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Hace un frío que pela. El aliento de Luke Findley flota en el aire, casi como un objeto sólido con forma de avispero congelado, despojado de todo su oxígeno. Sus manos se apoyan pesadas en el volante; está atontado, se ha despertado justo a tiempo para ir en coche al hospital para el turno de noche. A ambos lados de la carretera, los campos cubiertos de nieve son fantasmales extensiones azules a la luz de la luna, del azul de los labios que están a punto de entumecerse por la hipotermia. La nieve está tan alta que cubre todo rastro de los tallos de matas y zarzas que normalmente asfixian los campos, y da al terreno un aspecto engañosamente tranquilo. A menudo, Luke se pregunta por qué sus vecinos siguen viviendo en la región más al norte de Maine. Es un sitio solitario y gélido, una tierra difícil de cultivar. El invierno reina durante la mitad del año, la nieve se amontona en los alféizares y un frío cortante azota los campos de patatas desiertos.
De vez en cuando, alguien se congela, y como Luke es uno de los pocos médicos de la zona, ha visto a unos cuantos. Un borracho (y no escasean en Saint Andrew) se queda dormido apoyado en un banco de nieve y por la mañana se ha convertido en un polo humano. Un chico que patina en el río Allagash cae por un punto débil del hielo. A veces, el cuerpo se encuentra a mitad de camino de Canadá, en la confluencia del Allagash con el Saint John. Un cazador queda cegado por la nieve y no puede encontrar el camino de salida de los grandes bosques del norte: su cuerpo aparece sentado, con la espalda reclinada en un tronco y la escopeta apoyada inútilmente en su regazo.
«Esto no ha sido un accidente», le dijo disgustado el sheriff Joe Duchesne a Luke cuando llevaron el cuerpo del cazador al hospital. «El viejo Ollie Ostergaard quería morir. Esta ha sido su manera de suicidarse.» Pero Luke sospecha que si eso fuera verdad, Ostergaard se habría pegado un tiro en la cabeza. La hipotermia es una manera lenta de morir, y tienes tiempo de sobra para pensártelo mejor.
Luke estaciona con cuidado su camioneta en una plaza de aparcamiento libre en el Hospital del Condado de Aroostook, apaga el motor y se promete una vez más que se largará de Saint Andrew. Solo tiene que vender la granja de sus padres y después se marchará, aunque no sabe muy bien adónde. Luke suspira por costumbre, saca las llaves del contacto y se dirige a la entrada de la sala de urgencias.
—Luke —dice la enfermera de guardia, saludándolo con la cabeza. Luke entra quitándose los guantes. Cuelga su parka en la diminuta sala de los médicos y vuelve a la zona de recepción.
—Ha llamado Joe —le informa Judy—. Trae a un alborotador al que quiere que le eches un vistazo. Llegará en cualquier momento.
—¿Un camionero?
Cuando hay problemas, siempre suele estar implicado uno de los conductores de las empresas madereras. Tienen fama de emborracharse y montar peleas en el Blue Moon.
—No. —Judy está absorta en algo que está haciendo en el ordenador. La luz del monitor destella en sus gafas bifocales.
Luke carraspea para llamar su atención.
—Entonces ¿quién es? ¿Alguien del pueblo?
Luke está harto de enmendar a sus vecinos. Parece que ese pueblo tan duro solo pueden aguantarlo los camorristas, los borrachos y los inadaptados.
Judy aparta la vista del monitor, apoyando un puño en la cadera.
—No. Una mujer. Y no es de por aquí.
Eso es poco corriente. Es raro que la policía lleve mujeres, a menos que sean la víctima. De vez en cuando, llevan a un ama de casa del pueblo que se ha peleado con su marido. O en verano a alguna turista que se descontrola en el Blue Moon. Pero en esa época del año no quedan turistas por ninguna parte.
Esa noche toca algo diferente. Luke coge un gráfico.
—Vale. ¿Qué más tenemos?
Casi no escucha mientras Judy le detalla la actividad del turno anterior. Ha sido una tarde bastante ajetreada, pero a las diez de la noche hay tranquilidad. Luke vuelve a la sala a esperar al sheriff. No soportaría otra puesta al día sobre la inminente boda de la hija de Judy, una interminable disertación sobre el precio de los trajes de novia, el catering, los floristas... «Dile que se fugue», le contestó una vez Luke a Judy, y ella lo miró como si acabara de confesar que era miembro de una organización terrorista. «La boda de una chica es el día más importante de su vida —replicó Judy en tono de mofa—. Tú no tienes ni una pizca de romanticismo. No me extraña que Tricia se divorciara de ti.» Ha dejado de responder «Trida no se divorció de mí, yo me divorcié de ella», porque ya nadie le hace caso.
Luke se sienta en el destartalado sofá de la sala y procura distraerse con un sudoku. Pero está pensando en el trayecto al hospital de esa noche, en las casas ante las que ha pasado por las carreteras solitarias, luces aisladas brillando en la oscuridad. ¿Qué hace la gente metida en sus casas durante tantas horas las tardes de invierno? Como médico del pueblo, no hay secretos para Luke. Conoce todos los vicios: quién pega a su mujer; a quién se le va la mano con los niños; quién bebe y acaba empotrando su camioneta en un banco de nieve; quién sufre depresiones crónicas a causa de otro mal año de cosechas y la falta de perspectivas. Los bosques de Saint Andrew son espesos y están repletos de oscuros secretos. Eso le recuerda a Luke por qué quiere marcharse de ese pueblo: está harto de conocer sus secretos y de que los demás conozcan los suyos.
Y además está lo otro, en lo que piensa últimamente cada vez que entra en el hospital. No hace tanto tiempo que falleció su madre y recuerda con nitidez la noche en que la trasladaron a la unidad llamada de manera eufemística «el albergue», las habitaciones para pacientes cuyo final está demasiado próximo para que merezca la pena ingresarlos en el centro de rehabilitación de Fort Kent. Sus funciones cardíacas habían descendido a menos del diez por ciento y tenía que esforzarse cada vez que respiraba, incluso con una mascarilla de oxígeno. Luke estuvo sentado a su lado aquella noche, solo, porque era tarde y las demás visitas se habían ido a casa. Cuando su madre sufrió la última parada cardíaca, él la tenía cogida de la mano. Para entonces, ella estaba agotada y solo se agitó un poco; después la mano se relajó y ella se marchó tan en silencio como la puesta del sol que deja paso al anochecer. La alarma del monitor se activó casi al mismo tiempo que la enfermera de guardia entraba corriendo, pero Luke apagó el interruptor y le hizo a la enfermera un gesto de que se marchara, sin pensárselo. Cogió el estetoscopio que llevaba colgado del cuello y comprobó el pulso y la respiración. Estaba muerta.
La enfermera de guardia le preguntó si quería estar un rato a solas y él dijo que sí. Había pasado la mayor parte de la semana en cuidados intensivos con su madre, y le parecía inconcebible marcharse sin más precisamente en aquel instante. Así que se quedó sentado junto a la cama, mirando al vacío, desde luego no al cadáver, e intentando pensar qué tenía que hacer a continuación. Llamar a los familiares; todos eran granjeros que vivían en el sur del condado... Llamar al padre Lymon, de la iglesia católica a la que Luke se resistía a asistir... Elegir un ataúd... Demasiados detalles reclamaban su atención. Sabía lo que había que hacer porque había pasado por todo aquello solo siete meses antes, cuando murió su padre, pero solo pensar en pasar otra vez por lo mismo resultaba agotador. Era en ocasiones como aquella cuando más echaba de menos a su ex mujer. Tricia, que era enfermera, había sido una buena ayuda en los momentos difíciles. No era de las que perdían la cabeza, era práctica incluso ante el dolor.
No era momento para desear que las cosas fueran diferentes. Estaba solo y tendría que arreglárselas por su cuenta. Se ruborizó de vergüenza, sabiendo lo mucho que su madre había deseado que él y Tricia siguieran juntos, cómo le sermoneó por dejarla escapar. Echó un vistazo a la difunta, un acto reflejo de culpabilidad.
La muerta tenía los ojos abiertos. Un minuto antes, estaban cerrados. Luke sintió que se le encogía el pecho de esperanza, aunque sabía que aquello no significaba nada. Un simple impulso eléctrico que recorría los nervios, y las sinapsis dejaban de funcionar, como un coche petardeando mientras pasan por el motor los últimos vapores de gasolina. Extendió el brazo y le bajó los párpados.
Se abrieron por segunda vez, de forma natural, como si su madre se estuviera despertando. Luke casi dio un salto atrás, pero consiguió controlar el susto. No; susto, no: sorpresa. Volvió a colocarse su estetoscopio y se inclinó sobre ella, apretando el diafragma contra el pecho. Silencio; la sangre no circulaba por las venas, no había respiración. Le cogió la muñeca. No tenía pulso. Consultó su reloj: habían pasado quince minutos desde que declaró muerta a su madre. Le bajó la mano fría, incapaz de dejar de mirarla. Habría jurado que ella le estaba devolviendo la mirada, con los ojos fijos en él.
Y entonces la mano de su madre salió de debajo de la sábana y lo buscó. Estirada hacia él, con la palma hacia arriba, le hacía señas para que Luke la cogiera. Él lo hizo y la llamó por su nombre, pero en cuanto agarró la mano, la dejó caer. Estaba fría y sin vida. Luke dio cinco pasos alejándose de la cama, frotándose la frente, preguntándose si estaba alucinando. Cuando se volvió, los ojos de su madre estaban cerrados y su cuerpo inmóvil. Luke apenas podía respirar, con el corazón palpitándole en la garganta.
Tardó tres días en decidirse a hablar con un colega de profesión de lo que había ocurrido. Eligió al viejo John Mueller, un médico de cabecera pragmático que se sabía que atendía los partos de terneros de un ganadero vecino. Mueller le había echado una mirada escéptica, como si sospechara que Luke había estado bebiendo. «Temblores de los dedos de manos y pies, sí, eso ocurre —había dicho—. Pero ¿quince minutos después? ¿Movimiento muscular-esquelético? —Mueller había vuelto a mirar fijamente a Luke, como si el mero hecho de estar hablando de aquello fuera vergonzoso—. Crees que lo viste porque querías verlo. No deseabas que estuviera muerta.» Luke sabía que no era así. Pero no había querido insistir en ello, al menos entre médicos.
«Además —había añadido Mueller—, ¿qué diferencia hay? Aunque el cuerpo se moviera un poco, ¿acaso piensas que estaba intentando decirte algo? ¿Crees en ese rollo de la vida después de la muerte?»
Pensar en ello cuatro meses después todavía le produce a Luke un ligero escalofrío que le baja por los brazos. Deja la revista de sudokus en la mesita y se masajea la cabeza con los dedos, para librarse de la confusión. La puerta de la sala se abre hacia atrás con un chasquido: es Judy.
—Joe está aparcando ahí delante.
Luke sale sin su parka, para que el frío le despeje a bofetadas. Ve cómo Duchesne para junto a la acera en una gran furgoneta pintada de negro y blanco, con el distintivo del escudo del estado de Maine en las puertas delanteras y una discreta barra de luces sujeta al techo. Luke conoce a Duchesne desde que los dos eran niños. No estaban en el mismo curso, pero coincidieron en el colegio, así que lleva más de veinte años viendo la estrecha cara de hurón de Duchesne, con sus ojos brillantes y su nariz algo siniestra.
Con las manos en las axilas para calentárselas, Luke ve cómo Duchesne abre la puerta y agarra del brazo a la detenida. Tiene curiosidad por ver a la alborotadora. Se esperaba una motorista grandota y hombruna, con la cara colorada y un labio partido, y le sorprende ver que la mujer es menuda y joven. Podría ser una adolescente. Delgada y andrógina, excepto por la cara bonita y la mata de tirabuzones rubios, un pelo de querubín.
Cuando mira a la mujer (¿la chica?), Luke siente un extraño hormigueo, un zumbido en la cabeza. Esa pulsación capta algo que es casi... reconocimiento. «Te conozco», piensa. Puede que no el nombre, pero sí algo más fundamental. ¿Qué es? Luke fuerza la vista, estudiándola con más atención. «¿La he visto antes en alguna parte?» No, se da cuenta de que se equivoca.
Mientras Duchesne conduce por el codo a la mujer, que va maniatada con una brida de plástico, un segundo coche de policía se detiene y un agente, Clay Henderson, se baja y se encarga de acompañar a la detenida a urgencias. Cuando pasan, Luke ve que la blusa de la detenida está mojada, con una mancha oscura, y percibe un olor familiar mezcla de hierro y de sal, el olor de la sangre.
Duchesne se acerca a Luke, señalando con la cabeza en dirección a la pareja.
—La hemos encontrado así, andando por la orilla de la pista forestal que va a Fort Kent.
—¿Sin abrigo? ¿A cuerpo, con este tiempo? No podía llevar mucho tiempo fuera.
—No. Escucha, necesito que me digas si está herida o si puedo llevarla a la comisaría y encerrarla.
Aun teniendo en cuenta que Duchesne es un agente de la ley, Luke siempre ha sospechado que se le va la mano; ha visto a demasiados borrachos que llegaban con chichones o con contusiones faciales. Esa chica es solo una cría. «¿Qué demonios puede haber hecho?»
—¿Por qué está detenida? ¿Por no llevar abrigo con este tiempo?
Duchesne le dirige a Luke una mirada cortante; no está acostumbrado a que se burlen de él.
—Esa chica es una asesina. Nos ha dicho que ha matado a un hombre a puñaladas y que ha dejado su cadáver en el bosque.

 

Luke ejecuta los movimientos de examinar a la detenida, pero apenas puede pensar a causa de la extraña pulsación que siente en la cabeza. Le apunta con una linterna de bolsillo a los ojos —son del azul más claro que ha visto nunca, como dos cristales de hielo comprimido— para ver si tiene dilatadas las pupilas. La piel está húmeda al tacto, el pulso es bajo y la respiración entrecortada.
—Está muy pálida —le dice a Duchesne mientras se separan de la cama a la que la detenida está atada por las muñecas—. Eso podría significar que se está poniendo cianótica. Que va a entrar en shock.
—¿Eso quiere decir que está herida? —pregunta Duchesne, escéptico.
—No necesariamente. Podría sufrir un trauma psicológico. Tal vez por una discusión. Puede que por pelear con ese hombre al que dice que ha matado. ¿Cómo sabes que no ha sido en defensa propia?
Duchesne, con las manos en las caderas, observa a la detenida de la cama como si pudiera discernir la verdad solo con mirarla. Cambia su peso de un pie al otro.
—No sabemos nada. No ha contado mucho. ¿Puedes decir si está herida? Porque si no está herida, me la llevo detenida.
—Tengo que quitarle la blusa, limpiar la sangre...
—Pues hazlo. No puedo quedarme aquí toda la noche. He dejado a Boucher en el bosque, buscando el cadáver.
Aun con luna llena, el bosque es oscuro e inmenso, y Luke sabe que el agente Boucher tiene muy pocas probabilidades de encontrar un cadáver él solo.
Luke tira del borde de su guante de látex.
—Ve a ayudar a Boucher mientras yo la examino.
—No puedo dejar aquí a la detenida.
—Por amor de Dios —dice Luke, sacudiendo la cabeza en dirección a la frágil muchacha—. Es difícil que pueda conmigo y se escape. Si tanto te preocupa, que se quede Henderson.
Los dos miran con disimulo a Henderson. El corpulento agente está apoyado en un mostrador, hojeando un viejo Sports Illustrated que han dejado en la sala de espera, con un vaso de café de la máquina en la mano. Tiene la figura de un oso de dibujos animados y es, como corresponde, simpático y tontorrón.
—No te servirá de mucha ayuda en el bosque. No pasará nada —dice Luke con impaciencia, dándole la espalda al sheriff como si el asunto estuviera ya zanjado. Siente que Duchesne le taladra la espalda con la mirada, mientras decide si discute con Luke.
Y entonces el sheriff se aleja de pronto en dirección a la doble puerta corredera.
—¡Quédate aquí con la detenida! —le grita a Henderson, encasquetándose en la cabeza el grueso gorro con forro de piel—. Yo regreso para ayudar a Boucher. Ese idiota no se encontraría el culo ni con las dos manos y un mapa.
Luke y la enfermera atienden a la mujer atada a la cama. Luke coge unas tijeras.
—Voy a tener que cortarte la blusa —le avisa.
—Haga lo que quiera. Está echada a perder —dice ella con voz suave y un acento que Luke no es capaz de situar. La blusa es evidentemente cara. Es el tipo de prenda que sale en las revistas de moda y que nunca se vería llevar a alguien de Saint Andrew.
—No eres de por aquí, ¿verdad? —dice Luke, dándole conversación para relajarla.
Ella escruta de nuevo su rostro, considerando si fiarse de él, o eso supone Luke.
—Pues la verdad es que he nacido aquí. Eso fue hace mucho tiempo.
Luke resopla.
—Será mucho tiempo para ti. Si hubieras nacido aquí, yo te conocería. He vivido en esta zona casi toda mi vida. ¿Cómo te llamas?
Ella no cae en la pequeña trampa.
—No me conoce —dice de manera tajante.
Durante unos minutos, solo se oye el sonido de la tela mojada que se está cortando con dificultad; las pequeñas puntas de las tijeras se mueven torpemente por el tejido empapado. Cuando termina, Luke se echa atrás para dejar que Judy limpie a la chica con una gasa mojada en agua caliente. Las manchas rojas de sangre se disuelven, revelando un pecho pálido y fino sin un solo arañazo. La enfermera deja caer ruidosamente en una bandeja metálica las pinzas que sujetan la gasa y sale deprisa de la sala de reconocimientos como si hubiera sabido desde el primer momento que no iban a encontrar nada y, aun así, Luke hubiera demostrado una vez más su incompetencia.
Él desvía la mirada mientras cubre con una sábana de papel el torso desnudo de la muchacha.
—Le habría dicho que no estaba herida si me lo hubiera preguntado —le explica a Luke en un murmullo.
—Pero no se lo has dicho al sheriff —responde Luke, echando mano a una banqueta.
—No. Pero se lo habría dicho a usted. —Le hace un gesto con la cabeza al médico—. ¿Tiene un cigarrillo? Me muero por fumar.
—Lo siento, no tengo. No fumo —responde Luke.
La muchacha le mira, escrutándole la cara con sus ojos azules como el hielo.
—Lo dejó hace tiempo, pero ha vuelto a fumar. No se lo reprocho, teniendo en cuenta todo lo que le ha pasado últimamente. Pero tiene un par de cigarrillos en su bata de laboratorio, si no me equivoco.
Luke se lleva la mano al bolsillo de manera instintiva y nota el tacto del papel de los cigarrillos, allí donde los ha dejado. ¿Ha sido un palo de ciego afortunado o se los ha visto en el bolsillo?
¿Y qué ha querido decir con «todo lo que le ha pasado últimamente»? Solo estaba fingiendo que le leía el pensamiento, intentando introducirse en su cabeza como haría cualquier chica lista que se encontrara metida en un lío. Últimamente, lleva sus problemas escritos en la cara. Todavía no ha dado con la manera de poner en orden su vida; sus problemas están interconectados, amontonados. Tendría que saber cómo solucionarlos todos para ocuparse de uno de ellos.
—En este sitio no se fuma, y por si se te ha olvidado, estás atada a una cama. —Luke aprieta el extremo de su bolígrafo y coge una libreta—. Esta noche estamos un poco escasos de personal, así que necesitaré que me des algo de información para los registros del hospital. ¿Nombre?
La muchacha mira con aprensión la libreta.
—Prefiero no decirlo.
—¿Por qué? ¿Te has escapado de casa? ¿Por eso no quieres decirme tu nombre?
La observa: está tensa, alerta, pero se controla. Luke ha estado con pacientes implicados en muertes accidentales y suelen estar histéricos: lloran, tiemblan, gritan. Esa joven está temblando un poco bajo la sábana y mueve nerviosamente las piernas, pero Luke sabe por su cara que está en estado de shock.
También siente que está empezando a confiar en él; percibe una química entre ellos, como si ella quisiera que él le preguntara por eso tan terrible que ocurrió en el bosque.
—¿Quieres contarme lo que ha pasado esta noche? —pregunta, acercando la silla a la cama—. ¿Estabas haciendo autoestop? Tal vez alguien te recogió, ese hombre del bosque... ¿Te ha atacado y tú te has defendido?
Ella suspira y se aprieta contra la almohada, mirando al techo.
—No ha sido nada de eso. Nos conocíamos. Llegamos juntos al pueblo. Él... —Se detiene, no encuentra las palabras—. Él me pidió que lo ayudara a morir.
—¿Eutanasia? ¿Se estaba muriendo? ¿Cáncer? —Luke es escéptico. Los que quieren matarse suelen elegir algo tranquilo y seguro, como veneno, pastillas o el motor de un coche parado y una manguera de jardín. No piden que los maten a puñaladas. Si su amigo quería morirse de verdad, podría haberse limitado a sentarse bajo las estrellas toda la noche hasta congelarse.
Mira a la mujer, que tiembla bajo la sábana de papel.
—Te voy a traer una bata de hospital y una manta. Debes de tener frío.
—Gracias —dice ella, bajando la mirada.
Luke regresa con una bata de franela rosa desteñida y una manta acrílica despeluchada de color azul bebé. Colores de maternidad. Le mira las manos, atadas a la camilla con correas de nailon.
—A ver, primero una mano y luego la otra —dice Luke, y desata la correa de la mano más cercana a la mesita donde están colocados los utensilios de reconocimiento: pinzas, tijeras ensangrentadas, bisturí.
Rápida como un conejo, ella se lanza a por el bisturí y su mano delgada se cierra a su alrededor. Lo apunta hacia él, con mirada salvaje y los orificios de la nariz rosados y abiertos.
—Tranquila —dice Luke, dando un paso atrás desde la banqueta, fuera del alcance de su mano—. Hay un policía en el pasillo. Si le llamo, se acabó, ¿sabes? No puedes dominarnos a los dos con ese bisturí. Así que ¿por qué no lo dejas?
—No le llame —dice ella, pero con el brazo todavía estirado—. Necesito que usted me escuche.
—Estoy escuchando.
La cama está entre Luke y la puerta. Ella puede soltarse la otra mano en el tiempo que él tardaría en llegar a la puerta.
—Necesito su ayuda. No puedo dejar que me detengan. Tiene que ayudarme a escapar.
—¿Escapar? —De pronto, a Luke no le preocupa que la joven le haga daño con el bisturí. Está avergonzado por haber bajado la guardia, dejando que ella saque ventaja—. ¿Estás loca? No voy a ayudarte a escapar.
—Escúcheme...
—Has matado a alguien esta noche. Lo has dicho tú misma. No puedo ayudarte a escapar.
—No fue un asesinato. Él quería morir, ya se lo he dicho.
—¿Y vino a morir aquí porque también él se crió aquí?
—Sí —dice ella, un poco aliviada.
—Pues dime quién es. A lo mejor le conozco...
Ella niega con la cabeza.
—Ya se lo he dicho. No nos conoce. Aquí nadie nos conoce.
—Eso no lo sabes con seguridad. A lo mejor alguno de vuestros familiares... —La obstinación de Luke sale a relucir cuando se irrita.
—Mi familia no vive en Saint Andrew desde hace mucho, mucho tiempo. —Suena cansada. Después estalla—. Cree que sabe, ¿verdad? Muy bien. Me llamo McIlvrae. ¿Le suena ese apellido? Y el hombre del bosque se llama Saint Andrew.
—¿Saint Andrew, como el pueblo? —pregunta Luke.
—Exacto, como el pueblo —responde ella, un tanto arrogante.
Luke siente unas curiosas burbujas que se filtran en su mente. No es exactamente reconocimiento. ¿Dónde ha visto ese apellido, McIlvrae? Sabe que lo ha visto u oído en alguna parte, pero esa información está fuera de su alcance.
—No ha habido un Saint Andrew en este pueblo desde hace... por lo menos cien años —dice Luke categóricamente, molesto porque le lleve la contraria una chica que pretende haber nacido allí, que está diciendo una mentira absurda que no le hará ningún bien—. Desde la guerra civil. O eso me han dicho.
Ella hace un amago con el bisturí para llamar su atención.
—Mire... no soy una persona peligrosa. Si me ayuda a escapar, no voy a hacer daño a nadie más. —Le habla como si fuera él quien no está siendo razonable—. Deje que le enseñe una cosa.
Y entonces, sin previo aviso, se apunta a sí misma con el bisturí y se corta el pecho. Una línea larga y ancha que empieza en el seno izquierdo y llega hasta la zona de las costillas bajo el seno derecho. Luke se queda paralizado un momento, mientras la línea se perfila en rojo sobre la piel blanca. La sangre brota de la herida, y por la abertura empieza a asomar el tejido orgánico carmesí.
—¡Dios mío! —exclama él. ¿Qué demonios le pasa a esa chica? ¿Está loca? ¿Tiene ganas de morir? Sale de su desconcertada inercia y se dirige a la cama.
—¡Atrás! —dice ella mientras lo amenaza de nuevo con el bisturí—. Espere y mire.
Alza el pecho, con los brazos en cruz, como para ofrecerle una visión mejor, pero Luke ve bien, solo que no puede creer lo que está viendo. Los dos bordes de la herida se están acercando uno a otro como los zarcillos de una planta, volviéndose a unir, entrelazándose. La herida ha dejado de sangrar y está empezando a cicatrizar. Durante el proceso, la chica respira agitadamente, pero no da señales de dolor.
Luke no está seguro de si eso es real. Está viendo algo imposible. ¡Imposible! ¿Qué se espera que piense? ¿Se ha vuelto loco, o está soñando, dormido en el sofá de la sala de los médicos? Sea lo que sea lo que ha visto, su mente se niega a aceptarlo y empieza a cerrarse.
—¿Qué demonios...? —dice, apenas en un susurro. Vuelve a respirar, el pecho le sube y le baja, su rostro se ruboriza. Siente que va a vomitar.
—No llame al policía. Se lo explicaré, lo juro, pero no grite pidiendo ayuda, ¿vale?
Mientras Luke se balancea sobre los pies, le llama la atención que la zona de urgencias haya quedado en silencio. ¿Hay por ahí alguien que pueda oírle si grita? ¿Dónde está Judy, dónde está el policía? Es como si el hada madrina de la Bella Durmiente hubiera llegado flotando y lanzado un hechizo que dejara dormido a todo el mundo. Los ruidos habituales —las lejanas risas grabadas de un programa de televisión, el tic-tac metálico del interior de la máquina expendedora de refrescos— han desaparecido. No se oye el zumbido del limpiasuelos que recorre laboriosamente los pasillos vacíos. Solo existen Luke y su paciente y el sonido apagado del viento que azota la fachada del hospital e intenta entrar.
—¿Qué ha sido eso? ¿Cómo lo has hecho? —pregunta Luke, incapaz de ocultar el miedo de su voz. Vuelve a deslizarse sobre la banqueta para no caerse al suelo—. ¿Qué eres?
La última pregunta parece golpearla como un puñetazo en el abdomen. Agacha la cabeza y los vaporosos rizos rubios le tapan la cara.
—Eso... eso es lo único que no puedo decirle. Ya no sé lo que soy. No tengo ni idea.
Es imposible. Esas cosas no ocurren. No tiene explicación. ¿Qué pasa, es una mutante? ¿Hecha con materiales sintéticos que cicatrizan solos? ¿Es alguna especie de monstruo?
Y sin embargo, la chica parece normal, piensa el doctor mientras su corazón vuelve a acelerarse y la sangre le empieza a palpitar en las sienes. Las baldosas de linóleo parecen moverse bajo sus pies.
—Volvimos, él y yo, porque echábamos de menos este sitio. Sabíamos que todo iba a ser diferente, que ya no quedaba nadie, pero añorábamos lo que habíamos tenido —dice la joven con tristeza, mirando más allá del doctor, hablando sin dirigirse a nadie en particular.
La sensación que Luke ha tenido cuando la ha visto por primera vez esa noche —el hormigueo, el zumbido— forma entre ellos un arco fino y eléctrico. Quiere saber.
—Vale —dice temblando, con las manos en las rodillas—. Esto es de locos, pero adelante. Te escucho.
Ella respira hondo y cierra los ojos un momento, como si fuera a sumergirse bajo el agua. Y después, empieza.