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Frontera de Maine, en
la actualidad
Luke sale de la autopista por un accidentado
camino de tierra, y con la marcha reductora el todoterreno avanza
dificultosamente siguiendo las rodadas. Cuando llegan a una curva,
aparca justo al lado del camino de acceso, pero deja el motor en
marcha. La vista es buena, debido a la desnudez de los árboles en
invierno, y tanto él como su pasajera pueden ver a lo lejos el paso
fronterizo entre Estados Unidos y Canadá. Parece una maqueta de
juguete de una obra de construcción: un enorme despliegue de
cabinas y dársenas llenas de camiones y coches, con el aire cargado
de humo de los tubos de escape.
—Allí es adonde vamos —dice Luke, señalando
hacia el parabrisas.
—Es enorme —replica la chica—. Pensé que
iríamos a algún puesto fronterizo secundario. Dos guardias y un
perro inspeccionando los coches con una linterna.
—¿Seguro que quieres seguir con esto? Hay
otras maneras de llegar a Canadá —apunta Luke, aunque no está
seguro de que deba incitarla a quebrantar la ley más de lo que ya
lo ha hecho.
La mirada que ella le lanza va directa al
corazón, como la de una niña que busca seguridad en su padre.
—No, tú me has traído hasta aquí. Confío en
que me ayudes a pasar la frontera.
Mientras se aproximan al puesto de control,
a Luke empiezan a fallarle los nervios. El tráfico es poco denso,
pero aun así, la perspectiva de hacer cola durante una hora resulta
desalentadora. A esas horas ya debe de haber un aviso policial
acerca de ellos, una sospechosa de asesinato fugada y un médico que
la ayudó... Está a punto de salirse de la cola, pero se contiene,
con las manos temblando sobre el volante.
La muchacha le mira, nerviosa.
—¿Estás bien?
—Está tardando mucho... —murmura él, sudando
a pesar del gélido aire de invierno que hay fuera del coche.
—Todo va bien —le conforta ella.
De pronto, una luz verde se enciende sobre
una cabina en el carril de al lado y, con sorprendente rapidez,
Luke gira el volante y acelera, lanzando el vehículo hacia el
policía de fronteras que dirige tranquilamente el tráfico. Le corta
el paso a un coche que estaba esperando dos puestos por delante en
la cola, y la mujer que va al volante le hace un gesto obsceno con
el dedo medio, pero a él no le importa. Frena de golpe delante del
agente de fronteras.
—¿Tiene prisa? —pregunta el agente,
disimulando su interés con un aire de indiferencia mientras
extiende la mano para que el doctor le entregue la documentación—.
Por lo general, hacemos pasar a la primera persona de la cola
cuando abrimos un nuevo carril.
—Lo siento —dice Luke bruscamente—. No
sabía...
—Pues para la próxima vez, ya lo sabe,
¿vale? —responde el agente en tono amistoso, sin levantar siquiera
la mirada mientras examina el permiso de conducir de Luke y el
pasaporte de Lanny.
El agente es un hombre maduro, con uniforme
azul oscuro y un chaleco con bolsillos de los que asoman
walkie-talkies, bolígrafos y otros objetos. En las manos tiene una
tablilla con sujetapapeles y un aparato electrónico que parece una
especie de escáner. Su compañera, una mujer joven, recorre el
perímetro del todoterreno con un espejo al extremo de un largo
palo, como si esperara encontrar una bomba sujeta a los bajos del
vehículo. Luke observa a la policía por el retrovisor, y le entra
un nuevo ataque de ansiedad sin razón alguna.
Entonces cae en la cuenta: si le piden los
papeles del vehículo, va a tener problemas. Porque no está
registrado a su nombre. «¿Este vehículo no es suyo?», preguntará el
agente.
La gente pide coches prestados todos los
días, se dice Luke para tranquilizarse. No es ningún delito.
«Voy a tener que comprobarlo en el
ordenador, para asegurarnos de que no es robado...» «No pidas los
papeles, no pidas los papeles», piensa, como si dirigiendo este
mantra al agente pudiera evitar que el guardia piense en ello. Si
el nombre de Luke aparece en alguna base de datos —«buscado para
interrogar»—, sus posibilidades de escapar serán muy escasas. Este
fallo en sus planes pone a Luke aún más nervioso, porque nunca se
ha metido en problemas, nunca, ni cuando era un chaval, y no está
preparado para engañar a las personas con autoridad. Tiene miedo de
ponerse colorado, de sudar, de parecer demasiado ansioso y...
—¿Así que es médico? —pregunta el agente por
la ventanilla, y Luke vuelve a prestarle atención de golpe.
—Sí. Cirujano. —«Idiota», se reprende. «A él
no le importa tu especialidad.» Es su vanidad de médico, haciéndose
notar como un niño mimado y aburrido que reclama atención.
—¿Por qué razón viaja a Canadá?
Antes de que Luke pueda responder, Lanore se
echa hacia delante, para que la vea el agente de fronteras.
—En realidad, me está haciendo un favor. He
estado viviendo en su casa y ya es hora de que vaya a gorronearle
al próximo pariente durante algún tiempo. Y en lugar de meterme en
un autobús, ha insistido generosamente en llevarme.
—Ah, ¿y dónde vive el primo? —pregunta el
agente, con una suave pulla oculta en la pregunta.
—En Lac-Benne —responde la chica como si
nada—. Bueno, hemos quedado con él en Lac-Benne. En realidad vive
más cerca de Quebec. —Se sabe el nombre de una población cercana,
lo que le parece un milagro a Luke. El médico se relaja un
poco.
El agente entra en la cabina y Luke le
observa a través de la rayada ventanilla de plexiglás, encorvado
sobre una terminal de ordenador, sin duda alimentando una base de
datos. Es lo único que puede hacer para contenerse y no pisar a
fondo el acelerador. No hay nada que pueda detenerlo, ninguna
barrera automática a rayas, ninguna cadena de pinchos que le
destroce los neumáticos e impida su huida.
De pronto, el agente aparece en su
ventanilla, con el permiso de conducir y el pasaporte en la mano
extendida.
—Aquí tienen. Que lo pasen bien —dice,
haciendo un gesto para que sigan y mirando ya el siguiente coche de
la cola.
Luke no consigue respirar de nuevo hasta que
el puesto fronterizo se ve muy pequeño en el espejo
retrovisor.
—¿Por qué estabas tan preocupado? —Lanny
ríe, mirando por encima del hombro—. No es que seamos terroristas o
intentemos pasar cigarrillos de contrabando por la frontera. Somos
solo buenos ciudadanos americanos que van a Canadá a comer.
—No, no lo somos —dice Luke, pero también
está riendo, aliviado—. Lo siento, no estoy acostumbrado a estas
situaciones de película de espías.
—Perdona. No pretendía reírme. Ya sé que no
estás acostumbrado. Lo has hecho muy bien. —Y le aprieta la
mano.
Se detienen en un motel a las afueras de
Lac-Benne, un establecimiento discreto que no forma parte de una
cadena. Luke espera en el vehículo mientras Lanore entra en la
oficina. La ve charlar con el anciano caballero sentado tras el
mostrador, que se mueve despacio, aprovechando su única oportunidad
de hablar con una chica guapa esa mañana. Lanny vuelve a subir al
todoterreno y conducen hasta un bungalow de la parte de atrás, con
vistas a una franja de árboles y al extremo de un campo de béisbol
vecinal. El suyo es el único vehículo en el aparcamiento.
Una vez en la habitación, Lanny es un
torbellino de actividad, deshaciendo su equipaje, inspeccionando el
cuarto de baño, quejándose de la calidad de las toallas. Luke se
sienta en la cama, de repente demasiado cansado para mantenerse
erguido. Se tumba sobre la colcha de poliéster, mirando al techo. A
su alrededor, todo gira como un tiovivo.
—¿Qué pasa? —Lanny se sienta en el borde de
la cama, junto a él, y le toca la frente.
—Agotamiento, supongo. Cuando tengo el turno
de noche, suelo meterme en la cama en cuanto llego a casa.
—Pues adelante, duerme un poco. —Le quita
los zapatos al médico sin desatar los cordones.
—No, debería volver. Solo es media hora de
viaje —protesta Luke, pero sin moverse—. Tengo que devolver el
todoterreno...
—Tonterías. Además, dar la vuelta y regresar
a casa de ese modo despertaría sospechas en el puesto
fronterizo.
Lo cubre con una manta, y después busca en
su bolsa y saca una bolsita hermética de plástico llena con los
cogollos de marihuana más apetecibles que Luke ha visto en su
vida.
Lanny se sienta en la esquina de la cama y
se pone a trabajar. A los pocos minutos, ha liado con habilidad un
generoso canuto, lo enciende y da una larga y ansiada calada.
Cierra los ojos al exhalar el humo y su rostro se relaja de
satisfacción. Luke piensa que le gustaría provocar alguna vez esa
expresión en el rostro de esta mujer.
Lanny le pasa el porro. Tras vacilar un
segundo, Luke lo coge y se lo lleva a los labios. Aspira y retiene
el humo; siente cómo llega a los lóbulos de su cerebro, siente que
los oídos se le taponan. Santo Dios, qué material más potente. Qué
rápido.
Tose y le devuelve el canuto a Lanny.
—Hace mucho que no hago esto. ¿Dónde has
conseguido esta hierba?
—En el pueblo. En Saint Andrew. —Su
respuesta le alarma y sorprende un poco, le recuerda que existen
otros mundos que no se ven y que están delante de sus narices. Se
alegra de no haber sabido que ella llevaba ese cargamento cuando
cruzaron la frontera, pues se habría puesto aún más nervioso.
—¿Fumas esto muy a menudo? —Señala el canuto
con la cabeza.
—No podría pasar sin ello. Tú no sabes los
recuerdos que llevo en la cabeza. Vida tras vida de cosas que
lamentas haber hecho, de cosas que has visto hacer a otros. Cosas
de las que no puedes escapar... de no ser por esto. —Mira el canuto
que tiene en la mano—. Hay ocasiones en las que he deseado quedarme
inconsciente durante, digamos, una década. Echarme a dormir y que
todo se detenga. No hay manera de borrar los malos recuerdos. Lo
difícil no es hacer, sino vivir con lo que has hecho.
—Como el hombre de la morgue...
Ella aprieta un dedo contra la boca de Luke
para impedirle que diga una palabra más. Ya habrá tiempo para eso
más adelante, imagina él; en realidad, ella no tiene más que tiempo
por delante para asimilar el acto irreversible que ha cometido con
su amor verdadero, resonando en su cabeza cada minuto de cada día.
No hay bastante marihuana en el mundo para hacer olvidar eso. El
infierno en la tierra.
En comparación, las cosas que ha hecho él
parecen insignificantes. Aun así, echa mano al canuto.
—Voy a volver —dice, como si tuviera que
convencerla—. En cuanto eche un sueñecito. Será más seguro conducir
si duermo un poco. Pero tengo que volver... cosas que hacer, me
esperan... el todoterreno de Peter...
—Claro —dice ella.
Cuando el doctor despierta, la habitación
del motel está bañada en gris. El sol se está poniendo, pero no se
ha encendido ninguna de las lámparas. Luke está tumbado inmóvil,
sin incorporarse, intentando orientarse. Durante un largo momento,
siente la cabeza llena de algodón, que bloquea su capacidad de
recordar dónde se encuentra y por qué todo le resulta desconocido.
Está acalorado y sudoroso por haber estado tapado con la manta, y
se siente como la víctima de un secuestro a la que han sacado a
toda prisa de un coche, le han vendado los ojos, le han hecho dar
vueltas y la han metido en una habitación de hotel, sin tener ni
idea de dónde se encuentra.
Poco a poco, toda la habitación se hace más
nítida. La desconocida está sentada en una de las duras sillas de
madera que había ante la mesa, mirando por la ventana. Está
absolutamente inmóvil.
—Hola —dice Luke para hacerle saber que se
ha despertado.
Ella se vuelve con una ligera sonrisa.
—¿Te sientes mejor? Te traeré un vaso de
agua. —Se levanta de la silla y corre a la pequeña cocina, cruzando
una puerta—. Es solo agua del grifo. He metido un poco en el
frigorífico para que se enfriara.
—¿Cuánto tiempo he estado dormido? —Luke
extiende la mano hacia el vaso; lo siente deliciosamente frío y le
dan ganas de apretárselo contra la frente. Está ardiendo.
—Cuatro o cinco horas.
—Dios, será mejor que me ponga en camino.
Pronto estarán buscándome, si no lo están ya.
Aparta la manta y se sienta en el borde de
la cama.
—¿Qué prisa tienes? Dijiste que nadie te
espera en casa —responde la muchacha—. Además, no tienes buen
aspecto. Puede que esa hierba haya sido demasiado para ti. Es
fuerte. Deberías quedarte tumbado un poco más.
Lanore coge su portátil del deteriorado
aparador de contrachapado y se acerca a él.
—Mientras dormías, he descargado estas fotos
de mi cámara. Pensé que te gustaría verlo. Bueno, ya sé que lo has
visto, has visto su cadáver, pero a lo mejor te interesa...
A Luke le sobresalta esa macabra parrafada,
no le agrada que le recuerden el cadáver del depósito y su relación
con Lanny, pero coge el ordenador cuando ella se lo pasa. Las
imágenes de la pantalla resplandecen en la triste penumbra de la
habitación: es el hombre de la bolsa de cadáveres, pero no hay
comparación. En las fotos está vivo, lleno de energía y entero. Los
ojos y la cara animados, chispeantes de vitalidad.
Y es tan, tan hermoso que su visión pone a
Luke extrañamente triste. La primera foto se debió de tomar en un
coche, con la ventanilla bajada; su cabello más bien largo ondea
alrededor de la cabeza y hay arrugas en los ojos porque se está
riendo de la mujer que hace la fotografía, riéndose de algo que
Lanny ha dicho o hecho. En la siguiente foto, está en la cama, la
cama que debieron de compartir en Dunratty, con la cabeza sobre una
almohada blanca, el pelo cayéndole de nuevo sobre la cara, las
largas pestañas rozándole casi las mejillas, el toque perfecto de
rosa en el borde superior del pómulo. Bajo un pliegue de la sábana
blanca como la leche se vislumbra el cuello y el bulto prominente
de las clavículas.
Después de un minuto de mirar foto tras
foto, se le ocurre a Luke que la belleza del hombre de las fotos no
está en la cualidad agradable de su rostro. No es su apostura. Es
algo que hay en su expresión, una interacción entre el gozo de sus
ojos y la sonrisa de su cara. Es que está feliz de hallarse con la
persona que sostiene la cámara y hace las fotos.
A Luke se le hace un nudo en la garganta y
le devuelve el ordenador a Lanny. No quiere seguir mirando.
—Ya sé —dice la muchacha, también
acongojada, rompiendo a llorar—. Me mata pensar que ya no está. Que
se fue para siempre. Siento su ausencia como un agujero en el
pecho. Un sentimiento que he llevado conmigo durante doscientos
años se ha hecho pedazos. No sé cómo podré seguir adelante.
Por eso te estoy pidiendo... Por favor,
quédate conmigo un poco más. No puedo quedarme sola, me volvería
loca.
Deja el portátil en el suelo y le coge la
mano a Luke. La suya es pequeña y caliente dentro de la de él. La
palma está húmeda, pero Luke no sabría decir si la humedad es suya
o de ella.
—No sabes cuánto te agradezco lo que has
hecho por mí —dice ella, mirando a través de los ojos de Luke,
dentro de él, como si pudiera ver lo que se agita en lo más
profundo de su ser—. Yo... Nunca... nunca nadie ha sido tan bueno
conmigo. Nadie se ha arriesgado tanto por mí.
De pronto, su boca está sobre la de él. Luke
cierra los ojos y se pierde en la cálida humedad de su boca. Cae
hacia atrás en el lugar de la cama que acaba de abandonar, y sobre
él cae el peso casi inmaterial de ella, y Luke siente que una parte
de él se rompe en dos. Está horrorizado por lo que ha hecho, pero
ha querido hacerlo desde el momento en que la vio. No va a volver a
Saint Andrew, al menos todavía no. La seguirá, ¿cómo iba a
marcharse? La necesidad que ella tiene de él es como un anzuelo
clavado en su pecho, que tira de él y lo arrastra sin esfuerzo, y
él no pude resistirse. Está saltando desde un acantilado a las
aguas negras; no puede ver lo que le espera abajo, pero sabe que no
hay fuerza en el mundo que pueda detenerlo.