Capítulo 14

Pasé unos treinta segundos pensando que Morrigan se había marchado con tanta prisa porque se estaba poniendo un poco verklemmt por mi ofrecimiento de ser amigos. Tendría que conocerla mejor.

Me sobresalté al oír un golpe suave en la puerta y Oberón ladró tres veces, antes de anunciar:

Es Brigid. Me ha saludado.

¿Brigid está en la puerta?

En mi voz se reflejó una nota de pánico que hizo reír a mi perro, porque sabía tan bien como yo que justo en ese momento no podía abrir la puerta. Todavía estaba desnudo y sólo me había recuperado en parte del abuso de Morrigan; y entonces me di cuenta de que eso era justo lo que quería la diosa de la muerte. La secuencia de aquellas visitas no era una casualidad. Una vez más, iba a la zaga de las maquinaciones de las diosas y tenía que tratar de averiguar cuáles eran sus verdaderas intenciones. Hacía unas pocas semanas, ambas habían jugado conmigo a las mil maravillas para alcanzar sus propios fines y ahora la historia se repetía. Tendría que haberle preguntado más cosas a Morrigan sobre la guerra civil de Tír na nÓg, porque eso tenía algo que ver con la repentina aparición de Brigid, tan seguro como que el culo de las ranas es impermeable.

—Bueno, sé cómo conseguir algunas respuestas —dije mirando la puerta, mientras me apresuraba hacia la habitación.

Oberón me recibió allí meneando la cola.

¿Respuestas a qué?

A todas mis preguntas, repuse, poniéndome deprisa unos pantalones cortos tipo militar de color caqui y una camiseta verde de algodón. Volvieron a llamar a la puerta, sin tanta delicadeza como antes; se distinguía perfectamente un toque impaciente en su forma de golpear la madera. Mira, es obvio que puede oír tus pensamientos, así que quiero que te quedes callado, te vayas al salón y esperes allí. Y cuando entre, quiero que te quedes detrás de ella todo el rato.

¿Por qué?

Hazlo sin más, por favor, contesté con brusquedad, y al momento lamenté mi tono autoritario.

Normalmente me gusta discutir las cosas con Oberón. Es muy bueno en el toma y daca. Pero en este caso no entendía lo que estaba en juego y no podía explicárselo en ese momento, con Brigid escuchando todo lo que él decía.

Vale.

Oberón salió de la habitación arrastrando la cola mustio y yo también me sentí un poco deprimido. Pero para que aquello saliera bien, Brigid no debía sospechar nada. No sabía si seguiría adelante siquiera, pero tenía que estar preparado. Cogí Fragarach de la cómoda y me crucé la funda a la espalda. Después, corrí hacia la puerta delantera.

Brigid me dedicó una sonrisa cuando abrí y fue como en uno de esos anuncios cutres que ponen en los partidos de fútbol: de forma misteriosa aparece una sensual mujer de una belleza increíble, prácticamente desnuda; una ráfaga de viento que proviene del otro lado de la cámara le revuelve el pelo dándole un aire salvaje; la chica le hace un mohín sexy al típico don nadie con el mentón hundido y él deja de pensar que ella jamás se interesaría en él porque tiene una cerveza helada en la mano. En este caso, era casi seguro que el viento misterioso lo provocara Brigid y el aire traía hasta mí su olor, que era justo como lo recordaba: leche y miel y bayas maduras. Mierda.

A ver, yo no soy el típico don nadie y está más que claro que no tengo el mentón hundido, pero los anuncios de cerveza me afectan como a cualquier hijo de vecino, aunque sólo sirvan para vivir indirectamente la típica fantasía adolescente masculina. Las chicas de esos anuncios no se acercaban ni de lejos siquiera a la diosa real y de carne y hueso que me encontré en la puerta.

Era como si Brigid acabara de salir de las páginas de Heavy Metal. Se cubría con varias capas de un tejido azul transparente que se ataba o fruncía de tal forma que apenas ocultaba las partes más sexys de su cuerpo, y que al mismo tiempo siempre dejaba entrever algo tentador a través de la tela. En el cuello llevaba un aro de oro y otro le resaltaba el bíceps izquierdo. Unos cordones exquisitos de metal trenzado le adornaban las muñecas. Le abrazaban la cintura varias cadenas finas de oro. La melena pelirroja le enmarcaba el rostro entre ondas suaves al estilo de Jessica Rabbit y aquí y allá tenía trenzados hilos de oro. ¿Y esa cara de «ven aquí» que ponía frunciendo un poco los labios y mirándome con los ojos entornados? Vaya si lo tenía dominado. Las señoritas de los anuncios de cerveza pueden molar, de eso no hay duda, pero cuando una diosa está dispuesta a hacer un esfuerzo, nadie le llega ni a la suela de los zapatos.

Brigid se acercaba mucho más a mi tipo que Morrigan. Para empezar, no comía a gente muerta y era ella quien alentaba las llamas de la creatividad y la pasión en el corazón de todos los irlandeses. Pero incluso aunque hubiera querido dar a Brigid lo que ella había venido a buscar —y no tenía muy claro que quisiera—, me di cuenta de que Morrigan se había asegurado de que no pudiera.

El sentido de la visita de Morrigan cambiaba ahora que tenía a Brigid delante. Nunca habían sido antagonistas, pero tampoco amigas. Entre ellas había un respeto muy sano y quizá una envidia no tan sana, una rivalidad entre iguales para ver quién podía distinguirse. No se habían lanzando una al cuello de la otra por Aenghus Óg y su conspiración, pero ahora que se había producido una purga en Tír na nÓg tal vez estaban atacándose y yo era un trofeo o el medio para algún otro fin. «El sexo salvaje, la oreja, la segunda tortilla… ¡todo formaba parte de las maquinaciones maquiavélicas de Morrigan!»

Atticus, sabes que puedo oírte cuando te quedas pasmado, ¿verdad? Suenas como un druida desconcertado deliberando sobre los dudosos designios de una deidad.

—Bienvenida, Brigid. Me has dejado sin palabras —dije, antes siquiera de que Oberón hubiera terminado de burlarse de mí.

La diosa debía de estar preguntándose en qué estaba pensando.

—Atticus —me dijo en un arrullo. Y lo digo en serio: me habló en un arrullo. Brigid no sólo daría una paliza a Hank Azaria imitando voces, sino que también puede hacer varias voces al mismo tiempo. Ella sola puede cantar una armonía de tres voces. Resulta muy útil cuando está entonando dulces baladas como diosa de la poesía, pero en ese momento vi, o más bien sentí, que también podía aprovecharse para otros fines—. Espero no haber venido en mal momento —añadió con una voz que evocaba las rosas silvestres, el caramelo y la seda.

Me hizo sentir calor por dentro pero me estremecí por fuera, como un diapasón tembloroso envuelto en chocolate caliente.

—Claro que no. Sería un honor que entrases.

Me aparté a un lado y le hice un gesto para que pasara, de nuevo en el papel del anfitrión de la Edad de Bronce.

—Gracias —susurró al deslizarse dentro, una visión resplandeciente de suaves azules e intensos dorados. «Mierda».

Paseó la mirada por mi salón.

—Tienes una casa moderna muy interesante.

—Gracias. ¿Puedo ofrecerte algo después de tu largo viaje desde Tír na nÓg?

—Cerveza. Si tuvieras, sería magnífico.

—Ahora mismo.

Me dirigí rápido hacia la cocina, haciéndole un gesto para que me siguiera, y saqué un par de latas de Newcastle de la nevera, que estaban escondidas detrás de las Stella. Me dio las gracias cuando le di una, y después añadió:

—Ha habido muchas revueltas en Tír na nÓg desde que diste muerte a Aenghus Óg. Sus aliados acabaron rebelándose y no me quedó más remedio que dedicar un tiempo a aniquilarlos. ¿Puedes creer que también lanzaron una guerra de propaganda?

Asentí.

—Me lo creo. ¿Qué tonterías soltaron?

—Entre todas sus quejas, destacaba la de que carezco de consorte —dijo Brigid con un resoplido—, como si Bres hubiera hecho algo útil o provechoso en toda su larga vida. Lo único que hacía era estar ahí sentado muy guapo. Era un hombre bello —suspiró y después frunció el entrecejo— y un villano.

En lo que a Bres concernía, yo no tenía nada que decir. Lo había matado yo, y ahí estaba su viuda: en mi cocina, echando un poco de mierda en su memoria y vestida para una sesión de cama legendaria. Ni siquiera me salió un gruñido poco comprometido. Ningún manual de etiqueta dice qué hay que hacer en estos casos, así que me limité a echar un buen trago de cerveza.

—Pero tú no eres un villano, ¿verdad?

—Sería maleducado por mi parte que respondiera que sí, si lo planteas así.

Rió mi chiste malo con mucho entusiasmo, y por fin entendí lo que quería decir Chris Matthews cuando declaró en una cadena nacional que sentía una emoción que le subía por las piernas. No se me ocurrió nada mejor que echar otro buen trago para disimular mi reacción.

—No, tú no eres un villano. Y además tienes sentido del humor. Bres no lo tenía. Por eso creo que tú deberías ser mi nuevo consorte.

Escupí la cerveza sobre el linóleo, como si fuera un aspersor.

¡Ja! Vas listo si piensas que voy a lamer eso, dijo Oberón.

—Vaya, lo siento, debo de haberte sorprendido —se disculpó Brigid.

Levanté los dedos índice y pulgar, con un par de centímetros de distancia entre ellos, y admití:

—Un poco.

—Supongo que suena extraño, pero, al igual que los Tuatha Dé Danann, has dado con el secreto de la eterna juventud. Eres más poderoso de lo que nunca llegó a ser Bres y has demostrado estar a la altura, qué digo, ser superior a dos de nosotros. Con mi aquiescencia y protección, nadie cuestionará tu derecho a gobernar junto a mí, y es evidente que nadie cuestionará mi derecho a elegir a quién me llevo a la cama.

Pasando por alto el final tan peligroso de la frase, me concentré en la primera parte:

—Perdóname, Brigid, pero mi ambición nunca ha sido gobernar a nadie.

—En ese caso, no tienes por qué hacerlo —repuso, quitando importancia a mi objeción—. Bres tampoco hacía nada. Es un cargo simbólico, pero los Fae opinan que alguien debe desempeñarlo.

—Entiendo. ¿Y dónde tendría que estar para desempeñar satisfactoriamente ese cargo simbólico?

—En Tír na nÓg, por supuesto.

Por fin le dio un sorbo a la cerveza que había pedido.

—¿No puedo quedarme aquí, si no tengo nada que gobernar?

—Tendrás otras obligaciones —contestó en uno de esos arrullos de tres voces que me derretían por dentro.

—Pero a mí me gusta bastante este plano. Constantemente se producen cambios y avances y hay gran cantidad de conocimientos que absorber.

—Es fácil, puedes probar todas esas cosas cuando quieras, haciendo viajes cortos al plano mortal tantas veces como desees. Pero si te conviertes en mi consorte, vivirás experiencias mucho más estimulantes que los juguetitos de tecnología punta. Participarás en misiones con dioses de todo el mundo, tendrás ocasión de contemplar maravillas y visitarás todos los planos en mi nombre.

—¿Y mi aprendiza? ¿Y mi perro? Ellos no pueden ir a Tír na nÓg.

¿Qué? Oye, eso no suena bien.

—Podemos encontrarle un sitio a Oberón. —Brigid sonrió—. Lo de tu aprendiza resultaría más complicado, porque al ser mortal siempre correría el peligro de caer víctima de los Fae más maliciosos. Tír na nÓg no sería un lugar agradable para ella y dudo que lograra sobrevivir mucho tiempo. Pero no ha sacrificado mucho. En tan pocas semanas no ha podido aprender ninguno de nuestros misterios. Págale por el tiempo que ha invertido y listo.

—No es tan sencillo. Le he dado mi palabra de que le daría la formación completa.

—Pues tráela si tienes que hacerlo. Yo no puedo garantizar su seguridad.

—Pero ¿puedes garantizar la mía y la de Oberón?

Brigid se encogió de hombros.

—No hace falta. Tú sabes cuidar de ti mismo.

Mmm.

Sí, amigo, ya lo sé. Ya hablaremos más tarde.

—Es la oferta más generosa que pudieran hacerme y, al mismo tiempo, totalmente inesperada —dije dirigiéndome a Brigid—. Convertirse en el consorte de su propia diosa supera las ambiciones de cualquier hombre. He de reconocer que en este momento no estoy preparado para darte ninguna respuesta, pues hay demasiadas cosas en juego, y sería una irresponsabilidad por mi parte decidir algo sin antes haber estudiado concienzudamente todas sus repercusiones.

—Qué formal. —Brigid sacudió la cabeza—. Debo de haber hecho que parezca una transacción comercial. No has entendido lo que quería decir.

Dejó su cerveza en la mesa de la cocina y se acercó a mí. Me palpó por debajo del cinturón con una mano, pero la apartó decepcionada.

La expresión de Brigid se ensombreció.

—¿Cuál es el problema, Atticus? ¿No me encuentras atractiva? ¿No te parezco deseable?

¡Oh, osos enormes! ¡Teletranspórtale, Scotty! ¡Ahora!

—No es eso, en absoluto —dije, aclarándome la garganta incómodo mientras le recordaba a Oberón que Brigid podía oírlo—. Es sólo que ahora mismo estoy muy, muy cansado. De hecho, estoy agotado. Y aunque podría hacerte cualquier otro favor, no puedo hacer… eso. Ahora mismo, quiero decir. Dentro de un rato estaría muy bien. —Asentí, con una sonrisa—. Sería magnífico, a decir verdad.

Brigid arrugó la nariz. La oí olfatear un par de veces y de repente retrocedió y me desgarró la camiseta por delante, lo que dejó al descubierto los arañazos y las magulladuras causadas por mi ejercicio matutino. Brigid se puso roja y casi se le salen los ojos de las órbitas a medida que asimilaba la prueba de mi devaneo con su rival.

—¡Lo sabía! —gritó—. ¡Te has acostado con ella! ¡Eres el títere de Morrigan!

Y ésa fue la única advertencia que me hizo antes de desatar su furia abrasadora sobre mí, en el sentido más literal posible. El fuego salió disparado de sus dedos y la palma de sus manos para carbonizarme en mi propia cocina. No me quemó a mí directamente, gracias a mi amuleto, pero tuvo un efecto diferente al del fuego del infierno del ángel caído. Mientras que con el fuego del infierno sentí un estallido de calor y después se apagó sin más consecuencias, esta bola de fuego se canalizó directa hacia el hierro frío que descansaba sobre mi pecho y me provocó una quemadura muy dolorosa, como me había pasado con el maleficio alemán un par de días antes. Más adelante tendría que cavilar sobre ese misterio. Es ese momento, tenía un amigo al que proteger, una herida que curar y muchos fuegos que extinguir.

¡Oye, no puedes venir a luchar contra mi Autoridad!, ladró Oberón.

Por eso quería que te quedaras detrás de ella. Todavía no ataques, estoy bien.

Desenvainé Fragarach, haciendo una mueca de dolor al quemarme las manos con el metal, y apunté a la garganta de Brigid.

¡Freagróidh tú! —grité.

—¡No! ¡Suéltame ahora mismo! —me exigió ella con otro grito.

Intentó moverse, pero lo único que lograba era retorcerse. Estaba atrapada en el resplandor azul de un hechizo que habían creado siglos atrás sus propios hermanos.

—¿Me estás dando una orden? ¿Hace un momento intentabas cocinarme a la brasa y ahora pretendes que te obedezca? Lo siento, pero las cosas no funcionan así. Y fuiste tú quien dijo que yo podía empuñar esta espada.

—¡Dijiste que nunca la empuñarías contra mí! —repuso, ardiendo de indignación.

—Cierto —admití—, pero eso fue antes de que intentaras matarme.

Desvió la mirada para buscar a Oberón.

—Suéltame ahora o…

Se quedó callada cuando hice presión con Fragarach en el hueco que tenía entre los huesos de la clavícula.

—Trata de entenderme, Brigid: si alguna vez haces daño a Oberón, tu muy larga vida llegará a su fin justo después. Sabes que puedo moverme entre planos a mi antojo, no puedes huir a ningún sitio a donde no pueda seguirte.

—¿Te atreves a amenazarme, a amenazar a una invitada en tu propia casa?

—Te saltaste todas las normas al perder los estribos. Así que tú y yo vamos a tener una bonita y larga charla, y Fragarach se encargará de garantizar que no me engañas.

Atticus, los armarios están ardiendo detrás de ti.

Gracias, amigo.

—Antes, dedica un momento a apagar el fuego que has provocado, por favor —dije a Brigid.

—¿Por qué no iba a dejar que se quemara toda la casa?

—Porque eso sería de muy mala educación, cuando para ti es muy sencillo apagarlo. Por favor, apaga el fuego para que podamos hablar con calma.

—¿Con calma? —dijo Brigid con desprecio—. ¿Con una espada en el cuello?

—Tú ganas. Pero no habría sido necesario si te hubieras contenido. Te lo pediré por las buenas una vez más: ¿apagas el fuego?

—¿Qué será lo siguiente? ¿Torturas, si me niego?

—No, yo no soy la Inquisición. Encontraré otra manera de apagarlo si tú no lo haces. —Fragarach no podía obligarla a actuar, sólo a dar respuestas. Tenía un extintor en el garaje y no me quedaría más remedio que arrastrarla hasta allí y luego volver, si no accedía.

La diosa del fuego hizo una mueca, pero se concentró en algo que estaba detrás de mí y gruñó en irlandés:

—Múchaim. —Después volvió a centrarse en mí y añadió—: Ya está.

¿Está?, le pregunté a Oberón.

Sí, ha apagado el fuego.

—Claro que lo he hecho —dijo Brigid, recordándonos que podía oír a Oberón.

—Gracias. —Asentí, mientras el humo subía en volutas al techo—. ¿Nos sentamos?

Moví la espada despacio, para permitir a Brigid que fuera arrastrando los pies hasta una silla junto a la mesa de la cocina, con movimientos poco elegantes, y después la bajé los milímetros necesarios para que pudiera sentarse. Yo me senté enfrente, apartando su cerveza del medio.

—Perfecto. Ahora vamos a repasar lo que ha pasado aquí, ¿de acuerdo? Te has presentado sin haber sido invitada y yo te he recibido invitándote a pasar. Te ofrecí que tomaras algo y aceptaste. Me hiciste una propuesta y yo te respondí que lo pensaría. Me arrancaste la camiseta y después intentaste matarme. Y ahora te pregunto: ¿qué parte de esa secuencia de acontecimientos viola todas las normas de hospitalidad que nuestra raza conoce?

—No has mencionado la parte en la que tú fornicas con Morrigan.

—No sucedió mientras tú estabas aquí. Responde a mi pregunta.

Hosca, Brigid repuso:

—La parte en la que te arranqué la camiseta ha sido una violación menor de las costumbres de hospitalidad.

—Estamos haciendo unos progresos magníficos —comenté con entusiasmo—. ¿Qué me dices de que intentaras matarme? ¿No es también eso un comportamiento muy poco cortés en un invitado?

—Sí, en el sentido más estricto. Pero ¡me diste un motivo!

—No, Brigid, no te di ningún motivo. Si primero hubiera accedido a ser tu consorte y después hubiera fornicado con Morrigan delante de ti, con Def Leppard como música de fondo, habrías tenido un motivo para incinerarme al instante. Pero soy un hombre libre y lo que has hecho no tiene justificación. Y, aparte de eso, no entiendo por qué has actuado como una niñata a la que acaban de dejar plantada. No ha sido a consecuencia de los celos, ¿verdad?

—No —dijo Brigid—. No me movían los celos.

—Ya me parecía a mí. ¿Y tu propuesta de que me convirtiera en tu consorte se debe a que sientes un afecto sincero por mí?

—No.

—Por supuesto que no. Antes de que lleguemos a la verdadera razón por la que me pediste que fuera tu consorte, me gustaría responder a tu acusación. Si de verdad yo fuera «el títere de Morrigan», tal como has dicho, ya podría haberte matado, y en realidad debería haberlo hecho y lo habría hecho. Ahora mismo no estaríamos hablando sobre si estoy sometido a su voluntad o si su aparición aquí formaba parte de un complot malvado para usurparte el poder.

—Entonces, ¿qué hay entre vosotros? —quiso saber Brigid.

—Me regeneró la oreja —dije, toqueteándome el lóbulo—. Magia sexual.

Brigid se estremeció.

—No sabía que la hubieras perdido. Nadie me lo había dicho.

—Pues sí. La perdí en las montañas Superstition, cuando fui a matar a Aenghus Óg por ti. Y ahora que sale el tema, ¿tú le dijiste a Flidais que secuestrara a Oberón para asegurarte de que me presentaba?

La diosa suspiró.

—Sí.

Grrr. ¿Sabes?, ya no me pareces tan simpática como al principio.

—No podría estar más de acuerdo, Oberón —dije yo—. Brigid, quiero que te pares a pensar lo que has hecho aquí. Soy el último hombre en este plano que te adora a la antigua usanza. Celebré en tu honor todos los ritos en Samhain, un par de noches atrás.

—Sí, pero hiciste lo mismo por Morrigan.

—¡Tal como debía! Y por Ogma. Y por Manannan Mac Lir y por todos los demás. Porque son mis dioses, igual que lo eres tú. Y para que ahora me trates así, después de milenios de creer en tu bondad, en tu belleza y en tu pureza de espíritu. ¿Y todo por qué? Vamos a dar con esa respuesta ahora. En realidad, ¿por qué querías que fuera tu consorte?

—Quiero el secreto de tu amuleto. En Tír na nÓg puedo estudiarlo mejor.

—¿Ése es el único motivo?

—No. También quería desbaratar los planes de Morrigan.

—¿Desbaratar el qué? Para ti eso es más importante, ¿no?

—Sí. Ella desea ser la suprema en Tír na nÓg y está utilizándote para conseguirlo.

—Tú no eres mejor —apunté—. Deseas ser la suprema y me utilizarías de la misma forma. Estoy molesto con ambas. ¿Y sabes lo que más me duele de todo esto?

¡Suéltalo!

—Que bajaras de tu pedestal de esa forma tan clara. Ni siquiera puedo tener una auténtica crisis de fe y vacilar entre la imagen de la perfección y mis ilusiones hechas añicos, porque no has dejado ni un resquicio de duda de que no hay nada de divino en tu naturaleza. ¿No ves cómo te has rebajado, o te empeñas en pensar que actuaste justamente al intentar matarme? Espera, no respondas todavía. —Había una incógnita que tenía que resolver—. ¿Por qué intentaste matarme con fuego?

Brigid se encogió de hombros.

—Porque suele funcionar.

Esa respuesta, dada bajo los efectos de un hechizo que no permitía el engaño, me decía que Brigid todavía no sabía nada sobre mi trato con Morrigan, pues de lo contrario ni siquiera habría tratado de matarme. De todos modos, su forma de actuar era desconcertante.

—Pero sabías que mi amuleto me protege de la mayor parte de la magia. ¿Lo habías olvidado?

—No. Es sólo que no creí que fuera tan potente como para oponerme resistencia a mí.

—Ajá, pensaste que tu magia era más fuerte que la mía.

—Sí.

—Cuando los mortales se sienten demasiado orgullosos de sus capacidades, se llama arrogancia. No creo que haya una palabra para cuando les pasa eso a los inmortales. —Me miraba impasible, sin signos de arrepentimiento—. Veamos. ¿Qué vas a hacer cuando te libere de Fragarach?

No quería contestar de ninguna manera y tuve que esperar hasta que el hechizo la obligó a hacerlo.

—Voy a arrancarte el amuleto del cuello y cuando estés desprotegido te envolveré en llamas.

¿Qué? ¿Así, sin más?

Suspiré. No podría arrancarme el amuleto, pero no importaba tanto eso como las intenciones que confesaba.

—Bueno, eso nos deja en una posición muy incómoda, ¿no crees? Yo preferiría que los dos siguiéramos con vida y encontráramos la forma de despedirnos amistosamente. Dime, Brigid, ¿por qué crees que debo morir?

—Sigo pensando que eres el títere de Morrigan. Y me has humillado.

—Yo no soy el títere de nadie. Voy por libre. Y si sientes algún tipo de humillación, sin duda lo mereces, porque tu comportamiento es inexcusable. Ya hemos dejado claro que fueron tus acciones, y no las mías, las que violaron las normas de hospitalidad. Te comportas como una niña malcriada y no estás aceptando la responsabilidad de tus acciones, como uno de esos malditos dioses olímpicos. Y me gustaría señalar que no te has puesto en evidencia en público. Nadie sabe lo que has hecho. Puede ser nuestro secreto, y yo creo que éste es un problema que podemos solucionar. ¿Qué dices? ¿Estás dispuesta a negociar la paz o estás decidida a que yo muera por unas ofensas imaginarias?

—Libérame y lo negociaré contigo.

Me reí de ella.

—No nací ayer, como le gusta decir a la gente de aquí. Quizá negociarías un ratito. Después, intentarías matarme, ¿me equivoco?

Brigid apretó los dientes, decepcionada porque me hubiera costado tan poco ver a través de su «verdad».

—Sí —admitió, después de tratar de resistirse, en vano.

—Eso me parecía. Entonces, ya ves, tengo que mantenerte bajo este hechizo para asegurarme de que negocias de buena fe.

—Yo no tengo la seguridad de que tú lo harás.

—Bueno, no te he matado todavía aunque me hayas dado motivos de sobra, nunca he dejado de ser hospitalario contigo y he permanecido fiel a ti durante más de dos mil años. No creo que puedas cuestionar mi moralidad en este momento. Tú no puedes decirme a mí ninguna de esas cosas. Has actuado sin pensar, incluso de forma estúpida, Brigid, porque tienes miedo de que Morrigan vaya a por ti. Si yo hubiera actuado con esa misma falta de contención, estarías muerta y Morrigan ya sería la primera entre los Fae. Y todavía puede terminar siendo así. —Me eché hacia delante y la señalé con la mano que tenía libre—. Me has tratado injustamente, Brigid. Y me debes una disculpa. Muchas cosas dependen de tu respuesta. ¿Qué dices?

—Que me arranques una disculpa a punta de espada no tendrá ningún valor.

—Permíteme que difiera. Si se trata de esta espada en concreto será una disculpa sincera, o de lo contrario no podrías pronunciarla. Ésta es una prueba esencial para saber de qué pasta estás hecha. ¿Puedes admitir que estabas equivocada? La mayoría de deidades no pueden; sencillamente, les resulta imposible. Pero vosotros fuisteis humanos en el pasado antes de que nosotros los irlandeses os convirtiéramos en dioses. Párate un momento a pensarlo.

Los ojos de Brigid destellaron en azul y me pregunté si habría aprendido a hacer eso sólo para poder competir con los destellos rojos de Morrigan. A lo mejor yo debería averiguar cómo hacer que me brillaran los ojos en verde, para poder asustar a los camareros del Starbucks. Con los ojos encendidos, les diría: «No, mortal estúpido, pedí leche des-na-ta-da».

La diosa dejó de mirarme y desvió los ojos hacia la nada, con los labios apretados y tensando los músculos de la mandíbula. Cerró con fuerza los puños y empezó a salirle humo de todo el cuerpo, y alguna que otra llama le asomaba aquí y allá por la piel. Imaginé que estaría ocupándose de ciertos temas relacionados con la ira.

Quédate quieto mientras hace eso, ¿vale? Se ha olvidado de que estás ahí y no quiero recordárselo.

Oberón asintió para indicar que me había oído y entendido.

Por fin, las llamas desaparecieron y se relajó, ya no tenía los músculos agarrotados y la tensión abandonó sus hombros. Tomó varias bocanadas profundas de aire, estremeciéndose, pero al final suspiró hondamente, apoyó las manos abiertas sobre la mesa y bajó la vista a su regazo.

—Siodhachan, he respondido a tu hospitalidad de una forma terrible. Por favor, acepta mis más sinceras disculpas por mi comportamiento.

—Muy amable, Brigid. Acepto tu disculpa. Pero ahora hablemos del futuro. Si te libero del hechizo de Fragarach, ¿intentarás hacerme daño a mí o a mi perro?

—No. Tampoco buscaré venganza por la humillación que he sufrido. No obstante, no puedo prometer que no nos enfrentemos por otros asuntos.

—Eso es comprensible, pero quizá podríamos evitar situaciones desagradables tratando esos otros asuntos ahora. ¿Qué crees que nos podría llevar a un conflicto en el futuro?

—Cualquier relación que tengas con Morrigan.

—¿Por qué? ¿No soy libre de relacionarme con quien desee?

—Acuéstate con ella siempre que quieras —dijo Brigid con aire despectivo—, aunque sospecho que debe de ser más doloroso que placentero. —Con un gesto de la barbilla cargado de significado, señaló hacia los arañazos que me cubrían el pecho—. A lo que me estoy refiriendo es a que no establezcas con ella ningún tipo de alianza que amenace mi posición en Tír na nÓg.

—Está bien, explícame de qué tienes miedo. ¿Crees que podría ayudar a Morrigan a ocupar tu lugar?

—Sí, eso es justo lo que pienso.

—Bueno, pues con toda libertad te digo que yo quiero que pase eso tanto como tú. Prefiero que mandes tú a que lo haga ella.

—Gracias —respondió Brigid con recelo, después de tomarse un rato para valorar mi sinceridad.

—Pero creo que debes saber que he prometido enseñarle a Morrigan, y a nadie más, el secreto de mi amuleto.

Los ojos de Brigid se iluminaron en azul.

—¡De eso estoy hablando! Con esa protección, ¡le resultaría muy fácil darme muerte!

—Tranquila. Tienes tiempo de sobra para hacer el tuyo propio. Morrigan no va a terminarlo en un par de semanas. Se tardan siglos. Y a pesar de que en este momento considero que debo rechazar tu generosa oferta de convertirme en tu consorte, sigues siendo bienvenida y puedes estudiar el amuleto siempre que quieras.

—¿Qué te ha prometido a cambio de enseñarle cómo hacer el amuleto?

—Nada que deba preocuparte. No tiene nada que ver con suplantarte.

—Ten cuidado, druida: es traicionera.

—Ha sido más franca conmigo de lo que lo has sido tú, Brigid. Y se ha interesado por mi vida en más de una ocasión. No es ninguna sorpresa que se te haya adelantado a la hora de descubrir esta nueva magia druídica mía. Tú, por el contrario, no me has prestado ninguna atención hasta hace bien poco, ahora que tengo algo que quieres. Así que si te sientes en desventaja, no puedes echarte la culpa más que a ti misma.

Brigid cerró los ojos y tomó una profunda bocanada de aire, decidida a no volver a perder los nervios.

—Sí, parece que hoy es el día en que sacar a relucir todos mis errores. ¿Ya has terminado?

—Casi. ¿Vas a aceptar irte en paz y, en el futuro, informarme por adelantado de tus visitas?

—Sí.

—¿Y mi recompensa por haber matado a Aenghus Óg? En vez de convertirme en tu consorte, me gustaría que me perdonaras por hoy. —La liberé de Fragarach y bajé la espada a la mesa, pero no solté la empuñadura—. Espero tu próxima visita y deseo que sea mucho más agradable que ésta.

—No volveré a violar las normas de la hospitalidad —repuso Brigid mientras se ponía de pie—. Pero tampoco volverás a oír nunca una oferta como la de hoy. Todo esto podría haber sido tuyo, druida —dijo, levantándose el pecho con las manos huecas—. Piénsalo la próxima vez que Morrigan esté arrancándote tiras de piel.

Al dirigirse a la puerta, se aseguró de que tuviera una visión bastante buena de lo que me estaba perdiendo. Mierda, mierda, mierda.

¿Ya puedo hablar?

Claro, Oberón. ¿Qué pasa?

Normalmente tu paranoia me parece cosa de risa, pero ahora mismo me alegro mucho de que me dijeras que me quedara ahí detrás, porque así no terminé abrasado por ella, la chica de los cambios de humor violentos.

Se levantó sobre las patas traseras, apoyó las delanteras en mis hombros y me dio un lametón que me llenó de babas la cara.

Gracias, Atticus.