CAPÍTULO XIV
DOC encontró fácil entrar por una de las ventanas del alto torreón, porque no tenía cierre. En la obscuridad, bajó a tientas por la escalera de caracol sin pasamanos.
En la habitación que se hallaba a mitad del camino y que tenía la alargada ventana que daba al patio, se detuvo y miró por ella.
Abajo, en el patio que parecía un pozo, vio a la volcánica luz, el mismo monstruo increíble que habían visto los otros.
El animal estaba andando, agitando la cola que parecía cubiertas de dientes de sierra. Estaba empuñando los barrotes de una celda con las garras y él goteaba espuma por las mandíbulas.
Frenético de impotencia al no lograr romper los barrotes, el monstruo se hinchó hasta parecer llegar casi a doblar su tamaño.
Doc Savage no hizo el menor ruido. De pronto alargó el dedo, lo pasó por el cristal y luego tabaleó, dulcemente, sobre él.
Como si el tabaleo sobre el cristal hubiera sido una señal, se oyó un ruido en la obscuridad detrás de Doc, algo así como si a alguien se le hubiera escapado la respiración que hubiera estado conteniendo.
Doc se encogió, se apartó de la ventana y escuchó.
En la obscuridad percibió una respiración espasmódica. Era evidente que había en el cuarto alguien que intentaba contener la respiración.
Contenido el aliento él y moviéndose tan silenciosamente como una fiera en la selva, Doc se dirigió hacia el lugar de donde salían los sonidos.
Iba echado hacia delante, con los brazos extendidos y las manos crispadas, dispuesto a asir y estrangular.
Se detuvo, bruscamente, olfateando. Un olor muy sutil, un perfume débil, pero que no le era desconocido, llegó hasta él.
Se relajaron sus músculos y se irguió, buscando a tientas.
—Pat —susurró.
En la obscuridad sonó una exclamación ahogada y unas manos femeninas le agarraron.
—¡Oh, Doc! —murmuró Pat.
Estaba temblando; pero la presencia de Doc pareció devolverle las fuerzas.
Dejó de temblar, suspiró y alzó la mirada, intentando ver el rostro del hombre de bronce.
—Si hubieras tardado una hora más, hubieses llegado demasiado tarde. Renny y Long Tom iban a ser echados a ese animal al amanecer.
—¿Te refieres al monstruo del patio?
—Sí; el conde me encerró aquí para que pudiera presenciar la... la comida de la fiera. Dice que luego me tocará a mí. Ha estado intentando asustarme para que me muestre conforme a quedarme en la isla. Dice que me hará una reina. ¡Imagínate! Reina del panal de pozos. No es humano. Es un ser diabólico. Es un monstruo más grande que ese que hay en el patio.
Pat guardó silencio. La fatídica música de piano llenó el cuarto, bombardeándoles los oídos, con sus extrañas vibraciones.
La música cesó tan bruscamente como había empezado aunque, como siempre, quedó pulsando en el aire un eco ominoso.
—¡Alguien va a morir! —exclamó Pat.
—¿Por qué dices eso?
—El conde toca el piano... y alguien muere siempre. Ya sé que suena a locura. Pero es la verdad. Por regla general, mueren de la “muerte del agujero del pulgar”. Le aparece a uno en la sien un agujero lo bastante grande para que quepa en él un dedo pulgar.
Se encendieron entonces unas luces ocultas, bañando de brillante luz blanca la cámara de roca. Doc y Pat parpadearon, para acostumbrarse la vista al inesperado brillo.
Pat soltó una exclamación de sorpresa y se estremeció ante lo que vio. Doc quedó igualmente sorprendido; pero sus broncíneas facciones continuaron impasibles.
El conde Ramadanoff se hallaba allí, tan cerca que Doc le hubiera podido alcanzar de un brinco.
Vestía de etiqueta, alto siniestro, resaltando su barba como el azabache en contraste con la blancura de su cara. Era más ancho que su hermano Boris y cerca de sesenta centímetros más alto.
Por lo demás, su aspecto era el mismo, e incluso llevaba, como el otro, dos anillos, un rubí y una esmeralda, cada uno de ellos tan grande como la extremidad de un dedo pulgar.
Doc contempló los ojos del ruso, que eran tan duros y brillantes como las piedras preciosas que llevaba en los dedos.
Doc tenía un poder que pocos hombres han logrado desarrollar. Sus ojos dorados eran capaces de hipnotizar, a veces incluso contra la voluntad del individuo.
Pero con el conde, Doc no pudo llegar a ninguna parte. Los duros ojos le devolvían la mirada como si no le vieran siquiera.
Los labios del conde se movieron levemente. Hizo una profunda reverencia.
Agitó la blanca mano, en la que las piedras preciosas lanzaron destellos.
Habló melifluamente:
—Si tiene usted la gentileza de escoltar a la dama, el desayuno está servido en el salón.
Pat dijo, moviendo los labios nada más: —Hace las cosas más raras del mundo. Esta debe ser una trampa de alguna clase.
Doc movió afirmativamente la cabeza sin hablar, apoyó los dedos en el codo de Pat y la guió por la puerta y escalera abajo.
El conde les siguió de cerca cuando pasaron por entre los cortinajes de terciopelo rubí y entraron en el cavernoso vestíbulo al que el conde llamaba salón.
Ante la enorme chimenea en que bailaban las llamas azuladas sin hacer el menor ruido, sin calor y sin luz apreciable, había una mesa puesta para tres.
—Como verán ustedes, he preparado las cosas para recibirles —dijo el conde, indicándoles las sillas.
La mesa, con su damasco y su vajilla de plata, era el único detalle nuevo en la habitación.
Todo lo demás seguía igual: el piano de cola cubierto de pieles, la araña monumental con sus doscientas velas, la regia colección de samovares que lanzaban destellos metálicos desde sus nichos en que estaban colocados.
Mientras unos esclavos servían, el conde se inclinó hacia delante y dijo en tono confidencial:
—Usted es lo bastante hombre de mundo para comprender que las cosas no son siempre lo que parecen.
—¿Y pues? —inquirió Doc, ambiguamente.
—Parecería ser que he tratado más a sus ayudantes. Tal no es el caso. Mandé a los pozos a tres de sus ayudantes. Por extraño que parezca, lo hice para protegerles contra uno de los terrores de la isla.
—¿”La muerte del agujero de pulgar”?
El gigante barbudo murmuró: —¡Ah! ¿La conoce?
—Tuve ocasión de comprobar su mortífero efecto en Nueva York.
Los ojos del conde brillaron.
—Se cierne, desde hace tiempo, sobre mi hermano Boris.
—Y... ¿qué tiene usted que decir acerca de mis otros dos ayudantes? —inquirió Doc.
—Mi querido amigo —respondió el ruso—; en este instante se hallan a la cabeza de un grupo que anda buscando el cadáver de usted, al que se suponía destrozado por los tiburones.
Pat interpuso con calor:
—Si eso es cierto, ¿por qué se me encerró en el cuarto del torreón y se me dijo que observara las ejecuciones?
—Es un proceder que más adelante se esclarecerá —contestó el conde—. La supuesta ejecución era un mito.
—No había nada de mito en el monstruo ese que vi en el patio —insistió Pat, que no había probado bocado.
El conde se sirvió. Se inclinó hacia Doc.
—¿Ha visto usted a mi animalito? —preguntó.
—¿Ese animal del patio? —dijo Doc—. ¿La iguana?
El conde aspiró con fuerza, evidentemente sorprendido.
—¡Ah! ¡Lo reconoció! —se encogió de hombros—. Al reconocerlo, quedaría usted más impresionado aun por su enorme tamaño. A un lagarto de Galápagos, que midiera un metro ochenta, se le consideraría, normalmente un monstruo. ¿Qué longitud calcula usted que tiene el mío?
—Parecía —reconoció Doc—, muchas veces mayor que eso.
—Pero... ¿cómo es posible? —protestó Pat.
No comía. No le tentaba comida alguna servida en tan siniestros ambientes.
Las llamas azules de la chimenea, en lugar de iluminar su hermoso semblante, echaban sobre él una sombra azulada.
Se encogió, echándose hacia atrás, al extender los dedos del conde para tocarle el brazo.
—En esta isla existen horrores en cuya existencia nadie ha soñado siquiera —murmuró.
—Y algo más —observó Doc—; algo que desea usted encontrar.
Por primera vez algo distinto a la siniestra maldad que le envolvía pareció caer sobre el conde. Se enderezó visiblemente en su asiento y soltó cuchillo y tenedor.
—¿Se ha enterado usted de eso? —preguntó.
—Resulta evidente —le contestó Doc.
El hombre barbudo se inclinó hacia delante, con avidez.
—¿Sabe de qué se trata?
—Sé cómo se llama, sí; el Panal del Diablo.
—¿No sabe usted nada más que eso?
—No —confesó Doc con estudiado disimulo.
El otro volvió a arrellanarse en su asiento y pareció experimentar un gran alivio. Empezó a comer otra vez, como si se diera cuenta entonces de que no estaban ellos comiendo.
—Tengo necesidad de su habilidad científica —dijo—. He probado los instrumentos empleados corrientemente para hacer exploraciones subterráneas. No son lo bastante finos. Usted puede fabricar instrumentos más poderosos, más delicados.
Doc dijo, con brusquedad:
—Para construir esos instrumentos, es preciso saber exactamente lo que usted quiere encontrar.
—Eso es imposible.
—En tal caso, lo que usted me pide es imposible también.
—Usted tiene fama de poder hacer lo imposible. Se las arreglará para hacerlo ahora, o sufrirá consecuencias un poco desagradables.
Doc Savage nada dijo.
—Con sus enormes conocimientos de geología y cartología, mi querido Savage, no debiera costarle mucho trabajo dar con el lugar en que se halla un objeto que yo le descubriré como compuesto de una estructura atómica completamente distinta al resto de la isla.
El conde alzó la servilleta y se limpió los labios. Lo hizo con mucho cuidado y, durante un instante, toda la parte baja de su rostro quedó cubierto por el damasco.
Doc Savage le habló de pronto a Pat en un idioma extraño, palabras compuestas principalmente de sonidos guturales, aun cuando singularmente melodiosas.
Doc estaba usando el idioma de los mayas, de ese pueblo extraordinario cuya civilización florecía en la península del Yucatán, de Méjico, mucho antes de que se construyeran las pirámides egipcias.
Es dudoso que existieran más de una docena de personas en el llamado mundo civilizado, que comprendieran el idioma y lo hablaran.
Mientras Doc hablaba, las llamas de la chimenea se hicieron más cortas aun.
—¿Qué está usted diciendo? —preguntó el conde.
Su voz se había hecho nasal.
—Nada —respondió Pat, en tensión.
Se echó hacia atrás en su asiento, respirando profundamente, como le había ordenado Doc en maya.
—Llénate los pulmones de aire fresco —le había ordenado Doc—. Y si las llamas azules se apagan, no vuelvas a respirar hasta que estemos fuera.
Al conde Ramadanoff le dijo en inglés.
—Antes de hacer nada por dar con el paradero del Panal del Diablo, es preciso que sean puestos en libertad los dos ayudantes míos que se hallan prisioneros en el pozo de la iguana.
—Ah —respondió el conde, con voz nasal aun—; veo que ha acabado la charla trivial de sobremesa y que quiere tratar de realidades. Pues bien, escúcheme: no sólo me niego que poner en libertad a sus dos hombres, sino que tengo el gusto de comunicarle que sus otros tres ayudantes son prisioneros míos también... Están encerrados en el mismo edificio del jardín en que usted los dejó cuando escaló mi torreón. El palacio, mi querido Savage, está equipado con dispositivos eléctricos de protección, algo así como supongo que está su casa de Nueva York. Nada puede ocurrir entre estas paredes sin que yo tenga conocimiento de ello enseguida.
Volviendo la cabeza, llamó a un esclavo por medio de aquel odioso ruido sibilante.
—Abre la puerta de salida de par en par —ordenó.
El esclavo cruzó la habitación, abrió la maciza puerta y echó a andar nuevamente en dirección a la mesa.
Cuando se hallaba a unos nueve metros de la puerta, su cuerpo entero empezó a experimentar una serie de convulsiones espasmódicas.
Exhaló un grito de angustia y, con el rostro contorsionado y el cuerpo grotescamente retorcido, cayó al suelo.
Los ojos del conde brillaron.
—Si duda usted de su muerte, mi querido Savage, le autorizo para que examine el cadáver. Y toda aquella persona que se acercara ahora a un radio de nueve metros de la puerta, quedará electrocutado de igual forma. He preparado esta exhibición para que se dé usted cuenta de cuán inútil resulta intentar escapar.
Allá en la chimenea se oyó una especie de suspiro al apagarse las llamas.
Pat había estado vigilando por el rabillo del ojo. Contuvo el aliento. Doc hizo lo propio.
La chimenea del conde ardía de igual manera que un fogón de gas, con la llama azulada y casi sin luz.
El hecho de que no despidiera calor se debía a la serie de corrientes de aire establecidas automáticamente para llevarse el calor chimenea arriba.
Pero las corrientes, controladas por un pulsador oculto en el suelo al alcance del pie del conde, podían cerrarse y extinguirse las llamas, lanzando tal volumen de gas al cuarto que, aun con la puerta exterior abierta, el respirar unas cuantas veces en el vestíbulo hubiera bastado para dejarle a cualquiera sin conocimiento.
Doc se había puesto en guardia al ver que el conde se llevaba la servilleta a los labios.
Bajo cubierta de la misma el conde se había metido en la nariz, sin duda alguna, tapones de gasa con alguna composición química para poder respirar sin peligro un rato en la atmósfera cargada de gas.
Estos tapones eran los que le habían dado a la voz aquel tono gangoso.
En el mismo instante en que se apagaron las llamas, sonó un estrépito enorme. Era la mesa que había caído, empujada por los pies de Doc.
La mesa cayó en dirección al conde con tan enorme fuerza, que éste y su silla fueron derribados también.
En el momento en que el hombre barbudo procuraba librarse del peso que le había caído encima, Doc asió a Pat del brazo y la empujó violentamente en dirección a la escalera.
El conde se hallaba de pie y corriendo para cuando Doc y Pat llegaron al descansillo adornado con cortinajes de terciopelo.
El conde pareció encantado al ver que los cortinajes habían envuelto a los fugitivos y que, por consiguiente, les harían caer.
Pero Doc y Pat no cayeron. No era accidente el que las cortinas se hubieran enredado al cuerpo de Doc. Este las sostenía con una mano, subiéndolas escalera arriba con él.
De pronto se detuvo y se volvió.
—Cuélgate de mi espalda —le dijo a Pat en maya—, y contén la respiración.
Pat se colgó al cuello de Doc por detrás. Muy por encima de ellos, los aros de latón rechinaron en su vara de metal y las cortinas se pusieron tirantes.
Doc había alzado los pies del suelo y, usando las cortinas como una cuerda, osciló, como un péndulo, en dirección al vestíbulo.
Descendió describiendo una curva, pasando muy por encima del asombrado conde y, continuando la curva, fue ascendiendo luego hasta hallarse muy por encima de la araña monumental.
Soltó la cortina y cayó hacia delante a una velocidad enorme. Su mano tendida asió la araña, empujándola con el impulso que llevaba.
Empezaron a llover velas, cuyas llamas, al caer, semejaban colas de minúsculos cometas.
Soltando la araña, el hombre de bronce hendió el aire por encima de la faja mortal, los nueve metros de suelo, próximos a la puerta, cargados de electricidad de alto amperaje.
Su cuerpo salió disparado por la enorme puerta, aterrizó bien, amortiguando la caída de una forma que demostraba que había practicado el salto de grandes alturas.
Pat había logrado permanecer colgada de él durante todo el tiempo.