23

 

Al regresar a la torre del físico, Adair esperaba que la vida continuara como había sido antes, pero ya no era posible. Le habían ocurrido demasiadas cosas. Estaba dominado por una idea que no podía desterrar de su mente, sobre todo durante las horas del día, cuando el físico no estaba presente para acaparar sus pensamientos. Adair no podía olvidar lo que había visto en el castillo del anciano: la enorme fortaleza, los fértiles campos, el tesoro, los sirvientes, los siervos... Solo le faltaba un señor feudal, y lo único que se interponía en su camino eran dos cosas muy básicas: el sello, que estaba escondido en alguna parte de la torre, y la muerte del viejo.
El sello se podía encontrar con un poco de perseverancia. Matar al viejo era harina de otro costal. Adair había pensado en ello muchas veces durante sus años de cautiverio, le había dado vueltas a la idea y había considerado todos los detalles, pero al final lo había descartado como un sueño de locos. Cada vez que el anciano le había puesto las manos encima a Adair, ya fuera con ira o con lujuria, el sirviente había mitigado su humillación jurando que algún día haría pagar al físico por ello. Pero el recuerdo de aquella brutal agresión con el atizador y los meses de agónica recuperación le habían impedido actuar.
Sin embargo, habían pasado años desde aquella paliza, y Adair se había hecho un hombre. El físico ya no le levantaba la mano tan a la ligera y, aunque seguía mirando a Adair con deseo, sus acercamientos eran pocos y calculados. Y el odio de Adair por el viejo lo había acompañado tanto tiempo que ya era para él tan natural como respirar. Sus pensamientos se habían vuelto más precisos; la sed de venganza, más intensa e irrenunciable. No se había dado cuenta de lo mucho que había cambiado hasta una noche en que enterró a otra muchacha muerta. Miró su precioso cuerpo y comprendió que aquel último impedimento había caído. Podría abusar fácilmente de aquel cuerpo sin vida, pero lo que de verdad quería era violar el cadáver del físico antes de enterrarlo en la tierra húmeda. Y lo que es más, se alegraría de haberlo hecho. No sentía miedo ni repulsión. Había perdido el último jirón de su humanidad. Todos sus reparos habían sido extirpados capa a capa, como cuando un cazador metódico despelleja a un animal. Se había convertido en un digno rival del anciano, y esa certeza hizo feliz a Adair por primera vez en años.

 

El primer paso era conseguir ayuda. Adair necesitaba aliados, aldeanos que ya odiaran al físico, el cómplice de su opresor rumano. Debía encontrar hombres que tuvieran suficiente rencor a su señor feudal para descargar en masa su furia sobre el físico, que era un objetivo más fácil que el conde. Si podía demostrar que el físico había cometido crímenes contra los aldeanos, crímenes que el conde no pudiera justificar, entonces este último tendría que mirar hacia otro lado si su venganza culminaba en un asesinato. Era cuestión de encontrar a las personas apropiadas, elegir el crimen adecuado y presentar las pruebas necesarias.
Un día, Adair fue a la aldea en busca de las autoridades religiosas, que parecían una opción prometedora. Encontró a un joven monje que se había librado de los rigores del campo y era rosado de carnes como un recién nacido. El clérigo pareció sorprendido al hallar al sirviente del malvado físico en su puerta, pero cuando Adair se postró a sus pies, pidiéndole consejo, el joven monje no pudo negarse. Se sentaron juntos en la soledad de la abadía y escuchó mientras Adair expresaba su remordimiento por estar al servicio del opresor de la aldea. Explicó que se había visto obligado a servirle contra su voluntad. Sin extenderse en los detalles, manifestó su repulsión por servir a un déspota tan malvado e impío. Cuando el monje empezó a confortarle —vacilante al principio, pero cada vez con más soltura—, Adair supo que había encontrado el aliado que estaba buscando. Como toque final, Adair hizo alusión a oscuros pecados cometidos por el físico y el conde. El monje le aseguró que podía volver cuando quisiera a descargar su conciencia.
Y Adir lo hizo. La segunda vez que fue a ver al monje, le contó que el físico le había enviado a raptar a una niña. El monje se puso pálido y retrocedió como quien se topa con una víbora cuando Adair le describió la situación de las carretas de los gitanos, y el monje confirmó que los gitanos habían huido sin dar explicaciones.
—Supongo que pretendía utilizar a la niña para una de sus diabólicas pócimas, pero no puedo decir con qué propósito, con qué intención. ¿No tenía que ser obra del demonio, para necesitar un sacrificio humano? —preguntó Adair con tono de incredulidad, tan inocente y arrepentido como pudo aparentar.
En aquel momento, el monje le rogó que callara; se negaba a creer lo que le estaban contando.
—Juro que es verdad —dijo Adair, cayendo de rodillas—. Puedo traer pruebas. El pergamino en el que estaban escritos los hechizos... ¿sería prueba suficiente?
El monje, aturdido, solo pudo asentir con la cabeza.
Adair sabía que era tarea sencilla sacar los papeles de la torre durante el día, cuando el físico estaba dormido, pero al día siguiente, cuando fue a reunir sus pruebas, todavía le temblaban las manos al ir a cogerlas. «No seas tonto —se reprendió—. Han pasado los años. ¿Eres un hombre o todavía un muchacho asustado?» Harto de sentirse atormentado por el miedo y la humillación, se hizo con los papeles de un manotazo, enrollándolos bien apretados antes de metérselos en la manga. Sin decirle una palabra a Marguerite, salió hacia la abadía.
Los ojos del joven monje se abrieron de par en par cuando leyó las palabras borrosas escritas en el pergamino. Pidió disculpas a Adair por haber dudado de él, le devolvió los papeles y le dijo que los restituyera rápidamente a la torre y le avisara si el físico planeaba otro crimen sanguinario. No obstante, necesitaba tiempo para elaborar un plan para capturar al hereje, que era, después de todo, un aliado de su señor. Adair protestó: el físico estaba aliado con el diablo y no merecía ni un día más de libertad. Pero la resolución del monje se estaba tambaleando. Era evidente que le costaba hacer acopio de valor para un acto tan osado contra el conde. A fin de reforzar el arrojo del monje, Adair prometió volver con más pruebas de brujería.

 

Aquella noche, la compañía del físico se le hizo angustiosa. Adair se estremecía cada vez que el anciano le dirigía la más ligera mirada de soslayo, seguro de que el viejo podía sentir que le había tocado sus preciosos pergaminos. Mientras el anciano buscaba entre sus papeles el hechizo que necesitaba, Adair se consumía, convencido de que el físico encontraría algo anormal: una esquina doblada, una mancha, el olor a lavanda e incienso de la abadía. Pero el anciano continuó tranquilamente con su trabajo.
Poco después de la medianoche, el viejo levantó la mirada de su mesa de trabajo.
—¿Todavía quieres aprender a leer, muchacho? —preguntó en un tono bastante agradable.
A Adair le pareció extraño que el viejo sacara a colación aquel asunto tan de repente. Aun así, si Adair declinaba el ofrecimiento, el anciano sabría que algo no iba bien.
—Sí, claro.
—Supongo que esta noche es tan buena como cualquier otra para empezar. Ven aquí y te enseñaré algunas de las letras de esta página.
El físico curvó un dedo hacia él. Con el pecho oprimido, Adair se levantó del suelo y se acercó al anciano.
El físico miró el pequeño espacio que quedaba entre ellos.
—Más cerca, chico, desde ahí no podrás ver el papel.
Señaló un punto en el suelo junto a él. En la frente de Adair brotó el sudor al acercarse más. En cuanto se situó al lado del anciano y se inclinó hacia el papel, el viejo alargó la mano y agarró el cuello de Adair con una zarpa de hierro. El joven no podía respirar, la garra del físico le apretaba la garganta.
—Esta noche va a ser muy importante para ti, Adair, mi buen muchacho. Muy importante —canturreó, levantándose de su asiento y alzando al joven en el aire por el cuello—. Nunca pensé que te tendría a mi servicio tanto tiempo. Había planeado matarte hace mucho. Pero a pesar de aquella única infracción grave, te he cogido aprecio. Siempre has tenido cierta belleza salvaje, pero también has sido más leal de lo que yo creía posible. Sí, te has portado mejor que lo que yo imaginaba aquella primera noche en que te vi. Por eso he decidido seguir teniéndote como sirviente... para siempre.
Aplastó a Adair contra la pared de piedra como si fuera un muñeco de trapo. La cabeza de Adair chocó contra las piedras. La fuerza abandonó su cuerpo. El anciano lo levantó y lo llevó una vez más escalera abajo, a la intimidad de la cámara subterránea.
Adair, tumbado en la cama, perdía y recobraba el conocimiento, consciente de las manos del anciano en su cara.
—Tengo un regalo precioso para ti, mi rebelde muchachito campesino. Creías que no podía verlo en tus ojos, pero claro que podía. —A Adair le entró el pánico al oír las palabras del anciano, temiendo que el físico pudiera leerle la mente y enterarse del pacto con el monje—. Pero cuando hayas recibido este regalo, nunca más podrás negarme nada. Este regalo nos unirá para siempre, ya lo verás...
El anciano se le acercó mucho y miró a su sirviente de un modo aterrador. Fue entonces cuando Adair se fijó en un amuleto que colgaba de un cordón de cuero en el cuello del físico. El anciano cerró su mano alrededor del amuleto y rompió el cordón, protegiendo el amuleto con las dos manos para que Adair no lo viera. Pero Adair lo había vislumbrado fugazmente a la pobre luz de la vela: era un frasquito de plata, decorado con diminutas filigranas y con un tapón en miniatura.
A duras penas, con sus ajados dedos, el físico se las arregló para destapar el frasquito, revelando una larga aguja que servía de fino tapón. Un fluido viscoso de color cobrizo salió pegado a la aguja, formando una gruesa gota en la punta.
—Abre tu indigna boca —ordenó el físico mientras sostenía el tapón sobre los labios de Adair—. Estás a punto de recibir un regalo precioso. Muchos hombres matarían por este regalo, o pagarían sumas inmensas. ¡Y yo voy a malgastarlo en un patán como tú! Haz lo que te digo, perro ingrato, antes de que cambie de parecer.
No sirvió de nada resistirse. La aguja era lo bastante fina para deslizarse entre los apretados labios de Adair y clavarse en su lengua.
Fue más el susto que el dolor lo que hizo que Adair forcejeara con el físico, el susto provocado por un extraño entumecimiento que se apoderaba de su cuerpo. El corazón del joven se paralizó de terror con la repentina sensación de que estaba en manos de algo demoníaco. Cuando descendió la tensión en su cuerpo, el corazón empezó a palpitar cada vez más deprisa, en un intento desesperado de bombear el menguante suministro de sangre a los sedientos miembros, el cerebro, los pulmones. Mientras tanto, el anciano lo apretaba contra la cama, pesado como una piedra, murmurando palabras ininteligibles, sin duda en el idioma del diablo, mientras realizaba otro extraño acto sobre él, esta vez con agujas y tinta. Adair intentó desembarazarse del anciano, pero no pudo moverlo, y al cabo de un minuto ya no tenía fuerzas para intentarlo. Se le vaciaron los pulmones y ya no podía aspirar aire. Convulsionado, asfixiándose, forcejeando con la manta, en el umbral de la muerte y poniéndose azul y frío... Adair se sintió como si lo estuvieran enterrando vivo, atrapado en un cuerpo que caía en espiral, desfalleciendo.
Una férrea voluntad dentro de Adair se resistía a la muerte. Si moría, el viejo nunca sería castigado y, por encima de todo, Adair quería ver aquel día.
El físico estudió las facciones de Adair al borde de la muerte.
—Qué fuerza. Tienes un deseo intenso de sobrevivir, y eso es bueno. Mírame con odio... Es lo que espero, Adair. Tu cuerpo va a pasar por las fases finales de la muerte, eso ocupará tu atención durante un rato. Quédate quieto.
Cuando el cuerpo de Adair ya no pudo salvarse, empezó a morir. Comenzó a ponerse rígido, atrapando en su interior la consciencia de Adair. Mientras él seguía tumbado, el físico contaba cómo se había sentido atraído por la alquimia —no esperaba que Adair, un campesino, comprendiera el atractivo de la ciencia—, cómo sus conocimientos de la ciencia le habían abierto la puerta. Pero, superando la alquimia, él se había convertido en uno de los pocos, los más sagaces, los que dejan atrás los secretos del mundo natural, pasando al mundo sobrenatural. Transformar los metales inferiores en oro era una alegoría. ¿Comprendía Adair aquello? Los verdaderos visionarios no pretenden transformar los materiales de la tierra en cosas más valiosas, sino cambiar la naturaleza misma del hombre. Mediante la purificación mental y dedicándose exclusivamente al conocimiento de la alquimia, el físico se había unido a las filas de los hombres más sabios y más poderosos del mundo.
—Puedo controlar el agua, el fuego, la tierra y el aire. Tú mismo lo has visto, sabes que es verdad —se jactó—. Puedo hacer invisibles a los hombres. Tengo la fuerza de mi juventud. Eso te ha sorprendido, ¿a que sí? En realidad, soy más fuerte que antes; a veces me siento tan fuerte como veinte hombres. Y también tengo poder sobre el tiempo. El regalo que te he dado... —Su rostro hizo gala de una horrible mueca de superioridad y satisfacción—. Es la inmortalidad. Tú, mi casi perfecto sirviente, jamás dejarás de servirme. Jamás me fallarás. Jamás morirás.
Adair oía las palabras mientras moría y confió en haberlas entendido mal. ¡Servir al físico eternamente! Rogó que la muerte se lo llevara. Estaba tan asustado que dejó de prestar atención a lo que el físico le decía, pero aquello no importaba.
Solo oyó un único fragmento más, antes de que las tinieblas lo reclamaran. El físico estaba diciendo que solo existía una manera de escapar de la eternidad. Solo había una forma de morir, y era a manos del que lo había transformado. A manos de su hacedor: el físico.