los cubría de pies a cabeza.

Ciertamente componían un cuadro macabro aquella nave de tiempos pretéritos con su tripulación de esqueletos.

Doc penetró en la cavidad y se hundió hasta el tobillo en el podrido maderamen, parecía inevitable un derrumbamiento del buque y le extrañó que no acaeciera en aquel mismo instante.

Adentrándose por el boquete, descubrió objetos muy parecidos a los cofrecillos con abrazadera de metal de que nos hablan los historiadores.

Enfocó con su luz uno de ellos y exclamó:

—¡Están vacíos! —exclamó Renny, con voz de trueno—. ¡El tesoro ha desaparecido!

Doc Savage los examinó rápidamente uno tras otro, y por un mamparo salió a la popa. En ella había más cofres. Del interior de uno de ellos recogió una pieza circular de metal y un objeto centelleante de color verde que parecía un pedazo de vidrio, sin serlo, en realidad.

Con ambos objetos en la mano volvió a la entrada del boquete. Allí le aguardaban sus hombres.

—¡Anda! Una pieza de a ocho y una esmeralda —observó Monk—. Esto indica que realmente ha habido un tesoro en el galeón.

Ham, rabioso, dio un golpe con el puño de su estoque en un mamparo y la caña se hundió, inmediatamente, en la esponjosa madera del tabique.

—¡Desaparecido! —exclamó con pesadumbre—. ¿Quién se lo habrá llevado?

—Ya habéis reparado en esas huellas dejadas sobre la arena —explicó Doc—. Ved que han sido hechas por unos mocasines... ¿Qué deducís de ello?

Ham frunció el entrecejo.

—¿Acaso Boat Face? —insinuó.

—Justo. Boat Face dejó esas huellas —replicó Doc—. No sólo tenía el dado de marfil, sino que, además, conocía su significado. Alguien de la pandilla debió decírselo, pues probablemente le sobornaron para que se lo proporcionara. Él trató de engañarles y entonces le mataron.

—De modo que ahora tendremos que empezar de nuevo —gruñó Renny—, para descubrir el lugar donde ocultó el indio su tesoro.

—Quizá no lo haya llevado muy lejos —insinuó Monk—. Este lugar es tan a propósito como otro cualquiera. Busquemos.

Monk se dirigió a popa (Doc iba a su lado), y ambos pasaron por una abertura hecha con la azada en un mohoso mamparo.

De pronto, Doc dejó caer la mano sobre el hombro de Monk. El cuerpo macizo de éste pesaba casi noventa kilos, pero la mano de Doc le detuvo en seco, lo mismo que a un niño.

—¡Atrás!

—¡Demonio!¿Qué sucede? —Monk había girado sobre sus talones, y deshacía el camino recorrido.

No obtuvo respuesta; pegado a él iba el hombre de bronce. Antes de dejar el departamento hizo alto, y, vuelto a medias el cuerpo, enfocó la luz de la lámpara en el vacío.

Sus rayos descubrieron un alambre, delgado y tan gris como la capa de moho que cubría todos los objetos del galeón, que se hallaba tendido a unos palmos del suelo.

Volviéndose siguió Doc a Monk y se reunió a sus compañeros. Estos clavaron en él una mirada expectante. Aguardaban una explicación. Todos tenían los nervios de punta.

No es lugar agradable una tumba en la que hay sepultados un galeón y su macabra tripulación de esqueletos, pero Doc no les dio explicación alguna de su conducta.

Solamente dijo: —¡Afuera todos!

Entonces ascendieron por el túnel rocoso, subieron los escalones y salieron al exterior. Ya era noche cerrada, una noche oscura, pues aunque hacía luna, como estaba todavía muy baja y la depresión era muy honda, no penetraban sus rayos hasta el fondo.

—¡Uf! —gruñó Monk—. ¡Qué contento estoy de haber salido de ese agujero! ¿Qué? ¿Ha pasado algo de particular, Doc?

—¡Para vosotros, sí, amigos, desde este momento! —les gritó una voz gutural.

Y, con estas palabras, los rayos lumínicos de varias lámparas de bolsillo se abrieron paso en la oscuridad hasta el fondo de la depresión. Doc y sus hombres quedaron envueltos en un torrente de luz cegadora.

Aguzando la vista, descubrieron en torno a las paredes del cañón varios hombres armados de fusiles.

Del círculo se destacó un bandolero y bajó como una flecha hacia ellos. Su avance por la pendiente fue una serie de tumbos y saltos grotescos. Pero no llegó al fondo de la depresión. A mitad del camino hizo alto.

—Conocemos el gas por sus efectos —observó la voz gutural que había hablado previamente—. Me refiero, señor Savage, al gas que anestesia mientras retienen ustedes el aliento. No trate de servirse ahora de él. Si vemos que cae al suelo nuestro enviado haremos fuego, ¿sabe?

Monk y Ham cambiaron una mirada inquieta. De momento habían dado al olvido su animosidad. Johnny y Renny permanecían firmes en sus puestos.

Cada uno de los hombres de Doc llevaba bajo la chaqueta una pequeña ametralladora; así, en ocasión tan extrema, discutieron para su interior el pro y el contra de sacar las armas y entablar una lucha con los bandidos. Pero, acabaron por abandonar la idea. La ocasión no les era propicia.

—Bueno, comprendido —dijo Doc con acento inexpresivo—. No tiraremos.

—Veo que te pones en razón, hombre —replicó la voz desde lo alto del cerro—. En ese caso que cada uno se despoje de la chaqueta, que se quite la camisa y doble hacia arriba los pantalones para que veamos que no lleva armas escondidas bajo la ropa, ¡Ah! Volveos también los bolsillos del revés.

El que hablaba no estaba en el circulo formado por los bandoleros, sino detrás de ellos, oculto a la vista de Doc y de sus hombres.

Estos se despojaron de la chaqueta, del chaleco y de la camisa y, además, Doc de su famosa cota protectora. A continuación, se subieron los pantalones y volvieron sus bolsillos hacia fuera.

—Bueno —dijo el hombre oculto—. Ahora estamos seguros de que no tenéis armas. ¡Adelante, amigos, apoderaos de ellos!

Los hombres se dejaron resbalar por la pendiente.

Doc Savage les había visto a todos en otra ocasión. Era los secuestradores de Patricia Savage. Contó hasta once, es decir la pandilla entera, excepción del jefe, que no bajó a la depresión. Permaneció en la cresta del cerro, oculto a todas las miradas.

Los bandidos llevaban cuerdas en las manos y, con ellas, comenzaron a atar a los prisioneros. Una, extraordinariamente larga, fue destinada a Doc Savage. No eran de cáñamo, sino de algodón trenzado, muy sólido y resistente, y los hombres eran diestros en anudarlas del modo más conveniente.

En apariencia, Doc se sometió sin protestas a que le ligaran, pero un observador atento hubiera reparado en que los cables musculosos de sus muñecas eran más gruesos que usualmente.

Era que sujetaba los tendones a una gran tensión. Si le ligaban en este estado, le bastaría después aflojar la tensión para desembarazarse sin gran trabajo de sus ligaduras.

Uno de los bandidos llevaba echado al hombro un saquito de mano. De él sacó una botella panzuda de metal reluciente, con tapón de tornillo.

—Ahora, hombres, os daré a probar la medicina que administré a Alex Savage —gruñó, encarándose con los cautivos.

Y del mismo saco extrajo dos piezas desgastadas de caouchu cinceladas a grosso modo. Las dos ostentaban un mismo grabado: El de la cabeza de lobo con semblante humano. Seguramente servían para estampar el sello del hombre —lobo.

Las pupilas doradas de Doc parecieron helarse en sus órbitas.

—¡Tenía delante al asesino de Alex Savage!

—¡No! ¡EL gas no! —gritó desde arriba el jefe.

—¿Por qué no? —rezongó el hombre—. Les dejaremos en cualquier parte y parecerá que murieron de un ataque cardíaco.

—¡No! ¡Todavía no!

El hombre guardó la botella metálica en el saco, dando visibles muestras de desagrado.

Un compañero había sacado el cuchillo y lo blandía con destreza notable.

Era el lanza cuchillos de la pandilla y se veía que estaba orgulloso de poseer tal habilidad.

—Pues entonces dejadme que les despache lo mismo que a Boat Face —suplicó.

Doc Savage no replicó palabra, no hizo ni el más ligero movimiento.

Pensaba, no obstante, que era un mal síntoma el que aquellos hombres hablaran tan francamente de sus crímenes, pues ello significaba que no pensaban dejarles vivos y en libertad de declarar ante un tribunal, lo que estaban viendo y oyendo.

—¡No! —repitió el jefe—. Tampoco hay que servirse del cuchillo... por ahora.

De pronto se mostró a plena luz y bajó, resbalando, la pendiente. Era de estatura elevada; pero poco más se veía de su persona. Una máscara o pañuelo de badana le cubría el rostro y la cabeza.

Doc Savage miró a Monk.

—¿Conoces a ese hombre? —interrogó, en tono seco.

Monk le dedicó una mirada escudriñadora.

—No —dijo, al fin—. No le conozco.

—¿No te es familiar su manera de andar y de moverse? —continuó preguntando Savage.

Monk reflexionó breves instantes y después replicó como si no se hallara presente el individuo objeto de la discusión.

—No sé, Doc, tendrás que decírmelo...

—O. K. Pues este pájaro es...

El enmascarado soltó una exclamación ininteligible. Agachándose se apoderó de una de las pequeñas ametralladoras que Doc había tenido que dejar a la fuerza, se la echó a la cara y con ella hizo fuego sobre el pecho desnudo del hombre de bronce.