CAPÍTULO VIII

EL HOMBRE DEL SOMBRERO BLANCO

LA ametralladora cesó entonces de vomitar fuego como había comenzado y los últimos cartuchos vacíos que saltaron de su mecanismo expulsor retiñeron con sonido de latón sobre las piedras.

Tal era el silencio reinante que se oyó la carrera de un conejo enloquecido por los disparos. Mas este ruido se extinguió también.

—Bueno —dijo, en español, una voz sibilante—. Esto, amigos, zanja la cuestión.

—Sí, sí —aprobó otra voz, apenas perceptible.

Tras de las voces sonaron pasos lentos, amortiguados, y cuatro hombres (a juzgar por sus movimientos) avanzaron en dirección a la vía.

—A ver: dame un fósforo —pidió uno de ellos.

Se oyó el vaivén de los fósforos dentro de la caja, el abrirse de ésta y el rascar de la cerilla... que no llegó a encenderse. Alguien había lanzado un grito aterrador en la oscuridad.

Un alarido tal que no parecía sino que una mano invisible asida al corazón de quien lo conocía le estuviera destrozando, implacable. El lúgubre chillido acabó en un sollozo, suave como agua que se derrama de un tonel.

—¿Qué es eso? —aulló uno de los tres asaltantes de Doc. Y como era un valiente corrió con sus dos compañeros en ayuda del cuarto.

No tardó mucho tiempo en saber por si mismo de lo que se trataba. Algo —no veía lo que era— le aplastaba la carne contra el hueso en irresistible presión, le asía por el brazo izquierdo hasta dejarle insensible de puro dolor.

No se dio cuenta de que era una cuerda gruesa la que había pasado por el miembro lastimado y, no obstante, mediante su ayuda, fue izado bruscamente del suelo y lanzado muy lejos, a un lado de la vía férrea.

Mientras caía violentamente sobre piedras y maleza, el hombre se preguntaba si sería posible que una mano humana le hubiera asido en acuella forma. ¿Quién sabe? Tal vez pertenecería a un coloso.

Pero se equivocaba.

Los otros dos hombres se dieron cuenta de la verdad, pues sus manos temblorosas y sus puños eficaces encontraron un cuerpo evidentemente material.

—¡Toma! —exclamó uno de ellos—. ¡Si es el hombre de bronce!... No le hemos dado.

Naturalmente, al ver caer a Doc mientras hacían fuego sobre él, los cuatro hombres habían supuesto que estaba muerto. En realidad su optimismo era exagerado, pues ignoraban la cegadora rapidez de movimientos que caracterizaba al hombre de bronce.

Doc se había dado cuenta del peligro que corría por el clic apagado con que se alzara el seguro del arma de fuego e, instantáneamente, se había dejado caer al suelo. Así y todo los disparos pasaron tan cerca de él que aún le zumbaban los oídos.

Uno de sus presuntos asesinos probó valerse de la ametralladora. EL arma vomitó su cargó con estruendo ensordecedor. Las balas levantaron una nube de polvo.

Doc se apoderó del arma, tiró de ella y consiguió hacerla enmudecer antes de que le ocasionara daño alguno.

Entonces hubo un nuevo acontecimiento. De los alrededores de la vía, no lejos de ella; surgió ruido de gentes que se acercaban corriendo.

¡Llegaban refuerzos!

Doc aplicó el oído. ¿Serían sus hombres?

No, no eran ellos. Se lo dijo una exclamación gutural en español.

Blancos destellos, haces de rayos cegadores saltaron de las manos de los recién llegados. Su resplandor dio de lleno en la figura de Doc e instantáneamente alguien hizo fuego sobre él.

De no haber ladeado el cuerpo bruscamente, la bala hubiera dado fin a la carrera de Doc, tal era la puntería del que le había disparado.

Doc había estado expuesto muchas veces a peligros sin cuento y la muerte le había rozado con sus alas. Más de cuatro habían intentado acabar con su vida por medios violentos.

Matar en defensa propia se le hacia imperativo con frecuencia. Sin embargo, jamás lo hizo.

Los enemigos del hombre de bronce eran implacables. Así y todo, perecían muchas veces, pero siempre porque caían en la trampa que ellos mismos habían preparado, Doc jamás les arrancaba la vida con sus propias manos.

Aún tenía en ellas el arma en que se había apoderado y pudo disparar sobre los enemigos que se aproximaban. Con toda probabilidad les hubiera tumbado, ya que no eran más que dos.

Mas a causa de la oscuridad, sabía que tendría que matarles, no herirles meramente, y no quiso hacerlo.

Echándose a un lado, de un salto increíblemente largo, esquivó, por lo menos de momento, el resplandor de las lámparas de bolsillo y huyó, agachado, de la proximidad de la vía.

El terreno que rodeaba a ésta había sido nivelado. Las piedras que lo esmaltaban Y la maleza que crecía en él era muy raquítica para ocultar a un hombre, como no se tendiera y procurara aplastarse contra el suelo. Por esta razón Doc se vió obligado a cubrir unos cincuenta metros antes de poder hallar un escondrijo adecuado.

Durante su carrera le descubrieron por dos veces los haces luminosos de las lámparas y por dos veces tronaron ruidosamente los revólveres. Una bala le chamuscó la chaqueta entre los dos hombros, respetándole, empero, la piel.

Tuvo que confesarse que los tiradores tenían excelente puntería dado lo vertiginoso de su avance.

Por fin logró acogerse a la sombra de un peñasco y aguardó.

Sus perseguidores dispararon todavía, unos tiros al azar, mas no deseaban lanzarse tras él, ya que se detuvieron junto a los cuatro compañeros a quienes acabaran de rescatar de sus manos y les ayudaron a ponerse en pie.

Después todos a una, emprendieron una fuga vergonzosa.

Doc echó a andar en su persecución, pero lentamente, pues de vez en cuando se volvían a hacer fuego sobre él. De momento no hizo esfuerzo alguno por alcanzarles, ya que lo juzgaba peligroso.

Al hallarse en terreno accidentado, apretó el paso.

Allí el chirrido herrumbroso de unos alambres le movió a sospechar que los hombres saltaban una cerca, como en efecto, así era, y corrió decididamente.

El motor de un automóvil zumbaba con súbita energía. Sus faros deslumbraron a Doc, pasaron sobre él y se extinguieron.

Al otro lado de la cerca se extendía polvoriento, un camino amplío y bien nivelado. Por él se alejaba el coche velozmente. Doc se detuvo a mirarle.

Como llevaba apagada la luz, no pudo distinguir su número de matrícula.

En cambio, se vio precisado a salirse, de un salto del camino, pues desde el coche saludaban su aparición con una lluvia de balas.

Regresando al lugar de la refriega, encendió la Lot y procedió a inspeccionar el terreno. En él había huellas numerosas que el ojo experto de Doc midió, por si convenía identificarlas más adelante, y asimismo recogió varios cartuchos vacíos de revólver.

Junto a un arbusto enano halló el tesoro más preciado en aquellos momentos: un sombrero, ancho, de jipi, extremadamente blanco y de alta copa. En el interior de ésta, grabado en letras de oro, sobre la banda circular, había un nombre: Oveja.

Debido a la oscuridad no había vislumbrado Doc las facciones de sus asaltantes. No hay que olvidar que los cuatro primeros estaban tendidos en el suelo cuando aparecieron sus dos compañeros, lámpara en mano.

De haberse hallado en pie, Doc les hubiera visto la cara.

A tiempo recordó el mensaje escrito mediante un clarión especial sobre el vaso de cristal, que le había dejado uno de sus cinco camaradas. El señor Oveja —decía— llevaba puesto un gran sombrero blanco, de jipi. Y era él quien había leído asimismo el telegrama en que Doc pedía el concurso de la Policía Montada para prender al asesino de Wilkie.

Encendió la lámpara proyectora de rayos ultravioleta y reanudó lo que estaba haciendo cuando le sorprendieron sus asaltantes.

Esto es: la búsqueda de las flechas indicadoras dejadas en el camino por sus camaradas. Estas se destacaban, de trecho en trecho, resplandecientes de fantástica luz azulada. Gradualmente se alejaron de la vía férrea y ascendieron por una colina.

AL llegar a la opuesta pendiente Doc distinguió unos puntos luminosos alineados ordenadamente como farolillos pendientes de un alambre. Eran las luces de la villa, que el tren hubiera dejado atrás de no haberse detenido tan súbitamente. Poseía unos miles de almas; por consiguiente, no era una gran ciudad.

Doc Savage echó pendiente abajo, siempre en pos de las flechas fosforescentes. Llegó al pie de la colina y allí halló que volvían a correr paralelas a la vía.

Cuando el rastro que seguía le condujo a una pequeña hondonada se sirvió de su Lot, pues daba una luz nívea y clara como la del magnesio.

El suelo arenoso de la quebrada estaba cubierto de huellas de pasos. Una persona poco competente hubiera dicho que eran todas iguales. El rastreador experimentado hubiera conocido por su profundidad que dos eran de hombre, una, de mujer.

Desde luego Doc Savage leyó en el suelo hollado como en un libro abierto.

Ante todo buscó las impresiones de los pies de sus hombres, cuyas peculiaridades conocía al dedillo, desde las hondas huellas gigantescas dejadas por Monk y Renny (los Sansones de la pandilla), hasta las claras y precisas de Ham, sólo levemente irregulares cuando blandía el estoque.

Separadas éstas, quedaron seis huellas por identificar: cuatro de hombre (una por cada pie) y dos de mujer. Estas últimas muy femeninas, por cierto, se distinguían por el tacón, fino y elevado.

El rastro torció bruscamente al llegar a los barrios extremos de la villa, y los rodeó, al parecer.

Doc la estudió atentamente. A juzgar por su extensión, parecía suficientemente importante para tener una central de telégrafos, cosa que no sucedía en los pueblos donde se cursaban los telegramas en la estación.

Abandonó la pista y penetró, a paso apresurado, por una de las vías principales. Su paso hubiera cansado al corredor más entrenado, pero aun después de haber recorrido varias manzanas de casas, su respiración era poco más anhelante que en un principio.

Sus músculos estaban entrenados por el ejercicio diario, de modo que soportaban las grandes fatigas como si fueran de hierro.

La central de telégrafos se hallaba resguardada por la fachada de ladrillo de un hotel, brillantemente iluminada hallábase al cuidado de un individuo pecoso, extremadamente alto, cuyos cabellos se levantaban en la coronilla, prestándole extraño parecido con el peinado de un habitante de las islas Fiji.

—¿Me permite examinar los telegramas llegados esta tarde? —le preguntó Doc.

El joven replicó prontamente:

—No, señor; eso es opuesto al reglamento.

Doc sacó la cartera. En ella llevaba tarjetas diversas. Escogió una, de cartulina muy fina, y se la mostró al telegrafista.

—Vea, ¿qué dice usted ahora?

El joven la miró y dejó escapar un silbido de admiración.

La tarjeta estaba firmada por el jefe superior de Telégrafos y en ella se pedía a sus empleados que prestaran ayuda al hombre de bronce, fuera de la naturaleza que fuera y aun a costa de posibles consecuencias.

Pasando al otro lado del mostrador examinó Doc las copias sacadas con papel carbón de los últimos partes de la tarde. Entre ellas halló copia del mensaje despachado por él desde el tren con destino a la Policía Montada y la petición de arresto del señor Oveja, pero, sin duda alguna, la más importante era una firmada sencillamente: «Juan Smith» y dirigida a nombre de «Pedro Smith».

A primera vista su contenido le pareció bastante inteligible, algo así como pésima poesía.

«El caballo de hierro vió huir, correr, la ciudad Y muy deprisa. Punto. Hombre, OH, hombre, cerca está el motor de gasolina.»

Doc estudió las frases incomprensibles, hasta que, de pronto, se aclaró su significado. En realidad, no era muy difícil de adivinar. Juan advertía a Pedro que iba a abandonar el tren —quizá poco antes de llegar a la villa— y que le tuvieran preparado un automóvil.

En cuanto al apellido Smith, sería probablemente falso.

—¿Recuerda el aspecto de la persona que recogió este despacho? —preguntó al joven de las pecas.

—¡Ya lo creo! —repuso in continenti el telegrafista—. Vinieron por él dos hombres. Recuerdo el hecho porque me llamó la atención la forma en que está redactado.

—Descríbamelos —le rogó Doc.

—Que ambos eran bajos de estatura, de tez morena y llevaban zahones muy grasientos. Del bolsillo del pantalón de uno de ellos vi salir el trozo de cuero de un casco de aviador.

—¡Hola! Conque aviadores y desde luego forasteros, ¿eh?

—Sí, señor. —El telegrafista comenzaba a perder la calma—. ¡Diantre! ¿Conque usted es Doc Savage, el mismo Doc Savage de quien tanto he oído hablar, a quien llaman «el hombre misterioso» y cuya historia publican todas las revistas? ¿No fue usted quien, recién llegado a la Arabia, embarcó en un submarino y siguió bajo el desierto un río subterráneo cuya corriente...?

—Voy a utilizar el aparato —manifestó Doc, interrumpiéndole. No obstante la impasibilidad de su rostro, hallábase un poquitín azorado, como siempre que se le hacía objeto de admiración.

Pero antes tornó a leer el telegrama. Había sido puesto en un apeadero sin importancia, distante unos cuarenta kilómetros.

Doc abrió la comunicación.

Un momento después se ponía al habla con el apeadero. Entonces describió la misiva que le interesaba.

—Ese despacho me fue arrojado desde el rápido —le notificó la voz lejana del telegrafista—. No vi por quién.

—¿Estaba escrito a mano? —interrogó Savage.

—No, señor; a máquina.

Doc cerró el circuito. Puesto que el despacho había sido escrito a máquina, no cabía pensar en seguirle la pista al autor.

El joven pecoso del cabello rizado le dejaba hacer, con la boca abierta.

Había seguido con la vista la conversación sostenida recientemente y opinaba que jamás se le había ofrecido ocasión de asistir a diálogo tan rápido y perfecto por el sistema Morse. Tan veloz había sido como si se hubiera servido el hombre de bronce de un «Cug» o rápido manipulador automático.

Al joven pecoso le parecía aquello increíble.

Dejando la central telegráfica y a su aturdido encargado. Doc reanudó la comenzada tarea de seguir el rastro luminoso dejado, mediante las flechas indicadoras, por sus amigos. Él había salvado, a la carrera, la distancia que mediaba entre telégrafos y la última flecha descubierta.

Mientras seguía ahora la pista, continuó corriendo.

Su carrera le condujo en torno del poblado.

Un perro de presa que divisó al hombre de bronce, comenzó a gruñir, con aire amenazador.

—¡Silencio, amigo! —le ordenó Doc.

La calma cariñosa que respiraba su acento produjo marcada impresión sobre el can, que comenzó a agitar el rabo. Doc se vió obligado a lanzar una piedra cerca de él para evitar que le siguiera, lleno de súbito afecto.

Este era otro ejemplo de las cosas notables que podía hacer su voz sonora.

Inesperadamente tropezó con Monk. El químico hallábase tendido en el suelo y, muy pegado a él, con toda comodidad, estaba Habeas Corpus.

—¡Manos arriba! —gruñó Monk—. ¡Más arriba; a ver si agarras una nube! ¡No! —había reconocido a Doc.

—¡Muérdele, cerdo! —ordenó este último al animal.

Habeas Corpus se enderezó al momento y pegó en el aire una furiosa dentellada. Monk le hurtó el cuerpo.

Con no flojo disgusto por su parte, alguien había enseñado al marrano a morder, a la orden, a la persona que tuviera más cerca y, por regla general, aquélla era su amo. Monk sospechaba de Ham. ¡Cómo era tan trapacero!...

—¿Dónde está el resto de la tropa? —preguntóle Savage.

—Allá, vigilando aquella propiedad —dijo Monk, alzando un brazo y señalando a la oscuridad.

Doc aguzó la vista, descubriendo un edificio semejante a una gran caja de sombreros.

—¡Hola! ¡Un hangar!

—Eso es. Por ahí hay un pequeño campo de aviación. Dentro del hangar se hallan el señor Oveja, la señorita Cere y el Rábanos.

—¿Estás seguro de que es el propio señor Oveja? —interrogó con viveza Doc.

—¡Tú lo dices! Le seguimos la pista desde que se apearon del tren y no puede haberse escurrido.

—¿Lleva un sombrero blanco de jipi? —volvió a interrogar Doc.

La voz de Monk llegó apagada a sus oídos:

—Lo arrojó lejos de sí en cuanto hubo saltado a tierra.

—¿Qué le movió a hacer eso?

—No lo sé; pero, creo haber oído decir al Rábanos que lo hacia destacarse en la obscuridad, a causa de su excesiva blancura.

Doc enteró a Monk del ataque de que había sido objeto mientras les seguía la pista.

—Mis cuatro primeros asaltantes —observó después—, sin duda se apearon del rápido, lo mismo que yo; los otros dos son aviadores que les aguardaban con un coche en las inmediaciones de la vía.

Monk mostró su conformidad con un gruñido.

—Bien —decía Renny—, cuando íbamos en el tren —observó,— que nos seguía un monoplano pintado de negro. Esto fue poco antes de oscurecer.

—Precisamente. Y sus ocupantes son los mismos individuos que han venido esta tarde a telégrafos en busca de un telegrama.

—¡Es chocante! Estás siendo vigilado por el señor Oveja, su hija Cere y el Rábanos; en su busca va una cuadrilla misteriosa... que te incluye en su animosidad...

—Y la causa de todo esto es un profundo misterio, indescifrable..., al menos por ahora —concluyó Savage—. Bueno, sorprendamos a las personas encerradas ahí, en el hangar y veremos lo que se puede sacar de ellas.

Como si la decisión de Doc hubiera llegado instantáneamente al conocimiento de las tres personas aludidas, salió entonces del hangar un potente ruido.

—¡Caramba! ¡Es el motor de un aeroplano! —chilló Monk; y emprendió una carrera veloz.

En pos de él se fue el cerdo, saltando y gruñendo.

Doc les imitó. Lo mismo él que Monk oyeron descorrerse las puertas metálicas del hangar y de él vieron salir, bamboleándose, un aeroplano. Sus tubos de escape echaban chispas como la boca de un monstruo fabuloso; su zumbido hubiérase confundido con una salva de cañonazos.

En otra ocasión, Doc y sus hombres se hubieran apoderado de los ocupantes del aeroplano, pues no era probable que éstos se hubieran dado cuenta de la presencia en el campo, de sus perseguidores.

De haber venido el viento de frente hubiéranse visto obligados a detenerse delante del hangar, antes de despegar, para que se calentara el motor, mas el viento soplaba en dirección contraria y, por consiguiente, convenía hacerle correr un poco, es decir, por lo visto tal fue el parecer del piloto.

La aeronave pasó rodando velozmente demasiado, incluso para los ligeros pies de Doc, por delante de los dos hombres.

De los extremos de sus alas despidieron las luces de aterrizaje haces de rayos deslumbradores que se extendieron en forma de abanico. Y, una vez alcanzada la linde del campo, al extremo opuesto, patinó y se elevó bruscamente. Era un gran biplano amarillo con cabina para seis pasajeros.