20 de junio

Un hilo conductor

YO APENAS HABÍA DORMIDO. Link tenía el brazo hinchado y amoratado. Ninguno estábamos en forma para atravesar el bosque embarrado, pero no nos quedaba otro remedio.

—¿Están listos? Tenemos que irnos.

Link se palpó el brazo con una mueca de dolor.

—No recuerdo un sólo día de mi vida en que me haya sentido peor.

A la herida de la frente de Liv empezaba a salirle la costra.

—Yo sí me he sentido peor: un día en el estadio de Wembley, tras un mal viaje en el metro y demasiados kebabs. Es una larga historia.

Cogí la mochila, que estaba manchada de barro.

—¿Dónde está Lucille?

Link la buscó con la mirada.

—¿Quién sabe? Esa gata siempre desaparece. Ahora ya sé por qué tus tías la tenían atada con una correa.

—¡Lucille! —la llamé con un silbido, pero no había rastro de ella—. Estaba aquí cuando me levanté.

—No te preocupes, amigo, ya nos encontrará. Los gatos tienen un sexto sentido, ya lo sabes.

—Como no llegamos a ninguna parte, igual se ha cansado de seguirnos —dijo Ridley—. Esa gata es mucho más lista que nosotros.

Perdí el hilo de la conversación. Estaba demasiado ocupado escuchando lo que ocurría en el interior de mi cabeza. No podía dejar de pensar en Lena y en lo que había hecho por mí. ¿Por qué había tardado tanto tiempo en ver lo que tenía delante de los ojos?

Sabía que Lena llevaba castigándose mucho tiempo. Su aislamiento, las morbosas fotografías de lápidas de su cuarto, los símbolos Oscuros de su diario y de su cuerpo, que se pusiera ropa de su tío, salir con Ridley y con John. Nada de eso tenía que ver conmigo, sino con Macon.

Pero no me había dado cuenta de que había sido su cómplice. Yo era para Lena un constante recordatorio del crimen por el que se fustigaba una y otra vez. La imagen constante de lo que había perdido. Me veía todos los días, me cogía de la mano, me besaba. No era de extrañar que al mismo tiempo estuviera tan excitada y tan fría: primero me besaba y luego echaba a correr. Pensé en la letra de la canción escrita tantas veces en la pared de su habitación.

Correr para seguir en el mismo sitio.

Lena no podía huir y yo no podía permitírselo. En mi último sueño le había confesado que estaba al corriente del pacto. Me pregunte si habría compartido aquel sueño conmigo, si sabía que conocía su secreta carga. Y que no tendría que soportarla sola nunca más.

Lo siento mucho, L.

Escuché por si asomaba su voz desde el fondo de mi mente, pero no oí nada. Sí vi, sin embargo, algunas imágenes con mi visión periférica. Instantáneas que pasaban a mi lado como automóviles adelantando por el carril rápido de la autopista.…

Corría, saltaba, avanzaba tan aprisa que no podía enfocar la mi rada. No hasta que mi visión se ajustó, como había hecho en dos ocasiones anteriormente y pude distinguir los árboles, las hojas y las ramas. Al principio sólo oí hojas crujiendo bajo mis pies, el silbido del aire al pasar. Luego también oí voces.

—Tenemos que volver.

Era Lena. Me interné en el bosque siguiendo el sonido de su voz

—No podemos. Ya lo sabes.

El sol penetraba suavemente entre las hojas. Sólo veía botas: las gastadas Converse de Lena y las militares de John. Estaban a pocos metros.

Entonces vi sus rostros. Lena tenía gesto de determinación y una mirada que conocía bien.

—Sarafine los ha encontrado. ¡Podrían haber muerto!

John se acercó e hizo una mueca, la misma que cuando los vi tumbados en el techo. Era un tic, la reacción a algún dolor. Miraba los ojos dorados de Lena.

—Querrás decir: Ethan podría haber muerto.

Lena evitó su mirada.

—Estoy pensando en todos ellos, no sólo en Ethan. ¿No te preocupa Ridley siquiera un poco? Ha desaparecido. ¿No te parece que ambas cosas podrían guardar relación?

—¿Qué dos cosas?

Lena se puso tensa.

—La desaparición de mi prima y que Sarafine se haya presentado de pronto como salida de ninguna parte.

John cogió su mano y entrelazaron los dedos como ella y yo solíamos hacer.

—Sarafine siempre aparece así, de pronto. Lena, probablemente tu madre sea la Caster Oscura más poderosa del mundo. ¿Por qué iba a querer hacerle daño a Ridley, que pertenece a su especie?

—No lo sé —dijo Lena negando con la cabeza. Empezaba a vacilar—. Es sólo que…

—¿Qué?

—Aunque ya no estemos juntos, no quiero que le hagan daño. Siempre ha intentado protegerme.

—¿De qué?

De mí misma.

Oí sus palabras aunque no las pronunciara en voz alta.

—De muchas cosas. Antes todo era distinto.

—Fingías ser algo que no eres, te esforzabas por contentar a todo el mundo. ¿Nunca has pensado que no te estaba protegiendo, sino que sólo te estaba reteniendo?

Me palpitaba el corazón. Me puse tenso.

Era yo quien lo retenía a él.

—¿Sabes? Una vez tuve una novia Mortal.

Lena se quedó de piedra.

—¿De verdad?

—Sí —dijo John asintiendo—. Era encantadora y la quería.

—¿Qué pasó? —Lena escuchaba con atención.

—Fue muy duro. No comprendía mi forma de vivir, que no siempre hago lo que quiero… —dijo John. Parecía sincero.

—¿Por qué no?

—En mi infancia fueron muy estrictos conmigo, extraordinariamente estrictos. Hasta para las reglas había reglas.

Lena parecía confusa.

—¿Te refieres a la prohibición de salir con Mortales? —John volvió a hacer una mueca y esta vez también encogió un poco el hombro.

—No. Me educaron como me educaron porque era distinto. El hombre que me crio es el único padre que he conocido y no quería que me hicieran más daño.

—Yo tampoco quiero hacer daño.

—Tú eres distinta. Quiero decir, tú y yo somos distintos.

John cogió la mano de Lena y la atrajo hacia sí.

—No te preocupes, encontraremos a tu prima. Seguro que se ha fugado con el batería del Sufre.

En efecto, Ridley estaba con un baterista, aunque no con el que John pensaba. ¿El Sufre? Lena salía con tipos como John y frecuentaba lugares como el Exilio y el Sufre. Era otra forma de castigarse.

Lena no dijo nada más, pero no soltó la mano de John. Intente seguirlos, pero no pude. No dependía de mí. Era obvio por el punto de vista, próximo al suelo, desde el que los veía, siempre de abajo arriba. Nada tenía ningún sentido, pero me daba igual. Eché a correr de nuevo a través de un oscuro túnel. ¿O era una cueva? Sus negra paredes pasaban por mi lado a toda velocidad. Olía a mar.

Me froté los ojos sorprendido al verme caminando detrás de Liv en lugar de tendido en el suelo. Era una locura ver a Lena en un sitio y al mismo tiempo seguir a Liv a través de los Túneles. ¿Cómo era posible?

Mis extrañas visiones, siempre de abajo arriba, desde un punto cercano al suelo, y el rápido paso de las imágenes. ¿Qué ocurría? ¿Porque veía a Lena y a John? Tenía que haber algún motivo.

Me miré las manos. Sólo llevaba el Arco de Luz. Pensé en la primera de aquellas visiones, la del cuarto de baño de mi habitación. Pero entonces no tenía el Arco de Luz, tocaba el lavabo, nada más. Debía existir algún hilo conductor, una relación que no acertaba a ver.

Más adelante, el túnel acababa en una sala de piedra en la que convergían las entradas de otros cuatro túneles.

—Y ahora, ¿por dónde? —preguntó Link con un suspiro.

No respondí porque al mirar el Arco de Luz vi a través de él a alguien conocido.

Lucille.

Sentada en la boca del túnel que teníamos justo enfrente, aguardándonos. Saqué del bolsillo trasero la placa metálica que tía Prue me había dado. Tenía grabado el nombre de la gata. Recordé las palabras de mi tía.

Veo que no has perdido a la gata. Yo estaba esperando el momento oportuno para soltarla de la cuerda de tender. Sabe algún truco que otro, ya lo verás.

En una fracción de segundo todo encajó. Comprendí.

Era Lucille.

Las imágenes que siempre pasaban a toda velocidad antes de ver a Lena y a John. Estar mucho más próximo al suelo que cuando estaba de pie. Verlos siempre de abajo arriba, como si estuviera tumbado. Que Lucille desapareciera y volviera a aparecer de forma tan azarosa. Aunque, naturalmente, no era tan azarosa. Todo cobró sentido.

Me esforcé por recordar las veces en que Lucille había desaparecido. La primera vez que vi a Lena con John y Ridley fue al mirarme en el espejo de mi cuarto de baño. Lucille no había desaparecido, pero a la mañana siguiente la encontré sentada en el porche. Lo cual no tenía ninguna explicación, porque de noche no la dejábamos fuera.

La segunda vez, Lucille desapareció en el Forsyth Park cuando llegamos a Savannah y no volvimos a verla hasta salir del cementerio de Buenaventura —yo había visto a Lena y a John en el cuarto de invitados de la casa de mi tía Caroline—. Y la última vez Link se había dado cuenta de que Lucille no nos acompañaba cuando volvimos a mirar en los Túneles y ahora allí estaba, sentada delante de nosotros, justo después de haber vuelto a ver a Lena.

Sólo que no era yo quien veía a Lena, era Lucille.

La gata se guiaba por el rastro de Lena igual que nosotros por los mapas, el Arco de Luz o la atracción de la luna. Yo veía a Lena a través de los ojos de la gata acaso del mismo modo que Macon veía el mundo a través de los ojos de Boo. ¿Cómo era posible? Lucille no era una gata Caster y yo tampoco era un Caster.

¿O Lucille sí era Caster?

—¿Qué eres, Lucille?

La gata me miró a los ojos y ladeó la cabeza.

—Ethan —llamó Liv. Me estaba observando—. ¿Estás bien?

—Sí —respondí dirigiendo a Lucille una mirada cómplice. La gata me ignoró y se limitó a olisquear la punta de su cola con mucha gracia.

—No es más que una gata, lo sabes, ¿no? —comentó Liv, mirándome con extrañeza.

—Claro.

—Sólo quería comprobar que no lo habías olvidado. —Genial. No sólo hablaba con una gata, ahora también hablaba de hablar con una gata.

—Tenemos que seguir. —Liv tomó aire.

—Sí, pero me temo que no podemos.

—¿Por qué no?

Liv me enseñó los mapas de tía Prue, que había extendido en el suelo.

—¿Ves esta marca? Es la puerta más próxima. Me ha llevado algún tiempo, pero he conseguido entender muchas cosas de estos mapas. Tu tía no bromeaba. Debe de haberse pasado años trazándolos.

—¿Están indicadas las puertas?

—Eso parece, con estas «p» rojas rodeadas con un círculo. —Estaban por todas partes—. ¿Ves estas líneas rojas? Creo que indican los lugares menos profundos. Parece que cuanto más oscuro es el color a mayor profundidad está el túnel.

Señalé una retícula de líneas negras.

—Entonces esta zona será la más honda.

Liv asintió.

—Y posiblemente la más Oscura. La idea de que existan territorios de Luz y de Sombra es completamente nueva o, al menos, poco difundida.

—¿Y dónde está el problema?

—Aquí.

Liv señaló dos palabras garabateadas en el borde sur del mapa DE MAYOR tamaño: LOCASILENTIA.

Recordé la segunda palabra. La había dicho Lena al hechizarme para que no le dijera a su familia que pensaba fugarse.

—¿Qué quiere decir?

—Que aquí el mapa se queda en silencio, que termina porque ha llegado al final. Señala la costa meridional, lo cual significa que a partir de ahí no hay mapa, sólo terra incognita —dijo, y se encogió de hombros—. Ya sabes lo que solían decir: Hic dracones sunt.

—Sí, claro, lo he oído muchas veces. —No tenía la menor idea de a que se refería.

—«Aquí habitan dragones». Es lo que los marinos solían escribir en los mapas hace quinientos años, cuando el mapa terminaba pero el océano no.

—Prefiero enfrentarme a un dragón que a Sarafine. —Me quedé mirando el lugar que Liv señalaba dando golpecitos con el dedo. El entramado de Túneles que habíamos recorrido era tan complejo como la red de carreteras—. ¿Y ahora qué?

—Me he quedado sin ideas. No he hecho otra cosa que mirar estos mapas desde que tu tía nos los dio y todavía no sé cómo llegar a la Frontera, aunque tampoco sé todavía si es un lugar real o ficticio. —Los dos estudiamos el mapa—. Lo siento. Sé que los he decepcionado, que los he decepcionado a todos.

Recorrí sobre el mapa la costa con el dedo hasta llegar a Savannah, donde el Arco de Luz había dejado de funcionar. La marca roja de la puerta de Savannah se encontraba justo debajo de la L inicial de L O C A S I L E N T I A. Mientras miraba las letras y las marcas rojas las rodeaban, empecé a comprender. Pensé en el Triángulo de las Bermudas, una especie de vacío donde todo desaparecía como por arte de magia.

Loca silentia no significa «donde el mapa guarda silencio».

—¿No?

—Creo que significa algo parecido a silencio de radio, al menos para los Caster. Piensa un poco. ¿Cuándo dejó de funcionar el Arco de Luz?

Liv reflexionó unos instantes.

—En Savannah, justo después de que… —Me miró y se sonrojó. Sin duda recordaba nuestro encuentro en la habitación de invitados de mi tía Caroline—. ¿Encontrásemos el cuaderno de tu madre en el ático?

—Exacto. Cuando entramos en el territorio llamado Loca silentia, el Arco dejó de guiarnos. Creo que hemos pasado por una especie de zona de nadie sobrenatural como el Triángulo de las Bermudas desde que empezamos a desplazarnos hacia el Sur.

Liv levantó la vista del mapa para mirarme. Cuando por fin habló, no podía evitar que su voz trasluciera la emoción que sentía.

—La línea de unión. Nos encontramos en la línea de unión, es decir, en la Frontera.

—Pero ¿en la línea de unión de qué?

—De los dos universos —dijo Liv y consultó el selenómetro—. Es posible que durante todo este tiempo el Arco de Luz haya sufrido una especie de sobrecarga mágica.

Pensé en la forma de aparecer de tía Prue, en el lugar y el momento precisos en que lo hizo.

—Apuesto a que tía Prue sabía que necesitábamos los mapas. Acabábamos de entrar en Loca silentia cuando nos los dio.

—Pero el mapa termina sin indicar dónde se encuentra la Frontera, y así, ¿cómo puede nadie encontrarla? —dijo Liv, y suspiró.

—Mi madre pudo. Supo encontrarla sin ayuda de la estrella.

Cuánto me habría gustado que estuviera allí en aquellos momentos aunque sólo fuera en forma de visión espectral hecha de niebla, polvo y huesos de pollo.

—¿Lo has leído en sus papeles?

—No, pero oí que John se lo decía a Lena. —No quería pensar en ello aunque la información nos fuera útil—. Entonces, según el mapa, ¿dónde estamos?

—Justo aquí —respondió Liv indicándomelo con el dedo. Habíamos alcanzado la larga curva de los cabos y pequeñas bahías de la costa meridional. Los caminos Caster confluían y divergían como terminaciones nerviosas hasta llegar al litoral.

—¿Qué son estas formas? ¿Unas islas? —pregunté.

Liv mordió la punta del bolígrafo.

—Sí, las Islas Marinas.

—Creo que he visto esas mismas figuras en alguna parte.

—A mí también me lo ha parecido, pero pensaba que era por haber consultado los mapas tantas veces.

Era cierto. La representación de aquellas islas, con curvas cóncavas y convexas como las de las nubes, me sonaba. ¿Dónde había visto algo parecido?

Saqué unos papeles —los papeles de mi madre— del bolsillo de la mochila. Entre hojas arrugadas estaba el trozo de papel de vitela donde podía verse un extraño dibujo Caster que parecía reproducir unas nubes.

Ella supo cómo encontrarla sin la estrella.

—Espera un momento. —Coloqué el trozo de papel de vitela sobre el mapa. Parecía una fina capa de cebolla sobre la tabla de cortar de Amma—. Me pregunto si…

Deslicé la hoja traslúcida sobre el mapa. Los trazos del dibujo de la piel de vitela encajaron perfectamente en los del mapa. Salvo uno, que se materializó en una especie de silueta espectral sólo visible cuando las inacabadas líneas de la retícula del mapa se completaron con las inacabadas líneas de la piel de vitela. Por separado, las líneas trazadas en uno y en otro papel sólo parecían garabatos sin sentido.

Al juntarlas, sin embargo, todo encajó y pudimos ver la isla.

Como las dos mitades de una llave Caster o como dos universos unidos por un propósito común.

La Frontera estaba oculta en mitad de una costa Mortal.

Me quedé mirando el trazo de la hoja y lo que se veía debajo.

Allí estaba. El lugar más legendario del universo Caster aparecido como por arte de magia por obra y gracia del bolígrafo y el papel.

Oculto a simple vista.