CAPÍTULO XVI
APENAS inició su retirada la embarcación cuando, volviéndose rápidamente, ordenó Doc a Long Tom:
—¡Ve por tu oído eléctrico! ¡Vivo!
El mago corrió a la cabaña.
Lo mismo, que Monk, llevaba siempre consigo su equipo de aparatos eléctricos, entre los cuales uno especialmente le había sido útil en extremo en diversas ocasiones. Consistía en un micrófono sumamente sensible, al que iba unido un potentísimo amplificador de sonidos.
Aparatos como este son empleados por el ejército de los Estados Unidos cuando va de maniobras para determinar la posición de un imaginario aeroplano enemigo. Pero el de Long Tom era infinitamente más compacto.
Long Tom reunió sus piezas, corrió con él a la playa y lo armó sobre la arena, frente a la canoa que se alejaba. Ya apenas si se percibía el sonido del motor.
El amplificador iba provisto de un altavoz. Colocóle en su sitio Long Tom y en el acto se intensificó notablemente el sonido de la motora.
Todos aplicaron el oído a los rumores que recogía el ultrasensible aparato.
Al cesar aquellos, Tom dio de pronto toda la fuerza al amplificador. Tan potente era éste que, al pasar, volando, un mosquito sobre el micrófono produjo la sensación de que era un aeroplano trimotor. Después, el aparato recogió vagos rumores apenas identificables.
—¡Por el Toro sagrado! Esos bandidos tienen presos a nuestros amigos en un buque...
—Tomad vuestras lámparas de bolsillo —dispuso, repentinamente, Doc,— y buscad nidos en los pinos.
—¿Eh? —gruñó Monk, sin comprender.
—Que busquéis nidos en los pinos —repitió su jefe:— Pero sólo en los pinos, ¿eh? Los demás árboles no me interesan.
—¿Y qué haremos cuando los hayamos encontrado? —quiso saber Monk, perplejo todavía.
—Pues os encaramáis al árbol y examinareis el nido —repuso Doc.
—¿Y luego?
—Ya lo veréis... cuando deis con el nido que necesito.
Los cuatro hombres emprendieron la búsqueda. Los cuatro estaban perplejos y asombrados. Ninguno de ellos tenía la menor idea de lo que motivaba el súbito interés de Doc por la captura de nidos.
Monk dirigió la luz de su lámpara hacía la copa de un árbol y descubrió una trabazón de ramitas, corteza filamentosa y plumas. Entonces se preparó a la ascensión.
—¡Me alegro de que no esté aquí Ham! —observó—. ¡No se hubiera reído poco!
—Sobre todo teniendo en cuenta que debemos encaramarnos a los pinos —dijo Renny, con voz de trueno.
—A los pinos, naturalmente.
Renny se echó a reír.
—¡Es que tú te dispones a trepar por un abeto! —dijo.
—Toma, pues es verdad —admitió humildemente Monk, tras de echar una ojeada ad árbol.
Doc había regresado a la cabaña. Allí encendió su lámpara, de luz deslumbradora, y de un bolsillo extrajo las fotografías sacadas por Renny durante su excursión aérea. Aún no había tenido tiempo de examinarlas todas y lo hizo entonces.
En una vista tomada del litoral, a unos kilómetros de distancia de la cabaña, hacia el Norte, descubrió un punto gris. A simple vista parecía una leve imperfección del papel.
Bajo la lente de aumento se convirtió en una pequeña goleta. Amarrada a popa se veía una pequeña embarcación semejante a una falúa. Era la canoa motora.
El descubrimiento convenció a Doc de que a bordo de la goleta era donde estaban presos sus compañeros.
En aquellos momentos estaban en alta mar, distantes de la costa.
Le sacó de su abstracción la impetuosa llegada de Monk a la casa, voceando:
—¡Ya lo tengo, Doc! —El químico gigante sostenía con ambas manos el hallazgo: un nido de respetables dimensiones.
—¿Cómo sabías, Doc, donde había que buscar? —interrogó.
—Es muy sencillo. ¿Recuerdas la substancia pegajosa, color de ámbar, que hallamos adherida a los pantalones y las manos del cadáver del indio?
—¡Ya lo creo!
—Pues era resina de pino.
Monk exhaló un silbido prolongado.
—Y también había adheridos a unos y otras pequeñas plumas y pedacitos de corteza...
—Precisamente —convino Doc—. Las plumas y cortezas de un nido.
—Bien, pues, aquí lo tienes —dijo Monk, sonriendo.
Metió la mano en el nido y sacó un dado de marfil.
Renny, Long Tom y Johnny, que llegaban a la cabaña en aquel mismo instante, se detuvieron, admirados.
—¡El tuno de Boat Face lo robó y ocultó en un nido! ¡Qué idea la suya!
Este comentario partió de Renny.
Doc examinó el dado por sus seis caras. Era una obra maestra y, al parecer, completamente sólida y maciza.
Con una seña llamó a Monk a su lado, y le advirtió:
—Tengo trabajo para ti. Ven conmigo.
Doc y el simiesco químico gigante se retiraron al improvisado laboratorio, donde permanecieron encerrados dos o tres minutos, al cabo de los cuales reapareció Doc, llevando todavía en la mano la caja de marfil.
Sobre una base, hecha de cuantos libros halló a mano, colocó dos lámparas de bolsillo, encendidas, de modo que alumbraran la mesa en que estaba expuesto el dado de marfil a plena luz.
Johnny le entregó sus gafas y, valiéndose de la lente, Doc volvió a inspeccionar el dado, descubriendo en los cuadrados formados por sus seis superficies unas ranuras casi imperceptibles, aún con ayuda de la lente.
Doc probó su solidez con sus musculosas manos. Ignoraba todavía cómo tenía que abrirlo. Primero lo sujetó a una suave presión, pero en vista de que no obtenía un resultado satisfactorio, lo sacudió violentamente, como un termómetro de mercurio.
Entonces se desprendieron por sí solas las seis superficies de la caja, unidas hasta entonces por diminutas e ingeniosas espigas.
El centro del dado era un bloque compacto de fango endurecido, Doc lo contempló con visible curiosidad, le dio lentamente una vuelta en la palma de la mano y, de pronto, girando sobre los talones, penetró en una pieza contigua. Boat Face había sido enterrado. Sin embargo, su squaw conservaba las prendas de ropa que llevaba encima a la hora de su muerte. Doc eligió preferentemente los calzones y volvió sus bolsillos del revés. Ya había hecho esto en una requisa anterior, pero ahora deseaba asegurarse de algo.
De los bolsillos salieron a la luz varias hojas secas, planas, y fragmentos de tabaco de un color negro intenso.
Doc concentró la atención en el dado de barro que conservaba en la mano.
¡Inserta en el fango había una hoja del tabaco negro que usaba Boat Face!
¿Cómo estaba dentro del bloque?
Del laboratorio salía el melodioso retintín del cristal de los picudos vasos de análisis y de los tubos de ensayo que manejaba Monk activamente.
Los demás ayudantes de Doc le habían dejado hacer, sin decir una palabra.
A juzgar por la expresión de sus semblantes iban a hacerle ahora una pregunta, pero antes de que pudieran interrogarle se oyó fuera el zumbido del motor de una lancha que se acercaba.
Doc salió disparado del salón y sus hombres le siguieron, a excepción de Monk, que continuaba metido en el laboratorio.
La potente vibración del motor se hacía más perceptible conforme pasaba el tiempo. En el mar divisábase una mancha borrosa que, según se acercaba a la playa, iba tomando una forma concreta.
Era la canoa de popa cuadrada cuyos ocupantes, apenas visibles, semejaban bultos negros, de los cuales sobresalían negros pinchos. Estos pinchos eran en realidad cañones de rifles. Doc dedujo que los ocupantes de la lancha no eran los presos.
Súbitamente dejó de zumbar el motor y la canoa se detuvo junto a una roca.
Los bandidos iban provistos de bicheros, mediante los cuales se mantuvieron al abrigo del peñasco. Uno llevaba prismáticos y con ellos distinguió el grupo formado por Doc y sus hombres.
—Y bien; ¿qué ha decidido, señor Savage? —gritó.
—Oiga: encontré el dado —le comunicó el hombre de bronce.
—¡Siempre lo ha tenido en su poder! —fue la burlona respuesta del bandido.
Doc no deseaba discutir.
—¿Dónde están los prisioneros? —interrogó.
—Lo sabrá cuando se halle dispuesto a canjearles por el dado.
—Bien; ya lo estoy.
Los hombres de la canoa sostuvieron breve conciliábulo. Desde la playa Doc les vió apuntar al espacio con las negras saetas difusas y enseguida, sonó una detonación. Al parecer había sido lanzada por una escopeta de dos cañones. Nada sucedió por espacio de dos o tres minutos. AL cabo de este tiempo se oyó otra detonación y la luz de un súbito relámpago deslumbró a los hombres de Doc.
—¡Hola! ¿Hemos llegado al 14 de Julio? —inquirió Renny, con sorna.
—¡La señal ha sido un cohete! —exclamó Johnny.
—¡Pronto estarán aquí nuestros prisioneros! —dijo el hombre de la canoa.
Transcurrieron quince minutos de un profundo silencio. Luego, allá lejos, se oyó el lento palpitar de un motor.
Doc lo escuchó con atención.
—Es un motor de gasolina —decidió—. Esto significa que, además del velamen, la goleta está provista de una maquinaria auxiliar.
Poco tiempo después, con ayuda de unos prismáticos, pudo distinguir la embarcación. Tendría ésta unos cincuenta pies de eslora, Pero era ancha de manga y de líneas recortadas.
Al llegar a la boca de la bahía viró de banda, impulsada por la brisa, y el motor auxiliar, girando pausadamente, la mantuvo inmóvil.
—¡Los presos se hallan a bordo de la goleta, señores! —gritó el hombre de la canoa.
—¿Cómo lo sabré yo? —interrogó Doc.
Entre los tripulantes de la goleta y los de la canoa se cambiaron entonces unas palabras e inmediatamente después se oyó la voz de Ham, potente, desarrollada por sus discursos en las salas de la audiencia:
—Estamos O.K. —decía—. ¡Si estos hombres tratan de hacer un canje mándales a la luna, Doc!
—¿Estáis ahí los seis? —quiso saber Doc.
—¡Los seis! El señor Oveja, la señorita Cere y el Rábanos están presos también.
En este punto el de la canoa interrumpió el diálogo iniciado por los dos amigos.
—Y bien; ¿a cambio de su libertad se compromete a darnos el dado de marfil? —gritó a Doc.
—¡Monk! —exclamó Doc, bajando la voz para que no le oyeran desde la canoa.
—¡Voy! —replicó el químico, en el mismo tono.
Salió de la cabaña con el andar de un mono y los brazos colgantes. Una de sus manos empuñaba un objeto envuelto en un pañuelo.
—¿Está todo listo? —inquirió el hombre de bronce.
—Sí. Aunque me has dado muy poco tiempo...
Juntos bajaron los dos hombres a la playa y se perdieron un momento bajo el fulgor lunar, mientras atravesaban el bosque. Al llegar a orillas del mar penetraron en él resueltamente hasta que las olas les cubrieron por encima de la rodilla.
—Aquí está el dado. Venid por él —dijo la potente voz de Doc a los hombres de la canoa—. Pero conste que habéis de poner en libertad a mis compañeros...
—¡Sí, sí! —le contestaron—. Les soltaremos en cuanto tengamos el dado.
Pusieron en marcha el motor, que comenzó a vibrar con ruido bronco y prolongado; moviose la hélice, abriendo en el agua una estela espumosa, semejante por la forma a un abanico, y la canoa salió disparada en dirección a la playa.
A una orden de Doc, dada con voz apenas perceptible, Monk retrocedió apresuradamente y se puso a cubierto.
La canoa aflojó la marcha, conforme se aproximaba a tierra, pasando lentamente a unos treinta pasos de Doc.
—Arrójenos el dado —le pidió el bandido de los prismáticos,— y mucho cuidado, ¿eh? No vaya a caer fuera de la embarcación. No nos atrevemos a acercarnos a usted, pero en cuanto lo tengamos le entregaremos nuestros prisioneros.
El brazo de Doc describió una graciosa curva en el aire y cuadrado y blanco, el dado surcó el espacio iluminado por la luz de la luna. El hombre de la canoa lo atrapó al vuelo..
—Bueno —voceó—. Ahora,... vea la forma en que le devolvemos a sus camaradas...
Como si la exclamación fuera una señal convenida de antemano, los hombres de la canoa levantaron a una los rifles y éstos vomitaron fuego por la boca. Sus detonaciones se unieron en una sola y formidable descarga.
En el momento de lanzar el marfileño dado blanco, Doc Savage se hallaba de pie en la arena, con agua hasta las rodillas. Mas la descarga no le tomó desprevenido.
Apenas vió que descendían los cañones de los rifles se dobló por la cintura y después se dejó caer de bruces en el mar. Antes de que tronaran las armas se había sumergido.
El perfecto estado físico en que se conservaba le había dado una habilidad que ya en otras ocasiones lo había salvado la vida. Esta consistía en poder retener la respiración por un lapso de tiempo que parecía increíble.
En realidad ello no dependía totalmente de su estado físico, sino que en parte, era una añagaza. Debía hacer, no una previa y profunda respiración de aire, sino varias muy rápidas, con lo cual se llenaban de oxígeno los pulmones y, dotados así de una cantidad normal de aire, el hombre se zambullía.
Doc había aprendido tal sistema con los pescadores de perlas, en al Pacífico.
Ahora nadó entre dos aguas.
Procurando no separarse mucho del fondo arenoso de la playa. Desde luego, no avanzó en dirección a la canoa ni tampoco braceó muy deprisa, por temor a agitar el agua y que se rizara su superficie.
Sonidos huecos (los disparos de los rifles) hacían vibrar el agua en torno suyo. Los bandidos malgastaban sus municiones con la esperanza de hacer blanco, sin duda.
Nadando, nadando, las manos de Doc tropezaron con una roca. La rodeó, sumergido todavía, y cuando supuso que la había interpuesto entre su cuerpo y la canoa, ascendió a flor de agua.
Llegó a tiempo de oír una serie de sonidos verdaderamente curiosos, semejantes a las voces de un gigantesco violón. Tal era su potencia sonora que herían los tímpanos.
Es más: la roca vibraba después de cada uno de ellos, con todo y ser muy breves, ya que no duraban más allá de dos segundos.
Estos sonidos eran, en realidad, una serie de disparos desgranados como las cuentas de un rosario, aun cuando el oído no pudiera separar unos de otros.
Tal era la rapidez con que se sucedían que, en efecto, parecían un solo disparo. Invento de Doc eran las pequeñas ametralladoras que los disparaban y que utilizaban los hombres de Doc, en los casos de mayor peligro.
Ahora el hombre de bronce se aventuró a echar una ojeada a la playa. Como le ocultaba la sombra de la roca proyectada sobre el mar, se hallaba a cubierto de miradas indiscretas.
Las pequeñas ametralladoras seguían disparando tiros de “gracia”, como ellos les llamaban, o sea unas postas que, en lugar de la muerte, sumían al tocado por ellas en un estado letárgico.
Tres hombres habían caído ya en la canoa. No eran muchos si se considera la excelente puntería de los hombres de Doc, mas era evidente que ellos tampoco trataban de capturar a la pandilla.
Presas de un delirio extremo, los hombres de la canoa hicieron girar a ésta, pusieron la proa en dirección a la boca de la bahía. Algunas balas pasaron rozando la superficie de las olas, fueron en pos de ella como abejas irritadas, pero ninguna penetró en el interior de la canoa, ni la tocó siquiera.
La embarcación huía, delante de ellas.
—Por suerte esos hombres tiran muy mal —chilló, alborozado, uno de los bandidos.
—Si, pero,¡Qué armas gastan! —observó otro, estremeciéndose—. Jamás oí cosa igual, amigos.
La terrible velocidad a que disparaban las ametralladoras había despertado en los tripulantes de la canoa un sentimiento muy parecido al terror y sus semblantes reflejaban fielmente esta impresión.
En el fondo de la canoa yacían inmóviles los tres heridos, que fueron examinados tan pronto como cesaron en la playa los gemidos impresionantes de las ametralladoras.
—¡Bueno! ¡No están muertos! —exclamó un miembro de la pandilla.
Continuó el examen y, de pronto, dio un gruñido de sorpresa.
—¿Qué es esto? ¡Las balas han penetrado, al parecer, en la piel y estallado dentro de ella!
Evidentemente no había visto en su vida cosa igual y cuando la canoa llegó junta a la goleta continuaba comentando el hecho con sus compañeros.
Después de izar por la borda a los tres heridos, subieron a bordo y allí se encararon con el oficial de guardia.
—¿Traéis el dado de marfil? —les preguntó éste.
—Lo traemos —declaró uno del grupo.
Sacó el dado del bolsillo y se lo entregó.
El oficial de guardia le dedicó una ojeada. De la playa surgió y llegó hasta ellos un sonido extraño.
Era una serie de palabras guturales, retumbantes e ininteligibles para los tripulantes de la canoa.
Doc Savage gritaba en un dialecto desconocido.
El hombre de guardia dijo a sus compañeros:
—Amigos: ¿entiende alguno de vosotros esa jerga?
Todos movieron la cabeza, negando. La lengua —en que acababa de emitirse aquella serie de sonidos era totalmente extraña a los bandidos.
Sin dar mayor importancia al incidente, todos se acercaron al hombre que tenía el dado en la mano y lo contemplaron curiosamente. Ellos trataron de abrirlo, lo sacudieron con fuerza y entonces se separó en seis secciones.
Lo que sucedió después fue por demás extraño. El que sostenía el cubo se quedó mirando estúpidamente los segmentos. Después se inclinó a examinar el suelo, y como si al fin hallara un lugar de reposo, se desplomó de bruces en él.
Su caída fue estruendosa. Después quedó inmóvil.