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Un amigo de verdad

 

Lord Jeffrey Eddington abrazó a Colette Sinclair una vez más, con su hermosa cara llena de preocupación y aquel cuerpo poco manejable, que le hacía sentirse ligeramente incómodo. Las mujeres embarazadas siempre le habían puesto nervioso, sobre todo cuando se suponía que no debía comentar su estado según las normas de la sociedad. Cuando las señoras se encontraban en aquellas condiciones tan delicadas, temía hacerles daño o lastimarlas de algún modo. El hecho de ver a la esposa de su mejor amigo de aquella forma solo intensificaba su torpeza.

Colette le susurró al oído:

—Por favor, Jeffrey, encuéntrala.

—Desde luego que la encontraré —le aseguró a Colette y le dio unas breves palmaditas en la espalda cuando la soltó.

Se preguntó cómo era posible que estuviera más hermosa ahora, embarazada, que cuando la conoció. Sin duda, su piel resplandecía. Sus ojos azules, aunque con un matiz de angustia, brillaban con una luz interior. Por supuesto, no podría decírselo nunca, pero deseaba poder hacerlo. La idea remota de que tal vez algún día una mujer a la que él amara fuera a tener un hijo suyo y que estuviera encantadora por ello le constreñía el corazón.

—Te agradecemos mucho que hagas este viaje por nosotros —añadió Lucien.

Las palabras de Lucien hicieron que Jeffrey volviera al asunto en cuestión. Apenas había necesitado que le animaran a buscar a su preciosa y testaruda amiga, puesto que estaba desesperado y consumido por la preocupación desde que se había enterado de que Juliette había desaparecido. Tras una rigurosa búsqueda en el puerto de Londres y después de hacer numerosas preguntas, ni él ni Lucien habían encontrado señal o rastro de ella. Aquello les llevaba a la única conclusión que podían contemplar: Juliette había logrado subir a bordo del barco de Harrison Fleming a pesar de los múltiples obstáculos. Jeffrey, en secreto, rezaba para que fuera ese el caso, pues sabía que estaría a salvo en manos de Harrison.

Cualquier otra posibilidad era demasiado horrorosa para considerarla.

Gracias a sus contactos en la corona, enseguida consiguió viajar en el barco de vapor más rápido con destino a Nueva York. Con Colette a punto de tener un bebé, Lucien no podía dejar a su mujer con la conciencia tranquila. Así que Jeffrey se había ofrecido voluntario para cruzar el océano Atlántico y llevar de vuelta con su familia a la caprichosa Juliette.

No podía hacer menos.

Aparte de temer por su seguridad, Jeffrey admiraba las agallas y el temple de la joven por atreverse a hacer algo tan extremadamente atrevido. Para su completo asombro, la mocosa había cumplido su amenaza de viajar a Nueva York algún día. Solo Juliette podía hacer tal cosa.

Era lo que siempre le había intrigado tanto sobre Juliette. No tenía miedo e iba exactamente detrás de lo que quería. Sin embargo, esta vez tenía la sensación de que quizás había ido demasiado lejos.

—Debes asegurarte de que tú también estés bien, Jeffrey —le dijo Lisette.

—Y debes volver a casa con nosotros —anunció Paulette con el entrecejo fruncido por la preocupación—. ¡No podemos perderte a ti también en América!

—¡Oh, eso sería espantoso! —saltó Yvette y sus grandes ojos azules brillaron por las lágrimas.

Jeffrey miró a las tres hermanas más jóvenes. Habían ido todas al puerto para despedirle. Lisette, otra belleza Hamilton, le había conquistado con su dulce y sencilla naturaleza. Con aquel pelo rubio oscuro y su mirada firme, poseía una calma innata que las demás no tenían. La cuarta hermana, Paulette, de unos dieciséis años ya y casi una mujer, sería despampanante al igual que sus hermanas. Inteligente y jovial, tenía una mente rápida y una cara preciosa, rodeada de rizos dorados. Yvette, que era la más joven, con tan solo catorce años, todavía tenía el aspecto juvenil de una niña, pero Jeffrey tenía la impresión de que algún día sería la más hermosa de todas ellas.

No estaba muy seguro de cómo se había metido tanto en sus vidas, pero ahora las quería tanto como si fuesen sus propias hermanas. El año anterior, cuando él y Juliette habían conspirado para obligar al terco Lucien, su leal amigo desde la infancia y lo más parecido a un hermano que había conocido, a que reconociera sus auténticos sentimientos por Colette, Jeffrey, sin darse cuenta, se había convertido en parte de la familia Hamilton. La boda de Colette y Lucien había consolidado su posición en la familia, puesto que las hermanas le habían recibido con los brazos abiertos.

Aquel grupito de hermanas le había dado a conocer lo que era una familia, pues Dios sabía que su padre ni siquiera se había molestado en transmitirle aquella sensación. Jeffrey había pasado solo la mayoría de su infancia y de su vida adulta, al vivir bajo la terrible vergüenza de su ilegitimidad e intentar demostrar su valía al mundo. Así que Jeffrey iba de buena gana a Nueva York y traería a rastras a Juliette de vuelta a casa, dando patadas y escupiendo fuego durante todo el camino. Se lo debía a las Hamilton por todo lo que le habían dado.

Aquellas mujeres que estaban delante de él, optimistas e inquietas, habían depositado toda su confianza en él. Jeffrey, por primera vez en su vida, no pudo pensar en nada ocurrente o gracioso que decir para aliviar su tristeza. Notó que se le ponían las mejillas coloradas por el aprecio que le tenían. ¡Dios santo! Se estaba ruborizando.

—Haré todo lo que pueda —les dijo.

Tan solo deseaba poder encontrar a Juliette, por el bien de todos, incluido el de su amiga.