CAPÍTULO VI
POR vez primera durante la tarde la cara aborigen de Tiny perdió su expresión de estoica indiferencia y contempló el cubo marfileño como si fuera el causante de todos sus males.
—Pues ser mala medicina —observó, meneando la cabeza.
—¿Qué significado tendrá? —Los ágiles dedos de Patricia lo hicieron girar lentamente—. Nunca he podido comprenderlo, parece macizo... y debe serlo. Ved: aun cuando le golpeo, no suena a hueco.
—¿Tú sabes de dónde lo sacó el papá? —inquirió Tiny.
—Lo encontró hace años, a dos millas de aquí. Se hallaba rodeado de esqueletos humanos que, a juzgar por su estado, llevaban en el paraje muchos años, siglos tal vez, pero nadie conocía su existencia.
—Así ser como papá lo contó —aprobó Tiny—. Ya ser bastante para traernos mala suerte.
Patricia miró, pensativa, el cubo.
—Papá. Nunca soñó con que tuviera un gran valor —continuó diciendo—. Sin embargo, hace tres semanas descubrió que alguien merodeaba en torno de esta casa. Pero el individuo escapó. Más adelante recibió una misteriosa demanda del cubo y se negó a entregarlo.
—Mejor hacer él si lo hubiera dado —murmuró Boat Face.
Patricia aprobó estas palabras con un ademán.
—Mejor hubiera sido, en efecto —admitió, con tristeza—. Después comenzamos a hallar por toda la casa la marca del hombre —lobo. Tornaron a pedirnos el cubo, sin resultado. Y un mal día encontramos muerto a papá... Los doctores diagnosticaron que había fallecido a causa de una enfermedad cardiaca...
—Mi arder de indignación —observó reposadamente la squaw—. Su papá morir asesinado.
—Eso creo yo también, Tiny.
—¡Tú lo dices! El morir de lo mismo que ha dado a mí y Boat Face hace un instante.
—¿Te refieres a lo que os ha privado de conocimiento?
Otra vez Tiny hizo un gesto de afirmación.
—¡Tú lo dices!
—Pero, ¿qué es? —preguntó Patricia.
—Sueño —respondió Tiny, como si la palabra lo explicara todo.
No pudo Patricia llegar más allá en la solución del misterio, a pesar de hacer aun muchas preguntas a la squaw. Finalmente, cansada de la inutilidad del interrogatorio, salió al exterior e hizo una requisa en las inmediaciones de la casa.
El rocoso suelo del claro no ostentaba huellas de pasos. Pero ello no significaba gran cosa. Los malhechores debieron poner un cuidado minucioso en no dejarlas.
En cuanto al aullido misterioso no había vuelto a sonar en la melancólica oscuridad de la fronda desde el regreso de Patricia a la cabaña.
El rubor del crepúsculo se extendía como un velo sobre el mar en calma.
Inesperadamente, un largo gemido plañidero rasgó el aire, despertando dormidos ecos en los distantes acantilados. Aquel sonido era muy diferente de aquel aullido oído poco antes; sin embargo, produjo en Patricia un sobresalto violento.
Momentos después, como se repitiera el sonido, supo a que atenerse.
—¡Es Jacobo, el buhonero, que llega en su chalupa! —exclamó—. ¿Nos traerá alguna carta?
Tan intrincada era la región en que Alex Savage había erigido su cabaña, que ningún automóvil conseguía llegar hasta ella. Sólo podía atravesarla una carreta, y aún con dificultad.
El mejor vehículo de transporte era, sin duda alguna, una gasolinera, cuando no un hidroplano. Precisamente había en la playa un rústico embarcadero que encerraba una lancha motora.
El correo era entregado en el apostadero de caza de Savage de un modo sumamente ingenioso. Un buhonero y traficante que habitaba en la costa hacía diarias excursiones a los poblados y para ello tenía que pasar necesariamente por delante de la posesión de los Savage.
La correspondencia dirigida a ellos se le confiaba a nuestro buhonero y éste la dejaba junto a una boya flotante, a unos metros de la playa.
La cabaña no contaba con otros medios de comunicación con el mundo habitado, pues durante su permanencia en la comarca, Alex Savage había procurado siempre no ser molestado por nadie ni por nada. Su morada servíale de refugio y le distraía de las preocupaciones que traen consigo los negocios.
Patricia se procuró unos prismáticos y los enfocó en dirección a la chalupa.
Todavía había luz suficiente para distinguirla con claridad y vió cómo el buhonero dejaba, por lo menos, una misiva en la boya.
—¡Bota al agua la lancha! —ordenó a Boat Face—. Entre tanto vigilaré. Ese es otro misterio: la desaparición de nuestra correspondencia últimamente.
Boat Face se hizo el remolón; Parecía inspirarle repugnancia abandonar la casa. Sólo al gritarle Tiny imperiosamente:
—¡Vamos, gandulón! Tú hacer lo que miss Patricia dice.
Boat Face marchó, arrastrando los pies, en dirección de la casilla de botes.
Cinco minutos largos transcurrieron antes de que sacara de ella la lancha y la condujera al embarcadero situado frente a la vivienda de los Savage.
Durante este tiempo no había bajado Patricia los prismáticos con que enfocaba la boya —buzón.
—¡Lo que es esta vez —había declarado—, no consentiré que me roben el correo!
Y mientras Boat Face la llevaba, bogando, hacia alta mar, continuó mirando con los gemelos. No se veía nada sospechoso. El flotante buzón consistía en una boya corriente, en cuya parte alta habíase incrustado una caja impermeable. Dicha boya se mecía blandamente sobre las olas. Ligera cadena de hierro la unía a un peso fuerte de hormigón y así anclada al fondo de las aguas no era de temer que fuera a la deriva.
Valiéndose de un bichero, Patricia atrajo la boya y abrió el buzón.
Estaba vacío.
—Pero,¡esto es imposible! —exclamó, sin querer dar crédito a sus ojos—. Yo mismo he visto poner aquí dentro una carta y desde entonces no he cesado de vigilar la boya.
—Hombre —lobo— gruñó lacónicamente Boat Face, y encogió los hombros, anchos como los de un toro.
Patricia examinó el buzón. Los ladrones escaseaban en la comarca por lo cual no estaba cerrado con llave. Sin embargo, dada su posición, tampoco cabía suponer que lo hubiera vaciado una ola.
Ordenó al piel roja que hiciera describir amplio circulo, en torno de la boya, a la embarcación, y, entretanto, iba escudriñando con ansiedad la azulada superficie de las aguas. Nada halló dentro o fuera de ellas, que pudiera derramar luz sobre el misterio.
Su rostro había palidecido ligeramente, cuando Boat Face puso la proa de la lancha en dirección a la costa.
—Pues señor: ¡no lo entiendo! —confesó.
—Ser el hombre —lobo. El hacer malas pasadas— tornó a murmurar Boat Face.
La muchacha hizo caso omiso de la observación. Inquisitivamente enfocó sus prismáticos a un nivel de la costa y paseó por ella la mirada. Cañones profundos abríanse en el acantilado surcado por diversas corrientes de agua y, al pie de la imponente masa rocosa, amontonábase, unos sobre otros, peñascos tan grandes, algunos de ellos como las casas de vecindad de la metrópolis.
—No veo nada —confesó, al cabo de un rato.
—El hombre —lobo hacerse invisible— replicó Boat Face.
—¡Como le nombres otra vez te pondré en manos Tiny —gritó enfurecida Patricia.
Boat Face agachó la cabeza. Por rara excepción entre los individuos de su raza, era un marido sumiso. Muchos pieles rojas hacían danzar a sus squaws en la cuerda floja. Boat Face no había logrado imitarles, pues en ocasiones la rolliza Tiny salía de su habitual estado letárgico y le sacudía una “sopapine de esas que hacer época según la gráfica expresión popular.
Como sus hermanas blancas se valía Tiny para ello de un arma convincente: La zapatilla.
—¿Has oído hablar de Doc Savage? —le preguntó Patricia después de un momento de silencio.
—Mi no oír hablar de él —replicó el indio, esquivando el cuerpo como si fuera a caer sobre sus hombros una lluvia de palos.
—Pues es primo mío —siguió diciendo su ama,— vive en los Estados Unidos y hace grandes cosas.
—¿Qué cosas ser ésas? —quiso saber Boat Face.
—Me han dicho que saca a las gentes de apuros.
—¡Uf! —gruñó expresivamente el piel roja—. ¿Y es sacar mucho provecho de ello?
—¡Oh! No lo hace por dinero, si es verdad lo que me han asegurado —repuso miss Savage—. Recorre el mundo sembrando el bien, sin recibir nada a cambio. Parece ser que le gustan las emociones fuertes.
—Ser un loco entonces —observó Boat Face.
Patricia le miró ceñuda.
—Te estás volviendo muy insolente de algún tiempo acá, Boat Face —declaró, sin andarse con rodeos.
—¡Tú decir eso!¿Eh? —replicó en tono de indiferencia el piel roja.
—Lo creo.
—Pues no importa a mí lo que tú creas.
Inesperadamente se puso en pie Patricia, la de los bronceados cabellos.
Semejante a una tigresa se lanzó sobre Boat Face y su puño delicado trazó un directo en el aire con la acompasada precisión de un maestro pugilista.
El indio vió venir el golpe y trató de esquivarlo. ¡Pam! Los nudillos de Patricia le tocaron el ojo derecho.
Al contacto enérgico, vigoroso, del directo, el indio agitó un brazo en el aire; ello le hizo perder el equilibrio y cayó al mar.
Patricia corrió a apoderarse del timón, mientras la lancha dejaba atrás al indio, debatiéndose; la hizo virar en redondo y, con el bichero, izó sobre la borda a Boat Face.
—¡O me presentas, en el acto, tus excusas, o vuelvo a lanzarte al agua! —le previno antes de dejarle en el fondo de la embarcación.
Boat Face puso cara de circunstancias. En el fondo se hallaba azorado de veras. Si se propalaba la noticia de lo que acababa de suceder, se reirían de él todos los pieles rojas del Canadá. Jamás hubiera creído que miss Patricia fuera mujer de armas tomar.
—Perdón —balbuceó,— mi sentir lo ocurrido.
—Está bien. Desde ahora en adelante, cuando yo te dé una orden has de cumplirla en el acto.
—Sí, señorita.
—Y, para empezar, mañana por la mañana cogerás la lancha, bajarás por la costa y, en el primer poblado, pondrás un telegrama.
—¿Dirigido a quien?
—¡A Doc Savage! —repuso Patricia con fría resolución—. Necesito que acuda en mi auxilio.
Al llegar la noche se cerraban herméticamente todas las puertas y ventanas de la casa. Hecho esto parecía imposible que se pudiera entrar en ella, desde fuera, sin crear un estado de alarma.
Por ello Patricia no juzgaba necesario poner en guardia a sus servidores ni tampoco hacerla ella misma.
En esta ocasión sucedió lo propio. Procedentes del Oeste llegaban, en oleadas, espesas tinieblas. En lóbrego velo descendieron sobre los cañones semejantes a monstruos voraces, ávidos de sol, y pronto sumieron a la comarca en total oscuridad.
Entonces, los habitantes de la casa se entregaron al sueño.
En la parte posterior tenía instalados Boat Face sus reales y su cara mitad ocupaba el mismo aposento.
Tiny era mujer práctica. Su marido dudaba de que existiera cosa alguna que pudiera desvelarla. Por ello, en cuanto se hubo metido en el lecho, comenzó a roncar a más y mejor.
Boat Face se mantuvo despierto. Sabía cuán profundo era el sueño de la squaw, por lo cual, después que hubo roncado una docena de veces, salió sigilosamente de la reducida habitación y se llegó a la puerta de la cámara ocupada por Patricia.
Una vez delante de ella se detuvo y aplicó el oído a la madera.
La respiración acompasada de la muchacha le aseguró de que estaba dormida.
Procurando no hacer ruido se deslizó salón abajo hasta situarse bajo la viga maestra. A tientas buscó el resorte entre la peluda corteza, hallóle, le oprimió y la puertecilla secreta se abrió de golpe.
—¡Mucho! —exclamó con un hálito de voz—. Todavía estar aquí. Mi usarla como cebo para atraer a ese maldito hombre —lobo. ¡Je!... Boat Face no ser tan tonto como aquí se figura...
Patricia había tornado a colocar el cubo de marfil en su escondite.
Boat Face lo retiró, lo palpó y le dio vueltas en su mano, en tanto se dibujaba en su rostro una maligna sonrisa. En una ocasión se pasó la gruesa lengua por los labios.
Después pareció sumirse en honda cavilación. Pasado un instante depositó el cubo en el tronco y cerró la puertecilla, habitualmente disimulada.
Hecho esto salió al exterior.
Su primera estación fue ante la casilla de los botes. Allí destornilló cuidadosamente el tapón de las latas de gasolina del depósito y dejó que manara el liquido, a borbotones. Tras de esta operación vació el que contenía el motor de la lancha.
—Con eso no ir nadie a poner telegramas a Doc Savage —murmuró riendo— ... o por lo menos no ir tan pronto. Bien. ¡Mi preparar la trampa!
Abandonó la casilla y desapareció entre la maleza. Se lo tragó la noche.
Cuando reapareció, junto a la casa, al cabo de una hora, sobre poco más o menos, sus movimientos eran tan furtivos como en un principio. Se palpó la ropa e hizo una mueca de disgusto. Chorreaba agua.
—Trampa O.K. —cloqueó,— pero... —y se detuvo a reflexionar—. Esa condenada squaw querrá saber cómo mojarme yo así... yo no decir... y ella usar la zapatilla.
Como si deseara evitar la calamitosa escena que preveía, Boat Face procedió a despojarse del traje. Mas, apenas inició la operación, vino a interrumpirla un silbido apagado que surgió de la oscuridad.
Era un sonido apenas perceptible que nacía, aparentemente, a cierta distancia.
De la actitud del indio se deducía fácilmente que no era la primera vez que lo oía y que además encerraba un significado particular.
Abrochó apresuradamente las flojas prendas de su atavío y marchó en dirección del lugar donde sonara la señal, siempre con paso tardo y cauteloso.
A unos doscientos metros escasos de la propiedad de los Savage, había un macizo de abetos. Estos árboles no podían pasar por alto, pues crecían tan espesos como los cabellos en la cabeza de un hombre.
Aparentemente eran la meta de Boat Face y el indio hizo alto junto a ellos.
—¿Qué deseas tú? —interrogó en voz baja.
De la sombría masa verde salió una voz áspera.
—¿Has descubierto dónde se halla escondido el dado de marfil? —preguntó a su vez.
Boat Face meditó la respuesta.
—Mi saberlo —afirmó después.
—¡Vaya, hombre! ¡Qué guasa tienes! —observó en tono irónico la voz—. ¿Lo has hallado antes de que hiciéramos esta tarde, el registro en la casa?
Boat Face se paró, de nuevo, a reflexionar.
—No. —mintió.
—Bueno, pues tráemelo acá.
—¡Mi pedir por él quinientos dólares! —le recordó el piel roja.
—O.K., O.K. —dijo la voz, burlona—. Ve a buscarlo que aquí tengo la suma en dólares canadienses.
Boat Face dio media vuelta y echó a andar, arrastrando los pies.
Consiguió penetrar en la cabaña sin despertar a las mujeres, y una vez hecho esto, se dirigió, sin pérdida de tiempo, al salón, y, de la viga rústica que servía de puntal al techo, sacó el cubo de marfil; Con él en la mano tornó a salir, seguidamente, al bosque y, siempre arrastrando los pies, se dirigió al macizo de abetos, lugar de su “rendez vous”.
Tras de dar unos pasos se detuvo de pronto y se pasó la lengua por los labios.
—¡Uf! —gruñó en voz baja—. Quinientos dólares no ser bastante cantidad. Esto (palpando el dado) valer un millón. Señoritos esos ser aprovechados. No importa. Mi arreglar negocio a mi modo.
Bajó varias veces la cabeza, como aprobando tan lógico razonamiento y decidió bruscamente:
—¡Mi hacer que ellos paguen más!
De acuerdo con esta idea, sin duda, varió de rumbo y bajó, en línea recta, a la playa. Jamás había usado de mayores precauciones para no hacer ruido.
Luego, los peñascos desparramados en la cala se engulleron su sombra huidiza.
La naturaleza se hallaba sumida entonces en un profundo silencio, alterado, en ocasiones, por el grito de una ave nocturna o el ligero ruido promovido en las hendiduras de las rocas por la succión de las olas.
De tarde en tarde percibíanse chapoteos producidos aparentemente por un pez saltarín. Allá en el bosque una brisa ligera movía las hojas de los árboles, produciendo un sonido semejante al de miles de ratones que corrieran sobre una alfombra de papel.
Como un aparecido, surgió Boat Face junto al macizo de abetos.
—¡Eh! —llamó.
—Hola. ¿Tienes el dado? —inquirió la voz de duras inflexiones.
—Mi tenerlo —admitió el piel roja.
—Tráelo y te daré en cambio la suma prometida.
—No satisfacerme. No ser bastante crecida —explicó Boat Face.
El hombre oculto en el macizo profirió una maldición en voz baja.
—Conque eres un “welsher”, ¿eh?
—¿Wel... sher? ¿Qué querer decir eso? —preguntó Boat Face.
—Es un calificativo aplicable a los “caballeros” que, como tú, se desdicen de un trato hecho —le explicó su invisible interlocutor.
—Mi querer diez mil dólares —les expuso Boat Face.
Del grupo de abetos surgió una risa contenida.
—¡Cómo se pavonea Jesse James! —exclamó.
—Mi no gustar chistes. Yo pedir diez mil dólares y si tú no dar a mí, deshacer el trato.
—Oye, indio: hemos jugado limpio contigo —dijo el otro, airado—. Hemos confiado en ti hasta el punto de explicarte lo que representa para nosotros el cubo de marfil y por qué deseamos su posesión, y ahora nos traicionas, ¿eh?
—O dejarlo o tomarlo —insistió tercamente Boat Face.
El hombre invisible guardó un silencio momentáneo y decidió después:
—Lo dejaremos.
Sucedió a tales palabras un sonido agudo, sibilante, y tras de él, otro sordo, apagado, como el que produciría un peñasco al caer sobre fango.
Boat Face se vino al suelo. De su pecho, sobre el corazón, sobresalía el mango de un puñal, y antes de morir exhaló varios gemidos apagados.
Su asesino salió. Arrastrándose, del macizo de abetos y puesto en cuatro manos, actitud que le daba un aspecto siniestro, de araña.
Más que de ser humano, se acercó al exánime Boat Face. Un pañuelo que hacía las veces de máscara ocultaba los rasgos de su semblante.
—Conque o tomarlo o dejarlo, ¿eh? —gruñó entre dientes—. Pues bien: ya está dejado.
Sus dedos buscaron ansiosamente el dado de marfil. ¡Vano empeño! De su boca se escapó una sarta de maldiciones, dichas en voz baja, que denotaron súbitamente un acento extranjero.
Después blasfemó en voz alta.
El dado de marfil no se hallaba entre las ropas de Boat Face.
Sobre la ladera de la montaña hubo una asamblea curiosa poco después. El punto elegido para la reunión era el fondo pedregoso, desgastado por las aguas, de un cañón.
Y en verdad que ni las sombras del averno son tan densas como las que se extendían sobre el lugar de la conferencia.
Lo ocupaban varios hombres, cuyas caras no se veían en el vacío tenebroso del cañón.
Uno de ellos declaraba en aquellos momentos:
—Ha sido una torpeza imperdonable. Debí registrarle antes de quitarle de en medio.
Era el causante de la muerte de Boat Face.
—Eso dices ahora —refunfuñó una voz.
—¡Hombre! ¿Cómo iba yo a saber que no llevaba encima el dado?
—¡Bah!¿Para qué discutir cuando ya se ha roto el cántaro? —observó un tercero, con marcado acento español.
—¡Oh. Qué idea! —exclamó el asesino del piel roja—. Boat Face no ha tenido nunca el objeto que buscamos. Debe hallarse en poder de la señorita y aun podemos arrancárselo.
—Sí, sí. Pero, ¿y si la señorita ignora dónde se encuentra?
—Lo sabe. Su padre se lo habrá dicho.
—Es posible... como también puede ser que hayamos cometido una tontería quitándole de delante con tal precipitación.
—Recordad que me sorprendió hablando con el piel roja —murmuró el matador de Boat Face—. Entonces me pareció oportuno despacharle u obligar al indio a que nos trajera el dado de marfil.
—Sí, sí —convino amablemente un compañero—. Yo no critico tu actuación, pero es muy probable que ello disguste a nuestro jefe. Hablando de otra cosa: ¿tomaste la carta del buzón?
Esa pregunta iba dirigida a otro miembro de la siniestra pandilla.
—Si, por cierto —replicó el aludido,— pero no es carta esta vez, sino un telegrama.
El pulgar de su mano oprimió el botón de una “Scot” y el brillante haz de rayos luminosos descubrió sobre su rostro un objeto vagamente parecido a una máscara contra los gases asfixiantes.
Era una escafandra.
Así se explica cómo el hombre había sacado la misiva de la boya sin ser visto por miss Savage. Simplemente se había sumergido en las aguas del mar, a nado, entre dos aguas, se había aproximado a la boya y una vez junto a ella habíase asido a la cadena del ancla con una mano y agarrado con la otra el telegrama.
A la débil luz del crepúsculo, ¿cómo podía ver Patricia la mano que se introducía en el buzón?
El hombre sacó el telegrama de su bolsillo.
—Este es.
Una mano morena y nudosa salió de las tinieblas y le arrancó el despacho telegráfico y a la luz. El telegrama fue expuesto a los rayos luminosos.
—¡Qué lástima! —exclamó la persona que lo había tomado—. Es de Doc Savage a su tío. Evidentemente ignora que esté muerto y le pregunta si ha recibido otro telegrama en que le anuncia su visita.
—¡Oh, no! —dijo un compañero—. Nosotros nos apoderamos del primero, lo mismo que de éste.
—Doc Savage sospecha que aquí sucede algo anormal —observó el que había leído el telegrama—. ¡Malo, malo!
Alguien rompió en una feroz risotada.
—El amo se cuidara de él —anunció.
—Sí. Sí —convino el lector del telegrama.
—Es muy ingenioso y se deshará de ese Doc Savage.
Al cabo de unos minutos se dispersó la siniestra asamblea, sin que antes hubiera ocurrido en ella nada digno de mención.