15

 

Un inglés en Nueva York

 

Como había prometido, a la mañana siguiente Jeffrey fue a buscar a Juliette y los dos pasaron el día juntos explorando la ciudad de Nueva York. Si no se equivocaba, Juliette parecía excesivamente entusiasmada por escapar de la casa de los Dunbar.

—¿No ha estado tan bien la visita a tus amigos como esperabas? —le preguntó mientras iban por la Quinta Avenida, admirando aquellas bonitas casas. El cochero que Jeffrey había contratado para todo el día les llevaba a Central Park. El cálido sol de junio brillaba en un cielo despejado y creaba un día perfecto de verano.

—Ah, sí, desde luego. Estoy encantada con Christina.

Jeffrey se rio.

—Me estás mintiendo. Para, Juliette.

Le sacó la lengua.

—Ya sabes que me encanta cuando haces eso —le tomó el pelo. Era lo que había hecho la primera noche que la conoció.

Le ignoró alegremente.

—He estado encerrada con ellos desde que llegué y no he tenido oportunidad de hacer algo divertido.

—Pobre Juliette. —Jeffrey negó con la cabeza—. Ha cruzado un océano para encontrarse con la misma vida normal que dejó en casa.

Le miró con dureza.

—¿Cómo sabes lo que estaba pensando?

—Porque te conozco.

—Bien, pues es verdad —continuó—. Lo único divertido que he hecho hasta ahora ha sido en la Pícara Marina y eso sí que fue emocionante.

—Me lo imagino.

Jeffrey había pensado bastante en lo que había descubierto que había pasado entre Harrison y ella en aquel barco. Y le preocupaba mucho. A pesar de las bravuconadas de Juliette, temía que tal vez le hubieran hecho daño.

La noche anterior Jeffrey había esperado a que Harrison volviera a casa una hora antes de enterarse de que ya se había marchado a su otra casa de Jersey para atender a su hermana enferma. Jeffrey se había quedado desilusionado, puesto que quería hablar con su amigo para descubrir la verdad de sus sentimientos por Juliette.

Miró a Juliette, que estaba sentada a su lado en el carruaje, tan bonita como una rosa, ataviada con aquel vestido de muselina, rosa claro, y con aquella sombrilla de volantes en la mano para protegerse del sol. Nadie habría imaginado que se había escapado de casa. Con aquella cara angelical y su femenino atuendo, parecía la personificación de una distinguida dama inglesa.

—¿Trajiste este vestido contigo? —preguntó con un guiño.

—No, iba con mucho menos equipaje cuando me marché de Londres —señaló, aunque sabía muy bien que él ya era consciente de eso—. Tenía pensado que me hicieran ropa nueva al llegar, pero Christina me dio todo su armario, puesto que ya no le quedan bien sus vestidos y se habrán pasado de moda cuando pueda ponérselos otra vez. Tan solo les estoy dando un buen uso hasta que pueda hacerme unos.

—Muy buen uso —añadió, mirándola de arriba abajo—. Los Dunbar parecen agradables.

—Se quedaron muy impresionados al conocerte, Lord Eddington.

Supo a qué se refería y se rio.

—¡Eso es porque no saben que mi título no tiene ningún valor!

A Jeffrey le encantaba la ironía de que las personas que le adulaban normalmente le menospreciarían si supieran las circunstancias de su nacimiento.

Juliette le sonrió con los ojos iluminados por la emoción.

—¡Imagina, Jeffrey! Estamos en Nueva York. ¿No es emocionante? ¿Quién hubiera pensado que estaríamos aquí juntos?

—No se me ocurre nadie.

Y esa era la verdad. Se había imaginado haciendo un montón de cosas con Juliette, algunas no eran como para repetirlas en voz alta, pero ver Nueva York no era una de ellas. Se preguntó qué le había inducido a proponerle matrimonio la noche anterior. No es que tuviera unas ganas repentinas de casarse o que hubiera planeado tener esposa en un futuro cercano. Casarse con Juliette habría terminado siendo un error. De eso estaba seguro.

Ahora le preocupaban los sentimientos de la chica hacia Harrison. Cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que Juliette y Harrison eran perfectos el uno para el otro. Harrison era el único hombre que conocía que tenía la fortaleza para poner limitaciones al comportamiento temerario de Juliette y aun así sería capaz de darle las emociones que ella ansiaba. Normalmente su amiga enseguida soltaba una letanía de los defectos que tenían los hombres, pero la noche anterior no había dicho ni uno cuando le había preguntado por Harrison. Juliette se había quedado callada, lo que era extraño en ella, y eso le decía mucho a Jeffrey.

En cuanto a Harrison, costaba un poco más saber por dónde iba. Aunque, ahora que lo pensaba mejor, el capitán le había preguntado por un hombre misterioso en la vida de Juliette y tenía la idea equivocada de que Juliette había huido a Nueva York para estar con un hombre. Y Harrison le había preguntado sobre sus intenciones con Juliette. Había actuado como lo hubiera hecho un pretendiente celoso, lo que le daba a entender que estaba claro que sentía algo por Juliette, aunque Harrison no fuera consciente de ello.

—¡Oh, mira! —exclamó Juliette—. Eso de ahí debe de ser Central Park.

Y sí que lo era. El cochero les explicó que más de dos mil trabajadores e ingenieros habían reutilizado la tierra del centro de la isla de Manhattan para crear un parque rural, bien diseñado, abierto por primera vez hacía una década. Con unos verdes campos ondulantes, unos amplios prados y cientos de árboles frondosos, daba un respiro bucólico más que necesario a los ciudadanos de Nueva York, y enseguida se convirtió en un lugar popular que ir a ver, para patinar en los lagos durante el invierno o asistir a los conciertos al aire libre en verano. Había muchos senderos para pasear, caminos para carruajes y para montar a caballo alrededor del parque, y también contaba con un prado lleno de ovejas y un zoológico recién inaugurado.

Mientras su carruaje descubierto serpenteaba por los carriles con sombra de Central Park, Juliette cayó en un silencio reflexivo. Jeffrey no pudo apenas resistirse y preguntó:

—¿En qué piensas?

—En nada.

—Parecía que estabas muy lejos de aquí.

—¿Ah, sí?

—Pues sí. —Hizo una pausa—. ¿Estás pensando en Harrison?

Negó con la cabeza y giró la sombrilla.

—Creo que sí estabas pensando en él y, como soy un tipo muy amable, voy a decirte algo.

Sonrió con complicidad.

—¿Qué?

—Harrison ya no está en Nueva York.

Sorprendida por la noticia, Juliette alzó la voz.

—¿No?

—Ah, veo que he atraído tu atención. —La sonrió con malicia—. No.

—¿Dónde está?

—Ha ido a ver a su hermana.

Sus elegantes cejas se levantaron.

—¿Melissa?

—¿Hay otra? —preguntó Jeffrey.

—Harrison tiene dos hermanas, Melissa e Isabella, y un hermano, Stuart.

—Ha ido a visitar a la que está enferma.

—Esa es Melissa —anunció con una seguridad que le sorprendió.

—Sí, creo que es esa.

Encontraba muy revelador que conociera a Harrison desde hacía algunos años y no supiera casi nada de su familia, pero Juliette se sabía hasta los nombres de sus hermanos.

—¿Cuánto tiempo estará fuera?

Ah, otra pregunta significativa que había hecho Juliette. Jeffrey mantuvo una expresión neutra y se encogió de hombros con indiferencia.

—No estoy seguro. Por lo visto, se marchó de forma repentina.

La chica se quedó en silencio un buen rato, con la vista clavada en los árboles.

—¿Esperas verle de nuevo? —preguntó él.

Se volvió de pronto.

—Eres muy manipulador, Jeffrey. No me importa lo más mínimo.

—Más vale que me confirmes lo peor y me cuentes la verdad.

—No hay nada que contar.

—¿Ah, no? —dijo en voz baja.

Ella suspiró.

—Odio que me conozcas tan bien.

Bajó la mirada.

—Ese es parte de mi encanto. —Le sonrió de oreja a oreja—. Sabes que nunca te juzgaría. Sabes que soy el menos indicado para poner a alguien en un pedestal.

Sonrió al oír aquello.

—A ti te encantaría estar en un pedestal.

—Es posible. —Se quedó pensando un momento—. Si me pusiera allí la persona adecuada. La vista podría ser muy bonita.

La risa alegre de Juliette flotó a su alrededor.

Cuando su carruaje salió de Central Park, Jeffrey le pidió al conductor que les llevara a la Quinta Avenida con la calle 14, a Delmonico’s, para comer. Juliette no había estado antes en un restaurante y, contenta, añadió la experiencia a su lista de aventuras. En un salón privado, comieron huevos a la Benedick y bistec Delmonico, acompañado de champán.

—Juliette, tienes que pensar en lo que quieres ahora. No puedes quedarte con los Dunbar para siempre.

—Ni tampoco quiero —respondió de forma cortante—. Maxwell Dunbar es un pelmazo lascivo y no puedo imaginarme cómo Christina soporta estar casada con él.

—¿Un lascivo? —preguntó.

—No para de mirarme.

—No le puedo culpar por hacerlo, pero, si así van las cosas, será mejor que te marches. Sería desastroso que formaras parte de tal situación.

—Soy consciente de ello, pero todavía no he decidido adónde ir.

—Bueno, ¿qué buscas que todavía no has encontrado?

Le miró a los ojos con una frustración evidente.

—No lo sé, Jeffrey. Si no lo sé ni yo misma, menos aún puedo decírtelo a ti; pero lo descubriré, lo sentiré, cuando lo encuentre.

—No. —Sacudió la cabeza—. No, creo que ya lo has visto y te ha dado un miedo de muerte. Y has huido.

—¿De qué estás hablando?

—Del capitán Harrison Fleming.

Al ver su cara de asustada, siguió insistiendo.

—Creo que te da miedo porque no puedes controlarlo como has controlado a los demás.

Juliette esperó a que el camarero trajera de postre una tortilla noruega y se marchara antes de soltar una diatriba.

—No he tenido control sobre nada en mi vida. Soy una mujer por si no te has percatado. Las mujeres no controlan nada. Si te estás confundiendo con que de vez en cuando utilizo los pocos encantos que tengo para conseguir lo que quiero con el control o el poder, entonces eres idiota. Las mujeres no tienen opciones, ni nada que decir respecto a lo que les pasa. Incluso en un país basado en la igualdad y fundado en las libertades como Estados Unidos, las mujeres tampoco tienen ni voz ni voto en nada de lo que ocurre aquí. ¡No te atrevas a hablarme de control, Jeffrey! Un hombre puede hacer todo lo que quiere y nadie parpadea. Pero si una mujer...

—¿Por qué te has callado? —preguntó cuando de pronto se detuvo. Estaba hablando a mil por hora y cada vez estaba más furiosa.

—Porque puede que esté hablando con la pared. —Juliette se cruzó de brazos—. Te estás riendo de mí.

—No me estoy riendo —protestó mientras trataba de no sonreír—. Da la casualidad de que estoy de acuerdo contigo.

Le dio un bocado a su postre y le ignoró.

—Dejemos la política a un lado, ¿vale? Y concentrémonos en lo que nos atañe.

Le fulminó con la mirada mientras cortaba la tortilla con el tenedor. Siguió callada.

—Estás en una ciudad nueva, con unos amigos con los que estás incómoda y pronto podrías encontrarte en una situación insostenible. No tienes planes para ir a ningún otro sitio. Te has liado con un hombre que, según tú, no te interesa, aunque creo que, como dice el refrán, «quien mucho habla...». Llevaste a cabo un buen plan para llegar hasta aquí, pero no habías pensado en nada que hacer una vez que llegaras a Nueva York. No puedes continuar por ahí tú sola. Tan solo tienes la compañía de un amigo muy guapo con unos medios y recursos ilimitados de orientación. —La miró directamente a los ojos—. ¿Estoy exagerando?

Negó con la cabeza a regañadientes al darse cuenta de lo que decía.

—Así que sugiero que sigas mi consejo —continuó Jeffrey y alzó la mano para impedir que hablara—. Y te sugiero además que escuches lo que voy a proponerte antes de que opongas resistencia.

Le miró con las cejas arqueadas y dijo sarcásticamente:

—Por favor, sigue, querido Jeffrey. Me muero de ganas por saber lo que tienes que decirme.

Le dedicó una amplia sonrisa.

—Ignoraré tu sarcasmo porque sé lo mucho que me quieres.

Puso los ojos en blanco.

—¿Quieres oír mi plan o no?

Consiguió poner una expresión neutra.

—Sí, por favor.

—Eso está mejor. —Le dio unas palmaditas en la mano—. Creo que deberíamos continuar con tu aventura.

Hizo una pausa para ver su reacción.

—¿No insistes en que vuelva a casa?

Ahora puso cara suspicaz y él negó con la cabeza.

—No. Creo que estás en lo cierto. Aquí, en Estados Unidos, hay más aventuras que correr y debemos aprovechar esta oportunidad. Como lo más parecido que tienes a un pariente soy yo, iré de acompañante, como protector o lo que sea.

—Estupendo. Puedes ser mi protector —dijo con una impaciencia creciente—. ¿Y dónde propones que vayamos?

Le lanzó una mirada penetrante.

—He investigado un poco y he oído que la costa de Nueva Jersey es muy bonita en verano.