50

 

París, en la actualidad

 

El estrecho vestíbulo delantero de la casa de la ciudad está lleno de cajas, de madera nueva y llena de astillas. Sobre una mesa de pedestal hay un martillo, clavos y un par de guantes de trabajo, junto con un montón de cartas sin abrir. Luke está bajando un busto de mármol por la escalera, con el rostro enrojecido por el esfuerzo. El busto es el segundo de un par destinado al Bargello de Florencia, uno de los muchos museos de Italia, elegido antes que el de los Uffizi porque su colección de esculturas del Renacimiento es más importante. La primera pieza ya está embalada en su caja. En la pared, como si estuviera contemplando tanta actividad, se encuentra la única obra de arte que jamás saldrá de la casa, el boceto a carboncillo de Jonathan que Lanny se llevó de la mansión de Adair. El retrato ha sido trasladado de su posición original —a los pies de la cama de Lanny— al vestíbulo delantero, aunque Luke no tenía ningún inconveniente en dejarlo donde estaba. Es tan poco capaz de sentir celos del hombre del cuadro como de odiar el resplandor de sol al amanecer o la catedral de Notre Dame.
Lanny sale del despacho con un sobre cerrado en la mano. Dentro del sobre hay una carta en la que pide disculpas por haber mantenido la obra de arte lejos de sus legítimos propietarios, sean quienes sean después de todo este tiempo. La carta —que ha acompañado a todas las obras enviadas hasta el momento— es contrita pero imprecisa, desprovista de todo dato acerca de cómo, cuándo o quién adquirió la pieza. Lanny ha estado revisando el texto durante días, le ha leído en voz alta varias versiones a Luke antes de que los dos se pusieran de acuerdo en la redacción definitiva. Se ponen guantes de látex para trabajar, con el fin de no dejar huellas dactilares. Lanny ha organizado el envío de las donaciones anónimas por medio de su abogado de París, al que eligió especialmente por su devoción a sus clientes y su actitud flexible hacia ciertos aspectos del código legal. No le interesa que se siga la pista de los envíos hasta ella, por muy insistentes que se pongan los diversos museos y los demás destinatarios.
En cuanto a Luke, le da un poco de lástima ver cómo abandonan la casa todas esas maravillas tan poco después de su llegada. Le gustaría tener más tiempo para estudiar la que debe de ser la colección particular de piezas de arte y otros objetos más amplia del mundo. Lanny no había exagerado cuando le dijo que su casa era más asombrosa que cualquier museo. Los pisos superiores estaban repletos de tesoros, almacenados sin orden ni concierto. Cada vez que saca una pieza para embalarla, descubre ocho o diez más. Y no son solo cuadros y esculturas. Hay montañas de libros, que sin duda incluyen muchas primeras ediciones; alfombras orientales de seda tan fina que podrían pasar por una pulsera de mujer; quimonos japoneses y caftanes turcos de seda bordada; toda clase de espadas y armas de fuego; vasijas griegas, samovares rusos, cuencos de jade tallado, de oro batido, de piedra cincelada. Varios cofres llenos de paquetes de seda rizada y de terciopelo, cada uno envolviendo una joya con gemas incrustadas. Y además, sorpresas absolutas: por ejemplo, dentro de una caja de abanicos, ha encontrado una carta dirigida a Lanny escrita por Lord Byron. Luke no entiende la mayoría de las palabras, pero consigue distinguir la palabra «Jonathan» escrita entre los garabatos. Lanny asegura que no recuerda de qué trataba la carta... ¿Cómo puede nadie olvidar una carta de uno de los mejores poetas del mundo? Es la casa de una coleccionista compulsiva, que ha intentado compensar una carencia innombrable y nunca revelada, esclava del deseo irrefrenable por acumular belleza. Aun así, se ha mostrado generosa y ha apartado algunas piezas para un fondo destinado a las hijas de Luke, suficiente para pagar sus estudios en una buena universidad cuando sean mayores.
Luke descubre que, aparte de la colección de cerámica china antigua, nunca se ha hecho un inventario, de modo que pide a Lanny que catalogue las piezas sobre la marcha: una descripción, algún apunte sobre el sitio en el que se adquirió, el nombre de la persona o de la institución que la recibirá. Cree que algún día le servirá de consuelo; le permitirá recordar sus lejanas aventuras sin sentirse abrumada por el peso de los objetos mismos.
Piensa que a ella le vendrá bien separarse de esas cosas. Apartará su mente de Jonathan, aunque no del todo. Luke ha pillado a Lanny llorando, en un cuarto de baño o en la cocina, mientras esperaba que hirviera el agua para el té. Aun así, últimamente llora menos, y su actual proyecto —deshacerse del contenido de su casa— la ha hecho visiblemente más feliz. Dice que se siente más en paz, que está reparando algunas de las cosas malas que ha hecho. Una vez llegó a decir que esperaba que si se esforzaba mucho en enmendar las cosas, sería perdonada y se rompería el hechizo. Podría hacerse vieja con Luke, dejar este mundo al mismo tiempo, más o menos. No volver a sufrir esa profunda soledad. Este tipo de conversación —dependencia de una intervención mágica— pone incómodo a Luke. Pero, dadas las circunstancias, sabe que no hay que dudar (por completo) de las intervenciones improbables.
Lanny pone la carta bajo el busto y Luke clava la tapa de la caja de madera. La empresa de paquetería llegará a las dos en punto para la entrega del día, y Luke solo ha embalado los dos bustos. Esperaba tener listas por lo menos media docena de piezas. Va a tener que trabajar más deprisa.
Cuando deja el martillo para secarse la frente, se fija en el montón de cartas sin abrir. Encima de todas hay un grueso sobre de América y, sin proponérselo, echa un vistazo al remite. Es de un bufete de abogados de Boston, el que se ocupaba de la mansión de Adair... o más bien, de la cripta de Adair. Luke examina rápidamente el montón: hay siete cartas de los mismos abogados, que abarcan casi un año. Abre la boca para decirle algo a Lanny sobre el asunto, pero ella pasa corriendo a su lado, con el bolso colgado del hombro, buscando distraídamente las llaves de la casa.
—Tengo hora con el peluquero, pero estaré de vuelta antes de que lleguen los mensajeros. ¿Compro comida para los dos? ¿Qué te gustaría?
—Sorpréndeme —dice él.
A Luke le encanta ver cómo Lanny ha vuelto a sus rutinas —señal de que la depresión no la ha paralizado— y en particular, lo pronto que le ha incorporado a él a su vida. Le encanta que estén tan a gusto juntos. Ella ha dejado de fumar porque él se lo pidió, porque él no puede soportar verlo, a pesar de que sabe que no representa ningún riesgo para su salud. Ella lo comparte todo con él: su panadería favorita, su paseo vespertino favorito, los ancianos con los que charla en el parque. A Luke le encanta hacer cosas por Lanny, cuidar de ella. Y Lanny, por su parte, le está agradecida por toda la consideración que le demuestra. ¿La ama? Luke es escéptico, sumamente escéptico, respecto a que pueda haber amor tan pronto, sobre todo teniendo en cuenta quién es ella y lo que le ha contado, pero al mismo tiempo reconoce que una vertiginosa sensación se ha apoderado de él, una sensación que no había tenido desde que nacieron sus hijas.
En cuanto Lanny se ha marchado, Luke vuelve al piso de arriba en busca del siguiente objeto que va a ser repatriado. Tiene que acordarse de dejar que Lanny trate con el mensajero porque Luke tiene una cita más tarde. Va a entrevistarse con el director de servicios voluntarios de Mercy International, una organización que envía médicos a zonas en guerra y campos de refugiados, a clínicas para gente sin hogar. Fue la última organización para la que trabajó Jonathan. Alguien se había puesto en contacto con Lanny poco después de que ella y Luke llegaran de Quebec, preguntando por Jonathan. Este le había dado a la organización la dirección de Lanny por si tenían que localizarlo durante su ausencia, y como no había regresado, ellos querían saber si Lanny conocía su paradero. Ella se quedó sin habla por un momento, pero después tuvo una idea y dijo que conocía a otro médico que tal vez quisiera ofrecer sus servicios, siempre que pudiera quedarse en París. Luke se alegra de ir a la entrevista, se alegra de que Lanny sepa que no será feliz si no puede hacer uso de su formación médica, confía en que su oxidado francés sea lo bastante bueno para atender a inmigrantes de Haití o de Marruecos.
Luke elige la siguiente pieza para embalar, un gran tapiz que irá a un museo textil de Bruselas. El tapiz está enrollado como una alfombra y está apoyado en un mueble librero con puertas de cristal repleto de toda clase de cachivaches. La mitad de las puertas de cristal de la librería se han dejado subidas, y un objeto se cae de un estante cuando Luke intenta poner el tapiz en posición vertical.
Se agacha y lo recoge. Es una bolita de gamuza, y por la manera en que está enrollada la gamuza —la manera descuidada que tiene Lanny de envolver las cosas—, se da cuenta de que hay algo dentro de la tela vieja y polvorienta. La desenvuelve con cuidado —quién sabe qué cosa delicada puede haber dentro— y encuentra un pequeño objeto metálico. Un frasquito, para ser exactos, más o menos del tamaño del meñique de un niño. Aunque está enmohecido y oscuro por los años, se nota que está tan primorosamente labrado como un artículo de joyería. Con dedos temblorosos, levanta la tapa y retira el tapón. Está seco.
Huele el frasquito vacío. Su mente se pone en marcha: puede que esté seco, pero hay maneras de analizar el residuo. Se podría llevar a un laboratorio y averiguar los ingredientes del elixir, las proporciones. Se podría intentar fabricar un lote y, probablemente, después de algunas pruebas y errores, se conseguiría. Recrear la pócima significa que podría vivir con Lanny para siempre. No estaría sola. Y por supuesto, quizá habría otras personas interesadas en la inmortalidad. Podrían venderlo por sumas exorbitantes, administrarlo en la lengua de sus clientes como hostias de comunión. O tal vez serían completamente caritativos —al fin y al cabo, ¿cuánto dinero necesita una persona?— y dárselo a los grandes cerebros para que lo estudiaran. ¿Quién sabe qué impacto podría tener eso en la ciencia y la medicina? Un elixir que regenera los tejidos dañados revolucionaría el tratamiento de las heridas y enfermedades.
Eso lo podría cambiar todo. Lo mismo que revelar al mundo la condición de Lanny.
Y sin embargo... Luke sospecha que el análisis de los residuos no revelaría nada. Algunas cosas resisten el escrutinio, no se pueden examinar a la fría luz del día. Un minúsculo porcentaje de casos no se puede explicar ni reproducir. En sus tiempos de estudiante de medicina, había oído unos cuantos casos de esos, ofrecidos espontáneamente por un viejo y sabio profesor al final de una clase, susurrados entre los estudiantes al salir de la sala de operaciones después de una disección. Hay algunos médicos e investigadores que descartan esas historias y querrán hacerte creer que la vida es mecánica, que el cuerpo no es más que un sistema de sistemas, como una casa. Que vivirás siempre que comas esto, bebas esto otro, sigas estas reglas, como si existiera una receta para la vida; igual que arreglas las cañerías o apuntalas la fachada, porque tu cuerpo no es más que un recipiente que contiene tu conciencia.
Pero Luke sabe que no es tan simple. Aunque un cirujano buscara dentro de Lanny —y qué pesadilla sería, con el cuerpo intentando cerrarse mientras las manos y los instrumentos entran en él—, no averiguaría qué parte de ella ha cambiado para hacerla eterna. Tampoco servirían los análisis de sangre ni las biopsias ni ningún tipo de examen radiológico. Luke mismo podría analizar la pócima, darle la receta a mil químicos para que la recreasen, pero piensa que nadie sería capaz de reproducir el resultado. En Lanny está actuando una fuerza, él puede sentirlo, pero no tiene ni idea de si es espiritual, mágica, química o algún tipo de energía. Lo único que sabe es que la bendición que es la existencia de Lanny, como la fe y la oración, funciona mejor en soledad, protegida del escepticismo y de la fuerza bruta de la razón. Y sabe que si se hicieran públicas las circunstancias de Lanny, podría desintegrarse como el polvo o evaporarse como el rocío a la luz del sol. Probablemente por eso, ninguno de los otros —esos otros de los que Lanny le ha hablado, Alejandro, Dona y la diabólica Tilde— ha salido a la luz pública, piensa Luke.
Le da vueltas al frasquito entre los dedos, como si fuera un cigarrillo, y después lo coloca sin pensarlo bajo su tacón y descarga todo su peso sobre él. Se dobla con tanta facilidad como si estuviera hecho de papel, y queda aplastado, plano. Va a la ventana, la abre y tira el fragmento metálico todo lo lejos que puede, por encima de los tejados de los vecinos, y deliberadamente no sigue con los ojos la trayectoria. Al instante, se siente aliviado. Tal vez debería haber hablado con Lanny antes de destruir el frasquito, pero no. Sabe lo que habría dicho ella. Ya está hecho.

 

AGRADECIMIENTOS

 

Aunque debería ser evidente que Inmortal es un producto de la imaginación, fueron necesarias algunas investigaciones, sobre todo en lo referente a la historia del estado de Maine. Utilicé dos obras en particular: Maine in the Early Republic, editada por Charles E. Clark, James S. Leamon y Karen Bowden (University Press of New England, 1988) y Liberty Men and Great Proprietors: The Revolutionary Settlement on the Maine Frontier 1760-1820, escrita por Alan Taylor (University of North Carolina Press, 1990). Los errores o inexactitudes son solo míos.
Se dice con frecuencia que la vida del escritor es solitaria, y que escribimos en soledad, y aunque eso es casi siempre cierto, es probable que no llegáramos a publicar sin contar con la ayuda y la buena disposición de mucha gente. Me gustaría dar las gracias a los lectores de versiones anteriores de esta novela, como Dolores, Lisa, Randy, Linda, Jill, Kelley y Kevin; a mis profesores de la Johns Hopkins: Tim Wendel, Richard Peabody, Elly Williams y Mark Farrington; a Elyse Cheney y Jeff Kleinman por su temprano apoyo; y a los maravillosos organizadores de la Comunidad de Escritores de Squaw Valley.
Gracias en especial a Tricia Boczkowski, mi editora en Gallery Books, por ver posibilidades en Inmortal y por su orientación editorial y su infinito ánimo para que se publicara la novela. También doy las gracias a Gallery por sus esfuerzos en favor mío.
Gracias infinitas a Kate Elton, mi editora en Cornerstone, y a su ayudante Anna Jean Hughes, por su increíble entusiasmo y apoyo a la novela.
También tengo que dar las gracias a Nicki Kennedy, Sam Edenborough y Katherine West, agentes de derechos internacionales en la Intercontinental Literary Agency, y a los editores de las versiones extranjeras de la novela, por su confianza al aceptar esta obra primeriza: Giuseppe Strazzeri y Fabrizio Cocco, editores de Longanesi; Cristina Armiñana, de Mondadori; Katarzyna Rudzka, de Proszynski Media, y EKSMO Publishing.
Mi agradecimiento más profundo es para Peter Steinberg, mi agente, no solo por creer en la novela sino también por su hábil trabajo editorial; hizo de una historia deslavazada la novela que tienes hoy en tus manos.
Gracias a mi familia por aguantar mi conducta de escritora loca desde que era una niña insaciable.
Y por supuesto, todo mi amor para mi marido, Bruce; gracias a su paciencia pude dedicar incontables horas a este libro, y posibilitó que todos mis sueños se hicieran realidad.

 

This file was created
with BookDesigner program
bookdesigner@the-ebook.org
26/05/2013