CAPÍTULO XII

UNA MANO SE AGITA...

DE haber hecho irrupción un elefante en aquel claro de los bosques canadienses, no hubiera sido mayor la consternación.

Posiblemente, en tal caso se hubieran sorprendido menos.

El guardián del cable huyó dando gritos. Su terror delirante hubiera parecido cómico de no ser tan real. Le enloquecía.

Era porque veía surgir en el claro una aparición: el fantasma del hombre de bronce lanzado por él al torrente de la espumosa catarata.

Y lo más extraordinario era que el aparecido avanzaba, no al paso majestuoso que se atribuye a los seres sobrenaturales, sino a una velocidad que parecía escapar al poder humano.

Como Némesis de bronce cayó Savage sobre los bandidos.

Su salvamento habase llevado a cabo de la manera más sencilla. Tenía puesto un chaleco forrado de una malla metálica contra la cual se estrellaban incluso las balas de rifle.

´ Dicha prenda iba provista de numerosos bolsillos, dentro de los cuales solía poner Doc toda una colección de ingeniosos aparatos.

De uno de ellos sacó, cuando llegó la ocasión una cuerda de seda, larga y flexible, a cuyo extremo iba sujeto un gancho.

Poco antes de caer al torrente, sujetó el gancho al cable que le atravesaba y por él descendió hasta un punto en que las nubes espumosas despedidas por las aguas hirvientes del río le ocultaban a la vista de su enemigo. Su terrorífico rugido impidió que le oyera aproximarse cuando él descendió por la pared del cañón hasta la orilla del agua y su distracción pudo costarle cara.

Entonces trepó por la cuerda y del cable pasó a tierra firme.

Al regresar el guardián al campamento, le siguió de cerca, y desde entonces había permanecido oculto en las inmediaciones del claro.

Si no había acudido en auxilio de Patricia fue porque la muchacha emprendió la fuga precisamente por el lado opuesto al que él ocupaba.

Pero, ya hemos visto cómo, valiéndose de una piedra, apagó el hornillo de gasolina.

Lo que sucedió a partir de este instante, fue tan violento como la explosión de una carga de dinamita, tan veloz como un fenómeno eléctrico.

Patricia se había preguntado, en más de una ocasión, cómo sería su primo.

Ella había leído sus hazañas; había oído contar de él muchas cosas. Mas, como no le conocía, dudaba de que todas fueran ciertas.

Viéndole entrar en acción, concedió que poseía, no sólo el mérito que se le atribuía, sino tal vez más. Sin contar con el guardián del cable restaban once hombres en el claro, todos excelentes ejemplares, físicamente considerados.

Además, armados todos.

Uno de ellos se adelantó de un salto, puso la boca de su revólver al nivel del pecho de Doc, e hizo fuego sobre él varias veces. La distancia era corta.

Por fuerza tenía que hacer blanco. Es más: él mismo pudo contar los agujeros que sus balas abrían, como por ensalmo, en el chaleco del hombre de bronce.

Sin embargo, Doc no se tambaleó siquiera; continuó avanzando con la impasibilidad de un “juggernaut” de metal. Las balas no producían sobre él mayor efecto que si fueran habas inofensivas, lanzadas sobre un rinoceronte.

Una vez agotada su munición, el bandido le lanzó a la cara el revólver.

Doc esquivó el bulto. Su manera de hacerlo hubiera provocado en el espectador una mirada de admiración, pues con una velocidad increíble echó, primeramente, la cabeza hacia atrás y luego la ladeó de modo que el arma pasó, al parecer, entre carne y hueso.

—Le he tirado seis veces —gritó su atacante—. ¿Cómo no ha muerto?

La misma inverosimilitud del hecho, presenciado por el resto de la pandilla, les mantuvo a todos en suspenso, y, naturalmente, resultó desastrosa para ellos la fracción de segundo que perdieron en mirar y sorprenderse, pues echando una mano al pecho, el poderoso gigante sacó un pequeño objeto metálico, semejante por su forma a un huevo y lo arrojó en medio del grupo.

Sin excepción, los bandidos se taparon los ojos con las manos y emitieron alaridos de terror. No veían nada: el mundo acababa de convertirse para ellos en un vacío negro como el carbón. O eran muy estúpidos o se hallaban demasiado sorprendidos para darse cuenta de que estaban en el seno de una nube de humo; de una capa semejante por el color a la tinta que había surgido del huevo de metal y se había extendido por el espacio circundante con pasmosas celeridad.

Patricia Savage no estaba menos sorprendida que sus raptores. Pero no tuvo tiempo de reflexionar sobre el caso, pues fue instantáneamente levantada del suelo y llevada, velozmente, a través de la negra nube.

Con tan singular facilidad la sostenía, que tardó en darse cuenta de que ello era obra de unas manos humanas.

No veía objeto alguno en aquella atmósfera negro azulada, pero algo le decía que estaba en poder del hombre de bronce.

Por fin se halló al otero lado de la nube de humo. El día nublado y gris le pareció más espléndido por contraste con el fúnebre velo que dejaba detrás.

Le extrañó que la nube no le hubiera atacado a la vista y, sin embargo, era así. No le escocían los ojos lo más mínimo.

Patricia iba tendida sobre los hombros musculosos de Doc Savage.

Bajó los ojos y tuvo un sobresalto violento. Con desembarazo igual al del hombre que lleva un saco de patatas, llevaba Doc debajo del brazo a la india Tiny. Y eso que pesaba muy bien sus noventa kilos.

Mas, ¡no importaba! Doc atravesó el claro sin que su doble carga afectara al parecer en lo más mínimo la velocidad de su marcha.. A Patricia le costaba trabajo dar crédito a sus ojos. ¡Aquel metálico gigante tenía la fuerza de doce hombres!...

AL llegar a la linde del bosque puso a las dos mujeres en el suelo.

—¡Corran ustedes! —dijo señalándoles el lugar donde se hallaba el puente aéreo.

—Patricia comenzó a decir:

—Si podemos servirle de algo...

—No: ¡obedezcan!

El tono seco de la respuesta molestó ligeramente a Patricia, quien dejó que se transparentase este sentimiento en su semblante, mas echó a correr.

Doc torció a la derecha y dio una vuelta en torno del claro sin apartarse de la linde del bosque. Su avance era veloz pero al propio tiempo zigzagueaba de izquierda a derecha y de derecha a izquierda ocultándose tras de árboles y matas cuanto le era posible.

Ni un solo bandido había salido aún de la nube de humo, probablemente, porque el fúnebre velo se había ido extendiendo hasta ocupar un espacio mayor y, además, porque hervía como negra espuma. Por fin surgió de ella, tambaleándose, uno de la pandilla y con aire estúpido contempló, por espacio de un momento, el cielo nublado, como si no hubiera esperado volverle a ver más.

De súbito se dio cuenta de la realidad de lo que juzgara una ceguera repentina, sacó su revólver e hizo varios disparos al aire.

—¡Por aquí, amigos! —gritó, con voz estentórea—. ¡Hemos sido víctimas de un engaño!

En su excitación no percibió un ser bronceado, una fugaz aparición, que se introducía en aquel mismo instante, bajo el túmulo de verdor que ocultaba el aeroplano.

Una vez a cubierto, volvió Doc la cabeza para ver si era observado.

Aparentemente nadie le había visto.

Se hallaba bajo el ala derecha del monoplano. Se encaramó hasta el potente motor de tipo radial y sus dedos ágiles le exploraron.

El conocimiento de Doc en cuestión de motores era tan profundo como el que poseía de otras ramas del saber humano. Es más: se le debía el proyecto de un nuevo tipo de motor adoptado por una de las compañías de navegación aérea más poderosas de los Estados Unidos. Mas esto no era público.

El invento se atribuía a un anciano sabio protegido de Doc y excepto dicho señor, director además de varias fábricas destinadas a la producción de aparatos de gran potencia, nadie sabia que él le hubiera salvado de la ruina.

El motor del monoplano negro se hallaba provisto de dos carburadores. Doc le quitó los dos. Sus dedos acerados aflojaron las tuercas que les aseguraban y que, por suerte, no estaban muy apretadas.

Después enterró ambos aparatos bajo el monoplano, tornando a echar tierra sobre ellos con un gran cuidado a fin de que no se conociera que había sido removida.

Atisbando por entre las verdes hojas del ramaje que disimulaba el aeroplano, divisó a los bandoleros que se dirigían, en grupo, al lado opuesto del claro. Un momento después se perdían de vista al girar por detrás de la inmensa nube de humo.

Prontamente abandonó Doc su escondite y, penetrando en el bosque, describió un amplio circulo.

Patricia y Tiny habían corrido con toda la velocidad de sus piernas. No fue floja su sorpresa al ver surgir a su lado, de improviso, al hombre de bronce.

Patricia tuvo un sobresalto violento.

—Uno de esos hombres le disparó varios tiro —balbuceó expresando la preocupación que sentía—. Yo misma oí las balas hacer blanco. ¿Cómo es que no está herido?

—Llevo unas mallas debajo del chaleco —le explicó Doc concisamente.

Muchas cosas la dejaban perpleja y por ello, mientras reanudaba su carrera, tornó a preguntar miss Savage:

—Es usted Doc Savage, ¿verdad?

—El mismo —admitió Doc.

—Y ¿cómo es que está usted aquí?

—No hable —le aconsejó Doc sin responder a la pregunta—. Mejor será que reserve sus energías para correr.

Patricia estuvo a punto de lanzar un ¡oh de indignación. El mero hecho de ser su padre hombre acaudalado no la había convertido precisamente en una niña mimada, pero no estaba tampoco acostumbrada a que le hablaran en forma ruda.

—Es que, quisiera saber... —comenzó a decir con calor.

—También yo deseo saber muchísimas cosas —observó Doc con acento de censura,— pero refreno mi curiosidad hasta verme libre de esto.

Patricia iba a expresar su opinión, diferente, con seguridad, a la de su primo, pero la obligó a mudar de parecer un grito salvaje, estentóreo, que sonó a sus espaldas.

—¡Bueno! He aquí la pista.

—¡Maldición! —exclamó la muchacha; y se atuvo a la recomendación de Doc Savage.

A poco llegaron, ella y sus acompañantes, junto al cable tendido de una pared a otra del cañón, sobre la catarata. El cañón era, como un caldero enorme en el que hirviera atronadora el agua y se derramara en espuma fría como el hielo.

Patricia se asomó a su borde y se estremeció.

—Jamás he estado más asustada que cuando me metieron, hace poco, en el cesto ese para pasar el río —dijo, señalándolo.

Doc no había acabado todavía de explicarse por qué atravesaron los bandoleros el torrente en aquella forma y quiso saberlo en el acto.

En consecuencia preguntó a Patricia:

—¿Sabe si puede cruzarse el río por algún otro punto?

—No puede cruzarse en ninguna dirección por espacio de varios kilómetros —fue la respuesta que obtuvo.

Dicho esto, Patricia tornó a asomarse al borde del precipicio. Salseros imponentes sobrepasaban la altura de sus paredes, llegaban hasta ella, originados por la fuerza misma del torrente.

En pocas horas venia sufriendo honda depresión nerviosa, que creció en intensidad a la sola idea de cruzar el abismo, e incapaz de dominar por más tiempo sus nervios gritó, de pronto, tapándose los ojos:

—¡No lo cruzaré! Me sería imposible.

Doc se adelantó a tomarla en brazos. No había, tiempo que perder.

Patricia exhaló gritos histéricos y trató de golpearle.

Se daba perfecta cuenta de lo que hacia y le avergonzaba, mas no podía contenerse. Sufría un verdadero ataque de nervios.

Entonces la asieron por un brazo. Una de las manos del hombre de bronce pasó rozándole la mejilla y oprimió un centro nervioso craneal.

Patricia le sintió vibrar ligeramente y en el acto se halló incapaz de mover un solo músculo. ¡Aquello era maravilloso de veras!

Doc se la echó al hombro y de un salto pareció quererse situar en el vacío, sobre la catarata. Sus pies descansaron, en realidad, sobre el cable y guardando un perfecto equilibrio, se deslizó por él.

Durante los doce segundos que sucedieron a su salto. Patricia hubiera muerto con gusto. ¡Qué espantosa travesía! De niña había admirado a los artistas de circo, especialmente a los que se dedican a hacer equilibrios sobre la cuerda floja o sobre un trapecio, mas jamás presenciara hecho que igualara al del hombre de bronce en aquellos momentos, arrostrando una muerte segura.

Finalmente fue depositada, sana y salva, al lado opuesto del torrente; los dedos de Doc volvieron a buscar los centros nerviosos de su cráneo y, como por encanto, recobró el uso de sus miembros.

Ella conocía suficiente anatomía para poder admirar la habilidad enorme de que se hallaban dotados los dedos de su primo y se sentó, deslumbrada, al borde del cañón. Con toda el alma se avergonzaba ahora de sí misma.

Entre tanto Doc Savage tornaba a atravesar el torrente por vía aérea.

Al lado opuesto le aguardaba Tiny, estremecida.

—Tú esperar un poco —rogó, temblando—. Mí no arriesgar la piel... mi quedarse de este lado...

Aun después de hallarse, sana y salva, junto a miss Patricia, no supo explicar lo que le sucediera al manifestar su decisión. Solamente se sintió oprimida la cabeza por las manos del gigante de bronce y se quedó sin voluntad. Entonces se sintió llevada en volandas y ¡cruzó el torrente!

Por lo visto, había sido manejada por Doc con la misma habilidad ya demostrada con Patricia.

Una vez que pisó tierra firme, deshizo Doc el nudo que sujetaba el cable al árbol y le dejó suspendido del abismo. Así impedía el avance de sus perseguidores, ya que, según Patricia, no disponían aquellos de otro puente para cruzar el río. Al llegar, poco después, juntó a sus cinco camaradas, fue acogido con vivas estentóreos. Y no hay que decir que les impresionó vivamente la exquisita belleza de miss Savage.

Más tarde el embebecido Monk confió a Ham en un aparte:

—Diríase que esa muchacha es hermana de Doc. ¿Reparaste en la espléndida mata de sus bronceados cabellos?

—¡Ya lo creo! Su belleza le tira a uno de espaldas —convino el abogado, olvidándose de sí mismo hasta el extremo de estar de acuerdo con su contrario, aun cuando sólo fuera por una vez.

—Volvamos a la casa —ordenó Doc a sus cinco ayudantes,— pues hay mucho que hacer.

El encuentro habíase efectuado a cierta distancia de la morada de los Savage y así los cinco volvieron sobre sus pasos, acompañados por su jefe y las dos mujeres.

Por deferencia hacia éstas, Doc habló primero. Les contó lo sucedido desde la recepción en el tren, del falso telegrama, hasta su llegada al claro, tras el guardián del cable y, desde luego no omitió detalle, a pesar de que gustaba hablar poco.

—En resumidas cuentas, nos hallamos frente a un misterio insoluble hasta ahora —dijo, para concluir—. Por lo visto, la pandilla de sus secuestradores, Patricia, andan detrás del dado de marfil y de un modo u otro llegó a sus oídos la noticia de nuestra salida de Nueva York en un proyectado viaje de placer.

—Probablemente se enteraron de ello al robar nuestra correspondencia —sugirió miss Savage.

—Eso es —convino Doc—. Me atacaron en el tren para impedir que llegase hasta aquí. Y ahora hablemos del señor Corto Oveja, de la señorita Oveja y del Rábanos, que, según parece, se dirigen también hacia acá, a pesar de que aun no les hemos visto.

—¿Qué papel juegan en este asunto? —interrogó miss Patricia.

—Es un papel misterioso, desde luego— manifestó Savage —. De ellos sé únicamente que fueron atacados en el tren y que me culparon a mí. ¡Ah! Y que sus asaltantes les dejaron un recuerdo: la señal del hombre —lobo.

Patricia se estremeció visiblemente.

—¡Esa señal del hombre —lobo— repitió, involuntariamente —. Yo también he hallado varias en los alrededores de esta casa.

—Dentro de ella he visto yo una —confesó su primo.

—Sí. Esta fue dejada junto a Boat Face y Tiny el día aquel en que se apoderó de ellos un sueño singular.

Doc cambió con sus hombres una mirada de inteligencia.

No habían olvidado la prueba a que se les sometiera en el tren; sin embargo, todavía no habían podido averiguar la naturaleza de la misteriosa modorra.

—¿Cuándo comenzó todo esto? —preguntó Doc a su prima.

—Hace unas semanas —replicó Patricia—. Mi padre descubrió por entonces a un hombre en el acto de rondar en torno de la casa, pero el hombre huyó; poco después una voz desconocida le llamó desde el bosque para pedirle el cubo de marfil. Papá se negó a entregárselo y...

—Un momento: ¿qué cubo es ése? —interrogó Doc interrumpiéndole.

—Un objeto de marfil que afecta la forma de una figura geométrica hallado por papá cerca de aquí. En torno de él descubrió varios esqueletos. Ya hace de esto algunos años.

Rápidamente explicó Patricia que le había instado a su padre, repetidas veces, a que entregara el dado marfileño y acabó diciendo:

—Hasta que un día encontramos muerto a mi pobre padre. Los médicos certificaron que había fallecido a causa de una enfermedad del corazón. Yo creo que fue víctima del sueño misterioso: que le asesinaron.

—Y, esto, ¿cuándo ocurrió? —Doc señaló con un ademán el cuerpo ya rígido de Boat Face.

—Anoche, no sabemos a qué hora —replicó miss Savage lentamente—. Esta mañana le descubrimos Tiny y yo, poco antes de que comenzara a llover; transportamos aquí su cadáver y minutos después éramos sorprendidas y maniatadas por los forajidos.

—Bien. Ahora dígame, si lo sabe, a qué se debe la codicia de esos bandidos. ¿Porqué desean apoderarse del cubo de marfil?

—Lo ignoro.

—¿Podríamos verlo?

—¡Naturalmente! —Patricia se aproximó al tronco sin descortezar que servía de puntal al techo del salón, oprimió el oculto resorte y abrió la puertecilla.

Confiadamente introdujo la mano por el hueco puesto al descubierto y palpó... en el vacío. Entonces agachó la cabeza y miró dentro del escondite.

—¡El dado no está aquí! —balbuceó.

—¿Sabía Boat Pace dónde estaba oculto? —interrogó Doc. Su voz sonora no demostraba excitación; así no podía deducirse por ella lo que sentía en aquellos momentos.

—Sí —admitió Patricia.

—¡Ah! En tal caso pudo quitarle de ahí sin que usted se enterase.

Patricia titubeó. Todavía no tenía conocimiento de la doblez del mestizo.

—En efecto —repuso al cabo,— pero no le creo capaz de hacer tal cosa. Lo más probable es que oyera rondar a alguien por allí fuera, saliese a indagar la causa y le asesinaran.

—Boat Face no ser bueno —observó entonces Tiny, con escasa consideración por su difunto marido—. El no ser mezquino, ser débil, un zorro astuto.

—Le mataron mientras sostenía un conciliábulo secreto con otra persona —afirmó Doc.

—¿Cómo lo sabe? —inquirió Patricia.

—Por las huellas de ambos.

—¡Pues, yo no he visto ninguna!

—Con todo las había —insistió el hombre de bronce—. Lamento tener que arrebatarte tus ilusiones, Pat, pero Boat Pace era un tunante o mucho me engaño.

Patricia asintió con un movimiento pausado de cabeza. Aquel tuteo inesperado sonaba de modo agradable en sus oídos. Además, Doc la había llamado familiarmente “Pat” y esto parecía indicar que la consideraba como a un miembro más de la pandilla, sin contar con los lazos de parentesco que les unían.

—Ignoro quién se ha apoderado del dado —replicó,— pero la situación me parece cada vez más complicada.

Doc Savage hizo ahora un segundo registro de la vivienda y sus inmediaciones, tan minucioso que, por comparación, puede afirmarse que había dedicado al primero una simple ojeada.

De un estuche que llevaba consigo, sacó unos anteojos tan pequeños como unos gemelos de teatro, pero cuyas lentes eran poderosísimas, y las graduó para una corta distancia.

Tenía Doc una vista penetrante, mas con la ayuda de éstos distinguía con claridad asombrosa los detalles más microscópicos del terreno.

En torno de la casilla de botes intensificó la búsqueda. La casilla encerraba, además de la gasolinera, varias canoas. En un rincón Doc distinguió en apretado haz, hachas, sierras y azadones.

Estudió preferentemente un azadón.

—¿Lo has usado hace poco, Pat? —interrogó a miss Savage.

No, estoy bien segura de ello —replicó Patricia.

Doc fue levantando entonces las canoas, y las examinó a fondo. En el suelo de una de ellas descubrió una pequeña huella semicircular, a la cual se adaptaba perfectamente el filo de la azada.

Satisfecho del hallazgo la dejó a un lado. Patricia la tomó en sus manos y la examinó por todos lados. No vió nada.

—¡Pues, señor, no lo entiendo! —exclamó perpleja.

Johnny se le aproximó, quitó de sus anteojos la lente de aumento, e invitó a miss Savage a que examinara, con su ayuda, la herramienta.

—¡Ah! —exclamó la muchacha—. ¡Este azadón se ha empleado recientemente para cavar la arena! En su hoja veo ligeros arañazos que no están mohosos todavía.

Llevando más allá sus observaciones, Doc descubrió un punto desde el cual se había botado al agua la canoa. Era un lugar retirado, frondoso, donde había flotado la embarcación bajo unas ramas colgantes.

En realidad nada movía a sospechar que se hubiera utilizado como punto regular de desembarque. Sin embargo, las señales dejadas en la arena demostraban que la canoa había arribado a ella y la había dejado en numerosas ocasiones.

Todas estas huellas hablan sido hechas por los mocasines de Boat Pace.

También reparó Doc en que la maleza impedía que se viera desde la morada de los Savage el desembarcadero improvisado.

—¡Boat Pace hacía, por lo visto, muchas excursiones! —observó.

Patricia miró a Tiny, sorprendida.

—¿Sabías tú esto? —inquirió.

La “squaw” se encogió de hombros con su impasibilidad característica.

—Mí dormir a pierna suelta; Mi no oír nada —fue su respuesta.

Doc reunió a sus hombres ante la puerta de la «cabaña».

—Vamos a organizarnos. Tengo trabajo para todos —les comunicó.

Estas palabras animaron visiblemente a los cinco. Se habían acostumbrado a considerarse poco menos que inútiles, ya que, por regla general, solía valerse Doc del talento de uno solo en cada aventura.

El primero en recibir órdenes fue nuestro amigo el químico.

—¿Has traído el laboratorio portátil? —Doc llamaba impropiamente «laboratorio» al estudio en que llevaba Monk sus útiles. Pero la pregunta era inútil. Monk no se separaba jamás de él y no obstante la aparente escasez de aparatos lograba, por su mediación, grandes cosas. Cuando se hallaba junto a sus retortas, se transformaba en otro Houdini.

—Naturalmente— —replicó.

—Bien, pues comienza tus experimentos por el interior de la casa. Investígalo todo, analízalo todo.

Monk no comprendió muy bien lo que se exigía de él.

—¿Con qué objeto, si puede saberse? —preguntó.

—Con el de hallar una prueba, por pequeña que sea, que nos permita averiguar lo que produjo el sueño misterioso de Tiny, de Boat Face y del tío Alex —explicó Doc.

—¡Ahora te entiendo!

—Renny: ¿sabrás dar con nuestro aeroplano? —siguió diciendo el hombre de bronce.

Renny dijo, señalando con la mano hacia el interior del bosque:

—¡Ya lo creo! Recuerdo perfectamente por donde hemos venido.

—¿Llevas en el equipaje una cámara fotográfica que te permita tomar vistas de la comarca para levantar un plano?

—Si te es igual, llevo una lente a propósito para el caso, que puede adaptarse a cualquier máquina. —repuso Renny.

—O. K —dijo Doc—. Pues saca unas cuantas fotos de las inmediaciones de esta casa. Recorre unos kilómetros de la comarca hacia el interior y baja luego por la costa. Toma una serie de fotos desde una elevación de quinientos pies; y las otras desde mayor altura, cuando llegues a una milla, o cosa así, del suelo.

—¡Perfectamente! —aprobó Renny con su voz retumbante.

El bello rostro de Patricia había asumido una franca expresión de incredulidad.

—¡No es posible —exclamó—, que puedan tomar fotografías con esta niebla!

—Si, Pat. Para ello nos servimos de cámaras fotográficas capaces de captar la infraluz o ultraluz —explicó Doc—. Y sabido es que ni bruma, ni niebla impiden el paso de sus rayos.

Una vez recogida su impedimenta, Renny se puso en marcha. Era un gigante y, no obstante, parecía mucho más pequeño a causa del tamaño increíble de sus manos.

Ahora les llegó a Long Tom y Johnny la hora de recibir órdenes de Doc.

—Ambos trabajáis en lo mismo, sólo que valiéndoos de métodos diferentes —comenzó a decir—. Long Tom: a ti te encargo de hacer pruebas, mediante ondas eléctricas, que nos ayuden a determinar la posible presencia de petróleo o depósitos de mineral bajo tierra. Johnny se encargará de inspeccionar los crestones, por si se halla en ellos algo de valor. Comprenderéis que mi intención es averiguar qué es lo que anda buscando esa pandilla de forajidos, ¿no es eso?

—Sí, Doc.

Los dos hombres no perdieron más tiempo y pusieron manos a la obra. Pocos hombres habrá que conozcan tan a fondo como Johnny la constitución de la corteza terrestre y si había filones a flor de tierra él los encontraría valiéndose de su lente de aumento.

El invento eléctrico de Long Tom era muy ingenioso y aplicable a todos los trabajos científicos de investigación de los terrenos petrolíferos y similares.

Consistía en un aparato emisor de ondas sonoro —eléctricas, cuya reacción, una vez habían penetrado el subsuelo, descubría la composición de éste y cualquier anomalía que presentara.

—¿Y yo? ¿Qué hago? —preguntó Ham.

—Tú custodiarás a miss Patricia.

Una franca sonrisa distendió el agradable rostro de Ham.

Monk, en cambio, al oír la orden, exhaló un prolongado gemido. Sobre todas las cosas le disgustaba ver disfrutar a Ham de la compañía de una mujer atractiva.

Pesaroso, dio, pues, media vuelta y se fue a preparar sus utensilios de química para el experimento.