CAPÍTULO III
PAT corrió una suerte distinta a la de sus compañeros. La metieron en uno de los agujeros, pero aunque la encadenaron a la estaca no le dieron con el látigo ni la obligaron a trabajar.
Experimentó un gran alivio ante aquella concesión hecha a su sexo hasta que, por entre los gemidos, los trallazos y los gritos guturales, oyó la voz de dos guardianes que hablaban en inglés.
—Hazla cavar.
—No. El conde ordenará que sea llevada a palacio; con toda seguridad. No querrá que se estropee cavando.
—Pero podría soportar muy bien unos cuantos latigazos...
—No —protestó el otro—; en este caso, el conde preferirá dar él, personalmente, todos los latigazos que sean necesarios.
—Tal vez tengas razón —gruñó el capataz.
Y echó a andar línea abajo.
El otro guardián se asomó a la fosa. Pat retrocedió. De pronto le latió el corazón con violencia y apareció en su rostro una expresión de esperanza.
Había reconocido al guardián. Era otro miembro de la expedición que había desaparecido con Johnny.
—¿No es usted...? —empezó a decir.
—Alejandro Fredrickton, piloto —completó él.
—Pero usted... ¡con su látigo!
—Tengo que dar latigazos para impedir que me los den a mí —susurró él, con rabia—. Hoy soy capataz; mañana, a lo mejor, me arrancaran el collar del cuello y me echarán a un agujero. Soy tan prisionero como esos pobres diablos que están cavando.
—Pero... ¿qué significa esto?
—Estoy tan enterado como usted. Sólo sé que los hombres cavan y mueren.
—¡Cavan y mueren! ¿Y Johnny?
—Le condujeron a palacio. Tal vez esté vivo. Escuche, calle Redbeach 33, Long Island. ¿Recordará usted esas señas?
—Calle Redbeach 33... sí.
—Boris Ramadanoff vive allí.
—Lo recordaré. ¿Qué es eso?
—Es usted nuestra única esperanza —dijo el hombre—. A usted la llevarán a palacio. Procure ponerse en contacto con Johnny. Dígale el nombre y las señas. Hay una emisora muy potente de onda corta en palacio. Es preciso que Johnny logre radiarle un mensaje a Doc Savage. Que le diga que se ponga en camino y en contacto con Boris Ramadanoff.
—Sí, pero, ¿de qué servirá eso?
Ramadanoff puede decirle a Doc Savage todo lo que necesita saber para salvarnos. Ramadanoff es hermano del amo de esta isla. Los dos hermanos regañaron. Y Boris se marchó a Nueva York.
—¿Cómo averiguó usted todo eso?
—Después de guiarse nuestro barco por las falsas luces de naufragar, se nos hizo prisioneros. Al mayordomo y a mí nos destinaron a trabajar en las cocinas de palacio. El mayordomo oyó regañar a los dos hermanos. Se enteró de las nuevas señas de Boris y me las dijo.
—¿Dónde está el mayordomo? —preguntó Pat.
—¡Muerto! Sospecharon que sabía algo. Lo mataron.
Pat se estremeció.
—La vida no vale gran cosa aquí, ¿verdad?
Ocurrió algo entonces que sirvió para demostrar nuevamente lo despistado que era el siniestro genio que reinaba que reinaba en aquella isla.
Se oyó ruido de cascos y un enorme caballo apareció a todo galope, parándose en seco delante de la hilera de fosas. El caballo parecía una sombra negra a la pálida luz de las estrellas y el jinete otra proporcionadamente grande.
Soltando violentas maldiciones, el jinete obligó al caballo a meterse por entre los sobrecogidos capataces. Se inclinó en la silla, golpeando cabezas a derecha e izquierda con un knout ruso.
Tenía las trallas de cuero, reforzadas con alambre y endurecidas con alambre de resina. Los azotes propinados con aquel instrumento mordían hondo y arrancaban alaridos de angustia.
Uno de los guardianes se rebeló. Esquivó el golpe del knout, se aproximó al caballo e intentó derribar al jinete. Éste soltó una risa horrible, sacó un revólver y mató al hombre de un tiro.
Siguió riendo y disparando contra el guardián aun después de haber caído el desgraciado al suelo. Nadie opuso resistencia ya.
El jinete bramó una orden. Unos guardianes corrieron a las fosas en que se hallaban Pat, Ham y Monk. Abrieron los grilletes e hicieron una seña a los cautivos para que salieran de los agujeros.
Los tres fueron conducidos a presencia del hombre montado. Éste habló en buen inglés. Su voz era melosa; pero siniestra.
Dijo:
—Mis esclavos cometieron un error muy estúpido al encadenarles a ustedes en las fosas. Sólo intercepto a los barcos asiáticos de emigrantes que van a Suramérica para conseguir trabajadores. Éstos y alguno que otro pescador o cazador de guano o musgo. En las raras ocasiones en que pasa un yate por aquí, sus tripulantes son recibidos como invitados.
—¿Cómo sale un invitado de esta isla una vez que ha naufragado su barco? —inquirió Ham, con sequedad.
—Mi querido general Brooks —contestó el hombre—; ninguno se ha marchado hasta la fecha.
—¡Este tipo sabe quienes somos! —murmuró Monk. Luego en voz alta—. ¿Están todos los invitados aquí actualmente?
—En efecto, mi querido coronel Mayfair, aun cuando a algunos de ellos sería difícil reconocerlos.
Monk se enfadó.
—¡Mejor será que sea fácil reconocer a Johnny!
—Sin duda se refiere usted al profesor Littlejohn. Es fácil reconocerle. Les conduciré a él. Pero primero permítame que me presente. Soy el conde Alejandro Ramadanoff.
Volviéndose hacia los guardianes, dio una orden. Se acercaron unos cuantos hombres con unas cosas extrañas, que parecían hamacas de mimbre, las depositaron en el suelo y retrocedieron unos pasos.
El conde agitó una mano. Sonó su voz sardónica:
—Hay una para cada uno de ustedes. Échense y serán conducidos a palacio con todos los honores.
Monk exclamó: —¡Yo no necesito camillas! ¡Andaré!
—Échese —ordenó el conde de nuevo.
Y agitó el knkout con gesto amenazador.
Ocuparon las literas de mimbre: Monk, gruñendo; Ham, dubitativo; Pat, francamente agradecida.
—¡Eh! —gritó Monk—; ¡nos olvidamos de Habeas Corpus!
—¿Se refiere usted al cerdo árabe amaestrado? —inquirió el conde.
—Está usted enterado de todo, ¿verdad? —gruñó Monk—. Sí; me refiero al cerdo.
El conde habló en un idioma gutural con los capataces; luego se dirigió a Monk.
—El cerdo debe de haber huido al bosque. Encontrará compañía más de su gusto allí. La isla está llena de cerdos silvestres.
Ham dijo: —Menos mal que hemos perdido de vista al puerco por fin.
Monk le dirigió una mirada torva.
—Tú tienes la culpa, picapleitos. Tú le dejaste escapar.
—Si no fuera por ti y por tu maldito cerdo no nos encontraríamos ahora en este apuro —contestó Ham.
El conde Ramadanoff puso fin a su riña ordenando que se pusieran en marcha las literas.
Avanzaron por una estrecha senda abierta a machetazos por la selva.
El conde iba el último.
Salieron a un trecho de costa rocosa y los “invitados” miraron con asombro.
—¡Rayos! —exclamó Monk—. ¡Rayos! ¡Mirad!
Bañado por un lado por el agua pulverizada de las olas al estrellarse contra la roca, y por el otro en el resplandor rojizo de los fuegos volcánicos, se alzaba un palacio de estilo eslavo medieval, cuyos altos torreones de roca negra se elevaban por encima de la selva.
Entraron al patio por un puente levadizo instalado junto al muro de roca volcánica de seis metros de espesor. El puente volvió a alzarse tras ellos.
Pat se estremeció. Era como si la hubieran encerrado fuera del mundo.
—Un ejército sería incapaz de pasar por estos muros —dijo Ham con inquietud.
Los “invitados” fueron conducidos por delante de altas torres y depositados delante de una puerta baja. El conde se apeó de su caballo y les hizo una seña para que entraran.
El cuarto en que se encontraron era enorme y de techumbre muy alta, una caverna de roca negra volcánica y vigas de madera. Unas llamas azules, demoníacas, ardían dentro de una chimenea lo bastante grande para que hubiera podido asarse en ella un buey entero.
Las sombras del fuego bailaban contra largas cortinas de un color rubí oscuro, que colgaban en aros de latón. Samovares de plata brillaban en umbríos nichos. De las paredes colgaban imágenes antiguas.
Lo único moderno que había en el enorme cuarto era un piano de cola cubierto con costosas pieles e iluminado brillantemente por lámparas con colgantes de cristal que derramaban una luz amarillenta desde arriba.
El conde Ramadanoff les condujo a unas sillas doradas y tapizadas de rojo.
—Siéntense al amor del fuego —dijo—, mientras les preparan sus habitaciones.
A la luz, se vio que el conde era un hombre muy bien proporcionado, ancho de espaldas, de fuerte musculatura y más de un metro ochenta de estatura.
Iba vestido de negro, botas de montar, pantalón de montar, chaqueta y corbata de raso. Su barba estilo zar era negra también y sus ojos negros brillaban con una luz siniestra que era imposible ocultar.
Pat se sentó en el borde de una silla, nerviosa por no haber tenido ocasión de decirles a Ham y a Monk lo que había averiguado acerca de la dirección del hermano del conde.
Monk se acarició la barbilla.
—¿Dónde están los demás invitados de que usted nos habló?
—¿Dónde está Johnny? —inquirió Ham.
Pat también hizo unas cuantas preguntas.
—¿Dónde se halla situada esta isla? ¿Cómo nos conoció usted? ¿Por qué nos hizo naufragar? ¿Para qué son esas horribles fosas?
El conde se puso de espaldas a la chimenea, acercando las manos a las llamas que, cosa rara, daban muy poca luz y casi ningún calor.
—Voy a contestar a sus preguntas por orden dijo —. ¿No les agradaría ver a los invitados?
—¿Por qué? —preguntó Monk.
—Porque, mi querido coronel Mayfair, la mayoría de ellos se encuentran en diversos estados de descomposición.
—¿Eh?
—La mortalidad ha sido lamentablemente elevada entre mis invitados.
Monk se fue derecho al grano.
—¿Quiere usted decir con eso que los mata?
—No hago yo cosas tan torpes.
La voz del conde tenía algo que daba un énfasis amenazador hasta a sus palabras más inocentes.
—¿Qué, pues? —inquirió Ham.
—Fueron por decirlo así, liquidados.
—¿Enviados a los fosos?
—Muchos de ellos, sí.
—¿Por qué?
Los ojos de fanático del conde parecieron llamear.
—Algunos de ellos por intentar escaparse, otros, por ser demasiado curiosos.
Los ojos crueles del hombre se clavaron en Pat.
—Por ser demasiado curiosos —repitió—. Creo que eso contesta a sus cuatro preguntas, mi querida señorita.
Pat respiró con fuerza. Miró nerviosa a su alrededor.
—Ese piano es muy hermoso —dijo.
—Sí que lo es —asintió el conde—. Murieron cuatro hombres sacándolo del barco. ¿Sabe usted tocar?
—No; ¿Por qué no toca usted algo?
El conde Ramadanoff movió afirmativamente la cabeza.
—Lamento decirle que es muy probable que lo haga más tarde.
—¿Qué lo lamenta?
—Sí. Cuando yo toco, siempre es preludio de algo desagradable para alguien... El redoble de los tam —tams excita y pone frenéticos a los salvajes de las selvas. De igual manera yo me veo impulsado a tomar decisiones inmencionables cuando mis dedos vagan por el teclado.
Monk y Ham nada dijeron, prefiriendo mantenerse a la expectativa.
El conde volvió a hablar.
—Ahora ya he conocido a todos los famosos especialistas de Doc menos a dos. Sería para mí un verdadero placer oponer mi inteligencia, y mi fuerza, al de ese personaje casi fabuloso: al propio Doc Savage.
—Es muy posible —dijo enigmáticamente Pat—, que vea usted realizados sus deseos.
Un individuo de tez morena se acercó simultáneamente, hizo una profunda reverencia al conde e hizo una seña en dirección a los anchos de piedra que ascendían en caracol hacia una región de sombras y cortinajes color rubí.
Los crueles labios del conde no parecieron moverse; pero de su boca escapó un sonido sibilante. Parecía ser una señal de despedida porque el esclavo dio media vuelta y subió rápidamente las escaleras.
—Síganle —ordenó el conde—. Él los conducirá a sus habitaciones.
Les fue asignada una habitación a cada uno de ellos.
Ham no llevaba más de cuarenta segundos cuando vio que empezaba a abrirse lentamente la puerta de su cuarto. Se agazapó, con los dedos crispados, como si aun llevara su estoque.
Pero no era más que Pat la que entró. Hablando rápidamente, le contó la conversación que había sostenido con el capataz.
—El sitio lógico para una emisora de radio es la parte superior del torreón —observó Ham.
En cuanto supo la noticia, Monk se mostró partidario, como siempre, de obrar enseguida.
—Nunca se nos presentará una ocasión mejor que ésta —declaró.
Ham se mostró de acuerdo con él.
—Pero... ¡esa puerta es de acero! —protestó Pat.
—Vamos a examinarla.
Monk salió al sombrío pasillo. A pesar de su enorme cuerpo se movía con sorprendente agilidad. Pat y Ham le siguieron.
—Ni un tanque sería capaz de echarla abajo —murmuró Monk.
Llegó a la puerta y pasó las manos por ella.
Pat alzó la mano y tocó el picaporte. La puerta se abrió silenciosamente.
—¡Abierta! —exclamó Monk.
—Tal vez no se nos presente nunca una ocasión como ésta —dijo Pat—. Vamos.
La escalera que partía de la puerta de acero era de caracol. Estaba esculpida en piedra. No tenía pasamanos ni estaba iluminada. Un paso en falso les hubiera precipitado al vacío.
Cerrando tras sí la enorme puerta y echándole el cerrojo, ascendieron uno tras otro en la profunda oscuridad, muy pegados a la húmeda pared.
Llegaron al cuarto del torreón sin novedad. Un quinqué colocado en un nicho era la única luz que había.
El piso del cuarto estaba construido de plancha de acero. Tenía el cuarto aquel un aspecto tan fantástico como el resto del palacio.
Pero no tenía nada de fantástico el aparato allí montado. Ham y Monk se adelantaron, tocando lámparas, condensadores, y carretes de inducción de una emisora moderna.
Dieron al interruptor y se pusieron a marcar las contraseñas de Doc Savage.
Las lámparas emitieron singulares destellos violáceos.
El rostro de Pat brillaba, pálido, en aquel resplandor.
—¿No oirán este ruido abajo? —inquirió.
—No hay la menor probabilidad —contestó Ham.
—Un cañonazo no se oiría a través de estas paredes —confirmó Monk.
Ham fue transmitiendo rápidamente el mensaje en Morse. Éste decía:
PRISIONEROS EN LA ISLA FANTASTICA DEL GRUPO GALÁPAGOS PUNTO PONTE EN CONTACTO CON BORIS RAMADANOFF, TREINTA Y TRES CALLE REDBEACH LONG ISLAND PUNTO PELIGRO GRAVE...
Inesperadamente cesó el áspero silbido del trasmisor. El manipulador seguía funcionando bajo los dedos de Ham; pero había sido cortada la corriente eléctrica.
De pronto se oyó un nuevo sonido en el cuarto. Éste parecía salir de todas partes y de ninguna.
Parecía deslizarse, arrastrarse, retorcerse, nunca muy alto; pero claro, insidiosamente penetrante, singular, preñado de amenaza y de muerte invisible, poniendo los pelos de punta y carne de gallina.
Este sonido, que percutía horriblemente en el torreón, era música, música de piano.
—El conde está tocando el piano —dijo Pat, en voz muy baja.
—Nos dijo que sólo lo tocaba cuando le iba a pasar algo malo a alguien —recordó Monk en alta voz.
—¿Cómo es posible que podamos oírles desde aquí? —exclamó Ham.
—Este aparato de radio hace más ruido que un piano —dijo Pat, temerosa—. Si nosotros podemos oírles, nos habrá oído él a nosotros también.
Ham dijo, sombrío:
—Seguramente será porque nos habrá oído enviar el radiograma por lo que está tocando el piano.
De pronto cesó la música; pero la pulsación de las notas pareció persistir unos instantes antes de apagarse por completo.
—¡Vayámonos de aquí! —dijo Monk, rompiendo el ominoso silencio.
—No tengan ustedes prisa —dijo una voz melosa.
Era el conde Ramadanoff el que hablaba. Nadie hubiera oído anteriormente aquella siniestra voz que podía confundirla.
Los prisioneros miraron a su alrededor con impotencia, tratando de averiguar de dónde salía.
Entonces una enorme losa de piedra de la pared del cuarto giró hacia fuera.
El conde salió del hueco. Llevaba una pistola muy moderna en la mano.
—Siempre procuro que mi cabina de radio tenga dos entradas —observó—. Y los dictáfonos son cosas muy útiles para hombres como yo. Y ahora, ya que han violado ustedes mi hospitalidad, tendré que pasarme sin su valiosa compañía. Por consiguiente, quedan ustedes condenados a trabajar en mis fosas. Los indígenas fuertes a veces duran un mes. El año pasado, un francés muy recio pudo aguantar dos semanas...
Monk bajó bruscamente la mano y apagó el quinqué. En la intensa obscuridad que siguió, tiró el quinqué hacia donde hacia donde había estado el conde.
Al propio tiempo, echó el cuerpo a un lado. Esto le salvó la vida a no dudar.
El conde disparó. El proyectil le pasó tan cerca de Monk que soltó una exclamación.
Una maldición le hizo saber que el conde había sido alcanzado por el quinqué. Monk y Ham dieron un salto hacia adelante para reducirle a la impotencia antes de que pudiera rehacerse del golpe.
Pero no pudieron dar más que un paso. Luego, una descarga terrible pareció sacudirles el cuerpo.
Pat sintió también la enervante fuerza.
La descarga les recorrió desde la planta de los pies hasta las yemas de los dedos paralizándoles los músculos instantáneamente. Les quedaron los pies tan pegados al suelo de planchas de acero como si se los hubieran encolado.
Sólo podían temblar. Ni hablar les era posible siquiera.
Se encendió la lámpara del bolsillo del conde. Dio una orden y entró un hombre por la misma entrada secreta que usara él. Éste se movió silenciosamente y esposó a los tres.
El conde alzó una mano y le dio a un interruptor. La fuerza que tenía paralizados a los prisioneros desapareció y pudieron moverse de nuevo.
—Como habían deducido ustedes —observó el conde—, las planchas de acero del suelo están conectadas a la corriente eléctrica. La descarga que les ha clavado en el suelo es de la misma potencia que la que usa el “metro” en Nueva York para funcionar. Yo llevo sandalias de goma y, por consiguiente, estoy aislado del suelo.
Hizo una pausa.
—Sólo me queda otra cosa que decir —continuó—. En vista de su actitud belicosa, he decidido no mandarles a las fosas, sino conservarles aquí, en palacio, donde puedo yo vigilarles personalmente. Tengan la bondad de bajar la escalera y nos reuniremos con otro miembro de su grupo; el profesor Guillermo Harper Littlejohn, o Johnny, como creo que le llaman ustedes.
Cerca del final de la escalera de caracol, el conde ordenó a sus prisioneros que se detuvieran. Señaló una especie de aspillera que daba a un patio interior.
Como estaba rodeado de los altos muros del castillo, el patio parecía la fosa de una mazmorra. Unos cuatro metros por encima del patio había una especie de balconcillo que daba la vuelta completa al mismo.
—Debajo del balcón —dijo el conde, con voz melosa—. Fíjense en su nuevo alojamiento.
Miraron. Unos gruesos barrotes de hierro se extendían desde el borde del balcón hasta el suelo del patio, formando una serie de celdas.
El conde Radamanoff volvió a hablar.
—¿Ven ustedes ese puñado de trapos que hay en la celda de la izquierda? Fíjense bien.
Mientras se esforzaban por atravesar con la mirada la penumbra del patio, los interminables relámpagos rojos del volcán proyectaban su rojiza luz sobre el firmamento.
Unos reflectores ingeniosamente colocados dirigían el satánico resplandor hacia el enlosado suelo de la mazmorra.
El inmóvil puñado de trapos que ocupaba una de las celdas quedó inundado de rojiza luz.
—¡Johnny! —exclamaron Monk y Ham con ferocidad.
Y Pat exclamó, como un eco: —¡Es Johnny el que está allá abajo!
—Les interesa saber —prosiguió la odiosa voz del conde—, que los barrotes de la celda son movibles. Funcionan por electricidad. No tengo más que oprimir un botón y se alzan para permitir que un prisionero salga al patio... o para que pueda entrar a hacerle una visita a un prisionero el habitante del patio.
—¿Qué habitante? —inquirió Pat—. No veo a ninguno.
Pero lo vio un instante después.
Se movió una sombra y salió a la luz rojiza. Pat soltó una exclamación ahogada de horror y retrocedió. Ham se inclinó hacia delante, apretando con tal fuerza un bastón imaginario, que le blanquearon los nudillos. Monk parecía helado.
—¡Rayos! —exclamó.
El patio tenía un habitante increíble. Monk, Ham y Pat tenían nervios de acero. Sin embargo, lo que vieron les horrorizó y les llenó de desesperación.
Apenas podían respirar al contemplarlo.
—¡No es de verdad! —exclamó Monk.
—Ya lo creo que es de verdad —murmuró el conde.
Miraron, como fascinados, igual que un pájaro ante una serpiente. De pronto Pat emitió un grito ahogado, giró sobre los talones y se tapó los ojos con las manos. Tembló.
—A su jefe, el famoso Doc Savage —prosiguió el conde—, le interesaría enormemente, sin duda alguna, nuestro amiguito del patio.