5

 

No se puede vivir con ellos

 

De pie, en el castillo de proa de la Pícara Marina, Harrison tenía la vista clavada en el horizonte, aquella fina línea escurridiza, donde el cielo se encontraba con el océano. En realidad, nadie llegaba al horizonte, puesto que siempre quedaba fuera del alcance hasta que la tierra ocupaba su lugar. Aunque siempre se miraba hacia allí. El fresco aire marino bañaba su piel, le abrazaba. Se sentía más en casa en el mar que en tierra firme. Lo supo desde la primera vez que había subido a bordo de un barco en el puerto de Nueva York, cuando tenía trece años. La libertad, el desafío constante, el peligro y el misterio del mar, así como su belleza cambiante, le revitalizaban como ninguna otra cosa en su vida.

Ahora que era el dueño de la Pícara Marina, no deseaba estar en ningún otro lugar.

Aquel bonito y elegante clíper era el barco de sus sueños. Una de las embarcaciones más rápidas del mundo, de líneas elegantes, con su casco negro azabache, aquellas infladas velas de lona, blancas como la nieve, y una artesanía superior, se deslizaba por el agua como navaja de afeitar y podía llegar hasta 18 nudos de velocidad. El bauprés se extendía majestuoso y lucía un mascarón de proa intrincadamente tallado, una mujer con mucho pecho, ataviada con un vestido largo y suelto, su Pícara Marina. La bandera roja, blanca y azul, a rayas verticales, que representaba su compañía, H. G. Fleming & Company, ondeaba en el tope del mástil. Harrison había hecho construir la Pícara Marina según sus exactas especificaciones. Todos hablaban del nuevo Cutty Sark, pero Harrison sabía que su Pícara Marina podía dejarlo atrás si tenía oportunidad.

Sus otros barcos eran de carga y funcionaban a vapor. Era la opción más lógica para el comercio marítimo y formaban parte del futuro, y Harrison había creado H. G. Fleming & Company para convertirse en la mejor flota del mundo. No tardaría en venderla por una increíble cantidad de dinero, que se sumaría a su fortuna en constante aumento.

Pero la Pícara Marina era su orgullo. El primer viaje que hizo a China fue en un clíper y se había enamorado de la belleza y la velocidad de la embarcación.

Si el viento se mantenía y gozaban de buen tiempo, Harrison sabía que atracarían en Nueva York en menos de dos semanas.

Suspiró con fuerza y se restregó la frente.

Casi dos semanas con Juliette Hamilton en el barco. Alojándose en su camarote. Tentándole. ¡Durmiendo en su cama, por Dios santo! ¡No llevaba a bordo ni veinticuatro horas y ya la había besado! Había pensado en darle una lección a aquella mujer imprudente, pero de algún modo se habían vuelto las tornas. La reacción de la joven ante su beso le había sorprendido. Había sido increíblemente sensual y apasionada, le había excitado de tal manera que se había obligado a sí mismo a dejarla antes de que la situación se le fuera de las manos.

No debería haberla besado y lo sabía. Lucien Sinclair era un amigo de confianza y un socio en su trabajo. Se suponía que Harrison debía mantener a salvo a su caprichosa y peligrosamente hermosa cuñada, aunque se hubiera colado en la Pícara Marina. Lucien no esperaba que su amigo se aprovechara de ella. Si la situación hubiera sido al revés, Harrison no habría exigido menos a su colega.

No obstante, Harrison no tenía una cuñada de la que preocuparse. No, tenía otros asuntos en mente.

Como era habitual, sus preocupaciones se centraban en Melissa.

Para entonces estaría demasiado ansiosa por verle e inquieta por su demora. Esperaba que Annie fuera capaz de calmarla. Una punzada de culpabilidad le recorrió de arriba abajo. Harrison siempre evitaba las situaciones que pudieran causarle dolor a Melissa y ahora lamentaba estarle dando quebraderos de cabeza. Pero esta vez no había modo de remediarlo.

Si no hubiese sido por Melissa, habría dado la vuelta para devolver a Juliette Hamilton a su familia, pero si quería tener la conciencia tranquila, no podía retrasar su viaje de vuelta a casa más de lo que ya lo había hecho.

Cuando partió, Melissa estaba más angustiada de lo habitual y él le había prometido que volvería tan rápido como fuese posible. Había acortado la mayoría de sus viajes de negocios y ya había decidido que aquella sería la última vez que iría a Londres hasta dentro de un tiempo. Incluso así se lo había anunciado a Lucien Sinclair y Jeffrey Eddington.

Cuanto más intentaba ayudarla, más frágil parecía su estado emocional. Estaba más triste, más irascible, le exigía más; pero, ¡oh, Dios! No podía negárselo. Melissa era la única persona en su vida que podía ponerle de rodillas con una simple mirada. Todo lo que había conseguido en su vida (su trabajo, sus barcos y sus casas) no significaba nada sin ella.

Ojalá no fuera tan débil e inestable. Ojalá fuera más fuerte, más saludable. ¿Cómo serían sus vidas si Melissa tuviera tan solo una fracción del espíritu que Juliette Hamilton poseía?

Sorprendido por aquel pensamiento, Harrison se obligó a volver a la realidad. Sí, tenía que admitir que Juliette tenía un ánimo excepcional y, por mucho que lo intentara, no podía imaginarse a Melissa haciendo ninguna de las cosas que había hecho Juliette.

Juliette era demasiada tentación.

¿Por qué demonios la había besado antes? Ni siquiera tenía que haberla tocado. ¿En qué diablos estaba pensando?

Eso era.

No había pensado en absoluto. Tan solo quería que dejara de hablar. Estaba allí con su hermosa boca haciendo pucheros, llamándole, y no pudo resistirse. Tenía que probarla, lo que había sido un error porque, ahora que la había besado, solo quería volver a besarla. Una y otra vez.

Tenía que mantenerse alejado de ella.

—Parece que estará despejado mañana.

Harrison se volvió hacia su segundo de a bordo, Charlie Forrester. Charlie era un hombre bueno por naturaleza y siempre tenía una sonrisa a punto. Llevaba años navegando con Harrison y también era un buen amigo. Se conocían desde que eran pequeños, se habían criado en las calles de la ciudad de Nueva York. Juntos lograron salir de los barrios bajos y acabaron en la cubierta de un barco. Charlie había estado pegado a Harrison en una de las épocas más duras de su vida.

El capitán asintió con la cabeza.

—Sí, parece que hará bueno. Aunque vamos contra los vientos alisios, creo que avanzaremos. ¿Está Dowling al timón?

—Sí, acaba de sustituirme. ¿Cómo lo lleva nuestra hermosa polizón? —preguntó Charlie con una sonrisa de oreja a oreja—. Está claro que es la comidilla del barco.

—Lo que está claro es que necesita a alguien que la mantenga a raya. Es una criatura peligrosa.

—Es toda una belleza.

La expresión de Harrison se oscureció. La belleza ni siquiera servía para describir la superficie de Juliette Hamilton. Mantuvo la boca cerrada, irritado porque al parecer le había calado bien hondo demasiado rápido.

—¿Has descubierto qué es lo que quiere hacer en Nueva York?

Harrison negó con la cabeza.

—No lo admitirá, pero tiene que ser un hombre.

—La tripulación piensa que está aquí porque te conoció en Londres y se cree que está enamorada de ti —masculló Charlie, sin poder disimular el respeto que mostraba su voz.

Harrison se burló ante el comentario de su mano derecha.

—No, yo no soy del que se ha enamorado, eso te lo prometo. Además, apenas la vi en Londres.

Charlie le lanzó una mirada inquisidora y arqueó una de sus pobladas cejas.

—Pero te quedaste en casa de su familia, ¿no? A lo mejor pasó algo más de lo que tú advertiste.

Harrison se quedó mirando a Charlie.

—¿De veras crees que esa es la verdad? ¿Que he cautivado a esa pobre chica, que la he traído hasta aquí para seguirme a través del océano? ¿En serio es eso lo que crees?

—No. No, por supuesto que no. —Charlie tenía la gracia de parecer apesadumbrado—. Todos lo dicen, pero, ahora que te oigo, no me parece posible después de todo.

—Bueno, créeme, no tengo absolutamente nada que ver con que Juliette Hamilton decidiera marcharse de Londres, salvo por el hecho de que sin darme cuenta le he ofrecido una oportunidad de escape; y, por lo visto, ahora tengo que pagar por ello —refunfuñó.

—¿Vas a quedártela en tu camarote?

—¿Dónde sugieres que la ponga, Charlie? ¿Con el resto de la tripulación?

Charlie lanzó una carcajada, rebosante de energía.

—A los muchachos seguro que no les importa, eso te lo aseguro.

—Sí, me lo imagino. Si no fuese la cuñada de Lucien Sinclair, lo haría. O te juro que ya hubiera tirado por la borda su curvilíneo trasero.

—Conociéndote como te conozco, Harrison, ¡sé que nunca le harías eso a una dama! —le contradijo Charlie.

—Tienes razón —admitió Harrison sin dudarlo—. Pero ya le he dado demasiadas vueltas.

Últimamente había pensado en hacerle otras cosas, pero era mejor que no las mencionara delante del segundo de a bordo.

—¿Por qué no está limpiando la cubierta?

—Está almorzando en la intimidad de mi camarote. —Harrison se quedó pensando durante un instante—. Pero de todos modos no sé si ha sido buena idea ponerla a fregar. Distrae demasiado a los hombres.

«Y a mí», admitió para sus adentros.

La imagen del trasero respingón de Juliette Hamilton meneándose en aquellos pantalones masculinos mientras estaba a cuatro patas era demasiado para cualquier hombre.

—¡Ay, necesitan también un poco de diversión, Harrison! Déjales que se recreen la vista un rato. Nadie la estaba molestando.

Harrison se sintió raro al molestarse por pensar en sus hombres disfrutando de la vista de la retaguardia de Juliette. Y ni siquiera quería pensar en lo mucho que había disfrutado él al besarla.

Sí, Juliette era un problema.

—No, Charlie. —Negó con la cabeza—. Estaba intentando darle una lección, pero ha sido una mala idea empezar así. Aunque debería tener algo con que ocupar su tiempo y evitar que distraiga a los hombres. Tengo que encontrar otro modo de que se gane el sustento.

—Bueno, será mejor que lo encuentres rápido. —Charlie señaló a la popa del barco—. Allí está.

Harrison se quedó atónito al ver a Juliette Hamilton trepando por las jarcias del palo de mesana con Robbie Deane y unos cuantos hombres que la ayudaban. ¡Dios santo, era digna de contemplar! Sus cabellos negros batiéndose en la brisa, sus elegantes brazos y sus largas piernas en aquellos pantalones de hombre se movían con gracia mientras subían por las jarcias. Era increíble, trepaba rápido y con facilidad, cada vez más alto. ¿Qué creía que estaba haciendo? ¿Hasta dónde pensaba llegar? ¿Es que no tenía miedo aquella mujer? ¿O sentido común?

¿Y cómo diantre se había subido allí arriba?

Mientras decidía si meterla de nuevo en su camarote y darle la paliza de su vida o contemplar cómo subía por las jarcias, fascinado, sin decir palabra, Harrison se quedó clavado en el sitio. No podía apartar los ojos de ella. Alcanzó la gavia de la mesana y miró hacia abajo con la sonrisa más radiante que jamás había visto. La fuerza de aquella sonrisa casi le deja sin sentido. Los hombres aplaudieron y la aclamaron desde abajo. Juliette les saludó como respuesta, mientras se aferraba a la cuerda con tan solo un brazo. Harrison contuvo la respiración. Si se caía, nunca se lo perdonaría.

En un instante, corrió hacia el otro extremo del barco, con el corazón latiéndole a toda velocidad. Era tan delgada que una repentina ráfaga de viento fuerte podía echarla de las jarcias y enviarla en picado hacia el océano.

—¡Juliette, bájate de ahí ahora mismo! —le gritó.

—¡Hola, capitán Fleming! —exclamó con alegría y volvió a saludar con la mano.

—¡Agárrate con las dos manos! —gritó, con el corazón lleno de un miedo desgarrador.

¡Dios mío! Aquella mujer era totalmente impredecible y su manera caprichosa de actuar iba a matarla.

Su carcajada sonora bajó flotando hasta envolverle y enfurecerle. Hasta aterrarle. Harrison se volvió hacia el grupo de marineros que tenía a su alrededor observando el alocado espectáculo que Juliette estaba ofreciéndoles. Aquellos eran sus marineros. Sus hombres. Su tripulación. Algunos de ellos llevaban años con él. Sin embargo, allí estaban, habían dejado de hacer su trabajo y se habían quedado mirando, fascinados, a su preciosa y pequeña polizón. Estaban atrapados bajo el hechizo de la pícara en el palo de mesana.

Levantó la cabeza hacia ella.

—Baja, Juliette —le ordenó con un tono autoritario—. Ya te has divertido bastante.

Tuvo el atrevimiento de sacarle la lengua. Sus hombres soltaron grandes carcajadas y aplaudieron con fuerza. Era una total insubordinación por parte de una mujer, delante de su tripulación. Le inundó una mezcla de enfado y miedo al verla allí arriba colgando tan peligrosamente.

Observó a los hombres con detenimiento y preguntó:

—¿Quién demonios la ha dejado subir allí arriba?

Robbie agachó la cabeza, avergonzado.

—He sido yo, capitán.

—Aunque no ha sido culpa suya, capitán —le defendió Frank Hastings—. Le advirtió que no subiera. Todos se lo dijimos. Salvo sujetarla contra su voluntad, no podíamos hacer nada más para detenerla.

A pesar de lo poco que sabía de Juliette Hamilton, Harrison pensó que probablemente tenían razón. Aquella mujer testaruda y obstinada hacía lo que le venía en gana. Igualmente desesperado, miró otra vez hacia arriba, en dirección a Juliette, que seguía subida al palo de mesana. Volvió la atención a sus hombres, que le conocían lo bastante bien para no cuestionar la mirada que les estaba lanzando en aquellos momentos.

—Volved todos al trabajo. La bajaré de ahí yo mismo.

Salieron disparados e intentaron parecer ocupados, pero él sabía que mantenían un ojo en el drama que estaba a punto de acontecer. ¿Qué haría el capitán Fleming con la hermosa polizón después de que desobedeciera voluntariamente una orden?

Harrison se apoyó en la pared de la cochera, debajo de la que estaban sus aposentos, cruzó los brazos sobre el pecho y esperó. No iba a subir a buscarla por miedo a que su presencia la indujera a hacer algo incluso más imprudente y estúpido que le hiciera perder el equilibrio y cayera. A menos que pidiera su ayuda, no iba a subir. Tenía que bajar en algún momento. Y él la estaría esperando cuando lo hiciera. Entonces le daría una lección sobre obedecer órdenes que nunca olvidaría. No obstante, antes rezaría para que no se cayera.

Por fin, cuando se dio cuenta de que su público, lleno de adoración, había huido y no quedaba nadie salvo el capitán, le dedicó una sonrisa. No era una sonrisa de victoria, pero sí de alegría, y a Harrison se le ocurrió que era verdad que la chica no tenía miedo. Le saludó y se apartó el cabello de los ojos. Volvió la cara hacia el mar y miró hacia el horizonte.

Era preciosa.

Estaba claro que le encantaba estar allí arriba, algo que le asombraba a Harrison. Al final, vio que suspiraba y descendía por las jarcias. Con el corazón en la boca mientras la muchacha bajaba, sintió una extraña oleada de orgullo por su audacia y lo bien que parecía estar a bordo del barco. No conocía ninguna mujer que hubiera hecho lo que Juliette acababa de hacer. Desde luego Melissa ni siquiera habría puesto el pie en su barco y menos aún habría hecho algo tan escandalosamente atrevido como subir por las jarcias.

Cuando Juliette estuvo al alcance de su mano, la agarró por la cintura. Ella le rodeó los hombros con los brazos y se sujetó con fuerza. Sentía los latidos acelerados del corazón de la joven. Ella dejó escapar un chillido de alegría.

—¡Ha sido lo más emocionante y excitante que he hecho en mi vida! —gritó tan contenta que Harrison no pudo evitar sonreír—. Hay unas vistas increíbles desde allí arriba. ¡Me he sentido como si volara, con el viento y el cielo sobre mí y el mar alrededor! Un azul infinito por todas partes. ¡No me extraña que te guste tanto navegar! ¡Se estaba en la gloria! Podía haberme quedado allí toda la tarde. —Soltó una risita—. Pero tenía los brazos demasiado cansados.

La sonrisa desapareció del rostro de Harrison y la miró directamente a los ojos.

—Si vuelves a hacer algo tan imprudente mientras estés en mi barco, te daré una paliza de muerte. ¿Sabes que te podías haber matado con facilidad?

Aún la tenía en sus brazos, los pies de la muchacha no tocaban el suelo. Parecía tan ligera como una pluma.

Juliette se rio y su hermoso rostro se iluminó por la felicidad.

—Pero no me he muerto ni he resultado herida, ¿verdad, capitán Fleming?

—Pero podría haberte pasado algo —masculló, enfadado.

—Pero no ha sido así —insistió con una sonrisa—. Ahora bájame.

—No.

No se fiaba de ella.

—¿No? —repitió, sin dar crédito, y puso cara de desconfianza.

—No.

Y tras aquella negativa, continuó sujetándola con fuerza mientras la llevaba de vuelta a su camarote. Consciente de que su tripulación estaba observando, decidió ignorarlos.

—¡Bájame ahora mismo! —ordenó Juliette, indignada por cómo la trataba. Se retorció en sus brazos, pero no era rival para su fuerza y tamaño.

La continuó agarrando y no la soltó hasta que llegaron a sus aposentos privados. Atravesó su despacho exterior y fue directamente al dormitorio, donde procedió a tirarla sin miramientos encima de su cama.

—¿Qué crees que estás haciendo? —farfulló, enfadada, y se incorporó rápidamente.

Se arrodilló al borde de la cama y colocó las manos en sus caderas, con un aspecto maravillosamente airado. Era como un ángel enfadado, si es que era posible tal cosa.

Tomó aquel rostro en sus manos, decidido a hacerse entender. Juliette enseguida puso sus manos encima de las suyas en un rebelde esfuerzo por liberarse. Incapaz de escapar de él, le miró, furiosa. Si no hubiera estado tan enojado, tal vez habría admirado su valor.

Se acercó aún más, para que no se perdiera ni una palabra, y dijo en voz baja y firme:

—Escúchame bien, Juliette Hamilton, porque esta es la última vez que voy a explicártelo. Soy el capitán de este barco y lo que yo digo va a misa. Todos los que están a bordo acatan mis órdenes porque este es mi barco. Su seguridad está en mis manos y por eso me obedecen. Podías haberte matado hoy allí arriba y no permitiré que vuelvas a arriesgarte de esa manera mientras estés bajo mi vigilancia. Sé tan imprudente como quieras cuando lleguemos a Nueva York y ya no seas mi responsabilidad. Te guste o no, hermosa jovencita, cuando te colaste en la Pícara Marina te convertiste tú sola en parte de mi tripulación, lo que significa que tienes que obedecerme también. Y cuando te diga que hagas algo, lo harás o no te gustarán las consecuencias. ¿Me entiendes?

Ella le miró con aquellos ojos azul cielo, enmarcados por sus espesas pestañas negras. ¡Dios, qué hermosa era! Su delicada estructura ósea, su piel blanca, la adorable punta de su nariz y sus labios carnosos podían hacer que cualquier hombre perdiera la cabeza. Tenía la cara de un ángel, pero no la personalidad. Aquella era la parte más engañosa de Juliette Hamilton. Parecía un ángel, pero desde luego no tenía nada angelical.

Harrison estaba tan cautivado por la dulzura de su rostro que no vio venir el golpe. Con un rápido movimiento, Juliette le abofeteó la mejilla con un hiriente chasquido.