CAPÍTULO XVI

EL HALLAZGO

DOC y sus hombres respondieron al fuego con las pistolas que habían cogido en palacio.

—¡Por el toro sagrado! —bramó Renny—. ¡Suena como un ejército!

Doc Savage dijo:

—Seguramente será Boris que habrá venido en avión desde Cocos y formando a los esclavos.

—Debimos de haber dejado caer a Boris cuando le teníamos colgado del aeroplano sobre el Pacífico y sin paracaídas —dijo Renny.

Monk hizo tres disparos. Le respondieron con otros que cortaron ramas por encima de su cabeza.

—Lo malo de tirar contra los fogonazos de sus armas es que se le proporciona a ellos la ocasión de disparar contra los fogonazos propios —gruñó.

Prosiguió la lucha, repercutiendo los disparos en el bosquecillo, y haciendo caer las cenizas alojadas en las ramas.

Silbaban proyectiles en todas direcciones, obligando a los combatientes a buscar mayor protección abriendo agujeros en el barro.

—¡Al cerdo de Monk le encantaría esto! —exclamó Ham, metido en barro casi hasta las cejas.

—¡Carguemos contra ellos! —propuso Renny.

—Callaos un poco —dijo Johnny—, y escuchad.

Por encima del ruido de los disparos se oyó otro nuevo, un conglomerado de gruñidos, algo así como si un centenar de las hambrientas iguanas del conde se hubiesen escapado del palacio y anduvieran por el bosque a caza de hombres.

El propio conde Ramadanoff fue el primero en interpretar correctamente el sonido. Lo hizo con considerable excitación.

—¡Súbanse a los árboles! —aulló, temeroso por su propia seguridad—. ¡Gritaré a nuestros enemigos que dejen de disparar!

—¿Qué viene? —inquirió Monk.

—¡Los cerdos salvajes! Parecen jabalíes y viajan en manadas. Cuando su número es grande, son capaces de derribar cualquier cosa viviente.

Escucharon. No cabía la menor duda de que se trataba de una manada de aquellos feroces animales. Se oía mucho el ruido en el barro.

El conde les estaba gritando a los adversarios, suplicándoles que no dispararan y que se subiera a los árboles si querían estar seguros.

Daba la casualidad, sin embargo, que Doc Savage y sus hombres se habían refugiado en los únicos árboles grandes que había a mano.

Aquellos tras los cuales se hallaban los otros, aun cuando resultaban excelentes como escondite, eran poco más que matorrales, incapaces apenas de sostener el peso de un hombre.

Los cerdos se aproximaban como una ola.

—¡A los árboles! —ordenó Doc.

Salieron del barro y gatearon por los troncos, subiendo el conde con ellos y ayudando a Pat.

Ham, siempre preocupado de su aspecto, se detuvo a quitarse algo del barro, por lo que se retrasó en subirse el árbol.

Es más: antes de que lograra hacerlo, un puerco delgado y desgarbado, con patas muy largas y orejas como velas de barco, salió de los matorrales y se dirigió en línea recta a él.

El enlodado abogado sacó el estoque, al mismo tiempo que retrocedía.

—¡Eh! —bramó Monk—. ¡Ten cuidado! ¡Ese es Habeas!

—Bueno y ¿qué importa? —contestó Ham—. Si no le mato yo, le matarán los cerdos salvajes que le están persiguiendo.

—¡Qué le han de perseguir! ¡Habeas los está conduciendo a todos!

Las palabras de Monk resultaron algo optimistas. Sin duda había dicho aquello basándose en las proezas anteriores de Habeas como luchador, que habían sido considerables.

Pero en aquellos feroces cerdos de la isla, Habeas se había encontrado con al horma de su zapato. Podía correr más que ellos, sin embargo, y eso era lo que estaba haciendo.

Ham se subió a su árbol y Habeas intentó inmediatamente subirse tras él, sin lograrlo.

—¡Zape! —aulló Ham—. ¡Vete de aquí! ¡Llévate a tus amigos contigo!

A Monk se le ocurrió una idea. Se inclinó hacia fuera y hacia abajo, a riesgo de caerse de su árbol y agitó un brazo, dando un alarido para llamarle la atención a Habeas.

Monk había enseñado a su cerdo a comprender y obedecer los gestos que hiciera su amo con la mano.

—¡Llévatelos de aquí, Habeas! —gruñó Monk, haciéndole una señal para que corriera en dirección a los cerdos atacantes.

El cerdo se portó magníficamente. Echó a correr a toda velocidad, llevándose tras sí a toda aquella horda de puercos feroces.

Se oyeron muchos gritos de excitación entre el enemigo, disparos y gruñidos de rabia de los cerdos. Doc aguardó a que los cerdos rezagados fueran a incorporarse a lo que sonaba como una batalla campal más allá.

—¡Vamos! —dijo—. ¡Esta es nuestra ocasión de escapar!

Bajaron de los árboles a toda prisa. La huída no resultó difícil, porque los hombres que les habían estado sitiando estaban ocupados, de momento, en luchar con los cerdos.

El grupo de Doc Savage avanzó durante mucho rato a través de la espesura hasta salir a lo que podía considerarse como un valle.

Antes de la última erupción volcánica (si las observaciones geológicas de Johnny eran exactas) el valle había sido playa de una bahía.

El hombre de bronce escuchó un buen rato sin oír nada que indicara la proximidad de enemigos.

—Aguardad aquí —les dijo a sus compañeros.

Un instante después desaparecía en la semiobscuridad. Fue aprisa, dirigiéndose a un punto determinado: la playa cerca de la cual se había estrellado su avión. Una vez allí, se quitó el traje y se metió en el agua.

Afortunadamente había cambiado la marea y la corriente no era tan fuerte cuando nadó hacia el lugar en que se había hundido el aeroplano.

Era imposible deducir más que aproximadamente el lugar, de forma que Doc tuvo que buscar buceando varias veces antes de dar con el aeroplano en unas cuatro brazas de agua.

Buceó hasta él unas cuantas veces y cuando, por fin, regresó a tierra a nado iba muy cargado.

—¡Por el toro sagrado! —restalló Renny, cuando Doc se reunió con ellos—. ¿Qué traes?

—Nuestros aparatos para descubrir metales bajo tierra. Long Tom... Johnny... vosotros podéis ayudarme con esto. —El aparato era muy sensitivo; pero no había quedado estropeado por la inmersión, ya que su estuche era impermeable. Trabajaron con él durante tres horas. Luego Doc se colocó en un punto determinado.

—Aquí —dijo.

Era cerca del principio de la subida de la loma costal, y se componía de ceniza volcánica. Empezaron a cavar, haciendo uso de palos como picos y trabajando lo más aprisa posible.

Fue el palo de Monk el que primero dio en madera enterrada. Trabajó más aprisa y no tardó en descubrir un portillo.

—¡Tesoro pirata! —exclamó, excitado.

Doc acercó una cerilla encendida al portillo, para examinarlo. Luego dijo:

—Mirad.

Y señaló una inscripción que había en el borde del portillo.

Ésta decía:

Patentado el 1.º de junio de 1908.

—Los piratas —dijo Doc Savage—, desaparecieron de los mares antes de 1908.

El portillo era grande y, después de haber roto el cristal y extraído el marco, pudieron introducirse por él, haciendo un esfuerzo.

Buscaron cuidadosamente por el interior y nada encontraron que pudiese hacer suponer que aquel barco fuera otra cosa que uno de carga.

Tenía la quilla de metal; la mayoría de los mamparos eran de acero y no había ni un solo esqueleto en el interior.

La quilla estaba lo bastante mutilada para que se viera el barco había naufragado. Con toda seguridad una ola gigantesca o una tempestad le habría lanzado muy alto en la playa.

—Esto ha resultado un fracaso —se quejó Long Tom.

El único que no parecía desencantado era el ruso. Doc, que le observaba con disimulo, se dio cuenta de que en el rostro del hombre había aparecido una expresión de triunfo que no lograba dominar a pesar de sus esfuerzos.

Poco después, el conde se acercó a Doc, quejándose de que las cuerdas le hacían daño en las muñecas y que bien podía soltárselas, ya que la única salida del barco (el portillo) estaba guardada por Renny y por Monk.

Doc le quitó la cuerda, diciéndole:

—Si intenta usted escapar, el resultado tal vez no sea muy agradable.

El conde hizo una reverencia, entornando los párpados para que no se notara cómo brillaba en ellos el triunfo. Se apartó a un lado y Johnny y Pat hablaron enseguida a Doc con inquietud.

—¿Por qué lo hiciste? —inquirió Pat—. Mentía al decir que le dolían las muñecas.

La contestación de Doc fue enigmática: —Haced como si no os fijarais en él.

Él mismo fingió estar ocupado en otro extremo de la quilla. El conde, en cuanto creyó que no se le observaba, se metió por el lado en que se había hallado la cámara del capitán.

Encontró el lugar que andaba buscando a tientas. Sus dedos apretaron.

Se descorrió un entrepaño. Metió la mano por el hueco, rebuscó por detrás del mamparo y sacó rápidamente algo.

—¡Démelo a mí! —ordenó Doc acercándose.

El conde soltó un rugido. Su rostro se contrajo en mueca de impotente furia.

Pero se dominó con rapidez y en sus labios apareció una sonrisa forzada.

—Tómelo —gruñó—; pero le advierto que significa la muerte.

Depositó el objeto en la mano de Doc.

—Fuera —ordenó Doc.

El conde obedeció.

—Vuelve a atarle —le dijo, luego, a Johnny.

Sólo después de haber quedado atado nuevamente los brazos del ruso se fijó Doc lo que tenía en la mano. Era una brújula de mano.

En la parte de atrás tenía incrustadas dos piedras preciosas soberbias, parecidas a las que llevara el conde en los anillos. ¡Una esmeralda y un rubí!

Inesperadamente sonó el exótico trino del hombre de bronce, haciendo que Pat y Johnny se miraran con sobresalto. Doc le enseñó la brújula a Pat.

—¿Qué es? —inquirió ésta, frunciendo el entrecejo—. No comprendo.

—Lo que lleva grabado —dijo Doc.

—Está en ruso. No entiendo gran cosa de ese idioma.

—Dice que la brújula le fue regalada al conde Ramadanoff por el Zar de Rusia —le explicó Doc—. Lo importante es la fecha.

—¡Que me superamalgamen! —estalló Johnny—. ¡La fecha es de 1911!