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París, en la
actualidad
El estrecho vestíbulo delantero de la casa
de la ciudad está lleno de cajas, de madera nueva y llena de
astillas. Sobre una mesa de pedestal hay un martillo, clavos y un
par de guantes de trabajo, junto con un montón de cartas sin abrir.
Luke está bajando un busto de mármol por la escalera, con el rostro
enrojecido por el esfuerzo. El busto es el segundo de un par
destinado al Bargello de Florencia, uno de los muchos museos de
Italia, elegido antes que el de los Uffizi porque su colección de
esculturas del Renacimiento es más importante. La primera pieza ya
está embalada en su caja. En la pared, como si estuviera
contemplando tanta actividad, se encuentra la única obra de arte
que jamás saldrá de la casa, el boceto a carboncillo de Jonathan
que Lanny se llevó de la mansión de Adair. El retrato ha sido
trasladado de su posición original —a los pies de la cama de Lanny—
al vestíbulo delantero, aunque Luke no tenía ningún inconveniente
en dejarlo donde estaba. Es tan poco capaz de sentir celos del
hombre del cuadro como de odiar el resplandor de sol al amanecer o
la catedral de Notre Dame.
Lanny sale del despacho con un sobre cerrado
en la mano. Dentro del sobre hay una carta en la que pide disculpas
por haber mantenido la obra de arte lejos de sus legítimos
propietarios, sean quienes sean después de todo este tiempo. La
carta —que ha acompañado a todas las obras enviadas hasta el
momento— es contrita pero imprecisa, desprovista de todo dato
acerca de cómo, cuándo o quién adquirió la pieza. Lanny ha estado
revisando el texto durante días, le ha leído en voz alta varias
versiones a Luke antes de que los dos se pusieran de acuerdo en la
redacción definitiva. Se ponen guantes de látex para trabajar, con
el fin de no dejar huellas dactilares. Lanny ha organizado el envío
de las donaciones anónimas por medio de su abogado de París, al que
eligió especialmente por su devoción a sus clientes y su actitud
flexible hacia ciertos aspectos del código legal. No le interesa
que se siga la pista de los envíos hasta ella, por muy insistentes
que se pongan los diversos museos y los demás destinatarios.
En cuanto a Luke, le da un poco de lástima
ver cómo abandonan la casa todas esas maravillas tan poco después
de su llegada. Le gustaría tener más tiempo para estudiar la que
debe de ser la colección particular de piezas de arte y otros
objetos más amplia del mundo. Lanny no había exagerado cuando le
dijo que su casa era más asombrosa que cualquier museo. Los pisos
superiores estaban repletos de tesoros, almacenados sin orden ni
concierto. Cada vez que saca una pieza para embalarla, descubre
ocho o diez más. Y no son solo cuadros y esculturas. Hay montañas
de libros, que sin duda incluyen muchas primeras ediciones;
alfombras orientales de seda tan fina que podrían pasar por una
pulsera de mujer; quimonos japoneses y caftanes turcos de seda
bordada; toda clase de espadas y armas de fuego; vasijas griegas,
samovares rusos, cuencos de jade tallado, de oro batido, de piedra
cincelada. Varios cofres llenos de paquetes de seda rizada y de
terciopelo, cada uno envolviendo una joya con gemas incrustadas. Y
además, sorpresas absolutas: por ejemplo, dentro de una caja de
abanicos, ha encontrado una carta dirigida a Lanny escrita por Lord
Byron. Luke no entiende la mayoría de las palabras, pero consigue
distinguir la palabra «Jonathan» escrita entre los garabatos. Lanny
asegura que no recuerda de qué trataba la carta... ¿Cómo puede
nadie olvidar una carta de uno de los mejores poetas del mundo? Es
la casa de una coleccionista compulsiva, que ha intentado compensar
una carencia innombrable y nunca revelada, esclava del deseo
irrefrenable por acumular belleza. Aun así, se ha mostrado generosa
y ha apartado algunas piezas para un fondo destinado a las hijas de
Luke, suficiente para pagar sus estudios en una buena universidad
cuando sean mayores.
Luke descubre que, aparte de la colección de
cerámica china antigua, nunca se ha hecho un inventario, de modo
que pide a Lanny que catalogue las piezas sobre la marcha: una
descripción, algún apunte sobre el sitio en el que se adquirió, el
nombre de la persona o de la institución que la recibirá. Cree que
algún día le servirá de consuelo; le permitirá recordar sus lejanas
aventuras sin sentirse abrumada por el peso de los objetos
mismos.
Piensa que a ella le vendrá bien separarse
de esas cosas. Apartará su mente de Jonathan, aunque no del todo.
Luke ha pillado a Lanny llorando, en un cuarto de baño o en la
cocina, mientras esperaba que hirviera el agua para el té. Aun así,
últimamente llora menos, y su actual proyecto —deshacerse del
contenido de su casa— la ha hecho visiblemente más feliz. Dice que
se siente más en paz, que está reparando algunas de las cosas malas
que ha hecho. Una vez llegó a decir que esperaba que si se
esforzaba mucho en enmendar las cosas, sería perdonada y se
rompería el hechizo. Podría hacerse vieja con Luke, dejar este
mundo al mismo tiempo, más o menos. No volver a sufrir esa profunda
soledad. Este tipo de conversación —dependencia de una intervención
mágica— pone incómodo a Luke. Pero, dadas las circunstancias, sabe
que no hay que dudar (por completo) de las intervenciones
improbables.
Lanny pone la carta bajo el busto y Luke
clava la tapa de la caja de madera. La empresa de paquetería
llegará a las dos en punto para la entrega del día, y Luke solo ha
embalado los dos bustos. Esperaba tener listas por lo menos media
docena de piezas. Va a tener que trabajar más deprisa.
Cuando deja el martillo para secarse la
frente, se fija en el montón de cartas sin abrir. Encima de todas
hay un grueso sobre de América y, sin proponérselo, echa un vistazo
al remite. Es de un bufete de abogados de Boston, el que se ocupaba
de la mansión de Adair... o más bien, de la cripta de Adair. Luke
examina rápidamente el montón: hay siete cartas de los mismos
abogados, que abarcan casi un año. Abre la boca para decirle algo a
Lanny sobre el asunto, pero ella pasa corriendo a su lado, con el
bolso colgado del hombro, buscando distraídamente las llaves de la
casa.
—Tengo hora con el peluquero, pero estaré de
vuelta antes de que lleguen los mensajeros. ¿Compro comida para los
dos? ¿Qué te gustaría?
—Sorpréndeme —dice él.
A Luke le encanta ver cómo Lanny ha vuelto a
sus rutinas —señal de que la depresión no la ha paralizado— y en
particular, lo pronto que le ha incorporado a él a su vida. Le
encanta que estén tan a gusto juntos. Ella ha dejado de fumar
porque él se lo pidió, porque él no puede soportar verlo, a pesar
de que sabe que no representa ningún riesgo para su salud. Ella lo
comparte todo con él: su panadería favorita, su paseo vespertino
favorito, los ancianos con los que charla en el parque. A Luke le
encanta hacer cosas por Lanny, cuidar de ella. Y Lanny, por su
parte, le está agradecida por toda la consideración que le
demuestra. ¿La ama? Luke es escéptico, sumamente escéptico,
respecto a que pueda haber amor tan pronto, sobre todo teniendo en
cuenta quién es ella y lo que le ha contado, pero al mismo tiempo
reconoce que una vertiginosa sensación se ha apoderado de él, una
sensación que no había tenido desde que nacieron sus hijas.
En cuanto Lanny se ha marchado, Luke vuelve
al piso de arriba en busca del siguiente objeto que va a ser
repatriado. Tiene que acordarse de dejar que Lanny trate con el
mensajero porque Luke tiene una cita más tarde. Va a entrevistarse
con el director de servicios voluntarios de Mercy International,
una organización que envía médicos a zonas en guerra y campos de
refugiados, a clínicas para gente sin hogar. Fue la última
organización para la que trabajó Jonathan. Alguien se había puesto
en contacto con Lanny poco después de que ella y Luke llegaran de
Quebec, preguntando por Jonathan. Este le había dado a la
organización la dirección de Lanny por si tenían que localizarlo
durante su ausencia, y como no había regresado, ellos querían saber
si Lanny conocía su paradero. Ella se quedó sin habla por un
momento, pero después tuvo una idea y dijo que conocía a otro
médico que tal vez quisiera ofrecer sus servicios, siempre que
pudiera quedarse en París. Luke se alegra de ir a la entrevista, se
alegra de que Lanny sepa que no será feliz si no puede hacer uso de
su formación médica, confía en que su oxidado francés sea lo
bastante bueno para atender a inmigrantes de Haití o de
Marruecos.
Luke elige la siguiente pieza para embalar,
un gran tapiz que irá a un museo textil de Bruselas. El tapiz está
enrollado como una alfombra y está apoyado en un mueble librero con
puertas de cristal repleto de toda clase de cachivaches. La mitad
de las puertas de cristal de la librería se han dejado subidas, y
un objeto se cae de un estante cuando Luke intenta poner el tapiz
en posición vertical.
Se agacha y lo recoge. Es una bolita de
gamuza, y por la manera en que está enrollada la gamuza —la manera
descuidada que tiene Lanny de envolver las cosas—, se da cuenta de
que hay algo dentro de la tela vieja y polvorienta. La desenvuelve
con cuidado —quién sabe qué cosa delicada puede haber dentro— y
encuentra un pequeño objeto metálico. Un frasquito, para ser
exactos, más o menos del tamaño del meñique de un niño. Aunque está
enmohecido y oscuro por los años, se nota que está tan
primorosamente labrado como un artículo de joyería. Con dedos
temblorosos, levanta la tapa y retira el tapón. Está seco.
Huele el frasquito vacío. Su mente se pone
en marcha: puede que esté seco, pero hay maneras de analizar el
residuo. Se podría llevar a un laboratorio y averiguar los
ingredientes del elixir, las proporciones. Se podría intentar
fabricar un lote y, probablemente, después de algunas pruebas y
errores, se conseguiría. Recrear la pócima significa que podría
vivir con Lanny para siempre. No estaría sola. Y por supuesto,
quizá habría otras personas interesadas en la inmortalidad. Podrían
venderlo por sumas exorbitantes, administrarlo en la lengua de sus
clientes como hostias de comunión. O tal vez serían completamente
caritativos —al fin y al cabo, ¿cuánto dinero necesita una
persona?— y dárselo a los grandes cerebros para que lo estudiaran.
¿Quién sabe qué impacto podría tener eso en la ciencia y la
medicina? Un elixir que regenera los tejidos dañados revolucionaría
el tratamiento de las heridas y enfermedades.
Eso lo podría cambiar todo. Lo mismo que
revelar al mundo la condición de Lanny.
Y sin embargo... Luke sospecha que el
análisis de los residuos no revelaría nada. Algunas cosas resisten
el escrutinio, no se pueden examinar a la fría luz del día. Un
minúsculo porcentaje de casos no se puede explicar ni reproducir.
En sus tiempos de estudiante de medicina, había oído unos cuantos
casos de esos, ofrecidos espontáneamente por un viejo y sabio
profesor al final de una clase, susurrados entre los estudiantes al
salir de la sala de operaciones después de una disección. Hay
algunos médicos e investigadores que descartan esas historias y
querrán hacerte creer que la vida es mecánica, que el cuerpo no es
más que un sistema de sistemas, como una casa. Que vivirás siempre
que comas esto, bebas esto otro, sigas estas reglas, como si
existiera una receta para la vida; igual que arreglas las cañerías
o apuntalas la fachada, porque tu cuerpo no es más que un
recipiente que contiene tu conciencia.
Pero Luke sabe que no es tan simple. Aunque
un cirujano buscara dentro de Lanny —y qué pesadilla sería, con el
cuerpo intentando cerrarse mientras las manos y los instrumentos
entran en él—, no averiguaría qué parte de ella ha cambiado para
hacerla eterna. Tampoco servirían los análisis de sangre ni las
biopsias ni ningún tipo de examen radiológico. Luke mismo podría
analizar la pócima, darle la receta a mil químicos para que la
recreasen, pero piensa que nadie sería capaz de reproducir el
resultado. En Lanny está actuando una fuerza, él puede sentirlo,
pero no tiene ni idea de si es espiritual, mágica, química o algún
tipo de energía. Lo único que sabe es que la bendición que es la
existencia de Lanny, como la fe y la oración, funciona mejor en
soledad, protegida del escepticismo y de la fuerza bruta de la
razón. Y sabe que si se hicieran públicas las circunstancias de
Lanny, podría desintegrarse como el polvo o evaporarse como el
rocío a la luz del sol. Probablemente por eso, ninguno de los otros
—esos otros de los que Lanny le ha hablado, Alejandro, Dona y la
diabólica Tilde— ha salido a la luz pública, piensa Luke.
Le da vueltas al frasquito entre los dedos,
como si fuera un cigarrillo, y después lo coloca sin pensarlo bajo
su tacón y descarga todo su peso sobre él. Se dobla con tanta
facilidad como si estuviera hecho de papel, y queda aplastado,
plano. Va a la ventana, la abre y tira el fragmento metálico todo
lo lejos que puede, por encima de los tejados de los vecinos, y
deliberadamente no sigue con los ojos la trayectoria. Al instante,
se siente aliviado. Tal vez debería haber hablado con Lanny antes
de destruir el frasquito, pero no. Sabe lo que habría dicho ella.
Ya está hecho.
AGRADECIMIENTOS
Aunque debería ser evidente que Inmortal es un producto de la imaginación, fueron
necesarias algunas investigaciones, sobre todo en lo referente a la
historia del estado de Maine. Utilicé dos obras en particular:
Maine in the Early Republic, editada por
Charles E. Clark, James S. Leamon y Karen Bowden (University Press
of New England, 1988) y Liberty Men and Great
Proprietors: The Revolutionary Settlement on the Maine Frontier
1760-1820, escrita por Alan Taylor (University of North
Carolina Press, 1990). Los errores o inexactitudes son solo
míos.
Se dice con frecuencia que la vida del
escritor es solitaria, y que escribimos en soledad, y aunque eso es
casi siempre cierto, es probable que no llegáramos a publicar sin
contar con la ayuda y la buena disposición de mucha gente. Me
gustaría dar las gracias a los lectores de versiones anteriores de
esta novela, como Dolores, Lisa, Randy, Linda, Jill, Kelley y
Kevin; a mis profesores de la Johns Hopkins: Tim Wendel, Richard
Peabody, Elly Williams y Mark Farrington; a Elyse Cheney y Jeff
Kleinman por su temprano apoyo; y a los maravillosos organizadores
de la Comunidad de Escritores de Squaw Valley.
Gracias en especial a Tricia Boczkowski, mi
editora en Gallery Books, por ver posibilidades en Inmortal y por su orientación editorial y su
infinito ánimo para que se publicara la novela. También doy las
gracias a Gallery por sus esfuerzos en favor mío.
Gracias infinitas a Kate Elton, mi editora
en Cornerstone, y a su ayudante Anna Jean Hughes, por su increíble
entusiasmo y apoyo a la novela.
También tengo que dar las gracias a Nicki
Kennedy, Sam Edenborough y Katherine West, agentes de derechos
internacionales en la Intercontinental Literary Agency, y a los
editores de las versiones extranjeras de la novela, por su
confianza al aceptar esta obra primeriza: Giuseppe Strazzeri y
Fabrizio Cocco, editores de Longanesi; Cristina Armiñana, de
Mondadori; Katarzyna Rudzka, de Proszynski Media, y EKSMO
Publishing.
Mi agradecimiento más profundo es para Peter
Steinberg, mi agente, no solo por creer en la novela sino también
por su hábil trabajo editorial; hizo de una historia deslavazada la
novela que tienes hoy en tus manos.
Gracias a mi familia por aguantar mi
conducta de escritora loca desde que era una niña insaciable.
Y por supuesto, todo mi amor para mi marido,
Bruce; gracias a su paciencia pude dedicar incontables horas a este
libro, y posibilitó que todos mis sueños se hicieran
realidad.