CAPÍTULO XV

LA SITUACIÓN SE COMPLICA

—¡SE fueron! —exclamaba Monk con su voz débil.

—Sí —decía Renny con todo el caudal de la suya—. Ved. Han estado aquí recientemente, como lo indica ese fósforo medio consumido. La cabeza está caliente aún.

En aquellos momentos se hallaban junto a Doc a la entrada del cañón sin salida, que interrumpiera la línea del acantilado. Para aproximarse a él habían adoptado grandes precauciones y, por ello, en el fondo, estaban seguros de no haber sido vistos ni oídos. Con todo, la pandilla había desaparecido.

Doc Savage se detuvo a escuchar. Como la ejercitaba a diario, poseía una finura de oído comparable únicamente a la de un habitante de la selva.

—Esa gente ya no se halla ni siquiera en las inmediaciones de la playa —manifestó en voz alta, en vista de que no percibía nada.

—¿Les habrán avisado de nuestra llegada? —gruñó Renny—. Sí, pero, ¿cómo?

EL resto de la frase se hizo ininteligible para sus compañeros. El ingeniero apretaba los labios.

Dos detonaciones inesperadas que se propagaron rápidamente por el espacio, llegaron hasta ellos. Habían sido casi simultáneas y despertaron mil ecos diversos en el acantilado. Ecos que iban y venían, de roca en roca, semejantes a la tos fantástica de un dragón.

Confundido por la profusión de sonidos, Monk inquirió:

—¿De dónde habrán salido esos tiros?

—¡Del campamento de los Oveja! —replicó Doc sin titubear.

Los tres prestaron atención. Una calma profunda sucedía a las dos detonaciones.

—¡EA!, Volvamos junto a nuestros compañeros. —decidió el hombre de bronce.

De un salto franqueó el borde del acantilado. AL otro lado descendía casi a plomo la pendiente. Esta ofrecía pocos puntos de apoyo: sin embargo, Doc no pareció preocuparse por ello. El peligro de una caída no atenuó la velocidad de su marcha.

Monk y Renny descendieron, paso a paso, previo tanteo del terreno, en forma que, al llegar al pie del acantilado, su jefe se hallaba a cierta distancia de ellos.

AL llegar, poco después, al campamento, tuvieron una sorpresa. Esperaban hallar en él señales de violencia. Sin embargo, nada indicaba que hubiera ocurrido allí un suceso extraordinario.

El señor Oveja, la señorita Oveja y el Rábanos continuaban de pie, en mitad del claro iluminada por la luz de la luna. Cerca de ellos estaban Long Tom y Johnny; Doc Savage a un lado.

Habeas Corpus galopaba por el claro, describiendo en torno suyo pequeños círculos. Más que nunca, recordaba a un perro, por sus movimientos.

Monk se quedó mirando a su favorito.

—¿De dónde ha salido este animal? —fue lo primero que se le ocurrió preguntar.

—Del bosquecillo —explicó Savage— Johnny creyó que era un intruso y disparó un par de tiros al aire; los mismos que acabamos de oír.

—Yo juraría que se lo había llevado miss Patricia —dijo, perplejo, Monk—. Sin duda le ha espantado Ham. Siente por él gran antipatía y ¡cómo es tan bromista!...

—Pues yo creo, por el contrario, que ha rectificado un poco su opinión cobre el cerdo.

Monk hizo un gesto de asombro.

—¿Qué dices, Doc?

A modo de respuesta, Doc Savage sacó del bolsillo la pequeña lámpara de rayos ultravioleta, la encendió y enfocó con su luz el cuerpo de Habeas Corpus.

En el dorso del cerdo llamearon unas letras azuladas y deslumbrantes, de gran tamaño, irregular a causa de la erizada superficie en que habían sido escritas. A cada movimiento del cerdo se dislocaban. Componían estas tres palabras: «Llega... el... sueño...»

—¡Por el toro sagrado!¿Qué ha querido decir Ham? —murmuró Renny.

—Seguramente nos gasta una de sus bromas —gruñó Monk a su vez.

Doc emprendía el camino de la cabaña.

—No es una broma —gritó a sus compañeros por encima del hombro—. Tú quédate, Long Tom y vigila bien a nuestros presos.

El mago de la electricidad le tranquilizó con una seña, y volvió junto a la mujer y los dos hombres.

Sus camaradas corrieron detrás de Doc, hacia la morada de los Savage.

En el interior de ésta reinaba un profundo silencio que trascendía al exterior, convirtiéndola en una casa muerta, en algo semejante a una tumba de troncos que se hubiera erigido frente a la pequeña playa de la ensenada.

La brisa nocturna no agitaba suavemente, como de costumbre, las hojas del arbolado que la rodeaba. En la playa, pequeñas olas lamían perezosamente sus pies. La casta Diana disparaba sus dardos fulgurantes sobre el mar.

Doc Savage fue el primero en llegar a su puerta. Renny, Monk y Johnny se habían quedado rezagados, para no borrar con la sucia suela de sus zapatos, posibles huellas valiosas.

Valiéndose de su potente lámpara de bolsillo, Doc hizo un examen superficial de la casa. Mas, si esperaba hallar en ella señales de violencia, se llevó chasco. La vivienda estaba interiormente en el mismo estado en que la dejara al partir.

Solo faltaban de ella Ham, Patricia y la obesa Tiny.

—¡Muchachos! ¡Ya podéis venir! —llamó Doc, una vez efectuada la inspección.

Monk penetró en la vivienda, seguido de Johnny y Renny.

—¡Hombre, qué raro! —comentó, mirando entorno—. No veo que haya habido lucha. Sin embargo, Ham no es capaz de estregarse sin oponer resistencia.

En lugar de contestarle directamente, Doc le indicó un manchón rojo, impreso en la pared de un dormitorio.

—¡Ahí! Esa marca del hombre —lobo! —exclamó Monk.

—Colocada aquí recientemente, no cabe duda, por la misma pandilla que capturó a nuestros amigos —observó Doc—. Su presencia nos explica por qué no ha habido lucha.

—¿Sí? —murmuró Monk, rascándose la cabeza.

—¡Sí, hombre! ¿Recuerdas el sueño singular, de naturaleza incomprensible, hasta ahora, para nosotros? —inquirió Doc—. Pues con él coincide siempre la aparición de esa marca.

Guió a sus amigos a la cocina y le dedicó una ojeada preliminar. Sobre la mesa había alimentos frescos y, en un plato, un sándwich a medio comer.

—Parece ser que nuestros amigos se disponían a cenar cuando les sobrevino la modorra misteriosa. —comentó Renny.

Junto al mordido sándwich había otro plato con mantequilla. Doc se lo entregó a Monk.

—Analiza esto —le ordenó.

—¿Con qué objeto? —quiso saber el químico.

—Con el de ver si descubres la presencia de los siguientes componentes —replicó Doc. Y a continuación citó una serie de substancias químicas de enrevesada nomenclatura, que aturdió visiblemente a Johnny y a Renny.

Ambos habían recibido una sólida instrucción, eran cultísimos, unos sabios, en suma. Mas seria aventurado afirmar que identificaron uno o dos nombres de la serie.

Por el contrario, un gesto de Monk demostró que los conocía perfectamente.

Monk engañaba, su frente baja no parecía encerrar mucho seso. Con todo, era uno de los tres químicos más notables entre los conocidos y su fama se extendía de uno a otro confín de la tierra.

Con el plato de la manteca en la mano salió al pasillo y penetró en la pieza que le servia de laboratorio. Una vez franqueados sus umbrales, cerró la puerta y se entregó con ardor a la tarea de descubrir las substancias químicas nombradas por Doc.

Entretanto, éste había sacado del bolsillo la lámpara de los rayos ultravioleta y examinaba can paciente atención el suelo de la cocina.

Inesperadamente brotó de él un chorro de luz azulada y fulgurante.

Renny hincó la rodilla en tierra y pasó una de sus mangas por el luminoso manchón.

—Es el clarión que utilizamos para nuestra escritura invisible —aclaró—. Ham lo habrá dejado caer y alguien lo ha pisado.

—Hemos sido nosotros seguramente al andar de un lado para otro —repuso Doc—. Tiny, Ham y Patricia se disponían a cenar cuando comenzaron a sentir el sueño misterioso. Entonces Ham consiguió imprimir su aviso sobre el lomo del cerdo y, al dormirse del todo, dejó caer el clarión que tenía en la mano. No me explico de todos modos lo ocurrido.

Fuera sonó una voz estentórea.

—¡Ah, de la cabaña! —gritaba—. No hagáis fuego sobre mí.

Johnny y Renny se situaron de un salto junto a la ventana y asomaron la cabeza; pero no divisaron nada.

Doc apagó la luz. Tinieblas impenetrables, densas, como sólido muro, invadieron al instante el interior de la casa. En torno a ella se iniciaba ya un profundo silencio. La voz había enmudecido y no tornó a dejarse oír.

—¡Pero si es Long Tom! —exclamó Doc de pronto.

—Si que lo es —afirmó Renny, apoyándole—. De todos modos, le ha cambiado algo la voz.

—Si, pero es la suya. ¿Qué le habrá sucedido?

Sin elevarse al parecer, el acento del hombre de bronce adquirió una potencia súbitamente dominante, vibró en el interior de la cocina y penetró entre el arbolado hasta quién sabe dónde.

—¡Vamos, entra, Long Tom! —dijo—. Cuéntanos qué es lo que ocurre.

Fuera sonaron pasos quedos y, en efecto, apareció Long Tom en el umbral de la puerta, pero ¡en qué estado! Su pálido rostro presentaba la señal inequívoca de contusiones, rozaduras y sus ojos ostentaban una sombra violácea producida, evidentemente, por dos puñetazos. Además, le faltaban dos dientes y la ausencia de ellos era lo que ponía una nota sibilante, cómica, en su acento, algo así como el glo, glo, glo indignado de un pavo.

Monk asomó la cabeza desde el pasillo y exclamó:

—¡Oh, qué gracioso está Tom sin dos dientes!

Doc interrogó al desdichado:

—¿Qué ha sido del señor Oveja, de la señorita Oveja y del Rábanos?

—¡Se han escapado! —repuso el mago de la electricidad.

—Pues, qué: ¿no te habías encargado tú de su custodia? —dijo Renny burlonamente. Una franca sonrisa iluminaba su rostro, tan solemne de ordinario. Evidentemente le divertía el cómico aspecto que la carencia de sus dos dientes prestaba a Long Tom.

—Sí, pero el señor Oveja agarró una piedra y me la tiró a la cara —gimió con su voz ceceante el mago.

—¿Y cómo te tomó desprevenido?

Aunque hiriera o fuera en perjuicio de ellos mismos, los hombres de Doc solían decir siempre la verdad. Así Long Tom balbuceó, llevándose la mano a la brecha abierta en su boca:

—Tuvo la culpa esa condenada muchacha, pues me estaba poniendo los ojos tiernos.

Sus compañeros se echaron a reír.

—¿Te apedreó y luego huyó? —interrogó Doc, sin asomo de sarcasmo en su acento.

—Si —admitió Long Tom—. A la piedra sucedieron los puños del señor Oveja, y entre una y otros pusieron como una neblina roja en mis ojos y no pude defenderme.

—¿Tampoco has tratado de seguirles?

—¡Pues claro! Pero entonces sucedió una cosa singular, Doc. Pocos pasos llevarían recorridos cuando no sé por qué medios se proporcionaron armas y me cerraron el paso disparando varios tiros. Yo no podía verles y desarmado como estaba, era vano empeño tratar de seguirles los pasos.

—¿Armas? —observó Renny—. Pero si les quitamos las que llevaban encima al entrar en el campamento...

—Sí. Pero quizá teman otras ocultas en la maleza...

Doc propuso entonces al químico:

—¿Y si te volvieras a analizar la mantequilla, Monk?

Monk hizo un gesto de asentimiento y volvió a su tarea. Tenía diseminados sus útiles de trabajo sobre una gran mesa, y de los tubos de ensayo se escapaban diversos olores penetrantes.

Doc salió al exterior y buscó en el suelo rastro de pisadas. El hallarlas fue cosa de un momento, de tal modo tenía ejercitada la vista. Entonces descubrió que además de las huellas impresas por los pies de Patricia, de Ham y de la india, partían de la casa, por lo menos, las de una docena de hombres. Estas huellas no erraban de aquí para allá, sino que se encaminaban directamente a la playa.

La procesión cruzaba un punto donde el terreno esa relativamente blando.

Doc se agachó con objeto de examinarlo más de cerca, y se levantó enseguida.

—Bueno. La pandilla que raptó una vez a Pat ha vuelto a apoderarse de ella —decidió—. Tan a menudo he examinado las huellas de sus pasos, que casi, casi me parecen familiares.

El rastro concluía en el embarcadero. «Estas señales del suelo arenoso parecen haber sido hechas por la quilla de las canoas», se dijo Doc al verlas.

Se asomó al interior de la casilla de botes y, en efecto: faltaban de ella las canoas.

—Ya sé, cómo ha sido —manifestó, en voz alta, dirigiéndose a Johnny y Renny, que le acompañaban—. Los bandidos han venido por tierra a este paraje y se han ido de él por mar. Han estado muy oportunos, pues de este modo no podemos seguirles la pista.

Mientras así hablaba, Monk había salido de la casa y se acercaba presuroso. Parecía excitadísimo y jamás se había semejado tanto a un gorila como en aquellos instantes.

Saltando en pos de él llegaba el cerdo Habeas Corpus.

—¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo! —gritó Monk.

—¿El qué? —interrogó Doc.

—Sin duda sabéis —replicó Monk, sin responder directamente a la pregunta,— que la mantequilla absorbe el olor de todo lo que se pone junto a ella, en la nevera, por ejemplo. Pues bien: suponiendo que la casa esté impregnada de un olor determinado ha debido, absorberle la mantequilla en cantidad suficiente para permitir un análisis. He hecho éste...

—¿Y qué has descubierto, so perdido, vulgarote? —interrogó en broma Renny.

—Poca cosa —Monk sonrió—. La presencia en ella de un gas inodoro e insípido, pero tan tóxico al propio tiempo, que produce la muerte al que le aspira mucho tiempo seguido.

Esta declaración sorprendió extraordinariamente a Long Tom, Johnny y Renny. Doc la esperaba. Presumía ya la causa probable del sueño misterioso y tan cerca se hallaba de adivinarla que había indicado a Monk las substancias que debía buscar.

—No dudo de que se hayan servido de él para matar a Alex Savage —continuó diciendo Monk—. Sus efectos pueden confundirse fácilmente con los síntomas de una dolencia cardiaca, sobre todo cuando se llama a un médico poco entendido.

Long Tom iba a sonreír, pero recordando a tiempo que le faltaban los dientes, se llevó una mano a la boca.

—Pues yo no creo que ese gas sea venenoso. De otro modo hubiéramos muerto en el tren.

—No sucedió así —replicó Doc—, porque no le aspiramos en cantidad suficiente. Yo creo que el objeto del ataque que sufrimos entonces fue meramente el de asustarnos. Hoy, que conozco mejor a la pandilla, afirmo que los hombres que la integran tratarán, de ahora en adelante, de asesinarnos, no ya de amedrentarnos. Me sería difícil calcular qué cantidad de gas aspiramos durante el viaje. Desde luego fue poca. Sin duda el individuo que lo administraba se asustó. De lo que sí estoy seguro es de que nos lo echó por debajo de la puerta.

Doc terminó bruscamente su discurso y se resguardó un oído con la palma de la mano mientras escuchaba.

Así, perfectamente rígido, permaneció por espacio de unos minutos.

—Se acerca una gasolinera —dijo—. Oigo el ruido del motor.

Pasó un minuto, pasaron dos... tres... Ya comenzaban sus compañeros a dudar. ¿Se habría equivocado el hombre de bronce? A poco se oyó el sonido de una embarcación, cada vez más cerca.

—Probablemente serán los secuestradores que vienen a proponernos algo —dijo la atronadora voz de Renny.

—La embarcación viene de alta mar —decidió Doc.

En efecto: pasó junto al buzón flotante, perfectamente visible a la luz de la luna y se dirigió en línea recta a la playa. Sencillamente, era una canoa de popa cuadrada, a la cual se había ajustado un motor.

—¡Eh, señores! —llamó una voz ronca.

—¡Me están entrando unas ganas de pegarle un tiro en la cabeza! —gruñó Renny—. ¿Qué apostáis a que hago blanco?

—No lo hagas —le aconsejó Monk—. No sea que ellos maten a Ham, a Patricia y a Tiny.

Monk hablaba muy en serio. Aun cuando él y Ham parecían estar siempre a punto de agarrarse por el cuello y se insultaban con deleite y vigor insospechados, cada uno de ellos hubiera jugado su vida por salvar la del otro. Es más: ya la habían hecho así algunas veces.

—¿Qué queréis? —preguntó Doc al hombre distante.

—¡El dado de marfil, señor Savage! —gritó el bandido en respuesta.

—No lo tengo.

—¡No trate de engañarnos, hombre! La señorita Savage lo tenía: ella misma lo confesó cuando estaba aún en nuestro poder.

—Creía poseerlo —enmendó Doc—. Pero ya había desaparecido del lugar donde se hallaba oculto.

—Esa historia no nos interesa, señor Savage —dijo el hombre distante—. Yo he venido nada más a informarle de un hecho.

—¿Cuál?

—Simplemente, señor, que tenemos a sus seis amigos en lugar seguro.

Varios segundos de silencio —preñado de sorpresa sucedió a estas palabras.

—¡Seis! —repitió Renny al cabo.

—Ham, Patricia y la squaw son tres —balbuceó a su vez Johnny, quitándose involuntariamente los lentes.

—¿Habéis dicho seis? —gritó el hombre de bronce al del bote.

—¡Sí, sí! —respondió, voceando, el hombre.

—Esto sólo quiere decir una cosa —explicó pausadamente Long Tom—. Ya os he dicho que el Rábanos y los dos Oveja, padre e hija, hicieron fuego sobre mí en el momento da escapar.

—Pero te equivocabas —concluyó Doc.

—¡Eso es! —convino Long Tom—. Eran los bandidos quienes disparaban sobre mí; Ellos fueron también los que se apoderaron del señor Oveja, su hija y el Rábanos.

Renny batió palmas.

—¡Justo! ¡Justo!

—¡Demonio, pues me sorprende muchísimo! —observó Monk. Su rostro demostraba en efecto, visible confusión—. Yo creía que pertenecían precisamente a la pandilla. Me afirmó en esta opinión la emboscada que le habían preparado a Doc.

—Lo mismo creí yo —dijo Johnny—. De todos modos debe haber algún contacto entre ambos grupos. De lo contrario, ¿cómo sabia la pandilla que Doc pensaba visitar el cañón del litoral?

—Quizá oyó cómo hablaban del lazo que pensaban tenderme la mujer y los dos hombres —sugirió Doc,— y probaron de convertirlo en una trampa mortal.

—Pudiera muy bien ser lo qué dices —admitió Johnny.

EL hombre de la canoa había estado aguardando. Como la embarcación derivaba en dirección a un escollo que sobresalía a flor de agua, sacó un bichero y lo apoyó en una hendidura de la peña, inmovilizando de esta suerte la canoa. Por cierto que el escollo le servia de escudo.

—Y bien. ¿Me has comprendido, señor? —aulló su ocupante—. Tenemos a sus seis amigos y están sanos y salvos... por ahora.

—Tres son Ham, Patricia y la squaw. ¿Quiénes son los otros? —replicó Doc, con estentóreo acento.

—El Rábanos, el señor Oveja y la señorita Oveja —fue la respuesta que obtuvo.

—He acertado —dijo Long Tom—. Por huir de mí cayeron en peores manos. Esto explica el motivo de no hallarse la pandilla en el cañón cuando llegamos nosotros. Vigilaban el campamento del señor Oveja y escaparon al ver que nos dirigíamos a él primeramente.

—Lo cual quiere decir que la señorita Oveja es una buena persona, después de todo —gruñó Monk.

—Sin embargo, mintió al asegurar que acampaba en el cañón —le recordó Johnny.

Doc gritó otra vez:

—¿Y qué deseáis? ¿Hacer un trato, por casualidad?

—SÍ, sí, señor —replicó prontamente el hombre de la canoa—. Le devolveremos los prisioneros a cambio del dado de marfil.

—Repito que no lo tenemos.

—¡Miente usted, señor? Le doy dos horas de tiempo. Si pasado este plazo no me entrega usted el dado, fusilaremos a uno de los cautivos y arrojaremos su cadáver al agua. ¡Ella se encargará de depositarlo en la playa!

Con estas palabras, el bandido puso en marcha el motor de la canoa y tornó a alta mar. Por lo visto había dicho ya su última palabra y no admitía discusión respecto a ella.