Epílogo
Es raro que adopte la forma de un venado. Aunque es el animal más grande en el que puedo transformarme, está un poco más abajo en la cadena alimenticia de lo que me gustaría y es muy rara la ocasión en la que no me va mejor adoptar otra forma. Pero debía arrastrar sacos de veinticinco kilos de mantillo durante varios kilómetros por un terreno escarpado, así que era la mejor opción.
Me seguían Granuaile y Oberón, que también iban cargados con otras pocas cosas, mientras subíamos hasta la zona arrasada alrededor de la Cabaña de Tony. Ellos llevaban herramientas, la comida, una muda para mí y un agave azul de cinco galones. Yo tenía enganchados unos arreos y una carreta para poder tirar de los 225 kilos de rico mantillo, rebosante de todo tipo de bacterias y nutrientes.
Cuando llegamos al límite de la zona arrasada, casi se me cae el alma a los pies. Todavía estábamos a más de seis kilómetros de la Cabaña de Tony y lo que había que recuperar ya era mucho. Si la cabaña estaba en el centro de un círculo perfecto, eso significaba que debíamos arreglar uno 130 kilómetros cuadrados. Los árboles eran apenas unos palos muertos erectos y los cactus eran bultos desecados dispersos sobre unas costillas de madera seca. Los arbustos se habían convertido en astillas carentes de vida, petrificados de hecho. No había ni una hormiga, ni un escarabajo, ni una bacteria o un hongo que deshiciera las plantas para nutrir los nuevos brotes en primavera. Pero había que empezar por algún sitio.
Me desligué de la forma de venado y me puse la ropa que habíamos llevado. Con las palas que había traído Granuaile, sacamos unas cuantas plantas muertas que estaban al borde del camino y decidimos que las convertiríamos en abono. Después excavamos una pequeña zanja que iba desde la tierra viva hasta la zona arrasada, mucho más profunda que ancha, y la llenamos con toda la tierra que habíamos arrastrado. Esparcimos la tierra muerta que habíamos sacado por la parte sana, para que las hojas, los insectos, la hierba y todas esas cosas cayeran sobre ella, o se subieran encima, y poco a poco le devolvieran su fuerza.
Plantamos el agave en la zanja y tuvimos que contentarnos con echarle un par de botellas de agua, para ayudarle a superar el cambio y echar raíces.
¿Esto es todo?, preguntó Oberón, olfateando la planta. Se le ve un poco solo, lo único vivo aquí plantado mientras que todo lo demás está muerto.
—Es sólo el principio, Oberón —respondí en voz alta, para que Granuaile pudiera oírme—. Es un primer paso muy importante.
¿Puedo mear encima de él para que se sienta como en casa?
—Quizá la próxima vez. Ahora mismo podrían ser demasiadas cosas para él.
¿No puedes hacer alguna cosa guay de druida y curar la tierra con magia?
—Más adelante, podré atraer la atención de la tierra y ayudarla, pero de momento no hay nada con lo que trabajar. La vida es el medio y en esta zona no hay vida, ni siquiera bacterias. Tenemos que seguir trayendo la materia prima.
Pues me parece que tendrías que hacerte con un poco de material pesado y un par de volquetes de cien kilos.
Me eché a reír.
—¿Y cómo iba a subir el material hasta aquí? No llegan las carreteras. El camino ya lo conoces. Es demasiado escarpado. Y la mayor parte de esta zona es impracticable, está cubierta de vegetación tupida.
Oberón miró hacia el camino que llevaba a la Cabaña de Tony, que estaba a unos seis kilómetros. Después se quedó pensando en el agave solitario cerca de sus pies.
Va a llevar mucho tiempo, ¿verdad?
—Sí, es mucho trabajo, pero no me quedaré tranquilo hasta que no esté terminado. Cuando estoy aquí y llamo a la tierra, nada me responde.
Ah. Oberón levantó la vista hacia mí. Eso debe de ponerte triste. Pero entonces llámame a mí, Atticus. Yo siempre te responderé. Y por cierto, llevas todo el rato con la bragueta abierta y Granuaile no te ha dicho nada.
Gracias, amigo, respondí mentalmente, mientras intentaba subirme la cremallera con disimulo.
¿Ves? Yo te cubro por delante y por detrás. Me merezco una golosina.