19 de junio

Debajo

NADIE HABLÓ MIENTRAS caminábamos por el arcén en dirección al Parque y a la Puerta de Savannah. Habíamos decidido que era mejor no arriesgarse a volver a casa de tía Caroline porque muy probablemente tía Del insistiera en acompañarnos. Por lo demás, no teníamos nada importante que decirnos. Link intentaba ponerse el pelo de punta sin ayuda de un gel industrial y Liv consultaba el selenómetro y anotaba datos en su cuaderno rojo.

Lo de siempre.

Sólo que aquella mañana, en la sombría penumbra que precede al Amanecer, lo de siempre no era normal. Mi cabeza estaba en ebullición y tropecé varias veces. La noche había sido peor que una pesadilla y no podía despertarme. Ni siquiera tenía que cerrar los ojos para ver el sueño, a Sarafine y el cuchillo… Lena llorando por mí.

Había muerto.

Estuve muerto durante ¿cuánto tiempo?

¿Minutos?

¿Horas?

De no ser por Lena, en esos momentos yacería en el Jardín de la Paz Perpetua en la segunda caja de cedro de la sepultura familiar.

¿Había sentido algo? ¿Había visto algo? ¿La experiencia me había cambiado? Me palpé la cicatriz. ¿Era realmente mía o sólo era un recuerdo de algo que le había ocurrido al Ethan Wate anterior, al Ethan que no había regresado?

Todo se confundía en una borrosa nube como los sueños que Lena y yo compartimos o las diferencias entre el cielo Caster y el cielo Mortal. ¿Qué parte era real? ¿Había sabido de modo inconsciente lo que Lena había hecho? ¿Lo había intuido aparte de lo que ocurría entre nosotros?

Si Lena hubiera sido consciente de las consecuencias de su elección, ¿habría actuado de otra forma?

Le debía la vida, pero no me sentía feliz, sino roto, con miedo a la tierra de la tumba, a la soledad y a la nada. Y luego estaba la pérdida de mi madre y la de Macon y, en cierto modo, la de Lena. Y también otra cosa.

La abrumadora tristeza y la culpa inconcebible por ser yo quien seguía con vida.

Forsyth Park tenía una apariencia extraña al alba. Siempre lo había visto abarrotado. Ahora estaba desierto y no encontraba la puerta de los Túneles. No había tranvías ni turistas, ni perros enanos ni jardineros podando azaleas. Pensé en las personas que unas horas después se pasearían por sus caminos. Respirando, llenas de vida.

—Pero ¿no la has visto? —dijo Liv, tirándome del brazo.

—¿El qué?

—La puerta. Acabas de pasar por delante.

Tenía razón. Había pasado de largo sin darme cuenta. Casi había olvidado con cuanta sutileza actuaba el mundo Caster, siempre oculto a simple vista. Era imposible ver la puerta del parque a no ser que la buscaras a propósito, y estaba bajo un arco de sombra perpetua que la disimulaba. Tal vez fuera el efecto de un Hechizo. Link se puso manos nos a la obra. Sacó la cizalla y metió la hoja en la ranura del marco. La puerta se abrió con un crujido. La penumbra del túnel era aún más oscura que el amanecer estival.

—No puedo creer que sea tan sencillo —dije, negando con la cabeza.

—He estado pensando en ello desde que salimos de Gatlin —dijo Liv—, y creo que tiene mucho sentido.

—¿Tiene mucho sentido que una simple cizalla abra una puerta Caster?

—En eso reside la belleza del Orden de las Cosas. Como te dije están el universo material y el universo mágico —explicó Liv mirando al cielo.

—Como los dos cielos —dije yo, comprendiendo.

—Exacto. Ninguno es más real que el otro. Coexisten.

—¿Hasta el punto de que con unas tijeras oxidadas se pueda abrir una puerta mágica? —No sabía por qué me sorprendía tanto.

—No siempre. Pero allí donde los dos universos confluyan siempre habrá algún tipo de unión, ¿no te parece? —Para Liv tenía mucho sentido. Asentí—. Me pregunto si la fuerza de un universo se corresponde con la debilidad del otro. —Hablaba para sí misma tanto como para mí.

—¿Quieres decir que para Link es muy fácil abrir la puerta porque a un Caster le resulta imposible?

Era sorprendente la facilidad con que Link abría las puertas que accedían a los Túneles. Por otra parte, Liv no estaba al corriente del mucho tiempo que llevaba Link abriendo cerraduras desde que, en sexto curso, su madre le impuso por primera vez el toque de queda.

—Posiblemente. Y también explicaría lo que sucede con el Arco de Luz.

—¿Y qué les parece esta explicación? Las puertas Caster se rinden a mis encantos porque soy un hombre como no hay dos —reflexionó Link.

—A lo mejor es que cuando los Caster construyeron los Túneles hace cientos de años no existían las cizallas —dije.

—Lo que no existía era nadie con mi extraordinaria capacidad como semental en ninguno de los dos universos —dijo, guardando la cizalla en el cinturón—. Las damas primero.

Liv entró en el túnel.

—De ti ya no me sorprende nada.

Bajamos las escaleras y nos sumimos en el enrarecido aire del túnel. La tranquilidad era tan absoluta que ni siquiera la perturbaba el eco de nuestras pisadas. El silencio era denso y pesado y, bajo el mundo Mortal, el aire carecía de la ligereza que poseía en la superficie.

Al llegar al fondo del pasadizo nos encontramos ante la misma ruta oscura que nos condujo a Savannah, la que se dividía en dos caminos: la calle sombría donde nos encontrábamos y el prado inundado de luz. Frente a nosotros, el cartel de neón del viejo motel lucía ahora de forma intermitente, pero todo lo demás seguía exactamente Igual.

Todo lo demás menos Lucille, que estaba al pie del cartel y nos miraba. Bostezó y se levantó poco a poco y estirando una pata después de otra.

—Cuánto te gusta tomarnos el pelo, Lucille —dijo Link poniéndose en cuclillas para acariciar a la gata. Lucille maulló. O tal vez gruñera, depende del cristal con que se mire—. Pero bueno, te perdono. —A Link cualquier cosa le conquistaba.

—¿Y ahora qué? —dije ante la encrucijada.

—¿Escalera al infierno o camino de baldosas amarillas? ¿Porque no sacas la bola a ver qué dice? —sugirió Link poniéndose de pie.

Saqué el Arco de Luz del bolsillo. Seguía brillando con luz palpitante, pero el color esmeralda que nos había llevado a Savannah había desaparecido. Ahora era de un azul vivo, como el que tiene la Tierra en las fotos por satélite.

Liv tocó la esfera y brilló más.

—El azul es mucho más potente que el verde. Creo que ha aumentado de intensidad.

—O quizá sean tus superpoderes —dijo Link dándome una palmada en la espalda que a punto estuvo de tirar el Arco de Luz.

—¿Y tú te preguntas por qué esta cosa ha dejado de funcionar? —Molesto, me aparté de él.

Link me dio con el hombro.

—Intenta leerme el pensamiento. O no, mejor prueba a volar.

—Deja de hacer el tonto —le amonestó Liv—. Ya has oído a la madre de Ethan, no tenemos mucho tiempo. No sé si el Arco de Luz va a funcionar o no, pero necesitamos una respuesta.

Link se irguió. En el cementerio habíamos sido testigos de algo que nos pesaba a todos. La tensión empezaba a notarse.

—Chist, escuchad… —Avancé unos pasos en la dirección del túnel alfombrado de hierba alta. Se oía el canto de los pájaros.

Extendí el brazo con el Arco de Luz y contuve la respiración. No me habría importado que se hubiera apagado y enviado por el camino de las sombras, los tenebrosos edificios con oxidadas escaleras de incendios y puertas sin la menor indicación. Con tal de que nos diera una respuesta.

Pero no nos la dio.

—Prueba por el otro lado —sugirió Liv sin apartar los ojos de la luz. Desanduve mis pasos.

Ningún cambio.

No contábamos ni con la ayuda del Arco de Luz ni con mis facultades de Wayward, porque en el fondo sabía que, sin el Arco, no habría sabido encontrar ni la salida de mi cuarto de baño y mucho menos de los Túneles.

—Supongo que esa es la respuesta. Estamos jodidos —dije, dando unos golpecitos en la bola—. Genial.

Link echó a andar por el camino soleado sin pensárselo dos veces.

—¿Adónde vas?

—No te ofendas, pero a no ser que tengas alguna pista secreta, yo sigo por aquí —dijo y miró el camino sombrío—. Para mí la situación está del siguiente modo: no sabemos adónde ir, ¿no?

—Más o menos.

—Pero desde otro punto de vista, tenemos un cincuenta por ciento de posibilidades de acertar. —No me molesté en corregir sus cálculos—. Así que podemos coger el camino de Oz y tomarnos las cosas con optimismo y pensar que por fin hemos dado el paso necesario para llegar adonde queremos llegar. Porque, en realidad, ¿qué podemos perder? —Era complicado discutir la lógica manipulada de Link cuando se ponía tan serio—. ¿Alguien tiene una idea mejor?

Liv negó con la cabeza.

—Casi no me creo lo que estoy diciendo, pero no.

Pusimos rumbo a Oz.

Aquel túnel parecía salido directamente de uno de los viejos libros de L. Frank Baum de mi madre. Los sauces jalonaban el camino de tierra y el cielo subterráneo era claro, infinito y azul.

Reinaba la calma, lo que provocaba en mí el efecto totalmente contrario. Me había acostumbrado a las sombras y aquel camino se me antojaba demasiado idílico. Temía que en cualquier momento apareciera detrás de las colinas un Vex y se abalanzara sobre nosotros. O que, cuando menos lo esperase, me cayera una casa encima.

Ni siquiera había sido capaz de imaginar el extraño vuelco que había dado mi vida.

¿Qué hacía yo en aquel camino? ¿Adónde me dirigía en realidad? ¿Quién era yo para inmiscuirme en una batalla entre extrañas potencias que no comprendía acompañado tan sólo de una gata fugitiva, un batería de singular talento armado con una cizalla y una versión femenina de Galileo de sólo dieciséis años y fanática del Ovaltine?

Por no hablar de que íbamos a salvar a una chica que no quería que la salvaran.

—¡Espera, gata estúpida! —dijo Link, y echó a correr en pos de Lucille, que se había convertido en jefa del grupo y andaba en zigzag como si supiera exactamente adónde nos dirigíamos.

Irónico, porque yo no tenía la menor idea.

Dos horas más tarde el sol seguía brillando y mi incomodidad creciendo. Liv y Link avanzaban delante de mí, que era la forma que Liv tenía de evitarme o, al menos, de evitar la situación. Y no podía culparla. Había visto a mi madre y oído a Amma. Sabía lo que Lena había hecho por mí y que eso explicaba su errático comportamiento. Los hechos no habían cambiado, pero los motivos sí. Por segunda vez aquel verano, una chica que me gustaba —y a quien yo gustaba— evitaba mirarme a los ojos, y para no hacerlo caminaba junto a Link y se entretenía enseñándole insultos en inglés británico y riéndose de los chistes.

Liv se paró en seco de pronto.

—¿Habéis oído eso? —preguntó.

Normalmente, cuando yo oía una canción era el único y se trataba de la canción de Lena. Esta vez todos la oyeron y no se parecía en nada a la hipnótica melodía de Diecisiete lunas. El cantante desafinaba. Desafinaba mucho. Lucille maulló y se le erizó la piel.

—¿Qué es eso? —preguntó Link mirando a su alrededor.

—No lo sé. Parece… —me interrumpí.

—¿Alguien en apuros? —dijo Liv poniendo la mano en la un para oír mejor.

—Iba a decir «en brazos del eterno». —Un viejo himno que las Hermanas cantaban en la iglesia. Iba a decirlo y casi acierto.

Tras el recodo del camino encontramos a tía Prue, que caminaba en nuestra dirección del brazo de Thelma cantando como cualquier mañana de domingo en la iglesia. Llevaba su vestido de flores blanco y guantes a juego y andaba como podía con sus zapatos ortopédicos de color beige. Harlon James, que era casi del mismo tamaño del bolso de piel auténtica de tía Prue, iba detrás. Tenían aspecto de estar dando un paseo una tarde soleada de domingo.

Lucille maulló y se sentó en mitad del camino.

Link se rascó la cabeza.

—Colega, ¿estoy viendo visiones o qué? ¿No es esa tu tía y su perro pulgoso? —preguntó. No le respondí. Pensaba en la posibilidad de que se tratara de un truco Caster. Cuando estuviéramos lo bastante cerca, Sarafine saldría del cuerpo de mi tía y nos mataría.

—Puede que sea Sarafine. —Pensaba en voz alta, intentando encontrar la lógica de lo absolutamente ilógico.

—No creo —dijo Liv negando con la cabeza—. Los Cataclyst pueden proyectarse en los cuerpos de otros, pero no apoderarse de dos cuerpos a la vez. Y en este caso serían tres, si contamos al perro.

—¿Y quién iba a contar a un perro como ese? —dijo Link con cara de asco.

Una parte mí, la mayor parte de mí, tenía ganas de salir pitando. Ya averiguaríamos la verdad después. Pero nos vieron. Tía Prue, o la criatura que se había apropiado de tía Prue, nos saludó con mi pañuelo.

—¡Ethan! —Link me miró.

—¿Echamos a correr?

—¡Es más difícil encontrarte que atar a un gato! —dijo tía Prue acortando por la hierba lo más deprisa que podía. Lucille maulló y ladeó la cabeza—. Venga, Thelma, acelera. —Incluso desde lejos era imposible confundir el paso cansino de una y el autoritario de la otra.

—No. Es ella, no hay duda. —Demasiado tarde para salir corriendo.

—¿Cómo habrán llegado hasta aquí? —Link estaba tan perplejo como yo. Una cosa era encontrar a Carlton Eaton repartiendo el correo en la Lunae Libri, pero ver a mi centenaria tía abuela dando un paseo por los Túneles con su vestido de los domingos era para morirse de la sorpresa allí mismo.

El bastón de tía Prue se hundió en la hierba.

—¡Wesley Lincoln! ¿Te vas a quedar ahí parado mirando cómo a esta vieja le da un ataque al corazón o me vas a ayudar a subir la maldita cuesta?

—Sí, señora. Digo, no, señora.

Link echó a correr tan deprisa para ayudar a mi tía abuela que se tropezó y estuvo a punto de caerse. La cogió por un brazo y yo la cogí por el otro.

La conmoción de verla empezaba a remitir.

—Tía Prue, ¿cómo has llegado hasta aquí?

—Igual que tú, supongo, por una de las puertas. Hay una justo detrás de los Misioneros Baptistas. La usaba para hacer novillos de la escuela bíblica cuando era todavía más joven que tú.

—Pero ¿cómo conocías la existencia de los Túneles? —Me resultaba inconcebible. ¿Nos habría seguido?

—He estado en los Túneles más veces que un pecador en la cantina. ¿Te piensas que eres el único que sabe lo que pasa en este pueblo? —Lo sabía. Era uno de ellos, como mi madre, Marian y Carlton Eaton; Mortales que habían llegado a formar parte del universo Caster.

—Y tía Grace y tía Mercy, ¿están al corriente?

—Pues claro que no. Esas dos no sabrían guardar un secreto ni aunque les fuera la vida en ello. Por eso mi padre sólo me lo dijo a mí. Y yo jamás se lo he dicho a nadie, excepto a Thelma.

Thelma apretó el brazo de tía Prue con afecto.

—Sólo me lo ha dicho porque ya no puede bajar las escaleras sola.

Tía Prue le arreó un golpe a Thelma con el pañuelo.

—Oh, vamos, Thelma, no me vengas con cuentos. Sabes que no es verdad.

—¿Le ha mandado la profesora Ashcroft en nuestra busca? —preguntó Liv con inquietud tras levantar la vista de su cuaderno. Tía Prue resopló.

—A mí nadie me manda a ninguna parte, ya soy demasiado vieja. He venido porque me da la gana —respondió, y me señaló—. Pero a ti, jovencito, más te vale que Amma no baje a buscarte. Desde que te fuiste está que trina.

Si ella supiera.

—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí, tía Prue? —Aunque estuviera al corriente de la existencia de los Caster, los Túneles no parecían el lugar más seguro para una anciana.

—He venido a traerte esto —dijo tía Prue abriendo su bolso y ofreciéndomelo para que pudiera mirar en su interior. Bajo las tijeras, los cupones y una Biblia del Rey Jacobo de bolsillo había un grueso paquete de papeles amarillentos y bien envueltos—. Venga, cógelos ya, ¿qué esperas?

Fue como si me pidiera que me clavase unas tijeras. Por nada del mundo metería yo una mano en el bolso de mi tía. Era la peor violación de las normas de etiqueta sureñas que podía imaginarse.

Liv comprendió el problema.

—¿Me permite? —Seguramente a los varones británicos tampoco les gustaba revolver en los bolsos de las mujeres.

—Para eso los he traído.

Liv sacó los papeles del bolso de tía Prue con mucho cuidado.

—Son muy antiguos —dijo, desplegándolos sobre la hierba—. No me puedo creer que sean lo que creo que son.

Me agaché y los estudié. Parecían esquemas o planos arquitectónicos. Estaban marcados con distintos colores, escritos por varias manos y trazados meticulosamente sobre una retícula de perfectas líneas rectas. Liv alisó el papel y pude ver las largas filas de líneas que hacían intersecciones.

—Eso depende de lo que creas que son.

—Mapas de los Túneles —dijo Liv con un temblor en las manos, y miró a tía Prue—. ¿Podría decirme dónde los ha conseguido, señora? Nunca había visto nada parecido, ni siquiera en la Lunae Libri.

Tía Prue sacó un caramelo de menta del bolso y le quitó el envoltorio.

—Me los dio mi padre, que a su vez los recibió de su padre. Son más viejos que el polvo.

Me quedé sin habla. Lena pensaba que mi vida volvería a la normalidad sin ella, pero se equivocaba. Con maldición o sin ella, todos mis parientes tenían algo que ver con los Caster.

Por eso, afortunadamente, podíamos contar con sus mapas.

—No están terminados. En mis tiempos se me daba bien el dibujo, pero la bursitis acabó conmigo.

—Yo intenté ayudarla, pero no tengo talento —dijo Thelma en tono de disculpa.

Tía Prue le dio con el pañuelo.

—¿Los has dibujado tú?

—En parte sí —dijo mi tía apoyándose en el bastón y henchida de orgullo.

Liv estudió los mapas con asombro.

—¿Cómo, si los Túneles son interminables?

—Poco a poco. En esos mapas no están todos, sólo los de las dos Carolinas y una parte de Georgia. Más lejos no llegamos.

Era increíble. ¿Cómo había sido capaz mi dispersa tía de trazar mapas de los Túneles Caster?

—¿Y cómo pudiste hacerlo sin que tía Grace y tía Mercy se enterasen? —En mi vida las había visto separadas. Al contrario, estaban siempre juntas, prácticamente se tropezaban las unas con las otras.

—No siempre hemos vivido juntas, Ethan —respondió tía Prue bajando la voz como si tía Grace y tía Mercy pudieran oírla—. Además, en realidad, los jueves no voy a jugar al bridge.

Intenté imaginar a tía Prue cartografiando el mundo de los Caster mientras las demás miembros de las Hijas de la Revolución jugaban a las cartas en la sala de reuniones de la iglesia.

—Llévatelos si te vas a quedar aquí, pueden venirte bien. Pasados unos kilómetros, el paisaje se complica. Hubo días en que llegué a estar tan perdida que a punto estuve de no encontrar el camino de vuelta a Carolina del Sur.

—Gracias, tía Prue, pero… —dije, y me interrumpí. No sabía por dónde empezar: el Arco de Luz y las visiones; Lena, John Breed y la Frontera; la luna fuera de tiempo y la estrella perdida; por no mencionar el enloquecido selenómetro de Liv o la más que posible implicación de Sarafine y Abraham Ravenwood en todo aquel asunto. No era una historia para contar a una de las ciudadanas más viejas de Gatlin.

Tía Prue me sacó de mis pensamientos con un golpe de pañuelo.

—Están más perdidos que un pollo en una pocilga. Si no quieres sufrir ningún incidente desagradable, será mejor que prestes atención.

—Sí, tía. —Creía saber adónde llevaba aquella particular lección pero me equivoqué tanto como cuando Savannah Snow se presento en el coro con un vestido sin mangas y mascando chicle.

—Ayer se presentó en mi casa Carlton lloriqueando para preguntarme si sabía algo porque alguien había entrado por la puerta Caster del recinto de la feria —dijo mi tía, apuntándome con su huesudo dedo—. Luego me enteré de que la chica de los Duchannes no aparece, de que Wesley y tú se habían marchado y de esa chica que se queda en casa de Marian, ya sabes, la que toma té con leche, no esta por ninguna parte. Y me parecieron demasiadas coincidencia hasta para Gatlin.

Qué gran sorpresa que Carlton difundiera la noticia.

—En cualquier caso, van a necesitar los mapas y quiero que se los lleven. Y no tengo tiempo para tonterías.

Mi intuición no me había fallado. Aunque no quisiera decirlo mi tía estaba al corriente de lo que sucedía.

—Te lo agradezco mucho, tía Prue. Y no te preocupes.

—No me preocuparé si te llevas los mapas —dijo, dándome una palmadita en la mano—. Van a encontrar a esa chica de ojos de oro Lena Duchannes. A veces, hasta una ardilla ciega encuentra una nuez.

—Eso espero, tía.

Volvió a darme en la mano y cogió su bastón.

—Bueno, será mejor que no te entretengas más con esta anciana y te enfrentes ya a tus problemas para que, con el permiso del Señor y si no hay crecida, no se agraven más —dijo, y se alejó con Thelma por donde había venido.

Lucille las siguió unos metros. Hasta que tía Prue se detuvo y dio media vuelta.

—Veo que no has perdido a la gata —me dijo—. Yo estaba esperando el momento oportuno para liberarla del poste de la cuerda de tender. Sabe algún truco que otro, ya lo verás. ¿Conservas la placa?

—Sí, tía. La llevo en el bolsillo.

—Hace falta una anilla para ponérsela en el collar. No la pierdas y ya te conseguiré una. —Sacó otro caramelo de menta, le quitó el envoltorio y se lo dio a Lucille—. Siento haberte llamado desertora, querida, pero ya sabes que en caso contrario Mercy no habría permitido que te fueras.

Lucille olisqueó el caramelo.

Thelma se despidió con la mano con una de sus sonrisas estilo Dolly Parton.

—Buena suerte, corazón.

Me quedé contemplando cómo se alejaban mientras me preguntaba cuántas cosas ignoraría de mi familia. ¿Qué otras personas de aspecto senil y despistado estarían observando cada uno de mis movimientos? ¿Quién más custodiaba documentos y conocía secretos de los Caster o cartografiaba un mundo de cuya existencia la mayoría de los habitantes de Gatlin no tenían noticia?

Lucille lamió el caramelo. Tal vez ella sí sabía, pero seguro que no pensaba decírmelo.

—Muy bien, entonces tenemos un mapa y eso ya es algo, ¿de acuerdo, MJ? —El humor de Link mejoró en cuanto tía Prue y Thelma desaparecieron.

—Liv —dije, llamando su atención, pero no me oyó. Pasaba las hojas de su cuaderno con una mano mientras trazaba un camino sobre el mapa con la otra.

—Aquí está Charleston y esto debe de ser Savannah. Suponiendo que el Arco de Luz nos haya ayudado a encontrar el camino del Sur, que se dirige a la costa…

—¿Por qué a la costa?

—Porque parece que vamos en dirección a la Estrella del Sur, ¿te acuerdas? —dijo Liv recostándose con frustración—. Hay muchas rutas secundarías. Estamos a pocas horas de la puerta de Savannah, pero eso aquí abajo tal vez no signifique nada. —Tenía razón. Si ni el tiempo ni el espacio de la superficie y del subsuelo eran equivalentes, ¿cómo saber que en aquellos momentos no nos encontrábamos debajo de China?

—Aunque supiéramos dónde estamos, encontrar nuestra localización en este mapa nos llevaría días. Y no tenemos tiempo.

—Pues será mejor que empecemos ya porque no contamos con nada más.

Y, sin embargo, algo me hacía intuir que acabaríamos encontrando a Lena. No sé bien si porque creía que los mapas podrían llevarnos hasta ella o porque creía que no. Pero mientras pudiera encontrar a Lena a tiempo, eso daba igual.

Con permiso del Señor y si no había crecida.