CAPÍTULO IV
—¡LA ventana!... ¡Está abierta!... —balbuceó, poco gramaticalmente por cierto, el forzudo Renny.
—Asómate y echa una ojeada al exterior —le aconsejó Doc—. Sea quien quiera la persona que ha hecho esto, ha tenido por fuerza que apearse al acortar el tren la marcha.
Él estaba ya inclinado sobre los dos cuerpos inertes. Las ligaduras que les oprimían eran fuertes, sin embargo cedieron a la férrea presión de las manos del joven.
Cogiendo con una mano la muñeca de la muchacha y con la otra la del viejo, tomó el pulso a los dos.
Todavía alentaban; su pulso era fuerte, la respiración honda.
—Hace unos instantes solamente que han sido atados —explicó Doc—. Su atacante ha debido escapar por la ventana.
—¡Pues yo no veo a nadie! —gritó Renny, con la cabeza fuera de la ventanilla.
—Habrá tenido tiempo de ocultarse.
—Eso es— Renny fijó la vista en el espacio —. ¡Por el Toro sagrado! ¿Será un presagio? —exclamó.
—¿Qué ves?
—¡Un aeroplano!... Vuela sobre nosotros... Es negro... Parece un ave de rapiña... —explicó Renny, conforme lo iba observando.
Doc se acercó a la ventanilla. Sus ojos perspicaces repararon en algo que había pasado inadvertido para Renny.
—¡Hola! —observó—. No lleva número de matricula.
—Es particular —Renny lanzó un silbido suave y prolongado—. Todos lo llevan. Esto es extraordinario, sobre todo en relación con lo que está sucediendo, ¿eh?
Mientras hablaba, el ave metálica viró hacia el Oeste y pronto se perdió de vista. Doc abrió la espita del lavabo, tomó un poco de agua fría en la palma de la mano y con ella roció los rostros del señor Oveja y de la bella Cere.
Después aguardó en silencio, mas ni uno ni otra se movieron.
—¡Ya debían salir de su desmayo! —murmuró, ligeramente asombrado.
Les volvió a tomar el pulso, les aplicó un oído al pecho y por espacio de un segundo sonó en el coche el sonido fantástico que ya conocemos.
Suavemente recorrió la escala musical y después cesó bruscamente.
Volviéndose a Renny, dijo:
—Por lo visto, además de querer ahogarles, les han dado una dosis de la misma medicina que a nuestros amigos. Su estado es muy singular.
Renny contemplaba fijamente la puerta. Su cara larga, puritana, se había revestido de una expresión de asombro muy marcado.
—Si —musitó—. ¡Mira, Doc!
Y con la mano le mostraba la destrozado hoja de la puerta por su cara interna.
Esa hoja metálica ostentaba una mancha borrosa, especie de tiznón polvoriento, que imitaba la cabeza de un lobo con horribles rasgos humanos.
—Ya lo había visto —dijo, lacónicamente, Doc.
—¡Ah! —Renny se quedó perplejo. El no había visto que su amigo demostrara sorpresa alguna. ¿Cuándo había hecho aquel descubrimiento?
—Es igual que la de la otra puerta —siguió diciendo Doc. Se acercó a la odiosa marca; sus ojos la midieron, y añadió:
—Eso es: exacta.
Renny hizo un gesto de aprobación. El no hubiera podido decir con tanto aplomo que esa marca era igual a la otra, pero sabía que Doc Savage podía apreciar sus relativos tamaños a simple vista sin equivocarse apenas una fracción de pulgada.
—Pero, esta muchacha iba acompañada por dos individuos —observó—. ¿Dónde está el otro?
Dando un estirón, de veras desagradable, reanudó el tren la marcha.
—Primero reanimemos a este hombre y a esta muchacha —declaró Doc—, y después buscaremos al otro.
—¡Si; atrapemos a ese mastuerzo! —dijo Renny, en voz alta.
En aquel mismo instante gritó una voz chillona fuera del departamento:
—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Quieren asesinarme!
Doc y Renny se plantaron de un salto en el umbral de la puerta. Creían que iba a ofrecerse a su vista un espectáculo sangriento o, por lo menos, la lucha entre dos hombres, pero les aguardaba una sorpresa.
De pie, en mitad del pasillo, hallábase el individuo moreno de la cara afeminada, señalándoles con el dedo.
—¿Oye usted? —chilló, con toda la fuerza de sus pulmones—. Han dicho que me atraparán, ¿sabe? Pretenden quitarme de en medio.
Detrás de él estaba Wilkie, el jefe de tren.
—Vamos, caballero. Aquí debe haber una equivocación —decía con acento conciliador.
—¡Nada de eso! —protestó el moreno desconocido—. Corra y vea si han matado ya al señor y a la señorita Oveja.
Wilkie avanzó, murmurando en son de excusa:
—No sé a qué viene todo esto.
El hombre moreno chilló:
—¡Yo sí lo sé! ¡Ese hombre de bronce trata de asesinarme y de asesinar a mis amigos!
Se aproximó a la puerta del departamento y asomó la cabeza:
—¡Pero eso es terrible! ¡Es terrible! ¿Qué le decía yo a usted? ¡Son unos criminales!
Renny le mostró los puños.
—¡Mejor será que te calles, cara bonita! —le advirtió.
El señor Corto Oveja y su hija dieron en ese instante signos de vida. Doc tornó a rociarlos con agua el semblante; se agitaron y, finalmente, abrió los ojos.
El señor Corto Oveja le señaló con un dedo tembloroso:
—¡Prender a este caballero! —exclamó, con voz débil todavía—. ¡Él es quien nos ha atacado!
Renny estaba habituado a ver a Doc dominar sus emociones. Con todo, al observarle entonces, se maravilló. Ni con el más leve gesto o actitud demostraba que le ocurriera algo nunca visto ni oído.
—Se equivoca usted —dijo al señor Corto Oveja.
—¡Es verdad lo que afirmo! —chilló el anciano caballero.
—¡Sí, sí! —su encantadora hija le hizo eco—, ese hombre es uno de nuestros asaltantes. Mientras mi padre y yo permanecíamos sentados tranquilamente en este departamento nos invadió un sopor particular y antes de perder el conocimiento totalmente entraron unos hombres y nos echaron unas correas al cuello. Uno de ellos se dirigió al otro, llamándoles Sr. Savage.
—¿Señor Savage? —inquirió Doc, encarándosele.
La muchacha cerró los ojos. Reflexionaba.
—Sí; empleó ese tratamiento: "Señor" —dijo, al fin.
Doc miró a Renny. El ingeniero tenía clavada la vista en las correas de cuero que habían estado a punto de asfixiar al señor y a la señorita Oveja. A juzgar por la expresión sombría de su semblante cualquiera diría que tenía delante un par de serpientes venenosas.
—Creí que las habías reconocido —díjole con voz apagada—, son parte de las correas de mi equipaje.
El hombre de la cara afeminada exclamó, en son de triunfo:
—¡Bueno! El hecho prueba, sin ningún género de duda, que Savage ha intentado cometer un crimen. ¡Jefe, deténgale usted!
Wilkie se sostuvo sobre un pie, luego sobre otros. Gruesas gotas de sudor brotaban de su amplia frente e hizo un gesto de espanto.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó al promotor de aquel escándalo.
—Me llaman el Rábanos —replicó prontamente el interrogado.
—Bien, y ¿Cuál es el móvil del crimen? —torno a interrogarle Wilkie—. ¿Por qué cree usted que ha tratado de matarle este caballero?
El Rábanos titubeó. Una extraña expresión animó momentáneamente su mirada.
—Lo ignoro —repuso.
Wilkie frunció el ceño.
—¿Ha creído antes de ahora que peligraba su vida?
—Si —confesó el Rábanos, con visible repugnancia.
—¿Qué le ha movido a sospecharlo?
El Rábanos replicó, airadamente:
—¡Ante todo detenga usted a ese hombre, entréguele a la policía y ante ella explicaré lo que hace el caso!
Wilkie dirigió a Doc la mirada.
—No quisiera detenerle, mister Savage, me veo precisado —declaró—, aquí pasa algo realmente extraordinario y espeluznante y no me sorprendería que guardara relación con la muerte del pobre muchacho es...
—¿Eh? ¿Qué?
—... del telegrafista que me confió el parte para usted.
Por segunda vez, durante la tarde, acogió Doc sin inmutarse una noticia sensacional. No es que fuera insensible. Simplemente hallábase habituado a dominar sus nervios de tal suerte que éstos se conducían conforme el deseado.
—¿Le han asesinado? —interrogó.
—Según los informes obtenidos por mí en la pasada estación, no, señor —replicó Wilkie—. El trabajador de la vía que ha descubierto su cadáver opina que se trata de un suicidio. No lo creo, conocía bien al muchacho y sé que no era capaz de quitarse la vida.
La mano de Doc trazó en el aire un amplio semicírculo que abarcó al señor Oveja, a la bella Cere y al Rábanos.
—Bien, pues ahora que expliquen estos señores la causa del pavor que les infundo —suplicó.
Por toda respuesta recibió del trío una mirada unánime de odio. La menos enconada fue la de Cere. Por su expresión se adivinaba que lamentaba tener que considerar como a un enemigo al hombre de bronce.
—Me parece que no va a sacar nada en claro de estas gentes —murmuró Wilkie.
Doc Savage tuvo un momento impetuoso. Giró sobre sus talones, se acercó a la puerta y la cerró, de modo que quedaba visible la cara interna de la misma.
—¿No? —su poderosa voz resonó en los ámbitos del coche—. ¡Pues entonces que me expliquen la presencia aquí de esto otro! —y señaló el dibujo.
A su vista, la bella Cere abrió las pupilas y su boca exhaló un grito de horror y desaliento. Bruscamente ocultó el rostro entre las manos. El Rábanos y el señor Oveja reaccionaron de modo idéntico. Se les dilató la mirada y, atontados, no apartaba la vista del dibujo.
—¡Esa es la marca del hombre lobo! —balbuceó el segundo.
—¿Qué significan? —preguntó Doc.
Cere prorrumpió en una carcajada histérica.
—¿Nos lo pregunta? —exclamó—. ¡Demasiado lo sabe!
—Ustedes se han formado de mi una idea equivocada —observó Doc,— pero, créanme, lo que sucede me parece tan misterioso como ustedes.
—¡Qué! —dijo el Rábanos, en un tono sarcástico—. ¿No le ha enterado el tío Alex de sus planes?
—¿Se halla mi tío mezclado en esto? —inquirió secamente Doc Savage.
—"Mezclado" es un vocablo muy moderado para expresar su actuación en el asunto —repuso el Rábanos.
Sin tomarse el trabajo de contestarle, Doc se volvió a Wilkie.
—Un miembro de la banda de malhechores que ha asaltado este coche —le informó—, se ha dirigido a otro miembro llamándole "señor Savage".
Evidentemente, se trataba de comprometerme. Más, han cometido una torpeza al emplear un tratamiento español. Si mal no recuerdo, dijo usted antes que en el tren iban varios hombres morenos...
—Si, señor —respondió Wilkie—, voy a buscarles. Enseguida vuelvo.
Y el enanillo jefe de tren se apresuró a salir del coche.
Entretanto Doc fue a hacer una visita a sus cuatro amigos, víctimas de un sopor extraño y peligroso. Sus compañeros le dejaron hacer. En realidad no había peligro de que saltara de un tren en marcha que, además, corría con redoblada celeridad en aquellos momentos.
Al entrar en el coche —salón, Monk y Ham se medían con la vista.
—Bueno, ¡esto marcha! —pensó Doc—. Ya tenemos frente a frente a los dos antagonistas.
También Long Tom y Johnny parecían estar más contentos y animados.
—Pasan rápidamente los efectos del narcótico que se nos ha administrado, no sé cómo —le explicó el flaco Johnny, limpiando los cristales de sus lentes—. ¿Qué hay de nuevo, Doc?
—Poca cosa. Estamos metidos en un lío de mil demonios.
En lugar de ponerse tristes o melancólicos con la noticia, los cuatro hombres se sonrieron. Eran así. Entre emociones y peligros se hallaban como pez en el agua.
Sin pérdida de tiempo les contó Doc lo sucedido al penetrar en el reservado destinado a los señores Oveja y concluyeron con la melancólica observación:
—Me toman por un malhechor.
—¿Y qué opinas tú? ¿Lo creen en realidad o lo fingen? —le interrogó Monk, rascándole las orejas a Habeas Corpus, su favorito.
—Aún he de averiguarlo —replicó su jefe.
Puntualizó la frase un gemido de la locomotora, que no otra cosa parecía su silbido al ser ahogado por el ruidoso avance de los coches.
Doc corrió a la ventanilla y miró al exterior.
—¡Bah! No era nada de particular. Acababan de cruzar una carretera. Por ello había sonado el pito.
Un mozo pasó corriendo por delante de la puerta del coche gritando, aterrorizado:
—¡Auxilio! ¡Auxilio!
Doc le cogió por el cuello.
—¿Qué sucede?
—¡Le han herido!
—¡Lléveme a su lado! —le ordenó Doc.
Wilkie yacía en el suelo del lavabo de un coche Pullman, tendido sobre un lecho de sangre que había manado de su cuerpo. Le habían asestado en el pecho repetidas puñaladas.
Doc Savage poseía conocimientos diversos pero, sobre todo, sobresalía en lo médico —quirúrgico. Una simple ojeada le convenció de la muerte de Wilkie.
—¿Quién ha presenciado lo que ha sucedido aquí? —preguntó.
—Que yo sepa, nadie, señor —repuso el negro.
De pronto Doc quedó inmóvil, de tal suerte que hubiera podido tomársele por una estatua del metal cuyo nombre llevaba.
En la puerta del lavabo, repugnante, odiosa, campeaba la cabeza del hombre —lobo. ¡La marca de la muerte!
Doc se quedó tan quieto que ni parecía alentar. Un monstruo invisible que originaba la muerte y un horror sin nombre alargaba lentamente sus tentáculos en torno suyo. ¿Por qué? Esto era lo que ignoraba. Lo desconocía totalmente.
Desde luego, lo que hubiera en el fondo de todo aquello era algo relacionado estrechamente con el tío Alex... o quizá con su heredera, la prima Patricia.
Sus ojos dorados vagaron, abstraídos de Norte a Oeste. En aquella dirección hallábase precisamente enclavada la propiedad del tío y muy posiblemente, hallaría allí también la explicación del misterio.